XV

Siguió atormentando a Muñoz el ansia de volverla a ver. Todo lo demás

eran ideas y sentimientos que se desvanecían sobre una gran sensación de

vacío. Recordó que había empezado la temporada de ópera y que

posiblemente estaría Adriana esa noche en el teatro.

Se vistió apresuradamente. Había bajado a la calle, cuando advirtió el

olvido de los guantes y el pañuelo. Después, cuando entró en la platea,

tuvo conciencia tardía de que dos minutos antes, frente a la ancha

escalera iluminada, se había cruzado distraído con un grupo de señoras y

que una de ellas le había mirado sonriendo, para saludarle. "Bah, no

tiene importancia", se dijo.

Terminaba el primer acto de "La Walkiria", cayó el telón, y ya

encendidas las luces de la sala, buscó el sitio en que debía estar

Adriana. Pero apenas creyó distinguirla, el exceso de la emoción le hizo

apartar la vista, y se puso a pasearla por todo el teatro, por las mil

caras rosadas, los blancos hombros desnudos y los peinados espléndidos

cuajados de pedrería. Sobre el rumoreo de las conversaciones, vibraba

alguna fina risa femenina y él volvía los ojos para reconocer a la que

había reído. A la sola idea de que Adriana estaba allí, tan cerca de él,

un desfallecimiento corría por todo su ser. El aire de la sala, tibio,

sensual, y el deslumbramiento de las luces, contribuían para enervarle.

Pero al fin se acercó resueltamente al grupo donde había creído verla.

No era ella, sino Raquel, y la acompañaban Fernando y una amiga a quien

él conocía poco. Después de vacilar un segundo, confuso, frente a ellos,

saludó y siguió andando. En ese momento vio a Castilla venir en

dirección contraria a la suya. Para rehuirle volvió la cara.

Pero no le vio Castilla. Cruzaba la platea con su elegante desembarazo

de costumbre, dominando la sala. Saludó a Raquel con cierta afectación

digna y luego, de la misma manera, a varias muchachas reunidas en un

palco, quienes le contestaron graciosamente, agitando hacia él las manos

enguantadas. Una, muy bonita, le llamó con un signo, pero él fingió no

advertirlo, y fue a colocarse en el mismo sitio que había dejado Muñoz,

apoyándose también en la barandilla de la orquesta.

Muñoz se arrepintió de no haberse detenido para preguntar a Raquel por

Adriana. Vio a Fernando levantarse. Las dos muchachas quedaron solas. A

pesar de comprender que su indecisión no dejaba de ser algo ridícula,

se llegó hasta ellas. Ambas, muy serias, le tendieron apenas la mano.

--¿Adriana no está?

Raquel miró a su compañera y respondió enrojeciendo:

--Creo que no... esta noche le fue imposible venir.

Su rubor provenía no sólo de mentir, sabiendo que Adriana estaba en la

cazuela, sino también a causa de sus hombros y brazos desnudos; aquel

año venía por primera vez a la platea del Colón y no podía sacarse la

preocupación de que todo el teatro podía verla tan escotada. Ni se

atrevía a mirar a Muñoz. Este creyó que la grave carita enrojecida de

Raquel era un reproche a la inoportunidad de pararse a conversar con

ellas, y se retiró en seguida.

Al llegar al segundo entreacto iba a marcharse, descorazonado, cuando

saliendo de la platea se dio de manos a boca con Castilla. Este le abrió

los brazos con alegría, sin dejarle ir.

--Tengo que darte una explicación, le dijo, y pedirte otra. Yo no estaba

en antecedentes de nada, ¿sabes? Lo supe ayer, por casualidad. Pero

vamos, no tomes las cosas por el lado heroico.

Se interrumpió un instante, porque mientras hablaba buscaba atraer la

atención de una niña que le había mirado de soslayo, desde un palco

próximo, llamativamente vestida de verde y con un gran "aigrette" blanco

en la cabeza.--Es decir, continuó, no pude imaginarme que darías

importancia a la cosa. Tú comprendes que Adriana...

--Sí, ya sé, otro día hablaremos, le interrumpió Muñoz, herido no tanto

por el tema que abordaba Castilla, sino por oírle pronunciar el nombre

de Adriana. Experimentó una impresión casi tan desagradable como en casa

de Charito cuando le vio cortejarla y tan atrevidamente acariciarle la

mano. Un odio físico le sublevó.

--¡Qué cara has puesto, Muñoz! Si te ofendí te pido me disculpes... Pero

no negarás que ella es coqueta. Sería una lástima, realmente, que te

dejaras envolver por Adriana. Indudablemente es un lindo tipo de mujer,

pero no pierdas la cabeza. A propósito, la vi en la primera función de

la temporada; desde entonces no ha vuelto a venir.

