Subieron a la habitación de la abuelita, en seguida de comer. La anciana
hizo señas a Adriana de acercarse y sus dedos largos y viejos le
acariciaron los cabellos. Había una extrema suavidad en su modo y en
toda su persona; la tranquilidad profunda del rostro traía el vago
resplandor de una belleza apagada por el tiempo.
Ya no salía de la habitación, a causa de la parálisis, y por lo común se
absorbía completamente en la reminiscencia de las cosas pasadas; para
ella se reducía a sus nietas todo el pálido presente.
Eran de otra época los muebles que la acompañaban, la suntuosa y maciza
cómoda de manijas talladas, los sillones altos como sitiales; de otra
época los grandes marcos de un oro ya sin brillo: en las telas
agrietadas, los rasgos expresivos de las caras habían comenzado a
borrarse, y la sonrisa de estas caras, alguna llena de hermosa juventud
bajo lo anticuado del atavío, parecía velada de pesadumbre, como por la
conciencia larga de la muerte.
La anciana le preguntó por su madre y sus hermanas, y luego, evocando
poco a poco sucesos que se referían a la familia de Adriana:
--Yo lo apreciaba mucho a tu bisabuelo, tu bisabuelo por la rama de tu
madre; me festejó en un tiempo.
La expresión de sus ojos, bajo la frente placidísima, se anegó en el
recuerdo. Y refirió el caso con sencillez casi infantil, repitiendo las
frases que le habían murmurado, más de medio siglo antes, en una fina
declaración de amor, que su memoria resucitaba con la imaginación del
salón lejano, las figuras ceremoniosas del minué, su propia linda imagen
de muchacha vista de soslayo en los altos espejos, y ya indecisos, como
en una sombra, los gestos galantes de sus amigos desaparecidos.
Las Aliaga oían sus palabras con una suerte de avidez febril. Rara vez
ocurría que así se pusiera a contar historias de su tiempo; la vejez
avanzada había atenuado mucho su sensibilidad, le había comunicado una
especie de indiferencia para todas las cosas, y también para sí misma,
porque hablaba de morirse sin que tal idea despertase en ella zozobra
alguna. Pero esa noche, los recuerdos la iban como galvanizando.
--Y yo no sé por qué tu bisabuelo no me gustaba para marido. Entonces él
se casó con Josefina Chaves, la abuela de tu mamá; era también muy
bonita y nada celosa; ella misma nos daba bromas, a su marido y a mí,
cuando se acordaba de aquellos festejos. Sí, y él se quedaba callado.
Sabía disimular muy bien.
Y el rostro de la anciana sonreía con expresión de dichosa ingenuidad
senil.
--Tomaron una casa muy linda,--continuó--en la calle de la Piedad, junto
a la iglesia. ¿Viven ustedes siempre allí?
--¡Oh, no señora! Nos mudamos. Yo apenas me acuerdo.
--La echaron abajo hace tiempo, abuelita--dijo Zoraida. Ahora viven en
la calle Cerrito, a pocas cuadras de aquí.
Adriana vio como en sueños aquella casa antigua, el patio con sus
baldosas blancas y negras, la grande y tupida magnolia, en cuya cima
asomaban, medio tapadas por las hojas, enormes rosas blancas. Y recordó
también las hermosas diamelas, su aroma embriagante cuando todas las
plantas del patio florecían y sus hinchados pétalos, próximos a
marchitarse, tomaban un color avinado...
--También la casa en que vivíamos nosotras la han echado abajo, explicó
Zoraida.
--¿Es posible?
Pero el rostro de la anciana volvió a iluminarse:
--Una vez tu bisabuelo, como siguiendo la broma, me regaló un ramo de
diamelas. Josefina se reía, pero no creo que le gustara mucho. Ah, ¡qué
ricas diamelas!
Y parecía aspirar de nuevo la fragancia y contemplar la escena remota en
una milagrosa reaparición.
Luego contó, una tras otra, largas historias de las cuales ella o sus
amigas habían sido las heroínas; y también tragedias ocultas, como el
suicidio de una sobrina de Juan Manuel de Rozas, muchacha suave y
sentimental, que no pudo sobrevivir a un desengaño de amor.
