EL APÓLOGO Y EL CUENTO ORIENTAL.--SU TRANSMISIÓN Á LOS
PUEBLOS DE OCCIDENTE, Y ESPECIALMENTE Á ESPAÑA.--EL CUENTO Y
LA NOVELA ENTRE LOS ÁRABES Y JUDÍOS ESPAÑOLES.
Mucho más que la novela clásica, aunque pueda reconocerse en tal cual
_fabliau_ el tema de algún episodio de Petronio y Apuleyo, no derivado,
según creemos, de ningún género de tradición literaria, sino de un
fondo popular mucho más antiguo[6], influyeron en la Edad Media los
apólogos y cuentos orientales, representados principalmente por dos
famosísimas colecciones, que ya hemos mencionado, y cuya profunda
acción es imposible negar, aunque modernos y excelentes trabajos
obliguen á reducirla un tanto, concediendo mucha mayor espontaneidad á
la fantasía é inventiva de los pueblos modernos y rectificando en algún
caso supuestas ó exageradas analogías.
Ambos libros son de remotísimo abolengo, y su origen ha de buscarse
en la India, aunque por ventura no existan ya los primitivos textos
sánscritos, sustituidos por imitaciones posteriores, por versiones en
las lenguas modernas del Indostán y por otras más antiguas, persas,
siriacas y árabes. Conviene decir dos palabras acerca de estas
colecciones, puesto que precisamente España las recibió más pronto y
por distinto camino que el resto de los pueblos occidentales, les dió
primero vestidura latina y las hizo hablar, también por primera vez, en
lengua vulgar. Las traducciones castellanas del _Calila y Dimna_ y del
_Sendebar_, no sólo tienen importancia en el proceso cronológico de la
novela, por estar inmediatamente derivadas de un texto arábigo, sino
que lo tienen capitalísimo para la historia de nuestra lengua, entre
cuyos más vetustos monumentos se cuentan.
La versión árabe que sirvió de texto al _Calila y Dimna_ castellano, lo
mismo que á la versión hebrea de la cual proceden la latina y todas las
demás occidentales á excepción de la nuestra, es conocida desde antiguo
y fué publicada por Silvestre de Sacy[7].
Tiene por autor á Abdalá-ben-Almocafa y pertenece al siglo VIII de
nuestra era. Fué hecha bajo los auspicios del segundo califa Abasida,
Almanzor, y el intérprete, que era un persa convertido al islamismo,
tomó por texto una versión en lengua pehlvi, presentada en la primera
mitad del siglo VI al rey Cosroes por su médico Barzuyah, que había
ido á buscar los tesoros de la sabiduría en la India, donde encontró
las fábulas de Bilpay, las cuales tradujo libremente, dándolas el
título de _Calila y Dimna_, que son los nombres de dos lobos cervales,
narradores de una buena parte de los cuentos del libro. Esta traducción
persa no existe, pero sí otra siriaca (_Kalilag y Damnag_), también
del siglo VI é independiente de ella, atribuida á un monje nestoriano,
llamado Bud, que en calidad de _periodeutes_ ó visitador recorrió,
por los años de 570, las comunidades siriacas de Persia y de la
India. El insigne orientalista Teodoro Benfey[8], á quien se debe
este precioso descubrimiento que nos hace adelantar un grado más en
el árbol genealógico de estas fábulas, no ha podido encontrar en la
India texto alguno que responda exactamente al _Calila y Dimna_ árabe,
persa y siriaco, pero su existencia antes del siglo VI se acredita no
sólo por este grupo de traducciones, sino por la célebre refundición
conocida con el nombre de _Pantschatantra_[9], que de los doce ó trece
capítulos del _Calila_ sólo contiene cinco, pero muy desarrollados y
amplificados interiormente. Cada sección ó capítulo se compone de un
apólogo principal y en el cual se intercalan otros varios recitados
por los personajes de la fábula y exornados con sentencias en verso,
á la manera de las _moralidades_ que D. Juan Manuel puso en _El Conde
Lucanor_. Es opinión muy seguida ahora que la mayor parte de estos
apólogos habían servido como ejemplos á los predicadores budistas,
que se dirigían al pueblo y le hablaban en parábolas (_jatakas_);
pero puede presumirse que la mayor parte de esas parábolas, fábulas y
proverbios son anteriores al nacimiento del Budismo, y que precisamente
por ser familiares á sus oyentes los empleaban con nuevo sentido moral
los propagandistas de la religión nueva[10]. Síguese de aquí que las
fábulas indias son antiquísimas, ora naciesen de la natural tendencia
de la mente humana á tomar la metáfora por realidad y las figuras del
lenguaje por historias y cuentos, que es el punto de vista filológico
indicado por Kuhn y vulgarizado tan elocuentemente por Max Müller,
ora tengan su remota y misteriosa fuente en vagas memorias de la
primitiva comunidad de los pueblos Arios, como parece que lo indica
el encontrarse alguna de ellas en otras ramas de la misma familia,
especialmente en las tradiciones germánicas que recopiló Grimm. Sólo
muy tarde se pusieron estas narraciones en cabeza del fabuloso Bildpai,
que es el Esopo de los orientales.
Suscitó el _Pantschatantra_ gran número de imitaciones en la India
misma, siendo la más célebre el _Hitopadesa ó instrucción salutífera_,
que suele emplearse como texto de lectura en la enseñanza del sánscrito
y ha sido traído recientemente por un joven filólogo á nuestra
lengua[11].
No menos prolífico ha sido el _Calila y Dimna_ árabe, que fué puesto
dos veces en verso, retraducido tres veces al persa moderno en los
siglos X, XII y XV, sirviendo una de estas versiones, titulada
_Anwuairi Sohaili_ (Luces Canópicas), de original para el libro turco
_Homayun-Nameh_ (El libro imperial), redactado en tiempo de Solimán
el Magnífico por Alí Tchelebi, profesor de Adrianópolis. Ya hemos
mencionado la traslación griega de Simeón Sethos (siglo XI), en que
por un yerro del intérprete, que tradujo materialmente las raíces,
se convirtieron _Calila y Dimna_ en _Stephanites_ (el coronado) é
Ichnelates (el investigador)[12].
No es inútil para el estudioso de la novelística la mención de estas
versiones, porque algunas de ellas, aunque muy tardíamente, han
penetrado en Europa é influido en la literatura moderna, dando en
diversos tiempos nueva boga y prestigio al apólogo oriental, con
entera independencia de la gran corriente de los siglos medios. Así la
traducción incompleta del _Libro de las luces de Canopo_, publicada en
francés en 1644 por el intérprete David Sahid de Ispahan[13], prestó
á Lafontaine argumentos para algunas de sus mejores fábulas, y algunas
tomó también del _Specimen Sapientiae Indorum veterum_ del P. Possino,
que es una traducción latina de la griega de Simeón Sethos[14]. Y hasta
el _Homayun-Nameh_ turco tuvo por intérpretes en castellano al ragusés
Vicente Bratuti[15] y en Francia á Galland[16], aunque fué menos leído
que _Las Mil y una noches_.
Pero todas éstas son derivaciones excéntricas, manifestaciones
_sporádicas_. El río verdaderamente caudaloso, el que inundó toda
Europa con sus aguas, es el que pasa del árabe al hebreo, del hebreo al
latín y del latín á las lenguas vulgares.
Dos son las versiones hebraicas del _Calila y Dimna_, publicadas
entrambas por Derenbourg en 1881[17]. La primera y más importante de
estas traducciones se atribuye á un cierto Rabí Joel, que parece haber
florecido á principios del siglo XII, y que probablemente residía en
Italia. La segunda, de la cual sólo se conoce el principio, fué trabajo
de un Jacob ben Elazar, gramático y lexicógrafo del siglo XIII, y
permaneció ignorada fuera de la Sinagoga. Es un producto literario del
hebraísmo moderno, donde las fábulas de Bildpai quedan anegadas en un
centón de textos bíblicos.
En cambio, la versión de Rabí Joel importa mucho para la literatura.
Un judío converso, Juan de Capua, intérprete también de dos obras
médicas de Avenzoar y Maimónides, trasladó al latín el _Calila_ hebreo
con el título de _Directorium vitæ humanae_, dedicándoselo al cardenal
Mateo Orsini, que vistió la púrpura romana desde 1263 á 1305[18].
Bajo tan alto patrocinio, el _Directorium_, cuyo autor no pasaba,
según Derenbourg, de mediano hebraizante y detestable helenista,
penetró inmediatamente en las escuelas cristianas, y de él proceden
una antigua traducción alemana, intitulada _Ejemplos de los sabios de
raza en raza_ ó _Libro de la Sabiduría_, que se ha atribuido al duque
de Wurtemberg, Eberhardo I (1445 á 1496), y que á lo menos fué hecha
por su mandado[19]; otra castellana de fines del siglo XV, _Exemplario
contra engaños y peligros del mundo_, que tiene con la alemana
singulares semejanzas[20]; dos imitaciones italianas debidas á Messer
Agnolo Firenzuola y al Doni[21], excelentes prosistas florentinos del
siglo XVI, que fueron á su vez imitadas por Gabriel Cottier y Pedro de
Larivey, autores franceses del mismo siglo[22].
Mucho antes que el _Directorium_ de Juan de Capua estuviese trasladado
á ninguna lengua vulgar, disfrutaron los castellanos de la Edad Media
el texto primitivo y auténtico de Abdalá ben Almocaffa, _romançado
por mandado del infante don Alfonso, fijo del muy noble rey don
Fernando, en la era de mill é dozientos é noventa é nueve años_, es
decir en 1261, si hemos de dar fe á la suscripción de uno de los
códices escurialenses que contiene esta obra. Pero debe de haber algún
pequeño error en la fecha, puesto que ya en 1261 era rey Alfonso el
Sabio, á quien la nota llama infante. Esta traducción, mucho más fiel
y sabrosa que la de Juan de Capua, no fué «sacada de arábigo en latyn»
y romanzada después, como afirma esa misma nota, sino sacada directa
é inmediatamente del árabe, como probó D. Pascual de Gayangos[23],
primero y hasta la fecha único editor de tan interesante libro, y
han confirmado luego Teodoro Benfey[24], José Derenbourg y otros
orientalistas; reconociendo todos que hay tal afinidad y semejanza
entre el texto arábigo y la versión castellana, y son tantas las
palabras, frases y modismos literal y aun servilmente traducidos, que
alejan toda sospecha de un texto latino intermedio. El castellano
es tan importante, que de él se valen los arabistas mismos para la
crítica y enmienda del original de Almocaffa, sumamente estragado
en las numerosas copias que de él se hicieron, por haber sido libro
popularísimo entre los musulmanes, como lo acreditan las frecuentes
citas que de él hace Averroes en su extraño comentario á la Poética
de Aristóteles. Esta primitiva versión castellana no fué enteramente
ignorada fuera de España, puesto que sirvió de texto principal á la
que hizo en francés, por orden de Juana de Navarra, mujer de Felipe
el Hermoso, el médico Raymundo de Béziers (_Raymundus de Biterris_),
si bien no la terminó en vida de aquella princesa, sino en 1313,
presentando al Rey en las fiestas de Pentecostés el espléndido códice
iluminado que hoy puede admirarse en la Biblioteca Nacional de París.
