IX

Subieron a la habitación de la abuelita, en seguida de comer. La anciana

hizo señas a Adriana de acercarse y sus dedos largos y viejos le

acariciaron los cabellos. Había una extrema suavidad en su modo y en

toda su persona; la tranquilidad profunda del rostro traía el vago

resplandor de una belleza apagada por el tiempo.

Ya no salía de la habitación, a causa de la parálisis, y por lo común se

absorbía completamente en la reminiscencia de las cosas pasadas; para

ella se reducía a sus nietas todo el pálido presente.

Eran de otra época los muebles que la acompañaban, la suntuosa y maciza

cómoda de manijas talladas, los sillones altos como sitiales; de otra

época los grandes marcos de un oro ya sin brillo: en las telas

agrietadas, los rasgos expresivos de las caras habían comenzado a

borrarse, y la sonrisa de estas caras, alguna llena de hermosa juventud

bajo lo anticuado del atavío, parecía velada de pesadumbre, como por la

conciencia larga de la muerte.

La anciana le preguntó por su madre y sus hermanas, y luego, evocando

poco a poco sucesos que se referían a la familia de Adriana:

--Yo lo apreciaba mucho a tu bisabuelo, tu bisabuelo por la rama de tu

madre; me festejó en un tiempo.

La expresión de sus ojos, bajo la frente placidísima, se anegó en el

recuerdo. Y refirió el caso con sencillez casi infantil, repitiendo las

frases que le habían murmurado, más de medio siglo antes, en una fina

declaración de amor, que su memoria resucitaba con la imaginación del

salón lejano, las figuras ceremoniosas del minué, su propia linda imagen

de muchacha vista de soslayo en los altos espejos, y ya indecisos, como

en una sombra, los gestos galantes de sus amigos desaparecidos.

Las Aliaga oían sus palabras con una suerte de avidez febril. Rara vez

ocurría que así se pusiera a contar historias de su tiempo; la vejez

avanzada había atenuado mucho su sensibilidad, le había comunicado una

especie de indiferencia para todas las cosas, y también para sí misma,

porque hablaba de morirse sin que tal idea despertase en ella zozobra

alguna. Pero esa noche, los recuerdos la iban como galvanizando.

--Y yo no sé por qué tu bisabuelo no me gustaba para marido. Entonces él

se casó con Josefina Chaves, la abuela de tu mamá; era también muy

bonita y nada celosa; ella misma nos daba bromas, a su marido y a mí,

cuando se acordaba de aquellos festejos. Sí, y él se quedaba callado.

Sabía disimular muy bien.

Y el rostro de la anciana sonreía con expresión de dichosa ingenuidad

senil.

--Tomaron una casa muy linda,--continuó--en la calle de la Piedad, junto

a la iglesia. ¿Viven ustedes siempre allí?

--¡Oh, no señora! Nos mudamos. Yo apenas me acuerdo.

--La echaron abajo hace tiempo, abuelita--dijo Zoraida. Ahora viven en

la calle Cerrito, a pocas cuadras de aquí.

Adriana vio como en sueños aquella casa antigua, el patio con sus

baldosas blancas y negras, la grande y tupida magnolia, en cuya cima

asomaban, medio tapadas por las hojas, enormes rosas blancas. Y recordó

también las hermosas diamelas, su aroma embriagante cuando todas las

plantas del patio florecían y sus hinchados pétalos, próximos a

marchitarse, tomaban un color avinado...

--También la casa en que vivíamos nosotras la han echado abajo, explicó

Zoraida.

--¿Es posible?

Pero el rostro de la anciana volvió a iluminarse:

--Una vez tu bisabuelo, como siguiendo la broma, me regaló un ramo de

diamelas. Josefina se reía, pero no creo que le gustara mucho. Ah, ¡qué

ricas diamelas!

Y parecía aspirar de nuevo la fragancia y contemplar la escena remota en

una milagrosa reaparición.

Luego contó, una tras otra, largas historias de las cuales ella o sus

amigas habían sido las heroínas; y también tragedias ocultas, como el

suicidio de una sobrina de Juan Manuel de Rozas, muchacha suave y

sentimental, que no pudo sobrevivir a un desengaño de amor.