Muñoz, a punto de contestarle despectivamente, se retuvo al oír la

noticia; y por la sola posibilidad de que aquella charla de Castilla

pudiera revelarle cualquier circunstancia referente a ella, le siguió

escuchando.

--A mí, en realidad, no me gustan las muchachas como Adriana, prosiguió

Castilla.

Con todos sus desdeñosos alardes, debía quedarle un resquemor, porque

acompañó dicha frase con un brusco movimiento de hombros y cierto gesto

que le contraía los labios y daba a su rostro una expresión

desagradable. Habitualmente perdía así la elegancia de la actitud y la

distinción del rostro en cuanto le dominaba un estado de pasión; la

verdadera mezquindad de su ser se traslucía.

Pero habiéndose vuelto hacia el palco próximo, encontró puestos en él

los ojos de la niña: su rostro se dulcificó instantáneamente, a tiempo

que se rehacía toda la elegancia de su apostura. Al notar que ahora

Muñoz le escuchaba con atención, prosiguió su charla.

--Lo que es al casamiento no iría uno con Adriana ni a cañón, esto lo

convendrás conmigo. Aunque en realidad, hoy por hoy, con la libertad que

se deja a nuestras niñas y con tanta perversión como hay en las

costumbres, las peores suelen ser esas que más apariencia tienen de

ingenuas y de buenas. Oye: hoy no podemos estar seguros ni de la virtud

de nuestras hermanas. Es deplorable lo que pasa en lo referente al nuevo

criterio moral de la sociedad porteña... No te extrañe oírme filosofar

acerca de los vicios sociales. Muchos me tienen por un tarambana, ya sé,

pero precisamente si tengo veintiocho años y no he concluido todavía la

Facultad, es porque me atrae y me interesa, más que los libros, más que

los Códigos, la vida misma. ¡Lo que yo veo, lo que yo aprendo en la

observación del mundo! Tal vez un día escriba algo... No creas, tengo

pensado un estudio sobre la evolución de la sociedad argentina; será un

golpe de maza. ¿Sabes lo que me propongo demostrar? Que si no se pone

remedio al avance de los vicios y a la inmoralidad que están creciendo,

la sociedad argentina se va al hoyo. ¡Al hoyo! ¡Si hay niñas que ya

tienen "garçonnière"!

Nuevamente asomó a su cara una expresión violenta y desagradable.

--La sociedad se irá al hoyo, murmuró Muñoz, cuando todo el mundo

proceda con tu falta de escrúpulos y con tu falta de honor.

Castilla le miró sorprendido, como quien recibe de improviso una injuria

completamente inmotivada.

--Hijo, repuso, la inmoralidad mía nada tiene que ver con la inmoralidad

social. Y pasando a cosas menos serias, ¿no sabes que la tonadillera se

ha casado? Tú fuiste muy tonto.

Empezaba la orquesta el preludio del tercer acto y apagaron las luces.

Castilla miró una vez más, con atrevimiento, a la niña del palco. Pero

como Muñoz se retiraba, sin saludarle, le retuvo en el pasillo.

--Oye, tú sabes que con todos mis defectos una cualidad no me falta: la

franqueza. Yo quisiera darte un consejo bien sincero sobre Adriana. No

lo tomes a mal ni supongas que pueda guardarle rencor... Al contrario,

me ha hecho pasar buenos momentos, me ha mirado con ojos dulces... en

fin, yo no podría quejarme...

--¿No puedes quejarte?--dijo Muñoz, los ojos llameantes y un impulso de

echarle las manos al cuello. Sentía que Castilla estaba groseramente

mintiendo.

--Pero precisamente, continuó Castilla titubeando sobre lo que iba a

decir,--precisamente no pretendo que abandones el campo, de ningún modo.

Ya te dije que Adriana me parece un soberbio tipo de mujer. Ha de ser

una niña de aventuras, como hay tantas ahora, en nuestra sociedad. Mi

consejo tiende sólo a prevenirte contra la posibilidad de que pudieras

meterte de tal modo en este lío...

No pudo proseguir, porque Muñoz, en voz baja, descompuesta por la rabia

contenida, le interrumpió:

--¡Óyeme! Ella será lo que quieras, pero tú has de empezar a decir

vilezas sobre Adriana, ¿me oyes?... cuando te hayas hecho digno, como un

perro...

Quiso agregar algún insulto atroz, pero la misma sobreexcitación le

impidió proferir otra palabra. Su amigo, más admirado que ofendido, le

miró alejarse y rehusar al salir, con un gesto violento, la contraseña

que un empleado intentó entregarle.

Encogiéndose de hombros, Castilla entró en la sala. Pasó junto al palco

de la niña del traje verde, caminando lentamente; luego de pasar se

volvió hacia ella y la miró atentamente, con una imperceptible sonrisa.

Adriana Zumarán (novela) · 第 17 / 31 题