Charito hablaba con su madre y Lucía Moreno sobre una rifa de caridad,
proyectada y organizada por ella para contribuir a las obras de un
pabellón en el asilo taller de Nueva Pompeya.
Adriana y Julio alcanzaban a oír, con intermitencias, la animada charla.
De pronto Charito enmudeció. Momentos después aparecía ante ellos,
confusa, mirándolos, sin acertar a explicarse; procuró sonreír y se
sentó en una silla, casi al borde. Pero en seguida hizo un ademán de
sobresalto y se levantó, indecisa. Había en toda su persona esa
nerviosidad contenida y esos modos inopinados de quien procura hacerse
comprender por alguien, con el temor de que otros, presentes, puedan
advertirlo. Pero Adriana apenas volvió hacia ella sus ojos distraídos.
--¡Voy, mamá, voy! exclamó Charito con un gesto de desesperación, para
llamar la atención de Adriana.
Esta repentinamente adivinó. Oyó la voz de Muñoz, miró a Julio
consternada y se levantó oprimida por un sentimiento de vergüenza y
desazón. Jamás había hablado con Julio de Muñoz. Tuvo tentación de
despedirse y escapar por el vestíbulo. Pero la llamaron. Entró temblando
al salón.
--Aquí la tiene usted, dijo con su habitual tono distinguido y amable la
señora González, dirigiéndose a Muñoz.
Adriana, lentamente, fue a tenderle la mano, pero en seguida murmuró,
ajustándose el sombrero con nervioso apuro:
--¡Qué tarde es! Ya no podría quedarme un rato más. La hora se me pasó,
mamá me espera... Muñoz, tenemos que hablar, ya sé; le avisaré a Charito
para encontrarnos una tarde aquí. Adiós, adiós.
Julio, retenido un minuto por Lucía, la vio salir como huyendo.
Tanto había conturbado a Muñoz la aparición momentánea de Adriana y tan
lejos estaba de suponer que Julio frecuentaba la casa de Charito, que no
le reconoció en el primer momento.
La señora González celebró que ambos jóvenes fueran amigos y luego
deploró que Adriana, por la hora, hubiese tenido que marcharse.
--Lo malo ha sido que a usted se le ocurriese venir tan tarde, añadió
dirigiéndose a Muñoz--y esto le sucede por andar tan perdido de aquí,
donde se le aprecia y se le quiere tanto.
Lucía la tomó aparte para que pudieran hablar Julio y Muñoz, pero
dirigiendo hacia ellos, de vez en cuando, una graciosa mirada de
curiosidad.
--¿Tú la conocías, entonces?
--Te lo dije aquella vez, repuso Julio.
--No lo recordaba.
--Te dije que la conocí en casa de las Aliaga.
--Creí que bromeabas, que te querías burlar de mí. No me lo dijiste muy
claro, en todo caso. En fin, ella le coquetea a todo el mundo. Y dime,
dejando este ridículo asunto mío, ¿has vuelto a encontrarte con aquella
muchacha que también conociste en casa de las Aliaga? ¿De quién se
trata, al fin? ¿Has vuelto a encontrarte con ella?
--Sí, he vuelto a encontrarme con ella.
--¿Dónde?
--Allí, en esa misma casa, volví a verla muchas veces, respondió Julio
con dulzura.
--¿Y ya te habrás enamorado? Recuerdo, sin embargo, que te proponías no
hacer nada para volverla a ver.
--Nada hice. Pero la quiero, ahora, mucho más que a mi vida misma.
--¿Y si ella te dejara?
--Nada haría para retenerla.
--¿Y eso cómo se explica?
--Pero si dejara de verla, lo mismo me daría morir. Ya no habrá nunca
otra mujer en mi corazón.