Recordó el caso triste que diera origen a la capilla de Santa Felicitas

y todo un profundo pasado parecía asomarse desde la región del olvido,

varias generaciones cuyos individuos se habían ido extinguiendo, con las

ideas, los sentimientos y las costumbres sencillas de una época muerta;

salones radiantes, grandes espejos de consolas doradas, furtivos

mensajes de amor jamás develados, música de serenatas despertando la

calle en el patriarcal silencio del barrio dormido. Ya no había un

vestigio de aquella época, la anciana sobrevivía en un presente ruidoso,

cuyos ecos sin interés para ella solían llegarle, sin embargo, por la

conversación voluble de sus nietas modernas.

Cuando la abuela se hubo recogido, y ellas bajaron nuevamente, aquellas

historias continuaban flotando como un romántico hálito antiguo sobre

las cabezas de Adriana y las Aliaga.

Reunidas en el comedor, tenían las manos lánguidamente caídas sobre la

carpeta de terciopelo rojo, menos Carmen, que con las suyas se cubría la

cara para seguir más abstraída en la imaginación de las escenas que

había evocado la anciana.

--¡Qué mal hace abuelita, dijo Zoraida, de hablar así delante de esta

chica! Tiene ya la cabecita llena de novelas.

--¡Bah!--respondió Carmen--todas nosotras somos lo mismo, aunque no

queramos confesarlo... Vivimos de soñar en el amor.

Y la actitud seria y el tono reflexivo de sus palabras, contrastaba con

la apariencia de criatura de quince años que ella tenía.

--Lástima--dijo Zoraida--que Julio no haya oído las historias de

abuelita, él que sólo se interesa por las cosas ideales.

Adriana sonrió vagamente, para que no sospecharan el tumulto de su alma.

¿Era posible que sólo al oír pronunciar su nombre se conmoviera así?

Carmen interrumpió a Zoraida.

--¿Que sólo se interesa Julio por las cosas ideales? Tú no puedes

saberlo; ya tendrá él sus cosas materiales también, y en el amor, sobre

todo. Porque todos los hombres...

Enrojeció vivamente y miró a Zoraida confusa y sonriendo. Así con mucha

frecuencia le ocurría, por su misma ingenuidad, que se le escapaban

reflexiones indignas, según le decía Zoraida, en una chica de su edad.

Pero prosiguió:

--Sí, Julio debe tener sus asuntos; pero es tan reservado, tan raro, que

nadie puede sacarle nada. La festejó un tiempo a Elisa Jiménez.

Esta era una muchacha muy bonita, emparentada con las Aliaga, aunque

casi no tenían con ella relación de amistad.

--¿Elisa Jiménez? No es muchacha para enamorar a Julio--repuso Laura

casi en voz baja y como distraída.

--O entonces alguna señora casada--sugirió Carmen, mirando de nuevo con

aquella expresión sonriente y confusa a su hermana mayor.

--¡Camucha!--le gritó ésta.

--Tal vez--continuó Carmen--está enamorado de alguna de nosotras... Un

mozo no viene tan seguido a una casa si no tiene interés... Después yo

he notado...

Pronunció con ligera ironía estas palabras y se detuvo un instante,

mirando a Laura con malicia.

Como Adriana advirtió que Laura iba a intervenir, acaso para desviar la

conversación, le tomó rápidamente las manos: "Óyeme, óyeme,--murmuró--te

preguntaré una cosa". Pero no tenía idea de preguntarle nada y sólo, sí,

el propósito de impedir que se interrumpieran las revelaciones de

Carmen.

--Porque cuando habla con Laura tiene un modito de mirarla...

--Cuando habla contigo también--replicó Laura--Julio siempre mira así.

--¿Saben de quién se ha de enamorar entonces?--preguntó Carmen como

maravillada.--¡De Adriana! Estoy segura, no sé por qué.

Pero lo dijo con el mismo ligero tono de ironía y como por dar a su

amiga una broma amable.

Ya tarde llegó Julio y le contaron las amorosas reminiscencias de la

abuela. En el rostro de todas, hasta de Zoraida, había una animación

inusitada. Julio escuchaba y casi no tomaba parte en la conversación.

Miraba siempre a la que hablaba, pero su actitud se parecía a la de

alguien que estuviera completamente solo.

Aquella velada terminó con un episodio extraño, que dejó en el espíritu

de Adriana un ancho rastro de pena.

