INFLUENCIA DE LAS FORMAS DE LA NOVELÍSTICA ORIENTAL
EN LA LITERATURA DE NUESTRA PENÍNSULA DURANTE LA EDAD
MEDIA.--RAIMUNDO LULIO.--D. JUAN MANUEL.--FRAY ANSELMO DE
TURMEDA.--EL ARCIPRESTE DE TALAVERA.
Á las traducciones de libros orientales de apólogos, cuentos y
sentencias siguió muy pronto la aparición de obras originales vaciadas
en el mismo molde, siendo quizá la primera el _Libro de los Castigos é
documentos_ que D. Sancho el Bravo compuso para educación de su hijo D.
Fernando, terminándole en 1292[130], en medio de los cuidados del cerco
de Tarifa.
Este importante catecismo político moral parece compuesto á la traza
de los libros árabes del mismo género, tales como el _Solwan_ del
siciliano Aben Zafer y el _Collar de Perlas_ del rey de Tremecen
Abuhamti, si bien éste es posterior á D. Sancho. En el uno como en los
otros se confirma la doctrina con gran copia de ejemplos históricos,
anécdotas de varia procedencia, y algunos cuentos propiamente tales.
Muchas de las fuentes á que D. Sancho acudió pertenecen á la literatura
cristiana, siendo tan frecuentes las citas de la Sagrada Escritura
y de los Santos Padres y escritores eclesiásticos, San Agustín, San
Gregorio, San Isidoro, San Bernardo, Pedro Lombardo, etc., que ha
podido sospecharse que intervino la mano de un obispo ó clérigo en la
reunión y preparación de estos materiales, aunque no en el pensamiento
y estilo del libro, que tiene carácter muy personal y nada impropio del
monarca cuyo nombre lleva al frente, príncipe de gran cultura, segun lo
acreditan el _Lucidario_ y otros libros que mandó compilar ó traducir,
como digno continuador de las empresas científicas de su padre. A
parte de los elementos recibidos de la cultura bíblica y eclesiástica
(sin exceptuar los libros apócrifos, como el tercero de Esdras, que
cita con el título de _Sorobabel_), y las menciones de algunos _sabios
antiguos_, como Cicerón, Séneca y Boecio, hay en el _Libro de los
Castigos_ curiosas narraciones tomadas de nuestra poesía épica é
historia nacional, como la de la muerte del conde Don García á manos
de los Velas; algunas leyendas piadosas, entre las cuales sobresale,
por lo fantástica y bien contada, la de la monja herida y castigada
por un crucifijo cuando iba á huir del convento en pos de su amante,
y algún cuento de la _Disciplina Clericalis_, como el de la prueba de
los amigos. Pero aunque no pueda negarse que este libro pertenece á la
didáctica oriental por su forma, el contenido tiene mucho más de latino
que de árabe, siendo Valerio Máximo uno de los autores cuyos _ejemplos_
gusta más de citar el rey Don Sancho. La sintaxis del libro tampoco
muestra el carácter acentuadamente semítico que tienen las versiones
literalísimas del _Calila y Dimna_, del _Sendebar_, del _Bonium_ y, en
general, todas las que se hicieron en el reinado de Alfonso el Sabio.
Oriental es también en fondo y forma la inspiración de los libros
catalanes de Ramón Lull (Raimundo Lulio), en medio de la potente
originalidad de su carácter y de la transcendencia de su pensamiento
filosófico, que voló con alas propias á la región más alta del realismo
metafísico de los tiempos medios. Saben todos los que han saludado
sus escritos que uno de los medios más eficaces de su exposición y
propaganda doctrinal, y una de las notas más populares de su escuela,
fué el empleo de procedimientos artísticos, desde los esquemas gráficos
(círculo, triángulo y cuadrángulo) hasta el símbolo, la alegoría, la
parábola en prosa y la poesía lírica en muy varias combinaciones de
metros y rimas. Hasta la lógica pretendió exponerla en verso. Muchos
de sus libros, escritos originalmente en lengua vulgar, en su materna
lengua catalana, mezclan la exposición didáctica, aun de las materias
más áridas, con efusiones poéticas y místicas que son trasunto de su
alma ardiente y enamorada de la Belleza Suma y del Bien Infinito. No
son pocos, especialmente entre los de controversia, los que adoptan la
forma semidramática del coloquio y disputa con adversarios reales ó
ficticios, ó comienzan con una introducción en que el filósofo, perdido
por un espeso bosque cuya descripción suele hacer con poético hechizo,
encuentra á algún venerable ermitaño á quien confía sus cuitas y el
desaliento que á veces le invade viendo menospreciado su _Arte_ por los
doctores escolásticos y desoídos sus proyectos de cruzada por reyes y
pontífices. Estas lamentaciones, continuamente repetidas, logran su
forma más bella en la admirable elegía del _Desconort_.
Otra de las formas elementales de la pedagogía luliana es el apólogo
puramente didáctico, sin verdadera determinación en forma artística y
reducido á ser tenue veladura de superiores enseñanzas, tal como le
encontramos en el _Arbol Exemplifical_, que es una de las ramas del
_Arbol de la Ciencia_[131].
Pero este arte simbólico, infantil y rudo, que apenas traspasa los
límites del enigma paremiológico, ni parece inventado con otro fin
que el de presentar á la inteligencia fáciles semejanzas y analogías
que aviven la atención y fortalezcan el recuerdo, aparece sometido en
otros tratados de la enciclopedia luliana á una concepción artística
superior, que se encarna en las aventuras de un personaje ó en el
desarrollo de una situación culminante. Domina siempre el propósito
de enseñanza, porque el arte de Ramón Lull nunca es enteramente
desinteresado; pero su vigorosa imaginación constructiva, que hace
de él un gran poeta de la metafísica, dotado de singular virtud para
revestir de forma sensible todas las abstracciones; su extraño concepto
y visión del mundo, interpretado por él de una manera vagamente
teosófica; sus mismas alucinaciones, que son á veces relámpagos de
genio; su ascetismo, más misericordioso que ceñudo, son elementos
altamente poéticos que animan con vida intensa y desordenada, pero
profunda y humana, estas raras creaciones, medio científicas, medio
fantásticas, del Doctor Iluminado. Cuatro de las obras de R. Lulio,
que afortunadamente han llegado á nosotros en su texto original lleno
de gracia y candidez, y no en bárbaras interpretaciones latinas, el
_Libro del Gentil y de los tres sabios_, el _Libro del Orden de la
Caballería_, el _Blanquerna_ y el _Libro Félix ó de las Maravillas del
Mundo_, realizan, aunque de un modo muy primitivo, las condiciones de
la novela filosófica, y deben contarse, especialmente las dos últimas,
entre los monumentos más curiosos de la literatura de la Edad Media. En
todas ellas dejó algún reflejo el sol de Oriente, pues sabido es que
el beato misionero mallorquín tenía en todas las exterioridades de su
persona y doctrina grandísima semejanza con los _sufies_ y filósofos
contemplativos que en Persia, en Siria y en España florecieron bajo la
dominación musulmana; se había amamantado en la doctrina de Algozel,
cuya _Lógica_ tradujo, y hablaba y escribía el árabe como segunda
lengua propia, usándola de continuo en sus controversias con los
doctores mahometanos y en sus predicaciones al pueblo de Africa, que le
valieron por fin la palma del martirio.
En árabe compuso primitivamente R. Lulio el _Libre del Gentil é los
tres Savis_[132], una de sus obras más antiguas, y una de las que
tuvieron más difusión y boga en el siglo XIV, siendo traducida al
hebreo, al latín, al francés y al castellano en 1378 por el cordobés
Gonzalo Sánchez de Uceda[133]. El modelo literario que nuestro filósofo
tuvo presente fue un _Barlaam_ árabe ó más probablemente el _Cuzari_
de Judá Leví[134], pues aunque nofuénsta que estuviese versado en la
literatura rabínica, aquella obra, compuesta también en lengua arábiga
y manejada de continuo por hombres de las tres religiones, debía de
serle familiar. El plan de ambos libros es análogo, pero naturalmente
muy diverso el sentido religioso, y más profundo y transcendental el
de Lull, aun haciendo abstracción, si posible es, de su fe cristiana.
Hay también más riqueza de pormenores dramáticos en el libro catalán
que en el judío, es más pintoresca la introducción, más vivo y animado
el diálogo, más hábil la presentación de los interlocutores, y eso
que Ramón Lull no tenía por apoyo de su tratado una anécdota tan
interesante como la de la conversión del rey de los Cazares. Algunas
líneas del prólogo, mostrarán el sencillo cuadro novelesco y la
apacible y hechicera suavidad con que está dibujado é iluminado.
«Por ordenamiento de Dios sucedió que en una tierra había un gentil
muy sabio en filosofía, y consideró en su vejez y en la muerte y en
las bienandanzas de este mundo. Aquel gentil no tenía conocimiento
de Dios, ni creía en la resurrección, ni que después de la muerte
hubiera ninguna cosa. Y mientras hacía estas consideraciones, sus
ojos se llenaban de lágrimas, y su corazón de suspiros y de tristeza
y de dolor, porque tanto agradaba al gentil esta vida mundana, y tan
horrible cosa era para él el pensamiento de la muerte y el recelo
de que no hubiera nada detrás de ella, que no podía consolarse ni
abstenerse de llorar, ni desterrar de su corazón la tristeza. Estando
el gentil en esta consideración y en este trabajo, le vino voluntad
de partirse de aquella ciudad é irse á tierra extraña, para ver si
por aventura podría encontrar remedio á su aflicción, y poniendo en
ejecución tal pensamiento, llegó á una gran floresta, la cual era
abundosa de muchas fuentes y de muy bellos árboles frutales, que podían
dar al corazón nueva vida. En aquella selva había muchas bestias y
muchas aves de diversas maneras. Por todo lo cual resolvió detenerse
en tan ameno y solitario paraje, para ver y oler las flores, y con la
belleza de los arboles, y de las fuentes y de las yerbas, dar alguna
tregua y refrigerio á los graves pensamientos que muy fuertemente le
atormentaban y trabajaban. Cuando el gentil estuvo en el gran bosque,
y vio las riberas, y las fuentes, y los prados, y que en los árboles
cantaban muy dulcemente pájaros de diversas castas, y bajo los árboles
había cabras monteses, gamos, gacelas, liebres, conejos y muchas otras
bestias agradables de ver, y que los árboles estaban cargados de flores
y frutos de diversas maneras, de donde salía muy agradable olor, se
quiso consolar y alegrar con lo que veía y oía y olfateaba, pero le
sobrevino el pensamiento de su muerte y de la aniquilación de su ser,
y se cubrió su corazón de dolor y tristeza, y se multiplicaron sus
tormentos. Pensó volver á su tierra, pero desistió de tal pensamiento,
considerando que la tristeza en que estaba acaso podría salir de su
corazón con algún encanto ó aventura que la suerte le deparase. Y así
prosiguió andando de monte en monte, y de fuente en fuente, y de prado
en ribera, para probar y tentar si había alguna cosa tan placentera
de ver y oir que le quitase el pensamiento que le angustiaba. Pero
cuanto más andaba y más bellos lugares encontraba, más fuertemente la
perseguía él pensamiento de la muerte. Cogía flotes el gentil y comía
frutos de los árboles, pero ni el olor de las flores ni el sabor de los
frutos le daban ningún remedio. Estando el gentil en este trabajo, y
no sabiendo qué partido tomar, hincó las rodillas en tierra, y levantó
las manos y los ojos al cielo, y besó la tierra, y dijo estas palabras,
llorando y suspirando muy devotamente: «¡Ay mezquino! ¡en qué ira y en
qué dolor has caído cautivo! ¿Por qué fuiste engendrado ni viniste al
mundo, pues no hay quien te ayude en los trabajos que padeces, ni hay
ninguna cosa que tenga en sí tanta virtud que te pueda ayudar?».