--Pero no dices quien es. No, no importa... De modo que tu "flirt" con
Adriana no tiene mayor importancia. Sí, ya comprendo, cosa de poco
momento. Es ella, sin duda, la que te ha obligado a festejarla. La has
encontrado aquí, por casualidad. El mismo caso de Castilla. Y volviendo
a la desgracia mía... ¿Viste cómo apenas me tendió la mano? Es cierto
que me dirigió una de esas miradas que siempre tiene para enloquecerme a
su gusto. Apuesto la vida a que también a ti te ha mirado alguna vez
así... y a Castilla... Te apuesto la vida.
Una vena azul se dibujó en las sienes de Julio y la serenidad de su
semblante desapareció por algunos segundos.
--¿Aceptas la apuesta? insistió Muñoz. Yo voy a que del mismo modo
angélico puede mirarte a ti, a Castilla y a todo el mundo. Sí, no tiene
importancia alguna ese modo de mirar. No hagas caso, es indecible su
maldad; hay en ella un demonio disfrazado, un demonio que a veces parece
divino, pero que no lo es. Volviendo al corazón mismo de nuestro asunto,
debo decirte que no me habló ella nunca de las Aliaga, de esa familia
que tú idealizas. Adriana no las conoce, eso debe ser broma tuya. ¿Y
hace tiempo que vienes aquí, a esta casa?
--He venido dos o tres veces, a lo sumo.
--¡Ah! Ya estoy dudando de la misma Charito. Dos o tres veces... ¿Para
qué te invitan? Hubiese preferido que vinieras desde hace años... porque
entonces estaría seguro de que la conoces en su maldad íntegra, y que ya
la desprecias ahora. Yo soy el único que debe sufrir la condenación de
quererla a pesar de todo... Es una muchacha digna de que se la maldiga.
Siguió un silencio largo. Muñoz, después de titubear visiblemente,
durante algunos segundos, le exigió, en forma muy categórica, su opinión
sobre Adriana. Y luego que Julio expresó, tranquilamente, una idea
opuesta a la suya, se irritó sobremanera. Discutieron. Julio terminó
pidiéndole disculpa de no poder compartir una sola de las apreciaciones
hechas por su amigo.
--¡Qué quieres! Cabalmente me parece Adriana el tipo de esas muy
exquisitas mujeres porteñas que nadie conoce, finamente disfrazadas de
superficialidad, pero mucho más sutiles que las mujeres de otros países.
Hasta la maldad resulta en ellas una pura apariencia, un velo necesario
para ocultar la preciosa alma incomprendida. Sin embargo esta alma
asoma, como a pesar suyo, en cierto hechizo discreto... ¿No confiesas tú
mismo que Adriana suele hacerte la impresión de un demonio divino?
Piensa un poco...
--En fin--le interrumpió Muñoz--¿qué me aconsejas?
Hizo esta pregunta clavándole una fría mirada. Julio tuvo un gesto vago
y se levantó.
--Nada te aconsejo. Pero yo, si en ella no sintiera algo acorde con la
pasión mía, creo que desistiría.
--No, no quieras decirme nada. Desprecio tu consejo... ¡La que no dejará
entrar a otra mujer en tu corazón es Adriana!
--Sí, no he de negártelo.
--Bueno, todo esto carece de importancia. Tú y Castilla y todo el mundo
están en la misma situación. Contigo hará lo que hizo conmigo. Te repito
que es una mala muchacha, y si hoy encuentro a Castilla le daré un
abrazo, de todo corazón. Y tú serás también un cobarde y un desdichado.
Ya te ha mareado. El diablo debiera llevársela.
Se quedaron callados, Julio quiso despedirse. Lucía, acercándose, le
retuvo, mientras parecían sus ojos preguntar a uno y a otro: "¿Y cómo
han arreglado el asunto estos dos rivales?" Brillaba con tanta evidencia
la curiosidad amable en sus lindos ojos, que Charito, impaciente, la
abordó con un tema trivial, el primero que se le ocurrió.
Julio, como distraído por una preocupación, volvió a despedirse.
--Es una lástima, le dijo Lucía en voz baja, para no ser oída de Muñoz;
ahora que no está Adriana para acapararlo como hace siempre, ahora que
una podría hablar con usted, se va tan en seguida.
