XVIII

--¿Sabe, Muñoz, quién vendrá? Adriana. ¡Qué coincidencia! En este

momento iba a mandarle avisar a usted. Al fin se realizará la gran

entrevista. Pero lo peor--y se lo digo con el corazón en la mano--sería

para usted reanudar... ¡Qué miedo tengo de que ella le haga una escena

romántica para no cortar del todo con usted! Es una muchacha que goza

con hacer sufrir. ¡Lucía! ¡Lucía! No quiere oír que la llamo. Supo que

usted venía y ya no concluye de arreglarse. ¿Por qué no la festeja,

Muñoz? Es linda y buena. Festéjela, por lo menos durante algún tiempo.

Ella sabe hacer olvidar.

--¿Está usted segura, Charito, de que Adriana vendrá?

--¡Qué obsesión con Adriana! Sí vendrá. Pero escuche. ¿Quiere que le dé

un consejo? Cuando llegue Adriana, usted dedíquese a Lucía. Debe venir

también un mozo que ha empezado a festejarme, a mí; y entonces, si yo me

pongo a conversar con él y usted con Lucía, Adriana no tendrá más

remedio que "planchar".

Todo lo iba hablando Charito sin advertir que Muñoz se había puesto

pálido a las primeras palabras. Le costaba creer que Adriana vendría. Se

la representó avanzando entre los fieles arrodillados, alzada hacia el

altar su cara ligeramente atónita, bajo el ancho sombrero.

Había ella adquirido para su pensamiento un prestigio inasequible.

--¡Pero Muñoz, Muñoz, aquí está Lucía!--exclamó Charito,--¡salúdela!

Se levantó sorprendido, confuso, ante la joven que le miraba con su

gesto de amable curiosidad.

En ese momento apareció Adriana.

Cuando vio a Muñoz se entristeció, le tendió la mano casi con timidez.

Sus ojos expresaban dulzura y seriedad.

Lucía caminó rápidamente hacia ella.

--¡Qué bonita estás!--exclamó contemplándola con admiración.

En seguida, para dejarla con Muñoz, le hizo un signo de inteligencia,

agrandando los ojos y sonriendo; le dio la espalda y fue a tomarle las

manos a Charito. Su graciosa actitud hablaba: "¿Qué podrá pasar? Lástima

no poder oír lo que éstos van a decirse".

Murmurando en seguida algo en secreto a Charito, pero dejando notar a

propósito que inventaba un pretexto la llevó al saloncito contiguo.

Adriana se sentó. Muñoz, mudo, casi no la veía. La impresión de hallarse

de nuevo con ella, le infiltraba una extraña insensibilidad.

Sin atreverse a mirarla en los ojos, se puso a observar atentamente la

gargantilla de perlas en el triángulo de blancura que dejaba el breve

escote.

--¿No quiere ahora hablar conmigo, Muñoz?

Hizo ella esta pregunta en un tono ligero, casi de queja.

Cuando quiso él responder, sintió, aterrado, la inutilidad de todo lo

que podría decir, de todo lo que había cavilado muchas veces en la

espera larga de una explicación definitiva. Iban a subir palabras a sus

labios y su voluntad las rechazaban con desesperación. Suspiró, y

cerrando los puños se hincaba las uñas en las palmas.

--¡Oh, Ricardo!--exclamó ella acentuando aquel inusitado tono de queja.

Experimentó Muñoz un halago indecible. Sólo una vez, en otro tiempo, le

había llamado por su nombre. Se dejó avasallar por una idea insensata:

todo lo que había sucedido y todo lo que pudiera suceder aún, no sería

obstáculo para el advenimiento, tarde o temprano, de la misteriosa

felicidad.

Entonces, repentinamente, las palabras le nacieron abundantes, como agua

que se desborda. Se apuraba febrilmente, y sólo tenía verdadera

conciencia de cada frase, cuando la había ya pronunciado. Ella le

escuchó inmóvil, con los ojos bajos y las manos juntas humildemente

sobre la falda. Y aquella actitud inusitada exaltaba más a Muñoz.

La habló del comienzo de su amor, evocó la pasión ardiente nacida bajo

los paisajes de la sierra, las grandes melancolías de la decepción, la

inconsecuencia con que ella había destruido su ilusión de una dicha

perfecta, y luego las dudas, la continuada angustia, y las bellas cartas

de amor que más tarde se complacía ella en desmentir con una frialdad

cruel, acaso por el simple deseo de hacerle mal.

Estos reproches no eran amargos como otras veces, sino resignados,

sumisos, y contenían una suprema súplica. El último vestigio de su

orgullo había muerto, y la elocuencia le venía de la sinceridad de su

espíritu fecundado por el sufrimiento. Le contó que iba siempre a la

iglesia, los domingos, para contemplarla furtivamente durante la misa, y

le explicó cómo, imaginándola suya, y soñando con lo que no sería

realidad nunca, había atravesado aquellas largas semanas de pena. Y

ahora no le exigía nada, no le recordaba promesa alguna y sólo pedía que

le dejara el alivio de poder algunas veces hablarla.

Calló, cubriéndose los ojos, y esperó la respuesta de Adriana. El calor

de sus propias palabras había traído a su ánimo una serenidad

desconocida.

--Yo lo escucho, Muñoz,--dijo ella--y comprendo que si usted me hubiese

hablado así en otro tiempo, no habrían pasado muchas cosas... No me

parecería un desatino, al menos, esta pasión suya... Usted no es el de

antes... Sí, un desatino. Usted no sabe, yo también he cambiado... A

todos nos arrastra en el mundo una influencia, un no sé qué, somos

pobres criaturas, créame...