Recordó el caso triste que diera origen a la capilla de Santa Felicitas
y todo un profundo pasado parecía asomarse desde la región del olvido,
varias generaciones cuyos individuos se habían ido extinguiendo, con las
ideas, los sentimientos y las costumbres sencillas de una época muerta;
salones radiantes, grandes espejos de consolas doradas, furtivos
mensajes de amor jamás develados, música de serenatas despertando la
calle en el patriarcal silencio del barrio dormido. Ya no había un
vestigio de aquella época, la anciana sobrevivía en un presente ruidoso,
cuyos ecos sin interés para ella solían llegarle, sin embargo, por la
conversación voluble de sus nietas modernas.
Cuando la abuela se hubo recogido, y ellas bajaron nuevamente, aquellas
historias continuaban flotando como un romántico hálito antiguo sobre
las cabezas de Adriana y las Aliaga.
Reunidas en el comedor, tenían las manos lánguidamente caídas sobre la
carpeta de terciopelo rojo, menos Carmen, que con las suyas se cubría la
cara para seguir más abstraída en la imaginación de las escenas que
había evocado la anciana.
--¡Qué mal hace abuelita, dijo Zoraida, de hablar así delante de esta
chica! Tiene ya la cabecita llena de novelas.
--¡Bah!--respondió Carmen--todas nosotras somos lo mismo, aunque no
queramos confesarlo... Vivimos de soñar en el amor.
Y la actitud seria y el tono reflexivo de sus palabras, contrastaba con
la apariencia de criatura de quince años que ella tenía.
--Lástima--dijo Zoraida--que Julio no haya oído las historias de
abuelita, él que sólo se interesa por las cosas ideales.
Adriana sonrió vagamente, para que no sospecharan el tumulto de su alma.
¿Era posible que sólo al oír pronunciar su nombre se conmoviera así?
Carmen interrumpió a Zoraida.
--¿Que sólo se interesa Julio por las cosas ideales? Tú no puedes
saberlo; ya tendrá él sus cosas materiales también, y en el amor, sobre
todo. Porque todos los hombres...
Enrojeció vivamente y miró a Zoraida confusa y sonriendo. Así con mucha
frecuencia le ocurría, por su misma ingenuidad, que se le escapaban
reflexiones indignas, según le decía Zoraida, en una chica de su edad.
Pero prosiguió:
--Sí, Julio debe tener sus asuntos; pero es tan reservado, tan raro, que
nadie puede sacarle nada. La festejó un tiempo a Elisa Jiménez.
Esta era una muchacha muy bonita, emparentada con las Aliaga, aunque
casi no tenían con ella relación de amistad.
--¿Elisa Jiménez? No es muchacha para enamorar a Julio--repuso Laura
casi en voz baja y como distraída.
--O entonces alguna señora casada--sugirió Carmen, mirando de nuevo con
aquella expresión sonriente y confusa a su hermana mayor.
--¡Camucha!--le gritó ésta.
--Tal vez--continuó Carmen--está enamorado de alguna de nosotras... Un
mozo no viene tan seguido a una casa si no tiene interés... Después yo
he notado...
Pronunció con ligera ironía estas palabras y se detuvo un instante,
mirando a Laura con malicia.
Como Adriana advirtió que Laura iba a intervenir, acaso para desviar la
conversación, le tomó rápidamente las manos: "Óyeme, óyeme,--murmuró--te
preguntaré una cosa". Pero no tenía idea de preguntarle nada y sólo, sí,
el propósito de impedir que se interrumpieran las revelaciones de
Carmen.
--Porque cuando habla con Laura tiene un modito de mirarla...
--Cuando habla contigo también--replicó Laura--Julio siempre mira así.
--¿Saben de quién se ha de enamorar entonces?--preguntó Carmen como
maravillada.--¡De Adriana! Estoy segura, no sé por qué.
Pero lo dijo con el mismo ligero tono de ironía y como por dar a su
amiga una broma amable.
Ya tarde llegó Julio y le contaron las amorosas reminiscencias de la
abuela. En el rostro de todas, hasta de Zoraida, había una animación
inusitada. Julio escuchaba y casi no tomaba parte en la conversación.
Miraba siempre a la que hablaba, pero su actitud se parecía a la de
alguien que estuviera completamente solo.
Aquella velada terminó con un episodio extraño, que dejó en el espíritu
de Adriana un ancho rastro de pena.
