Poco antes de mediodía llegó, acompañado por otro empleado, el jefe de
la correspondiente oficina del Registro Civil. Era un señor gordo,
tieso, de cabello y bigotes grises, y cuya apostura digna parecía
afirmar la importancia de la ceremonia que iba a realizarse. Al entrar
en la sala hizo una gran reverencia. Su empleado, un joven moreno,
pobremente vestido, tenía por el contrario el semblante apático;
adelantándose como aburrido, puso el libro sobre la mesa dispuesta en
mitad de la sala y buscó, sin apuro, el folio en que debía formularse el
contrato matrimonial. Una sirvienta corrió a llamar a los novios.
Raquel se cubrió la cara con las manos y comenzó a sollozar. Su madre,
que lloraba en silencio, la reconvino en voz baja, casi suplicante.
Entonces se alzó la voz grave del señor Molina.
--Está demás llorar ahora, dijo lacónicamente.
Había venido con sus hijas. Como la noche antes oyeran dialogar a su
padre sobre la desgracia del inesperado casamiento, más que nunca les
hacía Adriana la impresión de una rara. Tenían la vaga idea de que ahora
expiaba las consecuencias de sus fantasías absurdas. Y se miraban con un
gesto de aprensión, casi asustadas.
Adriana entró con Charito y con Muñoz. Traía el traje sencillo con que
solía ir a la iglesia, para la misa de las once. No era su aspecto el de
una novia, y por su actitud natural, casi distraída, en medio de las
caras solemnes, parecía moverse en otra atmósfera. Difundía una gracia
singular. Sus primas se ruborizaron, humilladas por su belleza y su
serenidad. Charito fue hacia ellas, y en voz baja, cuchicheando:--¿Han
visto? Se cumple hoy lo que yo siempre anuncié. Adriana nunca quiso a
otro. Las rarezas, las maldades, eran todas fingidas. ¿La ven ahora, con
ese aire de indiferencia? Yo les aseguro que no cabe en sí de felicidad.
De pronto, cuando el jefe del Registro llenaba las primeras
formalidades, Raquel dejó de sollozar. Dijo algunas palabras
ininteligibles y se dirigió impetuosamente hacia Adriana. Estaba
resuelta a interrumpir el acto. Todo el mundo la miraba con sorpresa,
sin adivinar su propósito. Los mechones del pelo lacio se le habían
pegado, con las lágrimas, sobre las sienes; la tristeza y la indignación
se pintaban juntas en su semblante enrojecido.
Pudo al fin hablar.
--¿Y tú, con esta tranquilidad, vas a casarte?
Adriana comprendió al punto su intención. Entonces la miró con fijeza;
después, besándola, la empujó suavemente hacia su madre. Como si hubiese
leído alguna trágica amenaza en el fondo de aquellos ojos que no
cambiaron de expresión para los demás asistentes, Raquel retrocedió,
ahogando un grito.
--¡Qué nervios tiene esa chica!--dijo alguien en voz baja.
Adriana se acercó a la mesa y escribió su nombre al pie del acta, con la
naturalidad de quien pone su firma al terminar una carta. Muñoz, en
cambio, tomó la pluma temblando, y no pudo ocultar su emoción en aquel
instante que ataba para siempre a la suya la misteriosa existencia de
Adriana.
Ella, terminada la ceremonia, llenó de licor varias copitas y sirvió
ante todo a los empleados del Registro. El jefe, luego de agradecer y de
pronunciar algunas respetuosas frases de circunstancias, hizo la misma
reverencia que al entrar, y ambos se retiraron.
Después, por largo rato, nadie habló. Raquel seguía sollozando, y
Charito la contemplaba intrigada, sin comprender.
Adriana estaba pensativa. La triunfante tranquilidad de su rostro había
desaparecido. Empezó a oír en su interior, repetida como un estribillo,
la dulce frase murmurada por Julio, pocos días antes, junto a la iglesia
de Nueva Pompeya: "Si a usted la pierdo, viviré sin vivir". Pero esta
frase no llegaba todavía a conmoverla. Porque la gravedad misma de los
sucesos, había en cierto modo anulado su sensibilidad, tal como ocurre
cuando atraviesa por el organismo vivo una corriente eléctrica que por
demasiado intensa los nervios no la sienten pasar.
En el almuerzo, apenas comió. En seguida suplicó que la dejaran sola,
declarando que no había dormido en toda la noche anterior y necesitaba
descansar. Insistió, sobre todo, en que se marchara Muñoz. El señor
Molina dispuso que nadie la contrariara. Ahora miraba a su sobrina con
otros ojos, intimidado por ella y por el enigma de su actitud.
Adriana se echó vestida en la cama y durmió durante varias horas. Cuando
quisieron despertarla no se movió. Parecía el suyo un sueño de muerte.
