XXIII

Muñoz entró en casa de Charito sin esperanzas de encontrarse con

Adriana, pero sí con la idea de que su amiga pudiese darle noticias de

cómo andaban sus relaciones con Julio. Probablemente estaría al tanto de

la ruptura, o del suceso que había motivado aquel estado de mortal

lasitud en que había visto a Lagos.

Pero Charito le recibió con una mirada compasiva, buena, y comenzó a

repetirle sus consejos de otras veces, procurando decepcionarle de

Adriana.

Muñoz, intrigado, pensó por un momento que Julio se había fingido tan

abatido para evitar una explicación, o por alguna rara delicadeza de

rival afortunado.

--¡Lo que menos necesito es eso, su cortesía!--exclamó en voz alta.

--¿La cortesía de quién?--le preguntó Charito.

--No haga caso, esta noche han de perdonarme cualquier desvarío. Es un

mal momento de mi vida.

En el salón estaba Lucía Moreno, sentada al piano, fastidiada porque no

podía sacar una pieza de memoria.

Muñoz fue a sentarse a su lado. Empezó a divagar extrañamente, bajo la

influencia de su obsesión.

--Haga música triste, Lucía. Por ejemplo, la marcha fúnebre de Chopin, o

de Sigfrido. Las amigas que vengan podrían vestirse de Walkirias. ¡Qué

terrible sería Adriana transformada en una Walkiria! Yo, haciendo el

papel de Sigfrido, me meteré en el ataúd. Ella, si quiere, puede venir

montada en un caballo con alas, en un gran caballo negro, con largas

crines negras, las alas negras, castigando con manos negras el aire del

cielo.

--¡Pero Muñoz, Muñoz!--gritó Charito alarmada.

Se retuvo y miró a las dos muchachas como asombrado de sus propias

palabras o como si una fuerza ajena se las hiciera pronunciar.

--Todo esto son fantasías--explicó--para distraerlas a ustedes. Cuando

uno ha perdido la dignidad de sus actitudes, no debe servir más que para

quitar el aburrimiento a sus amigas.

Ambas procuraron calmarle. Se rió con risa inexpresiva, y apoyó la

cabeza en el brazo de un sofá.

--¡Es que sufro tanto, tanto!

Lucía fue a sentarse a su lado. Se sentía enternecida y llena de piedad.

Charito, desesperada, frente a ella, murmuraba frases de condenación

contra Adriana.

Durante un buen rato, Lucía se quedó contemplando a Muñoz. Extendió

luego la mano sobre su cabeza abatida y se puso a acariciarle, muy

suavemente, como se acaricia a una criatura que llora. Le rozó con los

dedos la frente, los párpados cerrados, parecía a punto de acercarle los

labios. Pero hacía todo con actitud tan espontánea, tan natural, que

Charito no se sorprendió.

Y el sentimiento de Lucía no era sólo de lástima. Una secreta delicia,

una sensación íntima de encanto la envolvían por la idea de que ella,

una niña, prodigaba a un muchacho aquellas caricias, sin malicia alguna

y con el puro propósito de consolarle.

En esto resonó el timbre de la puerta de calle.

--¿Quién podrá venir a esta hora?--dijo Charito sorprendida. ¡Son las

once pasadas! Su sorpresa aumentó más todavía cuando apareció la

visitante: era Adriana.

Lucía, que no había cesado de acariciar la cabeza de Muñoz, se levantó

enrojeciendo, mientras él clavaba la mirada, fijamente, en la figura de

Adriana.

Esta demostraba una extraordinaria agitación. Procuraba sonreír.

--¡Ya ve, Muñoz, que no lo olvidan!--exclamó Lucía. Pero advirtió

entonces en Adriana la palidez y un ligero temblor de los labios. Y

comprendiendo que algo grave ocurría, tomó a Charito aparte.

Ella se sentó al lado de Muñoz, quien se había incorporado y la miraba

con expresión de curiosidad. Ambos quedaron por un rato en silencio.

--He recibido su carta y he venido.

--Gracias, Adriana. Yo debo agradecerle este acto de bondad.

Ambos callaron. Adriana volvió la cabeza, como buscando una tabla de

salvación. Pero Lucía y Charito hablaban en voz alta, al otro extremo

del salón. Echó ella una mirada de odio a Muñoz. La desolación de su

semblante revelaba una violenta lucha interior. Iba a levantarse,

parecía a punto de llorar. Pero en seguida, con un aire de gran

resolución, acercándose más a Muñoz, le habló en voz baja, insinuante,

una voz que no parecía la suya.

--Óigame... Todo lo anterior, lo que ha sucedido en estos últimos meses,

ha sido farsa, pura coquetería de mi parte, por ver si usted de veras me

quería. Tal vez lo hice inconscientemente. Usted sabe, las mujeres somos

tan raras... A lo mejor no nos conocemos nosotras mismas. No conseguimos

saber si queremos o si no queremos. Para saberlo, hacemos experiencias

con nosotras mismas. ¡Ah! Son experiencias que suelen costarnos caras.