X

Se habían puesto a discutir con animación si la abuelita no habría

interiormente correspondido al bisabuelo de Adriana.

--Sí--opinaba Carmen--pero ha guardado el secreto, jamás lo ha confesado

a nadie, ni a nosotras mismas lo diría nunca. Fue tal vez el único amor

verdadero de su vida y un recuerdo que se llevará ella a la tumba.

--¡Sí, tal vez!--murmuró Laura como atribuyendo una significación

extraordinaria a la idea de Carmen.

--¡Bah!--intervino Zoraida--abuelita es demasiado sencilla para eso.

Diles, Adriana, que no hagan fantasías de una cosa tan común. ¿Tú qué

piensas sobre eso?

--Que posiblemente mi bisabuelo sí la quiso y se casó con otra

guardándose la tristeza de no ser comprendido.

Era para ella una emoción deliciosa oírse consultar sobre la remota

pasión de aquel antepasado.

--De todos modos--volvió a sugerir Carmen--el amor en los tiempos de

abuelita tenía algo de más romántico, de que sé yo... Era posible

entregarse completamente a la ilusión divina...

--Hoy también--murmuró Laura a media voz.

--¡Oh! En primer lugar, un caso como el tuyo es raro--replicó Carmen

aturdidamente, sin sospechar el efecto terrible que iban a producir sus

palabras. Tú lo has querido de veras a José Luis, es cierto, pero bien

desdichada fuiste, Laura; y es que en estos tiempos, hija...

Enmudeció repentinamente, azorada y comprendiendo que había cometido una

torpeza irreparable.

--¡Camucha!--gritó Zoraida como si hubiera experimentado un dolor

punzante.

Todos miraron a Laura. Se había levantado con los ojos fijos en Carmen y

algo indecible en la expresión. Adriana la vio palidecer y buscar un

arrimo.

--¿Pero qué dijo Carmen?--preguntó Julio, yo no alcancé a oír, no

alcancé a oír.

Laura se sonrió, le miró, se confundió más, y como nadie hablara,

exclamó con desesperación:

--¡Dios mío! ¡Ahora supondrán que me impresiona el recuerdo de José

Luis!

Dejó caer los brazos. Julio, en medio de la aflicción de todos, tomó un

frasco con agua de colonia que pidió a Zoraida y empapando completamente

su pañuelo quiso aplicarlo a las sienes de Laura. Pero ésta lo rechazó,

sonriéndole de nuevo, y pidió que la acompañaran a su habitación. La

llevó Zoraida. Esta volvió al poco rato y reprendió a Carmen.

--Como lo dijiste así, delante de todos, ella creyó que era una burla.

--No--replicó Carmen--fue por la impresión que le hace siempre acordarse

de José Luis.

--Ella dijo que no, se desesperó de pensar que podía alguien

interpretarlo así.

--Prueba de que ha sido por eso, o porque tú estabas presente, y como

tuviste la culpa de que se rompiese el compromiso... como ella siempre

piensa que tú has deshecho su felicidad...

Los ojos de Zoraida se llenaron de lágrimas.

--Perdóname Zoraida, todos sabemos que procediste con la intención de

salvarla y nunca me atrevería a reprocharte nada. Pero sólo quiero

explicarte... Estoy segura de que todavía lo quiere a José Luis. Dicen

que pronto pedirá él una licencia y vendrá... Si eso sucede, Zoraida,

tenemos que hacer lo posible, por lo menos, para que vuelvan a verse...

Adriana ignoraba todavía las circunstancias de aquel antiguo noviazgo de

su amiga. Sin embargo, le pareció que tanto Zoraida como Carmen se

equivocaban. Y antes de que otra sospecha se esclareciera en su espíritu

completamente, fue a la habitación de Laura. La halló despierta, muy

tranquila en apariencia; le acarició con ternura las manos y las

mejillas, y sentándose a la cabecera de la cama, ya no quiso volver al

comedor en el resto de la velada. Experimentó por ella un sentimiento

nuevo, mezcla de afecto profundo y lástima indecible. Su solicitud hacía

sonreír dulcemente a Laura.

--¿Por qué no vas al comedor?--murmuró.--Yo voy a dormirme ya.

--No, no tienes sueño y yo no podría conversar allí pensando que te

quedas tan apenada.

