Apenas Adriana quedó sola, después de rechazar a Muñoz, entró en su
cuarto Lola, para anunciarle con mucho misterio que abajo, en la puerta
de calle, estaba la sirvienta de las Aliaga.
Ella palideció.
--¿Está sola?
--Sí, ha venido en un carruaje. Dice que trae un mensaje de la niña
Laura.
Entonces, con el mismo ímpetu desordenado que pusiera días antes para
resolver el casamiento con Muñoz, decidió ahora correr a casa de las
Aliaga. ¿Qué pasaría a la pobre Laura? Acaso su anemia se había
agravado...
--Oye, ordenó a Lola, dame el saco de piel, dame el sombrero gris,
pronto, y no digas nada, tú no me has visto salir, tú no sabes nada de
mí.
Dos minutos después, subiendo al carruaje, interrogó ansiosamente a la
sirvienta de las Aliaga.
Esta la informó. Laura estaba en cama, muy enferma, y los médicos no
lograban ponerse de acuerdo en las consultas; sin embargo, la fiebre,
desde el día anterior, sin que nadie lo esperase, había cedido.
--Y ahora, niña,--agregó--quiere verla a usted, le ha entrado una
desesperación por verla, le dijeron que usted se casa, pero ella porfía
que no puede ser.
Por un momento, Adriana imaginó la confusión que se produciría en su
casa cuando llegara el cura y la buscaran inútilmente. Pero esto le
pareció de una importancia irrisoria; en su espíritu ya no había sino el
anhelo de ver a Laura.
Cuando subió la escalera que una semana antes había bajado llorando,
tuvo que detenerse en el rellano y oprimirse con las dos manos el
corazón. Al cruzar el vestíbulo y entrar en el corredor que conducía a
la habitación de Laura, la atmósfera de aquella casa en que había nacido
su gran amor tan súbitamente perdido para siempre, y donde ahora acaso
estaba muriendo su dulce rival querida, la envolvió como en una realidad
ardiente. Le parecía de cierto modo revivir.
La habitación de Laura estaba ahí, a pocos pasos.
Había en toda la casa un silencio de muerte. Sacándose el anillo de
Muñoz, sin saber por qué, se volvió a la sirvienta y le pidió en voz
baja que lo guardara.
Parándose en el umbral, suspensa, lo primero que vio fue la cara de
Laura hundida en el blanco almohadón. Sentado a la cabecera de la cama,
Julio tenía una mano de la enferma entre las suyas. Una arruga vertical
en la frente y las comisuras contraídas de sus labios, revelaban
insomnios y noches en vela. Contemplaba a Laura adormecida.
Carmen, en medio de la habitación, preparaba un remedio mirando la copa
al trasluz. También era otra, Carmen: parecía más crecida, más mujer; la
aflicción persistente le había borrado del semblante la expresión
infantil.
Adriana tuvo la sensación viva de todo lo que se había llorado en la
casa durante la espantosa semana transcurrida. Y se sintió oprimida,
avasallada por aquel dolor común. Volvió Carmen hacia ella, muy
dulcemente, los ojos enrojecidos bajo la hinchazón de los párpados.
--¡Qué bien has hecho en venir!--dijo con la voz abatida y al mismo
tiempo tierna, sin interrumpir la preparación del remedio.
Al oír hablar, Laura se incorporó, retiró vivamente su mano de las manos
de Julio y tendió los brazos a su amiga. Adriana se precipitó, la besó
una y otra vez, y parecía no tener caricias bastantes para aquella pobre
cara devastada por la pasión y por el sufrimiento.
Laura sonreía.
--¡Qué miedo tuve de que no vinieras! Estoy muy enferma, ¿sabes? Me
agravé más porque nos dijeron que te casabas con otro, con Muñoz. Es un
cuento, claro está; pero pensar que se te pudiera ocurrir un desatino
así, me afligió como no puedes darte idea. Tú has de casarte con Julio,
todo eso que leíste en mi diario ya no tiene importancia. Te voy a
explicar...
Carmen la interrumpió, para hacerle tomar la medicina ya preparada.
--Y no hables tanto, ahora; volverá a subirte la fiebre.
En esto bajó Zoraida para pedir a Julio que hiciera compañía a la
abuelita. Era preciso tranquilizarla de cualquier modo; ya resultaban
inútiles los esfuerzos que ella y Eduardo hacían para darle a entender
que no tenía gravedad el estado de Laura. A toda costa quería que la
bajaran en una camilla.
Pero Laura se opuso a que saliese Julio y suplicó, por el contrario, que
la dejaran con él y con Adriana, pues entre los tres debían resolver un
asunto aparentemente difícil pero muy sencillo en realidad. Era
necesario aclarar toda mala inteligencia.
