XXIV

La madre de Adriana llamó con urgencia a Ernesto Molina para pedirle

consejo. Por más que siempre consideró a Muñoz un marido ideal para su

hija, le alarmaba grandemente la repentina decisión de casarse con él

después de haberle burlado por otro. Informó a su hermano,

minuciosamente, acerca de las circunstancias que ella conocía.

--Tú podrías interrogarla--añadió--contigo fue siempre más "dada".

Cuando Raquel o yo procuramos hacerla hablar, ella suplica que la

dejemos, que las cosas marcharán así mucho mejor, y para bien de todos.

En fin, yo nunca he tenido de sus asuntos más noticias de las que

hubiera podido recibir un extraño. Tú comprenderás, hace tiempo he

perdido sobre ella mi autoridad de madre. Por cierto, en estos últimos

meses cambió mucho; se hizo muy buena y muy compañera con Raquel. Antes

casi no se hablaban. No sé si ahora Raquel me oculta algo. Eso de volver

a comprometerse así, de un día para otro, y pretender que ha de casarse

ya mismo, podría significar un simple capricho. Yo no pasaría tanto

cuidado si Raquel no anduviese preocupada ella también. "Tú no

intervengas para nada--me ha dicho hoy--si algo grave le sucede, no

serás tú la que pueda remediarlo". Y así las dos me dejan con las manos

atadas.

--Y por el mismo Muñoz, hija, ¿nada has podido averiguar?

--Pero si él sabe menos que yo, ni está en estado de preocuparse. Ayer

me tomó aparte, me dijo que era el hombre más feliz de la tierra y

Adriana su Dios. Parece que no podía resignarse a que ella le dejara.

Anda todo el día en la calle, arreglando las cosas, comprando muebles.

Ha tomado casa en Belgrano, sobre la barranca; me llevó a verla, es un

chalet precioso. Adriana, en cambio, no fija su atención en nada. Ayer

habían salido los dos con Raquel y con Charito González y a la media

hora volvieron. Adriana se sentía mareada, les pidió que la dejaran sola

y se ocuparan ellos de todo. Después tomó un libro, estuvo dos o tres

horas con el libro abierto en la falda sin volver una hoja. En fin ¿qué

piensas tú?

Ernesto Molina meneó la cabeza.

--Esta muchacha se casa por lástima.

Pero la viuda de Zumarán no pensaba lo mismo.

--Cuando ella le dejó, no te puedes imaginar su indiferencia: le ha

visto humillarse, llorar, y como si tal cosa. Muñoz no la preocupaba un

chiquito.

--¿Y ahora se casa con él?... Algún despecho, entonces.

--Eso sería más posible, ¿ves? Pero entonces sabe Dios lo que puede

suceder.

La insinuación de su hermano abrió del todo la vieja herida de su

corazón, y con voz que temblaba refirió cómo Adriana se veía con Julio

Lagos, no sabía ella desde cuando, en casa de las Aliaga.

--¿Y Adriana visita a las Aliaga?

--Sí, yo he venido a saberlo no hace mucho.

--¿Pero tu hija conoce aquello?...

--Tampoco podría decírtelo. Tú comprenderás que hacerle una revelación

semejante... ¡Ah! Lo que más me asusta es pensar que de esa casa podría

venir otra vez, para mí, alguna gran desgracia.

--Son gente algo rara, como lo fue tu marido, y los abuelos de tu

marido. Todos han tenido fama de raros.

--Y anda Adriana con ese mismo aire de misterio que tenía Zumarán antes

de matarse por la viuda de Aliaga.

--No seas supersticiosa, hija.

--Es que tú no sabes, ella ha salido a su padre.

--Nunca me pareció, a la verdad, sino una chica muy inteligente, muy

discreta...

--Porque contigo siempre se ha hecho la niña mimada... Te repito que ha

salido a su padre en todo. Extremosa, llena de fantasías, inquieta,

siempre soñando locuras.

Asomaron a sus ojos lágrimas de recelo presente y lágrimas que le hacía

derramar la visión lejana de la tragedia: el cadáver de Zumarán tendido

en el suelo, el revólver en la mano y un redondel de sangre formando

como una aureola a la cara lívida.

El señor Molina se quedó perplejo. Era incapaz de afrontar situaciones

reñidas con el carácter de los hechos comunes y con su criterio

rectilíneo de viejo patricio. La herencia del antiguo convencionalismo

español había encuadrado sus ideas en fórmulas precisas, limitadas, que

no permitían la intervención de sentimientos ajenos a la naturaleza de

los suyos. El suicidio de su cuñado lo confundió, muy sencillamente, con

los actos incomprensibles de la locura, actos que debía tapar el

silencio. Uno de sus principios era precisamente la conveniencia de

evitar el escándalo, y hasta las alusiones a cualquier suceso que no

estuviera en el orden.

