XVII

Avisada un día por Carmen de que José Luis Aguirre, llegado de Europa,

les había hecho una visita, Adriana fue a casa de las Aliaga con la gran

ansiedad de saber si reanudaría Laura con él su antigua relación.

Ardientemente lo deseaba. Su actitud, cuando se anunció la vuelta de

José Luis, permitía abrigar pocas esperanzas. Sin embargo, podía

suponerse que la tenacidad de su silencio no significara una real

indiferencia para el bello pasado romántico, sino que persistiendo

secretamente en ella la memoria del idilio interrumpido, la frialdad

fuera más bien pura apariencia y reproche tácito a Zoraida.

También ésta aspiraba, evidentemente, a que se produjese entre ambos la

reconciliación; había dejado de ver en aquel amor una desdicha fatal. Y

Adriana, recordando con piedad la dolorosa relación que le hiciera

Carmen dos meses atrás, se representaba de nuevo a la pobre Laura

dormida, su cabeza reposando en el blanco almohadón y guardando, bajo

el velo del sueño, la tristeza que le había dejado la inoportuna alusión

de Carmen.

"¡Qué extraña es la manía de Zoraida!--pensaba Adriana. ¿Por qué suponer

que el amor ha de traer por fuerza la infelicidad? Será sugestión que le

dejó la muerte de papá... Y ahora ¿por qué consiente? ¿Por qué nos

estimuló, la vez pasada, para que le diéramos bromas con José Luis?"

Y mientras discurría de esta suerte para sí, aumentaba su deseo ansioso

de que se reconstruyera el idilio y se casaran.

Con la primera que se encontró fue con la misma Laura. Había adelgazado

en pocos días. Vestía un batón azul, ceñido con cinturón de seda negra,

y en tan descuidado arreglo, sin embargo, una gracia suave la envolvía.

Adriana quedó helada. No eran aquellas, por cierto, las apariencias de

quien ha recobrado una dicha perdida. Pero se sobrepuso a la impresión

penosa y fingió no advertir el aspecto desmejorado de su amiga.

--Laurita, sé que José Luis ha estado aquí...

Pero ella la besó y llamó a sus hermanas. Era evidente que le dolía

tocar este asunto. Iban todas a subir a la habitación de la abuelita,

cuando sonó el timbre de calle y se anunció José Luis.

--¿Y piensas recibirle así?--dijo Carmen mirando a Laura de arriba

abajo, sorprendida de su desaliño.

Ella le respondió con un ligero gesto de fastidio.

--Pero tú, Adriana, mientras ellas suben con él, vendrás a conversar

conmigo. Luego subiremos también, si quieres, aunque no sé qué interés

podrías tener en conocerle, ahora...

Se sentaron juntas tomándose las manos, mientras oían la voz juvenil y

expansiva del visitante resonar en el vestíbulo.

--¿Estoy delgada, verdad? Es un principio de anemia.

--¿Y no te cuidas?

--Ellas y Eduardo quieren llevarme a la estancia. Pero no me decido a

ir. Me moriría, te lo juro... Debe parecerte muy rara la indiferencia

mía para con José Luis. Tú sabes toda la historia; no necesito

preguntarte si te la ha contado Camucha. Capaz la creo de habérsela

contado también a Julio.

--¡Oh, no! No lo pienses, Laura.

--Es lo mismo... Quería decirte que él me hace ahora la impresión de un

simple extraño, precisamente la impresión que yo había imaginado, cuando

dijeron que volvía de Europa.

--¿No te habrás sugestionado, entonces, con esa imaginación? El amor se

relaciona tanto con nuestras ideas, con nuestras fantasías...

--Sí, cuando no hay una sensibilidad más o menos afinada, o exagerada,

que no engaña, y lleva en cambio a la fatalidad de la pasión real,

profunda. Tú, como yo, estamos destinadas a una excesiva dicha o a un

sufrimiento mortal. Por eso te quiero tanto, Adriana, como a una

hermana, suceda lo que suceda. Nos parecemos por el modo de sentir, por

la necesidad íntima del ideal, por la imposibilidad de ser felices a

medias...

Pronunció con enternecimiento estas palabras y se levantó, como asustada

de su propia sinceridad y de lo que todavía pudiera salir de sus labios.

Adriana quedó muda, alterado todo su ser por una emoción sin nombre.

En esto se oyó la voz de Carmen llamándola; sus gritos bajaban

atravesando el vestíbulo y llenando toda la casa con la contagiosa

alegría mundana que había traído José Luis.