--Ha sido todo casual, Adriana... El recuerdo de ese muchacho no me

impresiona mucho. ¿Sabes una cosa?... Nunca me preguntes nada sobre

eso... porque... no me lo preguntes tampoco... Movió la cabeza

procurando sonreír.--De todos modos,--continuó--no podría ser sincera

sobre esto. ¡Te quiero tanto, Adriana! Nunca he tenido una amiga como

tú. Y siempre te querré, siempre... Hasta puedo decirte que eres mi

única amiga. Hay cosas extrañas; ni tú ni yo seríamos capaces de

confiarnos nuestras cosas íntimas, y sin embargo sé que tú me

comprenderías. ¡Qué inteligente y qué buena eres!

--¿Buena?--Y una gran emoción agitaba el alma de Adriana y le impedía

responder a tales demostraciones de cariño. En verdad ella también creía

sentir que Laura era su única amiga.

En ese momento la imagen de Julio pasó por su espíritu, primero en la

actitud inmóvil con que escuchara, las manos en los bolsillos, como si

estuviera solo, la conversación sobre la abuela, y luego su cara de

ingenuidad y de dolor, mientras empapaba su pañuelo en agua de colonia.

¡Cómo lo adoró, en ese instante! De pronto, levantándose, Adriana se

inclinó sobre su amiga en un arranque de piedad, y la cubrió de besos

hablándola al oído.

--Un solo favor te pido, Laurita querida... y ya nunca te preguntaré

nada... ¿Todavía lo quieres a José Luis?

Y tenía un temor desesperado de que ella le respondiera que no.

Pero Laura apartó rápidamente la mirada, sonrió con su dulzura habitual,

y abrazando la almohada, acomodó en ella su cara dolorida. Adriana ya no

pudo interrogarla. A poco se quedó dormida. La pantalla verde, muy caída

sobre la lámpara, en el velador, ponía grandes penumbras en el resto de

la habitación. Detrás de Adriana estaba Carmen, que había entrado

silenciosamente.

--Te voy a contar todo--dijo en voz baja y con el índice sobre los

labios, como si quisiera atenuar el sonido de su propia voz. ¡Ah! Laura

me mataría si llegara a saber...

Y una vez cerciorada de que se había realmente dormido, empezó:

--Es una historia triste. ¿Sabes por qué apenas habla con Zoraida? No ha

podido olvidar... Ella tenía catorce años y se enamoró de José Luis

Aguirre, que ahora es agregado o secretario en una Legación. Se querían

muchísimo, pero de tanto como se querían llegaron a imaginar para ellos

un amor ideal, algo que no tuviese nada que ver con las dichas vulgares.

Les lastimaba cualquier cosa que rompiese el encanto que vivían. Eran

dos criaturas sin experiencia, demasiado sensibles... como yo. Todo,

seguramente, hubiera ido bien. La culpa fue de Zoraida. Ellos pretendían

verse a solas, en secreto... Pero sólo por idealismo ¿sabes? por exceso

de idealismo, sin malicia ninguna, eso te lo puedo jurar. Si yo creo que

José Luis nunca llegó ni a besarla. Con mirarla, nada más, parecía que

no cabía en sí de felicidad. Yo llevaba las cartas que se escribían.

¡Qué cartas más divinas, Adriana! No comprendía yo que pudiese Laura

expresarse tan bien. Y no creas que usaba términos literarios, ni frases

de libro; todo se reducía a confesarle sencillamente lo que sentía, lo

imposible que sería olvidarlo nunca, sucediera lo que sucediera; y esto

lo escribía con una confianza tan pura, y con tal modo, que ningún

hombre, en el caso de José Luis, hubiera podido dejar de enamorarse,

aunque Laura fuese una muchacha fea en vez de ser, como es, la más linda

de nosotras tres. Yo entonces tenía doce años apenas y sin embargo la

impresión de esas cartas no se me borrará nunca. Los dos me contagiaron

la pasión que sentían, me hicieron comprender lo que era el amor.

--¿Y te enamoraste de alguien, también?

Carmen suspiró, con una sonrisa de pena y casi de reproche para Adriana.