X
Se habían puesto a discutir con animación si la abuelita no habría
interiormente correspondido al bisabuelo de Adriana.
--Sí--opinaba Carmen--pero ha guardado el secreto, jamás lo ha confesado
a nadie, ni a nosotras mismas lo diría nunca. Fue tal vez el único amor
verdadero de su vida y un recuerdo que se llevará ella a la tumba.
--¡Sí, tal vez!--murmuró Laura como atribuyendo una significación
extraordinaria a la idea de Carmen.
--¡Bah!--intervino Zoraida--abuelita es demasiado sencilla para eso.
Diles, Adriana, que no hagan fantasías de una cosa tan común. ¿Tú qué
piensas sobre eso?
--Que posiblemente mi bisabuelo sí la quiso y se casó con otra
guardándose la tristeza de no ser comprendido.
Era para ella una emoción deliciosa oírse consultar sobre la remota
pasión de aquel antepasado.
--De todos modos--volvió a sugerir Carmen--el amor en los tiempos de
abuelita tenía algo de más romántico, de que sé yo... Era posible
entregarse completamente a la ilusión divina...
--Hoy también--murmuró Laura a media voz.
--¡Oh! En primer lugar, un caso como el tuyo es raro--replicó Carmen
aturdidamente, sin sospechar el efecto terrible que iban a producir sus
palabras. Tú lo has querido de veras a José Luis, es cierto, pero bien
desdichada fuiste, Laura; y es que en estos tiempos, hija...
Enmudeció repentinamente, azorada y comprendiendo que había cometido una
torpeza irreparable.
--¡Camucha!--gritó Zoraida como si hubiera experimentado un dolor
punzante.
Todos miraron a Laura. Se había levantado con los ojos fijos en Carmen y
algo indecible en la expresión. Adriana la vio palidecer y buscar un
arrimo.
--¿Pero qué dijo Carmen?--preguntó Julio, yo no alcancé a oír, no
alcancé a oír.
Laura se sonrió, le miró, se confundió más, y como nadie hablara,
exclamó con desesperación:
--¡Dios mío! ¡Ahora supondrán que me impresiona el recuerdo de José
Luis!
Dejó caer los brazos. Julio, en medio de la aflicción de todos, tomó un
frasco con agua de colonia que pidió a Zoraida y empapando completamente
su pañuelo quiso aplicarlo a las sienes de Laura. Pero ésta lo rechazó,
sonriéndole de nuevo, y pidió que la acompañaran a su habitación. La
llevó Zoraida. Esta volvió al poco rato y reprendió a Carmen.
--Como lo dijiste así, delante de todos, ella creyó que era una burla.
--No--replicó Carmen--fue por la impresión que le hace siempre acordarse
de José Luis.
--Ella dijo que no, se desesperó de pensar que podía alguien
interpretarlo así.
--Prueba de que ha sido por eso, o porque tú estabas presente, y como
tuviste la culpa de que se rompiese el compromiso... como ella siempre
piensa que tú has deshecho su felicidad...
Los ojos de Zoraida se llenaron de lágrimas.
--Perdóname Zoraida, todos sabemos que procediste con la intención de
salvarla y nunca me atrevería a reprocharte nada. Pero sólo quiero
explicarte... Estoy segura de que todavía lo quiere a José Luis. Dicen
que pronto pedirá él una licencia y vendrá... Si eso sucede, Zoraida,
tenemos que hacer lo posible, por lo menos, para que vuelvan a verse...
Adriana ignoraba todavía las circunstancias de aquel antiguo noviazgo de
su amiga. Sin embargo, le pareció que tanto Zoraida como Carmen se
equivocaban. Y antes de que otra sospecha se esclareciera en su espíritu
completamente, fue a la habitación de Laura. La halló despierta, muy
tranquila en apariencia; le acarició con ternura las manos y las
mejillas, y sentándose a la cabecera de la cama, ya no quiso volver al
comedor en el resto de la velada. Experimentó por ella un sentimiento
nuevo, mezcla de afecto profundo y lástima indecible. Su solicitud hacía
sonreír dulcemente a Laura.
--¿Por qué no vas al comedor?--murmuró.--Yo voy a dormirme ya.
--No, no tienes sueño y yo no podría conversar allí pensando que te
quedas tan apenada.
