--¿Sabe, Muñoz, quién vendrá? Adriana. ¡Qué coincidencia! En este
momento iba a mandarle avisar a usted. Al fin se realizará la gran
entrevista. Pero lo peor--y se lo digo con el corazón en la mano--sería
para usted reanudar... ¡Qué miedo tengo de que ella le haga una escena
romántica para no cortar del todo con usted! Es una muchacha que goza
con hacer sufrir. ¡Lucía! ¡Lucía! No quiere oír que la llamo. Supo que
usted venía y ya no concluye de arreglarse. ¿Por qué no la festeja,
Muñoz? Es linda y buena. Festéjela, por lo menos durante algún tiempo.
Ella sabe hacer olvidar.
--¿Está usted segura, Charito, de que Adriana vendrá?
--¡Qué obsesión con Adriana! Sí vendrá. Pero escuche. ¿Quiere que le dé
un consejo? Cuando llegue Adriana, usted dedíquese a Lucía. Debe venir
también un mozo que ha empezado a festejarme, a mí; y entonces, si yo me
pongo a conversar con él y usted con Lucía, Adriana no tendrá más
remedio que "planchar".
Todo lo iba hablando Charito sin advertir que Muñoz se había puesto
pálido a las primeras palabras. Le costaba creer que Adriana vendría. Se
la representó avanzando entre los fieles arrodillados, alzada hacia el
altar su cara ligeramente atónita, bajo el ancho sombrero.
Había ella adquirido para su pensamiento un prestigio inasequible.
--¡Pero Muñoz, Muñoz, aquí está Lucía!--exclamó Charito,--¡salúdela!
Se levantó sorprendido, confuso, ante la joven que le miraba con su
gesto de amable curiosidad.
En ese momento apareció Adriana.
Cuando vio a Muñoz se entristeció, le tendió la mano casi con timidez.
Sus ojos expresaban dulzura y seriedad.
Lucía caminó rápidamente hacia ella.
--¡Qué bonita estás!--exclamó contemplándola con admiración.
En seguida, para dejarla con Muñoz, le hizo un signo de inteligencia,
agrandando los ojos y sonriendo; le dio la espalda y fue a tomarle las
manos a Charito. Su graciosa actitud hablaba: "¿Qué podrá pasar? Lástima
no poder oír lo que éstos van a decirse".
Murmurando en seguida algo en secreto a Charito, pero dejando notar a
propósito que inventaba un pretexto la llevó al saloncito contiguo.
Adriana se sentó. Muñoz, mudo, casi no la veía. La impresión de hallarse
de nuevo con ella, le infiltraba una extraña insensibilidad.
Sin atreverse a mirarla en los ojos, se puso a observar atentamente la
gargantilla de perlas en el triángulo de blancura que dejaba el breve
escote.
--¿No quiere ahora hablar conmigo, Muñoz?
Hizo ella esta pregunta en un tono ligero, casi de queja.
Cuando quiso él responder, sintió, aterrado, la inutilidad de todo lo
que podría decir, de todo lo que había cavilado muchas veces en la
espera larga de una explicación definitiva. Iban a subir palabras a sus
labios y su voluntad las rechazaban con desesperación. Suspiró, y
cerrando los puños se hincaba las uñas en las palmas.
--¡Oh, Ricardo!--exclamó ella acentuando aquel inusitado tono de queja.
Experimentó Muñoz un halago indecible. Sólo una vez, en otro tiempo, le
había llamado por su nombre. Se dejó avasallar por una idea insensata:
todo lo que había sucedido y todo lo que pudiera suceder aún, no sería
obstáculo para el advenimiento, tarde o temprano, de la misteriosa
felicidad.
Entonces, repentinamente, las palabras le nacieron abundantes, como agua
que se desborda. Se apuraba febrilmente, y sólo tenía verdadera
conciencia de cada frase, cuando la había ya pronunciado. Ella le
escuchó inmóvil, con los ojos bajos y las manos juntas humildemente
sobre la falda. Y aquella actitud inusitada exaltaba más a Muñoz.
La habló del comienzo de su amor, evocó la pasión ardiente nacida bajo
los paisajes de la sierra, las grandes melancolías de la decepción, la
inconsecuencia con que ella había destruido su ilusión de una dicha
perfecta, y luego las dudas, la continuada angustia, y las bellas cartas
de amor que más tarde se complacía ella en desmentir con una frialdad
cruel, acaso por el simple deseo de hacerle mal.
Estos reproches no eran amargos como otras veces, sino resignados,
sumisos, y contenían una suprema súplica. El último vestigio de su
orgullo había muerto, y la elocuencia le venía de la sinceridad de su
espíritu fecundado por el sufrimiento. Le contó que iba siempre a la
iglesia, los domingos, para contemplarla furtivamente durante la misa, y
le explicó cómo, imaginándola suya, y soñando con lo que no sería
realidad nunca, había atravesado aquellas largas semanas de pena. Y
ahora no le exigía nada, no le recordaba promesa alguna y sólo pedía que
le dejara el alivio de poder algunas veces hablarla.
Calló, cubriéndose los ojos, y esperó la respuesta de Adriana. El calor
de sus propias palabras había traído a su ánimo una serenidad
desconocida.
--Yo lo escucho, Muñoz,--dijo ella--y comprendo que si usted me hubiese
hablado así en otro tiempo, no habrían pasado muchas cosas... No me
parecería un desatino, al menos, esta pasión suya... Usted no es el de
antes... Sí, un desatino. Usted no sabe, yo también he cambiado... A
todos nos arrastra en el mundo una influencia, un no sé qué, somos
pobres criaturas, créame...
