La madre de Adriana llamó con urgencia a Ernesto Molina para pedirle
consejo. Por más que siempre consideró a Muñoz un marido ideal para su
hija, le alarmaba grandemente la repentina decisión de casarse con él
después de haberle burlado por otro. Informó a su hermano,
minuciosamente, acerca de las circunstancias que ella conocía.
--Tú podrías interrogarla--añadió--contigo fue siempre más "dada".
Cuando Raquel o yo procuramos hacerla hablar, ella suplica que la
dejemos, que las cosas marcharán así mucho mejor, y para bien de todos.
En fin, yo nunca he tenido de sus asuntos más noticias de las que
hubiera podido recibir un extraño. Tú comprenderás, hace tiempo he
perdido sobre ella mi autoridad de madre. Por cierto, en estos últimos
meses cambió mucho; se hizo muy buena y muy compañera con Raquel. Antes
casi no se hablaban. No sé si ahora Raquel me oculta algo. Eso de volver
a comprometerse así, de un día para otro, y pretender que ha de casarse
ya mismo, podría significar un simple capricho. Yo no pasaría tanto
cuidado si Raquel no anduviese preocupada ella también. "Tú no
intervengas para nada--me ha dicho hoy--si algo grave le sucede, no
serás tú la que pueda remediarlo". Y así las dos me dejan con las manos
atadas.
--Y por el mismo Muñoz, hija, ¿nada has podido averiguar?
--Pero si él sabe menos que yo, ni está en estado de preocuparse. Ayer
me tomó aparte, me dijo que era el hombre más feliz de la tierra y
Adriana su Dios. Parece que no podía resignarse a que ella le dejara.
Anda todo el día en la calle, arreglando las cosas, comprando muebles.
Ha tomado casa en Belgrano, sobre la barranca; me llevó a verla, es un
chalet precioso. Adriana, en cambio, no fija su atención en nada. Ayer
habían salido los dos con Raquel y con Charito González y a la media
hora volvieron. Adriana se sentía mareada, les pidió que la dejaran sola
y se ocuparan ellos de todo. Después tomó un libro, estuvo dos o tres
horas con el libro abierto en la falda sin volver una hoja. En fin ¿qué
piensas tú?
Ernesto Molina meneó la cabeza.
--Esta muchacha se casa por lástima.
Pero la viuda de Zumarán no pensaba lo mismo.
--Cuando ella le dejó, no te puedes imaginar su indiferencia: le ha
visto humillarse, llorar, y como si tal cosa. Muñoz no la preocupaba un
chiquito.
--¿Y ahora se casa con él?... Algún despecho, entonces.
--Eso sería más posible, ¿ves? Pero entonces sabe Dios lo que puede
suceder.
La insinuación de su hermano abrió del todo la vieja herida de su
corazón, y con voz que temblaba refirió cómo Adriana se veía con Julio
Lagos, no sabía ella desde cuando, en casa de las Aliaga.
--¿Y Adriana visita a las Aliaga?
--Sí, yo he venido a saberlo no hace mucho.
--¿Pero tu hija conoce aquello?...
--Tampoco podría decírtelo. Tú comprenderás que hacerle una revelación
semejante... ¡Ah! Lo que más me asusta es pensar que de esa casa podría
venir otra vez, para mí, alguna gran desgracia.
--Son gente algo rara, como lo fue tu marido, y los abuelos de tu
marido. Todos han tenido fama de raros.
--Y anda Adriana con ese mismo aire de misterio que tenía Zumarán antes
de matarse por la viuda de Aliaga.
--No seas supersticiosa, hija.
--Es que tú no sabes, ella ha salido a su padre.
--Nunca me pareció, a la verdad, sino una chica muy inteligente, muy
discreta...
--Porque contigo siempre se ha hecho la niña mimada... Te repito que ha
salido a su padre en todo. Extremosa, llena de fantasías, inquieta,
siempre soñando locuras.
Asomaron a sus ojos lágrimas de recelo presente y lágrimas que le hacía
derramar la visión lejana de la tragedia: el cadáver de Zumarán tendido
en el suelo, el revólver en la mano y un redondel de sangre formando
como una aureola a la cara lívida.
El señor Molina se quedó perplejo. Era incapaz de afrontar situaciones
reñidas con el carácter de los hechos comunes y con su criterio
rectilíneo de viejo patricio. La herencia del antiguo convencionalismo
español había encuadrado sus ideas en fórmulas precisas, limitadas, que
no permitían la intervención de sentimientos ajenos a la naturaleza de
los suyos. El suicidio de su cuñado lo confundió, muy sencillamente, con
los actos incomprensibles de la locura, actos que debía tapar el
silencio. Uno de sus principios era precisamente la conveniencia de
evitar el escándalo, y hasta las alusiones a cualquier suceso que no
estuviera en el orden.
