Pero con ser tantos los géneros indicados hasta ahora, no se agotó en

ellos la actividad creadora del ingenio árabe, mostrándose quizá en

España con más brío y pujanza que en Oriente, hasta llegar á producir,

aunque aisladamente, algunos libros que parecen modernos y cuyos rasgos

cautivan por lo inusitados dentro de la cultura á que pertenecen. Tal

conceptúo la sorprendente aparición (en que Dozy reparó el primero)

del idealismo amoroso, de una especie de petrarquismo más humano que

el de Petrarca en el bellísimo cuento _de los Amores_, del cordobés

Abén-Hazam[98], primera novela íntima que en los tiempos modernos

puede encontrarse; una especie de _Vita nuova_ escrita siglo y medio

antes de Dante, y que ofrece testimonio, contra vulgares y arraigadas

preocupaciones, del grado de fuerza y profundidad afectiva á que, si

bien por excepción, podían llegar, no ciertamente los árabes puros,

sino los musulmanes andaluces de origen español y cristiano, como lo

era este gran polígrafo Abén-Hazam. El mismo Dozy, tan poco sospechoso

en este punto, explica por el origen de Abén-Hazam su galantería

delicada y sensibilidad exquisita. «No hay que olvidar, escribe, que

este poeta, el más casto, y estoy por decir el más cristiano entre los

poetas musulmanes, no era árabe de pura sangre. Biznieto de un español

cristiano, no había perdido por completo la manera de pensar y de

sentir propias de la raza de que procedía. Estos españoles arabizados

solían renegar de su origen y acostumbraban perseguir con sarcasmos á

sus antiguos correligionarios; pero en el fondo de su corazón quedaba

siempre algo puro, delicado, espiritual, que no era árabe»[99].

Tampoco es árabe, ni siquiera totalmente persa, sino derivada por

recónditos caminos de las especulaciones metafísicas de la escuela

alejandrina, la profunda y valiente inspiración de la novela filosófica

en que el guadijeño Abubéquer Abentofáil (m. en 1185) expuso los

misterios de la sabiduría oriental. Abentofáil, que á sí propio se

califica de filósofo contemplativo, no es un iluminado, aunque en

ocasiones lo parece; no es un _sufí_ ni un asceta, aunque en cierto

modo recomienda el ascetismo; no es un predicador popular, sino un

sabio teórico que escribe para corto número de iniciados; no es un

musulmán ortodoxo, aunque tampoco pueda llamársele incrédulo, puesto

que busca sinceramente la concordia entre la razón y la fe, y al fin

de su libro presume de haberla logrado. Es, sin duda, un espíritu más

religioso que Avempace y Averroes, que constituyen con él la trilogía

de la filosofía arábigohispana, pero toma mucho de las enseñanzas del

primero, así como de las del gran peripatético oriental Avicena. No es

del caso quilatar aquí el valor filosófico del libro de Abentofáil,

sobre el cual ya he escrito con alguna extensión en otra parte[100],

pero algo he de repetir de lo que allí apunté sobre la originalísima

forma literaria de este _Robinsón metafísico_. Sólo remotamente ha

podido señalársele algún modelo en cierta alegoría mística de Avicena,

que ha sido modernamente publicada por Mehren[101]. Basta comparar este

opúsculo con la novela española para convencerse de que entre los dos

apenas hay más semejanza que el nombre simbólico de _Hay Benyocdán_ (el

viviente hijo del vigilante), y que por lo demás el contenido del libro

es de todo punto diverso. El _Hay Benyocdán_ de Avicena no es más que

un sabio peregrino que cuenta sus viajes por el mundo del espíritu.

El _Hay Benyocdán_ de Tofáil es un símbolo de la humanidad entera,

empeñada en la prosecución del ideal y en la conquista de la ciencia.

Las andanzas del primero nada de particular ofrecen, ni traspasan los

límites de una psicología y de una cosmología muy elementales. Las

meditaciones del segundo son de todo punto extraordinarias, como lo

es su propia condición, su aparición en el mundo, su educación física

y moral. Este libro, cuya conclusión es casi panteísta ó más bien

nihilista; este libro, que acaba por sumergir y abismar la personalidad

humana en el piélago de la esencia divina, es por otra parte el libro

más individualista que se ha escrito nunca, el más temerario ensayo

de una pedagogía enteramente subjetiva, en que para nada interviene

el principio social. Hay no tiene padres: nace por una especie de

generación espontánea; abre los ojos á la vida en una isla desierta

del Ecuador; es amamantado y criado por una gacela; rompe á hablar

remedando los gritos de los irracionales; conoce su imperfección y

debilidad física respecto de ellos, pero comienza á remediarla con

el auxilio de las manos. Muerta la gacela que le había servido de

nodriza, se encuentra Hay enfrente del formidable problema de la vida.

La anatomía que hace del cuerpo del animal le mueve á conjeturar la

existencia de algún principio vital superior al cuerpo. Sospecha que

este principio sea análogo al fuego, cuyas propiedades descubre por

entonces, viendo arder un bosque, y aplica muy pronto en utilidad

propia. Á los veintiún años había aprendido á preparar la carne, á

vestirse y calzarse con pieles de animales y con plantas de tejido

filamentoso; á elaborar cuchillos de espina de pescado y cañas afiladas

sobre la piedra; á edificar una choza de cañas, guiándose por lo que

había visto hacer á las golondrinas; á convertir los cuernos de los

búfalos en hierros de lanza; á someter las aves de rapiña para que le

auxiliasen en la caza; á amansar y domesticar el caballo y el asno

silvestres. Su triunfo sobre los animales era completo; la vivisección

hábil y continuamente practicada ensanchaba el círculo de sus ideas

fisiológicas y le hacía entrever la anatomía comparada. Había llegado á

comprender y afirmar la unidad del espíritu vital y la multiplicidad de

sus operaciones según los órganos corpóreos de que se vale.

Luego dilató sus investigaciones á todo el mundo sublunar, llamado

por los peripatéticos mundo de la generación y de la corrupción.

Entendió cómo se reducía á unidad la multiplicidad del reino animal,

del reino vegetal, del reino mineral, ya considerados en sí mismos,

ya en sus mutuas internas relaciones. Elevándose así á una concepción

_monista_ de la vida física y de la total organización de la materia,

quiso penetrar más hondo, é investigando la esencia de los cuerpos,

reconoció en ella dos elementos: la _corporeidad_, cuya característica

es la extensión, y la _forma_, que es el principio activo y masculino

del mundo. ¿Pero dónde encontrar el agente productor de las formas?

No en el mundo sublunar, ni tampoco en el mundo celeste, porque todos

los cuerpos, aun los celestes, tienen que ser finitos en extensión.

El solitario contempla la forma esférica y movimiento circular de los

planetas; concibe la unidad y la armonía del Cosmos; no se decide

en pro ni en contra de su eternidad, pero en ambas hipótesis cree

necesaria la existencia de un agente incorpóreo, que sea causa del

universo y anterior á él en orden de naturaleza, ya que no en orden de

tiempo; un sér dotado de todas las perfecciones de los seres creados y

exento de todas las imperfecciones.

Hasta aquí no ha usado Hay más procedimiento que el de la contemplación

del mundo exterior. Su creencia en Dios se basa en la prueba

cosmológica. Pero llegado á este punto, emplea muy oportunamente y con

gran novedad el procedimiento psicológico. Si el espíritu humano conoce

á Dios, agente incorpóreo, es porque él mismo participa de la esencia

incorpórea de Dios. Esta consideración mueve á Hay, á los treinta y

cinco años de edad, á apartar los ojos del espectáculo de la naturaleza

y á indagar los arcanos de su propio sér. Si el alma es incorpórea é

incorruptible, la perfección y el fin último del hombre ha de residir

en la contemplación y goce de la esencia divina. Tal destino es mucho

más sublime que el de todos los cuerpos sublunares, pero quizá los

cuerpos celestes tienen también inteligencias capaces, como la del

hombre, de contemplar á Dios. ¿Cómo lograr esta suprema intuición de

lo absoluto? Procurando imitar la simplicidad é inmaterialidad de la

esencia divina, abstrayéndose de los objetos externos, y hasta de la

conciencia propia, para no pensar más que en lo uno. Estamos á las

puertas del éxtasis, pero nuestro filósofo declara que tan singular

estado no puede explicarse más que por metáforas y alegorías. No se

trata, sin embargo, de un don sobrenatural, de una iluminación que

viene de fuera é inunda con sus resplandores el alma, sino de un

esfuerzo psicológico que arranca de lo más hondo de la propia razón

especulativa, elevada á la categoría transcendental.

Hay no renuncia á ella, ni aun en el instante del vértigo; afirma

poderosamente su esencia en el mismo instante en que la niega, porque

la verdadera razón de su esencia es la esencia de la verdad increada.

Razonando de este modo, todas las esencias separadas de la materia, que

antes le parecían varias y múltiples, luego las ve como formando en su

entendimiento un concepto y noción única, correspondiente á una esencia

única también.

Las últimas páginas del libro parecen un himno sagrado ó el relato

de una iniciación en algún culto misterioso, como los de Eleusis ó

Samotracia. Allí nos explica Abentofáil con extraordinaria solemnidad

y pompa de estilo, con una especie de imaginación que podemos llamar

dantesca en profecía, lo que Hay Benyocdán alcanzó á ver en el ápice

de su contemplación, después de haberse sumergido en el centro del

alma, haciendo abstracción de todo lo visible para entender las cosas

como son en sí, y de qué manera descendió otra vez al mundo de las

inteligencias y al mundo de los cuerpos, recorriendo los diferentes

grados en que la esencia se manifiesta cada vez menos pura y más

oprimida y encarcelada por la materia. ¡Lástima que para alcanzar

tales éxtasis y visiones recurra al grosero y mecánico ejercicio del

movimiento circular!

Tiene, pues, la metafísica expuesta en la novela de Hay dos partes, una

analítica y otra sintética. Con la primera se levanta de lo múltiple á

lo uno, con la segunda desciende de lo uno á lo múltiple. Lo que llama

éxtasis no es sino el punto más alto de la intuición transcendental.

Hasta aquí el principio religioso no interviene para nada; todo es

racionalista en el libro menos su conclusión. Cuando el solitario ha

llegado á obtener la perfección espiritual suma, mediante su unión con

las formas superiores, acierta á llegar á la isla donde moraba Hay un

venerable santón musulmán, llamado Asal, quien, más inclinado á la

interpretación mística de la ley que á la literal, y más amigo de la

vida solitaria que del tráfago de la vida mundana, había llegado á las

mismas consecuencias que el hombre de la caverna, pero por un camino

absolutamente diverso, es decir, por el de la fe y no por el de la

razón. Poniendo al uno enfrente del otro, ha querido mostrar Abentofáil

la armonía y concordancia entre estos dos procedimientos del espíritu

humano, ó más bien la identidad radical que entre ellos supone.