Ahora, para el caso de Adriana, su extrañeza y su perplejidad eran

producidas por la precipitación con que iba a realizarse el matrimonio.

No hallaba, en su experiencia, un hecho análogo que pudiera servirle

como elemento de juicio.

--¿Dónde está Adriana?--preguntó.

--De un momento a otro la verás, está por salir con Raquel, para la

confesión.

Ambas, en efecto, aparecieron. Adriana, sin hablar, abrazó y besó a su

tío. Parecía mucho más tranquila que Raquel, cuyos ingenuos ojos verdes

tenían algo de doloroso y de adusto bajo el triángulo de blancura que

dejaban sobre su frente los cabellos lacios.

Como Adriana, un momento después, quisiera marcharse, el señor Molina la

retuvo.

--Si no tiene apuro, hijita, venga para acá. Ya sabe que siempre la he

querido como si fuese mía. ¿Qué anda ocultando en esa cabecita?

Ella le echó una rápida ojeada. Hizo visiblemente un gran esfuerzo sobre

sí misma, y dijo riendo:

--Dale la carta, Raquel, que llevábamos para poner en el primer buzón.

Era para usted, ábrala.

Pero se sentía algo de penoso en la tranquilidad de su actitud, en su

sonrisa misma y hasta en el descuido con que se había puesto el sombrero

de fieltro.

En la carta le pedía, con mucho mimo, que accediera a servirle de

padrino.

Pero como él comenzara de nuevo a interrogarla, Adriana le miró seria y

cariñosamente:

--Tío, estos asuntos no tienen explicación.

Bajó los ojos, nerviosamente se ajustó el sombrero, tomó a Raquel por la

cintura y ambas salieron.

--¿Viste? Contigo también ha cambiado.

El señor Molina, inquieto, asombrado, se puso a cavilar en silencio.

Aquella sobrina que tanto quería y tanto había regalado desde

pequeñuela, surgía ahora para él, repentinamente, como un mundo cerrado.

Pero tampoco hubieran podido esclarecerle el misterio las más francas

confidencias. En su espíritu no había, decididamente, puntos de apoyo

para apreciar las razones íntimas que movían los actos de Adriana.

--Debemos dejarla hacer--declaró al fin--ella sabe de sus cosas mucho

más que nosotros.

* * *

No quiso Adriana ver a su confesor ordinario, en la iglesia del Socorro.

Prefirió un desconocido; acudió a la capilla de las Victorias. Vino un

sacerdote viejo, algo encorvado, con cejas canosas, espesas, sobre unos

ojos muy pequeños que brillaban inexpresivamente en las órbitas

hundidas. Se metió, sin mirarla, en el confesionario, y comenzó a

formular preguntas, rápidamente, sin atender casi a las respuestas que

recibía. Raquel, mientras tanto, había ido a hincarse, descorazonada,

cerca del altar.

Adriana tenía prisa de concluir cuanto antes. Generalmente, cuando iba a

confesarse, la dominaba una impresión de misterio, y cierto receloso

pudor le impedía referir nada relacionado con los secretos íntimos de su

conciencia o con los pecados que más la inquietaban. Ahora, en cambio,

le parecía cumplir con una obligación pueril, superflua. Sentía una

especie de fría hostilidad en las caras de las imágenes y en el brillo

de las cruces doradas. Sin hacer mayor memoria de pecados, respondió

brevemente a cada pregunta que oía musitar al sacerdote.

Iba a levantarse, cuando sin saber por qué murmuró:

--Padre, me olvidaba decirle que me caso por casarme.

El sacerdote requirió una explicación. Pero Adriana, arrepentida, repuso

con indiferencia:

--Sí, por casarme, como se casa casi todo el mundo, padre.

El sacerdote la absolvió.

Ella llamó a Raquel. Regresaron a pie, cortando por la plaza Libertad

para seguir por la calle Cerrito. Pero a mitad del camino Adriana quiso

doblar hacia la izquierda, una cuadra, para cruzar la Avenida Quintana.

Y allá en el fondo del paseo arbolado, vio asomarse la iglesia del

Pilar, aquella iglesia pequeña, que más de una vez, bajo el oro del

otoño en las hermosas tardes, ella contemplara desde la casa de las

Aliaga imaginando idilios con Julio. ¡Cómo se habían alejado de pronto,

hacia una irrealidad extraña, aquellos tiempos! Ahora le parecía otra,

la iglesia del Pilar. A la distancia, en la fuerte claridad del día

sereno, su apariencia atónita, simple, tenía para ella algo de hostil,

como algunos minutos antes, en el templo de las Victorias, las caras de

las imágenes y las cruces doradas. Adriana apresuró el paso, con una

amargura sin nombre. No hablaron una palabra en el camino. Pero estaba

Raquel decidida a saberlo todo y calculaba el momento más propicio para

interrogar a su hermana. Había notado que todo lo hacía como en una

especie de alucinación, y comprendía que marchaba al casamiento con la

muerte en el alma. Era preciso disuadirla a toda costa, salvarla.