Ahora, para el caso de Adriana, su extrañeza y su perplejidad eran
producidas por la precipitación con que iba a realizarse el matrimonio.
No hallaba, en su experiencia, un hecho análogo que pudiera servirle
como elemento de juicio.
--¿Dónde está Adriana?--preguntó.
--De un momento a otro la verás, está por salir con Raquel, para la
confesión.
Ambas, en efecto, aparecieron. Adriana, sin hablar, abrazó y besó a su
tío. Parecía mucho más tranquila que Raquel, cuyos ingenuos ojos verdes
tenían algo de doloroso y de adusto bajo el triángulo de blancura que
dejaban sobre su frente los cabellos lacios.
Como Adriana, un momento después, quisiera marcharse, el señor Molina la
retuvo.
--Si no tiene apuro, hijita, venga para acá. Ya sabe que siempre la he
querido como si fuese mía. ¿Qué anda ocultando en esa cabecita?
Ella le echó una rápida ojeada. Hizo visiblemente un gran esfuerzo sobre
sí misma, y dijo riendo:
--Dale la carta, Raquel, que llevábamos para poner en el primer buzón.
Era para usted, ábrala.
Pero se sentía algo de penoso en la tranquilidad de su actitud, en su
sonrisa misma y hasta en el descuido con que se había puesto el sombrero
de fieltro.
En la carta le pedía, con mucho mimo, que accediera a servirle de
padrino.
Pero como él comenzara de nuevo a interrogarla, Adriana le miró seria y
cariñosamente:
--Tío, estos asuntos no tienen explicación.
Bajó los ojos, nerviosamente se ajustó el sombrero, tomó a Raquel por la
cintura y ambas salieron.
--¿Viste? Contigo también ha cambiado.
El señor Molina, inquieto, asombrado, se puso a cavilar en silencio.
Aquella sobrina que tanto quería y tanto había regalado desde
pequeñuela, surgía ahora para él, repentinamente, como un mundo cerrado.
Pero tampoco hubieran podido esclarecerle el misterio las más francas
confidencias. En su espíritu no había, decididamente, puntos de apoyo
para apreciar las razones íntimas que movían los actos de Adriana.
--Debemos dejarla hacer--declaró al fin--ella sabe de sus cosas mucho
más que nosotros.
* * *
No quiso Adriana ver a su confesor ordinario, en la iglesia del Socorro.
Prefirió un desconocido; acudió a la capilla de las Victorias. Vino un
sacerdote viejo, algo encorvado, con cejas canosas, espesas, sobre unos
ojos muy pequeños que brillaban inexpresivamente en las órbitas
hundidas. Se metió, sin mirarla, en el confesionario, y comenzó a
formular preguntas, rápidamente, sin atender casi a las respuestas que
recibía. Raquel, mientras tanto, había ido a hincarse, descorazonada,
cerca del altar.
Adriana tenía prisa de concluir cuanto antes. Generalmente, cuando iba a
confesarse, la dominaba una impresión de misterio, y cierto receloso
pudor le impedía referir nada relacionado con los secretos íntimos de su
conciencia o con los pecados que más la inquietaban. Ahora, en cambio,
le parecía cumplir con una obligación pueril, superflua. Sentía una
especie de fría hostilidad en las caras de las imágenes y en el brillo
de las cruces doradas. Sin hacer mayor memoria de pecados, respondió
brevemente a cada pregunta que oía musitar al sacerdote.
Iba a levantarse, cuando sin saber por qué murmuró:
--Padre, me olvidaba decirle que me caso por casarme.
El sacerdote requirió una explicación. Pero Adriana, arrepentida, repuso
con indiferencia:
--Sí, por casarme, como se casa casi todo el mundo, padre.
El sacerdote la absolvió.
Ella llamó a Raquel. Regresaron a pie, cortando por la plaza Libertad
para seguir por la calle Cerrito. Pero a mitad del camino Adriana quiso
doblar hacia la izquierda, una cuadra, para cruzar la Avenida Quintana.
Y allá en el fondo del paseo arbolado, vio asomarse la iglesia del
Pilar, aquella iglesia pequeña, que más de una vez, bajo el oro del
otoño en las hermosas tardes, ella contemplara desde la casa de las
Aliaga imaginando idilios con Julio. ¡Cómo se habían alejado de pronto,
hacia una irrealidad extraña, aquellos tiempos! Ahora le parecía otra,
la iglesia del Pilar. A la distancia, en la fuerte claridad del día
sereno, su apariencia atónita, simple, tenía para ella algo de hostil,
como algunos minutos antes, en el templo de las Victorias, las caras de
las imágenes y las cruces doradas. Adriana apresuró el paso, con una
amargura sin nombre. No hablaron una palabra en el camino. Pero estaba
Raquel decidida a saberlo todo y calculaba el momento más propicio para
interrogar a su hermana. Había notado que todo lo hacía como en una
especie de alucinación, y comprendía que marchaba al casamiento con la
muerte en el alma. Era preciso disuadirla a toda costa, salvarla.