Sorprendido el religioso mahometano con el encuentro de un bárbaro tan

sublime, le enseña el lenguaje de los humanos y le instruye en los

dogmas y preceptos de la religión musulmana; Hay, á su vez, le declara

el resultado de sus meditaciones; pásmanse de encontrarse de acuerdo,

y deciden consagrarse juntos al ascetismo y á la vida contemplativa.

Pero Hay siente anhelos de propagar su doctrina para bien de los

humanos y propone á su compañero salir de la isla y dirigirse á tierras

habitadas. Asal, que le venera como maestro de espíritu, cede, aunque

con repugnancia, porque su experiencia del mundo le hace desconfiar del

fruto de tales predicaciones. En efecto, aunque Hay es bien acogido

al principio por los habitantes de la isla de donde procedía Asal, su

filosofía no hace prosélitos, se le oye con indiferente frialdad y aun

con disgusto, nadie comprende su exaltado misticismo ni simpatiza con

él. Hay se convence por fin de la incapacidad del vulgo para entender

otra cosa que el sentido externo y material de la ley religiosa;

determina prescindir de aquellos espíritus groseros, y en compañía de

Asal se vuelve á su isla, donde uno y otro prosiguen ejercitándose en

sublimes contemplaciones hasta que les visita la muerte. Se ve que en

el pensamiento de Abentofáil, la religión no era más que una forma

simbólica de la filosofía, forma necesaria para el vulgo, pero de la

cual podía emanciparse el sabio. Era la misma aristocrática pretensión

de los _gnósticos_, y la misma que en el fondo inspiró la _Educación

progresiva del género humano_, de Lessing, y el concepto que de la

filosofía de la religión tuvo y difundió la escuela hegeliana.

Tal es, no extractado, porque lo impiden la concentración del estilo

de Abentofáil y la trama sutil y apretada de sus razonamientos, sino

ligeramente analizado, este peregrino libro, arrogante muestra del

punto á que llegó la filosofía entre los árabes andaluces. No hay

obra más original y curiosa en toda aquella literatura, á juzgar

por lo que hasta ahora nos han revelado los orientalistas. Libro

psicológico y ontológico á la vez, místico y realista, lanzado como

en temerario desafío contra todas las condiciones de la vida humana,

para reintegrarlas luego bajo la forma suprema, entrevista en los

deliquios del éxtasis. Falsa y todo como es la doctrina, irracional

en su principio, que aisla al hombre de la humanidad, irracional en

su término, que es un iluminismo fanático, hay en ella un elemento

personal tan poderoso que la impide caer en los extremos enervantes

del neobudismo, del quietismo y otros venenos de la inteligencia, tan

funestos para ella como para el cuerpo lo es el uso inmoderado del

opio. La genialidad serena de Abentofáil, abarcando con amplia mirada

el universo, regocijándose en su contemplación, dando su propio y

adecuado valor á la anatomía, á la fisiología, á la investigación de

los fenómenos naturales y de sus causas, y sobre todo enalteciendo el

heroico y sobrehumano esfuerzo de Hay, que no sólo triunfa del mundo

exterior y le adapta á sus fines é inventa las artes útiles, como

Robinsón, sino que triunfa en el mundo del espíritu y rehace á su modo

la Creación entera, no puede confundirse con el idealismo nihilista, á

pesar de todas las aparentes protestas de aniquilamiento. En el fondo

es un idealismo realista, donde la personalidad humana se salva por la

enérgica conciencia del propio _yo_, la cual nunca, aun en sus mayores

temeridades, desamparó á los filósofos y místicos españoles.

La obra de Abentofáil, que fué acaso entre los árabes tan solitaria

como su protagonista, aunque no fuese de seguro _proles sine matre

creata_, fué muy pronto conocida de los judíos, como lo prueban el

comentario y traducción hebrea de Moisés de Narbona. Pero aun entre

ellos influyó poco, y cuando por este camino llegó á noticia de los

escolásticos cristianos (especialmente de Alberto Magno), que alguna

vez citan á su autor con el nombre de _Abubacher_, es cierto que le

consultaron mucho menos que á Algazel y á Maimónides, á Avicebrón y á

Averroes, de quienes tanto uso hicieron, ya para refundirlos, ya para

combatirlos. El mismo Ramón Lull, tan versado en la lengua arábiga y en

las doctrinas de sus filósofos, tan análogo á los _sufíes_, si no en el

fondo de su pensamiento, á lo menos en las exterioridades de su vida y

enseñanza, no presenta indicios de haber leído el _Autodidacto_, que en

sus manos hubiera podido ser el germen de otro _Blanquerna_.

Pero no puede decirse que su patria olvidara completamente á

Abentofáil, y si admitimos que le olvidó, habrá que suponer que

en el siglo XVII volvió á inventarle ó á adivinar su libro, cosa

que rayaría en lo maravilloso y que para mí, á lo menos, no tiene

explicación plausible. Léanse los primeros capítulos de _El Criticón_,

de Baltasar Gracián, en que el náufrago Critilo encuentra en la isla

de Santa Elena á Andrenio, el hombre de la Naturaleza, filósofo á su

manera, pero criado sin trato ni comunicación con racionales, y se

advertirá una similitud tan grande con el cuento de Hay, que á duras

penas puede creerse que sea mera coincidencia. «La vez primera, dice

Andrenio, que me reconocí y pude hacer concepto de mí mismo, me hallé

encerrado dentro de las entrañas de aquel monte... Allí me ministró

el primer sustento una de estas que tú llamas fieras... Me crié entre

sus hijuelos, que yo tenía por hermanos; hecho bruto entre los brutos,

ya jugando, ya durmiendo. Diome leche diversas veces que parió,

partiendo conmigo de la caza y de las frutas que para ellos traía. Á

los principios no sentía tanto aquel penoso encerramiento, antes con

las intensas tinieblas del ánimo desmentía las exteriores del cuerpo, y

con la falta de conocimiento disimulaba la carencia de la luz, si bien

algunas veces brujuleaba unas confusas vislumbres, que dispensaba el

cielo á tiempos, por lo más alto de aquella infausta caverna.

«Pero llegando á cierto término de crecer y de vivir, me salteó de

repente un tan extraordinario ímpetu de conocimiento, un tan grande

golpe de luz y de advertencia, que, revolviendo sobre mí, comencé á

reconocerme, haciendo una y otra reflexión sobre mi propio sér. ¿Qué es

esto? decía, ¿soy ó no soy? Pero pues vivo, pues _conozco_ y advierto,

_sér_ tengo[102]. Mas si soy, ¿quién soy yo? ¿Quién me ha dado este sér

y para qué me lo ha dado?...

«Crecía de cada día el deseo de salir de allí, el conato de ver

y saber, si en todos natural y grande, en mí, como violentado,

insufrible; pero lo que más me atormentaba era ver que aquellos brutos,

mis compañeros, con extraña ligereza trepaban por aquellas siniestras

paredes, entrando y saliendo libremente siempre que querían, y que para

mí fuesen inaccesibles, sintiendo con igual ponderación que aquel gran

don de la libertad á mí solo se me negase[103].

«Probé muchas veces á seguir aquellos brutos, arañando los peñascos,

que pudieran ablandarse con la sangre que de mis dedos corría; valíame

también de los dientes, pero todo en vano y con daño, pues era cierto

el caer en aquel suelo, regado con mis lágrimas y teñido con mi

sangre... ¡Qué de soliloquios hacía tan interiores, que aun este alivio

del habla exterior me faltaba! ¡Qué de dificultades y dudas trababan

entre sí mi observación y mi curiosidad, que todas se resolvían en

admiraciones y en penas! Era para mí un repetido tormento el confuso

ruido de estos mares, cuyas olas más rompían en mi corazón que en estas

peñas...».

Por fin, un espantable terremoto, destruyendo la caverna donde se

guarecía, le liberta de su oscura prisión y le pone enfrente del _gran

teatro del universo_, sobre el cual filosofa larga y espléndidamente:

«Toda el alma, con extraño ímpetu, entre curiosidad y alegría, acudió

á los ojos, dejando como destituídos los demás miembros, de suerte que

estuve casi un día inmoble y como muerto, cuando más vivo... Miraba el

cielo, miraba la tierra, miraba el mar, y á todo junto, y á cada cosa

de por sí; y en cada objeto de estos me transportaba, sin acertar á

salir de él, viendo, observando, advirtiendo, discurriendo y lográndolo

todo con insaciable fruición».

Critilo envidia la felicidad de su amigo, «privilegio único del primer

hombre y suyo». «Entramos todos en el mundo con los ojos del alma

cerrados, y cuando los abrimos al conocimiento, ya la costumbre de ver

las cosas, por maravillosas que sean, no dejan lugar á la admiración».

No seguiremos á Andrenio en sus brillantes y pomposas descripciones

del sol, del cielo estrellado, de la noche serena, de la fecundidad de

la tierra y de los demás portentos de la Creación: trozos de retórica

algo exuberante, como era propio del gusto de aquel siglo y del gusto

del ingeniosísimo y refinado jesuíta aragonés, que fué su legislador y

el oráculo de los cultos y discretos. Aun en medio de esta frondosidad

viciosa no dejan de encontrarse pensamientos profundos y análogos á

los de Abentofáil sobre la armonía del universo, sobre la composición

de sus oposiciones, sobre los principios antagónicos que luchan en el

hombre y sobre la existencia de Dios demostrada por el gran libro de la

Naturaleza.

Pero lo más semejante es sin duda la ficción misma, y ésta no sabemos

cómo pudo llegar á noticia del P. Gracián, puesto que la primera

parte del _Criticón_ (á la cual pertenecen estos capítulos) estaba

impresa antes de 1650 y el _Autodidacto_ ni siquiera en árabe lo fué

hasta el año 1671, en que Pococke le publicó acompañado de su versión

latina[104].

No hay que extremar tampoco el paralelo, porque Abentofáil es

principalmente un metafísico y Baltasar Gracián es principalmente

un moralista, si bien Schopenhauer veía en él una doctrina más

transcendental y encontraba antecedentes de su propio pesimismo. _El

Criticón_, que el mismo Schopenhauer calificó de uno de los mejores

libros del mundo, es una inmensa alegoría de la vida humana; no es el

trasunto de las cavilaciones y de los éxtasis de un solitario. Desde

que Andrenio y Critilo empiezan á correr el mundo puede decirse que

cesa toda relación entre ambas obras. De todos modos, algo significa

este misterioso parentesco entre dos novelas filosóficas nacidas en

España á más de cinco siglos de distancia, con todas las posibles

oposiciones de raza, religión y lengua.