--Subamos, lo conocerás, es un muchacho muy bien. Sí, eso, un muchacho

muy bien. Entretiene, divierte, es oportuno y muy agradable.

Al entrar en la habitación de la abuelita, su cara tomó cierto aire de

indiferencia que nunca tenía. Tendió la mano a José Luis y como estaba

Adriana junto a ella, se lo presentó.

Era un joven alto, vestido acaso con elegancia demasiado cuidada, según

el juego perfecto que hacían la ancha corbata azul oscuro, la camisa

finamente rayada de azul claro, el rosado rostro lleno de salud y los

vivos ojos grises. La mirada de estos ojos era franca y tenía cierta

protectora bondad cuando reía. Toda su persona demostraba cortesanía y

dicha de vivir.

"¿Y este muchacho, pensaba Adriana, este muchacho tan elegantón y tan

absolutamente seguro de sí mismo escribía las cartas divinas que dice

Camucha? ¿Es posible concebirle protagonista de la novela de amor

interrumpida por Zoraida?"

Echó involuntariamente una ojeada a Laura, y en el fondo de su dulce y

noble mirada, leyó en seguida: "¿Comprendes, ahora, que no podría volver

a quererle?"

José Luis, que había interrumpido--intrigado por aquel mudo

lenguaje--una relación sobre costumbres típicas en el sur de España, la

reanudó al momento. Su charla era chispeante, llena de comparaciones

pintorescas y de reflexiones chistosas que intercalaba con evidente

propósito de matizar más brillantemente su relación. Pero se advertía

que algún episodio de efecto lo contaba ya de memoria. Se dirigía

particularmente a la abuelita, quien le escuchaba aprobándole con su

gesto plácido de anciana. Carmen celebraba con alegre exageración los

pasajes graciosos, y Zoraida, mucho más comunicativa que de ordinario,

le interrogaba y tomaba parte activa en la conversación.

La presencia de José Luis había alterado el ambiente de la casa. Eran

otras ahora las caras de Zoraida y de Carmen. Y era otra, también, la

misma abuelita. Los viejos muebles coloniales que la acompañaban desde

otros tiempos, parecían escuchar también, con un poco de asombro, la

alegre charla, en aquella habitación impregnada de reminiscencias añosas

y como poblada de vagos fantasmas.

Y galvanizada por la alegría de José Luis, la abuelita empezó a referir,

con abundancia de detalles familiares, episodios sumidos en el largo

pasado, y cuyos protagonistas, evocados así, parecían comparecer ante

ella, adoptando un singular aire de personas resucitadas y sorprendidas

de salir a la claridad del mundo. Seres que ya sólo en el recuerdo de

esta anciana continuaban perdurando y que se desvanecerían para siempre

cuando ella bajara a la tumba.

Y era un curioso contraste, después de la chispeante y sonora

conversación de José Luis, el modo apacible, lento, con que la abuelita

contaba las cosas de su tiempo.

Las Aliaga la escucharon con aquella misma atención recogida que Adriana

había observado ya en ocasiones pasadas. Laura, sin embargo, atendía con

menos avidez que las otras, como si algo en su interior atrajera con

tenaz persistencia la preocupación más cara de su ser.

Hablaba la anciana, con muchos pormenores, de un festejante, Emilio

Medrano, cuyos hijos, ya viejos, ni se acordarían de ella; un festejante

que, muy rendido a ella durante algún tiempo, cesó repentinamente en su

empeño galante.

--Nunca supe yo por qué se retiró. Hoy estuve toda la mañana pensando si

no serían intrigas de una amiga, una compañera que tuve en el colegio de

las Salesas. Porque me pareció que también ella estaba enamorada de

Medrano.

A José Luis no le interesaban gran cosa los relatos de la anciana. Se

advertía su atención distraída y la extrañeza que le causaba la evidente

despreocupación de su novia de la adolescencia. "Tenemos que hablar" le

decían de vez en cuando sus ojos, mientras con su aire cortesano fingía

no perder palabra de la abuelita, que pronto calló para sumergirse en la

cavilación de las causas que habían motivado el retiro de Medrano.

José Luis reanudó su charla. Se refirió a las veces que tuvo ocasión de

departir con el rey de España, quien "era una monada" por su sencillez y

por la franqueza de su carácter. Y no dejó de mencionar, como cosa

incidental, su amistad con tales o cuales personajes "cubiertos delante

del rey", y la gracia de una duquesita a quien había tratado varias

veces en Palacio.