Un libro de tan peregrina y larga historia no puede menos de haber
dejado huella profundísima en las literaturas de todos los pueblos
modernos. Y así aconteció, en efecto. El _Calila y Dymna_ fué el
prototipo de todos los libros que «departen por enxemplos de homes é
de aves et de animalias». Tan grande era su popularidad en el siglo
XIV, que los moralistas cristianos llegaron á considerar como peligroso
contagio el de aquellas moralidades de tan profano origen, persa ó
bracmánico. El obispo de Jaén, San Pedro Pascual, cuyos escritos se
dirigían principalmente á robustecer la fe de los que como él gemían
cautivos en las mazmorras de Granada, tiene sobre esto un curiosísimo
pasaje: «E, amigos, cierto creed que mejor despenderédes vuestros dias
y vuestro tiempo en leer é oyr este libro, que en decir é oyr fablillas
y romances de amor y de otras vanidades que escribieron, _de vestiglos
é de aves que dizen que fablaron en otro tiempo_. E cierto es que nunca
fablaron: mas escribiéronlo por semejanza. E si algun buen exemplo hay,
hay muchas arterías y engaños para los cuerpos y para las ánimas»[25].
Lo que llama Larivey _Tratados de Sendebar_ es _La filosofía moral_ del
Doni, sin que tenga nada que ver con el libro oriental del mismo título.
La moral del _Calila y Dimna_ no es ciertamente muy elevada ni
muy severa[26]. En la fábula ha predominado desde sus más remotos
orígenes cierto sentido utilitario, un concepto de la vida muy poco
desinteresado y que concede más de lo justo á la astucia y á la maña.
«Un rey que tomara por modelo al rey de los animales tal como está
pintado en estos cuentos (dice con razón Derenbourg), carecería de
energía y de valor, cedería al primer movimiento de cólera, violaría
sin escrúpulos la fe jurada y olvidaría por el menor capricho el
servicio de un amigo y la fidelidad de una esposa». Añádase á esto que
las ideas religiosas, muy lejanas ya de su fuente budista ó bracmánica,
puesto que si algo había de esto debieron de suprimirlo el persa
Barzuyeh y el árabe Almocaffa, son de una teología simplicísima, y
puede decirse que se reducen á un elemental deísmo, sin profundidades
de ningún género, salvo algún conato para resolver la contradicción
entre la presciencia divina y el libre albedrío humano. Sólo así se
explica que estos apólogos hayan podido acomodarse con tanta facilidad
á civilizaciones tan diversas y hayan tenido tanto séquito entre
hombres de tan opuestas creencias. Expresión antiquísima del sentido
común, cuando no degenera en vulgar, representan una primera, aunque no
muy elevada, fase de la sabiduría práctica; pero mucho más que por su
doctrina influyeron por sus ejemplos, por la parte pintoresca y formal
del cuento.
Se imitó el cuadro general; se imitó cada uno de los apólogos
separadamente. El _Calila y Dimna_ es un cuento de cuentos, una serie
de apólogos comprendidos en una ficción general, como lo son _Las Mil y
una noches_, el _Decamerón_, los _Cuentos de Cantorbery_, de Chaucer,
é innumerables colecciones más. Este apólogo principal es distinto en
cada uno de los capítulos ó secciones de la versión arábigo-persiana,
como lo es también en cada uno de los cinco libros de donde toma nombre
el _Pantschatantra_ indio; pero el más extenso, el más célebre, el que
por mayor excelencia ha dado título á toda la obra, es el primero de la
colección sánscrita, que corresponde al quinto de Almocaffa y tercero
de la traducción castellana. Es lo que Grimm llamaba _Thier-epos_, esto
es, epopeya de animales. Sus héroes son el león, rey de los animales,
llamado en el texto indio _Pingalaca_; su confidente y ministro el
toro _Sanchivaca_ (en la traducción castellana _Senceba_), y los dos
chacales ó lobos cervales _Carataca_ y _Damanaca_ (es decir, _Calila_
y _Dimna_, que Juan de Capua transformó en zorras), los cuales,
envidiosos de la privanza del toro, se proponen y consiguen con sus
malas artes hacerle pasar por traidor, á los ojos del león, que acaba
por matarle en un arrebato de ira. ¿Quién no ve aquí un cuadro análogo
al del _Roman de Renart_, la grande epopeya satírica de los tiempos
medios, que el genio de Goethe no se desdeñó en renovar en su _Reineke
Fuchs_? Es cierto que las primitivas ramas de este ciclo, sea alemán ó
francés de origen, se remontan á tiempos anteriores á la introducción
del apólogo oriental en Europa por medio de traducciones directas,
pero no se olvide que la elaboración del terrible poema continuó hasta
el siglo XIV, y además pudo haber, por medio de las Cruzadas[27],
transmisión puramente oral de algunos de los cuentos del _Calila_, tan
vulgares entre los musulmanes, como vemos que la hubo en el _Libro
de las Bestias_, de Ramón Lull, que es un _Calila_ no leído, sino
recordado vagamente.
Bien sabemos que la teoría de la influencia oriental en la novelística
de la Edad Media anda hoy un tanto de capa caída, después del
brillantísimo libro de Bédier sobre los _Fabliaux_[28], que, sin
embargo, no convenció al venerable y malogrado patriarca de estos
estudios Gastón París. Aun tratándose de cuentos aislados, empieza
á parecer coincidencia mucho de lo que se tenía por derivación
indubitable. No me empeñaré, por consiguiente, en sostener, como lo
hizo Loiseleur Deslongchamps en un libro ya anticuado, pero excelente
para su tiempo[29], que el cuento de los dos _cabrones monteses_ que
peleaban entre sí y cogieron entre los cuernos á la vulpeja que lamía
su sangre, esté en el _Renart_ por imitación del _Calila_; ni que
el cuento de la mujer de las narices cortadas sea el original del
_fabliau des cheveux coupés_ y del cuento análogo de Bocaccio (_giorn._
VII, nov. VIII), dramatizado por el inglés Massinger en su comedia
_El Guardián_; ni mucho menos que el caballo mágico de _Clamades y
Clarimonda_ y el de _Orsón y Valentín_, parodiados por Cervantes en
su _Clavileño_, tenga que ver con el pájaro de madera que sirvió á
un personaje del _Pantschatantra_ para penetrar en el palacio de una
princesa y conseguir su amor haciéndose pasar por el dios Visnú.
Tampoco es seguro que la novela segunda de la tercera _giornata_ del
_Decamerone_ proceda del cuento «de la mujer que se dió á su siervo
sin saberlo», puesto que cuentos análogos hay también, no sólo en _Los
Mil y un días_ y otras colecciones orientales, sino también en las
_Cento novelle antiche_ que precedieron á Bocaccio. Además, varios
apólogos del _Calila_ tienen correspondencia con otros de la tradición
esópica, como _El Águila y la Tortuga_, _El León y la Mosca_, _El
Ratón y el León_, _La Serpiente y el Labrador_, _El Asno vestido con
la piel del león_; y no era preciso ir á buscarlos en la India ni en
Persia, puesto que el recuerdo de las fábulas clásicas no se perdió
nunca en Occidente. De Lafontaine ya queda dicho que pudo disfrutar el
libro de _Calila y Dimna_ en dos diversas traducciones, derivadas la
una del persa y la otra del griego, y sin disputa tomó de allí algunas
de sus mejores fábulas, como _El Cuervo, la Gacela, la Tortuga y el
Ratón_, _El Lobo y el Cazador_, _El Gato, la Comadreja y el Conejo_,
_El Marido, la Mujer y el Ladrón, la Rata convertida en mujer_; _El
Hijo del rey y sus compañeros_, _Los dos Papagayos_ y alguna otra.
Pero así como en todas ellas se revela su origen por la conformidad de
los detalles, no puede decirse lo mismo de otras, como _Los Animales
enfermos de pestilencia_, que Lafontaine tomó probablemente de una
fábula latina de Francisco Philelpho, el cual á su vez la había imitado
del _Directorium humanae vitæ_, de Juan de Capua.
Todas las fábulas del _Calila y Dimna_ están puestas en boca de
animales; pero muchas, quizá las mejores, aunque por ventura no las
más honestas, tienen protagonistas racionales y pueden considerarse
como verdaderos cuentos. Su traducción debe estimarse como el más
antiguo libro de ellos en nuestra lengua, y como precedente forzoso de
las obras originales del incomparable D. Juan Manuel. Para que se vea
que el traductor no carece de gracia narrativa y maneja ya con cierta
soltura el arte del diálogo, copiaré dos apólogos de los más breves,
que amenicen algo la aridez bibliográfica de estos prolegómenos. Sea el
primero el lindo apólogo «de la niña que se tornó en rata»:
«Dicen que un religioso[30] cuya voz Dios oia, estando asentado en la
ribera de vn rio, pasó por y un milano é traia en las uñas una rata, et
soltósele de las uñas é cayó al religioso en las faldas. Et ouo piedad
della é falagóla, et envolvióla en una foja, et queriéndola levar á
su ermita, temióse que le seria fuerte cosa de criar, é rogó á Dios
que la mudase en niña. Et Dios oyóle, é tornóla en niña muy fermosa,
é levóla el religioso á su posada, et criábala bien, et non le decia
cosa de su fazienda. Et ella bien pensaba que era fija del religioso.
Et desque ouo doce años complidos díxole el religioso: «Tú eres de edat
conplida é non estás bien sin marido que te mantenga, é te gobierne, é
me desenbargue de ti». Dixo ella: «Pláceme; mas quiero yo tal marido
que non tenga par en valentía, nin en fuerza, nin en nobleza, nin
en poder». Dixo el religioso: «Non conozco que sea otro tal como tú
dices, salvo el sol». Et él echóse en rogaria á Dios porque el sol
quisiese casar con aquella doncella, et el sol dixo al religioso: «A
mi placeria de aceptar tu ruego por el bien que Dios te quiere, salvo
porque te amostraré otro que me sobrepuja en fuerza é en valentía».
Dixo el religioso: «¿Cuál es ése?» Dixo el sol: «Es el ángel que mueve
las nubes, el cual con su fuerza abre mi luz, é tuelle mi claridad,
que la non deja resplandecer por la tierra». Et luego el religioso
fizo rogaria al ángel porque casase con su fija, el cual le respondió
que él lo feciera, salvo porque él mostraria otro que era más fuerte
que él». Dixo el religioso que gelo amostrase, é él le dixo que era el
viento, que era más fuerte que él, é traia a las nubes de una parte á
otra por todas las partes del mundo, que non se podian amparar dél.