No fueron ajenos los judíos de nuestra Península á las aficiones

novelescas de los árabes, á pesar de la severidad con que los doctores

de su ley solían mirar el cultivo de la literatura frívola y profana.

Los novelistas hebreos de nuestra Edad Media, aunque mucho más

escasos y menos inspirados que sus poetas líricos, no son indignos

de consideración, siquiera por el nuevo y raro uso que hicieron del

hebreo bíblico y del rabínico. Y fué acaso una razón filológica la que

primeramente les estimuló al cultivo de género tan exótico, queriendo

mostrar que en la lengua de los profetas cabían todos los primores y

artificios retóricos que los árabes admiraban en las _Macamas_, de

Hariri, y que procuraban imitar á porfía varios ingenios españoles,

como Abén el Asterconi, autor de las cincuenta _Saracostíes_ ó novelas

zaragozanas. Á imitación del modelo de Hariri, pero con fábula distinta

y bastante ingeniosa, el cordobés Salomón Abén Sacbel, que florecía

en el primer tercio del siglo XII, israelita no de los más piadosos,

cultivador de la poesía erótica y autor de cantares para danzas,

compuso, con el título de _Tachkemoni_ y en la consabida forma de

prosa poética mezclada de versos que tienen las _macamas_ árabes, un

libro que hoy llamaríamos humorístico, en que se narran las múltiples

ilusiones y falacias de que fué víctima el protagonista Asser en el

proceso de sus aventuras amorosas, hasta encontrarse finalmente con

una muñeca colocada por sus amigos, para burlarse de él, en lugar de

la bella dama á quien ansiosamente perseguía, engañado por un falso

mensaje de amor. La obra, á juicio de los críticos que han tenido

ocasión de examinarla, es frívola por todo extremo, y ni el carácter

superficial y atolondrado del joven Asser, ni las triviales peripecias

de su entrada en el harem, merecen equipararse en modo alguno con la

valiente creación del mendigo Abu Zeid y con el portentoso ciclo de sus

aventuras picarescas.

Otro imitador tuvo Hariri, á fines del mismo siglo XII ó principios del

XIII, en el toledano Judá ben Salomón Alharizi, á quien Graetz[105]

llama el último representante de la poesía neohebraica en España,

comparándole con Ovidio, tanto por su facilidad como por el liviano

desenfado de su musa. Para probar que el hebreo no cedía al árabe en

riqueza ni en armonía, había comenzado la traducción de las _macamas_,

de Hariri, pero las abandonó muy pronto para componer un _Tackhemoni_

original, imitando el estilo de aquel autor y de Abén Sacbel. El

protagonista Heber es un aventurero, como Abu Zeid; sus diálogos con

_Emán el Ezrahita_ (nombre que toma Alharizi) contienen, no sólo

aventuras novelescas, sino largas discusiones literarias en que

Alharizi hace la crítica de todos los poetas hebreos anteriores á su

tiempo. Á juzgar por los pocos fragmentos que hemos visto citados, debe

de ser fuente importante para la historia de la literatura rabínica y

de la poesía sinagogal, que con tanto esplendor floreció en España.

Ya hemos hecho mención del arreglo que el filósofo barcelonés Abraham

Abén Chasdai (á quien Alharizi llama «fuente de la sabiduría y mar

del pensamiento») hizo de la leyenda búdica del _Lalita Vistara_ en

su novela _El hijo de rey y el Nazir_, con nuevas parábolas, que no

se encuentran en el _Barlaam_ ni en otras formas de la misma leyenda.

Cítase como novelista también é imitador de Alharizi á otro rabino

catalán, Joseph Abén Sabra[106].

Mucha más atención que estas débiles tentativas de literatura secular

y profana merece un famoso libro del siglo XII, que propiamente no es

novela, sino tratado de religión y de altísima filosofía, pero que

encierra la enseñanza teológica en un cuadro novelesco, no sin ciertos

dejos y apariencias de histórico. Tal es el _Hozari_ ó _Cuzari_,

escrito en árabe por el excelso poeta Judá Leví (Abul-Hassán _el

Castellano_), príncipe de los poetas neohebraicos y uno de los más

grandes é inspirados líricos que en toda la literatura de la Edad

Media florecieron. Un hecho verdaderamente peregrino, la embajada

que el gran privado de Abderramán III, el sabio y magnífico jefe y

protector de la aljama cordobesa Abú Joseph Abén Hasdai, envió, por

los años de 960, en demanda del rey de los Hazares, sirvió de base á

la sencilla ficción con que empieza Judá Leví su libro apologético.

Es hecho innegable y que en nada contradice á los divinos oráculos,

aun entendidos en el sentido más literal posible, la existencia

durante largo período, más de dos siglos, desde la segunda mitad del

VIII hasta el último tercio del X, de un rey y un pueblo judíos en

un apartado rincón de las márgenes del Volga. Pero ni este rey era

de la casa de Judá ni sus vasallos pertenecían á ninguna de las diez

tribus extraviadas que no concurrieron á la edificación del segundo

templo. Eran sencillamente judíos de religión, prosélitos del judaísmo,

descendientes de la raza escítica, bávaros y búlgaros, que habían sido

catequizados por algunos rabinos de las costas del Mar Negro[107]. Doce

reyes se habían sucedido, desde Bulán, que fué el primer prosélito,

hasta Joseph Abén-Arhon, que regía el cetro en tiempo del emperador

de Bizancio, Constantino VIII, cuyos embajadores, venidos á Córdoba,

dieron al ministro Hasdai la primera noticia de tan inaudito personaje.

Entusiasmado aquel poderoso y ferviente talmudista con estas nuevas,

no paró hasta enviar, en nombre de la Sinagoga, á Isahak Abén Nathán

con una epístola al rey de los Hazares, escrita en lengua hebraica

por el poeta y gramático Menahem Abén Saruq. El mensajero no llegó

á su destino, pero la carta, cuyo texto poseemos aún, fué entregada

al rey de los Hazares por otros dos judíos, Saúl y Joseph, á quienes

nuevamente la confió Hasdai. Existe también la contestación del rey, el

cual declara humildemente su origen pagano, y la flaqueza y precaria

situación de su reino, que efectivamente sucumbió dos años después al

empuje de las hordas eslavas. Ocupaba un territorio poco más que de

treinta millas, entre el Don, el Dnieper, las montañas del Cáucaso y el

Norte del Mar Caspio.

Cerca de dos siglos habían pasado desde la embajada de Hasdai y todavía

el nombre del rey de los Hazares sonaba entre los judíos de España,

como iba á sonar el del Preste Juan entre los cristianos. La conversión

de Bulán al judaísmo pareció á Judá Leví admirable tema para presentar

en paralelo las religiones y las filosofías y proclamar las excelencias

de la ley mosaica y de la interpretación talmúdica. El drama interior

de la conciencia del rey tenía que desenvolverse en forma de diálogos,

y parecerse mucho al de Barlaam y Josaphat, aunque las consecuencias

fuesen tan diversas[108].

Advertido en sueños el rey Cuzar por un ángel para que busque la

recta manera de adorar y servir á Dios, saliendo de las nieblas del

gentilismo, interroga sucesivamente á un filósofo, á un cristiano, á

un musulmán y, por último, á un judío, que, naturalmente, es quien le

convence y lleva la palma. El cuadro era sencillo por demás, pero tenía

la ventaja de ser holgado, porque se prestaba á todas las soluciones

posibles. Raimundo Lulio y D. Juan Manuel hicieron con los mismos

datos dos novelas cristianas. Y ya hemos visto que el tópico de la

comparación entre las tres leyes produjo en manos escépticas el cuento

de los tres anillos, al paso que la grosera impiedad, que se disfrazaba

en las postrimerías de la Edad Media con el falso é inadecuado nombre

de averroísmo, inventaba el mito ó blasfemia de _tribus impostoribus_.

No es su artificio literario lo que más realza el libro de Judá Leví,

ni lo que le da el alto puesto que ocupa en la historia del pensamiento

humano, sino la expresión elocuente y sincera de un espíritu

profundamente religioso y la habilidad dialéctica con que se esfuerza

en concordar los datos de la filosofía arábigoperipatética con las

enseñanzas tradicionales del judaísmo. Pero, á diferencia de Maimónides

y otros racionalistas, que sin escrúpulo, y merced á interpretaciones

libérrimas, sacrifican la Biblia á Aristóteles, Judá Leví es fervoroso

tradicionalista, acata con fidelidad rabínica la letra, se inclina con

simpatía al misticismo y á la cábala, y aunque no niega ni amengua las

fuerzas de la razón, sólo la permite intervenir subordinada á la fe,

que no está contra ella, pero sí sobre ella. Mira, pues, con cierto

recelo la filosofía griega, que «da flores y no fruto», pero no deja

de aprovecharse en gran manera de sus enseñanzas. De este aspecto del

libro no nos incumbe tratar aquí, puesto que el _Cuzary_ apenas tiene

de novela más que la forma, y ésa muy tenue, sin la complejidad y

riqueza de elementos artísticos que hay en las parábolas del _Barlaam_.

Nunca fueron muy inventivos los semitas propiamente dichos, á pesar de

la aparente fecundidad de su literatura de imaginación. En el fondo de

todas las colecciones de cuentos árabes (y no hay que hablar de las

raras tentativas de los hebreos, que son labor de imitación y reflejo)

suele descubrirse una mina indoeuropea.

El modelo inmediato es casi siempre persa, el remoto y lejano es indio.

La misma evolución que explica el _Calila y Dimna_, el _Sendebar_ y

el _Barlaam_ se cumple, aunque no de un modo tan palmario, porque

faltan muchos eslabones de la cadena, y en gran parte hay que recurrir

á conjeturas, en la celebérrima y deleitosísima compilación de _Las

Mil y una noches_, que, según la opinión más acreditada entre los

orientalistas, adquirió su forma actual ú otra muy parecida á fines

del siglo XV ó principios del XVI. El traductor inglés Lane la fija

resueltamente entre 1475 y 1525. Fuertemente arabizados están muchos

de estos cuentos, y no hay duda que las anécdotas atribuídas á los

califas Harún-al-Raxid y Almamum son de legítima procedencia arábiga

ó siria[109]; pero en otros cuentos son tan visibles las huellas de

gentilismo, de magia y demonología persa, y tan frecuente la alusión á

usos y costumbres extraños á los musulmanes, que no puede dudarse de su

origen exótico, el cual, por otra parte, está comprobado respecto de la

ficción general que sirve de cuadro al libro y respecto del apólogo que

hace veces de proemio.