--Y sin embargo, afirmó con enérgica sinceridad, créanlo ustedes o no lo

crean, yo daría con gusto todos estos años intensos y todas las

perspectivas de mi carrera diplomática, por volver a vivir el encanto de

mis quince años, entre mis relaciones de aquí, donde los recuerdos me

han dejado no sé qué perfume de sentimientos inolvidables.

Volvieron a encontrarse la mirada de Laura, llena de manso desvío, y la

entristecida de Adriana. Movida ésta por impulso más fuerte que su

voluntad y experimentando al mismo tiempo una sensación rara y

penosísima, se acercó a Laura, le habló al oído y la sacó fuera de la

habitación.

--¿Serías capaz, Laurita,--comenzó con la voz ligera como un soplo,

cuando estuvieron solas,--serías capaz de explicarme sinceramente algo

que quiero preguntarte?

--Sí, siempre soy contigo sincera.

--¿Por qué te preocupó, aquella vez, que Camucha pudiera haber contado a

Julio tu asunto con José Luis?

Laura ni pareció siquiera advertir el tono demudado con que la había

Adriana interrogado.

--¿Preocuparme? Te habré dicho distraída que eso me preocupaba. En

realidad no puedo habértelo dicho. O habrá sido por decir hasta qué

punto Camucha es indiscreta. Son historias tristes que no deben salir de

una misma.

--¡Cómo me despistas!

--¿Pero por qué?

Adriana la miró en los ojos profundamente. Nada pudo leer.

--¿Entonces, en tu vida no sucede, "ahora", algo extraordinario?

--Desde aquello que hubo con José Luis, no, puedes estar segura. ¡Tengo

una indiferencia!

Adriana con ardiente alegría acarició a Laura, contemplándola.

--¡Ah, qué alivio! ¿Sabes lo que se me había ocurrido, la sospecha que

había empezado a atormentarme?

--No, Adriana, no puedo imaginarlo.

--¿Ni siquiera imaginarlo? ¡Oh! ¡cómo he podido crearme un motivo de

tormento que no existe! Pensé que podrías haberte enamorado de... de

Julio.

--¿De Julio?

--Sí, de Julio.

--¡Qué idea! Un amigo tan leal, tan bueno, que con nosotras congenia

tanto, se diría casi un hermano nuestro. Y tú sabes que viene aquí hace

años. ¿Cómo se te ocurre que Camucha no me hubiera dado bromas con él,

alguna vez?

Y Laura llamó a gritos:--¡Camucha! ¡Camucha! ¡Pero que no venga Zoraida,

ni nadie, sino Camucha!

Y alegremente declaró a su hermana que Adriana tenía celos.

--¿Adriana celosa? ¿Celosa de quién?

--De mí, de mí.

--¡Oh, Adriana!, exclamó Carmen tomándole los brazos como pasmada de

asombro. ¿En media hora te has enamorado de José Luis?

--¡Tonta!--exclamó Laura, cada vez más animada y con un modo que en ella

no era natural,--Adriana no podría enamorarse nunca de un muchacho como

José Luis, tan pura espuma como él es. Pero empezó a sospechar, sí, a

sospechar en serio, muy en serio, que yo me estaba enamorando de Julio.

¡Y se había puesto celosa! ¡Qué alma más buena, más delicada! Tal vez

estaría dispuesta, por un arranque de bondad absurda, a dejarme el campo

libre. Ojalá la hubieras visto hace un rato, después que me sacó de allí

con tanto misterio, cuando me preguntó confidencialmente si yo lo

quería a Julio. Se puso blanca como un papel.

Calló repentinamente y en seguida empezó a reír, a reír de veras.

--¡Cómo estás colorada!--observó Camucha.

--Mejor, así ya no tendrán pretexto para llevarme a la estancia.

Se aplicó el dorso de la mano a una y otra mejilla y volvió a reír.

Parecía realmente divertida con los celos de Adriana.

Aunque todas aquellas manifestaciones eran raras en su carácter de

ordinario sereno y dulce, Adriana no pudo advertir, por el momento, nada

de anormal. No cabía en sí de júbilo. Miraba desvanecerse una

preocupación, un ligero fantasma que había flotado fugitivo, impreciso y

como poniéndose siempre a sus espaldas, para no ser visto...

Adriana Zumarán (novela) · 第 19 / 31 题