Pasaban los días sin que Charito le diera noticia alguna. La
desesperación le hubiese consumido, pero le alimentaba el ensueño.
Adriana se le aparecía con todos los esplendores que sus largos deseos
le atribuían: a veces le miraba, de pronto, con inusitada expresión de
cariño, lánguida, como en la realidad no le había mirado nunca, los ojos
húmedos, el beso en los labios, tendidas hacia él sus manos llenas de
vagas caricias. La imagen misma era ya una caricia, y se le acercaba,
dulcemente; sentía en la cara el calor de su cara, la misteriosa
blancura de un seno pequeño emergía, en la sombra... Y Muñoz se
aterraba, tenía la sensación de cometer en su pensamiento una
profanación. Pero al mismo tiempo todos los desdenes, todas las
humillaciones pasadas, le parecían insignificantes ante la idea de la
felicidad prohibida, que imaginaba oculta en aquel soñado esplendor de
los bellos hechizos.
No había muerto del todo su esperanza. Aguardaba la entrevista.
Volvió a pedir una licencia en la secretaría del Juzgado, una licencia
más larga que la anterior, para poder abandonarse completamente a la
melancolía de su preocupación. En los domingos, por la mañana, estaba
seguro de encontrarla. Ella iba a la iglesia del Socorro, siempre a la
misma misa de las once, vestida con sencillez. Muñoz se disimulaba en la
nave izquierda, y aguardaba con el corazón palpitante. Aguardándola, su
imagen empezaba a representársele, traída por el deseo, en tanto que la
iglesia, su bóveda, los altares llenos de cirios, oscilaban para sus
ojos como un confuso sueño. Al fin Adriana misma aparecía, mojaba los
dedos en la pila del agua bendita, se persignaba; su semblante no perdía
la dulce naturalidad de la expresión. Su andar era suave, su silueta
pasaba entre la silenciosa concurrencia arrodillada. Muñoz aspiraba
largamente la impresión que recibía en el alma; y era como un
desvanecimiento de su ser, una blandura para todos sus sentidos.
Adriana, sin apartar su mirada del altar, por medio de la nave pasaba, y
el fino perfil de la cara se iba ocultando, a los ojos de Muñoz, bajo el
ala del sombrero de fieltro. Su silueta se anegaba en la ligera penumbra
del templo; llegando cerca del coro se hincaba de rodillas, ponía los
brazos juntos en el asiento delantero y abría el libro de oraciones.
Muñoz, aproximándose, no perdía un detalle. Contemplándola así, en la
media luz, bajo el grave silencio, durante una larga hora y sin que ella
ni nadie lo advirtiesen, le parecía en cierto modo poseerla. Era suya
cada una de sus actitudes y de sus gestos, era suya la humildad llena de
gracia con que rezaba, era suya la cara que se apoyaba sobre las manos
juntas, cuando el sacerdote levantaba el cáliz y todo el mundo caía de
rodillas.
La atmósfera de la iglesia, con el olor del incienso y el cuchicheo
inquieto de las oraciones, penetraba sutilmente los sentidos de Muñoz y
se confundía con la vaguedad de su sentimiento. Su pena de amor parecía
comunicarse con la inmovilidad de los fieles, con la tristeza mística de
los santos inmóviles, con el súbito tintineo de la campanilla ritual, y
subía por el humo del incienso, que anublando en el altar la figura de
la Virgen, la dejaba reaparecer luego al resplandor escaso de los
cirios.
Cuando un domingo, por primera vez, Adriana no acudió, un sufrimiento
casi físico le traspasó. Durante toda la misa, que le pareció
prolongarse extraordinariamente, lo pasó arrodillado, junto a la
pilastra donde se ponía siempre, bajo el púlpito. El tintineo de la
campanilla le hizo daño. La misa terminó, algunas señoras se pararon,
persignándose; en seguida, con un sofocado rumoreo, todo el elegante
gentío se levantó también, y lentamente, formando hilera, comenzó a
salir. Los bancos quedaron vacíos. Apagados los cirios, una penumbra en
el silencio fue amortiguando el brillo de los altares, y las estatuas
vestidas de los santos se anegaban de sombra en sus nichos.
Durante algunos minutos, apoyado en la pilastra, Muñoz aguardó todavía,
con la esperanza pueril de que Adriana por un milagro apareciera. Porque
se había acostumbrado a esa secreta hora de voluptuosa alucinación, como
se habitúa el fumador de opio a la caricia fantástica que se le desliza
en los sentidos con el veneno de la droga.
Al fin se decidió a marcharse. Sus pasos resonaron en el templo vacío.
Afuera, el sol de mediodía iluminaba el espacioso atrio y la fachada de
los edificios vecinos. Todavía formaban corrillos los mozos que acuden
para ver salir de misa a las muchachas. Uno de ellos, viéndole pasar, le
palmeó amigablemente. Muñoz, abrumado, ni siquiera le miró.
Ese día experimentó contra ella un rencor profundo, como si Adriana
hubiese faltado al compromiso de una cita. Recordó todas sus pasadas
inconsecuencias, la perversidad con que le había retenido, en los
primeros tiempos, la inexplicable ternura de las cartas que le escribía
para luego mostrarse ante él fría, implacablemente fría; recordó también
la escena con Castilla y la extraña presencia de Julio en casa de
Charito.
Sin embargo, aunque sus reflexiones le llevaban a considerarla
lógicamente un ser lleno de falsía y de crueldad, tenía bien luego la
sensación de padecer un error profundo. Le asaltaba el pensamiento de
que su rencor era vil. Y entonces la imagen de Adriana, transfigurada,
resplandecía para él desde una portentosa lejanía.