Cuando en 1704 Galland, que nunca llegó á ver íntegro el texto de _Las

Mil y una noches_, hizo de ellas un ingenioso y encantador arreglo para

uso de lectores europeos, purgándolas de las mil inmundicias que en

su original tienen, aligerándolas de rasgos de mal gusto, suprimiendo

enteramente muchas novelas y llenando los huecos con otras que tomó

de diversos libros persas y turcos, el éxito fué inmenso y unánime,

pero más popular que literario. _Las Mil y una noches_ corrieron de

lengua en lengua y de mano en mano como libro de inocente pasatiempo,

y lo que entre los orientales servía para incitar la dormida lujuria

en los harenes ó entretener en los cafés turcos la viciosa pereza de

los fumadores de opio, pudo ponerse en manos de la niñez europea, sin

más grave riesgo (y alguno es á la verdad) que el de acostumbrar su

imaginación á fábulas y consejas desatinadas, que pueden conducir á un

falso concepto de la vida y de lo sobrenatural.

Admitida la obra como recreación gustosísima por todos los pueblos

de Europa, fué mirada con desdén al principio por los orientalistas,

que no solamente desconfiaban de la fidelidad de Galland, sino que

continuaban en cuanto al original mismo la tradición de los musulmanes

rígidos y severos, así en escrúpulos de dogma y de moral como de

gramática y literatura, que miran tal obra con ojos de reprobación,

no sólo por la licencia de su contenido (que es brutal á veces y

comparable con lo peor de la decadencia griega y latina), sino por lo

plebeyo y vulgar del estilo, que es enteramente opuesto á la pomposa y

florida retórica de las _macamas_, tipo de novela clásica para ellos.

Á tal punto llega este despego, que el gran bibliógrafo turco Hachi

Jalfa, que da en su léxico los títulos de más de veinte mil libros en

árabe, turco y persa, no se digna nombrar el más conocido entre los

occidentales, el _Alif Leylah wa Leylah_.

Un texto mirado con tanta ojeriza por los moralistas y por los

eruditos, entregado á la recitación vulgar y á la copia de personas

poco peritas, no ha podido menos de ser estragado, mutilado,

amplificado é interpolado de cien modos diversos.

«Cotejadas las cuatro ediciones que hasta ahora se han publicado del

texto arábigo de este libro (escribía D. Pascual de Gayangos en 1848) y

los varios ejemplares manuscritos que se conservan en las bibliotecas

públicas de Europa, no hay dos que se parezcan, diferenciándose mucho

en el estilo y en el número y orden de los cuentos. Y la razón es

obvia: _Las Mil y una noches_ forman, por decirlo así, el patrimonio

de cierta clase de gente que abunda en el Cairo, Alejandría, Damasco

y otras ciudades populosas de Siria y Egipto, los cuales van por las

casas, mesones, plazas y demás lugares públicos recitando, mediante

una módica gratificación, cuentos sacados de ellas, á la manera que

nuestros ciegos cantan romances por las calles. Los más las saben de

memoria, y de aquí la corrupción de estilo que en ellos se nota y la

divergencia entre varias copias de una misma relación ó cuento»[110].

Sólo á principios del siglo XIX comenzó á fijarse la crítica sabia

en la indagación de los orígenes de esta obra, que pesa y significa

tanto en la literatura universal, no sólo por el intrínseco valor de

muchos de los cuentos, que son obras maestras de la ficción humana,

sino por las múltiples y embrolladas relaciones que tienen todos ellos

con la novelística general, y por haber servido de tema, después de la

publicación de Galland, á numerosas obras poéticas, especialmente del

género dramático.

Los eruditos que trataron por primera vez el problema aparecieron en

grave desacuerdo por lo que toca á la originalidad de los cuentos

árabes. Silvestre de Sacy, ilustre restaurador de la filología oriental

en Francia, sostuvo en una Memoria presentada en 1832 á la Academia de

Inscripciones y Bellas Letras que nada había en _Las Mil y una noches_

que no pudiera pasar por musulmán; que la escena era casi siempre en

países dominados por los árabes, como Siria y Egipto; que los genios

buenos y malos formaban parte de su mitología anteislámica, y no habían

desaparecido después, aunque se habían modificado; que no se hablaba

más que de las cuatro religiones que ellos conocieron: el judaísmo, el

cristianismo, el mahometismo y el sabeísmo, y se manifestaba grande

aversión á los adoradores del fuego. De todo esto infería que el libro

hubo de ser escrito en Siria y en árabe vulgar, y que, sin duda por

estar incompleto, se le añadieron para completar el número de las

_Noches_ varios cuentos traducidos del persa, como los _Viajes de

Sindbad el marino_ y la _Historia de los siete visires_, y finalmente,

que debe de haber cuentos muy modernos, puesto que en algunos se hace

mención del café, que no comenzó á usarse como bebida hasta principios

del siglo XVI.

Las conclusiones de Sacy fueron hábilmente impugnadas por Augusto

Guillermo de Schlegel, cuya intuición crítica adivinó que _Las Mil

y una noches_, en su fondo y partes principales, eran indias de

origen y de antigüedad mucho más remota de lo que se suponía, aunque

forzosamente hubiesen cambiado mucho en el camino. En una carta escrita

á Silvestre de Sacy en 20 de enero de 1833[111], se esforzó en probar

que el cuadro y los rasgos esenciales de la mayor parte de los cuentos

fantásticos, así como también varios cuentos jocosos y de intriga,

son de invención india, porque se parecen extraordinariamente á otras

composiciones sanscritas que conocemos, tales como los treinta y dos

cuentos de las estatuas mágicas alrededor del trono de Vicramaditya y

los sesenta cuentos del Papagayo (_Suka-Saptati_). Añadió que en muchas

novelas quedaban rastros de politeísmo, á pesar del esfuerzo que habían

tenido que hacer los imitadores árabes para adaptarlos á las ideas de

sus correligionarios, sustituyendo el Corán á los Vedas; el nombre de

Salomón, hijo de David, al de Visvamitra, hijo de Gadhi, ó á cualquier

otro santo y milagroso varón de la mitología bracmánica. En el cuento

del pescador, los hombres de las cuatro religiones diferentes,

convertidos en peces de diversos colores, habían sido primitivamente

las cuatro castas de la India. La facultad de entender el lenguaje

de los animales está ya en el _Ramayana_, etc. De todo esto deducía

Guillermo Schlegel que _Las Mil y una noches_ estaban compuestas de

materiales muy heterogéneos, á lo cual se prestaba muy bien la forma

holgadísima del cuadro, pero que su fondo debía de estar tomado de un

libro indio que ya en la primera mitad del siglo X era conocido entre

los musulmanes, según un precioso testimonio del polígrafo Almasudi.

Este texto capital y decisivo fué alegado por Hammer Purgstall en

el _Journal Asiatique_ de 1827, y antes, según Schlegel, lo había

sido por Langlés, editor y traductor de los _Viajes de Sindbad_.

Habla Almasudi, en el capítulo 62 de sus _Prados de Oro_, de cierta

descripción fabulosa del Paraíso terrenal, y añade estas palabras, que

copiamos según la traducción de nuestro Gayangos:

«Muchos autores ponen en duda esta y otras cosas semejantes que se

hallan consignadas en las historias de los árabes, y principalmente en

la que compuso Obeyda ben Xeriya, y trata de los sucesos de tiempos

pasados y descendencia de las naciones. El libro de Obeyda es muy

común, y se halla en manos de todos; pero la gente instruída pone

estas y otras relaciones del mismo género en el número de esos cuentos

ó historietas inventadas por astutos cortesanos con el solo fin de

divertir á los príncipes en sus momentos de ocio y procurarse por

este medio el acceso á su persona. Pretenden, en efecto, que el dicho

libro no merece crédito alguno, pues pertenece á cierta clase de obras

traducidas del persa, indio y griego, como son el _Hezar Efsaneh_ ó

_Mil cuentos_, más generalmente conocido con el título de _Las Mil y

una noches_, y son la historia y aventuras de un rey de la India y

de su guacir, y de la hija del guacir, llamada _Xeheryada_, y de una

nodriza de ésta, por nombre _Duniazada_. Á la misma clase pertenecen

la historia de Gilkand y Ximás, la del rey de la India y de sus diez

guacires, las peregrinaciones y viajes de Sindebad el marino y otros».

El pasaje es, como se ve, terminante, pues no sólo da el título

de _Las Mil y una noches_, sino los nombres de las dos hijas del

visir que refieren los cuentos, y aunque no indica la fecha en que

fueron traducidos, fácilmente se colige por el hecho de mencionarlos

juntamente con la _Historia de los diez visires_ (que es una de las

variantes del _Sendebar_) y por la noticia que en otra parte da el

mismo Almasudi de haberse comenzado á traducir en tiempo del califa

Abu-Giafar Almansur, que reinó desde 754 á 774, varios libros del

persa, siriaco y otros idiomas, entre ellos el de _Calila y Dimna_.

Pero ¿en qué lengua estaba el _Hezar Efsaneh_, que sirvió de base á

_Las Mil y una noches_? Todo induce á creer que en persa, por más

que Almasudi hable vagamente de libros traducidos del indio y del

griego. Por lo que toca á esta última derivación, sólo en los _Viajes

de Sindbad_, que formaban libro aparte en tiempo de aquel polígrafo,

pueden reconocerse desfiguradas reminiscencias de la _Odisea_. Y

la hipótesis de una colección de cuentos sanscritos, traducida

directamente al árabe, es de todo punto inverosímil y pugna con todo el

proceso de la novelística.

Cuáles eran los cuentos que esta primera redacción contenía, ni aun

por conjetura puede decirse, pero seguramente estaba en ella el cuento

proemial ó inicial que acaba de ilustrar con docta y sagaz erudición el

insigne profesor italiano Pío Rajna[112], movido á tal estudio por la

estrecha semejanza que dicha novela presenta con el liviano episodio

de Yocondo y el rey Astolfo en el _Orlando Furioso_ del Ariosto, cuyas

fuentes ha investigado maravillosamente el mismo Rajna en uno de los

libros que más honran la erudición moderna. Este cuento, famoso en la

numerosa serie de los que ponen de resalto los ardides de la malicia

femenina, se encuentra no sólo en el _Tuti-Nameh_ persa, sino en la

colección india conocida con el nombre de _Çukasaptati_ ó _Libro del

Papagayo_. Posteriormente, las investigaciones de Pavolini, citadas

por el mismo Rajna, han demostrado positivamente que _Las Mil y una

noches_, aun como colección, pasaron de la India á Persia. «No sólo es

india la joya que hace oficio de broche en este collar (dice Rajna),

sino que es indiana también la seda en que las perlas están enfiladas».

