En esa misma semana tan llena de emociones, volvió a la estancia de su
tío para buscar a su madre, que decidió instalarse definitivamente en la
ciudad. Fue por la mañana y pasó el día con sus parientes. La notaron
cambiada, muy abstraída. No tuvo "rarezas", no contradijo a nadie y rezó
con su tía en el oratorio.
Sus dos primas la observaban, mirándose luego con cierto aire de
asombro, como si esta nueva manera de ser tuviese también su punto
censurable. A Fernando, que de allí a poco debía emprender un viaje a
Europa, le habló en tono afectuoso, pidiéndole no dejara de escribir con
frecuencia, y ayudó a su madre, muy solícita, en el arreglo del
equipaje. Su tío relataba anécdotas sobre un político de gran actuación
fallecido el día anterior.
--Yo lo traté mucho--decía--y pocas personas he conocido tan finas y tan
amables. Ya pocos hombres quedan como esos, en el país. Era tan atento
que le pasaban cosas curiosas. Ahora ustedes van a ver, les voy a
contar. (Hizo su larga pausa de costumbre, el dedo pulgar de una mano en
la abertura del chaleco, la otra mano apoyada de través en la rodilla).
Un día, él entonces era ministro, estaba yo en su despacho, con otros
amigos, cuando entró, después de anunciarse, un jovencito provinciano,
muy tímido, con una carta de recomendación. El ministro le tomó la
carta, la leyó, le prometió un empleo. Después, por halagarle, se puso a
conversar un rato con él. "Yo era muy amigo de su papá--le dijo--persona
muy distinguida, por cierto, y cuando murió hube de hablar en su
entierro". Esto no era verdad, lo decía de puro amable. El jovencito,
naturalmente, se sorprendió. "Señor, mi padre no murió aquí, sino en
Montevideo", "Ah, tiene usted razón,--contestó el ministro--en
Montevideo, sí, lo recuerdo muy bien, por eso no hablé".
Adriana fingía atender las crónicas de su tío. Pero sus pensamientos
volaban a casa de las Aliaga. Predominaba en ella la inquietud, su
anhelo se perdía en presentimientos confusos, su espíritu se
transformaba en un sentido ideal. Con Julio, este muchacho que ella
había tratado apenas, no hubiese empleado nunca sus fáciles y comunes
recursos de seducción y le aterraba la sola idea de que él pudiera
interpretar como coquetería alguna actitud suya.
Al caer la tarde, un break las llevó a la estación del pueblecito
cercano a la estancia. Las primas se despidieron. Adriana, distraída,
se dejó besar en las mejillas.
Cuando hubo arrancado el tren, corrió la ventanilla, para evitar el aire
frío, y al través del cristal, que se humedecía con su aliento, se puso
a mirar el paisaje. La inacabable llanura verde comenzaba a cubrirse con
un ligero esplendor de oro. Hileras de álamos surgían y se precipitaban
al paso del tren. Se desteñía el cielo como un inmenso lavado de
acuarela, dejando abajo, en su límite con la tierra, una cinta de vapor
azul. El sol, descendiendo, ofuscó los ojos de Adriana con sus largas
flechas amarillas, que se volcaban brillando a cada ondulación de la
campiña. A trechos giraba lentamente, muy distante, la azotea roja de un
chalet; y su ventana, bajo el triángulo de tejas, fulguraba como una
planchuela de oro. El sol se dilató; era una gran ascua redonda que
perforaba la cinta de bruma azul. Un gajo de arbusto seco, sobre la
llanura, cruzó por el disco como un arabesco de tinta. Arriba en la
inmensidad lívida, una pequeña nube, un encaje de luz rosada y pura, se
irisaba como una maravillosa concha de nácar.
Del alma de Adriana huían los pensamientos mezquinos y sus ojos se
abismaron en la tristeza del firmamento pálido. Las cosas pasadas en
aquellos días surgieron como fantasmas que bailaban precipitadamente en
el sitio donde había desaparecido el sol. Su definitivo rompimiento con
Muñoz, las Aliaga, Julio Lagos, y aquel inesperado diálogo interrumpido
por Laura...