--No, no encontré de quién. Quise enamorarme y me ilusioné bastante con

un muchacho... ni te quiero decir su nombre, porque es un

insignificante, me parece, aunque muy buen mozo. Rompí con él cuando

quiso que nos comprometiéramos. Ese día medité mucho, y al fin saqué la

conclusión de que no era él bastante inteligente para que no hubiera el

peligro de que después me decepcionara... Pero verás lo que sucedió con

Laura y José Luis. Se entendieron para pasar una temporada en la

estancia de un tío nuestro; también él era amigo de nuestro tío y el año

anterior había ya estado en la misma estancia. Pero Zoraida, que desde

la muerte de mamá vino a ser como una madre nuestra, (abuelita ya estaba

como ahora y Eduardo no se ocupaba de nosotras), Zoraida quiso ir con

Laura, para vigilarla. Y era precisamente lo que la desesperaba a Laura,

esa continua vigilancia, y que no pudieran los dos decirse una palabra

sin que ella en seguida les pidiese cuenta. ¡Pobre Zoraida! Tampoco lo

hizo por maldad, sino por temor de qué sé yo. Tú lo has visto, ahora

tiene un miedo mortal por mí... aunque tal vez con más razón, porque yo

si llego a enamorarme pierdo la cabeza... Dime, Adriana, ¿no puede

ocurrir que un amor muy grande en apariencia resulte pura imaginación?

--Puede suceder, Carmen.

--¿Sabes la idea que muchas veces me da miedo? Llegar a casarme y

después darme cuenta que no le tengo ningún amor a mi marido. Una podría

resignarse, es cierto, resignarse a sufrir. Pero piensa por un momento

que estando casada una se enamorara de otro. ¡Qué situación horrible!

Bueno, Laura le suplicaba que en último caso la acompañara yo, los

vigilara yo. Fue inútil, Zoraida le repetía que nuestra familia era muy

desgraciada en el amor y que ella no tenía edad para enamorarse así. Al

fin Laura se resignó a todas las condiciones, pero comprendiendo que

iban a sobrevenir disgustos y que él se sentiría lastimado por la

desconfianza de Zoraida. A la estancia fui yo también, naturalmente.

Aquello se convirtió en un desastre... La estancia tiene un parque y hay

una avenida de sauces altísimos, que llega hasta un riacho, como a media

legua de la casa; es un sitio precioso, sobre todo en las noches claras.

La luna sale, parece algo así como un plato de oro, enredado entre las

ramas de los sauces; después sube, se pone arriba del árbol, tocando

todavía las últimas hojas, y en la corriente del riacho se forma una

claridad como si cayera oro en la corriente. Tú comprenderás qué divino

era aquello con la serenidad de la noche, para dos enamorados como

ellos. Se habían prometido pasear juntos en alguna noche así; pero

Zoraida lo impidió siempre y hasta hizo frases irónicas, delante de los

tíos, sobre el romanticismo de los chicos que todavía no saben pizca de

amor. Laura le seguía suplicando y le juraba, por la memoria de nuestra

madre, que él era bueno, que ni por la imaginación se le ocurría una

mala idea. Era cierto; yo los espié durante una hora entera que

estuvieron solos. Hablaron sin parar, ella más que José Luis. Y sólo

cuando iban a separarse, cuando supusieron que podría advertirse la

ausencia de los dos, se tuvieron durante un rato de la mano, mirándose

sin hablar, ¡con una adoración! Y a mí me extrañó muchísimo, hasta me

chocó, que ni siquiera se besaran. Pero ahora comprendo, era una pasión

completamente pura. Ya se besaban demasiado con los ojos. ¿Qué piensas

tú, Adriana? Un amor puramente ideal que no tenga algo por lo menos de

humano, ¿será el más verdadero?

--Después te diré, no te interrumpas,--repuso Adriana.

--Bueno: Zoraida les molestaba siempre y vinieron escenas incómodas.

Después... tú sabes cómo suceden esas cosas. José Luis se resintió y

ella, extremosa como es, quiso a toda costa dejar la estancia y escribió

a Eduardo pidiéndole que fuera a buscarla. Ya ellos mismos no pudieron

entenderse como antes; además, se terminaban las vacaciones y como ella

estafa todavía en la Santa Unión, pasó un año; él se fue a Europa y todo

concluyó así... ¡Oh, es seguro! ¡La felicidad de Laura la deshizo

Zoraida!