Y Adriana no podía proseguir.
--¡Por favor!--exclamó Muñoz--Una palabra sencilla, clara, sincera...
Su espíritu hacía un doloroso esfuerzo para entender la nueva actitud de
Adriana.
--¡Ah, si supiera con qué lealtad quiero hablarle!--repuso ella.--Y es
que procuro explicarle, para que usted no interprete mal.
Si no concibo ahora su pasión, si me parece un desatino, es porque yo me
engañé y pienso que usted se ha engañado también. Yo tengo la culpa, ya
sé. Como le escribía esas cartas y como después me mostraba tan
insensible y tan rara, usted mismo se avivó una pasión que tal vez no
hubiera nacido nunca o se hubiera apagado pronto si yo me hubiese
mostrado más sencilla, más vulgar, como realmente lo soy. No concibo
tampoco que usted pueda quererme; se ha enamorado de una ficción, de un
fantasma. Yo en mí misma soy tan sencilla... hasta soy buena ¿sabe?
Usted se ha enamorado de mi maldad y por eso debe ahora olvidarme. Por
que ahora... no sé si decírselo... pero ya Charito... no, nada. No me
creerá si le digo que por usted sufro, sufro mucho.
Muñoz alzo la cabeza y la miró.
--¿Que sufre por mí?
Todas aquellas palabras de Adriana le impresionaban de un modo inaudito.
Tenían algo desconocido, ardiente, y Muñoz sentía la proximidad de una
explicación realmente definitiva.
--¿Que usted sufre por mí?
Y esta idea de que ella por él sufría, se agrandó en su imaginación
desmesuradamente, llenándole por un instante de júbilo insensato. Creía
soñar.
--Sí, Muñoz, continuó ella vacilante y como si realizara un gran
esfuerzo para decidirse a pronunciar cada frase. Sufro mucho, daría no
sé qué si pudiera borrar las perversidades que tuve con usted. ¡Dios
mío! Si siempre hubiese sido leal... Porque yo, ahora, quiero a otro.
Se detuvo bruscamente, desolada, arrepentida de aquella confesión a que
la había arrastrado un ardiente deseo de sinceridad. Muñoz palideció de
nuevo, la mirada llena de espanto.
Hubo un silencio largo.
--¿Usted quiere a otro?...--pronunció él con voz lenta.
Ella hizo ahora un signo negativo, pero ninguna palabra salió de sus
labios. En el silencio llegaban frases sueltas de la conversación de
Charito y Lucía, en el saloncito contiguo.
--Sí, usted quiere a otro, a Julio.
--Escúcheme...
--Sí, a Julio, ya lo sé, lo siento.
--Escúcheme, repitió ella con modo afectuoso, casi tierno,--yo no
merezco su cariño... Yo, Muñoz...
--Ah, esta será la escenita romántica, interrumpió él con una sonrisa de
sarcasmo.
--Yo no puedo querer, ahí está toda la complicación, todo lo
indescifrable. No busque otra causa. No es verdad que yo quiera a
otro...
--¡No es verdad que quiere a Julio!
--No, no, continuó ella cada vez más agitada. Si le dije que quiero a
otro ha sido... no sé, porque soy mala y necesito mentir a cada paso.
Durante toda mi vida mentiré. Soy una coqueta vulgar. Engañar, para mí,
ha venido a ser algo así como una necesidad. No guarde sobre mí ninguna
ilusión. ¡Habrá tantas que puedan quererlo! Yo soy mala, he nacido y
seré siempre mala. La coquetería es algo más fuerte que mi voluntad. Tal
vez Charito le haya dicho ya que soy incapaz de hacer feliz a un hombre.
Se detuvo un momento, presa de una alteración cada vez más visible, y
llamó gritando a Charito. Esta y Lucía acudieron asustadas.--Dime,
Charito, ¿no es cierto que soy mala? ¿Te parece que soy capaz de un amor
realmente puro, te parece que soy capaz de constancia? Sé sincera,
Charito, no te quedes callada. Confiesa que yo no podría hacer la dicha
de un hombre inteligente y bueno como Muñoz. Confiésalo, por favor. No
quieres decirlo, pero te pones colorada. Sí, ya sé que por lealtad
amistosa le has ocultado esto que tú no puedes dejar de pensar. Pero es
preciso decir la verdad alguna vez. La verdad es santa. Si yo a Muñoz no
lo quiero es porque soy mala, perdida para todo cariño verdadero. ¡Hay
tantas mejores que yo! Lucía misma, sí, Lucía. A mí déjeme, no piense
más en mí, abandóneme. No soy digna de que nadie, no, nadie, ponga su
cariño en mí.
Y decía todo esto con un ardiente deseo de que él se desilusionara y
dejara de sufrir.
Muñoz la miraba atónito. Apenas entendía aquellas frases precipitadas y
llenas de emoción. Resonaban extrañamente en sus oídos y le aterraba en
ellas un sentido oculto, impenetrable.
Al mismo tiempo atendía a la expresión y a la actitud de Adriana. Y
Lucía y Charito también la contemplaban suspensas. No quedaba en su cara
vestigio de la antigua gracia inquietante. Una hermosura nueva la
revestía, maravillosamente, y bajo las sombras de sus pestañas brillaba
la piedad.
De pronto, con el gesto de una criatura a quien reprenden, se cubrió con
los brazos la cara y salió, precipitadamente. Charito se sentó al lado
de Muñoz, descorazonada.
Un minuto después, en el penoso silencio, se oyeron gemidos ahogados que
venían del saloncito contiguo. Era Adriana que sollozaba.