Ese día Charito la acogió con un aire de mal humor que nunca tenía, como
de persona agraviada por motivos demasiado penosos para decirlos. Pero
inútilmente aguardó de Adriana una pregunta que le diera pie para
replicar con frases ya meditadas. Su amiga se conformaba con sonreír o
mirarla de soslayo, distraída, porque aquel mutismo de Charito, sin
preocuparla, le permitía abandonarse a la encantada dulzura de sus
propios pensamientos.
Al fin Charito no pudo contenerse:
--¿Ves lo que gano por ser contigo demasiado buena? Le han traído el
cuento a mamá de que yo me doy cita con muchachos en el Museo. ¿Te
imaginas? Todo un lío por causa tuya. Y si te dijera...
Se detuvo con un gesto de fingida exasperación, como si se guardara las
palabras más duras.
Adriana seguía mirándola, distraída.
--Tan luego tú, Charito,--dijo con acento amistoso--tú tan seria, tan
incapaz de una incorrección, darte cita con varios muchachos. ¿No
comprendes que nadie podrá creerlo?
--Lo creen y lo repetirá todo el mundo.
--Todavía de mí, que era una coqueta... que soy una coqueta... Óyeme: no
te fastidies, nada te cuesta decir que todos esos muchachos tenían la
cita conmigo.
--Puedes estar segura que yo no cargaré con la culpa.
--¡Ah! pero tú misma, concluyó Adriana acariciándola, has acabado por
convencerte de que fue una cita, y una cita con varios. En todo caso los
varios éramos nosotras y el pobre Julio era la sinvergüenza.
A Charito no la enfadaba tanto el chisme como el hecho de que Adriana
esquivaba la entrevista con Muñoz y en cambio la había obligado a
hacerse amiga de Julio, a quien detestaba. En realidad, Adriana ejercía
sobre ella un gran dominio que nadie hubiera sospechado al verlas
juntas, según Charito la censuraba y le imponía consejos que eran
siempre escuchados, aunque nunca seguidos. Adriana, por el contrario,
obtenía de ella, sin parecerlo, todo lo que quería.
--Voy a proponerte algo, le dijo, para poner a prueba tu amistad. Como
Julio a casa no va, ni quisiera yo que fuese, tú me harás un gran favor.
--¿Pero no has conseguido acaso verte con él aquí, en casa? ¿Quieres una
prueba mayor?
--No te enojes, Charito querida, y escúchame... También lo veo en casa
de las Aliaga y es allí donde empecé a quererlo, tú lo sabes. Sin
embargo, yo sospecho que sin haberte tratado con ellas les tienes
antipatía a las Aliaga, y tal vez esa bondad tuya ha sido un cálculo
para alejarme de ellas...
--Yo no calculo nunca, Adriana, soy demasiado leal.
--Lo sé, lo sé... pero entonces yo sí he calculado, te lo confieso.
Sería difícil explicarte... Yo misma no comprendo con claridad porqué
ahora voy con inquietud a esa casa. ¡Y si supieras qué cariño les tengo!
A Laura la adoro. No sé lo que daría por verla dichosa... Laura Aliaga
es mi mejor amiga.
--¡Ah, tu mejor amiga!
--Exceptuándote a ti, naturalmente... Pues bien, con todo esto, prefiero
verlo en tu casa.
--En fin, ¿qué nueva prueba pretendes de mi amistad?
--Óyeme bien: quisiera verlo a Julio, de vez en cuando, con tu ayuda,
por la noche...
--¿Por la noche? ¿Y dónde quieres verlo de noche?
--En el teatro, Charito. Ha empezado la temporada de ópera y tú sabes
que voy, en las noches del primer turno, con Raquel y Fernando. Julio va
a la platea para verme, pero naturalmente apenas hay oportunidad de
hablar. Además, puedo encontrarme con Muñoz y esto sería desagradable.
Yo pienso ceder mi butaca a Fernando para que él invite a otro amigo, o
puedo dártela a ti...
--¡Pero si yo estoy muy bien en el palco nuestro!
--Para que tú la regales, Charito. No me interrumpas. Ya verás que te
pido un pequeño sacrificio... Como de todos modos no coincide el turno
tuyo y el mío, quisiera que tú, alguna vez, me acompañaras a la cazuela.
--¿Pero con qué objeto? ¿Qué haremos las dos en la cazuela?
--Para hablar más libremente con Julio.
--¡Estás loca! ¡A la cazuela no pueden ir los hombres!
--Si me interrumpes a cada rato será imposible explicarte. En el piso de
la cazuela hay una confitería, y a esta confitería pueden entrar los
hombres.
--¡Ah, y tú quisieras...!
--Déjame concluir, Charito. Iríamos juntas tú, Lucía Moreno y yo. Julio
se acercaría como un amigo común...
--Basta, eso de mí no lo conseguirás nunca.
--Atiéndeme, Charito.