Et él fizo oracion á Dios como solia, porque el viento casase con su
fija, e luego el viento aparecióle é díxole: «Verdad es como tú me
dices, que Dios me dio gran fuerza é poder sobre las criaturas; mas
mostrarte-he quién es más fuerte que yo». Dixo el religioso: «¿Quién
es éste?» Dixo: «El monte que es acerca de ti». Et él llamó al monte
como llamara á los otros para que casasen con su fija. E dixo el monte:
«En verdad tal só como tú dices; mas mostrarte-he quién es más fuerte
que yo; ca con su gran fuerza non puede haber derecho con él, é non
me puedo defender dél, ca me roye de contino». «¿Quién es?», dixo el
religioso. Dixo el monte: «Es el mur»[31]. Et fuése el religioso al
mur, et rogóle como á los otros, et dixo el mur: «Tal só como tú dices;
mas ¿cómo podrá ser de me casar yo con mujer seyendo yo mur, é morando
en covezuela é en forado?» Et dixo el religioso á la moza: «Quieres
ser mujer del mur? pues que ya sabes que todas las otras cosas nos
han dicho que es el más fuerte, et bien sabemos que non dejamos cosa
que sopimos que era fuerte é valiente á quien non fuemos, é todos nos
mostrararon á este mur; et ¿quieres que ruegue á Dios que te torne en
rata et casarás con él é morirás con él en su cueva? et yo que só cerca
de aquí requerirte-he é non te dexaré del todo». Et ella dixo: «Padre,
yo no dubdo en vuestro consejo; et pues vos lo tenedes por bien,
faceldo así, ca contenta estoy de tornarme rata por casar con él». Et
luego el religioso rogó á Dios que la volviese en rata, et Dios oyóle,
é volvióse en rata, et fuése pagada porque tornaba á su raiz e á su
natura».
Y ya transcrita esta fábula, no quiero omitir tampoco, aunque sea de
las más conocidas, la «del religioso que vertió la miel et la manteca
sobre su cabeza», no sólo porque es de las mejor contadas, sino por
la singular curiosidad que la da el ser la más antigua forma conocida
del famosísimo apólogo de _La Lechera_, sobre cuyas transmigraciones
y vicisitudes á través de todas las literaturas escribió en 1870 Max
Müller una deliciosa monografía[32]:
«Dicen que un religioso habia cada dia limosna de casa de un mercader
rico, pan é manteca é miel et otras cosas, et comia el pan é lo ál
condesaba, et ponia la miel é la manteca en una jarra, fasta que la
finchó, et tenia la jarra colgada á la cabecera de su cama. Et vino el
tiempo que encareció la miel é la manteca, et el religioso fabló un
dia consigo mismo, estando asentado en su cama, et dixo así: «Venderé
cuanto está en esta jarra por tantos maravedís, é compraré con ellos
diez cabras, et empreñarse-han, é parirán á cabo de cinco meses; et
fizo cuenta de esta guisa, et falló que en cinco años montarian bien
quatrocientas cabras». Desi dixo: «Venderlas-he todas, et con el
precio dellas compraré cien vacas, por cada cuatro cabezas una vaca, é
haberé simiente é sembraré con los bueyes, et aprovecharme-he de los
becerros et de las fembras, é de la leche é manteca, é de las mieses
habré grant haber, et labraré muy nobles casas, é compraré siervos é
siervas, et esto fecho casarme-he con una mujer muy rica, é fermosa, é
de grant logar, ó empreñarla-he de fijo varón, é nacerá complido de sus
miembros, et criarlo-he como á fijo de rey, é castigarlo-he con esta
vara, si non quisiere ser bueno é obediente». Et él deciendo esto, alzó
la vara que tenía en la mano, et ferió en la olla que estaba colgada
encima dél, é quebróla, é cayóle la miel é la manteca sobre su cabeza».
He aquí el más remoto original de la _Doña Truhana_ de _El Conde
Lucanor_ y de la _Perrette_, de Lafontaine, sin que sea fácil decir
á punto fijo cuándo se efectuó la transformación y cambio de sexo
del religioso ó bracmán del cuento primitivo en lechera que iba con
el cántaro al mercado. Sólo se sabe que esta variante es antigua, y
se encuentra ya en un libro del siglo XIII, el _Dialogus creaturarum
optime moralizatus_, que es una colección de ejemplos para uso de los
predicadores.
Tal fué el primero y tímido conato que hizo la lengua castellana en
el arte de la narración ejemplar y recreativa: ensayo venerable por
su antigüedad, interesante por su origen y que puede sumarse, sin
desdoro, con los grandes servicios y aplicaciones que al Rey Sabio
debieron nuestra prosa histórica, legal y científica. Juntamente con
el _Calila y Dimna_ penetró en nuestra literatura otro libro oriental,
de historia tan peregrina y embrollada como la suya y mucho más
próximo que él á lo que hoy entendemos por novela. Este libro es el
_Sendebar_ indio, llamado en castellano _Libro de los engannos et los
asayamientos de las mugeres_, trasladado de arábigo en castellano por
orden del Infante Don Fadrique, hermano de Alfonso el Sabio, en el año
1291 de la era española, 1253 de la era vulgar, dos años después que el
_Calila y Dimna_. Esta traducción, cuya existencia reveló por primera
vez Amador de los Ríos[33], ha sido admirablemente estudiada por el
profesor italiano Domenico Comparetti[34], haciendo resaltar toda la
importancia que tiene, no en el proceso de la novelística europea, en
que nada pudo influir por haber sido enteramente desconocida, sino en
la historia de los orígenes del libro, puesto que habiendo perecido
no sólo el texto sanscrito, sino el persa (que racionalmente hubo de
servir de intermedio) y el árabe, que ya en el siglo X está citado
por Almasudi[35] y que sirvió de original al libro castellano, queda
éste como representante casi único de la forma más pura y antigua de
tan célebre novela, en cuya historia se repiten, punto por punto,
las vicisitudes del _Calila y Dimna_. Como él pasó del árabe al
siriaco, y del siriaco al griego, por obra de Miguel Andreópulos,
en los últimos años del siglo XI, con el título de _Syntipas_[36].
Independiente de esta versión es la hebrea, que lleva el título de
_Parábolas de Sandabar_, y pertenece á la primera mitad del siglo XIII,
según toda apariencia[37]. Formas orientales del libro son también el
_Sindibad-Nameh_, poema persa escrito en 1375 é inédito aún; la octava
noche del _Tuti-Nameh_ (cuentos del papagayo), del poeta, también
persa, Nachshebi, que murió en 1329[38]; el _Baktiar-Nameh_ ó _Historia
de los diez visires_, oriundo también de Persia, y que traducido al
árabe entró en algunas redacciones de _Las Mil y una noches_[39].
Tales son las principales obras que forman el grupo calificado de
oriental por Comparetti, y al cual corresponde la traducción del
Infante Don Fadrique.
Las del grupo occidental son en número mucho mayor y proceden
remotamente de la versión hebrea, imitada con mucha libertad por el
monje Juan de Alta Silva (siglo XIII) con el título de _Dolophatos_
ó _Historia septem sapientum Romae_[40]. No hubo lengua de Europa
en que este libro _de los siete sabios_ no fuese traducido ó
imitado en prosa y en verso. Pero algunas de estas imitaciones se
apartan considerablemente del original, suprimiendo muchos cuentos,
intercalando otros y conservando sólo el cuadro general de la fábula.
Tal sucede con el _Dolophatos_, del trovero Herbers[41], y con el
_Erasto_ italiano. No entraremos en la enumeración de las versiones
que se hicieron en italiano, en inglés, en alemán, en holandés, en
danés, ni mencionaremos, si no de pasada, el _Ludus septem sapientum_,
del jurisconsulto Modio, que retradujo el texto alemán en la elegante
latinidad del Renacimiento[42]. Sólo nos importa registrar cuatro
versiones españolas pertenecientes á este grupo, y son: una catalana
del _Dolophatos_, en el mismo metro del original (versos de nueve
sílabas), que se conserva en la Biblioteca de Carpentras y ha sido
publicada con un comentario filológico por Adolfo Mussafia[43]; la
castellana de Diego de Cañizares, en prosa (mediados del siglo XV),
tomada, según él dice, de un libro llamado _Scala Celi_, que será el de
Juan Gobio[44]; otra más completa, cuyas ediciones se remontan por lo
menos á 1530, y que sigue reimprimiéndose como libro de cordel, con el
nombre de Marcos Pérez, aunque cada vez más groseramente modernizada en
el estilo[45], y por último, la _Historia del Príncipe Erasto, hijo del
Emperador Diocleciano_ (1573), traducida por Pedro Hurtado de la Vera
del libro italiano del mismo título[46].
No entraré en la enmarañada tarea de deslindar el parentesco de
cada una de estas innumerables refundiciones. Tomo el libro _De los
Engannos de mugeres_ ó _Libro de Cendubete_ en su forma primitiva
hispano-arábiga, reducido á veintiséis cuentos, que se enlazan por
una ficción general análoga á las de _Las Mil y una noches_. Un hijo
de rey, acusado falsamente por su madrastra de haberla querido hacer
violencia en su persona, es condenado á muerte por su padre; pero la
ejecución se va dilatando durante siete días, en que combaten á fuerza
de apólogos la acusadora y siete sabios. Al octavo día se cumple el
plazo del horóscopo que había anunciado al príncipe un gran peligro
si despegaba los labios en toda la semana, y renunciando á su mudez
fingida, logra justificarse plenamente, siendo entregada á las llamas
la proterva madrastra. El horóscopo y el encerramiento del príncipe
traen en seguida á la memoria el del Segismundo calderoniano, pero en
_La Vida es sueño_ tal situación no procede del _Sendebar_, sino del
_Barlaam y Josafat_, donde tiene más alto y transcendental sentido.