«Cuando el gentil hubo dicho estas palabras, empezó á caminar por
el bosque como hombre fuera de sentido, hasta que salió á un ancho
y hermoso camino. Y aconteció que mientras el gentil andaba por
aquella vía, tres sabios se encontraron á la salida de una ciudad. El
uno era judío, el otro cristiano, el tercero sarraceno. Saludáronse
afablemente, y después de haberse informado con mucha cortesía de
su salud y estado, determinaron ir de paseo para recrear el ánimo
que tenían muy trabajado del estudio que hacían. Iban hablando los
tres sabios, cada uno de su creencia y de la doctrina que mostraban
á sus escolares, cuando llegaron á un hermoso prado, donde una bella
fuente regaba los cinco árboles que al principio de éste libro van
figurados[135]. Junto á la fuente encontraron á una hermosísima
doncella, muy noblemente vestida, que cabalgaba en un palafrén al cual
daba de beber en la fuente. Los sabios que vieron los cinco árboles y
aquella dama de tan agradable semblante, se acercaron á la fuente para
saludarla; y ella respondió cortésmente á su saludo. Preguntáronle su
nombre, y ella les dijo que era la Inteligencia. Entonces los sabios
la rogaron que les declarase la naturaleza y propiedad de los cinco
árboles y lo que significaban las letras que estaban escritas en cada
una de sus flores».
No nos detendremos en esta exposición alegórica, que está repetida en
otros muchos libros del beato mallorquín y que pertenece á la parte más
conocida y externa de su sistema.
«Cuando la dama hubo dicho estas palabras á los tres sabios, se
despidió de ellos y alejóse. Quedaron los tres sabios en la fuente,
y uno de ellos comenzó á suspirar y á decir: «¡Ay Dios! ¡Cuán gran
bienaventuranza sería si por medio de estos árboles pudieran reducirse
á una sola ley y creencia todos los hombres que hoy son, y que no
hubiese entre los humanos rencor ni mala voluntad por ser diversas
y contrarias sus creencias y sectas, y así como hay un Dios tan
solamente, padre y creador y señor de todo cuanto es, que así todos
los pueblos se uniesen para formar un pueblo solo, y que aquéllos
estuviesen en vía de salvación, y que todos juntos tuviesen una fe
y una ley, y diesen gloria y loor á nuestro señor Dios! Considerad,
señores, cuántos son los daños que se siguen de tener los hombres
diversas sectas, y cuántos son los bienes que resultarían si todos
tuviesen una fe y una ley. Siendo esto así, ¿no os parecería bien que
nos sentásemos bajo estos árboles, á la vera de esta apacible fuente,
y que disputásemos sobre lo que creemos, y puesto que con autoridades
no nos podemos convencer, tratásemos de avenirnos por medio de razones
demostrativas y necesarias?». Cada uno de los sabios tuvo por bueno lo
que el otro decía, y alegráronse, y comenzaron á mirar las flores de
los árboles, y á recordar las condiciones y palabras que la dama les
había dicho. Y cuando comenzaban á mover cuestiones el uno contra el
otro, he aquí que comparece el gentil que andaba perdido por el bosque.
Gran barba tenía y largos cabellos, y venía como hombre cansado, flaco
y descolorido por el trabajo de sus pensamientos y por el largo viaje
que había hecho; sus ojos eran un torrente de lágrimas, su corazón no
cesaba de suspirar ni su boca de plañir. Por la gran angustia de su
trabajo tenía sed, y quiso ir á beber en la fuente, antes que pudiese
hablar ni saludar á los tres sabios. Cuando hubo bebido, y su aliento
y espíritu recobraron alguna virtud, el gentil saludó en su lenguaje,
según su costumbre, á los tres sabios. Y los tres sabios contestaron
á su saludo, diciendo: «Aquel Dios de gloria, que es padre y señor de
cuanto es, y que ha creado todo el mundo, y que resucitará á buenos y
malos, sea en vuestra ayuda y os valga en vuestros trabajos».
«Cuando el gentil hubo oído la salutación que los tres sabios le
hicieron, y vio los cinco árboles y leyó en las flores, y vio el
extraño continente de los tres sabios y sus raras vestiduras,
maravillóse muy fuertemente de las palabras que había oído y de lo que
veía. «Buen amigo (le dijo uno de los tres sabios), ¿de dónde venís
y cómo es vuestro nombre? Asaz trabajado me parecéis y desconsolado
por alguna cosa. ¿Qué tenéis y por qué habéis venido á este lugar?
¿En qué os podemos consolar ó ayudar? Sepamos vuestra intención».
El gentil respondiendo dijo que venía de luengas tierras, y que era
gentil, y andaba como hombre fuera de sentido por aquel bosque, y que
la casualidad le había traído á aquel lugar, Y contó el dolor y la pena
en que estaba sumergido. Y añadió: «Como vosotros me habéis saludado,
diciéndome que me ayude Dios que creó el mundo y que resucitará á los
hombres, me he maravillado mucho de esta salutación, porque en ningún
tiempo oí hablar de ese Dios que decís, ni tampoco de la resurrección
oí hablar nunca. Y quien pudiera significarme y mostrarme por vivas
razones la resurrección, podría desterrar de mi alma el dolor y
tristeza en que está». «¿Cómo, buen amigo (dijo uno de los tres
sabios), no creéis en Dios ni tenéis esperanza de la resurrección?»
«Señor, no (dijo el gentil); y si podéis explicarme alguna cosa por
donde mi alma pueda tener conocimiento de la resurrección, os ruego
que lo hagáis, porque veo que la muerte se acerca, y después de la
muerte no sé que haya ninguna cosa». Cuando los tres sabios oyeron y
entendieron el error en que estaba el gentil, entró gran piedad en sus
corazones, y determinaron probar al gentil la existencia de Dios, y la
bondad, grandeza, eternidad, poder, sabiduría, amor y perfección que en
él había».
Gustosos hemos dilatado la pluma en la traducción de este delicioso
idilio, que sirve de proemio á la más serena y amplia discusión
teológica que puede imaginarse. Uno de los tres sabios demuestra al
gentil la existencia de Dios y la resurrección. Extraordinaria es su
alegría cuando comienzan á disiparse las nieblas de su conciencia.
Pero un nuevo conflicto estalla en su alma al saber la existencia de
las _tres leyes_ ó religiones que dividen á los tres sabios. Entonces
comienza cada uno á exponer los fundamentos de su creencia, hablando
primero el judío, por ser su ley la más antigua, luego el cristiano y
por último el sarraceno. No hay verdadera disputa entre ellos, pues
mientras uno habla los demás callan (excepto el gentil para pedir
aclaraciones), porque «la contradicción (dice Raimundo Lulio) engendra
mala voluntad en el corazón de los hombres, y la mala voluntad turba la
recta operación del entendimiento».
No menos original que esta declaración en pro de la _tacita cognitio_,
tan opuesta á la vocería de las escuelas, en tiempos del más
batallador y agresivo escolasticismo, no menos sorprendente que la
mansedumbre filosófica de las exposiciones y el profundo y detallado
conocimiento que Lulio muestra de la teología mahometana y de las
tradiciones sarracenas, es el final, lleno de unción y caridad, en que
los tres sabios se despiden amistosamente, pidiéndose mutuamente perdón
si alguna palabra ofensiva se les ha escapado contra la ley respectiva
de cada uno de ellos. Esta tolerancia llega hasta el extremo de dejar
en suspenso la conversión del gentil, limitándose á poner en sus
labios una fervorosísima oración en que loa y magnífica la grandeza,
bondad y justicia de Dios. Pero mucho erraría quien imaginase que
ésta era la verdadera solución dada por Raimundo Lulio al conflicto
religioso que plantea. Ni un punto sólo cruzó por su mente la idea de
fundir en un sincretismo las tres religiones monoteístas, ni tampoco
el pensamiento de una teología meramente natural, que afirmando
los dogmas en que ellas concordaban, dejase libre é indiferente la
profesión de las divergencias. El ardiente proselitismo cristiano
del beato Ramón, sellado con su sangre, excluiría por de contado tal
hipótesis, que repugna además al fondo de su sistema, caracterizado
por el empeño de demostrar con razones naturales todas las verdades
de la teología católica y aun los misterios mismos. Cuando Lulio,
después de haber conducido al gentil hasta los umbrales de la creencia,
deja á la consideración de sus lectores el averiguar _«qual lig lur
es semblant quel gentil haja triada per esser agradable á Deu»_, usa
de un inocente artificio literario para llamar la atención sobre
otros libros suyos que son indispensable complemento de éste y que se
hallan á continuación de él en la edición de Maguncia. En el _Liber de
Sancto Spiritu_, donde volvemos á encontrar el árbol simbólico y la
dama Inteligencia, un griego y un latino disputan en presencia de un
sarraceno sobre la procesión del Padre y del Hijo según los artículos
de su Iglesia respectiva. En el _de quinque sapientibus_, el círculo de
la controversia se agranda, interviniendo, además de los tres doctores
citados, un nestoriano y un jacobita, probando contra el primero, por
razones que llama _de equivalencia_, la unidad de persona en Cristo;
contra el segundo, las dos naturalezas divina y humana, y contra el
sarraceno, la Trinidad y la Encarnación. El _Libro del Tártaro y del
Cristiano_ es una nueva variante del _Gentil_. Un tártaro, que aunque
vive en la ceguedad de la idolatría, se inquieta de la vida futura,
quiere consultar á los doctores de las tres leyes; pero al salir de su
tienda piensa en su mujer, en sus hijos, en la vida libre y deliciosa
que disfrutaba, y desiste de su propósito. Más adelante el espectáculo
de la muerte de un caballero amigo suyo hace en él el mismo efecto que
en Barlaam, y vuelve á su primer designio de procurar la salvación
de su alma, consultando sucesivamente á un judío, á un sarraceno
y á un ermitaño cristiano. Fácilmente destruye las razones de los
dos primeros. El ermitaño se confiesa ignorante, y le remite á otro
anacoreta llamado _Blanquerán_ que hacía penitencia en un desierto.
