XII

Una especie de ingenuidad pura, algo como deseo sobrenatural, se

infundía en Adriana por la idea de que su corazón se apasionaba. Esto le

parecía una extraña vuelta de su alma a la primera época del internado

conventual, entre los once y los trece años, época breve que surgía como

lejana blancura en sus recuerdos.

Su idea de Jesús, en aquel tiempo, se mezcló con delirios inocentes,

asociada a la muerte de su padre y a multitud de reflexiones que

llenaran de dulzura su corazón de jovencita. Porque el misticismo es una

flor que se alimenta por una parte con savia de la tierra y por la otra

con rocío del cielo.

Durante las horas de estudio pedía permiso para pasearse a solas por el

claustro. La vieja arcada colonial circundaba todo el jardín. En la

fachada blanca de los arcos se abrían grietas revestidas de musgo;

interiormente la bóveda, muy baja, comunicaba una impresión de sepulcro.

En el centro del jardín, la estatua de la Virgen se alzaba solitaria,

bajo una corona de follaje que le formaban cuatro grandes magnolias, tan

antiguas como el convento mismo; enredaderas de jazmín del País,

trepando al pedestal de la imagen, le tendían floreciendo una alfombra

de nieve. La Virgen, los pies ocultos en esta blancura, tenía la cara

inclinada y su manto de mármol le anegaba la frente y los ojos en

sombra.

Al caer la tarde se respiraba allí, por las magnolias y los jazmines, un

aroma embriagante. Por encima de los arcos claustrales, sobresalía el

techo de la capilla con sus acanaladas tejas negruzcas; y el

campanario--la cúpula redonda esmaltada de azul,--parecía asomarse con

indiferencia al desconcierto vulgar del mundo. Al silencio del jardín

los ruidos de la calle llegaban como venidos de una región extranjera,

lejana. El convento dormía aislado en una tranquilidad de misterio,

donde sin duda reinaría perpetuamente aquella Virgen de piedra. Y a la

oración, bajo el cielo lívido, un ánima parecía suspirar en cada

vibración de la campana, que el eco prolongaba, temblorosamente, a lo

largo del claustro.

Una felicidad hubiera sido entonces, para Adriana, contemplar a las

monjas en la media luz del crepúsculo formando hilera detrás de los

arcos, con los labios rezando el rosario entre las manos juntas y los

ojos perdidos en la visión vaga del esposo celeste. Las había imaginado

así, suspensas en una inmaterialidad donde la vida palpitaba tan sólo

como débil vestigio, y les había supuesto asimismo en la cara una

dulzura plácida y en el alma la serenidad que tenía el dolor de la

Virgen.

Pero pronto se decepcionó. Sólo pudo conocer a las semi enclaustradas y

hasta las de carácter más suave vivían sin transfigurarse por la piedad

y sin que nunca iluminase sus caras el deseo sobrenatural.

En una esquina del claustro había un Cristo crucificado, dentro de un

nicho practicado en el espesor del muro. Era de tamaño pequeño; con la

cabeza echada hacia atrás, abría la boca en un estertor de agonía cruel.

Se pensaba, al verlo, que retenía un lamento entre los labios inmóviles.

La visión de este Jesusito agonizante, contemplado silenciosamente

durante horas enteras, solía por la noche frecuentarla bajando del nicho

y caminando sobre las baldosas frías del corredor solitario. Adriana

entonces, arrebujándose, llena de una conmiseración desolada, se dormía

llorando por Él con amargura indecible.

Una noche, al recogerse las internas en el gran dormitorio común, se

notó su ausencia. La buscaron inútilmente en la capilla, en la oscuridad

del jardín, en la sala de estudio, hasta que fue descubierta en el

ángulo del claustro, parada sobre una silla. Tenía un brazo apoyado

encima del Cristo y cerrando los ojos besaba la dolorosa boca

entreabierta. Las monjas se acostumbraron, después, a verla inmóvil, al

pie del nicho, a veces con las manos juntas y como atónita. Si entonces

alguien venía a hablarla, respondía ella con una dulzura extrañada,

volviendo en seguida la mirada hacia la imagen, como si hubiesen

interrumpido entre ella y el Cristo una vaga comunicación.

Llegó a enamorarse tanto de Jesús, que la aterraba de piedad el motivo

que los Evangelios atribuyen a su muerte. Entonces, movida por el deseo

ingenuo de arrancarse a la horrible complicidad que tocaba a ella,

redimida también por la sangre divina, juntaba las manos suplicando: "Te

pido una sola cosa, Jesús de mi alma: no me dejes entrar al cielo cuando

muera". Y en su lenguaje infantil procuraba explicarle que prefería

permanecer en la impureza del pecado y consagrarse a los espantos del

infierno, antes que aprovechar con tanto egoísmo, para conquistar la

gloria, sus sufrimientos de Redentor.

Le parecía inexplicable que todo el mundo pasara por aquel rincón del

claustro sin advertir el gran dolor de Jesús. Un día, sin poder

contenerse, llamó a una monja que era su maestra, se oprimió a ella y le

señaló el Cristo. La monja se persignó devotamente.

