Iba a inaugurarse la nueva sección del Asilo de Nueva Pompeya. Charito
pidió a Julio que asistiera a la ceremonia y procurase llevar también
algunos amigos. ¿No era lamentable que los jóvenes inteligentes
demostraran, en su mayoría, ese despego ahora tan general para las cosas
del culto y hasta el mal gusto, a veces, de hacer ironías con la
religión? Esto se lo pedía, pues, con un especial interés.
Adriana escuchaba.
--Comienza por avisarle,--intervino Lucía Moreno,--que también Adriana
irá.
--No, a mí me ve todos los días, pero debe ir por la religión y por el
encanto de Nueva Pompeya. Su iglesia se ve desde el tren como una
miniatura. ¡Qué alegría, Julio! ¡Si usted supiera lo que me trae a la
memoria!
Y evocaba la tarde en que llegara a la ciudad murmurando los versos
melancólicos de "Christine" y la iglesia de Nueva Pompeya flotó suspensa
en la lejanía de la sombra violácea.
--Y nos pondremos de rodillas, Lucía, en esa iglesia. Lo he soñado.
Preguntó a Julio si había estado alguna vez en Nueva Pompeya.
--Sí, el año pasado. Después de una semana de lluvias, el Riachuelo se
había desbordado. Vi la inundación. Aquello es un arrabal de gentes muy
pobres, que viven en ranchos o en casitas hechas casi todas con planchas
de cinc y pintadas de verde y de rojo. Estas desaparecían bajo la
llanura de agua; sólo asomaban algunos techos, que se iban poco a poco
achicando. Por una calle más alta, que ya se había inundado también,
navegaba una canoa, larga y chata; traía hombres y mujeres casi
desnudos, salvados por marineros de la Prefectura. Iban echados sobre
fardos de ropa y miraban mudos la llanura de agua que se perdía hacia la
campaña del sur. Aquella escena, en un silencio mortal, hacía la
impresión del diluvio bíblico.
--¿Y la iglesia?--preguntó Adriana.
--La iglesia, edificada en esa calle algo más alta, parecía por
contraste una construcción enorme, una catedral. Y se tenía la impresión
de que sobrenadaba, como un milagro. El agua corría ya por el pavimento
del atrio, muy mansa, y lamía las paredes laterales. Algunos centímetros
más y la creciente invadiría el interior de la iglesia. Estaba abierta
de par en par, salía el olor del incienso quemado en la misa que
oficiaban para conjurar el desastre. Pasó por delante la embarcación
larga y chata; sus tripulantes vieron por un segundo el fondo de la
iglesia, y brillar y desaparecer el altar cuajado de cirios.
La llanura de agua copiaba invertida la fachada del templo. Sobre la
gran quietud vibró la campana en lo alto. Parecía una queja. El sonido
se expandió, muy dulcemente, y cada vibración, resbalando del
campanario, iba a besar la superficie del agua tranquila.
--¡Es como si lo estuviera viendo!--exclamó Lucía.
Adriana, después de escuchar algo que Charito le dijo en voz baja, se
acercó a Julio:
--Nosotras iremos mañana a Nueva Pompeya para la primera misa.
--¿Como a las siete, entonces?
--Sí, pero naturalmente usted no irá tan temprano.
Él prometió ir para la misma hora, aunque difícilmente encontraría
amigos que le acompañaran. Charito, condescendiendo, se conformó. Había
concluido por abandonar la causa de Muñoz, porque tenía poco
temperamento para sus afectos y para sus odios.
Adriana y Julio vivían ahora en una dicha excesiva y en esa zona de
adoración anormal que embellece a los amantes y los hace caros a la
muerte. Y no era la muerte, sin embargo, lo que se aproximaba a ellos en
la invisible trama de los acontecimientos.
También Raquel, al día siguiente, quiso ir con Adriana y Lucía a Nueva
Pompeya. Cuando llegaron amanecía. Vieron la iglesia alzarse por encima
del chato caserío; un débil reflejo dorado, que no era todavía sol, tocó
la cruz, y envolvía poco a poco el campanario; luego fue descendiendo
por los ladrillos del muro, y pronto el templo entero y todo el arrabal
se bañaban en la ligera claridad de oro.
Bajo el cielo que tomaba una tersura de esmalte, las miserables casuchas
de cinc pintado parecían despertar al nuevo día con una indiferencia
triste.
Aquella madrugada había helado, y chicos desarrapados, descalzos, se
divertían saltando sobre la escarcha y contemplándose luego los pies
horriblemente enrojecidos. El pobrerío se iba amontonando frente a la
iglesia.
En el atrio charlaban grupos de mujeres con niños de pecho raquíticos,
que gritaban de frío, sin inquietar por eso a sus madres. Un automóvil
de librea, llegando como exhalación, paraba sin ruido frente a la
iglesia. Damas abrigadas con pieles que les ocultaban el rosado rostro,
bajaban difundiendo un aire de elegancia y de riqueza. Pasaban por en
medio del pobrerío. Algunas distribuían al pasar, con una sonrisa
compasiva, todas las monedas que hallaban en sus pequeñas bolsas,
monedas que caían sobre aquella miseria como gotas al mar. Uno de los
arrapiezos corrió a un almacén y volvió saltando de alegría; traía en la
boca un cigarrillo y aspiraba el humo con fruición. De vez en cuando,
una elegante muchacha se detenía en mitad del atrio para acariciar la
carita sucia de un pequeñuelo y preguntar su edad a la madre; sus
compañeras la llamaban riendo y en cuanto llegaban al dintel de la
iglesia todas tomaban una expresión seria y recogida.