_Blanquerán_, que no es otro que el propio Raimundo Lulio, le expone
los artículos de la fe valiéndose del método de su _arte general
y demostrativa_. El tártaro queda convencido; va á Roma, se hace
bautizar por el Papa, y vuelve á su tierra con letras apostólicas para
propagar la fe y convertir al rey de los tártaros. Las reminiscencias
del _Cuzari_ son quizá más visibles en este tratado que en el del
_Gentil_[136].
Todos estos diálogos, cuya contextura es casi idéntica, apenas pueden
calificarse de ficciones poéticas, siendo más bien una nueva y amena
forma de enseñanza teológica; pero no sucede lo mismo con el _Libre
del Orde de Cauayleria_[137], que es uno de los pocos relativamente
profanos que pueden encontrarse en la enorme masa de las obras de
Lulio. Es un doctrinal del perfecto caballero, muy interesante
porque completa el ideal pedagógico desarrollado por el autor en el
_Blanquerna_ y en otras obras suyas, y por las noticias de costumbres
caballerescas que incidentalmente nos da y que pueden servir para la
historia social de la Corona de Aragón en los siglos XIII y XIV. No es
menos curioso el cuadro novelesco del libro, que tuvo la fortuna de ser
imitado sucesivamente por D. Juan Manuel y por el autor de _Tirante
el Blanco_. Á semejanza de lo que hicimos con el libro del _Gentil_,
traduciremos íntegro este prefacio, porque un extracto en prosa
moderna no puede dar idea de la candorosa gracia de estos relatos, que
recuerdan las tablas de los artista llamados _primitivos_:
«En una tierra aconteció que un sabio caballero que por largo tiempo
había mantenido la orden de caballería con la nobleza y fuerza de
su alto corazón, y á quien sabiduría y ventura habían acompañado en
guerras y en torneos, en asaltos y en batallas, eligió vida de ermitaño
cuando vio que sus días eran breves y que su naturaleza le desfallecía
por vejez para usar de armas. Entonces desamparó sus heredades, y
las dio á sus hijos, y en un bosque muy abundoso de aguas y árboles
frutales hizo su habitación, y huyó del mundo para que el menoscabo
y desmedro de su cuerpo, traídos por la vejez, no le deshonrasen en
aquellas cosas en que sabiduría y ventura por tanto tiempo le habían
honrado; y púsose á meditar en la muerte y en el tránsito de este
siglo al otro, y en la sentencia perdurable que sobre él había de
caer. En aquel bosque donde el caballero moraba había un árbol muy
grande cargado de fruta, y debajo de aquel árbol corría una fontana
muy bella y clara, que regaba abundosamente el prado y los árboles que
le estaban en torno. Y el caballero tenía costumbre de venir todos
los días á aquel lugar á adorar y contemplar á Dios, al cual daba
gracias y mercedes por el grande honor que le había hecho en todo el
curso de su vida en este mundo. En aquel tiempo, á la entrada del gran
invierno, sucedió que un gran Rey muy noble y de buenas costumbres
y poderoso había pregonado Cortes, y por la gran fama que en todas
las tierras corrió, un arriscado escudero, montado en su palafrén,
caminaba enteramente solo hacia la corte, con intención de ser armado
caballero. Y por el trabajo que había tenido en su cabalgar, quedóse
dormido sobre el palafrén. En aquella hora el caballero que en el
bosque hacía su penitencia había venido á la fuente á contemplar á Dios
y á menospreciar la vanidad de este mundo, según tenía por costumbre
cada día. Y mientras el escudero caminaba así, su palafrén salió del
camino y se entró por el bosque y anduvo por él á la ventura, hasta que
llegó á la fuente donde el caballero estaba en oración. El caballero
que vio venir al escudero dejó la oración y se sentó en el verde prado
á la sombra del árbol, y comenzó á leer un libro que tenía en su falda.
El palafrén llegando á la fuente bebió del agua, y el escudero que
sintió entre sueños que su palafrén no se movía ni se despertaba, abrió
los ojos y vio delante de sí al caballero, que era muy viejo, y tenía
gran barba y largos cabellos, y rotas las vestiduras de puro viejas,
y estaba flaco y descolorido por la penitencia que hacía, y por las
lágrimas que solía derramar estaban sus ojos anublados, y tenía aspecto
de varón de muy santa vida. Mucho se maravillaron el uno del otro,
porque el caballero había estado largo tiempo en su ermita sin ver á
ningún hombre, después que había desamparado el mundo y el ejercicio de
las armas. El escudero se apeó de su palafrén, saludando agradablemente
al caballero, y el caballero le acogió lo más cortésmente que pudo, y
sentáronse en la verde yerba uno junto á otro. El caballero que conoció
que el escudero no quería hablar antes que él por respeto, habló
primeramente y dijo: «Buen amigo, ¿cuál es vuestra voluntad, y adónde
vais y por qué habéis venido así?» «Señor (dijo el escudero), fama es
por luengas tierras que un Rey muy sabio ha pregonado Cortes, y que él
mismo se armará caballero, y después hará caballeros á otros barones
de su reino y de los extraños; por eso yo voy á aquella corte para ser
novel caballero, y mi palafrén, mientras yo me dormía por el trabajo
que he tenido de las grandes jornadas, me ha traído á este lugar».
Cuando el caballero oyó hablar de caballería y lo que pertenece al
oficio de caballero, lanzó un suspiro y empezó á cavilar, recordando el
honroso estado que por tanto tiempo había mantenido.
El escudero le pregunta la causa de su cavilación. El caballero
se la declara. El escudero ruega al anciano que le instruya en el
orden y regla de la caballería. El caballero le entrega el libro que
estaba leyendo y le hace la siguiente recomendación: «Amable hijo,
yo estoy cerca de la muerte y mis días están contados; este libro
ha sido compuesto para restaurar la devoción y la lealtad y el buen
ordenamiento que el caballero debe tener en su orden; por tanto, hijo
mío, hacedme el favor de llevar este libro á la corte adonde vais,
y mostrádselo á todos los caballeros noveles..... Y cuando estéis
armado caballero, volved por este lugar y decidme quién son aquellos
caballeros que no hayan sido obedientes á la doctrina de caballería».
El caballero dio su bendición al escudero, y el escudero tomó el libro,
y se despidió muy devotamente del caballero, y montó en su palafrén, y
prosiguió su camino alegremente.
La obra, al parecer, no está completa en ninguno de los dos códices
existentes, puesto que falta la vuelta del escudero y el cumplimiento
de su promesa. No así en el libro de D. Juan Manuel, donde el escudero
vuelve y recibe las instrucciones del caballero anciano, y asiste á su
muerte, y le da devota sepultura.
El caballero ermitaño, que no es otro que Raimundo Lulio mismo, el cual
por la descripción que hace de su persona física parece un precursor
del ingenioso hidalgo, lo es también por su doctrina noble, generosa,
cándidamente optimista y de una pureza moral intachable. Nunca ha sido
interpretada la caballería con más alto é ideal sentido. Consta el
libro de siete partes, en significación de los siete planetas; discurre
la primera sobre el origen de la caballería, que nació, según Lulio,
de una especie de pacto social. «Habían desfallecido en el mundo la
caridad, la lealtad, la justicia y la verdad, comenzando á imperar la
enemistad, la deslealtad, la injuria y la falsedad, y de aquí nació
gran trastorno en el pueblo cristiano. Y como el menosprecio de la
justicia había sido causado por falta de caridad, fue menester que la
justicia tornase á ser honrada por temor; y para eso todo el pueblo fue
repartido en millares, y de cada mil fue elegido un hombre más amable,
más sabio, más leal, más fuerte, dotado de más noble valor, de más
experiencia y más perfecta crianza que los restantes. Y se buscó entre
todas las bestias cuál era la más hermosa, y la más ligera y corredora,
y la más sufridora de trabajos, y la más digna de servir al hombre. Y
como el caballo es la bestia más noble, por eso fue elegido y entregado
al hombre que había sido preferido entre los mil, y por eso á este
hombre se le llamó caballero». La segunda parte trata del oficio de
caballería. La tercera, del examen que ha de hacerse al escudero que
quiere entrar en la orden de caballería. La cuarta, de la manera de
armar caballeros. La quinta, de lo que significan las armas. La sexta,
de las costumbres que pertenecen al caballero. La séptima, del honor
que debe tributársele.
Al fin de este tratado se refiere el autor á otro análogo que había
compuesto sobre el _orden de clerecía_. No ha sido descubierto hasta
ahora, pero la materia sobre que debía versar está tratada extensamente
en el _Blanquerna_, una de las obras capitales de R. Lull, bajo el
concepto literario, y que merece con toda propiedad el título de novela
social y pedagógica. Los doctos autores de la _Historia Literaria de
Francia_[138] van todavía más allá, y suponen que esta larga historia
de un joven que buscando la felicidad y la perfección recorre diversos
estados y condiciones del mundo, matrimonio, religión, prelacía,
sumo pontificado, y acaba por hacerse ermitaño, reconociendo que la
vida contemplativa es superior á todas, puede considerarse, aunque
muy remotamente, como una especie de preparación anticipada de las
novelas biográficas, cuyo primer modelo había de producir España más
adelante, y que con tendencia moral infinitamente menos ascética
hacen atravesar igualmente á su héroe todas la situaciones sociales,
sirviéndose de esta ocasión para pintar la sociedad contemporánea bajo
los aspectos más diversos. Tal semejanza, si existe, es ciertamente de
las más lejanas, y no puede imaginarse más raro precursor de Lazarillo
de Tormes y de Guzmán de Alfarache que el contemplativo ermitaño
Blanquerna, autor de las divinas efusiones del _Cántico del Amigo y del
Amado_.
