XXV

Poco antes de mediodía llegó, acompañado por otro empleado, el jefe de

la correspondiente oficina del Registro Civil. Era un señor gordo,

tieso, de cabello y bigotes grises, y cuya apostura digna parecía

afirmar la importancia de la ceremonia que iba a realizarse. Al entrar

en la sala hizo una gran reverencia. Su empleado, un joven moreno,

pobremente vestido, tenía por el contrario el semblante apático;

adelantándose como aburrido, puso el libro sobre la mesa dispuesta en

mitad de la sala y buscó, sin apuro, el folio en que debía formularse el

contrato matrimonial. Una sirvienta corrió a llamar a los novios.

Raquel se cubrió la cara con las manos y comenzó a sollozar. Su madre,

que lloraba en silencio, la reconvino en voz baja, casi suplicante.

Entonces se alzó la voz grave del señor Molina.

--Está demás llorar ahora, dijo lacónicamente.

Había venido con sus hijas. Como la noche antes oyeran dialogar a su

padre sobre la desgracia del inesperado casamiento, más que nunca les

hacía Adriana la impresión de una rara. Tenían la vaga idea de que ahora

expiaba las consecuencias de sus fantasías absurdas. Y se miraban con un

gesto de aprensión, casi asustadas.

Adriana entró con Charito y con Muñoz. Traía el traje sencillo con que

solía ir a la iglesia, para la misa de las once. No era su aspecto el de

una novia, y por su actitud natural, casi distraída, en medio de las

caras solemnes, parecía moverse en otra atmósfera. Difundía una gracia

singular. Sus primas se ruborizaron, humilladas por su belleza y su

serenidad. Charito fue hacia ellas, y en voz baja, cuchicheando:--¿Han

visto? Se cumple hoy lo que yo siempre anuncié. Adriana nunca quiso a

otro. Las rarezas, las maldades, eran todas fingidas. ¿La ven ahora, con

ese aire de indiferencia? Yo les aseguro que no cabe en sí de felicidad.

De pronto, cuando el jefe del Registro llenaba las primeras

formalidades, Raquel dejó de sollozar. Dijo algunas palabras

ininteligibles y se dirigió impetuosamente hacia Adriana. Estaba

resuelta a interrumpir el acto. Todo el mundo la miraba con sorpresa,

sin adivinar su propósito. Los mechones del pelo lacio se le habían

pegado, con las lágrimas, sobre las sienes; la tristeza y la indignación

se pintaban juntas en su semblante enrojecido.

Pudo al fin hablar.

--¿Y tú, con esta tranquilidad, vas a casarte?

Adriana comprendió al punto su intención. Entonces la miró con fijeza;

después, besándola, la empujó suavemente hacia su madre. Como si hubiese

leído alguna trágica amenaza en el fondo de aquellos ojos que no

cambiaron de expresión para los demás asistentes, Raquel retrocedió,

ahogando un grito.

--¡Qué nervios tiene esa chica!--dijo alguien en voz baja.

Adriana se acercó a la mesa y escribió su nombre al pie del acta, con la

naturalidad de quien pone su firma al terminar una carta. Muñoz, en

cambio, tomó la pluma temblando, y no pudo ocultar su emoción en aquel

instante que ataba para siempre a la suya la misteriosa existencia de

Adriana.

Ella, terminada la ceremonia, llenó de licor varias copitas y sirvió

ante todo a los empleados del Registro. El jefe, luego de agradecer y de

pronunciar algunas respetuosas frases de circunstancias, hizo la misma

reverencia que al entrar, y ambos se retiraron.

Después, por largo rato, nadie habló. Raquel seguía sollozando, y

Charito la contemplaba intrigada, sin comprender.

Adriana estaba pensativa. La triunfante tranquilidad de su rostro había

desaparecido. Empezó a oír en su interior, repetida como un estribillo,

la dulce frase murmurada por Julio, pocos días antes, junto a la iglesia

de Nueva Pompeya: "Si a usted la pierdo, viviré sin vivir". Pero esta

frase no llegaba todavía a conmoverla. Porque la gravedad misma de los

sucesos, había en cierto modo anulado su sensibilidad, tal como ocurre

cuando atraviesa por el organismo vivo una corriente eléctrica que por

demasiado intensa los nervios no la sienten pasar.

En el almuerzo, apenas comió. En seguida suplicó que la dejaran sola,

declarando que no había dormido en toda la noche anterior y necesitaba

descansar. Insistió, sobre todo, en que se marchara Muñoz. El señor

Molina dispuso que nadie la contrariara. Ahora miraba a su sobrina con

otros ojos, intimidado por ella y por el enigma de su actitud.

Adriana se echó vestida en la cama y durmió durante varias horas. Cuando

quisieron despertarla no se movió. Parecía el suyo un sueño de muerte.