Zoraida y Carmen obedecieron, sabiendo que lo peor sería contrariarle
aquel ansioso deseo que ella abrigaba desde el día anterior.
Adriana, que no había mirado a Julio una sóla vez, declaró a Laura que
su casamiento no era un chisme, que se habían ya unido civilmente y que
era ésta, por otra parte, la única solución que convenía.
Laura se incorporó, la miró con un gesto de sorpresa; una sombra de
fastidio pasó sobre su cara adelgazada por la enfermedad y que parecía,
más que nunca, tallada en fino marfil. Luego sonrió con incredulidad.
--Tú quieres engañarme. Piensas que esta mentira podrá contribuir a
curar mi anemia. ¡Todo lo contrario! Si tu matrimonio de pacotilla fuera
cierto, eso no haría sino empeorarme. Precisamente te llamé para impedir
que te comprometieras con Muñoz.
Fue inútil que Adriana insistiera en convencerla. Laura, cada vez más
incrédula, seguía burlándose.
--¿Y quién es Muñoz? ¿Tiene algo de común contigo, al menos? ¡Hacerle a
Julio la afrenta de casarte con otro! Tu propósito lo adivino, pero no
tiene ninguna razón de ser, porque Julio no es para mí sino un amigo,
como tú. Óyeme: en un tiempo tuve celos, sí, te lo confieso. Ya lo
habrás leído en mi diario... Y a propósito, ¡qué picardía la tuya y la
de Camucha, ir a leer el diario de mi vida!
--Perdóname, Laura. Pero eso ha servido para que yo supiera a tiempo la
verdad.
--Para mal tuyo y mío.
--No, porque todo ahora se arreglará. Tú te casarás con Julio; demasiado
sufriste en estos meses, la felicidad final debe ser tuya.
Ambas rivalizaban, así, en el deseo de sacrificarse, y no parecían
reparar en la presencia de Julio. Después Laura alternativamente los
miró.
--Ustedes, prosiguió, son ahora para mí dos amigos, los quiero con un
mismo cariño. Mi pasión, te lo juro, Adriana, ha terminado. Tus ruegos
de que me case con Julio son así absurdos. ¡Ah! Pero por favor,
pónganse los dos del mismo lado, me cansa mucho tener que dar vuelta la
cabeza a cada rato.
Julio se levantó, la cara tranquila bañada en lágrimas, y obedeció.
--¡Y llora!--exclamó Laura conmovida. Es la primera vez que lo veo
llorar. Tú lo has hecho llorar con tu cuento del matrimonio.
Adormecida por aquella mansa charla, Adriana se puso a pensar que junto
a ella, anegado en la misma pena, estaba el hombre elegido por su
corazón. Brillaron en su espíritu los maravillosos recuerdos. Se vio con
él en la salita apartada del Museo, bajo el cuadro de la maja
provocativa, y después de la intimidad de las citas que de tan mala gana
les proporcionara Charito. Se representó también las graciosas actitudes
de Lucía Moreno, con sus grandes ojos llenos de fina sensualidad y de
malicia; y luego vio la ruidosa escena en que Carmen escapara al
vestíbulo y arrojara a las manos de Julio el diario de Laura. Y esto y
todo un tropel de imágenes pasaban ahora como a trasmano de su vida;
porque al renunciar a su dicha, había renunciado también al deseo de la
vida y del mundo. El casamiento con Muñoz era eso, un acto de
renunciamiento. En verdad no se arrepentiría nunca de su decisión. Pero
su alma se llenaba de amargura por la idea de que aquella separación
hubiese ocurrido con tan áspera presteza, sin el consuelo de una
despedida.
Y a él, ¿qué pensamientos le llenaban ahora el alma? Adriana se hubiese
acercado a enjugarle el silencioso llanto con largos besos de ternura,
para unir esta tristeza de su amor ya imposible a la piedad inmensa que
le inspiraba su amiga enferma.
Ya se entraba la tarde, una de esas tardes templadas, casi tibias en
mitad del invierno, que suelen suceder a una semana de frío intenso.
Comenzaba a oscurecer. A través de los cristales y sus cortinas blancas,
entraba con el crepúsculo una luz tan azulada, que el aire de la
habitación y las caras se revestían de su azul.
--Y ahora--dijo Laura después de un silencio--les pediré un favor, muy
en serio. Quiero que delante de mí, ahora que todo está explicado, y
para que no haya entre nosotros ninguna cosa ambigua, se den los dos un
abrazo de reconciliación.
Ambos quedaron inmóviles. Pero Laura insistió, suplicó, y al fin tendió
hacia Julio su mano, voluntariosamente. Entonces él obedeció. Sintió
Adriana repentinamente que el mundo y la misma Laura se desvanecían ante
la realidad de Julio que acercaba a la suya la cara querida, como en el
vivo sueño de la víspera. El exceso de la emoción la hizo palidecer, y
oprimirse como un pájaro aterido. Le tomó él la cabeza entre las manos y
la besó. Pensaron ambos que ya no volverían a verse nunca. Entonces se
abrazaron con abandono, y ella apoyando la mejilla en la cara de Julio,
sólo sentía un deseo dulce de morir.