De todos modos, el plan biográfico del _Blanquerna_, aunque parece tan
natural y sencillo, era enteramente original y creaba un nuevo tipo
en la novela moderna. El _Barlaam_ pudo sugerir á R. Lulio la idea
de un relato largo y piadoso, entremezclado de apólogos, ejemplos y
reflexiones morales y ascéticas, pero el plan de la leyenda budista y
el del _Blanquerna_ son enteramente diversos. Además, el _Blanquerna_
tiene mucho de memorias personales: la vida que el protagonista hace
en el yermo es la de Raimundo en Miramar y el monte Randa; la censura,
á veces acerba, de las imperfecciones del clero secular y regular, y
de los vicios que la opulencia engendraba en la poderosa burguesía de
las ciudades marítimas y mercantiles de Levante, está dictada por una
larga experiencia de la vida, y demuestra un espíritu observador fino
y penetrante, que no pierde de vista la tierra hasta cuando parece que
más se aleja de ella en sus ensueños místicos y en sus construcciones
transcendentales. Este realismo literario de algunas partes del libro
no es lo que menos sorprende.
Fué el beato Ramón una naturaleza mixta de pensador y poeta, de tal
manera que ni su arte dejó de ser didáctico nunca ni las ideas se le
presentaban primeramente en forma especulativa y abstracta, sino de
un modo figurativo y arreadas con los colores de la poesía simbólica.
Pensaba con la imaginación antes de pensar con el entendimiento, ó
más bien, en su intuición maravillosa, iban mezcladas la idea y la
forma inseparablemente. Y así como el mito y la ironía son elementos
perpetuos y esenciales en la filosofía platónica, así lo son en la
filosofía luliana la alegoría, el apólogo y las representaciones
gráficas en forma de árboles y de círculos. El carácter popular de
la doctrina estaba de conformidad con esto, y puede decirse que el
bienaventurado mártir filosofaba por colores y figuras. Sus mismas
aficiones cabalísticas, y las misteriosas virtudes que parece reconocer
en los números y en los nombres, encierran un elemento estético, aunque
de orden inferior: el elemento combinatorio. El _árbol de la ciencia_
es un paso más, y dependientes de aquel vasto, aunque sencillo,
simbolismo, aparecen ya los apólogos, si bien subordinados á un fin de
prueba y enseñanza, y dotados por lo común de más virtud silogística
que eficacia estética. Del apólogo, aun concebido así, no era difícil
el tránsito á la novela docente, representada en la vasta biblioteca
luliana por el _Libro de Maravillas_ y el _Blanquerna_: el primero, más
ameno y curioso por la variedad de materias; el segundo, muy superior
por la grandeza de la concepción, por el plan lógico y bien ordenado
y por tener intercaladas las páginas más bellas que en prosa escribió
su autor; el _Cántico del Amigo y del Amado_, joya de nuestra poesía
mística, digna de ponerse al lado de los angélicos cantos de San Juan
de la Cruz.
Es el _Blanquerna_ una novela utópica, pero no fantástica y fuera
de las condiciones de este mundo, como lo son, por ejemplo, la
_República_, de Platón; la _Utopía_, de Tomás Moro; la _Ciudad del
Sol_, de Campanella; la _Oceana_, de Harrington, ó la _Icaria_, de
Cabet. Al contrario, Raimundo Lulio, tenido comúnmente por entusiasta y
aun por fanático, aparece en este libro suyo hombre mucho más práctico
y de más recto sentido que todos los moralistas y políticos que se han
dado á edificar ciudades imaginarias. No hay una sola de las reformas
sociales, pedagógicas ó eclesiásticas propuestas por Ramón Lull cuyo
fondo no esté dado en alguna de las instituciones de la Edad Media y
de su patria catalana, ninguna de las cuales él intenta destruir, sino
avivarlas por la infusión del espíritu cristiano, activo y civilizador.
Es cierto que á través de las peripecias y episodios de la novela,
y mezclados con sus raptos y efusiones místicas y con la exposición
popular de su teodicea, va persiguiendo el beato Ramón los propósitos y
preocupaciones constantes de su vida: la liberación de Tierra Santa; la
enseñanza de las lenguas orientales; la polémica con los averroistas, y
el querer probar por razones naturales los dogmas de la fe. Pero todo
esto, que, con ser más ó menos aventurado é irrealizable, pertenece,
sin duda, á la esfera más alta de la especulación y de la actividad
humana, es, en cierto sentido, independiente de la utopía social y
de la fábula novelesca, la cual, á decir verdad, está cifrada en los
ejemplos de perfección que en sus respectivos estados nos dan Evast y
Aloma y su hijo _Blanquerna_.
No será bien que abra tal libro quien busque solamente en lo que lee
un frívolo y pasajero deleite. No se enfrasque en su lección quien
no tenga el ánimo educado para sentir lo primitivo, lo rústico y lo
candoroso. Nunca se vió mayor simplicidad de palabras cubriendo más
peregrinos conceptos y magnánimos propósitos. Todo es natural y llano;
todo plática familiar y desaliñada, en cuyos revueltos giros fulguran
de vez en cuando las iluminaciones del genio. Si la lengua que el
autor usa conserva todavía algún dejo y resabio de provenzalismo[139],
y no es con toda pureza la lengua del pueblo de Cataluña en el siglo
XIII, es, con todo eso, lengua eminentemente popular, no tanto por
las palabras y por los giros, como por el jugo y el sabor villanesco:
verdadero estilo de fraile mendicante, avezado á morar entre los pobres
y á consolar á los humildes.
Y era el alma del autor tan hermosa, y de tal modo, á pesar de su
triste experiencia mundana, había vuelto, por auxilio de la Divina
Gracia, á la bienaventurada simplicidad de los párvulos y de los pobres
de espíritu, que nadie, al leer una buena parte de sus capítulos,
recuerda al gran filósofo sintético, llamado por alguien, con frase
audaz, el _Hegel cristiano de los siglos medios_, sino que la primera
impresión que se siente es que tal libro hubo de brotar del espíritu
de un hombre rudo y sin letras, pero amantísimo de Dios y encendido
en celestiales y suprasensibles fervores. Y sin embargo, ¡cuánta
doctrina! Pero toda ella popular y acomodada al entendimiento de las
muchedumbres, para quien este prodigioso varón escribía. Aquí está el
último fondo del _Arte Magna_ y del _Libro del ascenso y descenso del
entendimiento_; pero no en la forma aceda, conveniente á paladares
escolásticos, sino todo en acción, en movimiento, en drama.
Y este drama tiene para nosotros otro valor, el valor histórico, como
que puede decirse que todo el siglo XIII va desfilando á nuestra
vista. Aquí penetramos en el cristiano hogar de Aloma, y asistimos
á las castas y reposadas pláticas de los padres de _Blanquerna_, y
á su conversión á Dios entera y heroica, fecundísima en frutos de
buen ejemplo. Aquí, en la delicadísima figura de Cana, la monja y
la abadesa, renace con todos sus místicos esplendores y suavísimas
consolaciones el huerto cerrado de las esposas de Cristo. Aquí el
caballero feudal, robador y tirano, aparece domado por la cruz y las
parábolas del monje y del ermitaño. Aquí vemos poblarse de anacoretas
las benditas soledades de Miramar y de Randa, y es tal el encanto de
realidad contemporánea que el libro tiene, que á ratos nos parece
recorrer las plazas de alguna ciudad catalana de los siglos medios, y
mezclarnos en el tráfago de mercaderes, juglares y menestrales, y á
ratos acompañar el séquito de los Cardenales por las calles de Roma,
y oir en el Consistorio la voz del Papa _Blanquerna_, repartiendo las
rúbricas del _Gloria in excelsis_.
Hay en el _Blanquerna_ algunos versos intercalados, pero lo más
poético, ya lo hemos dicho, es el _Cántico del Amigo y del Amado_, que
está en prosa, si bien partida en versículos, que contienen ejemplos
y parábolas, tantos en número como días tiene el año, formando el
conjunto un verdadero _Arte de contemplación_. Pero de este admirable
diálogo, que fácilmente puede separarse del _Blanquerna_, y varias
veces ha sido impreso aparte como libro de devoción[140], ya he
escrito bastante otras veces, y su estudio incumbe á la historia del
misticismo español y de la poesía lírica. Únicamente recordaremos,
porque explica en parte la forma poética del _cántico_ (de ningún modo
su espíritu), lo que el mismo Lulio dice de la ocasión que tuvo para
componerle: «Acordóse Blanquerna de que siendo Papa le refirió un moro
que entre los de su ley había algunas personas religiosas, las cuales
son muy respetadas y estimadas sobre las demás, y se llaman _sofíes_
ó _morabitos_, que suelen decir algunas palabras de amor y breves
sentencias que inspiran al hombre gran devoción, pero necesitan ser
expuestas, y por la exposición sube el entendimiento más arriba en su
contemplación, y con él asciende la voluntad y se multiplica más la
devoción. Después de haber considerado todo eso, resolvió Blanquerna
componer su libro según el dicho método, para multiplicar el fervor y
devoción de los ermitaños».
Escrito el _Blanquerna_ en 1283, según plausible conjetura del P.
Pascual, antecedió en tres años á otra larguísima novela titulada
_Libre de Maravelles_, ó más propiamente, _Libre apellat Felix de les
maravelles del mon_, que el beato Ramón terminó en París el día de la
Natividad de 1286[141]. El lazo entre ambas narraciones es manifiesto,
puesto que el ermitaño Blanquerna es uno de los personajes de la
segunda. La fábula general tiene mucho menos interés en el _Libro
Félix_, y puede contarse en dos palabras. Un hombre llamado Félix va
por el mundo, _maravillándose_ de todas las cosas que encuentra al
paso (de aquí el título del libro) y sacando de la consideración de
todas ellas fundamentos y razones para loar y glorificar continuamente
á Dios. Así, como el _Blanquerna_ es el primer _specimen_ de novela
biográfica en las literaturas occidentales de la Edad Media, el libro
de las peregrinaciones de Félix es el más antiguo tipo de la novela
episódica que los franceses llaman _à tiroirs_. Cada una de las
personas que Félix va encontrando en su viaje, sea pastor, ermitaño
ó filósofo, hombre de cualquier estado ó condición, cuenta diversas
historias, ejemplos y parábolas, para responder á las continuas
preguntas de aquél.