Sin embargo, tenía las mejillas acaloradas y junto a la raíz de los
cabellos brillaban pequeñas gotas de sudor. La dejaron dormir hasta el
anochecer. Pero vinieron algunas de las pocas personas a quienes se
había comunicado el casamiento. Contra las súplicas de Raquel, su madre
logró, al fin, despertarla. Ella, con un ademán de desesperación, sin
abrir los ojos, pidió que la dejaran. Escondió la cara en los
almohadones y volvió a dormirse en seguida.
Soñó.
En la iglesia de las Victorias, iluminada con millares de cirios, ella
salía por el medio de la nave, vestida de blanco. Su esposo era Julio,
que le murmuraba al oído palabras ininteligibles. Llegaron a la calle.
Vetas de sombra temblaban sobre los transeúntes, pero ninguno de éstos
se paró para ver salir el cortejo; corrían y se esfumaban como
fantasmas. En la plaza Libertad, los troncos de los árboles habían
crecido desmesuradamente, las ramas formaban como una selva que se
sumergía en un cielo borroso.
Subió con Julio al único carruaje que aguardaba frente a la iglesia. Vio
al cochero levantarse en el pescante y castigar con todas sus fuerzas a
los caballos, sin que éstos aceleraran su marcha ni se oyera tampoco el
chasquido del látigo.
Procuraba Adriana, vanamente, recordar las circunstancias en que sin
duda desistiera de casarse con Muñoz. Tampoco pudo recordar las personas
que habían asistido a la ceremonia; sólo tenía presente la cara del
cura, muy viejo y con cejas canosas sobre los ojos pequeños que
brillaban inexpresivamente en las órbitas hundidas. Se parecía al
sacerdote que la confesara días antes. Después de echarles la bendición
se había inclinado sobre ella cuchicheándole maliciosamente al oído:
"Con este no te casas por casarte".
El carruaje paró. Descendieron. Instantáneamente se vio con él en la
sala nupcial. Había un gran lecho, muy ancho y muy bajo; brillaba
indecisamente el moaré de los almohadones.
Y la idea de que Julio era al fin su esposo querido y que se hallaban
juntos en aquella tibia intimidad, irradió en su espíritu como una
gloria, sin rastro alguno de impureza.
Pero notó, sorprendida, que el traje de novia se le había desceñido por
los hombros y se deslizaba sobre sus brazos desnudos.
Entonces cerró los ojos con un ligero espanto, a tiempo que la envolvía
la sensación de una dicha excesiva. Ardiéndole el rubor en las mejillas,
fue a sentarse en un sillón, de espaldas al lecho. Julio se arrodilló y
comenzó a sacarle, delicadamente, los zapatos blancos. Ella sintió que
su ser se diluía en una vaguedad semejante a la que había experimentado
en algunos momentos extáticos, así junto a la Virgen en la iglesia de
Nueva Pompeya, y le pareció que morir no sería sino prolongar por toda
una eternidad la delicia de aquellos momentos. ¡Una eternidad para las
manos que le quitaban con tan suave modo los zapatos blancos! Julio se
incorporó y la miró con sonrisa extasiada; y como si hubiese entendido
sus mudos y apasionados deseos, le tomó la cabeza en una caricia, y se
puso a murmurarle palabras ligeras, humildes, que llegaron como una
adoración a sus oídos. Después la besó en los ojos y en los labios.
Adriana se oprimió contra él, con un deseo dulce de morir.
* * *
De pronto advirtió con inquietud que Julio ya no estaba con ella. Al
mismo tiempo se abría la puerta de la alcoba; asomó una cara pálida, que
se puso a mirarla con triste asombro. Reconoció a Laura y dio un grito.
Pero Laura, precipitándose, se abrazó a ella. Todo el decorado de la
alcoba nupcial desapareció en un remolino, y la figura de Laura fue
sustituida por Raquel, que era quien la abrazaba y procuraba calmarla.
Entonces, despertando del todo, se le representó la escena de su
casamiento civil con Muñoz.
--¿Me casé ya?--preguntó, con la instintiva esperanza de que no se
hubiese realizado todavía la ceremonia. Pero entrando en la plena
conciencia de la realidad, comprendió lo absurdo de su pregunta.
* * *
Al día siguiente, en medio de la agitación que trajeron los preparativos
del acto religioso, ya no le fue posible apartar su pensamiento de la
terrible obsesión. Muñoz ahora se le antojaba un extraño, un hombre a
quien no hubiese tratado nunca. Su galantería solícita la hería como una
ofensa, la idea de que era su marido se le hizo insoportable.
Iba la ceremonia a celebrarse, según sus deseos, en la casa misma. No
hubiera tenido valor para casarse con Muñoz en una iglesia.