Pocos minutos después, acompañándole con Charito hasta la escalera del
vestíbulo, su mano enguantada, mientras él descendía, le saludó por
encima de la barandilla.
--Adiós, Lagos... es una suerte que se haya usted enamorado de
Adriana... y yo de otro. Porque si no sería usted capaz de gustarme... Y
reía deliciosamente, en tanto que Charito, tapándole la boca para que
no prosiguiera, la reprendía en voz baja.
--Te pareces a Adriana; en esto son las dos igualitas.
Cuando ambas volvían al salón, Lucía confesó encantada:
--Yo me reía, sabes, pero más por disimular, porque te juro, dejando las
bromas, que Julio me gusta.
Ni la escuchaba Charito. Afligida, preocupada, comprendía que cambiar
los sentimientos de Adriana era ya extraordinariamente difícil. Al mismo
tiempo aumentaba en su corazón la animadversión contra Julio. Y
acercándose vivamente a Muñoz:
--Quiero hablarle con sinceridad, exclamó, a usted, a mi mejor amigo,
para quien jamás tendría una doblez. ¿Es o no verdad que soy su amiga
más buena y más leal?
--Sí, ya lo sé, Charito, respondió Muñoz haciendo un esfuerzo para
sobreponerse a la indiferencia que le abrumaba.
--Y bueno, prosiguió ella con tono conmovido--yo nunca he comprendido
esa pasión suya por Adriana.
--Pero, Charito, ¡si ella es monísima! intervino Lucía.
--Tú no sabes lo que hablas. ¡No es una muchacha que merezca tanto!
Aparte de su cara bonita todo en ella es coquetería y apariencia.
--Al contrario, Charito, Adriana es un encanto en todo sentido.
--¡Ah! No vaya usted a suponer, Muñoz, que quiero hablarle mal de
Adriana; es una amiga de la infancia, y no le niego, por ejemplo, mucha
inteligencia natural, y un espíritu cultivado. Pero tiene defectos
fatales. Yo no creo que ella pueda ser garantía de felicidad para un
hombre noble como usted. No es mujer para el hogar. Cuando una muchacha
tiene ciertas ideas, cierto instinto de libertad y... vamos, el modo de
ser y la volubilidad de sentimientos que usted le conoce tan bien como
yo... No nos engañemos, Muñoz; ella es coqueta por temperamento, incapaz
de constancia, llena de caprichos y con una imaginación enteramente
fantástica.
--Ya, la familia fantástica, dijo Muñoz, sin que Charito, llevada por el
calor de sus palabras, advirtiese la interrupción.
--No, Muñoz, yo no comprendo que se pueda querer así, ciegamente, y
sobre todo no veo afinidad ninguna entre ella y usted. Son dos espíritus
no sólo distintos sino casi opuestos, que no podrían comprenderse nunca.
Usted se engaña, se engaña. Todo lo que hay en usted de recto, de bueno,
lo tiene ella de inconsciente, de voluble... o de qué sé yo... Porque le
repito que no quiero hablarle mal de ella.
--¡Pero no haces otra cosa, Charito! exclamó Lucía.
--¡No! No hablo mal de ella, digo lo que es, sin censurarla. Yo tampoco
soy una santa.
--Entonces no exageres así. Si nos pusiéramos a comparar ¿qué dirías de
mí?
--Es muy distinto. No hay maldad en las cosas tuyas y en ella sí.
--Tampoco en Adriana. Una engaña como la pueden engañar a una. Las
palabras de amor se aceptan sin calcular, sin exigir demasiado ni
reclamar apasionamientos, y sin saber, muchas veces, si a una la quieren
o si una quiere. Hay un claroscuro del sentimiento que tú no conoces, y
donde pueden ocultarse el júbilo y las lágrimas. Porque en todo este
juego, los ratos felices y las horas desdichadas se compensan; y
sabiendo jugar, hasta la misma pena suele dejar en la memoria una
dulzura...