En ese momento acudieron precipitadamente Zoraida y Carmen.
--¡Ha venido un hombre, no sabemos quién es!
El desconocido visitante estaba en el vestíbulo. La sirvienta, que no
había podido detenerle, trajo la tarjeta. Leyeron el nombre: "Ricardo
Muñoz".
Se le oía pasear en el vestíbulo.
--Ha sospechado que estás aquí, dijo Zoraida, pero es de todos modos un
atrevimiento. Y dirigiéndose a la sirvienta:--Dile que no estamos para
nadie, que hay enfermos.
Adriana se hincó de rodillas y escondió el semblante entre las ropas de
la cama.
--¡Ahora lo sabremos todo!--dijo Laura con resolución.
Y contrariando la actitud de su hermana, llamó gritando tan alto como
pudo con sus débiles fuerzas:
--¡Muñoz! ¡Señor Muñoz!
--¡Estás loca!--exclamó Zoraida azorada. ¡No podemos dejar que entre
aquí!
Pero ella siguió llamándole.
--¡Entre, Muñoz!
Apareció, su cara se iluminó también con la indecisa claridad azul.
Traía el cabello revuelto y miraba con extravío a las muchachas
fantásticas. No cambió su expresión a la vista de Adriana, ni pareció
sorprenderle la presencia de Julio.
Laura le saludó gentilmente y con un gesto le indicó que se acercara.
Pero él, rígido en el umbral de la puerta, parecía querer pronunciar una
frase, sin conseguirlo. Laura le observaba ahora con una curiosidad
infantil.
--¿Podría la sirvienta--dijo Muñoz al fin--acompañarla a su casa?
--¿Por qué, señor?--le preguntó Laura.--¿Usted no sabe que Adriana
quiere a Julio?
--Cállate, Laura, por piedad, interrumpió Zoraida, no sabes lo que
dices.
--No, déjame hablar, él comprenderá, necesito explicarle.
--¡Te subirá la fiebre!
--Zoraida, déjame hablar, te lo pido.
--¡Te subirá la fiebre!
--Al contrario, Zoraida; si no permites que hable, la desesperación me
matará. Aquí hay un verdadero contrasentido. Considere un momento, señor
Muñoz, que Adriana sólo se casaría con usted por la compasión que yo le
inspiro y es capaz, para llegar a este fin, de haberle fingido que lo
quiere.
Laura hablaba exaltada hasta la pureza de una sinceridad diáfana,
mientras Muñoz, adusto, con los ojos bajos, apretándose las manos,
parecía aguardar, impaciente, que ella concluyera.--¡Y no se conmueve!
continuó Laura. Los hubiera visto un momento antes de que usted llegara.
¡Con qué pasión dolorosa se besaron, obligados por mí!
Sacudido por estas últimas palabras, Muñoz se adelantó, sin responder a
Laura, y tocó el hombro de Adriana. Pero su gesto autoritario no
correspondía al verdadero estado de su espíritu. Temblaba de inquietud,
y la noticia que tan bruscamente le daba Laura, el beso a Julio, sólo
alcanzó a herirle la imaginación.
Su amor propio había muerto, estaba dispuesto a pasar por todo para
conseguir que Adriana le siguiera. A ser necesario, se habría humillado
hasta arrastrarse a sus pies o hasta suplicar al mismo Julio que
intercediera para convencerla. Porque la deseaba.
Pero ella obedeció, ajustándose el sombrero para marcharse.
--¡Cómo!--exclamó Laura sorprendida. ¿Usted pretende imponerse? ¡No!
¡Déjela! ¡Perverso! ¡Pícaro!
Adriana acalló sus palabras con una caricia, y luego hizo a la sirvienta
seña de seguirla. Y salió, después de besar, rápidamente, a Zoraida y a
Carmen. Sus pasos y sus sollozos resonaron en la escalera del vestíbulo.
Muñoz, saludando, se retiró también.
Laura había enmudecido, dándose cuenta de que los dos eran ya,
efectivamente, marido y mujer.
* * *
A través de los cristales entraba todavía el resplandor de la luz azul,
pero ya muy velado por la indecisión que ponían las tinieblas. Julio
estaba otra vez a la cabecera de la cama, y tenía una mano de la enferma
entre las suyas. El rumor de la ciudad llegaba en el silencio como la
resignación de una lejana queja. Y la cara de Laura, sobre la blancura
de los almohadones, parecía diluirse cada vez más en la penumbra azul.