--Fíjese, hermana, insistió ella con ansiedad, Jesús parece que grita.

--Hijita, sí; es por nosotros que pecamos tanto. Y se alejó con la

indiferencia habitual en todas.

Aquella noche Adriana soñó que las monjas se hallaban reunidas en un

confuso salón, iluminado con grandes arañas, y bailaban formando

cuadrillas al compás de una música sorda y lenta, pero que estallaba de

repente en sonidos agudos y torbellinos de estruendo. Entonces las

monjas giraban vertiginosamente y las arañas se sacudían echando sobre

ellas los cirios. Luego, bruscamente, la música paraba y cada monja

quedaba tiesa, en actitud grotesca. Todas ellas llevaban hábito

descotado y reían como locas; pero al mirarse los brazos desnudos

enrojecían tanto, que de los párpados hinchados les brotaban gruesas

gotas de sangre. Una legión de diablillos, azules y rojos, caracoleaban

por el aire como chispas de fuego.

En medio del salón, expuesto a una burla general, vio al pequeño Cristo

que se cubría la cara con las manos y a escondidas le hacía señas de

súplica. Las monjas, para no tropezar con él mientras bailaban, se

recogían el hábito y le saltaban por encima. Pero Adriana no podía

protegerle; la hermana cocinera la tenía abrazada, empeñada en darle el

pecho. Adriana apartó la boca con horror, se despertó sin respiro,

bañada en sudor, paralizada por la angustia.

Desde entonces todas aquellas delicadezas de su alma empezaron a sufrir

un proceso de desvanecimiento, todas sus ternuras se fueron apagando

como los colores de una olvidada pintura bajo la capa de polvo que la

cubre.

A poco cambió su modo de ser y dejó de frecuentar el sitio que sus

éxtasis asiduos habían como impregnado de una atmósfera mística. Cuando

la interrogaban, ponía una cara adusta, y golpeando el suelo con el pie,

se quedaba mirando en el vacío. La hermana superiora venía, inquieta, y

le preguntaba, acariciándola con dulzura:--¿Qué tiene, Adrianita? ¿Ya no

le reza al Señor?

--No, no, porque ha dejado que me compre el diablo.

Y no daba otra explicación: la había comprado el diablo y ella estaba

perdida para el cielo.

Más tarde su carácter se hizo irónico.

--¿Ustedes son peladas?--preguntaba riendo a las hermanas.

Y las amenazaba con arrancarles la toca.

Un día sugirió a dos compañeras la curiosidad de saber si efectivamente

eran las monjas peladas. En el vasto dormitorio común, separaba las

camas de las colegialas un cortinado que les hacía como estrechas

celdillas. Una monja, la hermana Casilda, velaba paseándose por medio

del salón, hasta después de acostadas y dormidas todas. Luego se recogía

en una celdilla propia, más grande que las demás y cerrada por un

cortinado más espeso. Adriana convenció a sus compañeras que podía

espiarse a la hermana Casilda; seguramente no dormiría con la toca

puesta. En la noche convenida, cuando cesó de oírse el ruido leve de sus

pasos vigilantes, las tres muchachas se juntaron en medio del salón.

Temblaban de miedo. Se acercaron cautelosamente a la celdilla grande,

cuchicheando. Un hilo amarillento rayaba la juntura del cortinaje; pero

la hermana Casilda dormía toda la noche con luz.

--¿Por qué no vas a ver?--dijo Adriana a una de sus compañeras.

--Tengo miedo...

--¡Bah! iré yo.

Adriana se aproximó a la celdilla, fingió entreabrir la cortina, y

volvió con una expresión maravillada.

--¿Cómo está?--le preguntaron.

--¡Pelada!

Las dos se aproximaron a su vez, caminando de puntillas; el ruedo de sus

camisones se estremecía sobre los pies desnudos. Ambas, ávidamente,

abrieron la cortina.

--¡Jesús!--gritó la voz espantada de la hermana Casilda, que no se había

desvestido aún.

Cuando acudieron a la cama de Adriana, denunciada por sus compañeras, la

vieron que dormía; una suave sonrisa flotaba en sus labios, como si su

alma, soñando, hubiese volado a la región de sus éxtasis.

Insensiblemente se fue adhiriendo a su espíritu la maldad viciosa,

hostil a la antigua pureza de su corazón. Y sufría sin embargo lo

indecible al sentirse ya incapaz de ser buena, incapaz de resistir la

influencia maligna, aquella influencia que ya, durante su infancia, la

había aterrado alguna vez: así cuando Raquel, empañados por el llanto

los hermosos ojos verdes, se defendía de sus golpes despiadados

cubriéndose la cabeza con las manecitas abiertas.

Los castigos que la superiora decidió imponerle, al fin, le hicieron

conocer otro mal sentimiento: el rencor.

Pero a veces el pequeño Cristo volvía a bajar de su nicho, caminaba

sobre las baldosas del corredor solitario, aparecía en la celdilla de

Adriana, como un mudo reproche, y la miraba fijamente.

Adriana Zumarán (novela) · 第 14 / 31 题