--Ha sido todo casual, Adriana... El recuerdo de ese muchacho no me
impresiona mucho. ¿Sabes una cosa?... Nunca me preguntes nada sobre
eso... porque... no me lo preguntes tampoco... Movió la cabeza
procurando sonreír.--De todos modos,--continuó--no podría ser sincera
sobre esto. ¡Te quiero tanto, Adriana! Nunca he tenido una amiga como
tú. Y siempre te querré, siempre... Hasta puedo decirte que eres mi
única amiga. Hay cosas extrañas; ni tú ni yo seríamos capaces de
confiarnos nuestras cosas íntimas, y sin embargo sé que tú me
comprenderías. ¡Qué inteligente y qué buena eres!
--¿Buena?--Y una gran emoción agitaba el alma de Adriana y le impedía
responder a tales demostraciones de cariño. En verdad ella también creía
sentir que Laura era su única amiga.
En ese momento la imagen de Julio pasó por su espíritu, primero en la
actitud inmóvil con que escuchara, las manos en los bolsillos, como si
estuviera solo, la conversación sobre la abuela, y luego su cara de
ingenuidad y de dolor, mientras empapaba su pañuelo en agua de colonia.
¡Cómo lo adoró, en ese instante! De pronto, levantándose, Adriana se
inclinó sobre su amiga en un arranque de piedad, y la cubrió de besos
hablándola al oído.
--Un solo favor te pido, Laurita querida... y ya nunca te preguntaré
nada... ¿Todavía lo quieres a José Luis?
Y tenía un temor desesperado de que ella le respondiera que no.
Pero Laura apartó rápidamente la mirada, sonrió con su dulzura habitual,
y abrazando la almohada, acomodó en ella su cara dolorida. Adriana ya no
pudo interrogarla. A poco se quedó dormida. La pantalla verde, muy caída
sobre la lámpara, en el velador, ponía grandes penumbras en el resto de
la habitación. Detrás de Adriana estaba Carmen, que había entrado
silenciosamente.
--Te voy a contar todo--dijo en voz baja y con el índice sobre los
labios, como si quisiera atenuar el sonido de su propia voz. ¡Ah! Laura
me mataría si llegara a saber...
Y una vez cerciorada de que se había realmente dormido, empezó:
--Es una historia triste. ¿Sabes por qué apenas habla con Zoraida? No ha
podido olvidar... Ella tenía catorce años y se enamoró de José Luis
Aguirre, que ahora es agregado o secretario en una Legación. Se querían
muchísimo, pero de tanto como se querían llegaron a imaginar para ellos
un amor ideal, algo que no tuviese nada que ver con las dichas vulgares.
Les lastimaba cualquier cosa que rompiese el encanto que vivían. Eran
dos criaturas sin experiencia, demasiado sensibles... como yo. Todo,
seguramente, hubiera ido bien. La culpa fue de Zoraida. Ellos pretendían
verse a solas, en secreto... Pero sólo por idealismo ¿sabes? por exceso
de idealismo, sin malicia ninguna, eso te lo puedo jurar. Si yo creo que
José Luis nunca llegó ni a besarla. Con mirarla, nada más, parecía que
no cabía en sí de felicidad. Yo llevaba las cartas que se escribían.
¡Qué cartas más divinas, Adriana! No comprendía yo que pudiese Laura
expresarse tan bien. Y no creas que usaba términos literarios, ni frases
de libro; todo se reducía a confesarle sencillamente lo que sentía, lo
imposible que sería olvidarlo nunca, sucediera lo que sucediera; y esto
lo escribía con una confianza tan pura, y con tal modo, que ningún
hombre, en el caso de José Luis, hubiera podido dejar de enamorarse,
aunque Laura fuese una muchacha fea en vez de ser, como es, la más linda
de nosotras tres. Yo entonces tenía doce años apenas y sin embargo la
impresión de esas cartas no se me borrará nunca. Los dos me contagiaron
la pasión que sentían, me hicieron comprender lo que era el amor.
--¿Y te enamoraste de alguien, también?
Carmen suspiró, con una sonrisa de pena y casi de reproche para Adriana.