Esquivando al señor Molina, entraron ambas en el dormitorio de Adriana.
También ésta sentía ahora la necesidad de un desahogo y sus palabras se
anticiparon al deseo de Raquel. Arrojó sobre la cama, con un gesto de
desolación, la piel y el sombrero, y empezó a contarle, minuciosamente,
lo que había ocurrido tres días antes en casa de las Aliaga. Cuando
refirió cómo ella y Carmen fueron sorprendidas por Laura en la lectura
del triste diario, a Raquel se le anublaron los ojos y por largo rato
quedó muda, sin acertar con la manera de encarar la situación. Al fin,
en voz baja, mirándola atentamente y como si procurase arrancarla de un
mal sueño:
--Pero de cualquier modo, tu casamiento es un absurdo. ¿Qué obligación
es esta de casarte con Muñoz?
--¡Oh, repuso Adriana, tú no relacionas las cosas, no sabes, no te pones
en mi caso!
--¡Y casarte así, con este apuro, a la carrera, como si te persiguiera
la muerte!
--La muerte mía no, pero sí la muerte de Laura. De casarme con Julio,
Laura se moriría.
--¡Cómo exageras!
--Tú no la conoces, supones que se trata de una novelera. Al contrario,
hay en ella una sinceridad absoluta para consigo misma, y en todas sus
cosas tiene la reserva y la discreción más delicadas. Pero llena de alma
como es, lo cifró todo en el amor y el amor no ha tenido piedad para con
ella.
--En cualquier caso, Adriana, casándote con Muñoz no remediarás nada.
--¡Oh, sí!
--Julio te quiere a ti, te quiere locamente. ¿Cómo puedes imaginar,
entonces, que se casará con Laura?
--En realidad, no se trata de que se case con Laura.
--¡Pero entonces cada vez te comprendo menos!
Y Raquel, acalorándose, procuró convencerla de que si ella se casaba con
Muñoz y Laura se quedaba sin embargo sin el amor de Julio, su sacrificio
sería un desatino inútil.
Adriana, sin responder, hizo un gesto de cansancio. Sus ojos anegados de
tristeza parecían explicarle todo lo que no podía decir con palabras.
Pero Raquel insistió, y volviendo a su tono persuasivo, suave, le pidió
que al menos postergara el casamiento hasta una semana más.
--Que no sea este lunes que viene, sino el otro.
--¿El otro lunes?
--Sí, no te pido más.
--Tú quieres ganar tiempo. Postergarlo hasta una semana...
--Te lo suplico.
--No, si el casamiento se postergara tres días, nada más que tres días,
tal vez ya no me casaría, estoy segura. Óyeme... Precisamente, una de
las ideas que me aterran es la de no tener valor para ir hasta el fin.
--Ah, ¿de modo que quieres tú misma atarte las manos?
--Ya no me casaría; y por el contrario, me daría horror el pensar que me
caso con un hombre sin quererlo.
--Pues entonces, yo se lo diré todo a mamá, y a tío, para que no te
permitan cometer esta locura.
--No lo harás.
--Te juro que lo haré.
--Raquel, si llego a sospechar, por cualquier palabra de mamá, que le
has contado algo, haré una locura peor. Oh, no me, conoces.
--Por mi vida, por la vida de mamita...
--No, no me supliques nada.
--¡Casarte con Muñoz queriéndolo a Julio tanto!...
--Adorándolo, como no podrías formarte una idea. Por eso, si no me
casara con otro, para poner cuanto antes una barrera delante de mí,
sería capaz de correr a casa de Julio y suplicarle que nos marcháramos
de aquí, lejos, a cualquier parte, a un sitio donde no pudiera
perseguirnos el fantasma de la pobrecita Laura. ¿Comprendes, ahora,
porqué debo casarme con Muñoz?
--¡Ojalá venga Julio mismo a salvarte!
--Nada sabe, Raquel. Ya he tomado mis precauciones. Lo sabrá cuando
todo haya concluido para los dos. Y entonces, si la vida de Laura
dependiera de su cariño... ¡Ah, no! Tampoco puedo sufrir la idea de que
Julio se casará con Laura. ¡Qué gran tristeza, Raquel! Sin mí, Julio la
hubiera querido. Sí, eso está escrito en su diario. Yo intervine, en
realidad, para destruir esa dicha cuando nacía. ¡Ojalá llegue a casarse
con él, más adelante!