Los cuentos recitados por los siete sabios tienen por único objeto
mostrar los engaños, astucias y perversidades de la mujer, tal como
la habían hecho la servidumbre del harem y la degradación de las
costumbres orientales. Son, pues, extraordinariamente livianos en el
fondo, ya que no en la forma, que es grave y doctrinal, y nunca llega
al cinismo grosero de los _fabliaux_ ni á la sugestiva y refinada
lujuria de Bocaccio. Sirva de muestra el _enxienplo_, tan absurdo como
gracioso, del papagayo, sustituido en otras versiones con una picaza:
«Señor, oy desir que un omne que era celoso de su muger, et compró un
papagayo et metiólo en una jabla, et púsolo en su casa et mandóle que
le dixesse todo quanto viesse faser á su muger et que no le encobriese
ende nada; et despues fue su via á recabdar su mandado. Et entró
su amigo della en su casa do estava; el papagayo vio quanto ellos
fisieron, et quando el omne bueno vino de su mandado, asentóse en su
casa en guisa que non lo viese la muger, et mandó traer el papagayo
et preguntóle todo lo que viera; et el papagayo contógelo todo lo que
viera faser á la muger con su amigo; et el omme bueno fué muy sañudo
contra su muger, et non entró más do ella estava. Et la mugier coydó
verdaderamente que la moça lo descobriera, et llamóla estonce et dixo:
«Tú dexiste á mi marido todo quanto yo fise». E la moça juró que non lo
dixiera; mas sabet que lo dixo el papagayo. Et descendiólo á tierra et
começóle á echar agua de suso como que era lluvia; et tomó un espejo
en la mano et parógelo sobre la jabla, et en la otra mano una candela,
et parávagela de suso; et cuydó el papagayo que era relámpago; et la
muger començó á mover una muela, et el papagayo cuidó que eran truenos;
et ella estovo así toda la noche fasiendo así fasta que amanesçió.
Et después que fué la mañana vino el marido et preguntó al papagayo:
«¿Viste esta noche alguna cosa?» Et el papagayo dixo: «Non pude ver
ninguna cosa con la gran lluvia et truenos et relámpagos que esta noche
fiso». Et el omme dixo: «¿En quanto me has dicho es verdat de mi muger
así como esto? Non ha cosa más mintrosa que tú; et mandarte he matar».
Et embió por su muger et perdonóla et fisieron pas. Et yo, Señor, non
te di este enxiemplo, si non porque sepas el engaño de las mugeres, que
son muy fuertes sus artes et son muchos, que non an cabo nin fin. Et
mandó el rrey que non matasen su fijo».
Fuerte contraste con los picantes y malignos ejemplos del _Sendebar_
y con la egoísta y utilitaria enseñanza de muchos de los apólogos del
_Calila y Dimna_ ofrece otro libro, también de origen indostánico,
que ha tenido la rara fortuna de servir de manual ascético sucesiva ó
alternativamente á budistas, cristianos, musulmanes y judíos, y esto
no sólo por la fábula principal, sino por las parábolas intercaladas
en su contexto. Claro es que me refiero á la célebre novela mística de
_Barlaam y Josafat_, cuya forma occidental y cristiana, compuesta en
lengua griega, ha sido atribuida por mucho tiempo á San Juan Damasceno,
si bien hoy se estima generalmente (y Zotenberg parece haberlo dejado
fuera de duda) que el autor fué otro Juan, monje en el convento de San
Sabas, cerca de Jerusalén, á principios del siglo VII, y anterior, por
consiguiente, en más de una centuria á aquel gran Padre de la Iglesia
Oriental.
Aunque el texto griego del _Barlaam y Josafat_ no haya visto la luz
hasta nuestro siglo[47], eran numerosas las ediciones de una traducción
latina, malamente atribuida á Jorge Trapezuncio ó de Trebisonda, puesto
que existía siglos antes de él, como lo prueban las numerosas citas
de Vicente de Beauvais (en el _Speculum Historiale_), de Jacobo de
Voragine (en la _Legenda Aurea_) y de otros escritores muy conocidos
de la Edad Media. Nuestra Biblioteca Nacional posee un _Barlaam_
manuscrito del siglo XII, y todavía los hay más antiguos en otras
bibliotecas de Europa. Impresa esta versión en 1470, fué reproducida
muchas veces, ya suelta[48], ya acompañando á las ediciones de San
Juan Damasceno, hasta que fué sustituida por la más correcta de Jacobo
Billio en 1611. Una y otra traslación, pero especialmente la más
antigua, que era por lo mismo la más popular, sirvieron de base á todas
las que se hicieron en las diversas lenguas vulgares, á excepción de
una española muy capital, que indicaré luego.
La Iglesia griega reza de los santos confesores Barlaam y Josafat el
día 16 de agosto, y la latina el 27 de noviembre. Pero ni la existencia
de un santo ni su culto inmemorial implica el reconocimiento del valor
histórico de todas las circunstancias de su leyenda. Además, en la
Iglesia latina no aparecen estos santos hasta el siglo XIV, en el
_Catalogus Sanctorum_ de Pedro de Natalibus. Pero dejando aparte la
cuestión canónica, que no es de nuestra incumbencia, conviene decir
que aun en tiempos de mayor fe hubo críticos que consideraban el libro
atribuido á San Juan Damasceno como una novela mística, como «una
fábula ó invención artificiosa». De esta opinión se hizo cargo, para
impugnarla, el P. Rivadeneyra en su _Flos Sanctorum_. El P. Le Quien,
ilustre dominico, que dirigió la edición clásica de las obras de San
Juan Damasceno (París, 1712), excluyó de ella y relegó á la categoría
de las apócrifas la _Historia Indica de Barlaamo eremita et Josaphat_.
Huet, el Obispo de Avranches, en su famosa _Lettre sur l'origine des
romans_ (que es el más antiguo ensayo de novelística comparada), la
llama á boca llena «novela espiritual» y añade: «Trata del amor, pero
del amor divino; hay en ella mucha sangre derramada, pero es sangre
de mártires. Toda la obra está compuesta conforme á las leyes de la
novela, y aunque la verosimilitud está bastante bien observada, muestra
el libro tantos indicios de ficción, que no se puede dudar ni por un
momento que es historia de pura fantasía. Fuera una temeridad decir
que nunca existieron Barlaam y Josafat, puesto que el _Martirologio_
los pone en el número de los santos, y San Juan Damasceno implora
su protección al acabar la obra. Ni quizá fué el primer inventor de
esta historia, la cual creyó, sin duda, de buena fe por habérsela
oído á otros. Este libro, ya por la elegancia del estilo, ya por la
piedad, ha tenido tal aceptación entre los cristianos de Egipto, que
le han traducido en su lengua copta, y es frecuente hallarle en sus
bibliotecas. Y acaso no sea traducción del texto griego, sino otra
historia diversa de estos santos[49]».
El juicio de un prelado tan ortodoxo como Huet, corroborado hoy con
el de los sabios continuadores de la obra de los Bolandos, parece que
debe tranquilizar á los más meticulosos. Hoy es verdad generalmente
reconocida que la novela de _Barlaam y Josafat_ es, en lo fundamental
de su contexto, una transformación cristiana de la leyenda de Buda. Ya
en pleno siglo XVI, el portugués Diego de Couto, continuador de Juan de
Barros, notó en su sexta década las relaciones entre ambas historias,
aunque naturalmente las explicaba por la difusión en la India del culto
de San Josafat. Casi olvidada esta especie, creemos que fué enteramente
desconocida para Eduardo Laboulaye, que en un célebre artículo
publicado en 1859 en _Le Journal des Débats_, volvió á plantear la
comparación entre el _Barlaam_ y el _Lalita Vistara_, resolviendo de
plano que San Josafat era la misma persona que Buda.
Pero la cuestión no podía ser resuelta mientras no hablasen los
especialistas. No entraremos aquí en los pormenores de esta
investigación curiosísima, cuya gloria debe repartirse entre varios
orientalistas y varios cultivadores de la moderna rama de la erudición
conocida con el nombre de _novelística_; comenzando por el gran maestro
de ella Félix Liebrecht, prosiguiendo con Samuel Bean, traductor
inglés de los viajes de los peregrinos budistas, y con Max Müller, que
es quien principalmente popularizó esta cuestión con la brillantez y
amenidad que le eran propias, y terminando con Zotenberg y Kuhn, que
verdaderamente parecen haber agotado la materia[50]. Pero antes de
hacernos cargo de sus conclusiones, presentaremos juntos los datos
principales de ambas leyendas, valiéndonos de la exposición de Müller,
por ser la más breve y clara que conocemos:
«En el _Lalita Vistara_, el padre de Buda es un rey. Cuando nace su
hijo, el brahmán Arifa le predice que este hijo alcanzará gran gloria
y llegará á ser un monarca poderoso, ó bien que renunciará al trono,
se hará ermitaño y llegará á ser un Buda. El padre se empeña en evitar
que esta segunda parte de la profecía tenga cumplimiento. Cuando el
joven Príncipe va creciendo, le encierra en los jardines de su palacio,
le rodea de todos los halagos que pueden quitarle el gusto de la
meditación y darle el del placer, le mantiene en la ignorancia de lo
que son la enfermedad, la vejez y la muerte; aparta de sus ojos todas
las miserias de la vida. Pero un día acierta á salir de su dorada
prisión, y tiene los tres famosos _encuentros_: con el viejo enfermo,
con el muerto á quien llevaban á enterrar y con el asceta mendicante.
«Si pasamos ahora al libro atribuido á San Juan Damasceno,
encontraremos que los principios de la vida de Josafat son puntualmente
los mismos que los de Buda. Su padre es un rey á quien un astrólogo
predice que su hijo alcanzará la gloria, pero no en su propio reino,
sino en otro mejor y más excelso, es decir, que se convertirá á
la religión nueva y perseguida de los cristianos. Para impedir el
cumplimiento de esta predicción, el rey encierra á su hijo en un
palacio magnífico y le rodea de todo lo que puede suscitar en él
sensaciones agradables, teniendo gran cuidado y vigilancia para que
ignore la existencia de la enfermedad, de la vejez y de la muerte. Al
cabo de algún tiempo, su padre le concede permiso para salir á pasear
en su carro.
«Aquí se intercalan los tres encuentros, pero no en el mismo orden
ni con las mismas circunstancias, puesto que en la primera salida
encuentra el Príncipe dos hombres, uno ciego y otro leproso, y
en la segunda un viejo decrépito y casi moribundo. La diferencia
puede explicarse si admitimos, como de las mismas palabras de San
Juan Damasceno[51] puede inferirse, que aprendió esta historia de
la tradición oral y no de los libros. Pero la lección moral es la
misma: el Príncipe entra en su casa para meditar sobre la muerte, y
en tal meditación permanece hasta que un ermitaño cristiano le hace
comprender lo que es la vida según la doctrina del Evangelio... Todavía
pueden notarse otras coincidencias entre la vida de Josafat y la de
Buda. Los dos acaban por convertir á sus respectivos padres; los dos
resisten victoriosamente á las tentaciones de la carne y del demonio;
los dos son venerados como santos antes de su muerte. Hasta parece
que un nombre propio ha pasado del canon de los budistas al libro del
escritor griego. El cochero que conduce á Buda la noche en que huye de
su palacio, abandonando su mujer, sus hijos y todos sus tesoros, para
consagrarse á la vida contemplativa, se llama _Chandaka_; el amigo y
compañero de Barlaam se llama _Zardán_».
