XVI

Pasaban los días sin que Charito le diera noticia alguna. La

desesperación le hubiese consumido, pero le alimentaba el ensueño.

Adriana se le aparecía con todos los esplendores que sus largos deseos

le atribuían: a veces le miraba, de pronto, con inusitada expresión de

cariño, lánguida, como en la realidad no le había mirado nunca, los ojos

húmedos, el beso en los labios, tendidas hacia él sus manos llenas de

vagas caricias. La imagen misma era ya una caricia, y se le acercaba,

dulcemente; sentía en la cara el calor de su cara, la misteriosa

blancura de un seno pequeño emergía, en la sombra... Y Muñoz se

aterraba, tenía la sensación de cometer en su pensamiento una

profanación. Pero al mismo tiempo todos los desdenes, todas las

humillaciones pasadas, le parecían insignificantes ante la idea de la

felicidad prohibida, que imaginaba oculta en aquel soñado esplendor de

los bellos hechizos.

No había muerto del todo su esperanza. Aguardaba la entrevista.

Volvió a pedir una licencia en la secretaría del Juzgado, una licencia

más larga que la anterior, para poder abandonarse completamente a la

melancolía de su preocupación. En los domingos, por la mañana, estaba

seguro de encontrarla. Ella iba a la iglesia del Socorro, siempre a la

misma misa de las once, vestida con sencillez. Muñoz se disimulaba en la

nave izquierda, y aguardaba con el corazón palpitante. Aguardándola, su

imagen empezaba a representársele, traída por el deseo, en tanto que la

iglesia, su bóveda, los altares llenos de cirios, oscilaban para sus

ojos como un confuso sueño. Al fin Adriana misma aparecía, mojaba los

dedos en la pila del agua bendita, se persignaba; su semblante no perdía

la dulce naturalidad de la expresión. Su andar era suave, su silueta

pasaba entre la silenciosa concurrencia arrodillada. Muñoz aspiraba

largamente la impresión que recibía en el alma; y era como un

desvanecimiento de su ser, una blandura para todos sus sentidos.

Adriana, sin apartar su mirada del altar, por medio de la nave pasaba, y

el fino perfil de la cara se iba ocultando, a los ojos de Muñoz, bajo el

ala del sombrero de fieltro. Su silueta se anegaba en la ligera penumbra

del templo; llegando cerca del coro se hincaba de rodillas, ponía los

brazos juntos en el asiento delantero y abría el libro de oraciones.

Muñoz, aproximándose, no perdía un detalle. Contemplándola así, en la

media luz, bajo el grave silencio, durante una larga hora y sin que ella

ni nadie lo advirtiesen, le parecía en cierto modo poseerla. Era suya

cada una de sus actitudes y de sus gestos, era suya la humildad llena de

gracia con que rezaba, era suya la cara que se apoyaba sobre las manos

juntas, cuando el sacerdote levantaba el cáliz y todo el mundo caía de

rodillas.

La atmósfera de la iglesia, con el olor del incienso y el cuchicheo

inquieto de las oraciones, penetraba sutilmente los sentidos de Muñoz y

se confundía con la vaguedad de su sentimiento. Su pena de amor parecía

comunicarse con la inmovilidad de los fieles, con la tristeza mística de

los santos inmóviles, con el súbito tintineo de la campanilla ritual, y

subía por el humo del incienso, que anublando en el altar la figura de

la Virgen, la dejaba reaparecer luego al resplandor escaso de los

cirios.

Cuando un domingo, por primera vez, Adriana no acudió, un sufrimiento

casi físico le traspasó. Durante toda la misa, que le pareció

prolongarse extraordinariamente, lo pasó arrodillado, junto a la

pilastra donde se ponía siempre, bajo el púlpito. El tintineo de la

campanilla le hizo daño. La misa terminó, algunas señoras se pararon,

persignándose; en seguida, con un sofocado rumoreo, todo el elegante

gentío se levantó también, y lentamente, formando hilera, comenzó a

salir. Los bancos quedaron vacíos. Apagados los cirios, una penumbra en

el silencio fue amortiguando el brillo de los altares, y las estatuas

vestidas de los santos se anegaban de sombra en sus nichos.

Durante algunos minutos, apoyado en la pilastra, Muñoz aguardó todavía,

con la esperanza pueril de que Adriana por un milagro apareciera. Porque

se había acostumbrado a esa secreta hora de voluptuosa alucinación, como

se habitúa el fumador de opio a la caricia fantástica que se le desliza

en los sentidos con el veneno de la droga.

Al fin se decidió a marcharse. Sus pasos resonaron en el templo vacío.

Afuera, el sol de mediodía iluminaba el espacioso atrio y la fachada de

los edificios vecinos. Todavía formaban corrillos los mozos que acuden

para ver salir de misa a las muchachas. Uno de ellos, viéndole pasar, le

palmeó amigablemente. Muñoz, abrumado, ni siquiera le miró.

Ese día experimentó contra ella un rencor profundo, como si Adriana

hubiese faltado al compromiso de una cita. Recordó todas sus pasadas

inconsecuencias, la perversidad con que le había retenido, en los

primeros tiempos, la inexplicable ternura de las cartas que le escribía

para luego mostrarse ante él fría, implacablemente fría; recordó también

la escena con Castilla y la extraña presencia de Julio en casa de

Charito.

Sin embargo, aunque sus reflexiones le llevaban a considerarla

lógicamente un ser lleno de falsía y de crueldad, tenía bien luego la

sensación de padecer un error profundo. Le asaltaba el pensamiento de

que su rencor era vil. Y entonces la imagen de Adriana, transfigurada,

resplandecía para él desde una portentosa lejanía.

Adriana Zumarán (novela) · 第 18 / 31 题