Sin embargo, tenía las mejillas acaloradas y junto a la raíz de los

cabellos brillaban pequeñas gotas de sudor. La dejaron dormir hasta el

anochecer. Pero vinieron algunas de las pocas personas a quienes se

había comunicado el casamiento. Contra las súplicas de Raquel, su madre

logró, al fin, despertarla. Ella, con un ademán de desesperación, sin

abrir los ojos, pidió que la dejaran. Escondió la cara en los

almohadones y volvió a dormirse en seguida.

Soñó.

En la iglesia de las Victorias, iluminada con millares de cirios, ella

salía por el medio de la nave, vestida de blanco. Su esposo era Julio,

que le murmuraba al oído palabras ininteligibles. Llegaron a la calle.

Vetas de sombra temblaban sobre los transeúntes, pero ninguno de éstos

se paró para ver salir el cortejo; corrían y se esfumaban como

fantasmas. En la plaza Libertad, los troncos de los árboles habían

crecido desmesuradamente, las ramas formaban como una selva que se

sumergía en un cielo borroso.

Subió con Julio al único carruaje que aguardaba frente a la iglesia. Vio

al cochero levantarse en el pescante y castigar con todas sus fuerzas a

los caballos, sin que éstos aceleraran su marcha ni se oyera tampoco el

chasquido del látigo.

Procuraba Adriana, vanamente, recordar las circunstancias en que sin

duda desistiera de casarse con Muñoz. Tampoco pudo recordar las personas

que habían asistido a la ceremonia; sólo tenía presente la cara del

cura, muy viejo y con cejas canosas sobre los ojos pequeños que

brillaban inexpresivamente en las órbitas hundidas. Se parecía al

sacerdote que la confesara días antes. Después de echarles la bendición

se había inclinado sobre ella cuchicheándole maliciosamente al oído:

"Con este no te casas por casarte".

El carruaje paró. Descendieron. Instantáneamente se vio con él en la

sala nupcial. Había un gran lecho, muy ancho y muy bajo; brillaba

indecisamente el moaré de los almohadones.

Y la idea de que Julio era al fin su esposo querido y que se hallaban

juntos en aquella tibia intimidad, irradió en su espíritu como una

gloria, sin rastro alguno de impureza.

Pero notó, sorprendida, que el traje de novia se le había desceñido por

los hombros y se deslizaba sobre sus brazos desnudos.

Entonces cerró los ojos con un ligero espanto, a tiempo que la envolvía

la sensación de una dicha excesiva. Ardiéndole el rubor en las mejillas,

fue a sentarse en un sillón, de espaldas al lecho. Julio se arrodilló y

comenzó a sacarle, delicadamente, los zapatos blancos. Ella sintió que

su ser se diluía en una vaguedad semejante a la que había experimentado

en algunos momentos extáticos, así junto a la Virgen en la iglesia de

Nueva Pompeya, y le pareció que morir no sería sino prolongar por toda

una eternidad la delicia de aquellos momentos. ¡Una eternidad para las

manos que le quitaban con tan suave modo los zapatos blancos! Julio se

incorporó y la miró con sonrisa extasiada; y como si hubiese entendido

sus mudos y apasionados deseos, le tomó la cabeza en una caricia, y se

puso a murmurarle palabras ligeras, humildes, que llegaron como una

adoración a sus oídos. Después la besó en los ojos y en los labios.

Adriana se oprimió contra él, con un deseo dulce de morir.

* * *

De pronto advirtió con inquietud que Julio ya no estaba con ella. Al

mismo tiempo se abría la puerta de la alcoba; asomó una cara pálida, que

se puso a mirarla con triste asombro. Reconoció a Laura y dio un grito.

Pero Laura, precipitándose, se abrazó a ella. Todo el decorado de la

alcoba nupcial desapareció en un remolino, y la figura de Laura fue

sustituida por Raquel, que era quien la abrazaba y procuraba calmarla.

Entonces, despertando del todo, se le representó la escena de su

casamiento civil con Muñoz.

--¿Me casé ya?--preguntó, con la instintiva esperanza de que no se

hubiese realizado todavía la ceremonia. Pero entrando en la plena

conciencia de la realidad, comprendió lo absurdo de su pregunta.

* * *

Al día siguiente, en medio de la agitación que trajeron los preparativos

del acto religioso, ya no le fue posible apartar su pensamiento de la

terrible obsesión. Muñoz ahora se le antojaba un extraño, un hombre a

quien no hubiese tratado nunca. Su galantería solícita la hería como una

ofensa, la idea de que era su marido se le hizo insoportable.

Iba la ceremonia a celebrarse, según sus deseos, en la casa misma. No

hubiera tenido valor para casarse con Muñoz en una iglesia.

