VIII

En esa misma semana tan llena de emociones, volvió a la estancia de su

tío para buscar a su madre, que decidió instalarse definitivamente en la

ciudad. Fue por la mañana y pasó el día con sus parientes. La notaron

cambiada, muy abstraída. No tuvo "rarezas", no contradijo a nadie y rezó

con su tía en el oratorio.

Sus dos primas la observaban, mirándose luego con cierto aire de

asombro, como si esta nueva manera de ser tuviese también su punto

censurable. A Fernando, que de allí a poco debía emprender un viaje a

Europa, le habló en tono afectuoso, pidiéndole no dejara de escribir con

frecuencia, y ayudó a su madre, muy solícita, en el arreglo del

equipaje. Su tío relataba anécdotas sobre un político de gran actuación

fallecido el día anterior.

--Yo lo traté mucho--decía--y pocas personas he conocido tan finas y tan

amables. Ya pocos hombres quedan como esos, en el país. Era tan atento

que le pasaban cosas curiosas. Ahora ustedes van a ver, les voy a

contar. (Hizo su larga pausa de costumbre, el dedo pulgar de una mano en

la abertura del chaleco, la otra mano apoyada de través en la rodilla).

Un día, él entonces era ministro, estaba yo en su despacho, con otros

amigos, cuando entró, después de anunciarse, un jovencito provinciano,

muy tímido, con una carta de recomendación. El ministro le tomó la

carta, la leyó, le prometió un empleo. Después, por halagarle, se puso a

conversar un rato con él. "Yo era muy amigo de su papá--le dijo--persona

muy distinguida, por cierto, y cuando murió hube de hablar en su

entierro". Esto no era verdad, lo decía de puro amable. El jovencito,

naturalmente, se sorprendió. "Señor, mi padre no murió aquí, sino en

Montevideo", "Ah, tiene usted razón,--contestó el ministro--en

Montevideo, sí, lo recuerdo muy bien, por eso no hablé".

Adriana fingía atender las crónicas de su tío. Pero sus pensamientos

volaban a casa de las Aliaga. Predominaba en ella la inquietud, su

anhelo se perdía en presentimientos confusos, su espíritu se

transformaba en un sentido ideal. Con Julio, este muchacho que ella

había tratado apenas, no hubiese empleado nunca sus fáciles y comunes

recursos de seducción y le aterraba la sola idea de que él pudiera

interpretar como coquetería alguna actitud suya.

Al caer la tarde, un break las llevó a la estación del pueblecito

cercano a la estancia. Las primas se despidieron. Adriana, distraída,

se dejó besar en las mejillas.

Cuando hubo arrancado el tren, corrió la ventanilla, para evitar el aire

frío, y al través del cristal, que se humedecía con su aliento, se puso

a mirar el paisaje. La inacabable llanura verde comenzaba a cubrirse con

un ligero esplendor de oro. Hileras de álamos surgían y se precipitaban

al paso del tren. Se desteñía el cielo como un inmenso lavado de

acuarela, dejando abajo, en su límite con la tierra, una cinta de vapor

azul. El sol, descendiendo, ofuscó los ojos de Adriana con sus largas

flechas amarillas, que se volcaban brillando a cada ondulación de la

campiña. A trechos giraba lentamente, muy distante, la azotea roja de un

chalet; y su ventana, bajo el triángulo de tejas, fulguraba como una

planchuela de oro. El sol se dilató; era una gran ascua redonda que

perforaba la cinta de bruma azul. Un gajo de arbusto seco, sobre la

llanura, cruzó por el disco como un arabesco de tinta. Arriba en la

inmensidad lívida, una pequeña nube, un encaje de luz rosada y pura, se

irisaba como una maravillosa concha de nácar.

Del alma de Adriana huían los pensamientos mezquinos y sus ojos se

abismaron en la tristeza del firmamento pálido. Las cosas pasadas en

aquellos días surgieron como fantasmas que bailaban precipitadamente en

el sitio donde había desaparecido el sol. Su definitivo rompimiento con

Muñoz, las Aliaga, Julio Lagos, y aquel inesperado diálogo interrumpido

por Laura...