Esquivando al señor Molina, entraron ambas en el dormitorio de Adriana.

También ésta sentía ahora la necesidad de un desahogo y sus palabras se

anticiparon al deseo de Raquel. Arrojó sobre la cama, con un gesto de

desolación, la piel y el sombrero, y empezó a contarle, minuciosamente,

lo que había ocurrido tres días antes en casa de las Aliaga. Cuando

refirió cómo ella y Carmen fueron sorprendidas por Laura en la lectura

del triste diario, a Raquel se le anublaron los ojos y por largo rato

quedó muda, sin acertar con la manera de encarar la situación. Al fin,

en voz baja, mirándola atentamente y como si procurase arrancarla de un

mal sueño:

--Pero de cualquier modo, tu casamiento es un absurdo. ¿Qué obligación

es esta de casarte con Muñoz?

--¡Oh, repuso Adriana, tú no relacionas las cosas, no sabes, no te pones

en mi caso!

--¡Y casarte así, con este apuro, a la carrera, como si te persiguiera

la muerte!

--La muerte mía no, pero sí la muerte de Laura. De casarme con Julio,

Laura se moriría.

--¡Cómo exageras!

--Tú no la conoces, supones que se trata de una novelera. Al contrario,

hay en ella una sinceridad absoluta para consigo misma, y en todas sus

cosas tiene la reserva y la discreción más delicadas. Pero llena de alma

como es, lo cifró todo en el amor y el amor no ha tenido piedad para con

ella.

--En cualquier caso, Adriana, casándote con Muñoz no remediarás nada.

--¡Oh, sí!

--Julio te quiere a ti, te quiere locamente. ¿Cómo puedes imaginar,

entonces, que se casará con Laura?

--En realidad, no se trata de que se case con Laura.

--¡Pero entonces cada vez te comprendo menos!

Y Raquel, acalorándose, procuró convencerla de que si ella se casaba con

Muñoz y Laura se quedaba sin embargo sin el amor de Julio, su sacrificio

sería un desatino inútil.

Adriana, sin responder, hizo un gesto de cansancio. Sus ojos anegados de

tristeza parecían explicarle todo lo que no podía decir con palabras.

Pero Raquel insistió, y volviendo a su tono persuasivo, suave, le pidió

que al menos postergara el casamiento hasta una semana más.

--Que no sea este lunes que viene, sino el otro.

--¿El otro lunes?

--Sí, no te pido más.

--Tú quieres ganar tiempo. Postergarlo hasta una semana...

--Te lo suplico.

--No, si el casamiento se postergara tres días, nada más que tres días,

tal vez ya no me casaría, estoy segura. Óyeme... Precisamente, una de

las ideas que me aterran es la de no tener valor para ir hasta el fin.

--Ah, ¿de modo que quieres tú misma atarte las manos?

--Ya no me casaría; y por el contrario, me daría horror el pensar que me

caso con un hombre sin quererlo.

--Pues entonces, yo se lo diré todo a mamá, y a tío, para que no te

permitan cometer esta locura.

--No lo harás.

--Te juro que lo haré.

--Raquel, si llego a sospechar, por cualquier palabra de mamá, que le

has contado algo, haré una locura peor. Oh, no me, conoces.

--Por mi vida, por la vida de mamita...

--No, no me supliques nada.

--¡Casarte con Muñoz queriéndolo a Julio tanto!...

--Adorándolo, como no podrías formarte una idea. Por eso, si no me

casara con otro, para poner cuanto antes una barrera delante de mí,

sería capaz de correr a casa de Julio y suplicarle que nos marcháramos

de aquí, lejos, a cualquier parte, a un sitio donde no pudiera

perseguirnos el fantasma de la pobrecita Laura. ¿Comprendes, ahora,

porqué debo casarme con Muñoz?

--¡Ojalá venga Julio mismo a salvarte!

--Nada sabe, Raquel. Ya he tomado mis precauciones. Lo sabrá cuando

todo haya concluido para los dos. Y entonces, si la vida de Laura

dependiera de su cariño... ¡Ah, no! Tampoco puedo sufrir la idea de que

Julio se casará con Laura. ¡Qué gran tristeza, Raquel! Sin mí, Julio la

hubiera querido. Sí, eso está escrito en su diario. Yo intervine, en

realidad, para destruir esa dicha cuando nacía. ¡Ojalá llegue a casarse

con él, más adelante!

