EPILOGO

Se llevó a cabo, tres días después, la ceremonia del casamiento

religioso. Adriana dejó que su madre y su tío dispusieran todo lo que a

la situación convenía. Hubo que buscar a otro sacerdote, porque se negó

rotundamente a consagrar la unión el que la primera vez viniera en

balde. Muñoz ni siquiera pidió cuenta a su mujer de la huida a casa de

las Aliaga. Y comprendió, ahora, aquellas palabras de Julio que tanto le

habían intrigado: "La parte de la tierra ha de corresponderte a ti".

Laura, trasladada a la estancia, comenzó a mejorar, excitada por el sol

y el aire áspero del campo. Pero tuvo una recaída y murió. Acaso no vino

a sostener sus débiles fuerzas una suficiente voluntad de vivir.

Las Aliaga volvieron a la ciudad y al cabo de un año Carmen aceptó a

José Luis Aguirre, aun cuando la persona de éste no coincidía con su

secreto ideal... Pero al fin, menos apasionada que la pobre Laura, más

resignada a la realidad del mundo y enseñada, además, por la verdad que

parecían realmente encerrar los extraños temores y presentimientos de

Zoraida, había cesado de cifrar esperanzas en el peligroso amor. Fingió

por eso la común alegría de las novias y se casó. Como luego, poco a

poco, su imaginación cesó de volar a las nubes, y por otra parte José

Luis, aunque siempre presumido, era un marido excelente, concluyó por

hallar en el mundo la relativa felicidad.

Adriana y Julio no volvieron a encontrarse. Viajó él por Europa y al fin

se estableció en España.

Un día Eduardo recibió de él una larga carta y se la leyó a Zoraida. Con

relación a su amor con Adriana y a la muerte de Laura sólo contenía

estas palabras: "No te asombre mi silencio sobre las tristes cosas

pasadas. El alma humana tiene una capacidad limitada: durante aquellos

días apuré todo mi poder de amar, de gozar y de sufrir. No me quedan más

que sombras de sentimientos".

En el chalet rodeado de viejos árboles, sobre las hermosas barrancas de

Belgrano, Adriana vive desde hace años retraída, encerrada, y contra

todos los ruegos de Muñoz rehusa cualquier ocasión de mostrarse en

sociedad. Ha esquivado relacionarse con las gentes que habitan los

chalets vecinos. Como Julio, sólo tiene sombras de sentimientos.

El matrimonio equivale para ella a la paz de un retiro conventual.

Adriana Zumarán (novela) · 第 29 / 31 题