Pero Dios debiera perdonarnos tanta perversidad. Porque... mire, fingir

es una defensa contra la posibilidad de engañarnos. Fingimos

indiferencia, fingimos que andamos enamorándonos de otro... Y yo le

explicaré, para que todo se aclare. No, no me interrumpa, aguarde un

poco, por favor. Los otros días, cuando lloré, usted hubiera debido

adivinar que comencé llorando como fingimiento, para concluir llorando

por la idea de que no podía dejar de hacerle sufrir... Me dominaba el

espíritu de la perversidad. Es espantoso cuando una se siente así

poseída por esa maldad extraña... No fui yo, fue mi maldad la que le ha

simulado indiferencia, la que ha buscado el amor de Castilla, la que le

ha hecho sufrir. Perdóneme, Muñoz, a usted lo quise siempre y ya es

tiempo de que nos comprendamos. Se lo exijo... se lo pido.

Muñoz la miró con asombro. Después, levantándose, llamó con voz muy

alterada a Charito y a Lucía.

--No podrían ustedes imaginarse lo que ella acaba de decirme. Con

seguridad se trata de una nueva farsa, parecida a la farsa de las

cartas... parecida...

Se interrumpió de golpe y las miró, ruborizándose y como arrepentido de

haber provocado una situación incómoda.

--Tenga más calma, Muñoz, dijo Adriana con dulzura. Siéntese aquí, al

lado mío. Y ustedes perdónenle. ¡Ha sufrido tanto por mi culpa!

--¿Pero qué lío es este, Adriana? interrogó Charito con aire de sorpresa

y de reproche.

--Ya lo sabrás, cuestión de algunos minutos. Todo se aclarará. Ya lo

sabrás también tú, Lucía, aunque sospecho que también te estabas

enamorando un poco de Muñoz... ¿Qué le decías, con tanto mimo, cuando yo

entre? No, no quiero saberlo. Te lo perdono y ahora te pido por favor

que no digas nada, que no nos interrumpas. Tú también, Charito. Venga

aquí, Muñoz, venga.

Volvió él a sentarse. Las manos le temblaban. Sus facciones tenían una

expresión de pasmo. Nunca la había sentido más lejos de su alma, ni más

inasequible. Su instinto percibía una misteriosa falsedad en aquella

sumisa actitud de Adriana.

--Si usted me hubiese escuchado hasta el fin, prosiguió ella, nos

habríamos ahorrado esta interrupción tan desagradable. Déjelas conversar

allí, mientras no solucionemos el asunto. Me es horriblemente penoso

tener que emplear tantos argumentos. Óiga... para no gastar palabras

inútiles y sobre todo para no hacerle afirmaciones que usted puede poner

en duda, no he de repetirle que lo quiero... pero en cambio le propongo

algo que será una prueba decisiva de mi sinceridad.

--Adriana, deje primero que le haga una última súplica. Si no fuese

verdad lo que me dice ahora, si esas palabras, que me parece oír

soñando, fuesen como aquellas cartas que usted desmentía siempre,

después de escribirlas... o si no está segura de hablarme con

sinceridad, como lo asegura, yo le pido, yo la conjuro... No, un golpe

más yo no podría soportarlo.

--Por eso, para que usted pierda toda mala sospecha, para que no quede

la posibilidad de un engaño y todo se aclare por sí solo, voy a

proponerle, si acaso usted no ha empezado a despreciarme, que nos

casemos... No es el antiguo compromiso que yo exigía lo mantuviéramos

secreto; la prueba que quiero darle es inmediata, ya mismo, en estos

días. Pídame mañana a mamá... Aunque es inútil, ya le he dicho yo a mamá

que nos casaremos en seguida si usted no hubiera desistido. Disponga de

mí. Le suplicaría que nos casáramos cuanto antes. Soy suya, enteramente

suya. Iremos los dos, usted y yo, a la gran felicidad, a esa gran

felicidad que soñé, que soñé tanto en estos días, y rezando delante de

la Virgen, en la iglesia de Nueva Pompeya...

Dijo con exaltación las últimas frases, palideciendo. Muñoz la

contemplaba sin poder hacerse a la idea de que sus angustias concluían y

de que Adriana sería suya.

--¡Adriana! ¡Adriana!

Ella se quedó como extática, cayó de rodillas, pero casi dando la

espalda a Muñoz. Alzó la mirada, juntó las manos en actitud de

apasionado arrebato; le caían lágrimas de los ojos fijos. Mientras

pronunciaba las palabras decisivas que le apartaban de Julio para

siempre, en medio de la sombra de su congoja una especie de júbilo le

nacía, como una luz, y le bañaba el semblante. Muñoz, maravillado,

creyendo soñar, tomó entre las suyas aquellas dos manos juntas.

--¡Adriana! ¿Puedo creer a mis ojos? ¿Puedo pensar que esta alegría es

alegría de su ternura por mí?

--Sí, Muñoz. A usted lo he querido siempre, lo he querido siempre.

Pero ella ya no estaba en sus palabras, y ni siquiera sentía el contacto

de las manos de Muñoz.

Adriana Zumarán (novela) · 第 25 / 31 题