Dos cosas son de considerar en el _Libro Félix_, y explican la
predilección con que la crítica le ha mirado: lo enciclopédico de su
contenido y la presencia de elementos profanos, de sumo interés para
la historia general de la novelística, y que en ninguna otra de las
producciones de su autor aparecen. En cuanto á lo primero, el _Félix_
es un tratado popular, no sólo de moral y teología, sino de ciencias
físicas y naturales, y en algunos puntos contiene importantes ideas
que no están desenvueltas, á lo menos con tanta claridad, en ningún
otro libro luliano; sirvan de ejemplo la clarísima descripción de las
propiedades del imán y de la aguja náutica (en que tanto hincapié hizo
el P. Pascual para atribuirle, bien gratuitamente, su descubrimiento),
las ideas acerca de la generación de los metales y la reprobación
paladina del arte vana é irrisoria de la alquimia, entre cuyos adeptos
se pretendió luego afiliar al beato Ramón, inventándose multitud de
libros apócrifos con su nombre, siendo así que él negaba en redondo
la posibilidad de la transmutación artificial de las sustancias
metálicas[142].
En diez libros ó partes, de muy desigual extensión, trata Lulio
sucesivamente de la existencia de Dios, de la Unidad de su esencia
y Trinidad de personas, de la Creación, de la Encarnación, del
pecado original, de la Virgen Nuestra Señora, de los Profetas, de
los Apóstoles, de los ángeles, del cielo empíreo y del firmamento;
expone la teoría cosmológica de los cuatro elementos, su composición,
corrupción y movimiento; explica las nociones meteorológicas sobre
el rayo, el relámpago, el trueno, las nubes, la lluvia, la nieve, el
hielo, los vientos y las estaciones del año; discurre alegóricamente
sobre las plantas y los minerales; sustituye la zoología con el
grande apólogo que examinaremos después; escribe un largo tratado de
antropología y ética, en que es digno de especial atención el estudio
de los afectos y pasiones, de las virtudes y de los vicios, y dedica
los dos últimos libros á cuestiones de teología popular sobre el
Paraíso y el Infierno.
Ya hemos dicho que toda esta enciclopedia está expuesta en forma de
diálogos y corroborada con innumerables ejemplos é historietas: hasta
365, según la división favorita de su autor. Muchos de estos apólogos,
como inventados por él con puro fin de enseñanza, carecen de verdadero
contenido poético y rayan en secos y triviales, lo mismo que otros que
hay sembrados en el _Blanquerna_. Pero con ellos se mezclan algunos de
origen popular ó de tradición literaria, ora procedan de sermonarios y
repertorios de ejemplos para los predicadores (como el de la dama que
por extraña manera, difícil de ser expuesta en términos limpios, curó
de su loca pasión á un Obispo[143], anécdota que luego, muy adecentada
y poetizada, atribuyó la tradición al mismo Lulio y á una dama
genovesa), ora, y es caso más frecuente, tengan sus paradigmas en algún
apólogo oriental, como el del gallo y el zorro, tratado también por
Lafontaine, ó el del ciego, que enterró un tesoro y viéndose burlado
luego por un infiel vecino suyo encontró hábil é ingeniosa manera para
hacer que el mismo ladrón volviera á poner en el escondite las mil
libras que le había robado.
Pero el verdadero interés literario del _Libro Félix_ consiste en la
parte 7.ª, que sin dificultad puede aislarse de las restantes, como
lo hizo Conrado Hofmann, publicándola con el título algo pomposo de
_Thierepos_, ó sea epopeya animal[144]. En el original se llama _Libre
de les Besties_, y hay indicios para creer que R. Lulio le compuso
antes de pensar en escribir el _Félix_, donde aparece violentamente
intercalado.
El _Libre de les Besties_ es un vasto apólogo con honores de poema
satírico en prosa, dentro del cual se intercalan muchos apólogos
cortos. Comienza el relato con la elección de rey de los animales, que
recae en el león, y descríbense luego las intrigas de la corte de éste,
en que principalmente interviene el zorro, representación de la astucia.
No cabe controversia ni sobre el origen de la ficción principal ni
sobre los apólogos accesorios. Pudo creerse al principio que teníamos
aquí la única forma española conocida del ciclo satírico de _Renart_.
No era enteramente desconocida esta creación poética para R. Lulio,
puesto que de ella tomó el nombre de su protagonista, á quien designa
siempre, no con el genérico de _volp_, sino con el propio y peculiar
de _Na Renart_, siendo de notar la sustitución del género femenino al
masculino que este animal tiene en las versiones francesas.
Pero á esto se reduce toda la decantada influencia, puesto que las
demás semejanzas que una lectura superficial pudiera sugerir como
verosímiles entre ambas obras no son más que las muy vagas y remotas
que existen entre el _Renart_ y el verdadero modelo que R. Lulio tuvo
á la vista, el cual no es otro que el famoso libro árabe de _Calila y
Dimna_, del cual imitó el cuadro de la fábula y también muchos de los
cuentos, pero todo ello con tan notables y sustanciales diferencias,
que, á no suponerlas nacidas de su propio ingenio y capricho, indican
que no tenía el original á la vista, aunque recordaba los principales
puntos de él. Desde luego es original de Raimundo la grande escena de
la elección del rey de los animales, el apoyo que al león presta el
zorro, la oposición del buey y del caballo, que ofendidos se entregan
al hombre. Le pertenece también el importante episodio de la embajada
que el rey de los animales envía al rey de los hombres por medio del
leopardo y de la onza, llevándole como presentes el gato y el perro.
La descripción de la corte del rey de los hombres da pretexto á
nuestro autor para censurar la licencia y deshonestidad de los cantos
y músicas de los juglares. Otro episodio enteramente nuevo y propio
de un libro de caballerías es el combate singular entre la onza y el
leopardo, á quien el león había robado tiránicamente su mujer. De los
dos chacales ó lobos cervales del texto árabe no ha conservado más que
uno, convirtiéndole en zorra, lo mismo que el traductor latino, Juan
de Capua. Todo lo restante de la primera parte del _Calila y Dimna_
está imitado con la misma libertad, pasando á veces á formar parte
del cuadro general los que en el libro árabe eran apólogos sueltos
recitados por varios animales y atribuyéndose á unos las aventuras de
otros. El animal, verbigracia, que por necia confianza se sacrifica
para aplacar el hambre del león, no es aquí el camello, sino el buey.
La conspiración del zorro contra el rey, descubierta por el elefante,
y el castigo y suplicio del pérfido consejero, difieren en gran manera
del relato análogo del _Calila_.
Los apólogos sueltos están imitados con más fidelidad y conservan
mejor las líneas generales. Entre ellos figuran el de la rata
convertida en mujer, el del cuervo y la serpiente, el de la garza y
los pescados, el terrible cuento budista del hombre ingrato y las
bestias agradecidas, que ya Ricardo Corazón de León contaba en 1195 y
que todavía encontramos en el _Criticón_ de Baltasar Gracián, el del
zorro y los dos machos cabríos. Dos ó tres no menos curiosos hay en el
_Libro Félix_ que no proceden del _Calila_, pero que se encuentran en
otras colecciones novelescas de la misma familia; por ejemplo, el de la
mujer curiosa y el gallo, que está en la introducción de _Las Mil y una
noches_. Acaso estos cuentos estarían intercalados en el _Calila_ que
vió Ramón Lull, ó llegarían á él por tradición oral de los musulmanes,
que es lo más probable. Todos ellos están narrados con facilidad y
gracia; pero cuando los autores de la _Historia Literaria_ conceden á
Lulio el mérito de haber traído por primera vez la mayor parte de estos
apólogos á una lengua vulgar, parecen olvidar la traducción castellana
del _Calila_, que es de 1261 por lo menos, al paso que el _Libro Félix_
tiene la fecha de 1286. La diferencia es muy pequeña, como se ve, y
siempre le queda á Lulio la ventaja de haber dado á sus ejemplos una
forma relativamente original, acaso porque escribía de memoria.
La influencia de R. Lulio en las obras didácticas de D. Juan, hijo
del infante don Manuel, ha sido exagerada en los términos[145]; pero
es innegable respecto de un libro, y puede presumirse racionalmente
respecto de otro. El libro _del caballero et del escudero_, que el
nieto de San Fernando compuso «en una manera que dicen en Castiella
fabliella», tiene por modelo en sus primeros capítulos el _Libre del
orde de cavayleria_, y el mismo D. Juan Manuel confiesa esta imitación,
aunque sin nombrar á Lulio: «Yo don Johan, fijo del Infante don Manuel,
fiz este libro, en que _puse algunas cosas que fallé en un libro_,
et si el comienço dél [es] verdadero o non, yo [non] lo sé, mas que
me paresció que las razones que en él se contenían eran muy buenas,
tove que era mejor de las scrivir que de las dexar caer en olvido.
E otrosi puse y algunas otras razones que fallé scritas, et otras
algunas que yo puse, que pertenescian para seer y puestas». En efecto,
la sencillísima fábula novelesca es casi la misma en ambas obras, si
bien debe advertirse que habiéndose perdido un enorme trozo del libro
castellano (desde el capítulo III al XVII), no es posible apreciar las
variantes de detalle que pudo introducir el nieto de San Fernando.
Lo que tenemos del principio se reduce á lo siguiente: «Dise en el
comienço de aquel libro que en una tierra avia un Rey muy bueno et muy
onrado et que fazia muchas buenas obras, todas segun pertenescia á su
estado... Acaesció una vez que este Rey mandó fazer unas cortes, et
luego que fue sabido por todas las tierras, vinieron y de muchas partes
muchos omnes ricos et pobres. Et entre las otras gentes venia y un
escudero mancebo, et commo quier que él non fuesse omne muy rico, era
de buen...»[146]. Aquí queda interrumpido el relato, y cuando volvemos
á encontrar al caballero y al escudero es en plena plática sobre el
oficio y orden de la caballería. En estas instrucciones doctrinales
hay mucha semejanza, pero no identidad ni mucho menos, y aun D. Juan
Manuel cita otra fuente: «Pero si vos quisierdes saber todo esto que me
preguntastes de la cavallería conplidamente, leed un libro que fizo un
sabio que dizen _Vejecio_, et y lo fallaredes todo».
