XXII

Precisamente a esa hora del anochecer salía Muñoz de la casa de Julio.

Le había esperado durante dos horas, a pesar de afirmarle el sirviente

que no volvería antes de la una. Le hubiera esperado dos horas más, por

la sensación de oscuro alivio que le produjo estarse allí, solo, y

sentado al escritorio y entre las cosas de un hombre a quien odiaba

ahora con toda su alma. Pero no se quedó más tiempo por cierto temor:

había sacado de su marquito de plata un retrato de Adriana y después de

romperlo se había metido los fragmentos en el bolsillo. Era indudable

que el sirviente, al entrar, podría advertir la desaparición; le hubiera

preocupado mucho menos la idea de que pudiese advertirlo Julio.

Nada le hacía más daño, en aquellos momentos, que el recuerdo cercano de

la Adriana transfigurada por misteriosa luz de bondad, y no podía

soportar la suposición de que la bondad le hubiese nacido con el amor a

Julio. A éste le exigiría, y tal era el propósito de su fracasada

visita, un esclarecimiento definitivo para sus tristes dudas. Lo malo

estaba en que había escrito a ella suplicándole, para esa misma noche,

la última entrevista en casa de Charito, contando con ir en seguida que

Julio le pusiera al corriente de toda la verdad. Pero le tranquilizó la

amarga evidencia de que Adriana no iría a casa de Charito. "¿Cómo pudo

ocurrírseme, pensó, que ella me tendrá en cuenta ahora, justamente ahora

que todas sus preocupaciones van hacia Lagos? Se habrán citado, con

seguridad, en alguna parte, en casa de las muchachas fantásticas, por

ejemplo. Tal vez han pasado toda la tarde allí. Y he sido tan torpe para

no adivinarlo. Y habrán quedado a comer, los dos, para luego seguir

conversando; por eso me ha dicho el sirviente que no volvería antes de

la una".

Y Muñoz experimentaba una nueva y muy extraña sensación de desahogo

revolviéndose en el corazón, mediante tales conjeturas, el puñal

atravesado de los celos.

Pero no había andado veinte pasos por la acera, cuando vio llegar a

Julio en un carruaje. Chistó al cochero, subió y se sentó al lado de su

rival. Por la emoción misma no advirtió la falta de respuesta que había

seguido a su breve saludo. Ambos bajaron del carruaje sin haber

conversado una palabra.

--Debías echar a tu sirviente--dijo Muñoz al fin;--me aseguró que no

volverías hasta la madrugada.

Luego le detuvo en el vestíbulo, por la idea del retrato desaparecido,

cuyos fragmentos apretaba nerviosamente en el bolsillo. Entonces, como

Julio, sin atenderle, se dejara caer en un sillón, le miró: había

cerrado los ojos, palidísimo, y apoyaba la cara de perfil en el

respaldo; una de sus manos colgaba inerte.

Se sorprendió Muñoz extraordinariamente. En seguida una alegría

frenética le agitó. Adriana, sin duda, había hecho una de las suyas, se

había burlado de Julio. La sospecha se le hizo certidumbre; recordó que

también él había regresado una vez a su casa así, abrumado, aplastado

por uno de aquellos fríos desaires con que ella acostumbraba a

contradecir la hechicería de su dulzura. No era, pues, la única víctima.

Experimentaba, pensando esto, un alivio para todos sus celos. Adriana,

como una divinidad, prodigaba a capricho su favor y su desdén sobre los

infortunados que alzaban hacia ella los ojos. Y Julio también se

humillaría, Julio también buscaría avergonzado la mediación de Charito,

y acaso en la mañana de los domingos, para la misa de las once, se

deslizaría como él, furtivamente, en la iglesia del Socorro, por el

miserable consuelo de contemplarla arrodillada en la penumbra.

Y como si Julio le hubiese efectivamente confesado la innegable causa de

su abatimiento:

--Yo te lo advertí muy sinceramente aquella vez, en casa de Charito.

