Muñoz entró en casa de Charito sin esperanzas de encontrarse con
Adriana, pero sí con la idea de que su amiga pudiese darle noticias de
cómo andaban sus relaciones con Julio. Probablemente estaría al tanto de
la ruptura, o del suceso que había motivado aquel estado de mortal
lasitud en que había visto a Lagos.
Pero Charito le recibió con una mirada compasiva, buena, y comenzó a
repetirle sus consejos de otras veces, procurando decepcionarle de
Adriana.
Muñoz, intrigado, pensó por un momento que Julio se había fingido tan
abatido para evitar una explicación, o por alguna rara delicadeza de
rival afortunado.
--¡Lo que menos necesito es eso, su cortesía!--exclamó en voz alta.
--¿La cortesía de quién?--le preguntó Charito.
--No haga caso, esta noche han de perdonarme cualquier desvarío. Es un
mal momento de mi vida.
En el salón estaba Lucía Moreno, sentada al piano, fastidiada porque no
podía sacar una pieza de memoria.
Muñoz fue a sentarse a su lado. Empezó a divagar extrañamente, bajo la
influencia de su obsesión.
--Haga música triste, Lucía. Por ejemplo, la marcha fúnebre de Chopin, o
de Sigfrido. Las amigas que vengan podrían vestirse de Walkirias. ¡Qué
terrible sería Adriana transformada en una Walkiria! Yo, haciendo el
papel de Sigfrido, me meteré en el ataúd. Ella, si quiere, puede venir
montada en un caballo con alas, en un gran caballo negro, con largas
crines negras, las alas negras, castigando con manos negras el aire del
cielo.
--¡Pero Muñoz, Muñoz!--gritó Charito alarmada.
Se retuvo y miró a las dos muchachas como asombrado de sus propias
palabras o como si una fuerza ajena se las hiciera pronunciar.
--Todo esto son fantasías--explicó--para distraerlas a ustedes. Cuando
uno ha perdido la dignidad de sus actitudes, no debe servir más que para
quitar el aburrimiento a sus amigas.
Ambas procuraron calmarle. Se rió con risa inexpresiva, y apoyó la
cabeza en el brazo de un sofá.
--¡Es que sufro tanto, tanto!
Lucía fue a sentarse a su lado. Se sentía enternecida y llena de piedad.
Charito, desesperada, frente a ella, murmuraba frases de condenación
contra Adriana.
Durante un buen rato, Lucía se quedó contemplando a Muñoz. Extendió
luego la mano sobre su cabeza abatida y se puso a acariciarle, muy
suavemente, como se acaricia a una criatura que llora. Le rozó con los
dedos la frente, los párpados cerrados, parecía a punto de acercarle los
labios. Pero hacía todo con actitud tan espontánea, tan natural, que
Charito no se sorprendió.
Y el sentimiento de Lucía no era sólo de lástima. Una secreta delicia,
una sensación íntima de encanto la envolvían por la idea de que ella,
una niña, prodigaba a un muchacho aquellas caricias, sin malicia alguna
y con el puro propósito de consolarle.
En esto resonó el timbre de la puerta de calle.
--¿Quién podrá venir a esta hora?--dijo Charito sorprendida. ¡Son las
once pasadas! Su sorpresa aumentó más todavía cuando apareció la
visitante: era Adriana.
Lucía, que no había cesado de acariciar la cabeza de Muñoz, se levantó
enrojeciendo, mientras él clavaba la mirada, fijamente, en la figura de
Adriana.
Esta demostraba una extraordinaria agitación. Procuraba sonreír.
--¡Ya ve, Muñoz, que no lo olvidan!--exclamó Lucía. Pero advirtió
entonces en Adriana la palidez y un ligero temblor de los labios. Y
comprendiendo que algo grave ocurría, tomó a Charito aparte.
Ella se sentó al lado de Muñoz, quien se había incorporado y la miraba
con expresión de curiosidad. Ambos quedaron por un rato en silencio.
--He recibido su carta y he venido.
--Gracias, Adriana. Yo debo agradecerle este acto de bondad.
Ambos callaron. Adriana volvió la cabeza, como buscando una tabla de
salvación. Pero Lucía y Charito hablaban en voz alta, al otro extremo
del salón. Echó ella una mirada de odio a Muñoz. La desolación de su
semblante revelaba una violenta lucha interior. Iba a levantarse,
parecía a punto de llorar. Pero en seguida, con un aire de gran
resolución, acercándose más a Muñoz, le habló en voz baja, insinuante,
una voz que no parecía la suya.
--Óigame... Todo lo anterior, lo que ha sucedido en estos últimos meses,
ha sido farsa, pura coquetería de mi parte, por ver si usted de veras me
quería. Tal vez lo hice inconscientemente. Usted sabe, las mujeres somos
tan raras... A lo mejor no nos conocemos nosotras mismas. No conseguimos
saber si queremos o si no queremos. Para saberlo, hacemos experiencias
con nosotras mismas. ¡Ah! Son experiencias que suelen costarnos caras.
