Una especie de ingenuidad pura, algo como deseo sobrenatural, se
infundía en Adriana por la idea de que su corazón se apasionaba. Esto le
parecía una extraña vuelta de su alma a la primera época del internado
conventual, entre los once y los trece años, época breve que surgía como
lejana blancura en sus recuerdos.
Su idea de Jesús, en aquel tiempo, se mezcló con delirios inocentes,
asociada a la muerte de su padre y a multitud de reflexiones que
llenaran de dulzura su corazón de jovencita. Porque el misticismo es una
flor que se alimenta por una parte con savia de la tierra y por la otra
con rocío del cielo.
Durante las horas de estudio pedía permiso para pasearse a solas por el
claustro. La vieja arcada colonial circundaba todo el jardín. En la
fachada blanca de los arcos se abrían grietas revestidas de musgo;
interiormente la bóveda, muy baja, comunicaba una impresión de sepulcro.
En el centro del jardín, la estatua de la Virgen se alzaba solitaria,
bajo una corona de follaje que le formaban cuatro grandes magnolias, tan
antiguas como el convento mismo; enredaderas de jazmín del País,
trepando al pedestal de la imagen, le tendían floreciendo una alfombra
de nieve. La Virgen, los pies ocultos en esta blancura, tenía la cara
inclinada y su manto de mármol le anegaba la frente y los ojos en
sombra.
Al caer la tarde se respiraba allí, por las magnolias y los jazmines, un
aroma embriagante. Por encima de los arcos claustrales, sobresalía el
techo de la capilla con sus acanaladas tejas negruzcas; y el
campanario--la cúpula redonda esmaltada de azul,--parecía asomarse con
indiferencia al desconcierto vulgar del mundo. Al silencio del jardín
los ruidos de la calle llegaban como venidos de una región extranjera,
lejana. El convento dormía aislado en una tranquilidad de misterio,
donde sin duda reinaría perpetuamente aquella Virgen de piedra. Y a la
oración, bajo el cielo lívido, un ánima parecía suspirar en cada
vibración de la campana, que el eco prolongaba, temblorosamente, a lo
largo del claustro.
Una felicidad hubiera sido entonces, para Adriana, contemplar a las
monjas en la media luz del crepúsculo formando hilera detrás de los
arcos, con los labios rezando el rosario entre las manos juntas y los
ojos perdidos en la visión vaga del esposo celeste. Las había imaginado
así, suspensas en una inmaterialidad donde la vida palpitaba tan sólo
como débil vestigio, y les había supuesto asimismo en la cara una
dulzura plácida y en el alma la serenidad que tenía el dolor de la
Virgen.
Pero pronto se decepcionó. Sólo pudo conocer a las semi enclaustradas y
hasta las de carácter más suave vivían sin transfigurarse por la piedad
y sin que nunca iluminase sus caras el deseo sobrenatural.
En una esquina del claustro había un Cristo crucificado, dentro de un
nicho practicado en el espesor del muro. Era de tamaño pequeño; con la
cabeza echada hacia atrás, abría la boca en un estertor de agonía cruel.
Se pensaba, al verlo, que retenía un lamento entre los labios inmóviles.
La visión de este Jesusito agonizante, contemplado silenciosamente
durante horas enteras, solía por la noche frecuentarla bajando del nicho
y caminando sobre las baldosas frías del corredor solitario. Adriana
entonces, arrebujándose, llena de una conmiseración desolada, se dormía
llorando por Él con amargura indecible.
Una noche, al recogerse las internas en el gran dormitorio común, se
notó su ausencia. La buscaron inútilmente en la capilla, en la oscuridad
del jardín, en la sala de estudio, hasta que fue descubierta en el
ángulo del claustro, parada sobre una silla. Tenía un brazo apoyado
encima del Cristo y cerrando los ojos besaba la dolorosa boca
entreabierta. Las monjas se acostumbraron, después, a verla inmóvil, al
pie del nicho, a veces con las manos juntas y como atónita. Si entonces
alguien venía a hablarla, respondía ella con una dulzura extrañada,
volviendo en seguida la mirada hacia la imagen, como si hubiesen
interrumpido entre ella y el Cristo una vaga comunicación.
Llegó a enamorarse tanto de Jesús, que la aterraba de piedad el motivo
que los Evangelios atribuyen a su muerte. Entonces, movida por el deseo
ingenuo de arrancarse a la horrible complicidad que tocaba a ella,
redimida también por la sangre divina, juntaba las manos suplicando: "Te
pido una sola cosa, Jesús de mi alma: no me dejes entrar al cielo cuando
muera". Y en su lenguaje infantil procuraba explicarle que prefería
permanecer en la impureza del pecado y consagrarse a los espantos del
infierno, antes que aprovechar con tanto egoísmo, para conquistar la
gloria, sus sufrimientos de Redentor.
Le parecía inexplicable que todo el mundo pasara por aquel rincón del
claustro sin advertir el gran dolor de Jesús. Un día, sin poder
contenerse, llamó a una monja que era su maestra, se oprimió a ella y le
señaló el Cristo. La monja se persignó devotamente.
