--Puedes leerla también, ya no quiero tener ningún secreto para ti. Has
vuelto a ser mi hermana querida.
Adriana, diciendo esto, retuvo a Raquel y leyeron juntas una carta que
le habían traído de Muñoz. Le anunciaba su intención de irse al campo,
por una temporada muy larga. "Hágame saber, concluía, si podrá recibirme
en su casa. Es una súplica; en caso de no obtener contestación iré a
casa de Charito, de todos modos, esta noche, por si usted resuelve
hacerme la caridad de atender algunas últimas palabras mías".
--¡Pobre muchacho!--suspiró Raquel.--Pero tú no debes ir, porque sería
alentarlo.
--No, no iré; no podría ir.
Y Adriana, entristecida, se cubrió la cara con las manos. Pero luego,
tomando la carta se puso a romperla, lentamente, en pedacitos que echaba
al suelo, uno por uno. Y su lástima se desvanecía en la sensación de su
dicha.
Recordando que no habían convenido con Julio dónde se verían esa tarde,
decidió ir a casa de las Aliaga. Acaso Julio estaba allí. Por otra
parte, la anemia de Laura le había dejado una penosa preocupación. La
recibió Carmen con aire muy alegre; pero esquivando su mirada parecía
reprimir con trabajo las ganas de reír.
--José Luis, dijo al fin, viene ahora casi todos los días, ¿sabes?
La alegría iluminó también la cara de Adriana. Carmen comenzó entonces a
reír con todas sus ganas.
--¿Se ha reconciliado con Laura?
--No, ¿por qué se te ocurre eso?
--Si dices que viene ahora todos los días...
--Pero Laura no es la única que puede inspirar amor... Imagínate: ¡ahora
me festeja a mí!
--¡Te festeja a ti!
--Sí; Laura ya no le interesa... ¿Pero por qué te pones triste?
--¡Oh, no, no! Y Adriana le tomó las manos, procurando también reír.
--Los muchachos como José Luis--prosiguió Carmen--sirven para distraerle
a una la pena del gran amor que nos hace falta. Es muy posible que venga
hoy.
Hablando así la llevó a su cuarto. Se miró en un espejo, atentamente, y
con la punta del peine hizo caer sobre la blancura mate de su frente una
ligera mecha del fino cabello dorado. Se puso después un poco de rojo
en las mejillas y humedeció sus labios con agua de rosa.
--¿Ves como estoy así más linda? No creas que tengo costumbre de
pintarme; solamente me pinto cuando estoy demasiado pálida, como hoy,
por una razón estética. No hago más que igualarme, igualar mi cara a la
que tengo los demás días. Volviendo a José Luis, yo no pienso hacerle
caso. Pero me hace mucha gracia oírle decir aquellas mismas cosas que en
otro tiempo eran para Laura. No ha cambiado de vocabulario. Tiene todo
un catálogo de galanterías preciosas. Pero verás. Ayer nos habíamos
quedado solos. Empezaron las palabras dulces. De repente le
interrumpo:--No, no quiero que me diga "eso". Se quedó él
asombrado.--¿Por qué, Carmencita?--Porque "eso", textualmente, ya se lo
escribió usted a Laura en una carta hace años. Se puso todo colorado. Un
poco de caso le estoy haciendo, claro está. Pero no creas que Laura se
ha resentido. Al contrario, me estimula. ¿Sabes que ahora tampoco la
comprendo a Laura? Algo raro debe pasarle. Creo que a José Luis le tiene
desprecio. Y está delgadísima, la pobre. Hoy llamamos al doctor Castro
Fernández. Nos dijo que la anemia se agrava y que conviene llevarla al
campo, en cuanto empiece la primavera.
Adriana sintió que el corazón se le oprimía.
--Ah, ¡cómo has podido reírte así!--murmuró casi sin voz.
Carmen también se entristeció. Pero pronto, animándose de nuevo:--Laura
y Zoraida están ahora arriba con abuelita. Vamos nosotras al cuarto de
Laura. La vi escribiendo hoy por más de una hora, en su diario. Puede
ser que hallemos la llave del armario... ¿Comprendes?
Subieron. El diario estaba allí, sobre la mesita escritorio; Laura había
olvidado guardarlo.
--¡Qué casualidad divina!--exclamó Carmen; y en seguida, ávidamente, se
dispuso a leerlo. Adriana se sentó junto a ella, pero sus manos
temblaban. En las hojas de aquel ancho cuaderno de satinadas tapas
negras, presentía una dolorosa revelación.
En tanto Laura, recordando vagamente que había dejado el diario en la
mesita, bajaba la escalera del vestíbulo. Pero se paró, indecisa, como
retenida por una preocupación. Los hermosos ojos se quedaron mirando el
vacío, con aquel su modo de juntar la negrura de las pupilas con la
negrura de las pestañas. En su cara se habían afilado las líneas de la
nariz, las sienes acusaban finamente el rasgo de las venas azules.
Parecía una cara tallada en marfil.
Abajo el pesado péndulo del reloj llenaba la amplitud del vestíbulo con
un ruidito inquieto, triste.
Laura siguió bajando. Pero cuando ya se dirigía a su habitación, donde
hubiera sorprendido a las lectoras de su diario, oyó sonar el timbre de
la puerta de calle. Entró Julio.
No cambió la mirada de Laura.
--¿Quiere subir ya? Algo enferma está hoy abuelita. ¿Por qué tantos días
sin venir?
Y su voz, arrastrando ligeramente las sílabas, tenía un dejo resignado,
manso.
Se sentaron.
--Usted también está enferma--murmuró Julio. Y mientras la iba
observando, el sufrimiento de Laura se comunicaba a su semblante.
--Hoy Adriana no está, dijo ella. Hace días que tampoco viene... Ojalá
llegara...