Hasta aquí Max Müller, cuyo somero extracto basta[52], y si á alguno
ocurriera la idea de que tal leyenda pudo pasar de la cristiandad
oriental á las comunidades budistas, y no al contrario, bastaría para
excluir tal conjetura el viaje del chino Fa-Hian, que á principios del
siglo V de nuestra era vió en la India las torres levantadas por el rey
Asoka en conmemoración de los tres encuentros de Buda; al paso que al
libro griego nadie le da mayor antigüedad que la del siglo VII, y en
él mismo se afirma que «es una historia edificante traída á la santa
ciudad de Jerusalem desde el interior de la región de los Etíopes, que
se llama también región de los Indios».
Admitido, pues, que la leyenda del príncipe Josafat es, en sus
principales rasgos, ya que no en su espíritu, la biografía popular de
Sakya-Muni, tal como se ha conservado en el texto tibetano del _Lalita
Vistara_, debe añadirse, sin embargo, que esta semejanza se refiere
sólo á los elementos puramente _humanos_ que concurren en la historia
del príncipe Sidharta, sin que en el _Barlaan_ quede rastro ninguno
de las mil invenciones fantásticas y maravillosas que sobrecargan la
leyenda de Buda en todas sus versiones. Hay, por otra parte, en el
_Barlaan y Josafat_, una parte teológica, una exposición sumaria del
dogma cristiano, que es original del monje sirio ó palestino autor
del libro. Á él ha de atribuirse también el muy original y fecundo
pensamiento del conflicto y controversia entre las principales
religiones, caldea, egipcia, griega, judía y cristiana; pensamiento
que luego, interpretado con los más diversos sentidos, tiene tan varia
representación en la teología judaica del _Cuzary_, de Judá Leví; en la
popular teología cristiana del _Libro del Gentil y de los tres sabios_,
de Ramón Lull, y del _Libro de los Estados_, de D. Juan Manuel, y
pudiéramos añadir en el cuento profundamente escéptico de _Los tres
anillos_, de Bocaccio, germen á su vez del drama deísta de Lessing
_Nathan el sabio_[53]. Hay, finalmente, en el _Barlaam y Josafat_ una
serie muy considerable de parábolas y apólogos, que son seguramente
de origen indio y aun budista, puesto que algunas de ellas están en el
_Maharanso_, y además es sabido que los misioneros populares de esta
secta empleaban el apólogo con tanta frecuencia como los predicadores
cristianos de la Edad Media. Pero estos ejemplos ó cuentos seguramente
no proceden del _Lalita Vistara_, sino de fuentes mucho más antiguas.
Algunos de ellos, pasando por el intermedio del _Gesta Romanorum_,
han andado largo camino en las literaturas modernas; dos por lo
menos, celebérrimo uno de ellos (el del joven educado en la soledad,
á quien se hace creer que las mujeres son demonios), figuran en el
_Decameron_[54], y el cuento de las tres cajas como escena episódica,
en _El Mercader de Venecia_.
No es óbice la profunda y sublime doctrina que en el _Barlaam_ se
contiene para que se reconozca su parentesco con otros libros menos
ascéticos, de tan probado origen indio y remota fecha como el _Calila
y Dimna_, que ya estaba traducido al persa en el siglo VI, y con el
_Sendebar_, que tiene poco más ó menos la misma antigüedad. Una de
las parábolas más pesimistas del _Barlaam_, una de las que ponen de
manifiesto con más terrible energía la vanidad de los goces del mundo,
se encuentra literalmente en el prólogo autobiográfico del traductor
persa del _Calila_, el médico Barzuyeh ó Bersehuey, que peregrinó á la
India en busca de las hierbas que resucitan á los muertos y trajo de
allí las palabras de sabiduría que dan medicina y salud á las almas:
«Despues que hobe pensado en las cosas de este mundo... busqué enxemplo
é comparación para ello, et vi que semejan en esto á un home que con
cuita é miedo llegó á un pozo, é colgóse dél, é trabóse á dos ramas que
nacieran á la orilla del pozo, é puso sus pies en dos cosas á que se
afirmó, é eran cuatro culebras que sacaban sus cabezas de sus cuevas;
et en catando al fondón del pozo vió una serpiente la boca abierta para
le tragar cuando cayese, et alzó los ojos contra las dos ramas, é vió
estar en las raíces della dos mures, el uno blanco é el otro negro,
royendo siempre que non quedaban; et él pensando en su facienda é
buscando arte por do escaparse, miró á suso sobre sí, é vio una colmena
llena de abejas, en que había una poca de miel, et comenzó a comer
della, é comiendo, olvidósele el pensar en el peligro en que estaba,
et olvidó de como tenía los pies sobre las culebras, é que non sabía
cuando se le ensañarían, nin se le membró de los dos mures que non
cesaban de tajar las ramas, et cuando las hobiesen tajadas, que caería
en la garganta de la serpiente. Et seyendo así descuidado é negligente,
acabaron los mures de tajar las ramas, et cayó en la garganta del
dragón et pereció. Et yo fice semejanza del pozo á este mundo, que es
lleno de ocasiones é de miedos, é de las cuatro culebras á los cuatro
humores que son sostenimiento del home, et quando se le mueve alguno
dellos, este atal es como el venino de las víboras ó el tósigo mortal.
Et fice semejanza de los dos ramos á la vida flaca deste mundo, et de
los mures negro y blanco á la noche é al día, que nunca cesan de gastar
la vida del home; é fice semejanza de la miel á esta poca del dulzor
que home ha en este mundo, que es ver, é oir, é sentir, é gustar,
é oler, é esto le face descuidar de sí é de su facienda, é fácele
olvidar aquello en que está et fácele dejar la carrera porque se ha de
salvar»[55].
Con el _Sendebar_ se enlaza el _Barlaam_, no ya por fábulas aisladas,
sino por el principal argumento: el horóscopo que del príncipe
forman los astrólogos, el encerramiento en que el rey le mantiene,
la persecución de que le hace blanco una de las mujeres de su harem.
Veamos algo de esto en la antiquísima versión castellana hecha para el
Infante D. Fadrique:
«Desy embio el rey por quantos sabios avía en todo su rreyno que
viniesen á él et que catasen la ora et el punto en que nasiera su fijo;
et despues que fueron llegados plógole mucho con ellos et mandólos
entrar antél, et díxoles: «Bien seades venidos». Et estuvo con ellos
una gran pieça alegrándose et solasándose, et dixo: «Vosotros sabios,
fágoos saber que Dios, cuyo nombre sea loado, me fiso merced de un fijo
que me dió con que me esforçasse mi braso, et con que aya alegría, et
gracias sean dadas á él por siempre». Et díxoles: «Catad su estella
del mi fijo, et vet qué verná su facienda». Et ellos catáronle et
fisiéronle saber que era de luenga vida et que sería de gran poder,
mas a cabo de veynte annos quél avia de acontecer con su padre, porque
veia el peligro de muerte. Quando oyó decir esto, fincó muy espantado,
ovo grand pessar, e tornósele el alegría, et dixo: «Todo es en poder
de Dios, que faga lo que él tuviere por bien». Et el ynfante creció
et fízose grande et fermoso, et dióle Dios muy buen entendimiento: en
su tiempo non fué ome nascido tal como él fué... Cendubete (_el sabio
encargado de su enseñanza_) tomó este dia el mismo por la mano, et
fuese con él para su posada; et fiso faser un gran palacio fermoso
de muy grant guisa, et escribió por las paredes todos los saberes
quel avie de mostrar et de apprender, todas las estellas et todas las
figuras et todas las cosas. Desy díxole: «Esta es mi siella et esta es
la tuya, fasta que depprendas los saberes todos que yo aprendí en este
palacio; et desembarga tu corazon, et abiba tu engeño, et tu oyr, et tu
veer. Et assentóse con él a mostralle; et trayanles ally que comiessen
et que beviessen, et ellos non sallian fuera, et ninguno otro non les
entrava allá; et él mismo era de buen engenno et de buen entendymiento,
de guisa que ante que llegase el plaso, apprendió todos los saberes
que Cendubete, su maestro, avía escripto del saber de los ommes... Et
tornóse Cendubete al mismo, et dixo: «Yo quiero catar tu estrella». Et
católa et vió quel mismo sería en grand cueyta de muerte si fablase
ante que pasasen los syete dias...» etc.[56].
Indudablemente aquí está la leyenda budista, pero degenerada y sin
sentido religioso[57]. Este sentido se conservó en el _Lalita-Vistara_
y en las demás biografías populares de Buda, pero ¿de dónde procede
el texto cristiano del _Barlaam_? En este punto andan divididos los
críticos. Zotenberg no admitió más hipótesis que la de un texto
intermedio, escrito también en lengua de la India, por algún monje
nestoriano del siglo VI ó _VII_, que acomodó á la religión cristiana,
por él imperfectamente profesada, la historia de Sakya Muni y las
parábolas de sus discípulos, mezclando algunas reminiscencias
evangélicas, como la parábola del sembrador, é inventando el personaje
del misionero Balahuar ó Barlaam, que no está en la leyenda primitiva,
pero que era necesario para preparar la conversión del príncipe y
educarle en los fundamentos de la religión. Este libro hubo de ser el
mismo que, llevado á Jerusalem, sirvió de texto á la novela griega del
monje Juan.
Pero es más verosímil la opinión de Kuhn, que supone para el _Barlaam_
una serie de etapas semejante á la que recorrieron los demás libros
sánscritos. Un persa del siglo VI, convertido al budismo, tradujo al
pehlevi el libro de Judasaf (_Bodhisattva_). Un cristiano, de los
muchos que había en la parte del imperio de los Sassanidas confinante
con la India, es decir en el Afghanistán actual, hizo el arreglo
conocido con el nombre de _Libro de Judasaf y Balahur_. Del persa
pasó al siriaco, haciendo el nuevo traductor grandes modificaciones,
sobre todo en la segunda parte, que es enteramente nueva y apartada
de las fuentes búdicas. De esta redacción siriaca proceden, pero con
independencia, una versión georgiana, que todavía existe, y la griega
atribuida por tanto tiempo á San Juan Damasceno, en la cual se acentuó
grandemente el carácter teológico y polémico de la obra.
Este proceso, hipotético en parte, tiene, sin embargo, firme apoyo en
la existencia actual de dos versiones del _Barlaam_ independientes
de la griega, y una de ellas ni siquiera cristiana; es á saber: la
versión árabe, hecha probablemente del persa, y la ya citada redacción
georgiana, que representa á los ojos de Kuhn un texto intermedio entre
la forma pehlevi-árabe y la novela griega.
¿Pero por ventura hubo una sola versión árabe? Parece que fueron dos
cuando menos, y reflejo de ella son dos libros escritos en España
durante la Edad Media. Una es el _Libro de los Estados_, de D. Juan
Manuel, de que hablaré muy pronto. Otra la novela hebrea de Abraham ben
Chasdai, judío barcelonés del siglo XIII, titulada _El Hijo del Rey y
el Derviche_, que es refundición en sentido israelita de otro _Barlaam_
árabe traducido del griego, según expresamente se declara en el mismo
libro de Chasdai, y lo persuade la comparación de entrambos, aunque no
es verosímil que la traducción fuese directa, sino que habría, como de
costumbre, un truchimán sirio de por medio[58].