Y Adriana no podía proseguir.

--¡Por favor!--exclamó Muñoz--Una palabra sencilla, clara, sincera...

Su espíritu hacía un doloroso esfuerzo para entender la nueva actitud de

Adriana.

--¡Ah, si supiera con qué lealtad quiero hablarle!--repuso ella.--Y es

que procuro explicarle, para que usted no interprete mal.

Si no concibo ahora su pasión, si me parece un desatino, es porque yo me

engañé y pienso que usted se ha engañado también. Yo tengo la culpa, ya

sé. Como le escribía esas cartas y como después me mostraba tan

insensible y tan rara, usted mismo se avivó una pasión que tal vez no

hubiera nacido nunca o se hubiera apagado pronto si yo me hubiese

mostrado más sencilla, más vulgar, como realmente lo soy. No concibo

tampoco que usted pueda quererme; se ha enamorado de una ficción, de un

fantasma. Yo en mí misma soy tan sencilla... hasta soy buena ¿sabe?

Usted se ha enamorado de mi maldad y por eso debe ahora olvidarme. Por

que ahora... no sé si decírselo... pero ya Charito... no, nada. No me

creerá si le digo que por usted sufro, sufro mucho.

Muñoz alzo la cabeza y la miró.

--¿Que sufre por mí?

Todas aquellas palabras de Adriana le impresionaban de un modo inaudito.

Tenían algo desconocido, ardiente, y Muñoz sentía la proximidad de una

explicación realmente definitiva.

--¿Que usted sufre por mí?

Y esta idea de que ella por él sufría, se agrandó en su imaginación

desmesuradamente, llenándole por un instante de júbilo insensato. Creía

soñar.

--Sí, Muñoz, continuó ella vacilante y como si realizara un gran

esfuerzo para decidirse a pronunciar cada frase. Sufro mucho, daría no

sé qué si pudiera borrar las perversidades que tuve con usted. ¡Dios

mío! Si siempre hubiese sido leal... Porque yo, ahora, quiero a otro.

Se detuvo bruscamente, desolada, arrepentida de aquella confesión a que

la había arrastrado un ardiente deseo de sinceridad. Muñoz palideció de

nuevo, la mirada llena de espanto.

Hubo un silencio largo.

--¿Usted quiere a otro?...--pronunció él con voz lenta.

Ella hizo ahora un signo negativo, pero ninguna palabra salió de sus

labios. En el silencio llegaban frases sueltas de la conversación de

Charito y Lucía, en el saloncito contiguo.

--Sí, usted quiere a otro, a Julio.

--Escúcheme...

--Sí, a Julio, ya lo sé, lo siento.

--Escúcheme, repitió ella con modo afectuoso, casi tierno,--yo no

merezco su cariño... Yo, Muñoz...

--Ah, esta será la escenita romántica, interrumpió él con una sonrisa de

sarcasmo.

--Yo no puedo querer, ahí está toda la complicación, todo lo

indescifrable. No busque otra causa. No es verdad que yo quiera a

otro...

--¡No es verdad que quiere a Julio!

--No, no, continuó ella cada vez más agitada. Si le dije que quiero a

otro ha sido... no sé, porque soy mala y necesito mentir a cada paso.

Durante toda mi vida mentiré. Soy una coqueta vulgar. Engañar, para mí,

ha venido a ser algo así como una necesidad. No guarde sobre mí ninguna

ilusión. ¡Habrá tantas que puedan quererlo! Yo soy mala, he nacido y

seré siempre mala. La coquetería es algo más fuerte que mi voluntad. Tal

vez Charito le haya dicho ya que soy incapaz de hacer feliz a un hombre.

Se detuvo un momento, presa de una alteración cada vez más visible, y

llamó gritando a Charito. Esta y Lucía acudieron asustadas.--Dime,

Charito, ¿no es cierto que soy mala? ¿Te parece que soy capaz de un amor

realmente puro, te parece que soy capaz de constancia? Sé sincera,

Charito, no te quedes callada. Confiesa que yo no podría hacer la dicha

de un hombre inteligente y bueno como Muñoz. Confiésalo, por favor. No

quieres decirlo, pero te pones colorada. Sí, ya sé que por lealtad

amistosa le has ocultado esto que tú no puedes dejar de pensar. Pero es

preciso decir la verdad alguna vez. La verdad es santa. Si yo a Muñoz no

lo quiero es porque soy mala, perdida para todo cariño verdadero. ¡Hay

tantas mejores que yo! Lucía misma, sí, Lucía. A mí déjeme, no piense

más en mí, abandóneme. No soy digna de que nadie, no, nadie, ponga su

cariño en mí.

Y decía todo esto con un ardiente deseo de que él se desilusionara y

dejara de sufrir.

Muñoz la miraba atónito. Apenas entendía aquellas frases precipitadas y

llenas de emoción. Resonaban extrañamente en sus oídos y le aterraba en

ellas un sentido oculto, impenetrable.

Al mismo tiempo atendía a la expresión y a la actitud de Adriana. Y

Lucía y Charito también la contemplaban suspensas. No quedaba en su cara

vestigio de la antigua gracia inquietante. Una hermosura nueva la

revestía, maravillosamente, y bajo las sombras de sus pestañas brillaba

la piedad.

De pronto, con el gesto de una criatura a quien reprenden, se cubrió con

los brazos la cara y salió, precipitadamente. Charito se sentó al lado

de Muñoz, descorazonada.

Un minuto después, en el penoso silencio, se oyeron gemidos ahogados que

venían del saloncito contiguo. Era Adriana que sollozaba.

Adriana Zumarán (novela) · 第 20 / 31 题