Y Adriana se puso a referirle las conversaciones que con Julio había

tenido, y procuró explicarle la clase de felicidad que concibieran

juntos. Sus frases se exaltaron, sus ojos despidieron un fulgor

ardiente.

Experimentaba, hablando así, el alivio ilusorio de revivir

imaginariamente el breve pasado radiante. Y de su cara huía el dolor

dejando una pasajera expresión de dicha sin límites.

--Óyeme,--prosiguió--no llores, no me impidas ver la verdad. En mí no se

casará con Muñoz el alma, sino simplemente la mujer. Sufriré mucho menos

si es que puedo darme cuenta más clara de mis actos. Tú debes ayudarme.

Si no me casara con Muñoz, tendría que morir. ¡Y Julio también tendría

que morir! ¿Comprendes, Raquel? Porque ya nada podría detenernos, yo

sería suya, sería suya sin casarme, esto lo sé, lo siento, y después los

dos moriríamos sin remedio, para purificarnos y para escapar al

pensamiento de Laura.

Raquel, anonadada, palpando en la actitud de Adriana algo

inquebrantable, ya no respondió una palabra.

Sin embargo, no dejó de espiarla, para encontrar acaso la oportunidad de

una última tentativa. Sorprendió en ella indicios de pánico. Más de una

vez pudo observarla que se arrodillaba, creyéndose sola, y que

oprimiendo contra el pecho un crucifijo, parecía pedir una inspiración

al cielo. Era evidente que se sentía aterrada por la proximidad del día

fatal.

En la misma mañana fijada para el acto civil (al día siguiente se

realizaría la ceremonia religiosa), Raquel tuvo la idea de escribir a

Julio. "¿Cómo es posible--pensó--que sólo ahora, tal vez demasiado

tarde, se me haya ocurrido llamarle?" No vaciló. Si Julio acudía, su

presencia inesperada desarmaría en seguida la voluntad de Adriana, aun

en aquellos momentos, cuando apenas faltaban horas para que llegaran los

testigos. Su alma ingenua ya no pudo dudar que Adriana estaba salvada.

Únicamente se asustó por la posibilidad de que Julio no llegara a

tiempo. Pensó hablarle por teléfono; pero desistió, temiendo que Adriana

la sorprendiera. Llamó furtivamente a Lola, la sirvienta.

--Oye, tú llevarás una carta al señor Lagos, pero que nadie te sienta

salir. Tomarás un auto, aquí tienes dinero; que dentro de cinco minutos

tenga él esta carta.

Trazó nerviosamente algunos renglones, suplicando a Julio, en nombre de

Adriana, que viniese sin demora. Puso el papel en un sobre y escribió

la dirección. Pero cuando Lola iba a salir, entró Adriana. Adivinándolo

todo, le quitó la carta.

Tuvo un ligero gesto de vacilación. Cerró los ojos, suspirando. Por un

segundo se abandonó, desfallecida, a esta imaginación de Julio que

sobrevenía para salvarla de Muñoz. Y ambos huían de la pobre Laura. Pero

luego estrujó el papel con impaciencia y sonrió con angustia.

Raquel se retorcía las manos, consternada.

--¡Déjala ir!

--Si supieras, Raquelita, qué inútil sería también esta carta.

--A Muñoz no podrás quererlo nunca.

--Nunca, ya lo sé--respondió ella,--y si alguna vez, dentro de cinco,

dentro de diez años, tú notaras que algo parecido al amor me ata a mi

marido, si te dieras cuenta que el hábito me ha trabajado hasta

inspirarme por él algún sentimiento real, no pongas entonces en duda que

la Adriana de ahora ya no existe y ha dejado en su lugar una criatura

puro instinto, una criatura muy vil y muy despreciable.

--¡Déjala ir!--gritó Raquel abrazándola y procurando recobrar la carta.

Pero dos golpes sonaron a la puerta de la habitación. Apareció sonriendo

Charito, vestida de claro; una rica piel blanca envolvía, bajo el

sombrero negro, su rostro ligeramente acalorado.

Tomó con efusión las manos de Adriana.

--Anduvimos hasta esta hora con Muñoz y con mamá, haciendo compras para

ti.

Y Charito se puso a charlar, loca de contento, encantada por haber

llevado a buen término una obra que significaba, según ella, la

felicidad de sus dos mejores amigos.

Raquel sintió que con Charito había entrado, ataviada de alegres

apariencias, para posesionarse de Adriana, la inevitable realidad.

Adriana Zumarán (novela) · 第 26 / 31 题