Desconocidas como lo fueron del mundo occidental _Las Mil y una noches_

hasta principios del siglo XVIII, es claro que no pudieron ejercer

influencia alguna directa ni indirecta. Pero como tienen cuentos

comunes con el _Calila y Dimna_, con la _Disciplina Clericalis_ y con

el _Sendebar_ (por ejemplo, el de la cotorra acusadora y el de la nariz

cortada), éstos se divulgaron por medio de dichos libros. Y no es

inverosímil tampoco que algunos entrasen por tradición oral en tiempo

de las Cruzadas, y fuesen utilizados en algunas narraciones francesas

ó provenzales. Así nos lo persuade la semejanza entre la historia del

caballo mágico y la novelita caballeresca de _Clamades y Clarimonda_,

y la que muestra, no menor, _Pierres de Provenza y la Linda Magalona_

con la historia del príncipe Camaralzamán y la princesa Badura, en el

incidente del cintillo de diamantes arrebatado por un gavilán, que

determina la larga separación de los dos amantes. Y es cierto también

que de la tradición oral, y no de ningún texto escrito, vino á Sercambi

y al Ariosto el cuento de Yocondo y Astolfo, aunque no se tome por lo

serio la aserción del poeta genovés que dice haberle aprendido de su

amigo el caballero veneciano Juan Francisco Valerio, grande enemigo y

detractor del sexo femenino.

Un solo cuento de los que hoy figuran en _Las Mil y una noches_[113]

se incorporó desde muy antiguo en la literatura popular castellana

transmitido directamente del original árabe, y es por cierto uno de

los que Galland no tradujo. Me refiero á la _Historia de la doncella

Teodor_, que todavía figura entre los libros de cordel, aunque

lastimosamente modernizada, y cuyas ediciones conocidas se remontan al

año 1524 por lo menos[114]. El texto, publicado por Knust[115] con

arreglo á dos códices del Escorial (_Capítulo que fabla de los ejemplos

e castigos de Teodor, la doncella_), tiene todos los caracteres del

estilo del siglo XIV (si es que no pertenece á fines del XIII, en que

se tradujeron tantas obras análogas) y en todo lo sustancial conviene

con los textos de _Las Mil y una noches_ modernamente impresos en Bulac

y en Beirut, y con otro, al parecer más moderno, que Gayangos poseyó,

atribuido á Abu Bequer Al-warrac, célebre escritor del segundo siglo de

la Hégira (_Historia de la doncella Teodor, y de lo que le aconteció

con un estrellero, un ulema y un poeta en la corte de Bagdad_)[116].

Algunas ediciones del texto impreso castellano le atribuyen á un mossen

Alfonso Aragonés, que ignoramos quién fuese, pues no puede pensarse

ni en el autor de la _Disciplina Clericalis_, por demasiado antiguo,

ni en el poeta morisco de fines del siglo XVI, autor de los romances

contra la fe cristiana, por demasiado moderno. De todos modos, poco

importa tal atribución, porque el texto impreso no es más que una

corruptela del manuscrito. Daré un breve extracto de este cuento, que

tiene importancia en nuestra literatura, no sólo por su constante

popularidad, sino por haber dado argumento á una comedia de Lope de

Vega, que lleva el mismo título que la novela.

«Havia en Babilonia un mercader muy rrico e bueno e muy linpio

e oracionero en las cinco oraciones e fasedor de bondades a los

menesterosos e a las viudas, e havia muchos algos e muchos hermanos

e muchos parientes, e non tenia fijo nin fija. E acaesció un dia que

mercó una donsella, e dió por ella muchas doblas e florines. E llevola

a su casa e ensennole todas las artes e sabidurias quantas pudo

saber. E dende a poco llegó el mercader a grand menester, e dixo a la

donsella: «Sabed que me ha Dios traydo a grand menester que nin he algo

nin consejo, e non se me escusa que vos non haya menester de vender,

pues dadme consejo por do habré mejoria e bien». E abaxó la donsella

los ojos e la cabeça contra la tierra, e despues alçó los ojos arriba,

e dixo: «Non havedes de rrescelar con la merced de Dios». E dixo:

«Idvos agora a la alcaceria de los boticarios, e traedme afeytamientos

para muger e nobles vestiduras, e llevadme al alcaçar del rrey

Abomelique Almançor. E cuando vos preguntare qué es vuestra venida,

dezilde: quiero vos vender esta donsella, e pedidle por mi dies mill

doblas de buen oro fino, e si dixere que es mucho, desilde: sennor,

si conosciesedes la donsella non lo havriades por mucho». E fuesse el

mercador a la alcaceria de los boticarios, e fue a uno que desian

Mahomad, e saluolo. E el boticario le dixo: «Mercador, ¿que havedes

menester?» E el mercador le contó la razon por que venia, e dixo:

«Quiero que me dedes fermosas vestiduras e fermosos afeytamientos para

mi donsella»... E el mercader tomolo todo, e llevolo a la donsella, e

ella pagose dello, e dixo: «Estos vos serán buen comienço con la ayuda

de Dios». E levantose la donsella, e adobose e afeytose muy bien, e

dixo a su sennor: «Levantadvos, e sobid comigo al alcaçar del rey». E

levantose su sennor, e fueronse al alcaçar del rey, e pedieron licencia

que entrasen al rrey. E el rrey mandoles que entrassen. E entraron... e

quando el rey los vido, començó a fablar con el mercador, e preguntole

por su venida, e que era lo que queria. E el mercader le dixo: «Sennor,

quiero vos vender esta donsella». E dixo el rrey: «¿Quanto es su

precio?» E dixo el mercador. «Sennor, quiero por ella dies mil doblas

de buen oro fino bermejo». E el rrey lo tomó por estranno el prescio de

la donzella, e dixo al mercador: «Mucho vos estendistes en su precio,

e salistes de vuestro acuerdo, o la donsella se alaba mas de lo que

sabe». E respondiole el mercador e dixo: «Sennor, no tengas por mucho

el precio de la donsella, que yo la crie de pequenna, e es moça, e

costome muchos haveres fasta que aprendió todas las artes e los nobles

menesteres. E esto non será celado á vos». E començó el rrey á fablar

con la donsella, y ella abaxó el velo de verguenza, e el rrey alçó los

ojos, e vido su fermosura que rrelunbrava commo el sol, que non havia

en este tiempo mas fermosa que ella. E dixole el rrey: «Donsella,

¿commo havedes nonbre?» E rrespondió la donsella, e dixo: «Sabed,

sennor, que a mi dicen Theodor». E dixo el rrey: «Donsella, ¿qué

aprendistes de las artes?» E dixo la donsella: «Sennor, yo aprendí la

ley e el libro, e aprendi mas los quatro vientos e las siete planetas

e las estrellas e las leyes e los mandamientos e el traslado e los

prometimientos de Dios e las cosas que crió en los cielos, e aprendi

las fablas de las aves e de las animalias e la fisica e la logica e

la filosofia e las cosas probadas, e aprendi mas el juego de axedres,

e aprendi tanner laud e canon e las treynta e tres trobas, e aprendi

las buenas costunbres de leyes, e aprendi baylar e sotar e cantar,

e aprendi labrar pannos de seda, e aprendi texer pannos de peso, e

aprendi labrar de oro e de plata, e aprendi todas las otras artes e

cosas nobles». E cuando el rrey oyó estas palabras de la donsella

fisose muy maravillado, e mandó llamar los mayores sabios de la corte,

e dixoles que probasen aquella donsella».

Aquí comienza un ridículo y pedantesco certamen, al cual en puridad se

reduce toda la novela. Los examinadores son tres: un «alfaquí sabidor

de justicias e de leyes», un físico y «un sabidor de la gramática,

de la logica e de la buena fabla». En el original de _Las Mil y una

noches_, los exámenes son nada menos que siete: 1.º, de Derecho; 2.º,

de Ascética; 3.º, de lecturas alcoránicas, gramática y lexicología; 4.º

de Medicina; 5.º, de Astronomía y Astrología; 6.º, de Filosofía; 7.º,

de todas las ciencias, sosteniendo la discusión Abraham el polemista.

La sabia doncella triunfa de todos sus adversarios; no sólo responde

á todas las preguntas, sino que les dirige otras que quedan sin

contestación, y á medida que los va venciendo, el Califa los despoja de

las insignias de su grado académico y se las pone á la doncella.

Recorrida toda la enciclopedia de las ciencias musulmanas, se presentan

los más hábiles jugadores de ajedrez, dados y tablas, y la doncella

les gana todas las partidas. Vence finalmente á todos los tañedores de

instrumentos músicos. Asombrado de tal sabiduría, exclama el Califa:

«Bendígate Dios y á quien te enseñó». La doncella se postra en tierra.

El Califa manda traer dinero; entrega al mercader 100.000 dinares, y

no satisfecha todavía su generosidad, devuelve la esclava á su dueño,

obsequiándola con un presente de otros 5.000 dinares.

Ya en el texto de Gayangos, que es una especie de compendio ó

refundición abreviada, están reducidos los exámenes á cinco, y se

prescinde del despojo de las insignias académicas y de la investidura

de la doncella. Mucho más abreviado está todo en la versión castellana,

donde naturalmente se han suprimido casi todas las preguntas

alcoránicas y de jurisprudencia musulmana, quedando sólo las de Física,

Medicina, Historia natural, Astronomía y Moral práctica. La mayor

parte de estas preguntas son de una candidez increíble, y no dejan muy

bien parada la sabiduría de la doncella ni la de los examinadores. El

último es el sabio universal Abrahén el _trovador_ (el _polemista_ de

las _Mil y una noches_), y su derrota da pie á un incidente grotesco.

Conciertan Abrahén y Teodor que el que fuere vencido cederá al otro sus

vestiduras. La doncella vencedora exige hasta los paños menores, y el

polemista, para no verse en tal vergüenza delante del Califa y de tan

lucido concurso, consiente en pagar á la doncella 10.000 doblas de oro

bermejo.

Es patente la analogía de algunas de las preguntas y respuestas de la

doncella Teodor con las de otro libro, muy popular en la Edad Media,

cuyo contenido se encuentra sustancialmente en la _Crónica general_

de Alfonso el Sabio[117], en el _Speculum historiale_ de Vicente de

Beauvais (lib. XI, cap. 70) y en un antiguo texto griego publicado

por Orelli[118]. Knust ha impreso una versión suelta que se halla en

un códice escurialense juntamente con los _Bocados de oro_. Titúlase

_Capítulo de las cosas que escribió por rrespuestas el filósofo Segundo

á las cosas que le preguntó el emperador Adriano_[119]. Á pesar de lo

clásico de los nombres y de algunas de las sentencias, esta novelita

parece de origen oriental, y tiene cierta semejanza con el _Sendebar_,

aunque el motivo del silencio del protagonista es otro y á la verdad

bien repugnante. Nunca se ha expresado con más grosería el espíritu

de aversión y desprecio á la mujer, que domina tanto en esta casta de

ficciones.