Sería tarea imposible para nuestros exiguos conocimientos, y además
pedantesca é impertinente aquí, seguir la transformación de la leyenda
del príncipe de Kapilavastu á través de todas las literaturas de
Oriente y Occidente, ya en su primitiva forma búdica, ya en las que fué
recibiendo de manos árabes, hebreas ó cristianas. Aun las del _Barlaam_
propiamente dicho son innumerables; durante la Edad Media fué traducido
no sólo en las lenguas ya citadas, sino en armenio y en etiópico, en
latín, en francés[59], en italiano, en alemán, en inglés, en holandés,
en polaco y en bohemio.
La bibliografía española de este argumento es bastante copiosa, y
sobre ella ha publicado un reciente y muy instructivo trabajo el joven
erudito holandés F. de Haan[60]. Las dos traducciones completas que
tenemos de la novela griega pertenecen al siglo XVII: la del licenciado
Juan de Arce Solórzano apareció en Madrid, en 1608[61]; la de Fr.
Baltasar de Santa Cruz, en Manila, en 1692[62]. Es más exacta la
segunda, como hecha sobre el texto de Billio, pero resulta mucho más
apacible y gallardo el estilo de la primera, no desemejante del que
mostró su autor en otras obras de entretenimiento. También salió de las
prensas de Manila en 1712 un _Barlaam_ traducido en lengua tagala por
el jesuíta Juan de Borja, con fines de edificación y catequesis para
los indios, á lo cual admirablemente se prestaba el carácter oriental y
parabólico del libro, y hasta su remoto origen budista.
Pero ya en la Edad Media era popularísimo entre nosotros el _Barlaam_
en forma de compendios ó traducciones abreviadas, como son todas las
que se derivan de la _Legenda Aurea_, de Jacobo de Voragine. Un _Flos
Sanctorum_ catalán del siglo XV y dos castellanos, por lo menos,
reconocen este origen. Pero tiene mucha más importancia una versión,
al parecer independiente y original, que, á juzgar por la lengua, es,
cuando menos, del siglo XIV. Está contenida en un códice misceláneo
de 1470, que lleva en la Biblioteca de Palacio el rótulo de _Leyes
de Palencia_[63]. No conociéndose hasta ahora la versión catalana de
Francisco Alegre, impresa en 1494, más que por una nota del _Registrum_
de D. Fernando Colón[64], no cabe indicar con precisión su origen.
Igual duda tengo en cuanto á la traducción portuguesa atribuida á Fr.
Hilario de Lourinham, inédita todavía[65].
Son varias las colecciones hagiográficas impresas en el siglo XVI
que traen con extensión la vida de nuestros santos. Figuran en el
_Flos Sanctorum_ de Alonso de Villegas, en el del P. Rivadeneyra, en
la _Hagiografía_ del Dr. Juan Basilio Santoro (Bilbao, 1580) y en
otros menos célebres. Pero no parece que llegasen á penetrar en los
breviarios particulares de nuestras iglesias, ni que tuvieran culto en
España[66].
Los autores de vidas de santos suelen suprimir las parábolas del
_Barlaam_, pero en cambio se las encuentra por todas partes, lo mismo
en los tratados piadosos y de ejemplos ascéticos que en las colecciones
de cuentos y en otros libros de recreación y pasatiempo. Ya Kuhn las
señaló en _El Conde Lucanor_, en el _Libro de los Gatos_, en los
_Castigos et documentos del rey D. Sancho_ y en la _Historia del
caballero Cifar_. De las parábolas que no están en el texto corriente,
sino que se añadieron en la versión hebrea hecha por el barcelonés
Aben Chasdai, se encuentra una en las _Leyendas moriscas_ publicadas
por Guillén Robles, y esta misma se lee en el _Libro de las Bestias_,
de Ramón Lull. Haan añade nuevas comparaciones con el _Libro de los
Enxemplos_, de Clemente Sánchez; con los _Coloquios satíricos_, de
Torquemada; con el _Libro de los Gatos_; con la _Silva curiosa_, de
Julián de Medrano (cuyos cuentos están tomados casi literalmente
del _Alivio de Caminantes_ de Timoneda), y hasta con la _Segunda
Celestina_, de Feliciano de Silva[67].
Finalmente, esta peregrina historia ha entrado en el teatro popular de
varias naciones. En francés hay dos _Misterios_ de Barlaam, Josaphat
y el rey Abenir su padre: uno del siglo XIV y otro del XV[68]. Al
mismo siglo pertenece la _Rappresentazione di Barlaam e Josafat_, de
Bernardo Pulci, que ha reimpreso Ancona[69], el cual cita otra de
mérito inferior, compuesta por Solci Perretano ó Paretano, y añade que
bajo la forma rústica de un _Mayo_, la leyenda continúa representándose
en el país toscano, especialmente en Pisa, y se reimprime para uso del
pueblo. Son numerosas é igualmente populares las narraciones en prosa,
y hay también una en octava rima.
Lope de Vega, que se asimiló todos los elementos del drama sagrado
y profano anteriores á él, no podía olvidar tan hermoso argumento.
Su comedia _Barlam y Josafá_, escrita en 1611, acaso después de una
lectura de la traducción, entonces tan reciente, de Arce Solórzano,
tiene un primer acto de extraordinaria belleza, que entró por mucho
en la concepción de _La Vida es sueño_ y aun dejó su reflejo en
algunos versos de Calderón[70]. Varios y complicados son los orígenes
de aquel famoso drama simbólico. La conseja oriental del _durmiente
despierto_ (incluida hoy en _Las Mil y Una Noches_), que tiene tan
cómicas derivaciones en Bocaccio, en Lasca y en el prólogo de _La
fiera domada_, de Shakespeare, y que ya en la Edad Media fué escrita
entre nosotros (como lo prueba un cuento de los añadidos en una de las
copias de _El Conde Lucanor_), pudo llegar á Calderón por medio de
_El Viaje entretenido_, de Agustín de Rojas, y aun es muy verosímil
que allí la leyese. Pero el dato muy importante de la reclusión del
príncipe á consecuencia de un horóscopo no procede de este libro, sino
del _Barlaam y Josafat_, á través de Lope, como lo prueba la identidad
de algunos versos y situaciones. El pensamiento filosófico de los
monólogos de _La Vida es sueño_ parece tomado de uno de los tratados
de Philon Hebreo (_Vida del político_), que Calderón pudo leer en la
versión latina de Segismundo Gelenio; pero las ráfagas pesimistas que
de vez en cuando asoman en la obra y parecen contradecir su general
sentido tienen ahora fácil explicación, conocidos los orígenes budistas
de la leyenda.
El _Calila y Dimna_, el _Sendebar_ y el _Barlaam_ son los tres libros
capitales que la novelística oriental comunicó á la Edad Media. Pero
mucho antes que ninguno de ellos estuviese traducido en lengua vulgar,
corría ya de mano en mano un libro latino de autor español, que
indisputablemente da la primacía cronológica á nuestra patria en el
género de los cuentos, puesto que precedió al _Gesta Romanorum_ y á
todas las demás colecciones de su género. Este libro celebérrimo, que
de intento hemos reservado para este lugar, aun infringiendo el orden
de los tiempos, por no ser mera traducción como los anteriores, es la
_Disciplina Clericalis_ del judío converso de Huesca, Pedro Alfonso
(Rabí Moséh Sephardí), nacido en 1062, bautizado en 1106, ahijado de
Alfonso I _el Batallador_, y conocido también por una obra en diálogos
en defensa de la ley cristiana contra los hebreos[71]. Nadie esperaría
de tan ferviente apologista un libro tan profano como la _Disciplina
Clericalis_[72], donde apenas se encuentra indicio de cristianismo,
salvo en el prólogo y en el título de la obra, que ha de ser entendido
como disciplina ó enseñanza propia de clérigos, dando á esta palabra
el sentido lato que tenía en la Edad Media, como hoy le tiene la
palabra _scholar_, sinónimo entre los ingleses de hombre estudioso
y letrado. Todos los elementos que entran en la composición de la
_Disciplina Clericalis_ son orientales, y aun la rara sintaxis que el
autor usa tiene más de semítica que de latina. Pedro Alfonso declara
haber compaginado su libro, parte de los proverbios y castigaciones de
los filósofos árabes, parte de fábulas y versos, parte de ejemplos ó
similitudes de animales y aves[73]. Nuestros escasos conocimientos en
literatura oriental no nos permiten determinar á ciencia cierta los
orígenes inmediatos de cada una de las treinta fábulas ó cuentos de la
_Disciplina Clericalis_, pero basta el más superficial cotejo entre
este libro del siglo XII y las traducciones que en el XIII y XIV se
hicieron de las grandes colecciones tantas veces citadas, para deducir
que el converso aragonés bebió en las mismas fuentes, y que la mayor
parte de sus apólogos proceden del _Calila_, de un libro de _Engaños
de Mujeres_, análogo al _Sendebar_, del _Barlaam_, de las fábulas de
Lokman[74] y de otros libros muy conocidos. En dos capítulos figuran
los nombres de Platón y Sócrates, pero estos nombres eran familiares
á los árabes y no arguyen influencia clásica de ninguna especie. Las
fábulas están puestas en boca de un padre que las da como instrucciones
á su hijo, reforzándolas con gran número de proverbios y sentencias.
Son ciertamente de muy saludable y moral doctrina algunos de estos
ejemplos. Otros son picantes y festivos, sin ofensa del decoro. En
uno ú otro concepto pueden recomendarse el de la prueba de los amigos
(que pasó al libro del Rey Don Sancho y á _El Conde Lucanor_); el de
los dos mercaderes de Egipto y de Baldach, tan fieles y heroicos en
su recíproca amistad como el Tito y el Gesipo de Bocaccio; el muy
ingenioso del depósito de los toneles de aceite; la linda fábula de la
avecilla que con dulces y sabias palabras se libró de las manos del
rústico; el gracioso cuento del jorobado en el portazgo, que todavía
en el siglo XVI versificó el licenciado Tamariz; el famosísimo de las
cabras, que Sancho contó á Don Quijote en la temerosa noche de los
batanes, y algunos más[75]. Pero otros son tan libres como los del
_Sendebar_, siendo de advertir que en varios de ellos es la suegra
quien hace el papel de Celestina y sugiere á su nuera astucias para
burlar al marido, lo cual da triste idea de la familia oriental.