En el prólogo de Raimundo Lulio nada se dice de lo que aconteció al
escudero en las justas, ni de su vuelta á la ermita, ni de las nuevas
lecciones que recibió del caballero anciano, ni de la muerte y entierro
de éste último. Todas estas son adiciones de D. Juan Manuel para
dar más interés y atractivo á la novela y poder intercalar en ella
nuevos elementos didácticos. Las enseñanzas que contiene esta segunda
parte del libro, que es la más larga, no pertenecen ya al doctrinal
caballeresco, sino que constituyen una pequeña enciclopedia, en que
sucesivamente se trata de Dios, de los ángeles, del Paraíso y el
Infierno, de los cielos, de los elementos, de los planetas, del hombre,
de las bestias, aves y pescados, de las yerbas, árboles, piedras y
metales, de la mar y la tierra. El plan es, con corta diferencia, el
del _Libro Félix_, y me parece seguro que don Juan Manuel le conoció,
pero en su exposición nada hay que recuerde el peculiar tecnicismo
luliano ni los procedimientos dialécticos á que nunca renunciaba el
Doctor Iluminado, y que dan tanta originalidad _formal_ á su doctrina
hasta cuando no hace más que exponer las nociones vulgares del saber de
la Edad Media. Tal sucede en el caso presente, y la misma vulgaridad de
estas nociones hace difícil la investigación precisa de sus fuentes,
pues lo mismo que en R. Lulio pudo encontrarlas el Príncipe castellano
en las _Etimologías_ de San Isidoro, en el _Speculum_ de Vicente de
Beauvais, en las obras de su propio tío Alfonso el Sabio ó en el
_Lucidario_ de su primo el rey D. Sancho. Cuando habla por su propia
cuenta, como al tratar de las aves, bien se ve al gran cazador y al
observador entusiasta, que enriquece su estilo con admirable caudal de
rasgos pintorescos.
Tan pagado quedó D. Juan Manuel del _Libro del caballero et del
escudero_ (que debió de ser el primero que compuso), que al citarle
años después en el _Libro de los Estados_, no pudo menos de elogiarse
á sí mismo candorosamente: «Et como quier que este libro fizo D. Johan
en manera de fabliella, sabed, señor infante, que es muy buen libro
et muy aprovechoso, et todas las razones que en él se contienen son
dichas por muy buenas palabras et por los muy fermosos latines que yo
nunca oí decir en libro que fuese fecho en romance». Este singular
cuidado del estilo, esta preocupación literaria, tan rara en la Edad
Media, aleja notablemente el arte reflexivo de D. Juan Manuel de la
espontaneidad abandonada y genial de Ramón Lull. Don Juan Manuel era un
escritor aristocrático y refinado; R. Lulio un predicador popular, un
asceta sublime, un iluminado. Entre dos naturalezas tan diversas pudo
haber contacto fortuito, pero no verdadera compenetración. R. Lulio
influyó en D. Juan Manuel como tratadista enciclopédico y como autor de
apólogos y _fabliellas_, pero su misticismo y su doctrina de la ciencia
le fueron extraños siempre; no así sus razones de teología popular, que
acepta y da por buenas en varios pasajes de sus obras.
El _Libro de los Estados_, que es la más extensa, aunque no la más
importante de las obras del egregio sobrino del Rey Sabio, tiene
notoria semejanza con el _Blanquerna_ en cuanto ofrece una revista
completa de la sociedad del siglo XIV en todas sus clases, condiciones
y jerarquías, así de clérigos como de laicos. Pero en D. Juan Manuel
esta revista es puramente expositiva, al paso que en el filósofo
mallorquín está toda en acción y es el fondo mismo de la novela. Con el
_Libro del Gentil y de los tres Sabios_ conviene el de los _Estados_
en incluir una breve comparación de las tres leyes. Pero ni este
tratado, ni el _Blanquerna_, ni el _Félix_, ni mucho menos el _Poema de
Perceval_, como alguien ha supuesto, explican los verdaderos orígenes
de la ficción de D. Juan Manuel, que se deriva directamente de la
tradición oriental representada por un libro de los más conocidos y
famosos.
El _Libro de los Estados_ es, sin disputa, un _Barlaam y Josaphat_,
el más antiguo y el más interesante de los que tenemos en nuestra
lengua. Pero ofrece tales divergencias respecto del _Barlaam_ cristiano
atribuido á San Juan Damasceno y vulgarizado en todas las literaturas
de la Edad Media, que para mí no es dudoso que fué otro libro distinto,
probablemente árabe ó hebreo, el que nuestro príncipe leyó ó se hizo
leer, y arregló luego con la genial libertad de su talento, trayendo
la acción á sus propios días y enlazándola con recuerdos de su propia
persona. En una palabra, creemos que el _Libro de los Estados_, aunque
en el fondo sea un _Barlaam_, en su forma es una nueva y distinta
adaptación cristiana de la leyenda del reformador de Kapilavastu.
Hasta el nombre de _Johas_, que D. Juan Manuel le da, parece mucho más
próximo que el _Josaphat_ griego á la forma _Joasaf_, usada por los
cristianos orientales, la cual á su vez era corruptela de _Budasf_,
como ésta de _Budisatva_; explicándose tales cambios por la omisión en
árabe de los puntos diacríticos. Además, en D. Juan Manuel, los tres
encuentros de Buda están reducidos á uno solo, y éste es precisamente
el que falta en el _Barlaam y Josaphat_, aunque sea el más capital de
todos en el _Lalita Vistara_. En D. Juan Manuel, el Príncipe no ve al
ciego, ni al leproso, ni al viejo decrépito, sino solamente _el cuerpo
del ome finado_, y por eso es más grande y dramática la forma de su
única iniciación en el misterio de la muerte (cap. VII).
«Et andando el infante Johas por la tierra, asi como el Rey su padre
mandara, acaesció que en una calle por do él pasaba, tenian el cuerpo
de un home muy honrado que finara un dia antes, et sus parientes et
sus amigos et muchas gentes que estaban y ayuntados, facían muy grant
duelo por él. Et cuando Turin, el caballero que criaba al Infante,
oyó de lueñe las voces, et entendió que facían duelo, acordóse de lo
que el rey Morován, su padre del infante, le demandara, et por ende
quisiera muy de grado desviar el Infante por otra calle do non oyese
aquel llanto, porque hobiese á saber que le facían porque aquel home
muriera. Mas porque al logar por do el Infante queria ir era más
derecho el camino por aquella calle, non le quiso dexar pasar, et fue
yendo fasta que llegó al logar do facían el duelo, et vió el cuerpo
del home finado que estaba en la calle, et cuando le vió yacer et vió
que habia faciones et figura de home, et entendió que se non movia
nin facia ninguna cosa de lo que facen los homes buenos, maravillose
ende mucho... Et porque el Infante nunca viera tal cosa nin lo oyera,
quisiera luego preguntar á los que estaban qué cosa era; mas el grant
entendimiento que habia le retuvo que lo non feciese, ca entendió que
era mejor de lo preguntar más en puridad á Turin, el caballero que
lo criara, ca en las preguntas que home face se muestra por de buen
entendimiento ó non tanto... A Turin pesó mucho de aquellas cosas que
el Infante viera, é aun más de lo que él le preguntara, et fizo todo su
poder por le meter en otras razones et le sacar de aquella entencion;
pero al cabo, tanto le afincó el Infante, que non pudo excusar dél
decir alguna cosa ende, et por ende le dixo: «Señor, aquel cuerpo que
vos allí viestes era home muerto, et aquellos que estaban en derredor
dél, que lloraban, eran gentes que le amaban en cuanto era vivo, et
habian grant pesar porque era ya partido dellos, et de alli adelante
non se aprovecharían dél. É la razon porque vos tomastes enojo et como
espanto ende, fue que naturalmente toda cosa viva toma enojo et espanto
de la muerte, porque es su contraria, et otrosi de la muerte, porque es
contraria de la vida...».
Coincide el _Libro de los Estados_ con el de _Barlaam y Josafat_ en la
disputa de las religiones, en la conversión del rey, padre de Joas,
y en otros pormenores, pero no en el motivo del encerramiento del
Príncipe, que aquí no se funda en un vaticinio de los astrólogos, ni
en el recelo de que se convirtiera á la nueva fe, sino en el motivo
puramente humano, aunque quimérico, de ahuyentar de él la imagen del
dolor y de la muerte. «Este rey Morován, por el grant amor que había
á Johas su fijo el Infante, receló que si supiese qué cosa era la
muerte ó qué cosa era pesar, que por fuerza habría á tomar cuidado et
despagamiento del mundo, et que esto seria razón porque non viviese
tanto ni tan sano».
El libro de D. Juan Manuel, aunque curiosísimo históricamente y tan
bien escrito como todas sus obras, no corresponde del todo á tan
soberbia portada. Desde la conversión y bautizo del Infante pierde
todo interés novelesco. Las instrucciones morales y políticas que el
ayo Julio da á Joás se leen con gusto por la gracia de la expresión y
por el fino sentido práctico que caracteriza á nuestro moralista, pero
carecen de la profundidad dogmática y del inefable hechizo que tienen
las ascéticas parábolas del _Barlaam_.
Y llegamos á la obra capital de D. Juan Manuel, á la obra maestra de la
prosa castellana del siglo XIV, á la que comparte con el _Decameron_
la gloria de haber creado la prosa novelesca en Europa, puesto que
ni las _Cento novelle antiche_ en Italia, ni en España las obras que
hasta aquí van enumeradas, son productos de arte literario, maduro y
consciente, sino primera materia novelística, elementos de _folk-lore_,
obra anónima y colectiva, ó bien parábolas y símbolos, puestos, como en
el caso de R. Lull, al servicio de una enseñanza moral ó teológica. El
cuento por el cuento mismo, como, en Boccaccio; el cuento como trasunto
de la varia y múltiple comedia humana, y como expansión regocijada
y luminosa de la alegría de vivir; el cuento sensual, irreverente,
de bajo contenido á veces, de lozana forma siempre, ya trágico, ya
profundamente cómico, poblado de extraordinaria diversidad de criaturas
humanas con fisonomía y afectos propios, desde las más viles y abyectas
hasta las más abnegadas y generosas; el cuento rico en peripecias
dramáticas y detalles de costumbres, observados con serena objetividad
y trasladados á una prosa elegante, periódica, cadenciosa, en que el
remedo de la facundia latina y del número ciceroniano, por lo mismo que
se aplican á tan extraña materia, no dañan á la frescura y gracia de
un arte juvenil, sino que le realzan por el contraste, fué creación de
Juan Boccaccio, padre indiscutible de la novela moderna en varios de
sus géneros y uno de los grandes artífices del primer Renacimiento.