--No, no encontré de quién. Quise enamorarme y me ilusioné bastante con
un muchacho... ni te quiero decir su nombre, porque es un
insignificante, me parece, aunque muy buen mozo. Rompí con él cuando
quiso que nos comprometiéramos. Ese día medité mucho, y al fin saqué la
conclusión de que no era él bastante inteligente para que no hubiera el
peligro de que después me decepcionara... Pero verás lo que sucedió con
Laura y José Luis. Se entendieron para pasar una temporada en la
estancia de un tío nuestro; también él era amigo de nuestro tío y el año
anterior había ya estado en la misma estancia. Pero Zoraida, que desde
la muerte de mamá vino a ser como una madre nuestra, (abuelita ya estaba
como ahora y Eduardo no se ocupaba de nosotras), Zoraida quiso ir con
Laura, para vigilarla. Y era precisamente lo que la desesperaba a Laura,
esa continua vigilancia, y que no pudieran los dos decirse una palabra
sin que ella en seguida les pidiese cuenta. ¡Pobre Zoraida! Tampoco lo
hizo por maldad, sino por temor de qué sé yo. Tú lo has visto, ahora
tiene un miedo mortal por mí... aunque tal vez con más razón, porque yo
si llego a enamorarme pierdo la cabeza... Dime, Adriana, ¿no puede
ocurrir que un amor muy grande en apariencia resulte pura imaginación?
--Puede suceder, Carmen.
--¿Sabes la idea que muchas veces me da miedo? Llegar a casarme y
después darme cuenta que no le tengo ningún amor a mi marido. Una podría
resignarse, es cierto, resignarse a sufrir. Pero piensa por un momento
que estando casada una se enamorara de otro. ¡Qué situación horrible!
Bueno, Laura le suplicaba que en último caso la acompañara yo, los
vigilara yo. Fue inútil, Zoraida le repetía que nuestra familia era muy
desgraciada en el amor y que ella no tenía edad para enamorarse así. Al
fin Laura se resignó a todas las condiciones, pero comprendiendo que
iban a sobrevenir disgustos y que él se sentiría lastimado por la
desconfianza de Zoraida. A la estancia fui yo también, naturalmente.
Aquello se convirtió en un desastre... La estancia tiene un parque y hay
una avenida de sauces altísimos, que llega hasta un riacho, como a media
legua de la casa; es un sitio precioso, sobre todo en las noches claras.
La luna sale, parece algo así como un plato de oro, enredado entre las
ramas de los sauces; después sube, se pone arriba del árbol, tocando
todavía las últimas hojas, y en la corriente del riacho se forma una
claridad como si cayera oro en la corriente. Tú comprenderás qué divino
era aquello con la serenidad de la noche, para dos enamorados como
ellos. Se habían prometido pasear juntos en alguna noche así; pero
Zoraida lo impidió siempre y hasta hizo frases irónicas, delante de los
tíos, sobre el romanticismo de los chicos que todavía no saben pizca de
amor. Laura le seguía suplicando y le juraba, por la memoria de nuestra
madre, que él era bueno, que ni por la imaginación se le ocurría una
mala idea. Era cierto; yo los espié durante una hora entera que
estuvieron solos. Hablaron sin parar, ella más que José Luis. Y sólo
cuando iban a separarse, cuando supusieron que podría advertirse la
ausencia de los dos, se tuvieron durante un rato de la mano, mirándose
sin hablar, ¡con una adoración! Y a mí me extrañó muchísimo, hasta me
chocó, que ni siquiera se besaran. Pero ahora comprendo, era una pasión
completamente pura. Ya se besaban demasiado con los ojos. ¿Qué piensas
tú, Adriana? Un amor puramente ideal que no tenga algo por lo menos de
humano, ¿será el más verdadero?
--Después te diré, no te interrumpas,--repuso Adriana.
--Bueno: Zoraida les molestaba siempre y vinieron escenas incómodas.
Después... tú sabes cómo suceden esas cosas. José Luis se resintió y
ella, extremosa como es, quiso a toda costa dejar la estancia y escribió
a Eduardo pidiéndole que fuera a buscarla. Ya ellos mismos no pudieron
entenderse como antes; además, se terminaban las vacaciones y como ella
estafa todavía en la Santa Unión, pasó un año; él se fue a Europa y todo
concluyó así... ¡Oh, es seguro! ¡La felicidad de Laura la deshizo
Zoraida!