Y Adriana se puso a referirle las conversaciones que con Julio había
tenido, y procuró explicarle la clase de felicidad que concibieran
juntos. Sus frases se exaltaron, sus ojos despidieron un fulgor
ardiente.
Experimentaba, hablando así, el alivio ilusorio de revivir
imaginariamente el breve pasado radiante. Y de su cara huía el dolor
dejando una pasajera expresión de dicha sin límites.
--Óyeme,--prosiguió--no llores, no me impidas ver la verdad. En mí no se
casará con Muñoz el alma, sino simplemente la mujer. Sufriré mucho menos
si es que puedo darme cuenta más clara de mis actos. Tú debes ayudarme.
Si no me casara con Muñoz, tendría que morir. ¡Y Julio también tendría
que morir! ¿Comprendes, Raquel? Porque ya nada podría detenernos, yo
sería suya, sería suya sin casarme, esto lo sé, lo siento, y después los
dos moriríamos sin remedio, para purificarnos y para escapar al
pensamiento de Laura.
Raquel, anonadada, palpando en la actitud de Adriana algo
inquebrantable, ya no respondió una palabra.
Sin embargo, no dejó de espiarla, para encontrar acaso la oportunidad de
una última tentativa. Sorprendió en ella indicios de pánico. Más de una
vez pudo observarla que se arrodillaba, creyéndose sola, y que
oprimiendo contra el pecho un crucifijo, parecía pedir una inspiración
al cielo. Era evidente que se sentía aterrada por la proximidad del día
fatal.
En la misma mañana fijada para el acto civil (al día siguiente se
realizaría la ceremonia religiosa), Raquel tuvo la idea de escribir a
Julio. "¿Cómo es posible--pensó--que sólo ahora, tal vez demasiado
tarde, se me haya ocurrido llamarle?" No vaciló. Si Julio acudía, su
presencia inesperada desarmaría en seguida la voluntad de Adriana, aun
en aquellos momentos, cuando apenas faltaban horas para que llegaran los
testigos. Su alma ingenua ya no pudo dudar que Adriana estaba salvada.
Únicamente se asustó por la posibilidad de que Julio no llegara a
tiempo. Pensó hablarle por teléfono; pero desistió, temiendo que Adriana
la sorprendiera. Llamó furtivamente a Lola, la sirvienta.
--Oye, tú llevarás una carta al señor Lagos, pero que nadie te sienta
salir. Tomarás un auto, aquí tienes dinero; que dentro de cinco minutos
tenga él esta carta.
Trazó nerviosamente algunos renglones, suplicando a Julio, en nombre de
Adriana, que viniese sin demora. Puso el papel en un sobre y escribió
la dirección. Pero cuando Lola iba a salir, entró Adriana. Adivinándolo
todo, le quitó la carta.
Tuvo un ligero gesto de vacilación. Cerró los ojos, suspirando. Por un
segundo se abandonó, desfallecida, a esta imaginación de Julio que
sobrevenía para salvarla de Muñoz. Y ambos huían de la pobre Laura. Pero
luego estrujó el papel con impaciencia y sonrió con angustia.
Raquel se retorcía las manos, consternada.
--¡Déjala ir!
--Si supieras, Raquelita, qué inútil sería también esta carta.
--A Muñoz no podrás quererlo nunca.
--Nunca, ya lo sé--respondió ella,--y si alguna vez, dentro de cinco,
dentro de diez años, tú notaras que algo parecido al amor me ata a mi
marido, si te dieras cuenta que el hábito me ha trabajado hasta
inspirarme por él algún sentimiento real, no pongas entonces en duda que
la Adriana de ahora ya no existe y ha dejado en su lugar una criatura
puro instinto, una criatura muy vil y muy despreciable.
--¡Déjala ir!--gritó Raquel abrazándola y procurando recobrar la carta.
Pero dos golpes sonaron a la puerta de la habitación. Apareció sonriendo
Charito, vestida de claro; una rica piel blanca envolvía, bajo el
sombrero negro, su rostro ligeramente acalorado.
Tomó con efusión las manos de Adriana.
--Anduvimos hasta esta hora con Muñoz y con mamá, haciendo compras para
ti.
Y Charito se puso a charlar, loca de contento, encantada por haber
llevado a buen término una obra que significaba, según ella, la
felicidad de sus dos mejores amigos.
Raquel sintió que con Charito había entrado, ataviada de alegres
apariencias, para posesionarse de Adriana, la inevitable realidad.