"He prometido a Muñoz una entrevista contigo. A tu casa no puede ni
quiere ir, después de las incomprensibles actitudes tuyas. Además, creo
que pretende, con todo derecho, saber si en realidad estás dispuesta a
cumplir o no con tu palabra. Si la entrevista se realizara esta tarde,
sería oportuno vinieras lo más temprano posible. Así en seguida le hablo
por teléfono a Muñoz. No creas que me haya dado él la misión de
convencerte en su favor, porque ni siquiera sabe que te reprocho tu
inconsecuencia; sólo me emplea en este caso, como sincerísima amiga suya
que soy, para obtener una entrevista naturalmente
definitiva.--_Charito_".
Adriana leyó esta esquela y fue temprano, según los deseos de Charito.
Pero en seguida le pidió que no llamara a Muñoz. Se sentía poco
dispuesta para resolver tan grave asunto:
--Tú comprendes que yo empezaría por hablar alocadamente, como la otra
vez, y toda reconciliación sería ya imposible, porque se trata, según
creo, de una entrevista "naturalmente definitiva"...
--¡Decir--exclamó Charito--que las muchachas inteligentes y lindas como
tú están destinadas generalmente a casarse con hombres de espíritu
vulgar! ¡Y tú también habías de perderte así, por tontera, por falta de
reflexión! Yo estoy segura de que a Muñoz lo quieres en el fondo; no
podrías dejar de quererlo.
--¡Ah, en el fondo...!--repuso Adriana distraída.
Estaba lejos de la conversación y de la misma Charito. ¿Para qué había
venido? Embargada por las influencias que la rodeaban asiduamente en
casa de las Aliaga y viviendo como envuelta por una atmósfera de pasión
y de encantamiento, la compañía de su "leal amiga" era algo que carecía
de significación. Más que nunca tuvo la sensación de que Charito, como
la familia de su tío Ernesto Molina y como su madre misma, no tenían
conciencia de los grandes misterios... Y que tampoco la tenían las
innumerables personas absorbidas por la vanidad de la vida mundana,
devoradas por ella, agitadas como muñecos en la constante preocupación
de figurar.
La conversación de Charito reflejaba toda aquella inconsistencia.
--¿Y qué haces?--proseguía.--En ninguna parte se te ve ahora. Las
mañanas de Palermo nunca estuvieron tan bien como este año. Podrían
verse allí todos los días; no queda un solo banco desocupado y en las
avenidas y junto a los lagos desfilan los carruajes apretados, sin poder
pasar, todos llenos de chicas que se saludan bajo las sombrillas de
claros colores.
Adriana no pudo dejar de sonreír, comprendiendo que Charito, a quien no
faltaban sus pretensiones literarias, buscaba las palabras escuchándose
hablar.
En esto llegó Lucía Moreno, una amiga de ambas; venía acompañada de su
profesora, Mlle. Ivonne, que le servía al mismo tiempo como dama de
compañía. Lucía era, para Adriana, un ser mucho más interesante que
Charito. Muchacha de unos diez y nueve años, elegantísima, alegre de
carácter, llena de gracia espontánea, una continua sonrisa le jugaba en
los labios y en los ojos negros. Y estos ojos tenían una suerte de
malicia recatada, como si ella estuviese siempre, a pesar suyo, con la
imaginación vagando en atrevidas y dulces ideas. Adriana se divertía,
sobre todo, cuando peleaba con la profesora. Esta no podía comprender,
en las muchachas del país, "la falta de lógica y la conducta
atolondrada".
--Usted, le replicaba Lucía, sin enfadarse nunca, está para enseñarme
idiomas y no para aconsejarme. Ya demasiado tengo con los consejos de
papá, que tampoco me sirven para nada.
Adriana, fingiendo pensar como Mlle. Ivonne, la reprendía imitando la
pronunciación extranjera, y con el mismo tono de severidad.
La señorita Ivonne se empeñaba en inculcar a Lucía nociones de
literatura y de arte. Esa tarde quiso a toda costa que antes del paseo
visitaran el Museo de Bellas Artes. Ella había accedido, pero con la
condición de buscar a Charito, para pasarlo menos aburrido.
Cuando media hora después entraban en la sala de calcos, Adriana creyó
soñar: de pie, con la atención reconcentrada en una escultura griega,
estaba Julio.
--¡Qué notable casualidad, Charito querida! murmuró involuntariamente.