Adriana no quiso entrar en seguida. Le hacía una muy extraña impresión
aquella escena, le pareció que nunca había comprendido el contraste de
la opulencia y la miseria. Le chocaba la satisfacción fútil que se
reflejaba en el rostro de las que habían vaciado su bolsa de monedas,
para hacer caridad. "Sin duda, pensó, esto no me hubiera impresionado
antes". Durante toda la misa, continuó pensando en el sufrimiento de la
pobreza, en el drama sórdido que sin duda era la vida de aquella gente,
aunque la terrible inundación del Riachuelo no les anegara la escueta
vivienda. Más tarde, después de la misa, en la sala donde se cumplía la
ceremonia solemne de la inauguración, Adriana no pudo poner atención a
nada; oyó por intervalos el cuchicheo de las personas que tenía cerca de
sí, el discurso de circunstancias que leyó una señora, en el estrado,
junto al arzobispo, y todo aquello le produjo un efecto indefinible,
algo así como sucede a quien despierto apenas no alcanza todavía a
comunicarse con la realidad. Y tal estado de su espíritu no cambió
cuando la gran concurrencia apiñada salió de la sala, haciendo
bulliciosos comentarios que la aturdían, y demostrando un contento que
resplandecía por igual en todas las caras. Se encontró con amigas. Tuvo
que mezclarse a sus conversaciones, responder a las preguntas y a las
alusiones gentiles; algunas le daban bromas con Muñoz, otras con Julio.
Ella respondía al azar, equivocándose en las palabras, y hasta saludó
dos veces a un señor que le presentó Charito. Tenía la sensación de que
todas las gentes vivían ciegas en el mundo, asediadas por multitud de
preocupaciones triviales que las absorbían y les quitaban el sentimiento
de una realidad más profunda.
Iba cesando el rumoreo mundano. Las damas de la Comisión, después de
conversar un rato con el arzobispo, salieron acompañándole. Sólo
quedaban dos o tres grupos de personas. Uno de éstos lo formaban
Adriana, Lucía y Julio. Charito, secretaria de la Comisión, se había
reunido a departir todavía con las damas y el arzobispo, después de
prevenir a sus compañeras que no debían irse sin ella.
Adriana miró a Julio. La avasalló un deseo ardiente de compartir con él
todo lo que se agitaba en su alma.
Pronto Lucía los dejó solos junto a la iglesia cuyo atrio había quedado
desierto.
--Escúcheme, Julio--comenzó ella--hasta ahora nunca he alcanzado a
decirle lo que significa usted para mí...
--No importa, Adriana. Las palabras hubieran tal vez empobrecido la
claridad que de usted me llega. A veces me imagino en el caso de no
verla nunca más, y siento que continuaría queriéndola lo mismo, siempre.
Aunque... si a usted la pierdo, Adrianita, viviré sin vivir.
--Ya lo sé, ya lo sé, pero escúcheme, tal vez pueda expresarme... Si
ahora soy buena, lo debo a usted; seguramente es la mía una bondad
transitoria, que sin usted moriría. Lo veo tan rendido a mí, tan
humilde, tan bueno, cuando podría tenerme completamente dominada,
subyugada, y ¡jugar conmigo como con una pobre criatura sumisa! No sé: a
veces pienso que si yo pierdo toda clase de orgullo y de maldad es
porque usted no quiere usar del imperio que tiene sobre mí. Y debe ser
esta delicadeza suya la fuerza que más me domina. No, no se podría
querer más, Julio, no existe dicha comparable a esta mía. A veces tengo
miedo, se me ocurre que algo ha de sobrevenir para dañarnos, para
deshacer toda esta trama de ilusión. Cuando estoy sola, en casa, siento
impulsos de correr a buscarlo y sentirme suya y rechazar ese algo que
podría quitarnos la dicha que quiero. Y ahora, Julio, aguárdeme aquí con
ellas. No me diga una palabra, déjeme, voy a entrar en la iglesia. Voy a
rezar ahora que todo el mundo se ha ido. No, no me diga una palabra, no
podría resistir, ahora, una palabra suya.
Y corrió, muy alterada, hacia el interior del templo.
Un hombre de cabeza crespa y rojiza, vestido con traje de pana, andaba
apagando los cirios en el silencio de la pequeña nave. Adriana buscó un
rincón de penumbra y se recogió bajo una Virgen en cuya cara pintada
groseramente habían figurado lágrimas de cristal. El hombre vino,
caminando sin ruido; con su largo palo apagó, por encima de Adriana, los
dos cirios que alumbraban el pobre altar. Ella se anegó en una vaguedad
dulce y profunda. Murmuraban en su alma las sensaciones de aquellos
días, y la asaltó el escrúpulo de que se juntaban a la unción de su
espíritu vestigios profanos. Cerró entonces los ojos, apoyó la frente en
los pies de la imagen.
Algo, poco a poco, la enajenaba, algo que ya no era sensación ni
sentimiento, sus ideas se perdían hacia un fondo de claridad interior,
infinita; un vago canto la transportó. Y la iba abandonando toda noción
del mundo, en esta irradiación y en este vago canto; su propio ser se
desvanecía...
Algunos minutos después abrió los ojos y se miró las manos llenas de
lágrimas que no había sentido correr. Le pareció que había dormido un
sueño de siglos y que en la profundidad de este sueño había
experimentado un júbilo sin límites, intraducible por acentos de la
tierra.
Atravesó de nuevo la pequeña nave. Casi no sentía el suelo bajo los
pies. El hombre de cabeza crespa aguardaba a que ella saliera para
cerrar las puertas del templo.