--Fíjese, hermana, insistió ella con ansiedad, Jesús parece que grita.
--Hijita, sí; es por nosotros que pecamos tanto. Y se alejó con la
indiferencia habitual en todas.
Aquella noche Adriana soñó que las monjas se hallaban reunidas en un
confuso salón, iluminado con grandes arañas, y bailaban formando
cuadrillas al compás de una música sorda y lenta, pero que estallaba de
repente en sonidos agudos y torbellinos de estruendo. Entonces las
monjas giraban vertiginosamente y las arañas se sacudían echando sobre
ellas los cirios. Luego, bruscamente, la música paraba y cada monja
quedaba tiesa, en actitud grotesca. Todas ellas llevaban hábito
descotado y reían como locas; pero al mirarse los brazos desnudos
enrojecían tanto, que de los párpados hinchados les brotaban gruesas
gotas de sangre. Una legión de diablillos, azules y rojos, caracoleaban
por el aire como chispas de fuego.
En medio del salón, expuesto a una burla general, vio al pequeño Cristo
que se cubría la cara con las manos y a escondidas le hacía señas de
súplica. Las monjas, para no tropezar con él mientras bailaban, se
recogían el hábito y le saltaban por encima. Pero Adriana no podía
protegerle; la hermana cocinera la tenía abrazada, empeñada en darle el
pecho. Adriana apartó la boca con horror, se despertó sin respiro,
bañada en sudor, paralizada por la angustia.
Desde entonces todas aquellas delicadezas de su alma empezaron a sufrir
un proceso de desvanecimiento, todas sus ternuras se fueron apagando
como los colores de una olvidada pintura bajo la capa de polvo que la
cubre.
A poco cambió su modo de ser y dejó de frecuentar el sitio que sus
éxtasis asiduos habían como impregnado de una atmósfera mística. Cuando
la interrogaban, ponía una cara adusta, y golpeando el suelo con el pie,
se quedaba mirando en el vacío. La hermana superiora venía, inquieta, y
le preguntaba, acariciándola con dulzura:--¿Qué tiene, Adrianita? ¿Ya no
le reza al Señor?
--No, no, porque ha dejado que me compre el diablo.
Y no daba otra explicación: la había comprado el diablo y ella estaba
perdida para el cielo.
Más tarde su carácter se hizo irónico.
--¿Ustedes son peladas?--preguntaba riendo a las hermanas.
Y las amenazaba con arrancarles la toca.
Un día sugirió a dos compañeras la curiosidad de saber si efectivamente
eran las monjas peladas. En el vasto dormitorio común, separaba las
camas de las colegialas un cortinado que les hacía como estrechas
celdillas. Una monja, la hermana Casilda, velaba paseándose por medio
del salón, hasta después de acostadas y dormidas todas. Luego se recogía
en una celdilla propia, más grande que las demás y cerrada por un
cortinado más espeso. Adriana convenció a sus compañeras que podía
espiarse a la hermana Casilda; seguramente no dormiría con la toca
puesta. En la noche convenida, cuando cesó de oírse el ruido leve de sus
pasos vigilantes, las tres muchachas se juntaron en medio del salón.
Temblaban de miedo. Se acercaron cautelosamente a la celdilla grande,
cuchicheando. Un hilo amarillento rayaba la juntura del cortinaje; pero
la hermana Casilda dormía toda la noche con luz.
--¿Por qué no vas a ver?--dijo Adriana a una de sus compañeras.
--Tengo miedo...
--¡Bah! iré yo.
Adriana se aproximó a la celdilla, fingió entreabrir la cortina, y
volvió con una expresión maravillada.
--¿Cómo está?--le preguntaron.
--¡Pelada!
Las dos se aproximaron a su vez, caminando de puntillas; el ruedo de sus
camisones se estremecía sobre los pies desnudos. Ambas, ávidamente,
abrieron la cortina.
--¡Jesús!--gritó la voz espantada de la hermana Casilda, que no se había
desvestido aún.
Cuando acudieron a la cama de Adriana, denunciada por sus compañeras, la
vieron que dormía; una suave sonrisa flotaba en sus labios, como si su
alma, soñando, hubiese volado a la región de sus éxtasis.
Insensiblemente se fue adhiriendo a su espíritu la maldad viciosa,
hostil a la antigua pureza de su corazón. Y sufría sin embargo lo
indecible al sentirse ya incapaz de ser buena, incapaz de resistir la
influencia maligna, aquella influencia que ya, durante su infancia, la
había aterrado alguna vez: así cuando Raquel, empañados por el llanto
los hermosos ojos verdes, se defendía de sus golpes despiadados
cubriéndose la cabeza con las manecitas abiertas.
Los castigos que la superiora decidió imponerle, al fin, le hicieron
conocer otro mal sentimiento: el rencor.
Pero a veces el pequeño Cristo volvía a bajar de su nicho, caminaba
sobre las baldosas del corredor solitario, aparecía en la celdilla de
Adriana, como un mudo reproche, y la miraba fijamente.