Carmen suspiró. Había hablado rápidamente, espiando con recelo la

hermosa cabeza dormida de Laura. La luz de la lámpara, a través de la

pantalla muy caída, envolvía con su reflejo verde el rostro y los brazos

que se enlazaban desnudos a la almohada.

--¡Pobre Laura!--concluyó Carmen. Aunque tal vez ahora, cuando vuelva

José Luis, todo podrá remediarse.

Adriana, conmovida, a punto de llorar, contemplaba a Laura. "Ninguna

clase de felicidad sería demasiado para ella", pensó con una tierna

piedad.

--¿Y Julio?--preguntó de pronto. Carmen tuvo un gesto de curiosidad,

dudando sobre la intención de la pregunta.--¿Hace tiempo que es amigo de

ustedes?

--Unos tres años.

Al cabo de otro silencio, Adriana se acercó más a Carmen y le tomó una

mano. Acaso para arrancar su pensamiento a una obsesión penosa, se

decidió a interrogarla sobre un tema que en otra ocasión no hubiera

podido tocar sin sobrecogerse.

--Quiero que me digas una cosa, aunque te extrañe mi pregunta. Es sobre

papá...

Entonces vio en Carmen aquella actitud de embarazo que había advertido,

en las tres, el año anterior, al hacer alusión a su padre. Durante un

minuto quedaron ambas calladas. Al fin Adriana insistió.

--¿Zoraida se impresionó mucho? ¿Ella sabía la pasión de papá?...

Carmen fijó en ella una expresión de sorpresa.

--¿Zoraida? ¡Por Dios!

Adriana se confundió:

--Te quería preguntar...

--¡Si no fue por Zoraida! Fue por mamá... ¿Tú no sabías? Le hizo mamá

comprender que era una locura, un pecado... Pero después... después...

cuando supo el suicidio de tu papá, ella murió a los pocos meses...

¡Pobrecita mamá! ¡Pobrecita mamá!

--Por favor, Carmen, no les digas que te he preguntado.

--¡Cómo te imaginas!

Y nunca más hablaron de ello.

Aquella noche, antes de acostarse, Adriana apagó la luz en su habitación

y se dirigió a la sala. No tenía sueño; por el contrario, sentía como

una exaltación de todo su ser, y una ansiedad confusa, un desorden en

todas sus ideas; reaparecían en su espíritu las historias de amor

evocadas por la abuelita de las Aliaga, luego la escena extraña en el

comedor, la tragedia de Laura, la expresión de dolor en la cara de

Julio; en seguida afluyeron también las imágenes de sus antepasados

atormentados de pasión, y su abuela mística y sus éxtasis

incomprendidos; todo desfilaba con una agitación de pesadilla y la

rodeaba como de una atmósfera sugestionante. Andando a tientas por la

oscuridad de la sala, abrió los postigos de la ventana; la luna puso en

la alfombra dos cuadrados de luz. Algunos objetos emergieron, indecisos,

y las caras de los retratos parecían manchas lívidas, suspensas en medio

del marco dorado. Tenía todo algo de fantástico; se infundía en ella un

ansia de cosas irreales. Se sentó en el radio de la claridad lunar. El

silencio le llenaba los oídos con un gran eco vago. De pronto, pasmada,

vio brillar en el aire un crucifijo; encima, una blancura fue tomando

forma de dos manos juntas; asomó la palidez de una frente, ¡la cara de

la abuela mística! Era su estatura extrañamente alta y traía un largo

vestido diáfano. De sus manos juntas colgaba oscilando el crucifijo. Su

cuerpo, como sostenido por alguna presencia sobrenatural, se fue

arrodillando, muy lentamente, y sus ropas blancas se arrollaban en el

suelo. La cara, tan blanca como la ropa, se puso en éxtasis.

Adriana retrocedió, no pudo gritar. El fantasma vacilaba, se anegó poco

a poco su cuerpo en la penumbra, la blancura del rostro empezó a

diluirse y al fin se extinguió también la apariencia de las manos

juntas. Pero todavía por un minuto osciló el crucifijo, suspenso en el

claror de la luna.

Al día siguiente, recordando esta visión, dudó si la había soñado. En

cualquier caso era un signo de la ansiedad que se había apoderado de su

alma ante la inminencia del gran amor.

Adriana Zumarán (novela) · 第 12 / 31 题