El señor Molina recorría, muy caviloso, las habitaciones de la casa, y

al pasar junto a su sobrina, sin atreverse a consolarla, echaba sobre

ella una mirada penetrante.

--¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!--murmuraba hablando consigo mismo,

pero con el propósito de que ella, oyéndole, comprendiera que no le

engañaba su apacible indiferencia exterior.

Adriana, sintiéndose a punto de abrazar llorando a su tío, furtivamente

se retiró a su cuarto, sin advertir que Muñoz la seguía. Cuando de

pronto se vio sola con él, tuvo, azorada, la tentación de huir.

Dominándose, fingió que había entrado a su habitación para buscar algo

en la mesita de luz. Pero él, acercándose, le enlazó la cintura.

Adriana, pálida de susto, se defendió.

--¡No! ¡No, Muñoz!--exclamó sin atinar con lo que decía.--¡Si no ha

venido el cura todavía!

Y llamó gritando a Raquel.

Muñoz retrocedió asombrado, inquieto. La sintió, como en otros tiempos,

protegida por un gran resplandor.

--¿Vuelve a despreciarme, ahora?

Ella ensayó una explicación. Y dirigiéndose a Raquel que acudía:--Te

llamé... para que le digas que no debe sorprenderse de algunas rarezas

mías.

--Sí, venga, Muñoz, dejémosla.... Ella es algo enferma, ¿usted no sabe?

Y le miraba seria, enrojecidos por las lágrimas sus ojos verdes.

Muñoz obedeció. Pero su espíritu se había turbado y le asaltó la antigua

sospecha de que Adriana jamás podría quererle. Por primera vez, después

de la inesperada confesión de amor en casa de Charito, le intrigó el

apuro singular con que se habían llevado las cosas. Recordó el motivo

aducido por ella: demostrarle la sinceridad absoluta de sus palabras,

quitarle toda sospecha de una nueva falsedad. Sin embargo, esta tierna

precipitación no se avenía, por cierto, con su actitud subsiguiente, tan

llena de silenciosas reticencias, ni menos con la enigmática aprensión

con que había rehuido su caricia. ¿Eran desigualdades de su carácter,

simples rarezas, como ella decía? Se sorprendió de no haber puesto la

atención, hasta entonces, en la manera casi hostil con que le trataba

Raquel. La felicidad sin duda le había traído una especie de

inconsciencia, y más con el trajín de arreglar la casa en un par de

días. Ahora le resultaba curiosa, por ejemplo, la tenacidad con que ella

había rehusado el viaje de bodas a Montevideo.

Comprendió que el golpe de la dicha imprevista le había desquiciado y

sumergido en una suerte de sonambulismo. Pero ahora se restregaba los

ojos, al fin. ¿Qué significaba aquel aspecto caviloso con que el señor

Molina se paseaba, desde hacía dos horas, por las habitaciones de la

casa, sin hablar con nadie y hasta esquivando francamente toda

conversación? ¿Por qué no relataba, con su flema de costumbre, anécdotas

históricas? Aquella misma mañana Muñoz le había abordado,

expansivamente, para consultarle sobre diversas compras propuestas por

Charito.--Sí, sí, todo eso me parece muy bien, respondió el señor

Molina, sin tomarse el tiempo indispensable para considerar la pregunta.

Luego, sacando su reloj:--Hasta luego, amigo, tengo por ahí un asuntito.

Mientras tanto el cura no tardaría en llegar para consagrar la unión, y

esa misma tarde iría él con Adriana, con "su mujer", a un chalet rodeado

de viejos árboles, en las barrancas de Belgrano... ¿No lo habría

soñado? ¿Era realmente "su mujer" esta criatura que le desdeñara y le

humillara tanto y a quien durante los últimos meses no pudiera

contemplar sino furtivamente, como un ladrón, en la penumbra de la

iglesia del Socorro? ¿Era esta la misma Adriana que tantas veces

resplandeciera para él, transfigurada, en la indecisión de una

portentosa lejanía?

En tanto que su imaginación sobreexcitada la miraba regresar así al

antiguo hechizo inquietante, no se preguntó una vez siquiera si era un

bien o un mal su casamiento con ella. Por el contrario, perdido en las

presentes conjeturas, experimentaba la inconfesable satisfacción de que

este matrimonio era ya, de todos modos, un hecho consumado. Los largos

deseos atados a su amor, las humillaciones devoradas en silencio, habían

concluido por anular su dignidad de otro tiempo y por corromperle hasta

en las raíces de su ser. Ahora el corazón le latía con violencia agitado

por esta sola idea: "el cura no tardará en venir, Adriana será de todos

modos mía". Y ya no quiso pensar en otra cosa.

Pero sobrevino un episodio extraordinario que impidió la realización del

acto religioso.

Adriana Zumarán (novela) · 第 27 / 31 题