El cuento del viñadero, el de la espada desnuda, el muy absurdo y
extravagante de la perrilla, el del engaño de la sábana, y sobre todo
el famosísimo que sirve de argumento á la farsa de Molière, _George
Dandín_, pertenecen á este género[76], y todos ellos son muy conocidos
gracias á Bocaccio y á los demás cuentistas italianos y franceses.
Pedro Alfonso cuenta con muy poca gracia en su bárbaro latín historias
verdes, que luego se contaron mucho mejor; pero es más casto que sus
imitadores, porque no es inmoral de caso pensado, ni excita jamás la
fantasía con cuadros licenciosos, ni sale nunca de su habitual manera
insípida y trabajosa.
Con toda su medianía, este libro tuvo una fortuna que muchas obras
de primer orden pudieran envidiar, pero que se explica bien por la
novedad y extrañeza de su contenido y por la singular mezcla, tan grata
al gusto de aquella edad, de la sabiduría práctica de los documentos
morales y de la cándida libertad de las narraciones. Las lenguas
vulgares le adoptaron muy pronto por suyo. Varias veces fué puesto en
prosa y en verso francés con el título de _Castoiement d'un père à son
fils_[77]. Íntegramente traducido al castellano aparece en el _Libro
de los exemplos_, de Clemente Sánchez de Vercial[78], y la mayor parte
de los cuentos figuran también en el _Isopete historiado_, que mandó
trasladar el infante Don Enrique de Aragón, duque de Segorbe[79] y
cuyas reimpresiones populares alcanzan al siglo XIX. Hasta dialectos
muy oscuros y muy poco cultivados literariamente se honraron con la
posesión de este librillo; una traducción del siglo XIV, existente
en nuestra Biblioteca Nacional, que pasó mucho tiempo por catalana,
resulta ahora bearnesa[80]. Los cuentos de Pedro Alfonso asoman la
cabeza por todas partes: en el _Gesta Romanorum_, en el _Speculum
Historiale_, de Vicente de Beauvais; en los _Exemplos_, de Jacobo
de Vitry, para uso de los predicadores[81]; en los _Fabliaux_, en
los _Gesammtabenteur_ alemanes, en las _Cento Novelle Antiche_, en
Boccaccio, cuyo solo nombre es legión.
Árabes son las fuentes inmediatas de la _Disciplina Clericalis_, y
acaso en lengua arábiga ó hebrea fué compuesta primeramente por su
recopilador antes de traerla al latín[82], pero el proceso novelístico
demuestra en la mayor parte de los casos que el cuento árabe viene de
Persia y el cuento persa viene de la India. Ya hemos indicado varios
que se derivan de los _Engaños de Mujeres_; del _Calila y Dimna_ hay
uno muy singular, el del ladrón que se tira del tejado de una casa
creyendo que por artes mágicas y por virtud de un conjuro que pronuncia
va á ser transportado en un rayo de la luna. El cuento del depositario
infiel está en la colección persa de _Los mil y un días_[83].
Pero ¿no habría entre los árabes de España un desarrollo original del
cuento y la novela que pudiera influir en nuestra literatura vulgar?
¿No habría entre los mismos árabes de Oriente narraciones originales,
propias de su raza y de su ley, que no debiesen nada á los odiados
adoradores del fuego ni á los anacoretas del budismo? La respuesta á
estas cuestiones no es fácil, porque la literatura árabe está en gran
parte sin explorar, y los profanos tenemos que contentarnos con lo poco
que han querido decirnos los orientalistas. Ya Casiri, al catalogar
en 1760 los manuscritos árabes de la Biblioteca del Escorial, indicó
que entre ellos existían no sólo colecciones de fábulas y apólogos,
sino verdaderas novelas, _fictos amatorum casus_, y otras «amenidades
y delicias de la filología»[84]. Las descripciones, algo confusas y no
siempre exactas, de Casiri, han sido puntualizadas y corregidas en el
nuevo y excelente catálogo de Derenbourg[85]. Pertenecen casi todas
las obras de entretenimiento que él señaló al género de las _makamas_
ó _sesiones_, cuyo tipo es el libro clásico entre los orientales, de
Hariri, nacido en Bassora el año 1055 de la era cristiana. Fúndase
principalmente la celebridad de esta obra en ser una vasta compilación
de todos los términos de la lengua árabe, de sus más raros modismos,
de todos los primores y figuras de dicción, de proverbios, de enigmas,
de juegos de palabras, de rimas, de aliteraciones; un monumento de
paciencia filológica y de mal gusto, muy propio de una raza en quien
llega á la superstición el culto de la gramática y el arte de hablar
con finura y elegancia. Pero toda esta erudición léxicográfica, tan
insípida para el lector europeo, está vertida en una especie de novela
que se divide en cincuenta _sesiones_, las cuales no están unidas
solamente por el débil hilo que engarza los cuentos del _Sendebar_ ó
de _Las mil y una noches_, sino que reciben muy ingeniosa unidad de la
persona del protagonista de todas ellas, que es un aventurero llamado
Abu Zeid, cuyas extrañas metamorfosis refiere otro personaje honrado
y sensato, Hareth ben-Hammam, que á cada momento le encuentra en su
camino, disfrazado con los más varios trajes y desempeñando los más
contrarios oficios: unas veces predicando en la vía pública con gran
compunción de su auditorio, otras emborrachándose en la taberna con la
limosna que recoge de sus predicaciones; ya presentándose como abogado,
ya como médico; ora como maestro de escuela, como falso anacoreta,
como mendigo, ciego y cojo, explotando siempre de una manera ú otra la
credulidad pública.
Esta especie de filósofo cínico, de parásito literario, que por final
se arrepiente y muere de _imam_ de una mezquita, es un verdadero
tipo de novela picaresca, un precursor de Guzmán de Alfarache y de
Estebanillo González. Envuelto en sus sórdidos harapos, reduce á
sistema su larga experiencia de la vida, y en la _sesión_ treinta
dirige á la chusma de vagabundos y truhanes, que le aclama por su
monarca, un pomposo discurso en que hace gala de su solemne desprecio
del género humano, estafado y defraudado por él de tantos modos. Sea
cual fuere la ejecución (de la cual nos es imposible juzgar), la
idea de este vasto cuadro de la sociedad musulmana del siglo XII, y
el estudio de un tipo tan original é interesante, que, según parece,
está tomado de la realidad contemporánea, aunque tenga precedentes
en otro libro compuesto cien años antes por Hamadani[86], contando
las aventuras de otro bufón llamado Abulfath Escanderi, prueba en su
autor gran riqueza y fertilidad de invención no menos que talento
de moralista. Un poeta alemán tan ilustre como Federico Rückert no
ha retrocedido ante la ardua empresa de poner en su lengua estas
_macamas_, á pesar de todas sus extravagancias de estilo, y según el
parecer de los entendidos, ha salido triunfante de la empresa.
En opinión de Renán, es Hariri el autor más ingenioso é interesante
de la decadencia árabe. «Pocas obras (añade) han ejercido tan extensa
influencia como estas Sesiones. Del Volga al Níger, del Ganges al
estrecho de Gibraltar, han sido consideradas como un dechado de estilo
por todos los pueblos que han adoptado juntamente con el islamismo
la lengua de Mahoma. Todavía hoy son clásicas en todas las escuelas
musulmanas de Asia, especialmente en la India. Extraña ha sido la
fortuna de este libro, compuesto en Bassora, impreso por primera vez en
Calcuta, y cuyos dos principales comentadores nacieron, uno en Jerez y
otro en las orillas del Oxo. Las personas que han viajado por Levante
dan testimonio del portentoso efecto que producen las _macamas_ cuando
son leídas en público ante un auditorio numeroso. Han producido muchas
imitaciones árabes, siriacas, hebreas, y todavía hoy suelen aparecer en
Oriente algunos ensayos del mismo género»[87].
Pero como las formas y las razones del gusto varían tanto de unas razas
á otras, aprende uno, no sin sorpresa, que la mayor parte del interés
que el libro despierta en los orientales no consiste en las aventuras
del mendigo Abu Zeid, sino en las ridículas afectaciones retóricas, en
el mérito de la dificultad vencida, ya intercalando composiciones en
que se huye sistemáticamente de una letra (como en nuestras _novelas
sin vocales_ del siglo XVII), ya encerrando en una novela todos los
verbos que tienen cierta irregularidad, ya con otros artificios no
menos pueriles.
Hasta ocho ejemplares, más ó menos completos, de las _Macamas_ de
Hariri («totius elegantiae et eruditiones arabicae specimen», en frase
de Casiri) posee la Biblioteca del Escorial. Uno de ellos (el 495
del catálogo de Derenbourg) encierra parte de un comentario de autor
español, Abul Abas-Jarischi, ó el jerezano, que murió el año 619 de la
Hégira, 1222 de nuestra era vulgar. Se conservan varias imitaciones de
este libro, y no puede menos de ser sumamente curiosa la que Casiri
calificó de comedia satírica (género enteramente desconocido entre
los árabes), y tuvo, acaso sin fundamento, por obra de autor español,
intitulada _Sales y elegancias pronunciadas en los banquetes de los
miembros de las corporaciones_[88]. Estos miembros son nada menos que
cincuenta, y representan todos los oficios y profesiones conocidos en
la sociedad musulmana. La obra parece haber sido compuesta en 1345, y
ha sido impresa modernamente en El Cairo. No sabemos si son propiamente
_macamas_ ó compilaciones de anécdotas (porque ambos géneros andan
mezclados entre los orientales) las _Conversaciones nocturnas de los
comensales y la intimidad de los hermanos_, del persa Arrazi (núm.