El señor Molina recorría, muy caviloso, las habitaciones de la casa, y
al pasar junto a su sobrina, sin atreverse a consolarla, echaba sobre
ella una mirada penetrante.
--¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!--murmuraba hablando consigo mismo,
pero con el propósito de que ella, oyéndole, comprendiera que no le
engañaba su apacible indiferencia exterior.
Adriana, sintiéndose a punto de abrazar llorando a su tío, furtivamente
se retiró a su cuarto, sin advertir que Muñoz la seguía. Cuando de
pronto se vio sola con él, tuvo, azorada, la tentación de huir.
Dominándose, fingió que había entrado a su habitación para buscar algo
en la mesita de luz. Pero él, acercándose, le enlazó la cintura.
Adriana, pálida de susto, se defendió.
--¡No! ¡No, Muñoz!--exclamó sin atinar con lo que decía.--¡Si no ha
venido el cura todavía!
Y llamó gritando a Raquel.
Muñoz retrocedió asombrado, inquieto. La sintió, como en otros tiempos,
protegida por un gran resplandor.
--¿Vuelve a despreciarme, ahora?
Ella ensayó una explicación. Y dirigiéndose a Raquel que acudía:--Te
llamé... para que le digas que no debe sorprenderse de algunas rarezas
mías.
--Sí, venga, Muñoz, dejémosla.... Ella es algo enferma, ¿usted no sabe?
Y le miraba seria, enrojecidos por las lágrimas sus ojos verdes.
Muñoz obedeció. Pero su espíritu se había turbado y le asaltó la antigua
sospecha de que Adriana jamás podría quererle. Por primera vez, después
de la inesperada confesión de amor en casa de Charito, le intrigó el
apuro singular con que se habían llevado las cosas. Recordó el motivo
aducido por ella: demostrarle la sinceridad absoluta de sus palabras,
quitarle toda sospecha de una nueva falsedad. Sin embargo, esta tierna
precipitación no se avenía, por cierto, con su actitud subsiguiente, tan
llena de silenciosas reticencias, ni menos con la enigmática aprensión
con que había rehuido su caricia. ¿Eran desigualdades de su carácter,
simples rarezas, como ella decía? Se sorprendió de no haber puesto la
atención, hasta entonces, en la manera casi hostil con que le trataba
Raquel. La felicidad sin duda le había traído una especie de
inconsciencia, y más con el trajín de arreglar la casa en un par de
días. Ahora le resultaba curiosa, por ejemplo, la tenacidad con que ella
había rehusado el viaje de bodas a Montevideo.
Comprendió que el golpe de la dicha imprevista le había desquiciado y
sumergido en una suerte de sonambulismo. Pero ahora se restregaba los
ojos, al fin. ¿Qué significaba aquel aspecto caviloso con que el señor
Molina se paseaba, desde hacía dos horas, por las habitaciones de la
casa, sin hablar con nadie y hasta esquivando francamente toda
conversación? ¿Por qué no relataba, con su flema de costumbre, anécdotas
históricas? Aquella misma mañana Muñoz le había abordado,
expansivamente, para consultarle sobre diversas compras propuestas por
Charito.--Sí, sí, todo eso me parece muy bien, respondió el señor
Molina, sin tomarse el tiempo indispensable para considerar la pregunta.
Luego, sacando su reloj:--Hasta luego, amigo, tengo por ahí un asuntito.
Mientras tanto el cura no tardaría en llegar para consagrar la unión, y
esa misma tarde iría él con Adriana, con "su mujer", a un chalet rodeado
de viejos árboles, en las barrancas de Belgrano... ¿No lo habría
soñado? ¿Era realmente "su mujer" esta criatura que le desdeñara y le
humillara tanto y a quien durante los últimos meses no pudiera
contemplar sino furtivamente, como un ladrón, en la penumbra de la
iglesia del Socorro? ¿Era esta la misma Adriana que tantas veces
resplandeciera para él, transfigurada, en la indecisión de una
portentosa lejanía?
En tanto que su imaginación sobreexcitada la miraba regresar así al
antiguo hechizo inquietante, no se preguntó una vez siquiera si era un
bien o un mal su casamiento con ella. Por el contrario, perdido en las
presentes conjeturas, experimentaba la inconfesable satisfacción de que
este matrimonio era ya, de todos modos, un hecho consumado. Los largos
deseos atados a su amor, las humillaciones devoradas en silencio, habían
concluido por anular su dignidad de otro tiempo y por corromperle hasta
en las raíces de su ser. Ahora el corazón le latía con violencia agitado
por esta sola idea: "el cura no tardará en venir, Adriana será de todos
modos mía". Y ya no quiso pensar en otra cosa.
Pero sobrevino un episodio extraordinario que impidió la realización del
acto religioso.