El continuo velo de malicia había caído de su cara y hablaba con una
seriedad graciosísima. Iba a seguir, pero advirtiendo de pronto que
Charito y Muñoz tenían los ojos fijos en ella, escuchándola, se ruborizó
como una criatura; y echándose a reír, volvió a recatarse bajo su amable
expresión habitual.
--Ya les estaba dando toda una conferencia sobre el amor, pero fue por
Adriana, por disculparla y por disculparme yo también. Creo que Charito
es con ella demasiado severa... Fuera de Muñoz, (agregó para halagar a
éste), a nadie hace caso, estoy segura, porque su "flirt" con Castilla
no tuvo importancia. Y Julio parece un simple amigo.
--¡Ah, sin importancia, su "flirt" con Castilla! Yo no quería
mencionarlo a Castilla, pero en realidad cuando se piensa que él
festejaba a Raquel y que Adriana no tuvo escrúpulos para hacerse
festejar por él...
--No creo, Charito.
--Porque no la conoces.
--Al contrario. Y la imagino hasta mejor que yo, más idealista y que
todo lo hace por exceso de idealismo...
--No sabes lo que dices, Lucía. Adriana es muy farsante, y yo le hablo
así a Muñoz por la primera vez, para despertarlo, porque sufre de una
alucinación. ¡Ah, si él supiera cómo se desvanecen después todas las
apariencias con que la mujer sabe cubrirse, para interesar a los
hombres, para desconcertarlos, y para hacer que poco a poco se engañen
completamente! Y esto lo he pensado, Muñoz, no solamente ahora, sino
hasta cuando ella se moría por usted.
--Nunca me pareció que se moría por mí, repuso Muñoz. Al contrario,
Charito, ni cuando decía quererme.
--¡Porque ella todo lo calcula! Y en su afán de rarezas, hasta suele
disimular su cariño, ese cariño que ella empieza a sentir por
cualquiera, pero que se le va con la misma facilidad. Hace poco tiempo
usted era el único que realmente había sabido, según ella, despertarle
amor. Es cierto que lo mismo le oí decir en ocasión de otro festejo...
Ahora Charito inventaba, atribuía a su amiga palabras que no le había
oído nunca, o transformaba las cosas en el sentido que mejor convenía a
su demostración. Sus escrúpulos desaparecían por la idea de consultar el
interés de Muñoz.
--Yo creo, concluyó, que usted mismo se ha fomentado esta pasión. Porque
ni siquiera la comprendería si usted se hubiese dejado seducir y
alucinar por la simple belleza física.
Muñoz miró a Charito atentamente.
--Y ella ¿está enamorada de Julio, ahora?
--No lo creo, no puede Adriana enamorarse, no es capaz de enamorarse.
Él insistió.
--¿Pero le demuestra algo, al menos?
--¡Ah, seguramente! No se concibe que ella converse con un mozo sin
coquetearle.
Una expresión de sufrimiento alteró las facciones de Muñoz.
--¡Cómo debe quererla, el pobre! murmuró Lucía al oído de Charito. Y
dirigiéndose a él:--Adriana puede volver a quererlo, y en todo caso, de
no quererlo Adriana, no ha de faltarle otra. Cualquiera que usted
festeje lo querrá... Nadie podría ser feliz si tomara las cosas como
usted las toma y si no pudiera, en ocasiones, cambiar de cariño, cuando
no hay otro remedio. Sea razonable, Muñoz.
Hubiera sido difícil decir si era ternura o simple piedad lo que
temblaba en la caricia de su actitud insinuante, dulce. Acaso se había
ya desvanecido su repentina veleidad por Julio, ante este muchacho
abatido por desdicha de amor, y que parecía necesitar tanto de un fino
consuelo.
--Y no hay otro remedio, efectivamente,--murmuró él sumido ahora en una
vaguedad de inconsciencia.--Pero no me resigno. ¿Qué puedo hacer, Lucía?
¿Qué puedo hacer?
Lucía, sin contestar en seguida, le sugirió con naturalidad:
--Y... quiérame a mí...