Carmen suspiró. Había hablado rápidamente, espiando con recelo la
hermosa cabeza dormida de Laura. La luz de la lámpara, a través de la
pantalla muy caída, envolvía con su reflejo verde el rostro y los brazos
que se enlazaban desnudos a la almohada.
--¡Pobre Laura!--concluyó Carmen. Aunque tal vez ahora, cuando vuelva
José Luis, todo podrá remediarse.
Adriana, conmovida, a punto de llorar, contemplaba a Laura. "Ninguna
clase de felicidad sería demasiado para ella", pensó con una tierna
piedad.
--¿Y Julio?--preguntó de pronto. Carmen tuvo un gesto de curiosidad,
dudando sobre la intención de la pregunta.--¿Hace tiempo que es amigo de
ustedes?
--Unos tres años.
Al cabo de otro silencio, Adriana se acercó más a Carmen y le tomó una
mano. Acaso para arrancar su pensamiento a una obsesión penosa, se
decidió a interrogarla sobre un tema que en otra ocasión no hubiera
podido tocar sin sobrecogerse.
--Quiero que me digas una cosa, aunque te extrañe mi pregunta. Es sobre
papá...
Entonces vio en Carmen aquella actitud de embarazo que había advertido,
en las tres, el año anterior, al hacer alusión a su padre. Durante un
minuto quedaron ambas calladas. Al fin Adriana insistió.
--¿Zoraida se impresionó mucho? ¿Ella sabía la pasión de papá?...
Carmen fijó en ella una expresión de sorpresa.
--¿Zoraida? ¡Por Dios!
Adriana se confundió:
--Te quería preguntar...
--¡Si no fue por Zoraida! Fue por mamá... ¿Tú no sabías? Le hizo mamá
comprender que era una locura, un pecado... Pero después... después...
cuando supo el suicidio de tu papá, ella murió a los pocos meses...
¡Pobrecita mamá! ¡Pobrecita mamá!
--Por favor, Carmen, no les digas que te he preguntado.
--¡Cómo te imaginas!
Y nunca más hablaron de ello.
Aquella noche, antes de acostarse, Adriana apagó la luz en su habitación
y se dirigió a la sala. No tenía sueño; por el contrario, sentía como
una exaltación de todo su ser, y una ansiedad confusa, un desorden en
todas sus ideas; reaparecían en su espíritu las historias de amor
evocadas por la abuelita de las Aliaga, luego la escena extraña en el
comedor, la tragedia de Laura, la expresión de dolor en la cara de
Julio; en seguida afluyeron también las imágenes de sus antepasados
atormentados de pasión, y su abuela mística y sus éxtasis
incomprendidos; todo desfilaba con una agitación de pesadilla y la
rodeaba como de una atmósfera sugestionante. Andando a tientas por la
oscuridad de la sala, abrió los postigos de la ventana; la luna puso en
la alfombra dos cuadrados de luz. Algunos objetos emergieron, indecisos,
y las caras de los retratos parecían manchas lívidas, suspensas en medio
del marco dorado. Tenía todo algo de fantástico; se infundía en ella un
ansia de cosas irreales. Se sentó en el radio de la claridad lunar. El
silencio le llenaba los oídos con un gran eco vago. De pronto, pasmada,
vio brillar en el aire un crucifijo; encima, una blancura fue tomando
forma de dos manos juntas; asomó la palidez de una frente, ¡la cara de
la abuela mística! Era su estatura extrañamente alta y traía un largo
vestido diáfano. De sus manos juntas colgaba oscilando el crucifijo. Su
cuerpo, como sostenido por alguna presencia sobrenatural, se fue
arrodillando, muy lentamente, y sus ropas blancas se arrollaban en el
suelo. La cara, tan blanca como la ropa, se puso en éxtasis.
Adriana retrocedió, no pudo gritar. El fantasma vacilaba, se anegó poco
a poco su cuerpo en la penumbra, la blancura del rostro empezó a
diluirse y al fin se extinguió también la apariencia de las manos
juntas. Pero todavía por un minuto osciló el crucifijo, suspenso en el
claror de la luna.
Al día siguiente, recordando esta visión, dudó si la había soñado. En
cualquier caso era un signo de la ansiedad que se había apoderado de su
alma ante la inminencia del gran amor.