501). Pero del libro denominado _Frutos de los califas y recreación de
los hombres ingeniosos_, por Aben ben Mohammad ben Arabs de Damasco
(núms. 513 y 514), no hay duda, á juzgar por la descripción de Casiri
(núm. 511), que, además de relatos históricos, contiene apólogos en
prosa rimada, análogos á los del _Calila y Dimna_, tales como la
disputa del Hombre con el fabuloso Rey de los Genios, la guerra entre
el Príncipe de los Atletas y el Rey de los Elefantes, el juicio del
León, las sentencias del Camello. Apólogos también y aun verdaderas
novelas, como la de los amores del caballero Gallego, alternan con
trozos de historia y máximas y sentencias en prosa y verso, en la obra
política y moral del siciliano Mohammed-ben-Abi-Mohammed-_Aben-Zafer_
(muerto en 1160), conocida por el _Solwan_, que Miguel Amari ha
traducido al italiano con el título de _Consolaciones Políticas_[89],
ilustrando doctamente sus orígenes. «Los argumentos históricos (dice)
están tomados casi todos de los tiempos clásicos de Arabia, de los
primeros siglos del islamismo, de los acontecimientos de Persia en
tiempo de los Sassanidas, y tal vez de las hagiografías cristianas de
Oriente; las narraciones fabulosas están imitadas, no ya copiadas,
de los modelos indios, especialmente del _Calila_. Encontramos
textualmente una novela de _Las mil y una noches_ (la del Molinero y
el Asno), y debemos suponer que alguno de los últimos compiladores
de aquel deleitosísimo libro la haya tomado del _Solwan_ y no al
contrario. Otros pedazos del tratado de Zafer, y no pocos, parecen
paráfrasis y acaso traducciones de textos persas... El mérito principal
del _Solwan_ (cuyo autor florecía á mediados del siglo XII) consiste en
el camino, nuevo para los musulmanes, que abrió, de inculcar máximas
morales con el ejemplo de hechos imaginarios. Antes de él la literatura
árabe poseía ciertamente versiones é imitaciones de las fábulas persas
é indias, pero no parece que ningún escritor las hubiese empleado en
obra de serio y grave argumento. No obstante los escrúpulos del austero
y triste genio semítico, varios orientales han traducido este libro, le
han imitado ó han hecho paráfrasis de él en persa y en turco. En suma,
el _Solwan_ ha estado siempre en gran crédito entre los musulmanes,
como lo prueban las muchas copias que de él tenemos en las bibliotecas
europeas y una reciente edición de Túnez». Es singularísimo el ejemplar
manuscrito de la Biblioteca Escurialense por las cuarenta y siete
miniaturas que le adornan, obra de algún morisco español del siglo
XVI. Entre las imitaciones del _Solwan_ me parece que debe contarse
_El Collar de Perlas_, que el granadino Abuhamu Muza II, de la estirpe
de los Beni-Zeyán, rey de Tremecén en el último tercio del siglo XIV,
compuso para la educación de su hijo; libro de sabia doctrina moral y
política, entreverada con muchos trozos de poesía y prosa rimada, con
largos apólogos y ejemplos históricos[90]. Por su fecha no pudo influir
este libro en los _Castigos é documentos del rey D. Sancho_, ni en las
obras de D. Juan Manuel; pero tan evidente es en ellas el parentesco
con estos libros árabes de educación de príncipes, que apenas puede
dudarse de que el _Solwan_ ó algún otro de los más antiguos fué
conocido por sus autores.
Cultivaron también los árabes de Oriente y de España un género
novelesco muy afín á los libros de caballerías. Pero son muy raros
los monumentos que restan de él, acaso porque el fanatismo de los
alfaquíes se encarnizó en diversas épocas con la literatura profana y
de puro entretenimiento. Salvo el prodigioso libro de _Antar_, cuya
última redacción se atribuye al médico español Abul-Muyyad Muhammad
Ben El-Moggellis Aben-Essaig, el _Antarí_, residente en Damasco,
contemporáneo de Hariri á lo que parece[91], y dejando aparte, por
ser relativamente moderno y tener visos de parodia, el libro turco de
_Bathal_, que dió á conocer Fleischer en 1849 y tradujo al alemán Ethó
en 1871, apenas se había publicado en lengua vulgar ninguna muestra
de este género hasta que en 1882 nuestro aventajado orientalista D.
Francisco Fernández y González, digno rector de la Universidad de
Madrid, tuvo la suerte de encontrar en el códice 1876 del Escorial
(no catalogado por Casiri) una importante colección de doce novelas
árabes[92], la primera de las cuales, es un verdadero libro de
caballerías, doblemente interesante por ser de autor español, según
todas las trazas, y posterior á la época de los Almoravides. Titúlase
_Libro del Alhadís ó Historia de Zeyyad ben Amir el de Quinena y de
las maravillas y casos estupendos que le acontecieron en el alcázar de
Al-laualib y Albufera del aficionado á la sociedad de las mujeres_.
El Sr. Fernández se apresuró á traducir con soltura y elegancia este
sabroso relato, pero tuvo la mala idea de esconder su versión en uno
de los ponderosos é inmanejables volúmenes del _Museo Español de
Antigüedades_[93], con lo cual hubo de quedar casi tan ignorada para
el vulgo de los lectores como si continuase en árabe. Y en verdad que
no lo merecía, pues el cuento es tal que puede competir con los buenos
de _Las mil y una noches_. El nacimiento y educación de Zeyyad, y los
ejercicios caballerescos de su juventud; sus amores con la guerrera
princesa Sadé, cuya mano tiene que conquistar venciéndola en batalla
campal; sus viajes y peregrinaciones, su llegada á los jardines de la
infanta llamada «Arquera de la hermosura», las maravillas del lago
encantado y del palacio de los aljófares, el rescate de las tres
princesas cautivas, la peregrina aventura de la hermosa gacela (que
recuerda el encuentro de D. Diego López de Haro con la «dama pie de
cabra», en el _Nobiliario portugués_), la conquista de la ciudad de
los Magos adoradores del fuego, su conversión al mahometismo y otros
lances, á cual más estupendos, coronados con el castigo providencial
de Zeyyad por haberse casado con más de cuatro mujeres, contraviniendo
á los preceptos del Corán, forman un conjunto sobremanera fantástico y
recreativo, que tiene sobre otros méritos el de estar encerrado en muy
razonables límites de extensión, en vez de las desaforadas proporciones
del _Antar_ y del _Amadís_.
Á pesar de ciertas semejanzas muy generales, que á fuerza de probar
mucho no probarían nada, no puede admitirse influencia de las novelas
caballerescas de los árabes en los libros occidentales de caballerías,
cuyos orígenes están, por otra parte, bien conocidos y deslindados.
Mucho más se parece el _Shah-Nameh_, y, sin embargo, sería una paradoja
absurda suponer que el gran poema persa intervino para nada en la
elaboración de la novelística occidental. Tampoco puede suponerse
influencia contraria. Todas las analogías se explican por un fondo
común de tradiciones y una semejanza de estado social, aunque no sea
metafísicamente imposible la transmisión directa de algún tema.
¡Lástima que el docto arabista á quien debemos la vulgarización del
apacible _alhadiz_ de Zeyyad el de Quinena no haya realizado el
propósito de dar á conocer en nuestro vulgar romance los demás cuentos
de la colección escurialense, que á juzgar por sus títulos deben de ser
no menos curiosos y entretenidos: «el mancebo hijo del cazador y la
doncella prodigiosa», «las islas del ámbar», «la isla de la esmeralda»,
«las maravillas del mar», «la isla de las dos estrellas», «el mancebo
prodigioso y la hechicera», «el rey Sapor[94]», «el amante perfumista»,
«el príncipe de los creyentes Chafar Almotauaquil, y lo que le sucedió
con la gacela y el hijo del mercader», «la hechicera prodigiosa».
Obsérvese cuánto abundan los temas de geografía fantástica, propios
del gusto de un pueblo avezado á largas peregrinaciones y que llevó su
religión hasta los límites del mundo antiguo. Es riquísima en geógrafos
y viajeros la literatura árabe, y algunos de ellos se cuentan entre
los más insignes y memorables, como Abén-Batuta y el Idrisi; pero no
es caso raro encontrar en las obras de este género gran número de
consejas y leyendas sobre las costumbres y tradiciones maravillosas de
diversos pueblos, semejantes á las que Herodoto recogió en Egipto, y
á las novelas geográficas de la antigüedad griega. Inestimable debía
de ser, aun bajo tal aspecto, la gran enciclopedia de Abú Obaid el
Becrí, señor de Huelva y de la isla de Saltes, á mediados del siglo
XII, titulada _Libro_ _de los caminos y de los reinos_. Pero de esta
obra, tan ensalzada por Dozy[95], que considera á su autor como el
primer geógrafo de la España árabe, falta una parte considerable, y
los cuatro manuscritos hasta ahora conocidos apenas contienen más
que las descripciones del Irac, de Persia, del Egipto y del Mogreb
ó África Septentrional. Para nosotros tienen especial interés las
leyendas relativas al Egipto, porque han servido de principal fuente á
la _Grande et General Estoria_ de Alfonso el Sabio, en los capítulos
que dedica á aquella región. «Mas fallamos que un rey sabio que fue
sennor de Niebla et de Saltes, que son unas villas en el reyno de
Seuilla a parte de Occidente cerca la grand mar, escontra una tierra
a que llaman el Algarbe, que quiere dezir tanto como la primera part
de Occidente o de la tierra de Espanna, et fizo un libro en aravigo
et dizenle la _Estoria de Egipto_; et un su sobrino pusol otro nombre
en arabigo: _Quiteb Almazahelic Whalmelich_, que quiere decir en el
nuestro lenguaje de Castiella tanto como _Libro de los Caminos et de
los Regnos_, porque fabla en él de todas las tierras et de los regnos
quantas iornadas ay et quantas leguas en cada uno dellos en luengo et
en ancho...». De allí tomó la _General_ el relato novelesco de _Josep y
donna Zulayme_[96], transformación de la historia bíblica de José, con
notables variantes y adiciones respecto de la versión coránica, siendo
ésta del llamado rey de Niebla diversa también en muchos pormenores
de los otros dos textos de la misma leyenda en nuestra literatura
aljamiada, el _poema de Yusuf_ perteneciente al siglo XIV y una novela
en prosa del siglo XVI. Del _Libro de los caminos_ deben de proceder
también otras historias fabulosas que la _Grande et General_ reproduce
y que todavía esperan editor, como la de los palacios encantados de la
sabia _Doluca la vieja_ (¿la _Nitocris_ de Herodoto?), que fabricó los
sortilegios de sus cámaras en el instante propicio de la revolución de
los astros, y puso en sus templos las imágenes de todos los pueblos
vecinos á Egipto, con sus caballos y camellos; la de la infanta
_Termut_; acaso también las que Amador llama «sabrosas y sorprendentes
de la reina _Munene_ y de _Tacrisa_».
Á la clase de los mitos geográficos enlazados con la conquista de
España por los árabes, conforme á las fantásticas tradiciones de
egipcios y sirios, corresponde el cuento de la _ciudad de latón_ ó
_alatón_, que se encuentra ya en la crónica de Abén Abib, autor del
siglo IX, y después de haber pasado por el pseudo Abén Cotaiba y otros
pretensos historiadores, encontró su puesto natural en _Las mil y una
noches_ y en las leyendas aljamiadas de nuestros moriscos[97]. Algún
otro cuento árabe, como el de _La hija del rey de Cádiz_, ha sido
romanceado en nuestros días, pero de otros muchos que todavía existen
sólo conocemos los títulos: _El gigante de Loja_, _El falso anacoreta_
y otros tales.
La ficción novelesca se insinúa por todas partes en las compilaciones
y enciclopedias árabes. Los _Áureos Prados_, de Almasudi, por ejemplo,
tienen tanto de libro de recreación y pasatiempo como de crónica. La
historia de los árabes, cuando da tregua á la sequedad cronológica, es
esencialmente anecdótica y suele estar sembrada de cuentos. Recuérdese
cuánto partido sacó Dozy de estos episodios para tejer su elegante
_Historia de los musulmanes de España_.