En 1335, trece años por lo menos antes de la composición del
_Decameron_ (puesto que la peste de Florencia, con cuya descripción
empieza, acaeció en 1348), había terminado D. Juan Manuel la memorable
colección de cuentos y apólogos que lleva el título de _Libro de
Patronio_, y más comúnmente el de _Conde Lucanor_. No puede haber dos
libros más desemejantes por el temperamento de sus autores, por la
calidad de las narraciones, por el fondo moral, por los procedimientos
de estilo, y sin embargo, uno y otro son grandes narradores, cada cual
á su manera, y sus obras, en cuanto al plan, pertenecen á la misma
familia, á la que comienza en la India con el _Calila y Dimna_ y el
_Sendebar_ y se dilata entre los árabes con _Las Mil y una noches_.
El cuadro de la ficción general que enlaza los diversos cuentos es
infinitamente más artístico en Boccaccio que en D. Juan Manuel; las
austeras instrucciones que el conde Lucanor recibe de su consejero
Patronio no pueden agradar por sí solas como agradan las introducciones
de Boccaccio, cuyo arte es una perpetua fiesta para la imaginación
y los sentidos. Además, el empleo habitual de la forma indirecta
en el diálogo comunica cierta frialdad y monotonía á la narración;
en este punto capital, Boccaccio lleva notable ventaja á don Juan
Manuel y marca un progreso en el arte. Y sin embargo, el que lee los
hermosísimos apólogos de D. Illán, el mágico de Toledo; de Álvar Fáñez
y Doña Vascuñana; de los burladores que hicieron el paño mágico; del
mancebo que casó con una mujer áspera y brava y llegó á amansarla; del
conde Rodrigo el Franco y sus compañeros; de la prueba de los amigos;
de la grandeza de alma con que el Sultán Saladino triunfó de su viciosa
pasión por una buena dueña, mujer de un vasallo suyo, no echa de menos
el donoso artificio del liviano novelador de Certaldo, y se encuentra
virilmente recreado por un arte mucho más noble, honrado y sano,
no menos rico en experiencia de la vida y en potencia gráfica para
representarla é incomparablemente superior en lecciones de sabiduría
práctica. No era intachable D. Juan Manuel, especialmente en lo que
toca á la moralidad política, y su biografía ofrece hartos ejemplos de
mañosa cautela, de refinada astucia, de inquieta y tornadiza condición,
y aun de verdaderas tropelías y desmanes que la guerra civil traía
aparejados en aquella edad de hierro. Pero, con todo eso, fué quizá
el hombre más humano de su tiempo, y lo debió en parte al alto y
severo ideal de la vida que en sus libros resplandece, aunque por las
imperfecciones de la realidad no llegara á reflejarle del todo en sus
actos. Criado á los pechos de la sabiduría oriental, que adoctrinaba
en Castilla á príncipes y magnates, fué un moralista filosófico más
bien que un moralista caballeresco. Sus lecciones alcanzan á todos
los estados y situaciones de la vida, no á las clases privilegiadas
únicamente. En este sentido hace obra de educación popular, que se
levanta sobre instituciones locales y transitorias, y conserva un
jugo perenne de buen sentido, de honradez nativa, de castidad robusta
y varonil, de piedad sencilla y algo belicosa, de grave y profunda
indulgencia y á veces de benévola y fina ironía. El triunfo que
Boccaccio consigue muchas veces adulando los peores instintos de la
bestia humana, lo alcanza no pocas D. Juan Manuel dirigiéndose á la
parte más elevada de nuestro sér. Hay en su libro, como en todas las
colecciones de apólogos, algunas lecciones que pueden parecer dictadas
por el egoísmo ó por el principio utilitario, pero son las menos, y ni
una sola hay en que se haga la menor concesión á los torpes apetitos
que sin freno se desbordan en la parte inhonesta del _Decameron_, que
es por desgracia la más larga. Esta virtud, que lo sería en cualquier
tiempo, lo es mucho más en un autor de la Edad Media, laico por
añadidura y nada ascético, que pasó su vida en el tráfago mundano como
hombre de acción y de guerra. Para no escribir en el siglo XIV como
Boccaccio ó como el Arcipreste de Hita, se necesitaba una exquisita
delicadeza de alma, una repugnancia instintiva á todo lo feo y villano,
que es condición estética, á la par que ética, de espíritus valientes,
como el de Manzoni por ejemplo, y que nada tiene que ver con los ñoños
escrúpulos de cierta literatura afeminada y pueril.
La vida doméstica está concebida en el _Conde Lucanor_ como rígida
disciplina de la voluntad, pero no como lazo de sumisión servil. La
mujer aparece en condición dependiente ó inferior, si se compara con
las vanas y adúlteras quimeras del falso idealismo provenzal ó bretón,
que profanaron el tipo femenino en son de apoteosis; pero ejerce dentro
del hogar su tierna y callada influencia, ya con ingeniosa sumisión,
como Doña Vascuñana, ya con bárbaro heroísmo, como la mujer de D. Pedro
Núñez. Hay que retroceder á las canciones de gesta para encontrar en
las Aldas, Jimenas y Sanchas los verdaderos prototipos de las heroínas
de D. Juan Manuel, que en esta como en otras cosas es continuador de la
poesía épica.
Porque entre los varios aunque no discordes elementos que entraron en
la composición del _Libro de Patronio_, no fué el último ciertamente la
tradición castellana, ya oral, ya cantada, que revive en las anécdotas
relativas al conde Fernán González, vencedor en Hacinas; al prudente
y sagaz Álvar Fáñez y á las hijas de D. Pedro Ansúrez; al Adelantado
de León Pero Meléndez de Valdés, el de la pierna quebrada; al conde
Rodrigo el Franco, último señor de las Asturias de Santilana, que murió
de la lepra en Palestina, y á los tres fieles compañeros de armas que
le siguieron en su postrera y dolorosa peregrinación, asistiéndole
con caridad heroica y transportando sus huesos á Castilla; á los
adalides de la conquista de Andalucía, Garci Pérez de Vargas y Lorenzo
Suárez Gallinato, el que descabezó en Granada al capellán renegado;
á Garcilaso de la Vega, el que _cataba mucho en agüeros_, y á otros
personajes no legendarios, sino históricos, que se mueven en estos
lindos relatos con la misma bizarría y denuedo que en las Crónicas,
pero al mismo tiempo con cierto gracioso y familiar desenfado.
Otras historietas como aquellas, en que suenan los nombres de Saladino
y Ricardo Corazón de León, nos transportan al gran ciclo de las
Cruzadas, cuya popularidad era grande en España y está atestiguada por
la traducción de la _Gran conquista de Ultramar_.
El conocimiento que D. Juan Manuel tenía de la lengua arábiga, y no
sólo de la vulgar que como Adelantado del reino de Murcia debió de usar
con frecuencia en sus tratos de guerra y paz con los moros de Granada,
sino también de la literaria, como ya lo indica el _Libro de los
Estados_, se confirma en _El Conde Lucanor_ con ejemplos como el de los
caprichos de la reina Romayquia, mujer del gran poeta y desventurado
rey Almotamid de Sevilla (que se encuentra narrado de igual modo en
la gran compilación histórica de Al-Makari); el del _añadimiento_ ó
perfección que el rey Alhaquime (Al-Haken II de Córdoba) introdujo en
el instrumento músico llamado albogón, y el de la mora que quebrantaba
los cuellos de los muertos; en todos los cuales se encuentran palabras
de aquella lengua transcritas con toda puntualidad. Hemos de creer,
por consiguiente, que, además de los libros de cuentos que ya corrían
traducidos al castellano, como el _Calila_, ó al latín, como la
_Disciplina Clericalis_, manejó D. Juan Manuel otras colecciones en
su lengua original. Por ejemplo, la novela fantástica, á la par que
doctrinal, del mágico de Toledo, que es por ventura la mejor de la
colección, se encuentra también en el libro, árabe de _Las cuarenta
mañanas y las cuarenta noches_[147]. Pero don Juan Manuel, como
todos los grandes cuentistas, imprime un sello tan personal en sus
narraciones, ahonda tanto en sus asuntos, tiene tan continuas y felices
invenciones de detalle, tan viva y pintoresca manera de decir, que
convierte en propia la materia común, interpretándola con su peculiar
psicología, con su ética práctica, con su humorismo entre grave y
zumbón. Tan fácil es alargar indefinidamente, como lo han hecho Knust
respecto del _Conde Lucanor_ y Landau respecto del _Decameron_, la
lista de los paralelos y semejanzas con los cuentos de todo país y de
todo tiempo, como difícil ó imposible marcar la fuente inmediata y
directa de cada uno de los capítulos de ambas obras. Ni D. Juan Manuel
ni Boccaccio tienen un solo cuento original; este género de invención
se queda para las medianías; pero el cuento más vulgar parece en ellos
una creación nueva.
Con ser tan reducido el número de cuentos del _Libro de Patronio_,
pues no pasa de cincuenta[148], la mitad exactamente que los del
_Decameron_, y mucho más breves por lo general, hay en ellos variedad
extraordinaria, y no sería temerario decir que en esta parte aventaja
al novelista florentino, si se tiene en cuenta que nuestro rígido
moralista no admitió una sola historia libidinosa, y hasta prescindió
sistemáticamente de las aventuras de amor (pues nadie dará tal nombre á
la victoria moral de Saladino), ni abrió la puerta tampoco al elemento
antimonástico y anticlerical, que en la obra de Boccaccio tiene tanta
parte. Hay en el _Conde Lucanor_ fábulas esópicas y orientales como
la del raposo y el cuervo; la de la golondrina cuando vió sembrar el
lino; la de Doña Truhana, que vertió la olla de miel por distraerse en
pensamientos ambiciosos y vanos; la de los dos caballos y el león; la
del raposo y el gallo; la de los cuervos y los búhos; la del león y el
toro (que se encuentra, como la anterior, en el _Pantschatantra_ y en
el _Hitopadesa_); la del raposo que se hizo el muerto (contada también
por el Arcipreste de Hita); la del falcón sacre, el águila y la garza,
que es una anécdota de caza acontecida á su propio padre el Infante D.