Adriana es una muchacha perversa, diabólica. Lo declaran sus amigas

mismas: Charito, por ejemplo. Ella goza en hacer sufrir, su

voluptuosidad es esa. Pero tú, en vez de hacerme caso, tomaste su

defensa, ¡te pusiste a idealizarla!... Se detuvo, sintiendo que la

inflexión floja de su voz traslucía la satisfacción vengativa que le

subía de las entrañas.

Luego le entró cierta lástima y sentándose en un brazo del sillón,

sacudió a Julio. Le vio abrir los ojos y fijarlos en él cansadamente.

--¿Pero qué ha pasado, al fin?--le preguntó.

--Nada. Estoy muy bien.

Y los párpados volvieron a recaerle sobre los ojos. La alegría de Muñoz

desapareció, sustituida por una idea espantosa.

--¡Adriana ha muerto!

Julio movió negativamente la cabeza, y su mano, alzándose como la de un

enfermo, tomó la de Muñoz.

--No puedo explicarte nada. No hay nada que explicar. Vengo de allá. Si

quieres hacerme un gran bien, ahora, déjame solo. La parte de la tierra,

tal vez, te corresponda a ti.

Muñoz no pudo sacarle más una palabra. Y se retiró intrigado por aquella

última frase. En la calle tiró los fragmentos del retrato de Adriana.

Pero al punto, desandando el trecho andado, volvió a recogerlos.

* * *

Durante largo rato todavía quedó Julio abatido por la gravedad de la

imprevista catástrofe. Francisco, su sirviente, se había acercado varias

veces, de puntillas, sin valor para llamarle.

Julio al fin se levantó, echó sobre Francisco una mirada vaga y entrando

al escritorio lo alumbró. Vio el marco vacío y comprendió que Muñoz

había robado el retrato. No atribuyó a esto mayor importancia. Apenas si

podía comenzar a recoger sus energías para considerar el doloroso suceso

que había caído como un rayo sobre la plenitud de su dicha. Todo aun

eran imágenes que rápidamente pasaban y volvían a pasar en su

cavilación: así la silueta de Adriana huyendo con el pañuelo sobre los

ojos, inútilmente llamada por los alarmados gritos de Zoraida, o la cara

consternada de Carmen cuando les refirió lo sucedido con la lectura del

diario.

Arrancándose a la impresión que pesaba sobre él como un manto de plomo,

pudo ponerse, poco a poco, al análisis de la situación, a ese extraño

análisis que suele desprenderse del espíritu formando como un espíritu

nuevo, fríamente lúcido y despojado de todo lo que al otro apasiona y

conturba. Asoció las circunstancias del caso, y meditando sobre cada uno

de sus aspectos, contempló las cosas como si se tratara de un drama

ajeno. ¿Qué sucedería ahora? ¿Qué actitud tomaría Adriana ante él y con

relación a la pobre Laura? ¿Y cuál sería su propia actitud?

Se formuló por orden estas preguntas, para derivar consecuencias

lógicas. Pronto empezaron a brillar las terribles respuestas. Era

evidente, desde luego, que su amor por Adriana había cambiado de sentido

y de realidad. El viento de la triste tragedia se llevaba consigo la

atmósfera de ensueño que les envolviera durante aquellos últimos meses.

Desvanecido el encanto, tanto Adriana como él rehuirían seguramente la

ocasión de encontrarse y la posibilidad de cualquier mezquina

transigencia, y esto a causa de la tendencia angélica que habían tomado

sus sentimientos en las alturas ideales. Más valdría, sin duda, que

ningún azar volviese a juntarlos nunca: a la desesperación de no poder

mirarse ya con los mismos ojos ni sentirse con la misma alma, era

preferible la larga pesadumbre de una separación definitiva. El

idealismo ardiente que los había unido, alzaba ahora entre ellos una

muralla de desolación.

A ratos, como vencido por esta hostil certidumbre, el espíritu de

análisis flaqueaba, y Julio recaía en la contemplación interior de su

tristeza, ¡Cómo había cambiado todo, repentinamente! Su vida la hubiese

dado sin vacilar a cambio de que retrocedieran los acontecimientos y a

ocultas del sombrío presente le fuera concedida una hora del hechizo

muerto: ¡una hora revivir con Adriana la tranquilidad de las

conversaciones que traían, a lo íntimo de sus almas, los júbilos alados!