Quiso arrancarse a esta gran inquietud del presente y penetrar en el
recuerdo de los años de su infancia. Pero la sintió lejos,
inconmensurablemente lejos. Parecía escapar como una crisálida
convertida en mariposa inmaterial, que volara por un mundo
irremisiblemente perdido para su corazón. Contempló su propia silueta
infantil diseñada como una figura de relieve cubierta de polvo en su
recuerdo. Y vio también a Raquel, de seis años, otra figura, otro
relieve cubierto de polvo; Raquel vestida de negro, con dos hilos de
lágrimas en las mejillas rojas. Adriana le pegaba por una rivalidad
pueril. Estaban solas en el patio de la casa y junto a la habitación
donde el padre muriera algunos meses antes. Raquel, agachada bajo los
golpes de Adriana, abría un medallón que llevaba al cuello con el
retrato de su padre y exclamaba sollozando: "Para que papá vea lo que tú
haces". Después, sobrecogida, se echaba a correr, seguida de Adriana y
cubriéndose la cabeza con las manecitas abiertas. Pero Adriana ya no
corría para pegarle, sino enloquecida de súbita piedad. Y llegando las
dos a un corredor oscuro, se abrazaron con ímpetu, consternadas hasta el
llanto por aquella penosa evocación de la sombra paterna. Entrecerrando
los ojos, apoyó la frente contra el frío cristal de la ventanilla. Y
entonces, en aquella profunda lontananza, las dos criaturas se
desenlazaron y la miraron a ella con los ojos llorosos, fijamente.
Inclinándose juntas, se secaron las lágrimas con el ruedo del vestidito
negro. Y volvieron a mirarla, más adustas, Raquel con sus claros ojos
verdes, Adriana con sus ojos negros, con sus ojos negros y asombrados.
¿Asombrados por qué? Una amargura indecible pasó por el alma de Adriana.
La visión se borró.
Y quiso recordar otros años aun más lejanos. Sin duda tuvo entonces un
geniecito encantador y alegre; esto se lo decía un retrato suyo en que
aparecía una chiquilla regordeta, graciosísima, que inclinando la cabeza
con malicia, adelantaba un piececito y escondía las manos tras la
espalda.
Había también una primera luz de amor en su infancia indecisa: Roberto,
muchacho paliducho que jugara con ella y que por juego fue su amante
infantil. A los once años entró ella en el internado religioso y no le
vio más. Porque a poco él moría en las sierras de Córdoba. Su imagen,
después, se le presentó siempre circundada de fría penumbra, entre los
pliegues de un sudario, mirándola con sus ojos inteligentes, tristes,
velados de sombra mortal. Adriana, para avivar la sugestión de este
recuerdo, solía leer aquel poema francés en que un amante muerto sale
melancólicamente de la tumba, llama a la habitación de su amada y
murmurándole palabras de lúgubre ternura, la lleva consigo al
cementerio.
Y ahora, con aquella meditación de crepúsculo, junto a su madre
silenciosa y recogida también en sus recuerdos, se puso a musitar el
primer verso del poema:
"Pourquoi pleures-tu petite Christine?"
Imaginó ser ella misma, en la media noche de invierno, la heroína del
poema, y repetía sus tristes y tiernas palabras:
"Mon fiancé dort sous la noire terre,
Dans la froide tombe il rêve de nous.
Laissez-moi pleurer, ma peine est amère,
Laissez-moi gémir et veiller, ma mère,
Les pleurs me sont doux".
Y al recordar los versos que seguían, la escena descripta se destacó
vivamente en la penumbra de su ensueño:
"La mère repose et Christine pleure,
Immobile auprès de l'âtre noirci.
Au long tintement de la douzième heure,
Un doigt léger frappe à l'humble demeure:
Qui donc vient ici?"
Y afuera la voz del amado:
"Tire le verrou, Christine, ouvre vite:
C'est ton jeune ami, c'est ton fiancé.
Un suaire étroit à peine m'abrite;
J'ai quitté pour toi, ma chère petite,
Mon tombeau glacé."
Adriana sintió suspirando y con una secreta exaltación de júbilo que dos
lágrimas le ardían bajo los párpados:
"Oh mon fiancé, souffres-tu, dit elle,
Quand le vent d'hiver gémit dans le bois,
Quand la froide pluie aux tombeaux ruisselle?