--Es inútil, no insistas. Puedes entenderte con Lucía; también a ella le
gustan las aventuras, y hasta se ha hecho amiga de un grupo de chicas
que a mí no me gustan nada, por cierto.
Adriana no respondió y se quedó mirándola con la anterior actitud
distraída. Después, suspirando con resignación:
--Tendré que pedirle este servicio a Zoraida Aliaga...
Charito contuvo un gesto de contrariedad. Y la idea calculada de impedir
que su amiga recurriera a la amistad de Zoraida, al fin la hizo ceder.
Por otra parte, quería seguir vigilándola. Pensaba que tarde o temprano
aquel entusiasmo por Julio acabaría y sería llegado entonces el caso de
devolverla al amor de Muñoz.
Sin embargo, su enojo no se había calmado.
--¿Y por qué no te visita en tu casa? ¡Puesto que Muñoz también te
visitaba!
--Precisamente por eso y porque Julio, en realidad, no es mi "novio".
Hay entre nosotros algo demasiado fuera de los sentimientos comunes para
que pueda presentarse en casa y sustituir en su papel a Muñoz. El
presente que vivimos es conforme a mi corazón.
--Pronto te desilusionarás, porque te enamoras con la misma facilidad de
Lucía,--le replicó Charito.
Pudieron verse así con más frecuencia. Algunas noches, por favor
especial de su amiga y ruegos insistentes de Lucía Moreno, hallaban
ocasión de conversar, después del primer acto, durante todo el resto de
la función, en la confitería de la cazuela. Entonces se quedaban casi
completamente solos. Los mozos, junto al mostrador, contaban dinero y
hablaban en voz alta. Del vasto teatro les llegaba el eco prolongado de
un canto, seguido de aplausos que morían en un súbito silencio. Y estos
intermitentes rumores de la invisible multitud que palpitaba tan cerca
de ellos, contribuían a darles la sensación de hallarse circundados por
una suave y amorosa quietud. Adriana escuchaba a Julio con abandono. Le
parecía que sólo un tenue velo de dulzura separaba sus almas.
Luego, terminada la función, aparecían Charito y Lucía. Se despedían de
Julio en un rellano de la escalera, para que Raquel y Fernando, que las
esperaban abajo, no descubrieran el secreto de aquella singular decisión
de preferir la cazuela a la brillante sala iluminada.
Al día siguiente, si la mañana era templada, iban al paseo de Palermo.
La señorita Ivonne les acompañaba también, empeñada en proteger el amor
de Adriana. Experimentaba un placer de reflejo, porque aquella pasión
dichosa le hacía recordar un idilio suyo, cuando ella en París era una
linda estudiante del Liceo.
Adriana solía preguntarse, sin embargo, si la apasionada humildad de
Julio correspondía íntegramente a un sentimiento real, y si no habría
exageración, acaso vaga ironía en sus palabras tan rendidas, tan
espontáneas y semejantes, a veces, a la confesión que pudiera hacer un
niño. ¡Qué no hubiera dado, en tales momentos, para penetrar siquiera
por un instante el alma de Julio! Cierto pesimismo se insinuaba a veces
en su corazón, tanto más penoso cuanto mayor era su júbilo cuando
pensaba que él la quería.
A veces intentaba decirle con sinceridad lo que sentía. Cuando su
expresión titubeaba, las palabras de él venían al encuentro de su idea y
le daban forma, hasta en sus más velados contornos; era como si ya
conociera Julio toda la intimidad de su alma. Ella recordaba entonces,
por amorosa comparación, el amanecer de invierno en el internado
religioso. Se levantaban todas las colegialas para la misa del alba, y
en el templo, a oscuras todavía, tres o cuatro cirios echaban un
amarillento resplandor, que relucía en el reborde de algún candelabro o
temblaba sobre la cara llorosa de la Virgen. Cuando la luz de la mañana
comenzaba luego a esparcir un color avinado, las figuras de las
vidrieras místicas eran vagos fantasmas diseñándose apenas y por querer
tomar colores en la sombra. Ella se recogía, embargada por la emoción
religiosa, y quedaba por largo rato apoyada la frente sobre las manos
juntas. Cuando levantaba de nuevo los ojos, las altas vidrieras se
habían iluminado, y sus imágenes de esmalte resplandecían, con las
túnicas azules y rojas y las bellas caras en éxtasis, circundadas por el
oro de las aureolas.
Así le esclarecían las palabras de Julio sus ideas íntimas, y pálidas
figuras dormidas se incorporaban como atónitas en la penumbra de su
espíritu.
Y sintió un gran deseo de ella también encantarlo. Cierta maravillosa
inspiración, a veces, movía sus actitudes y dictaba sus palabras; le
parecía convertirse en un ser más perfecto, más ideal, difundir de sí
misma una gracia nueva, plegarse su persona completamente al secreto
ensueño de Julio; y tenía la sensación de revestirse, para él, con un
pasajero pero incontrastable hechizo de milagro. También en tales
momentos, cuando se sentía con la posesión de esta fuerza seductora,
radiante, ¡qué no hubiera dado por penetrar el alma de Julio, a fin de
conocer cómo lo iba ella enamorando!