Tuvo la sensación indecible de que en aquella tarde habían pasado años y

años. Y ni siquiera podía reconstruir el cercano recuerdo. La cara de

Adriana se le representaba cubierta por el dolor. Julio cansaba su

imaginación sin lograr que aquellos ojos tomaran para él la dulzura

conocida.

Hasta la voz de Adriana se modulaba en su memoria con una inflexión

distinta: aquella voz que más de una vez escuchara desatendiendo adrede

el sentido de lo que ella hablaba, para sólo percibir el secreto de la

idea en el rumor musical de las palabras.

¿Y Laura? Era fácil imaginar la consternación de su alma exquisitamente

susceptible. En otro tiempo y otras circunstancias, el conocimiento de

aquella pasión tan celosamente oculta, hubiera sido para él motivo de

insensata delicia. Ahora era causa de aflicción, con un algo de

reminiscente melancolía. Se le representaron los días en que ella le

intimidaba con sus desvíos vagos, cuando en las frases de Julio moría la

indecisa ternura como flor que al punto de brotar se hiela. Había

concluido por ver, en el excesivo afecto amistoso que le demostrara

ella, la manera de un fino agradecimiento, para compensarle de no poder

corresponder al adivinado deseo de adoración. Después, ya en pleno

idilio con Adriana, solía preguntarse, intrigado aún, si alguna llama de

amor no habría flotado invisible para él, entre aquellos desvíos, que

tan mansamente contradecían la atención demasiado seria y dulce con que

otras veces le escuchaba.

Meditando de esta suerte, le entraba gran lástima y piedad para Laura,

para Adriana y para sí mismo.

Procuró adivinar el probable porvenir de Adriana. Sin duda ningún otro

amor nacería nunca en su corazón. Pero la vida y el ambiente recobrarían

sobre ella sus derechos. Revestida entonces de una engañosa

superficialidad, se recogería en esa penumbra íntima que suele ser, para

las mujeres semejantes a ella y a las Aliaga, el ignorado refugio de los

ensueños, el mundo interior que nadie sospecha.

Mucho antes de conocerla, ya su anhelo de ideal, apartándole de los

afectos comunes, había tomado un camino casi místico hacia la adoración

de aquel cierto tipo porteño cuya originalidad le asombrara y sedujera

como una fina revelación. Y había amado un poco a todas las mujeres que

de él traían algún inconfundible signo, en el óvalo suave, en la sombra

de una mirada serena, en la gracia de una actitud o en la ligera armonía

del andar.

Recordó la noche en que se explayara acerca de este tema, en una salita

del Jockey Club, con Ricardo Muñoz.

Sí, era indudable que Adriana aceptaría a la larga, divina resignada, la

realidad del mundo, casándose, al azar, con un hombre que no llegaría a

conocerla nunca.

Y la vio alzarse ahora como una bella imagen, iluminada por el

sacrificio y despojada de toda materialidad.

Julio entraba, poco a poco, en una tranquilidad semejante a la que

suelen experimentar algunos, a la hora de la muerte, cuando los sentidos

ya sólo subsisten para dar, al espíritu lúcido, una última y original

visión de la vida que dulcemente les abandona.

Pero de súbito la miseria humana le dominó, como una alimaña que le

hubiera saltado a los hombros. Pensó con desagrado en la visita de

Muñoz. ¿Acaso le había atraído a su casa un mal instinto, como atrae al

buitre el olor de la presa? Miró con gesto sombrío el marquito de plata

vacío, y ahora el robo del retrato le irritó. Inútilmente procuraba

rehacer en la memoria la frase que se le había ocurrido en el momento de

irse Muñoz. Y sintió que se le metía en el alma la flaqueza de los

celos. Ya no pudo pensar en ella como en una Beatriz inmaterial; sus

pensamientos se quedaban abajo. Y vio lucir en el aire, reflejados desde

el fondo de su espíritu, los ojos turbios de la Angustia.

Adriana Zumarán (novela) · 第 24 / 31 题