«Este Segundo fue en Athenas muy sesudo en tiempo de Adriano, emperador

de Rroma, e fue grand filósofo, e nunca quiso fablar en toda su vida,

e oyd por qual rrason. Quando era ninno, enviaronlo al escuela. E duró

allá mucho tiempo, fasta que fue muy grant maestro. E oyó allá desir

que non havia muger casta. E despues fue acabado en todo el saber de

la filosofia, e tornose a su tierra en manera de pelegrino con su

esclavina e con su esportilla e con su blago, e todos los cabellos de

la cabeça muy luengos, e la barba muy grande. E posó en su casa misma.

E non le conosció su madre nin ninguno que ahi fuese. E quiso él probar

lo que le dixeran en las escuelas de las mugeres. E llamó la una de las

sirvientas de casa, e prometiole que le daria dies libras de oro, e que

guisase commo yoguiese con su madre. E la sirvienta tanto fiso que lo

otorgó la madre, y demandó que se lo llevase de noche. E la mancebilla

fisolo asy. E la duenna cuydando que yaseria con ella metiole la cabeça

entre las tetas, e dormiose cerca de ella toda la noche bien como cerca

de su madre. E quando veno la mannana levantose para yr su via, e ella

trabó dél, e dixole: «¿Commo, por me probar fesiste esto?»... E dixo:

«Yo so Segundo tu fijo». E ella quando lo oyó començó a pesar tanto que

non pudo sofrir el su grand confondimiento, e cayó en tierra muerta.

E Segundo que vio que por su fabla muriera su madre diose de pena por

si mismo e pensó en su coraçon de nunca fablar jamás en toda su vida.

E fue para Athenas a las escuelas, e viviendo alli e fasiendo buenos

libros e nunca fablando.

«E fue el emperador Adriano a Athenas, e sopo de su fasienda e envió

por él. Desy saludóle el emperador, e Segundo calló, e non le quiso

fablar ninguna cosa. E el emperador Adriano dixole: «Fabla, filosofo, e

aprenderemos algo de ti».

El filósofo no consiente en hablar, ni con amenazas de muerte ni con

tormentos, y tiende serenamente la cerviz sobre el tajo, aguardando

el hacha del verdugo. Maravillado el emperador de tan increíble

resistencia, le da una tabla para que escriba, y con ella se entienden

por preguntas y respuestas, siendo por lo común las segundas

explanación metafórica del concepto de las primeras, más bien que

verdaderas definiciones. Sirvan de ejemplo las siguientes: «¿Qué es la

tierra?»--«Fundamento del cielo, yema del mundo, guarda e madre de los

frutos, cobertura del infierno, madre de los que nascen, ama de los que

viven, destruymiento de todas las cosas, cillero de vida».--«¿Qué es

el omne?»--«Voluntad encarnada, fantasma del tiempo, asechador de la

vida, sello de la muerte, andador del camino, huesped del lugar, alma

lazrada, morador del mal tiempo». «¿Que es la fermosura?»--«Flor seca,

bienandança carnal, cobdicia de las gentes».

Tanto _La doncella Teodor_ y _El filósofo Segundo_ como las mismas

colecciones de apólogos orientales trasladados á nuestra habla vulgar

cuando todavía estaba en la cuna tienen estrecho parentesco con otro

género literario que desde el siglo XIV al XV floreció en España con

más fecundidad que en ninguna otra parte de Europa. Me refiero á

aquel género de sabiduría práctica que se formulaba en colecciones de

sentencias y aforismos, ya para educación de los príncipes, ya para

utilidad y enseñanza del pueblo, viniendo á formar una especie de

catecismos políticos y morales, dignos de atención, no sólo por la

cándida pureza y gracia de su estilo, sino por la profundidad y acierto

de algunas máximas, aunque se presenten desligadas, como es propio del

saber popular y precientífico. La mayor parte de estos libros, que han

sido admirablemente ilustrados por el docto filólogo Hermann Knust,

proceden de fuente oriental, y los más importantes están traducidos de

compilaciones árabes conocidas. El _libro de los buenos proverbios_

está sacado, como demostró Steinschneider, de las _Sentencias morales

de los filósofos_, escritas por Honein ben Ishak (809-875), y el mismo

texto castellano lo declara al principio: «Éste es el libro de los

buenos proverbios que dixieron los philosophos e los sabios antiguos,

e de los castigos que castigaron a los sus discipulos e a los otros

que quisieron aprender. E trasladó este libro Yoanicio, fijo de Isaac,

de griego a arabigo, e trasladamosle nos agora de arabigo a latin». El

_Bonium_ ó _Bocados de Oro_, que tantas veces reprodujo la imprenta

en los siglos XV y XVI, son las _Sentencias_ de Abul-Wefa-Mobeschir

Aben-Fatik (siglo XII). Otros, como el _Libro de los doce Sabios_ y

las _Flores de Philosophia_, que generalmente se colocan en el reinado

de San Fernando, y el _libro de la Saviesa_, compuesto en catalán por

el glorioso rey D. Jaime el Conquistador, no tienen dependencia tan

estricta de un texto determinado, pero la mayor parte de las máximas

son del mismo origen y hasta suelen estar expresadas en los mismos

términos, sin que por eso falten otras de sentido cristiano ó derivadas

de los moralistas clásicos. Pero el colorido, el sello asiático

(árabe, sirio, persa, indio), es el que predomina en esta sabrosa y

familiar doctrina, que por haber sido estudio predilecto de insignes

monarcas de la Edad Media, y haber descendido del trono al pueblo para

hacer patriarcalmente la educación política de las muchedumbres, ha

sido calificada gráfica y expresivamente de filosofía regia.

Patentes son las relaciones de esta infantil literatura didáctica con

las primeras producciones de la literatura novelesca, con la cual

se enlazan por sus orígenes, por su tendencia, por muchos de sus

elementos y hasta por la continua invasión de la una en la otra. No sin

fundamento pudo juntarlas Amador de los Ríos bajo la denominación algo

enfática, pero exacta en el fondo, de _género didáctico simbólico_.

Cuál más, cuál menos, suelen estos libros contener apólogos, y algunos

de ellos comienzan con una fábula general que presta cierta unidad á

sus capítulos, repitiéndose mucho la del consejo de sabios ó filósofos

que se reparten la tarea de la doctrina. En algunos la parte de

ficción es mayor. El _libro de los buenos proverbios_, que se abre

con la relación del «avenimiento que avino a Anchos el propheta y el

versificador» (que es el cuento de las grullas de Ibyco), describe

largamente y con detalles pintorescos las juntas que hacían los

filósofos gentiles, y se extiende en los dichos y hechos de Sócrates,

Diógenes y otros tales, copiando varias anécdotas. Intercalada en este

libro va una fabulosa y extensa biografía de Alejandro: «Estos son

los ensennamientos de Alixandre, fijo de Philipo... al qual dizien

el señor de los dos cabos (el _Dulcarnain_ de los orientales)». La

retórica de los árabes, heredera indirecta en este caso de la de los

sofistas y gramáticos griegos, brilla y lozanea en las dos elocuentes

cartas de Alejandro á su madre, en la descripción de las exequias

del héroe, en las palabras que los sabios de Babilonia pronunciaron

sobre su ataúd y en la carta consolatoria de Aristóteles, trozos en

que la prosa castellana, rompiendo las ligaduras de la infancia, se

muestra ya inspirada, solemne y grandiosa. Alejandro también, pero

no ya sólo el coronado discípulo del Estagirita, el que por haber

tenido tal preceptor era contado entre los filósofos y los sabios,

sino el poderoso conquistador, el gran rey del mundo antiguo, ocupa

con sus hechos fabulosamente amplificados el capítulo XIV (que es el

más largo) del _Bonium_ ó _Bocados de Oro_. Este mismo libro empieza

con un apólogo: «de commo Bonium, rey de Persia, fue a las tierras de

India por buscar el saber», que es imitación evidente del preliminar

de _Calila y Dimna_, en que se narra el viaje á la India del médico

persa Barzuyeh. Finalmente, tan juntos vivieron ambos géneros novelesco

y didáctico, y tanto se nutrió cada uno de la savia del otro, que el

autor de _El Caballero Cifar_, rara conjunción de elementos literarios,

intercaló casi al pie de la letra en su libro todo el texto de las

_Flores de Philosophia_.

De un modo harto rápido, porque no permiten otra cosa las condiciones

del presente estudio ni nuestra precaria erudición en tan difíciles

materias (que sólo los especialistas en lenguas orientales pueden

tratar con verdadera competencia, aunque á todos nos interesen sus

descubrimientos y conclusiones), hemos enumerado las principales

direcciones que el género de la narración poética en prosa siguió

entre árabes y hebreos, fijándonos especialmente en aquellas obras

que, ó por haber sido escritas en nuestra Península ó por haberse

incorporado en nuestra literatura nacional desde sus primeros pasos,

tienen especial interés para el historiador de la novela española. La

herencia es ciertamente cuantiosa, no tanto por lo que aportasen los

árabes de su propio fondo, puesto que la parte de invención en sus

libros va pareciendo cada día más exigua, sino por la misión histórica

que tuvieron y cumplieron de poner en circulación una cultura anterior,

debida en gran parte á pueblos del tronco aryo, cuya afinidad remota

y misteriosa con los pueblos clásicos explica la facilidad con que

arraigaron estas ficciones en Occidente, pues teniendo bastante de

exóticas para sorprender y encantar la imaginación, encerraban al mismo

tiempo una doctrina humana, y á veces profunda, envuelta en símbolos

de fácil interpretación, aun para hombres de diversas religiones

y separados entre sí por el abismo de muchos siglos. La misma

transmutación que estos apólogos y cuentos habían ido experimentando

al pasar del panteísmo indostánico al dualismo de los adoradores del

fuego, y de éste al fiero y rígido monoteísmo del Islam, los había

despojado de su contenido religioso, reduciéndolos á puras lecciones de

moral. Por tal modo se habían tornado inofensivos; más de un apólogo

budista pasó á enriquecer los libros de ejemplos de la predicación

cristiana, y los mismos cuentos que habían servido para recrear á los

califas de Bagdad, á los monarcas Sasanidas y á los contemplativos

solitarios de las orillas del Ganges, distrajeron las melancolías de

Alfonso el Sabio, acallaron por breve plazo los remordimientos de D.

Sancho IV y se convirtieron en tela de oro bajo la hábil é ingeniosa

mano de D. Juan Manuel, prudente entre los prudentes.