* * *
Eran ya las dos de la madrugada. Sola en su dormitorio contiguo al de
Raquel, sin desvestirse, sentada al borde de la cama y la luz velada con
la pantalla, Adriana dejaba que su imaginación se sumergiese
completamente en la delicia de los momentos extraños pasados con Julio.
El presente era por cierto, como se lo había dicho a Charito, conforme a
su corazón.
Le parecía vivir en una transparente y maravillosa eternidad.
Y ahora Raquel dormía, la pobre Raquel que no olvidaba, ciertamente, la
perversidad de Adriana, y que no había vuelto a hablarla desde la
ocasión del penoso diálogo en casa de su tío.
Ahuyentando esta idea penosa, siguió divagando; algunas frases de Julio
que tornaban murmurando a sus oídos, le hacían el efecto de una pura y
permanente adoración.
¡Qué diferencia con las emociones experimentadas cuando comenzó su
relación con Muñoz! Recordó un día en que éste le besó la mano con beso
tembloroso, ardiente, de hombre enamorado que quiere imponerse por la
audacia, y sólo despertó en ella un sentimiento hostil y ofendido...
¿Llegaría jamás a ofenderse, en cambio, cuando Julio le besara la mano
con su modo distraídamente humilde? Adriana sintió algo semejante a la
sensación de irrealidad que le sobrevino algunas veces, en la paz
conventual, cuando se ponía de rodillas ante el Jesusito del claustro.
Le pareció, de pronto, que se transportaba en cuerpo y alma a una región
ideal. Pensó en el milagro de la Asunción. ¿"Estoy loca"? se dijo con un
sobresalto dulcísimo. Y era tanta la ligereza, la volubilidad de su
divagación, que le pareció subir oscilando, suavemente, como la Virgen,
bajo una claridad de gloria.
La trajo a la realidad, de pronto, un gemido de Raquel. Acudió
corriendo, sobrecogida por una compasión inenarrable. Encendió la luz.
Raquel, que solía tener pesadillas penosas, lloraba ahogada por la
angustia; pero cuando Adriana se abrazó a ella y consiguió despertarla,
por largo rato no pudo substraerse al terror de su sueño. La agitaban
ligeros sollozos, y los hermosos ojos empañados por el llanto, miraban
sin comprender. Adriana le acariciaba los cabellos, y murmurando
palabras de cariño, procuraba apaciguarla.
Repentinamente cesaron los gemidos de Raquel: vuelta a la conciencia de
las cosas, su mirada continuó fija en Adriana, con la misma extrañeza,
con el mismo estupor. Porque a medida que se sustraía a la influencia de
la pesadilla, iba apoderándose de ella una sorpresa profunda ante la
dolorida solicitud de su hermana. Le parecía otra. No acertaba a
explicarse aquella compasión que le transformaba tan singularmente la
cara, ni aquella mansa ternura de toda su actitud, ni aquellas
desconocidas caricias.
Pensó, por un momento, que había salido del sueño terrible para entrar
en otro, muy plácido, pero igualmente irreal.
Adriana, en tanto, entendiendo todo lo que decían, a través de las
lágrimas, los ojos asombrados de Raquel, recordó las veces que se había
complacido en humillarla. El remordimiento, un remordimiento íntimo,
amargo, le llenó el corazón. Su antigua maldad le pareció
incomprensible. Y lo que más daño le hacía era la persistencia muda de
aquella mirada de los ojos verdes en la carita cubierta por el
desordenado cabello. Era evidente que su pobre hermana no concebía en
ella la bondad.
Entonces, movida por un impulso ardiente, tomó entre sus manos la cabeza
de Raquel. Una ternura inmensa la avasalló, hasta quitarle el respiro. Y
se puso a sollozar, hablando, con la voz entrecortada.
--Perdóname, Raquelita, perdóname. Ya sé que no tengo ni el derecho de
pedirte perdón. Cuando debí hacerlo, te insulté. Sí, he sido contigo
demasiado mala. Ya no lo soy. He perdido todo mi orgullo odioso. No, no
me mires con ese modo asombrado. Si supieras todo lo que sufro y todo lo
que he sufrido en estos días, pensando en mi maldad para contigo. Pero
ya no volveré a cometer bajezas, Raquelita... Escúchame... te acuerdas
cuando... murió papá... y cuando yo te pegué... cuando...
No pudo continuar, se ahogaba.
Y las dos, abrazadas estrechamente, se pusieron a llorar,
comprendiéndose, reconciliándose, abandonadas al imperio de una de esas
emociones que son como revelación repentina de una verdad generosa, y
derraman su bálsamo de dulzura sobre las inquietudes y los sinsabores de
la vida.