--¿Por qué, Laura?
--¡Se querrán ya tanto, usted y ella!
Era la primera vez que Laura, hablando con Julio, aludía a esta
pasión.--Tal vez a usted le sorprenda oírme hablar así... o más bien...
debe haberle llamado la atención de que únicamente yo no le diese nunca
una broma con Adriana. Confiese que le ha sorprendido.
--Me hizo pensar, más bien...
--¿Lo inquietó? ¡Qué tontera! Yo esperaba, para darles bromas, y para
ayudarlos, que se enamoraran los dos completamente. Antes de resolverme,
en un asunto tan grave, quería comprobar que se trataba realmente de un
gran amor.
--Esperaba usted eso... Y en caso...
--Sí, eso, convencerme de que había sobrevenido, para ustedes dos, la
pasión ideal; que usted le daría efectivamente esa dicha que sólo se
realiza para una muchacha entre miles que la hemos soñado y la estamos
soñando con el mismo deseo, con la misma ternura... En fin, usted
penetra en las almas con tanta fineza... Yo sé porqué se queda callado.
Me hace gracia. En sus ojos lo estoy leyendo todo, Julio. Hasta la pena
de seguir mirándome, para no traicionarse. Soy una perversa, le estoy
sugiriendo cantidad de cosas que naturalmente le hacen sufrir. Es que me
aburría tanto, hoy, y esta idea de que me llevarán al campo, por la
anemia... Y como me aburría, me propuse hacer una experiencia; pero todo
es broma... Ahora, seriamente: antes usted era para mí un amigo mejor,
más franco, más bueno; los dos conversábamos con frecuencia, y llegué a
verlo como mi amigo único, un amigo insustituible, casi como un
refugio... Ya ve, ésta sí que es una gran confesión.
--¿Y he dejado de ser su amigo?
--Por lo menos ya no es el mismo. Yo me explico muy bien su adoración
por Adriana, y yo a ella la quiero también, con toda mi alma. Y en mi
cariño de amiga hay además un mérito que no tiene la adoración suya...
Un mérito que usted ha de ignorar siempre...
--Ahora, Laura, usted me habla con ese modo de intimidad que me gustaba
tanto... en las raras veces que usted me la concedía... Pero por la pena
de verla tan delgada y con esa carita de enferma, no puedo hacerme toda
la ilusión de que la amistad antigua continúa.
--Es por otra cosa que no puede hacerse la ilusión. Pero no importa, me
parece divino que hablemos encerrados los dos en la reminiscencia de
esa intimidad antigua.
Un brillo de febril alegría animó en un relámpago los ojos de Laura.
--¿Acaso ya no somos los mismos?
--Yo sí, Julio.
--No hablemos con enigmas. Usted cree, Laura, que mi amor por Adriana...
--¿Su amor por Adriana? ¡Ah! Usted anda despistado. Está imaginando
cosas que no tienen ningún fundamento. Nada hay de lo que usted
sospecha. Así, es inútil que me hable con ese modito de lástima.
--¿Pero qué sospeché yo? Le pido, le suplico que me hable con sencillez.
--No puedo hablarle con sencillez.
--¿Yo sospeché?...
--La sencillez sería el silencio, y por demasiado tiempo he hablado en
esa forma. También tiene su atractivo hablar complicadamente. Porque
todo cansa, Julio, hasta la poesía del silencio. ¿Cómo le gusto más?
¿Silenciosa o habladora? Créame que estoy azorada y que me desconozco.
No me soñé nunca semejante conversación. No haga caso, Julio. Hablo así
por la alegría de volver a conversar con usted.
--Y sin embargo desea, me lo ha dicho, que llegue Adriana.
--¡Y usted también, Julio! Usted más que yo... Si llega, no la dejaremos
subir. Nos quedaremos aquí, los tres, conversando sinceramente, hasta
confesar la intimidad más íntima de nuestros corazones. Le propongo una
cosa que será muy original: repetirle a ella hasta la última palabra de
nuestro diálogo, y después decir todo lo que pensamos y todo lo que
sospechamos. Será divino. Y entonces ya verá usted que sospechó mal...
Si "eso" fuera cierto, ¿se imagina que yo se lo hubiera dejado adivinar
nunca?
--¿Adivinar que usted pudiera quererme?
Laura, sorprendida por la inesperada pregunta, bajó los ojos y se puso a
reír; sus mejillas se habían coloreado.
--"Eso" sería un secreto mío que no podría sospechar usted nunca,
suponiendo que fuese cierto.
--¿Y no es cierto?
--Claro que no, Julio.
Y Laura, excitada, embellecía extraordinariamente. Sus ojos arrojaban un
brillo cada vez más febril.
--¡Laura! llamó Zoraida desde arriba.
--¿Qué quieres, Zoraida?--preguntó ella con tono de júbilo.
--¿Con quién estás?
--Con Julio. Ya iremos.
Luego, subiendo la escalera, su rostro recobró la calma, y dijo a Julio
en voz baja:--Ya ve usted que no hay motivos para sufrir, ni usted ni
yo. Ha sido una suerte que Zoraida llamase... He pasado unos días de
pena muy íntima, tanto que tal vez hubiese concluido por desahogarme,
por decirle toda la verdad... Que lo quiero como a un hermano... o
todavía más que a un hermano.
Ya llegaban. Se paró:--Por eso voy a pedirle una cosa, un favor...
escuche, no entremos todavía. No dejen pasar tanto tiempo sin venir,
usted y Adriana. Y cuando se casen... no nos olviden tampoco, vengan
siempre, vengan, por favor. Prométalo que vendrán, por lo menos en los
primeros meses...
Y Julio, mudo, la contemplaba con un asombro triste.