Pero antes de mostrar cómo se cumplieron estas evoluciones debemos

acompañar hasta su tumba á la literatura hispano-oriental, que,

olvidando su lengua, pero no sus tradiciones religiosas y poéticas,

prolongó su vida oscura y degenerada hasta principios del siglo

XVII, entre los restos de la morisma española, que con los nombres

sucesivos de mudéjares y moriscos vivieron en los reinos cristianos

de la Península á la sombra de pactos y capitulaciones mejor ó peor

cumplidas. Los mudéjares propiamente dichos, los moros de más antigua

conquista, cuya condición social y jurídica fué siempre mucho más

honrosa y tolerable que la de los moriscos, influyeron por muy notable

modo en el arte y en las industrias artísticas de la España cristiana,

y se asociaron desde muy temprano al cultivo de la lengua y poesía

castellana, como lo prueba el célebre poema aljamiado de Yusuf, que

puede ser del siglo XIII y que seguramente no es posterior al XIV. La

adopción del metro de los clérigos, la _cuaderna vía_, para escribir

una leyenda coránica, indica pretensiones cultas en el autor, y todo

lo que conocemos en verso castellano de otros moros de la Edad Media,

como el anónimo autor de las alabanzas de Mahoma, y el maestro Mahomat

el Xartose, físico de Guadalajara, uno de los poetas del _Cancionero

de Baena_, comprueba el fenómeno de la aproximación de ambas razas

en prácticas de estilo y versificación. El principal resultado del

trato familiar con los cristianos fué el abandono creciente de la

lengua propia, á lo menos en el uso vulgar, y la adopción del romance

castellano, que los musulmanes decían _ajamí_ ó extranjero, de donde

_aljamía_ y _aljamiado_. Pero como los árabes, y en general los

pueblos semíticos, miran con cierto género de supersticiosa devoción

su alfabeto, prosiguieron escribiendo con letras arábigas, lo cual

les daba la ventaja de ocultar á los profanos las materias escritas

bajo aquellos caracteres. Así se formó la _literatura aljamiada_, que

si entre los mudéjares de la Edad Media no fué muy rica, á juzgar

por las pocas muestras que de ella se han publicado, fué en cambio

abundantísima entre los moriscos del siglo XVI, y se enriquece cada

día con el hallazgo de nuevos códices, que suelen encontrarse en

aldeas y villorrios de Aragón y Valencia, al derribar paredes de casas

viejas, en cuyos nichos ó huecos los dejaron enterrados y ocultos sus

poseedores antes de abandonar aquellos reinos en cumplimiento del

edicto de expulsión de 1610. El descubrimiento (bien puede decirse

así) de esta singular literatura no es el menor entre los innumerables

servicios que á la erudición española prestó el inolvidable D. Pascual

de Gayangos, á quien acompañaba en estas aficiones el ameno y castizo

escritor D. Serafín Estébanez Calderón, conocido por el seudónimo de

_El Solitario_. La historia crítica y el inventario completo de los

códices aljamiados hoy existentes es tarea que realizó magistralmente

D. Eduardo Saavedra, persona versada con eminencia en los estudios

más diversos[120]. Tanto Gayangos como Saavedra, Guillén Robles,

Ribera y otros arabistas españoles, juntamente con los extranjeros

lord Stanley y Marcos José Müller, han publicado gran número de textos

aljamiados, en prosa y verso[121], y hoy puede decirse que la mayor

parte de los artículos de esta bibliografía, antes tan misteriosa, son

accesibles á todo el mundo en ediciones de fácil lectura. La poesía

está representada por los largos y fáciles romances de Mahomad Rabadán,

que vienen á constituir una especie de poema cíclico en alabanza del

Profeta, y por los versos de polémica anticristiana del ciego Ibrahim

de Bolfad y del aragonés Juan Alfonso. Abundan los libros de recetas

y de conjuros, supersticiones é interpretación de sueños, como el de

_las suertes de Dulcarnain_. Muchos códices se reducen á extractos del

Alcorán, rezos muslímicos, ceremonias y ritos, compendios de la _Sunna_

para «los que no saben la algarabía en que fué revelada nuestra santa

ley... ni alcanzan su excelencia apurada, como no se les declare en la

lengua de estos perros cristianos, ¡confúndalos Alá!». La filosofía

religiosa lanza sus postreras llamaradas en las obras del Mancebo de

Arévalo, secuaz de las doctrinas místicas de Algazel y narrador de los

infortunios de sus hermanos. Con los devocionarios y libros de preces

alternan los pronósticos, _jofores_ y _alguacías_, llenos de esperanzas

de futura gloria, reservada para tiempos en que los moriscos no sólo se

harán libres y dominarán á España, sino que irán á Roma y «derribarán

la casa de Pedro y Pablo, y quebrarán los dioses y ídolos de oro y de

plata y de fuste y de mármol, y el gran pagano de la cabeza raída será

desposeído y disipado».

La amena literatura de los moriscos está representada por un número

bastante crecido de tradiciones, leyendas, cuentos y fábulas

maravillosas, traducciones casi todas de originales árabes conocidos.

Ya decía el P. Bleda en su _Crónica de los moros_ que los moriscos

«eran muy amigos de burlerías, cuentos y novelas». Algo hay que

rebajar, sin embargo, del fervor y entusiasmo de la primera hora, con

que D. Serafín Calderón anunciaba en 1848, desde su cátedra de árabe

del Ateneo, la importancia de este ramo de la novelística. «El que

quiera entrar por regiones desconocidas sin dejar de ser españolas,

hallando fuentes inagotables de ideas nuevas, de pensamientos

peregrinos y de maravillas y portentos semejantes á _Las Mil y una

noches_, no tiene más trabajo que el abrir, por medio de las nociones

del árabe, las ricas puertas de la literatura aljamiada. Ella es, por

decirlo así, las Indias de la literatura española, que están casi por

descubrir y que ofrecen grandes riquezas á los Colones primeros que las

visiten[122].

El éxito no ha correspondido del todo á tan risueñas esperanzas. En

los tres tomos de _Leyendas Moriscas_[123] recogidas y doctamente

ilustradas por D. Francisco Guillén Robles, hay muchas que por

referirse únicamente á las creencias muslímicas, tienen más interés

en la historia religiosa que en la literatura general, y hablando

con toda propiedad no puede decirse que fueran novelas á los ojos

de quien las escribía, ó por mejor decir, las traducía literalmente

del árabe, considerándolas como escritos edificantes. Así, las que

se refieren á la infancia de Jesús, conforme á la tradición de los

evangelios apócrifos seguida por Mahoma; el _Recontamiento de Isa y la

calavera_, que contiene una descripción del infierno; las relativas á

Job, Moisés y otros personajes del Antiguo Testamento; el gran ciclo

de las tradiciones relativas al falso profeta Mahoma, con la leyenda

de su ascensión á los cielos, y las primeras batallas de los apóstoles

del Islam, especialmente del califa Omar. Pero no hay inconveniente

alguno en clasificar dentro del género de imaginación las caballerescas

leyendas que cuentan las proezas de Alí ben Abí Talib, tales como el

_Alhadits del alcázar de oro y la estoria de la culebra_ y el _Alhadits

de Alí con las cuarenta doncellas_.

Singular entre todas las historias moriscas, por ser un tema de

_folk-lore_ universal, que tiene innumerables formas en todas las

literaturas de Europa, y acaso explica los orígenes de nuestro romance

de _Silvana_ ó _Delgadina_, uno de los más populares y vulgarizados en

toda la Península á pesar de lo ingrato y repugnante de su argumento,

es el _Recontamiento de la donzella Carcayona, hija del rey Nachrab

con la paloma_. Un rey gentil de la India, llamado Aljafre, que

adoraba _una ídola de oro_, se enamora brutalmente de su hija como

el Antíoco del libro de Apolonio. La doncella Arcayona se resiste

á sus incestuosos deseos, y el rey manda cortarla las manos, como

en la leyenda de la hija del rey de Hungría y en muchas similares,

y abandonarla en un monte fragoso, donde se le aparece una hermosa

y blanca cierva que la guía á su cueva y la regala y conforta, al

modo que en la leyenda de Santa Genoveva de Brabante. El príncipe de

Antioquía, andando un día de caza, persigue á la cierva, que se refugia

en la cueva y se arroja á los pies de la doncella. Enamórase de ella

el príncipe y se casa con ella. La aborrece su madrastra, como en el

romance de _Doña Arbola_, y aprovechando una ausencia del príncipe,

la hace exponer en un monte juntamente con su hijo recién nacido.

La desvalida princesa hace un acto de fe musulmana pronunciando las

sacramentales palabras _leylaha y la alla_, y al despertar del dulce

sueño que Allah infunde en ella se encuentra otra vez con las lindas

manos que la habían cortado y es recogida amorosamente por el príncipe

su esposo, que la conduce en triunfo á la ciudad. Seguramente esta

conseja no es árabe en cuanto á sus elementos novelescos, y ya lo

indica el poner la escena en la India, y la mención que luego se hace

de Antioquía y de las orillas del río de Alfirat ó Eufrates; pero está

fuertemente islamizada mediante la intervención de la maravillosa

paloma que instruye á la doncella en el islamismo, y la revela las

delicias del paraíso y los tormentos del infierno.

Muy curioso es también el _Alhadiz de Musa_ (Moisés) _con Jacob el

carnicero_, que tiene por objeto inculcar la piedad filial con un

ejemplo muy semejante al que sirve de eje á nuestro admirable drama

teológico _El condenado por desconfiado_. La profunda y sagaz erudición

de D. Ramón Menéndez Pidal ha perseguido hasta las últimas raíces de

esta leyenda, y hoy sabemos á ciencia cierta que tanto este cuento

árabe como otro hebreo muy análogo y las versiones cristianas que son

en gran número tienen su primer tipo en un episodio del inmenso poema

_Mahabharata_ y en uno de los relatos de la colección también india que

se designa con el nombre de _Çukasaptati_ ó _cuentos del Papagayo_[124].

El _Recontamiento muy bueno de lo que aconteció á una partida de sabios

zelihes_ (santones), tiene también un fin religioso y aun ascético.

Trátase de la caída de un anacoreta musulmán, que enamorado locamente

de una mujer cristiana llega á abjurar de su fe y se degrada hasta

guardar una piara de animales inmundos; pero haciendo luego áspera

penitencia con terribles ayunos y maceraciones, logra no sólo el perdón

de Allah, sino la conversión al mahometismo de la mujer adorada. Parece

que hay varias versiones de esta anécdota, popular todavía entre los

musulmanes de Africa.