Pero en seguida sonrió, ocultando el sobresalto de su corazón. Y como
Lucía se adelantara precisamente hacia Julio, la llamó, suplicándole
viniera a sentarse con ellas en un escaño; podía de allí observarle a
sus anchas. ¡Qué sorpresa tendría él cuando saliese de su contemplación!
--No digas nada, susurró al oído de Charito; pero a ese que allí ves, lo
quiero y lo querré toda mi vida.
La miró Charito con aire extraordinariamente sorprendido, como si su
amiga la humillara con esta inesperada confesión. Y mientras Lucía
Moreno rehusaba sentarse, alejándose hacia la sala vecina, con la
señorita Ivonne:
--¿Julio Lagos? No te hará caso, sé que es amigo de Muñoz, amigo
íntimo.
En ese momento Julio se volvió y sus ojos se encontraron con los de
Adriana. Pareció mirarla sin verla. Iluminándosele la cara, la saludó.
Adriana sonrió a Charito, a manera de una seña para hacerle comprender a
él que podía acercarse. Lo presentó a su amiga, quien le recordó que
habían sido ya presentados, algunos meses antes.
Lucía se acercó también, con la sonrisa que le jugaba en los labios y en
los ojos. Conocía a Julio de vista y por oídas. Tomó en seguida una
actitud confiada y, enlazando la cintura de Charito, se apoyó en ella
con dejadez familiar, lánguida. Parecía advertirle que reconocía en él a
una persona de su misma clase sentimental; hizo que recayera la
conversación sobre un tema galante. Su mirada acariciaba a Julio. Pero
observando de pronto que entre éste y Adriana había "algo", puso una
graciosa cara de susto y su gesto parecía pedir a Adriana, buenamente,
que la disculpara de una torpeza involuntaria. Para hacerse perdonar del
todo, quiso que la señorita Ivonne y Charito les dejaran conversar
aparte.
Pero Adriana retuvo a la señorita Ivonne, fue con ella a ver la
escultura que había contemplado Julio y leyó la inscripción: "Psyché".
--Mírela bien, Adriana,--dijo él acercándose. Es una figura de absoluta
perfección material; las líneas de la cabeza y del rostro parecen
sometidas a esa noción del arquetipo que inspiró a los griegos la
ciencia y la armonía. Y su realidad artística, material, se desvanece,
se pierde bajo una idea superior, como si la perfección visible fuese un
simple apoyo para atraer la presencia de la espiritualidad misma.
--Eso está todo en la expresión, ¿verdad?--preguntó ella procurando
interpretar el pensamiento de Julio.
--Sí, eso "se siente" en la expresión de las líneas y en la actitud, que
revelan el rostro invisible, íntimo... Los griegos realizaron sin
violencia tales prodigios por una extrema sutilización de las facultades
artísticas y un divino equilibrio de la conciencia. En la época moderna
los escultores procuran también revelar espíritus y símbolos, pero sólo
logran hacerlo recurriendo a la deformidad, artificialmente, y así sus
obras son casi siempre una caricatura. Nuestra época es incapaz de
alzarse hasta la religiosa sabiduría helénica. Inútilmente algunos
grandes espíritus han procurado enseñarla. Sus lecciones son voces
solitarias, vagamente oídas. En cambio han nacido y prosperado, para
interpretarla, teorías monstruosas. Se cree que los griegos adoraban
"sobre todo" la materialidad y la forma. Pero éstas eran, evidentemente,
simple medio para comunicarse con lo sobrenatural, belleza plástica
intermediaria para ascender al arquetipo místico. Hasta se ha
establecido una oposición imaginaria, absurda, entre el pretendido
materialismo antiguo y los artistas cristianos del Renacimiento; y éstos
se arrodillaron, sin embargo, ante el divino arte pagano, y los más
grandes aspiraron, de la noción helénica, la divina placidez que había
de irradiar en sus Vírgenes y en sus ángeles de amor; pero abrumados por
la oscuridad de los siglos anteriores, hicieron el milagro sin llegar
nunca a la suprema delicadeza que es el triunfo del arte antiguo y que
lo pone en armonía con el movimiento de las esferas. El culto de una
belleza absoluta y única, irradiando más allá de las apariencias, y en
cierto modo más allá de los dioses, infundió en los artistas de Atenas
la clarovidencia sobrenatural. Hoy fermenta el resabio de las barbaries
oscuras en una violación innoble y pedantesca de las leyes eternas, las
leyes que hicieron coincidir las líneas expresivas con el alma, así en
esa suave Psyché.
--C'est peut être juste, c'est peut être juste, dijo Mlle. Ivonne,
procurando acordar las reflexiones de Julio con las enseñanzas de la
Université des Annales que ella frecuentara en su país.