Pero Dios debiera perdonarnos tanta perversidad. Porque... mire, fingir
es una defensa contra la posibilidad de engañarnos. Fingimos
indiferencia, fingimos que andamos enamorándonos de otro... Y yo le
explicaré, para que todo se aclare. No, no me interrumpa, aguarde un
poco, por favor. Los otros días, cuando lloré, usted hubiera debido
adivinar que comencé llorando como fingimiento, para concluir llorando
por la idea de que no podía dejar de hacerle sufrir... Me dominaba el
espíritu de la perversidad. Es espantoso cuando una se siente así
poseída por esa maldad extraña... No fui yo, fue mi maldad la que le ha
simulado indiferencia, la que ha buscado el amor de Castilla, la que le
ha hecho sufrir. Perdóneme, Muñoz, a usted lo quise siempre y ya es
tiempo de que nos comprendamos. Se lo exijo... se lo pido.
Muñoz la miró con asombro. Después, levantándose, llamó con voz muy
alterada a Charito y a Lucía.
--No podrían ustedes imaginarse lo que ella acaba de decirme. Con
seguridad se trata de una nueva farsa, parecida a la farsa de las
cartas... parecida...
Se interrumpió de golpe y las miró, ruborizándose y como arrepentido de
haber provocado una situación incómoda.
--Tenga más calma, Muñoz, dijo Adriana con dulzura. Siéntese aquí, al
lado mío. Y ustedes perdónenle. ¡Ha sufrido tanto por mi culpa!
--¿Pero qué lío es este, Adriana? interrogó Charito con aire de sorpresa
y de reproche.
--Ya lo sabrás, cuestión de algunos minutos. Todo se aclarará. Ya lo
sabrás también tú, Lucía, aunque sospecho que también te estabas
enamorando un poco de Muñoz... ¿Qué le decías, con tanto mimo, cuando yo
entre? No, no quiero saberlo. Te lo perdono y ahora te pido por favor
que no digas nada, que no nos interrumpas. Tú también, Charito. Venga
aquí, Muñoz, venga.
Volvió él a sentarse. Las manos le temblaban. Sus facciones tenían una
expresión de pasmo. Nunca la había sentido más lejos de su alma, ni más
inasequible. Su instinto percibía una misteriosa falsedad en aquella
sumisa actitud de Adriana.
--Si usted me hubiese escuchado hasta el fin, prosiguió ella, nos
habríamos ahorrado esta interrupción tan desagradable. Déjelas conversar
allí, mientras no solucionemos el asunto. Me es horriblemente penoso
tener que emplear tantos argumentos. Óiga... para no gastar palabras
inútiles y sobre todo para no hacerle afirmaciones que usted puede poner
en duda, no he de repetirle que lo quiero... pero en cambio le propongo
algo que será una prueba decisiva de mi sinceridad.
--Adriana, deje primero que le haga una última súplica. Si no fuese
verdad lo que me dice ahora, si esas palabras, que me parece oír
soñando, fuesen como aquellas cartas que usted desmentía siempre,
después de escribirlas... o si no está segura de hablarme con
sinceridad, como lo asegura, yo le pido, yo la conjuro... No, un golpe
más yo no podría soportarlo.
--Por eso, para que usted pierda toda mala sospecha, para que no quede
la posibilidad de un engaño y todo se aclare por sí solo, voy a
proponerle, si acaso usted no ha empezado a despreciarme, que nos
casemos... No es el antiguo compromiso que yo exigía lo mantuviéramos
secreto; la prueba que quiero darle es inmediata, ya mismo, en estos
días. Pídame mañana a mamá... Aunque es inútil, ya le he dicho yo a mamá
que nos casaremos en seguida si usted no hubiera desistido. Disponga de
mí. Le suplicaría que nos casáramos cuanto antes. Soy suya, enteramente
suya. Iremos los dos, usted y yo, a la gran felicidad, a esa gran
felicidad que soñé, que soñé tanto en estos días, y rezando delante de
la Virgen, en la iglesia de Nueva Pompeya...
Dijo con exaltación las últimas frases, palideciendo. Muñoz la
contemplaba sin poder hacerse a la idea de que sus angustias concluían y
de que Adriana sería suya.
--¡Adriana! ¡Adriana!
Ella se quedó como extática, cayó de rodillas, pero casi dando la
espalda a Muñoz. Alzó la mirada, juntó las manos en actitud de
apasionado arrebato; le caían lágrimas de los ojos fijos. Mientras
pronunciaba las palabras decisivas que le apartaban de Julio para
siempre, en medio de la sombra de su congoja una especie de júbilo le
nacía, como una luz, y le bañaba el semblante. Muñoz, maravillado,
creyendo soñar, tomó entre las suyas aquellas dos manos juntas.
--¡Adriana! ¿Puedo creer a mis ojos? ¿Puedo pensar que esta alegría es
alegría de su ternura por mí?
--Sí, Muñoz. A usted lo he querido siempre, lo he querido siempre.
Pero ella ya no estaba en sus palabras, y ni siquiera sentía el contacto
de las manos de Muñoz.