Entre los personajes de la Biblia ninguno tiene entre los árabes una

historia fabulosa tan desarrollada y peregrina como el sabio rey

Salomón, á quien los orientales atribuyen mil conocimientos peregrinos,

además de los que la Escritura le concede, suponiendo, entre otras

cosas, que tenía á sus órdenes los vientos y podía ser trasladado por

ellos en breve espacio de un lugar á otro; que entendía el canto de las

aves, el susurro de los insectos y el rugir de las fieras; que veía á

enormes distancias; que le obedecían sumisos los leones y las águilas;

que poseía incalculables tesoros y un sello mediante el cual conocía

lo pasado y lo porvenir, y dictaba sus órdenes á los genios, para que

le construyesen templos y alcázares, etc. Verdad es de que de poco le

sirvió tanta prosperidad y tanta ciencia, porque habiéndose dejado

arrastrar del orgullo, le reprobó Allah, y tuvo Salomón que peregrinar

cuarenta días, demandando su sustento de puerta en puerta, mientras que

los genios, libres ya de la servidumbre en que los tenía, se apoderaron

de su sello y penetrando en su palacio forzaron á todas sus esclavas.

Ésta y otras cosas estupendas se refieren en varios libros árabes y

aljamiados, de los cuales es muestra el _Recontamiento de Sulaimen

nabí Allah_ (profeta de Dios), _cuando lo reprobó Allah en quitarle la

onrra y andó cuarenta días como pobre demandando limosna en servicio de

Allah_. Pero falta en lo que conocemos hasta ahora de la literatura de

los moriscos la más interesante y poética de las leyendas relativas á

Salomón, la de sus amores con la reina de Saba, Balquis, _la de pie de

cabra_, aunque este cuento oriental (que todavía en nuestros días ha

contado deliciosamente Anatolio France) arraigó muy temprano en España,

y ya en el siglo XIV se encuentra en el _Nobiliario_ del Conde Don

Pedro de Barcellos, aplicado á Don Diego López de Haro, para explicar

la genealogía de los señores de Vizcaya.

Posee la literatura aljamiada dos extensas narraciones en prosa,

que con buen acuerdo ha separado el Sr. Guillén Robles de las

restantes[125]. Una es la de _José y Zelija_, asunto también del

más antiguo poema mudéjar conocido. Ni este poema ni la leyenda en

prosa tienen por única fuente la Sura XII del Korán, sino que están

enriquecidas con todos los peregrinos pormenores que en tiempo del

califato de Omar inventó ó puso en circulación un judío del Yemen,

converso al islamismo, cuya autoridad invoca continuamente nuestra

leyenda en prosa llamándole _Caab el historiador_, y á quien cita

también y toma por guía el gran poeta persa Firdusi en su poema de

_Yúsuf y Zuleija_. Ni estos textos ni el que la _Grande et general

Estoria_ copió del libro genealógico del Rey de Niebla, están conformes

en todos los detalles, pero en ninguno faltan las principales adiciones

de Caab: el episodio del lobo que habla á Jacob para excusarse de

la muerte de José que le achacan sus hermanos, el llanto de José en

el sepulcro de su madre, la carta de venta de José, el palacio que

Zalija adornó de pinturas licenciosas para triunfar de la castidad

del mancebo, la medida mágica que servía á éste para descubrir las

verdades y las mentiras; atavíos todos de una fantasía opulenta, aunque

desquiciada por el mal gusto[126].

No menos interés ofrece la lectura del _Recontamiento del Rey

Alixandre_, llamado por los árabes _Dulkarnain_. La historia fabulosa

del conquistador macedonio, elaborada ya en la antigüedad por el Pseudo

Calistenes, Julio Valerio, Quinto Curcio y otros retóricos y sofistas,

se prolongó triunfalmente en la Edad Media occidental siguiendo las

etapas que marcan entre otras muchas obras la _Alexandreis_, de

Gualtero de Châtillon; el _Roman d'Alexandre_, de Lambert Li Tors, y

nuestro poema de _mester de clerecía_, cuyo autor, tenido antes por

leonés, resulta ahora ser Gonzalo de Berceo, si hemos de dar fe al

testimonio de un códice recientemente hallado. Un desarrollo análogo,

pero mucho más prolífico y monstruoso, habían recibido en Oriente estas

ficciones griegas, que ya en el siglo V estaban traducidas al armenio

y que la poesía persa del siglo X inmortalizó en él _Xah-Nameh_ de

Firdusi, trasunto de otra crónica en prosa intitulada _Bastán Nameh_

ó _Syur al muluc_. La literatura persa influyó, como de costumbre,

en la árabe, y el _Iskender-Dulkarnain_ (Alejandro el de los dos

cuernos), apareció totalmente islamizado y convertido en brazo de Dios

y propagandista del dogma de su unidad. El Alejandro de la leyenda

aljamiada no se contenta con menos que con «ligar sus caballos al

signo del Buey y arrimar sus armas á las Cabriellas»; y el fin de sus

conquistas no es otro que dilatar la religión de Allah, y quebrar los

ídolos y confundir á sus adoradores. Cuantos prodigios de pueblos

fabulosos, con un solo ojo, con cabeza de perro, con orejas que les

dan sombra; cuantas aves y animales prodigiosos; cuantas virtudes

escondidas en los metales y en las piedras pueden hallarse en las

leyendas griegas y persas de Alejandro, otras tantas se ven reunidas en

esta prodigiosa historia.

Particular elogio ha merecido de la crítica el fantástico

_Recontamiento de Temim Addar_ (uno de los compañeros de Mahoma), en

que la intervención de genios buenos y malos, los viajes maravillosos

por tierra y mar á regiones incógnitas, y por decirlo así suspendidas

en el límite entre el mundo de la realidad y el de los sueños, y las

visiones místicas del protagonista, forman un conjunto más extraño que

bello, pero de rica invención al cabo.

Es tan raro encontrar en la literatura de los moriscos (gente

piadosísima á su manera) ningún cuento enteramente profano, que sólo

por esta circunstancia merecería ya atención el _Alhadiz del baño de

Zarieb_, novelita cordobesa del género de _Las Mil y una noches_,

recomendable además por lo sencillo y gracioso de la fábula, reducida

al inocente ardid con que una doncella logra salvarse de las manos

de un libertino y tahur, en cuya casa había entrado por equivocación

buscando el baño de Zarieb. Pero el verdadero interés de esta novela

consiste en su carácter semihistórico y en los curiosos pormenores que

da acerca de la vida doméstica de los árabes andaluces en los años

de mayor esplendor y prosperidad del califato, puesto que la acción

se coloca en tiempo de Almanzor _el Victorioso_. El Zarieb mismo

que da el nombre al baño es aquel famoso músico de Bagdad, _arbiter

elegantiarum_ en la corte de Abderramán II é inventor de la quinta

cuerda del laúd. La descripción de baño merece citarse, no sólo por la

curiosidad arqueológica, sino como muestra del raro lenguaje en que

están compuestos estos libros.

«Yo querria fazer un baño con cuatro casas, y que haya debaxo de la

tierra cañones de cobres y de plomo frío, que entre el agua fría á la

casa caliente y que salga el agua caliente á la casa fría. Y en somo

de cada cañón figuras con ochos (ojos) de vidrio bermecho, y otras

figuras de alatón de aves, que lançen el agua fría por sus picos, y

otras figuras de vidrio, que lançen el agua caliente por sus picos.

Y en las partes clavos de plata blanca. Y sea todo el baño con tiles

(_sic_) de oro y de plata con escripturas fermosas. Y que sean las

piedras mármoles, puestas macho con hembra y que haya en medio del

baño un _assehrech_ (bolsa ó estanque) con figuras de pagos (¿pavos?)

y de gacelas, y leones de cobre y de mármol colorado, que lançen el

agua caliente dentro en la _assehrech_, y otros que lançen el agua

fría, y que puedan sacar agua sutilmente de la _assehrech_, y que

sean los lugares de _l'alguado_ (ablución) de vidrio colorado, y las

cosas de _l'alguado_ pintadas y debuxadas con ladrillos y con oro y

plata y _azarcón_ (minio) y clavos de _archén_ (plata), de manera

que se trobe en el baño de todas figuras de animales del mundo, y

que haya en el baño mançanas roldadas de oro y de perlas preciosas

y xafires y esmeraldas. Y que haya allí un cruzero de bóveda con

estrellas archentadas y el campo de azul cárdeno. Y que haya una gran

sala y muy alta con _finestraches_ de cuatro partes y con grandes

_perchadas_»[127].

De _Las Mil y una noches_ sólo un cuento figura hasta ahora en las

colecciones moriscas, y este seguramente no procede de aquella

colección, sino de fuentes mucho más antiguas, puesto que conserva más

puro el rastro de las tradiciones fabulosas relativas á la pérdida

de España. Refiérome á la _Estoria de la ciudad de Alatón y de los

alcancames_, ó vasijas, en que _Sulaymén_ (Salomón) tenía encerrados

los diablos[128]. Las maravillas de esta encantada ciudad; de

latón ó azófar, á cuyos habitantes encontró Muza como aletargados

ó sorprendidos por repentina muerte, colócalas todavía el narrador

aljamiado en España, al paso que el compilador de _Las Mil y una

noches_ las lleva al centro de África.

Finalmente, como solitaria muestra de que no fueron enteramente

desconocidas á los míseros descendientes de la grey musulmana las obras

de ficción y pasatiempo compuestas por los cristianos, debe citarse

el extenso fragmento de la novela caballeresca, de origen provenzal,

_Paris y Viana_, traducida, al parecer del catalán, por un morisco

aragonés[129].

La prosa de los moriscos vale siempre más que sus versos, y suele

tener un dejo muy sabroso de antigüedad y nativa rustiqueza, libre de

afectaciones latinas é italianas, aunque enturbiada por gran número de

arabismos inadmisibles. Gente, al fin, de pocas letras, no curtida en

aulas ni en palacios, que decía sencilla y llanamente lo que pensaba,

claro es que había de mostrar, á falta de otros méritos, el de la

ingenuidad y sencillez. Voces hay, en estos libros aljamiados, de buen

sabor y buena alcurnia, felices, pintorescas y expresivas, que ya en

aquel entonces rechazaban como plebeyas los doctos; pero que el pueblo

usaba y aún usa, y que los moriscos, gente toda plebeya y humilde, no

tenían reparo en escribir.

Sirven además estos libros para fijar la mutua transcripción de los

caracteres árabes y los comunes, tal como en España se hacía, y por lo

tanto, para resolver muchas cuestiones de pronunciación hasta ahora

embrolladas. Y son, finalmente, rico tesoro del dialecto aragonés; en

que casi todos fueron compuestos, percibiéndose en algunos, como _el

Baño de Zarieb_, gran número de voces y modismos valencianos.

Orígenes de la novela, Tomo I · 第 19 / 55 题