Quiso arrancarse a esta gran inquietud del presente y penetrar en el

recuerdo de los años de su infancia. Pero la sintió lejos,

inconmensurablemente lejos. Parecía escapar como una crisálida

convertida en mariposa inmaterial, que volara por un mundo

irremisiblemente perdido para su corazón. Contempló su propia silueta

infantil diseñada como una figura de relieve cubierta de polvo en su

recuerdo. Y vio también a Raquel, de seis años, otra figura, otro

relieve cubierto de polvo; Raquel vestida de negro, con dos hilos de

lágrimas en las mejillas rojas. Adriana le pegaba por una rivalidad

pueril. Estaban solas en el patio de la casa y junto a la habitación

donde el padre muriera algunos meses antes. Raquel, agachada bajo los

golpes de Adriana, abría un medallón que llevaba al cuello con el

retrato de su padre y exclamaba sollozando: "Para que papá vea lo que tú

haces". Después, sobrecogida, se echaba a correr, seguida de Adriana y

cubriéndose la cabeza con las manecitas abiertas. Pero Adriana ya no

corría para pegarle, sino enloquecida de súbita piedad. Y llegando las

dos a un corredor oscuro, se abrazaron con ímpetu, consternadas hasta el

llanto por aquella penosa evocación de la sombra paterna. Entrecerrando

los ojos, apoyó la frente contra el frío cristal de la ventanilla. Y

entonces, en aquella profunda lontananza, las dos criaturas se

desenlazaron y la miraron a ella con los ojos llorosos, fijamente.

Inclinándose juntas, se secaron las lágrimas con el ruedo del vestidito

negro. Y volvieron a mirarla, más adustas, Raquel con sus claros ojos

verdes, Adriana con sus ojos negros, con sus ojos negros y asombrados.

¿Asombrados por qué? Una amargura indecible pasó por el alma de Adriana.

La visión se borró.

Y quiso recordar otros años aun más lejanos. Sin duda tuvo entonces un

geniecito encantador y alegre; esto se lo decía un retrato suyo en que

aparecía una chiquilla regordeta, graciosísima, que inclinando la cabeza

con malicia, adelantaba un piececito y escondía las manos tras la

espalda.

Había también una primera luz de amor en su infancia indecisa: Roberto,

muchacho paliducho que jugara con ella y que por juego fue su amante

infantil. A los once años entró ella en el internado religioso y no le

vio más. Porque a poco él moría en las sierras de Córdoba. Su imagen,

después, se le presentó siempre circundada de fría penumbra, entre los

pliegues de un sudario, mirándola con sus ojos inteligentes, tristes,

velados de sombra mortal. Adriana, para avivar la sugestión de este

recuerdo, solía leer aquel poema francés en que un amante muerto sale

melancólicamente de la tumba, llama a la habitación de su amada y

murmurándole palabras de lúgubre ternura, la lleva consigo al

cementerio.

Y ahora, con aquella meditación de crepúsculo, junto a su madre

silenciosa y recogida también en sus recuerdos, se puso a musitar el

primer verso del poema:

"Pourquoi pleures-tu petite Christine?"

Imaginó ser ella misma, en la media noche de invierno, la heroína del

poema, y repetía sus tristes y tiernas palabras:

"Mon fiancé dort sous la noire terre,

Dans la froide tombe il rêve de nous.

Laissez-moi pleurer, ma peine est amère,

Laissez-moi gémir et veiller, ma mère,

Les pleurs me sont doux".

Y al recordar los versos que seguían, la escena descripta se destacó

vivamente en la penumbra de su ensueño:

"La mère repose et Christine pleure,

Immobile auprès de l'âtre noirci.

Au long tintement de la douzième heure,

Un doigt léger frappe à l'humble demeure:

Qui donc vient ici?"