Pauvre ami couché dans l'ombre éternelle,
Entends-tu ma voix?"
Su júbilo se hizo ardiente como un delirio. Y en las estrofas finales
del poema, todo su corazón acompañaba el arranque de fidelidad
apasionada que hace exclamar a la joven, cuando su amado intenta volver
solitario a la tumba:
"Non! je t'ai donné ma foi virginale,
Pour me suivre aussi, ne mourrais tu pas?
Non! je veux dormir ma nuit nuptiale,
Blanche, à tes côtés, sous la lune pâle,
Morte entre tes bras!
En aquel momento su madre empezó a hablar para hacerle reproches, en una
letanía lamentable. Estaba inmóvil, con las manos entrelazadas y los
ojos aflijidos y fijos. La luz del crepúsculo esfumaba su cara y su pelo
en una tonalidad rojiza. Adriana la escuchaba como entre sueños; y
perdida en la remota nostalgia se repetía las palabras dolientes del
poema. Y no era ya su novio infantil, sino Julio Lagos el amante que en
su visión interior bajaba con ella al sepulcro, besándola sobre los
ojos; y entre la masa negra de los cipreses, huía el sudario del otro.
De pronto, en una brusca caída a la realidad, la sacudió el traqueteo y
el ruido más fuerte del tren. Un "rápido" pasó por la vía paralela
disparando un silbato estridente; y la mancha momentánea de los coches
osciló en la penumbra del paisaje rayándolo confusamente. Ahora era un
paisaje sombrío, todas las cosas exaltaban sus formas como una
fantasmagoría. Techos y árboles sobrenadaban en la indecisión de la
llanura. Una lucecilla, muy lejos, se encendió temblando como insecto de
oro. La ciudad ya próxima comenzó a surgir. Su visión se dilató. Bóvedas
y torrecillas paralelas crecían, parecían moverse, lentamente, hacia el
vuelo jadeante del tren. Algunas casuchas del suburbio, como emboscadas
junto a la vía, asomaban rápidamente, y cada una, al pasar, parecía
volcarse en la penumbra. El tren corría a la altura de los tejados
ceñidos contra el paso a nivel. Talleres aun humeantes y ranchos de
pobrerío se diseminaban confusamente, y todo formaba una perspectiva
sórdida y ruin. Sobre aquel montón fugitivo de cosas informes y de vida
precaria, todo miserablemente pegado a la tierra, flotaba como una
armonía la magnificencia triste del ocaso, derramando sombra y paz.
El tren penetró vertiginosamente en el arrabal, haciendo temblar el
viaducto. De pronto su marcha detuvo la precipitación jadeante:
atravesaba el Riachuelo. Adriana quedó estupefacta. Había cruzado el
puente en pleno día, sobre aguas verdosas salpicadas de desperdicios,
entre sucias embarcaciones atracadas a los malecones rotos. Ahora le
pareció pasar por sobre una enorme sierpe de púrpura deslumbrante, que
bajo el crepúsculo se prolongaba, entre dos orillas de negrura
fantástica, y sorbía en el horizonte la luz de sangre.
Por encima del arrabal aparecía aún, más allá del caserío confuso que el
tren dejaba atrás, la llanura de sombra violácea; y una iglesia lejana
se diseñó como una miniatura gótica estampada en el cielo pálido;
Adriana creyó oír algunos toques de la campana, llegando hasta ella en
una vibración imperceptible, moribunda, y sin embargo penetrante en su
música como una dulcísima queja. Involuntariamente juntó las manos. Un
gran deseo de purificación la dominó; y en este generoso arranque que
subía desde lo más íntimo de su alma, como un mar de ternura, reconoció
una semejanza con la irradiación suntuosa y triste que derramaba el
cielo sobre las deformidades viles de la tierra, reflejando la visión de
aquella luminosa sierpe de púrpura que había pasado como un prodigio
bajo sus ojos atónitos.
La humilde iglesia lejana, flotando en la sombra violácea, parecía hacer
a su alma una seña inmóvil. Adriana hubiese querido volar hacia ella,
arrodillarse en la penumbra más vaga de su nave pequeña y llorar a
solas, indefinidamente, bajo las luces encendidas en los cirios.