Lucía Moreno se había acercado con Charito y escuchaba a Julio sin dejar
de sonreír. Examinó la Psyché con cierta curiosidad respetuosa,
procurando descubrir en ella todo aquello que Julio le atribuía.
--No miremos, Lucía; nuestros ojos son demasiado modernos--dijo Charito
irónica, advirtiendo el encanto con que Adriana había oído al rival de
su amigo Muñoz.
Pero Adriana no pensaba. Se sentía feliz, indeciblemente feliz, y
experimentaba como nunca, desde que conociera a Julio, la sensación de
ser "otra". No tenía deseo de intervenir en la conversación y besaba, de
vez en cuando, la mano de Charito. Las estatuas, en la tranquilidad de
la sala, le parecían reposar.
Flotaba sobre ella una influencia serena y pura.
Y Julio también era otro. Ya no tenía aquella vaga tristeza en el
semblante distraído, y su modo, sus palabras, eran dulzura y galantería,
no solamente para con ella, sino también cuando se dirigía a Charito, a
Lucía o a la institutriz. Esta, considerando que tenía ante sí a un
interlocutor inteligente, quiso aprovecharlo. Se refirió a la alta
educación que recibían las niñas en los liceos de París y criticó lo
decorativo y superficial de la enseñanza en los colegios de Buenos
Aires.
--Et même le Sacré Coeur ici, et même le Sacré Coeur, m'a t-on dit.
Después se empeñó en comunicarle sus opiniones sobre el modernismo en el
arte. Julio condescendía. Entonces, entusiasmada, pasó del modernismo a
otros temas, requiriendo a cada paso la opinión de Julio con la misma
pregunta:
--Ce n'est pas vraie, monsieur? Ce n'est pas vraie?
Y de vez en cuando se refería a Lucía, pero hablando en español para
hacer notar el concepto inferior en que la tenía:
--¡Oh! si usted supiera el trabajo que ella me da, para interesarla en
los estudios serios. Y ella es inteligente, señor, pero aquí las niñas
no tienen afición, porque están muy mal educadas. Ellas no tienen base,
señor, no tienen base.
Sin embargo, la severidad de sus opiniones no reñía con cierta bondadosa
transigencia en asuntos sentimentales. Y así, como Lucía le hiciera
comprender el mutuo interés que tenían Adriana y Julio, desapareció
instantáneamente todo su enfado. Con el pretexto de examinar otras obras
llamó con modo muy ostensible a Lucía y a Charito.
--Y el señor Lagos, agregó, puede acabar de explicar a la señorita
Adriana la escultura griega.
Ambos entraron en una de esas salitas que están a trasmano.
Había allí una luz atenuada, tranquilidad más íntima y sólo tres o
cuatro cuadros de gran tamaño. Inquietud, dicha sobresaltada se
apoderaron de Adriana. Una suavidad, que recubría poco a poco los
objetos próximos, los aislaba del mundo como con un velo. Colgaba frente
a ellos una maja de ojos provocativos y boca manchada de rojo violento,
como las flores del mantón, pero se anegó también en la misma irrealidad
fantástica.
No podía hacer Adriana mucho caso de lo que Julio le hablaba, porque se
sentía demasiado embargada por la idea de estar conversando los dos sin
testigos, en aquel delicioso rincón de soledad. Y Julio mismo, al fin,
le pareció revestido con el velo de la suavidad acariciante. Sus
palabras no se apartaban de los asuntos sobre los cuales habían
conversado otras veces, en casa de las Aliaga. Pero su voz tenía de
nuevo el dejo humilde, insinuante, que tan singularmente la había
sorprendido algunos días antes. Y toda su persona parecía rendirse a
ella. Para ocultar su emoción, Adriana contemplaba fijamente el cuadro
de la maja provocativa.
Cuando oyeron a Lucía que peleaba en voz alta a la institutriz, adrede
para advertirles, Adriana se levantó.
--¿Vienen ya?--preguntó él con un tono de ingenuidad desolada.
--Sí, adiós,--repuso ella abandonándole la mano. Sin saber por qué se
despedía así antes de que llegaran las otras; y le miró, no ya con la
gracia de sus ojos un poco atónitos, sino con una súbita expresión
seria, dulcemente seria.
Y la atmósfera de pasión que ella respiraba en casa de las Aliaga, la
abuela reaparecida en el claror de la luna, la dolorosa idea de su padre
suicida por amor, todo seguía atrayendo sobre ella una impalpable
influencia.