Y afuera la voz del amado:

"Tire le verrou, Christine, ouvre vite:

C'est ton jeune ami, c'est ton fiancé.

Un suaire étroit à peine m'abrite;

J'ai quitté pour toi, ma chère petite,

Mon tombeau glacé."

Adriana sintió suspirando y con una secreta exaltación de júbilo que dos

lágrimas le ardían bajo los párpados:

"Oh mon fiancé, souffres-tu, dit elle,

Quand le vent d'hiver gémit dans le bois,

Quand la froide pluie aux tombeaux ruisselle?

Pauvre ami couché dans l'ombre éternelle,

Entends-tu ma voix?"

Su júbilo se hizo ardiente como un delirio. Y en las estrofas finales

del poema, todo su corazón acompañaba el arranque de fidelidad

apasionada que hace exclamar a la joven, cuando su amado intenta volver

solitario a la tumba:

"Non! je t'ai donné ma foi virginale,

Pour me suivre aussi, ne mourrais tu pas?

Non! je veux dormir ma nuit nuptiale,

Blanche, à tes côtés, sous la lune pâle,

Morte entre tes bras!

En aquel momento su madre empezó a hablar para hacerle reproches, en una

letanía lamentable. Estaba inmóvil, con las manos entrelazadas y los

ojos aflijidos y fijos. La luz del crepúsculo esfumaba su cara y su pelo

en una tonalidad rojiza. Adriana la escuchaba como entre sueños; y

perdida en la remota nostalgia se repetía las palabras dolientes del

poema. Y no era ya su novio infantil, sino Julio Lagos el amante que en

su visión interior bajaba con ella al sepulcro, besándola sobre los

ojos; y entre la masa negra de los cipreses, huía el sudario del otro.

De pronto, en una brusca caída a la realidad, la sacudió el traqueteo y

el ruido más fuerte del tren. Un "rápido" pasó por la vía paralela

disparando un silbato estridente; y la mancha momentánea de los coches

osciló en la penumbra del paisaje rayándolo confusamente. Ahora era un

paisaje sombrío, todas las cosas exaltaban sus formas como una

fantasmagoría. Techos y árboles sobrenadaban en la indecisión de la

llanura. Una lucecilla, muy lejos, se encendió temblando como insecto de

oro. La ciudad ya próxima comenzó a surgir. Su visión se dilató. Bóvedas

y torrecillas paralelas crecían, parecían moverse, lentamente, hacia el

vuelo jadeante del tren. Algunas casuchas del suburbio, como emboscadas

junto a la vía, asomaban rápidamente, y cada una, al pasar, parecía

volcarse en la penumbra. El tren corría a la altura de los tejados

ceñidos contra el paso a nivel. Talleres aun humeantes y ranchos de

pobrerío se diseminaban confusamente, y todo formaba una perspectiva

sórdida y ruin. Sobre aquel montón fugitivo de cosas informes y de vida

precaria, todo miserablemente pegado a la tierra, flotaba como una

armonía la magnificencia triste del ocaso, derramando sombra y paz.

El tren penetró vertiginosamente en el arrabal, haciendo temblar el

viaducto. De pronto su marcha detuvo la precipitación jadeante:

atravesaba el Riachuelo. Adriana quedó estupefacta. Había cruzado el

puente en pleno día, sobre aguas verdosas salpicadas de desperdicios,

entre sucias embarcaciones atracadas a los malecones rotos. Ahora le

pareció pasar por sobre una enorme sierpe de púrpura deslumbrante, que

bajo el crepúsculo se prolongaba, entre dos orillas de negrura

fantástica, y sorbía en el horizonte la luz de sangre.

Por encima del arrabal aparecía aún, más allá del caserío confuso que el

tren dejaba atrás, la llanura de sombra violácea; y una iglesia lejana

se diseñó como una miniatura gótica estampada en el cielo pálido;

Adriana creyó oír algunos toques de la campana, llegando hasta ella en

una vibración imperceptible, moribunda, y sin embargo penetrante en su

música como una dulcísima queja. