Precisamente a esa hora del anochecer salía Muñoz de la casa de Julio.
Le había esperado durante dos horas, a pesar de afirmarle el sirviente
que no volvería antes de la una. Le hubiera esperado dos horas más, por
la sensación de oscuro alivio que le produjo estarse allí, solo, y
sentado al escritorio y entre las cosas de un hombre a quien odiaba
ahora con toda su alma. Pero no se quedó más tiempo por cierto temor:
había sacado de su marquito de plata un retrato de Adriana y después de
romperlo se había metido los fragmentos en el bolsillo. Era indudable
que el sirviente, al entrar, podría advertir la desaparición; le hubiera
preocupado mucho menos la idea de que pudiese advertirlo Julio.
Nada le hacía más daño, en aquellos momentos, que el recuerdo cercano de
la Adriana transfigurada por misteriosa luz de bondad, y no podía
soportar la suposición de que la bondad le hubiese nacido con el amor a
Julio. A éste le exigiría, y tal era el propósito de su fracasada
visita, un esclarecimiento definitivo para sus tristes dudas. Lo malo
estaba en que había escrito a ella suplicándole, para esa misma noche,
la última entrevista en casa de Charito, contando con ir en seguida que
Julio le pusiera al corriente de toda la verdad. Pero le tranquilizó la
amarga evidencia de que Adriana no iría a casa de Charito. "¿Cómo pudo
ocurrírseme, pensó, que ella me tendrá en cuenta ahora, justamente ahora
que todas sus preocupaciones van hacia Lagos? Se habrán citado, con
seguridad, en alguna parte, en casa de las muchachas fantásticas, por
ejemplo. Tal vez han pasado toda la tarde allí. Y he sido tan torpe para
no adivinarlo. Y habrán quedado a comer, los dos, para luego seguir
conversando; por eso me ha dicho el sirviente que no volvería antes de
la una".
Y Muñoz experimentaba una nueva y muy extraña sensación de desahogo
revolviéndose en el corazón, mediante tales conjeturas, el puñal
atravesado de los celos.
Pero no había andado veinte pasos por la acera, cuando vio llegar a
Julio en un carruaje. Chistó al cochero, subió y se sentó al lado de su
rival. Por la emoción misma no advirtió la falta de respuesta que había
seguido a su breve saludo. Ambos bajaron del carruaje sin haber
conversado una palabra.
--Debías echar a tu sirviente--dijo Muñoz al fin;--me aseguró que no
volverías hasta la madrugada.
Luego le detuvo en el vestíbulo, por la idea del retrato desaparecido,
cuyos fragmentos apretaba nerviosamente en el bolsillo. Entonces, como
Julio, sin atenderle, se dejara caer en un sillón, le miró: había
cerrado los ojos, palidísimo, y apoyaba la cara de perfil en el
respaldo; una de sus manos colgaba inerte.
Se sorprendió Muñoz extraordinariamente. En seguida una alegría
frenética le agitó. Adriana, sin duda, había hecho una de las suyas, se
había burlado de Julio. La sospecha se le hizo certidumbre; recordó que
también él había regresado una vez a su casa así, abrumado, aplastado
por uno de aquellos fríos desaires con que ella acostumbraba a
contradecir la hechicería de su dulzura. No era, pues, la única víctima.
Experimentaba, pensando esto, un alivio para todos sus celos. Adriana,
como una divinidad, prodigaba a capricho su favor y su desdén sobre los
infortunados que alzaban hacia ella los ojos. Y Julio también se
humillaría, Julio también buscaría avergonzado la mediación de Charito,
y acaso en la mañana de los domingos, para la misa de las once, se
deslizaría como él, furtivamente, en la iglesia del Socorro, por el
miserable consuelo de contemplarla arrodillada en la penumbra.
Y como si Julio le hubiese efectivamente confesado la innegable causa de
su abatimiento:
--Yo te lo advertí muy sinceramente aquella vez, en casa de Charito.
Adriana es una muchacha perversa, diabólica. Lo declaran sus amigas
mismas: Charito, por ejemplo. Ella goza en hacer sufrir, su
voluptuosidad es esa. Pero tú, en vez de hacerme caso, tomaste su
defensa, ¡te pusiste a idealizarla!... Se detuvo, sintiendo que la
inflexión floja de su voz traslucía la satisfacción vengativa que le
subía de las entrañas.
Luego le entró cierta lástima y sentándose en un brazo del sillón,
sacudió a Julio. Le vio abrir los ojos y fijarlos en él cansadamente.
--¿Pero qué ha pasado, al fin?--le preguntó.
--Nada. Estoy muy bien.
Y los párpados volvieron a recaerle sobre los ojos. La alegría de Muñoz
desapareció, sustituida por una idea espantosa.
--¡Adriana ha muerto!
Julio movió negativamente la cabeza, y su mano, alzándose como la de un
enfermo, tomó la de Muñoz.
--No puedo explicarte nada. No hay nada que explicar. Vengo de allá. Si
quieres hacerme un gran bien, ahora, déjame solo. La parte de la tierra,
tal vez, te corresponda a ti.
Muñoz no pudo sacarle más una palabra. Y se retiró intrigado por aquella
última frase. En la calle tiró los fragmentos del retrato de Adriana.
Pero al punto, desandando el trecho andado, volvió a recogerlos.
* * *
Durante largo rato todavía quedó Julio abatido por la gravedad de la
imprevista catástrofe. Francisco, su sirviente, se había acercado varias
veces, de puntillas, sin valor para llamarle.
Julio al fin se levantó, echó sobre Francisco una mirada vaga y entrando
al escritorio lo alumbró. Vio el marco vacío y comprendió que Muñoz
había robado el retrato. No atribuyó a esto mayor importancia. Apenas si
podía comenzar a recoger sus energías para considerar el doloroso suceso
que había caído como un rayo sobre la plenitud de su dicha. Todo aun
eran imágenes que rápidamente pasaban y volvían a pasar en su
cavilación: así la silueta de Adriana huyendo con el pañuelo sobre los
ojos, inútilmente llamada por los alarmados gritos de Zoraida, o la cara
consternada de Carmen cuando les refirió lo sucedido con la lectura del
diario.
Arrancándose a la impresión que pesaba sobre él como un manto de plomo,
pudo ponerse, poco a poco, al análisis de la situación, a ese extraño
análisis que suele desprenderse del espíritu formando como un espíritu
nuevo, fríamente lúcido y despojado de todo lo que al otro apasiona y
conturba. Asoció las circunstancias del caso, y meditando sobre cada uno
de sus aspectos, contempló las cosas como si se tratara de un drama
ajeno. ¿Qué sucedería ahora? ¿Qué actitud tomaría Adriana ante él y con
relación a la pobre Laura? ¿Y cuál sería su propia actitud?
Se formuló por orden estas preguntas, para derivar consecuencias
lógicas. Pronto empezaron a brillar las terribles respuestas. Era
evidente, desde luego, que su amor por Adriana había cambiado de sentido
y de realidad. El viento de la triste tragedia se llevaba consigo la
atmósfera de ensueño que les envolviera durante aquellos últimos meses.
Desvanecido el encanto, tanto Adriana como él rehuirían seguramente la
ocasión de encontrarse y la posibilidad de cualquier mezquina
transigencia, y esto a causa de la tendencia angélica que habían tomado
sus sentimientos en las alturas ideales. Más valdría, sin duda, que
ningún azar volviese a juntarlos nunca: a la desesperación de no poder
mirarse ya con los mismos ojos ni sentirse con la misma alma, era
preferible la larga pesadumbre de una separación definitiva. El
idealismo ardiente que los había unido, alzaba ahora entre ellos una
muralla de desolación.
A ratos, como vencido por esta hostil certidumbre, el espíritu de
análisis flaqueaba, y Julio recaía en la contemplación interior de su
tristeza, ¡Cómo había cambiado todo, repentinamente! Su vida la hubiese
dado sin vacilar a cambio de que retrocedieran los acontecimientos y a
ocultas del sombrío presente le fuera concedida una hora del hechizo
muerto: ¡una hora revivir con Adriana la tranquilidad de las
conversaciones que traían, a lo íntimo de sus almas, los júbilos alados!
Tuvo la sensación indecible de que en aquella tarde habían pasado años y
años. Y ni siquiera podía reconstruir el cercano recuerdo. La cara de
Adriana se le representaba cubierta por el dolor. Julio cansaba su
imaginación sin lograr que aquellos ojos tomaran para él la dulzura
conocida.
Hasta la voz de Adriana se modulaba en su memoria con una inflexión
distinta: aquella voz que más de una vez escuchara desatendiendo adrede
el sentido de lo que ella hablaba, para sólo percibir el secreto de la
idea en el rumor musical de las palabras.
¿Y Laura? Era fácil imaginar la consternación de su alma exquisitamente
susceptible. En otro tiempo y otras circunstancias, el conocimiento de
aquella pasión tan celosamente oculta, hubiera sido para él motivo de
insensata delicia. Ahora era causa de aflicción, con un algo de
reminiscente melancolía. Se le representaron los días en que ella le
intimidaba con sus desvíos vagos, cuando en las frases de Julio moría la
indecisa ternura como flor que al punto de brotar se hiela. Había
concluido por ver, en el excesivo afecto amistoso que le demostrara
ella, la manera de un fino agradecimiento, para compensarle de no poder
corresponder al adivinado deseo de adoración. Después, ya en pleno
idilio con Adriana, solía preguntarse, intrigado aún, si alguna llama de
amor no habría flotado invisible para él, entre aquellos desvíos, que
tan mansamente contradecían la atención demasiado seria y dulce con que
otras veces le escuchaba.
Meditando de esta suerte, le entraba gran lástima y piedad para Laura,
para Adriana y para sí mismo.
Procuró adivinar el probable porvenir de Adriana. Sin duda ningún otro
amor nacería nunca en su corazón. Pero la vida y el ambiente recobrarían
sobre ella sus derechos. Revestida entonces de una engañosa
superficialidad, se recogería en esa penumbra íntima que suele ser, para
las mujeres semejantes a ella y a las Aliaga, el ignorado refugio de los
ensueños, el mundo interior que nadie sospecha.
Mucho antes de conocerla, ya su anhelo de ideal, apartándole de los
afectos comunes, había tomado un camino casi místico hacia la adoración
de aquel cierto tipo porteño cuya originalidad le asombrara y sedujera
como una fina revelación. Y había amado un poco a todas las mujeres que
de él traían algún inconfundible signo, en el óvalo suave, en la sombra
de una mirada serena, en la gracia de una actitud o en la ligera armonía
del andar.
Recordó la noche en que se explayara acerca de este tema, en una salita
del Jockey Club, con Ricardo Muñoz.
Sí, era indudable que Adriana aceptaría a la larga, divina resignada, la
realidad del mundo, casándose, al azar, con un hombre que no llegaría a
conocerla nunca.
Y la vio alzarse ahora como una bella imagen, iluminada por el
sacrificio y despojada de toda materialidad.
Julio entraba, poco a poco, en una tranquilidad semejante a la que
suelen experimentar algunos, a la hora de la muerte, cuando los sentidos
ya sólo subsisten para dar, al espíritu lúcido, una última y original
visión de la vida que dulcemente les abandona.
Pero de súbito la miseria humana le dominó, como una alimaña que le
hubiera saltado a los hombros. Pensó con desagrado en la visita de
Muñoz. ¿Acaso le había atraído a su casa un mal instinto, como atrae al
buitre el olor de la presa? Miró con gesto sombrío el marquito de plata
vacío, y ahora el robo del retrato le irritó. Inútilmente procuraba
rehacer en la memoria la frase que se le había ocurrido en el momento de
irse Muñoz. Y sintió que se le metía en el alma la flaqueza de los
celos. Ya no pudo pensar en ella como en una Beatriz inmaterial; sus
pensamientos se quedaban abajo. Y vio lucir en el aire, reflejados desde
el fondo de su espíritu, los ojos turbios de la Angustia.