Manuel. Otras son sencillas parábolas, como la de las hormigas; la del
corazón del avaro lombardo, que se encontró después de su muerte en
el fondo del arca de sus caudales, ó las palabras que dijo un genovés
moribundo á su alma. Otras son alegorías bastante desarrolladas, como
la del Bien y el Mal y la de la Mentira y la Verdad. Abundan, como
hemos visto, los ejemplos de la historia patria y de las ajenas, y
los casos y escenas de la vida familiar. El cuento maravilloso está
dignamente representado, aunque por muy pocos ejemplares, como el
sabrosísimo de don Illán y el del hombre que se hizo amigo y vasallo
del diablo, á quien invocaba con el nombre de D. Martín. Son cuentos de
profundísima intención satírica el del paño mágico y el del alquimista.
Finalmente, parece imposible reunir en tan corto espacio tantas fuentes
de interés diversas. No es maravilla que al repasar las hojas de tan
ameno libro nos salgan al paso á cada momento asuntos que nos son
familiares. El _salto del Rey Richarte de Inglaterra_ es una leyenda
análoga á la de _El Condenado por desconfiado_, aunque D. Juan Manuel
la trata más caballeresca que teológicamente. El apólogo de los dos
sabios en _La Vida es sueño_ se titula en _El Conde Lucanor_: «_De
lo que aconteció á un home que por pobreza et mengua de otra vianda
comia atramuces_». El mismo Calderón, y antes de él Lope de Vega, en
su comedia _La Pobreza Estimada_, dramatizaron el caso del conde de
Provenza y el consejo que le dió Saladino respecto del matrimonio de
su hija. _La Fiera Domada_, de Shakespeare (_Taming of the shrew_),
tiene el mismo argumento que la historia, deliciosamente contada, del
«mancebo que casó con una mujer muy fuerte et muy brava». El apólogo
del filósofo que fingiendo entender la lengua de las cornejas corrigió
al Príncipe de cuya educación estaba encargado pasó al _Gil Blas_,
donde se atribuye equivocadamente á Bildpay. El cuento de los tres
burladores que labraron el paño mágico (cuya idea fundamental es la
misma de _El retablo de las Maravillas_, de Cervantes) se encuentra
todavía en los cuentos daneses de Andersen, por imitación directa
del _Lucanor_. Bastan estas sucintas indicaciones para comprender la
importancia que el _Conde Lucanor_ tiene en la tradición literaria y en
la novelística universal, en la cual figura acaso como el primer libro
original de cuentos en prosa, puesto que el _Novellino_ italiano del
siglo XIII es cosa tan descarnada, tan seca, tan poco literaria, que
deja atrás la sequedad de Pedro Alfonso y del compilador del _Gesta
Romanorum_[149].
Porque la grande y verdadera originalidad de D. Juan Manuel consiste en
el estilo. No puede decirse que creara nuestra prosa narrativa, porque
de ella había admirables ejemplos en la _Crónica general_; pero aquella
prosa tenía el carácter de las construcciones anónimas, participaba
de la impersonalidad de la poesía épica, y en muchos casos era una
continuación, una derivación suya, era la misma epopeya desatada y
disuelta en prosa. En sus elementos léxicos y en su sintaxis, la lengua
de D. Juan Manuel no difiere mucho de la de su tío; es la misma lengua,
pulida y cortesana ya, en medio de su ingenuidad, en que se escribieron
las _Partidas_ y se tradujeron los libros _del saber de Astronomía_;
lengua grave y sentenciosa, de tipo un tanto oriental, entorpecida
por el uso continuo de las conjunciones. Nada tiene de la redundante
y periódica manera con que halaga los oídos la prosa italiana de
Boccaccio, pero en cambio está libre de todo amaneramiento retórico. D.
Juan Manuel era extraño al renacimiento de los estudios clásicos, que
tenían en Boccaccio uno de sus más ilustres representantes; nada innovó
en cuanto á las condiciones externas de la forma literaria, pero,
dotado de una individualidad poderosa, la trasladó sin esfuerzo á sus
obras y fué el primer escritor de nuestra Edad Media que tuvo _estilo_
en prosa, como fué el Arcipreste de Hita el primero que le tuvo en
verso. Hay muchos modos de contar una anécdota; reducida á sus términos
esquemáticos, como en la _Disciplina Clericalis_ ó en el _Libro de
los enxemplos_, no tiene valor estético alguno. El genio del narrador
consiste en saber extraer de ella todo lo que verdaderamente contiene;
en razonar y motivar las acciones de los personajes; en verlos como
figuras vivas, no como abstracciones simbólicas; en notar el detalle
pintoresco, la actitud significativa; en crear una representación total
y armónica, aunque sea dentro de un cuadro estrechísimo; en acomodar
los diálogos al carácter, y el carácter á la intención de la fábula;
en graduar con ingenioso ritmo las peripecias del cuento. Todo esto
hizo D. Juan Manuel en sus buenos apólogos, que son todos aquellos en
que la materia no era de suyo enteramente estéril. Toma, por ejemplo,
el cuento oriental de la prueba de las promesas; le naturaliza en
Castilla; aprovecha la tradición de las escuelas de nigromancia de
Toledo para dar color local al sabroso relato; describe con cuatro
trazos firmes y sobrios el aula mágica («et entraron amos por una
escalera de piedra muy bien labrada, et fueron descendiendo por ella
muy grand pieza, en guisa que parescian tan bajos que pasaba el río
Tajo sobre ellos; et desque fueron en cabo de la escalera fallaron una
posada muy buena en una cámara mucho apuesta que y habia, do estaban
los libros et el estudio en que habían de leer»); copia de la realidad
contemporánea un deán de Santiago y un sabio de Toledo, que ciertamente
no han pasado por Bagdad ni por el Cairo; les atribuye ambiciones
y codicias enteramente propias de su estado y condición; prepara
hábilmente los cinco rasgos de ingratitud, y no deja traslucir hasta
el fin la clave fantástica envuelta en el convite de las perdices.
Todo esto en un cuento que apenas tiene tres páginas. El que con tanta
habilidad combina un plan y con tanta gracia mueve los resortes de la
narración en la infancia del arte, bien merece ser acatado como el
progenitor de la nutrida serie de novelistas que son una de las glorias
más indisputables de España[150].
Era tan inclinado D. Juan Manuel á la forma del apólogo, que lo usó
hasta en el prólogo general de sus obras, donde intercala el del
trovador de Perpiñán y el zapatero que le estropeaba sus versos. Esta
anécdota, que se encuentra también, atribuida á Dante con un herrero,
en uno de los cuentos de Sacchetti, hizo sospechar á D. Manuel Milá
que acaso las novelas rimadas de los provenzales, de las cuales es una
muestra dicho apólogo, pudieran contarse entre las fuentes posibles
del _Conde Lucanor_. Aunque el caso sea aislado, la sospecha no parece
inverosímil, si se considera que D. Juan Manuel conocía la literatura
catalana, tan emparentada con la provenzal, ó imitó alguna vez á
Ramón Lull. Además, en la poesía provenzal, propiamente dicha, uno de
los principales representantes del género narrativo era español de
nacimiento, aunque intransigente purista en cuanto al empleo de la
lengua clásica de los trovadores: el gramático y preceptista Ramón
Vidal de Besalú, que visitó la corte de Alfonso VIII de Castilla,
donde supone recitada su liviana novela del _Castia-gilós_ (castigo
ó amonestación de celosos), una variante del eterno tema del marido
burlado, apaleado y contento[151]. Pero de la novela en verso
prescindimos en este estudio, aunque una sola excepción hemos de hacer
tratándose del gran monumento poético que comparte con las obras de D.
Juan Manuel la mayor gloria del ingenio castellano en el siglo XIV.
Suprimir enteramente al Arcipreste de Hita sólo porque usó la forma
métrica sería dejar sin explicación genealógica futuras formas de la
novela, precisamente las que mejor caracterizan las tendencias del
genio nacional.
No es mi intento rehacer el largo estudio que hace años dediqué á este
poeta. Sólo recordaré algo que importa á mi objeto actual, é insistiré
en algún punto que entonces traté de pasada.
Escribió el Arcipreste en su libro multiforme la epopeya cómica de
una edad entera, la _Comedia Humana_ del siglo XIV; logró reducir
á la unidad de un concepto humorístico el abigarrado y pintoresco
espectáculo de la Edad Media en el momento en que comenzaba á
disolverse y desmenuzarse. Se puso entero en su libro con absoluta
y cínica franqueza, y en ese libro puso además todo lo que sabía (y
no era poco) del mundo y de la vida. Es, á un tiempo, el libro más
personal y el más exterior que puede darse. Como fuente histórica
vale tanto, que si él faltara ignoraríamos casi totalmente un aspecto
de la vida castellana de los siglos medios, así como sería imposible
comprender la Roma imperial sin la novela de Petronio, aunque Tácito
se hubiese conservado íntegro. Las _Crónicas_ nos dicen cómo combatían
nuestros padres, los fueros y los cuadernos de Cortes nos dicen cómo
legislaban; sólo el Arcipreste nos cuenta cómo vivían en su casa y en
el mercado, cuáles eran los manjares servidos en sus mesas, cuáles
los instrumentos que tañían, cómo vestían y arreaban su persona, cómo
enamoraban en la ciudad y en la sierra. Al conjuro de los versos del
Arcipreste se levanta un enjambre de visiones picarescas que derraman
de improviso un rayo de alegría sobre la grandeza melancólica de las
viejas y desoladas ciudades castellanas: Toledo, Segovia, Guadalajara,
teatro de las perpetuas y _non sanctas_ correrías del autor. Él nos
hace penetrar en la intimidad de truhanes y juglares, de escolares y
de ciegos, de astutas Celestinas, de _troteras_ y _danzadoras_ judías
y moriscas, y al mismo tiempo nos declara una por una las confituras
y golosinas de las monjas. No hay estado ni condición de hombres que
se libre de esta sátira cómica, en general risueña y benévola, sólo
por raro caso acerba y pesimista. El Archipreste es uno de los autores
en quien se siente con más abundancia y plenitud el goce epicúreo del
vivir, pero nunca de un modo egoísta y brutal, sino con cierto candor,
que es indicio de temperamento sano y que disculpa á los ojos del arte
lo que de ningún modo puede encontrar absolución mirado con el criterio
de la ética menos rígida. Apresurémonos á advertir que las mayores
lozanías de Juan Ruiz todavía están muy lejos de la lubricidad del
_Decameron_. Más que á Boccaccio se asemeja el Archipreste á Chaucer,
tanto por el empleo de la forma poética cuanto por la gracia vigorosa y
desenfadada del estilo, por la naturalidad, frescura y viveza de color,
y aun por la mezcla informe de lo más sagrado y venerable con lo más
picaresco y profano.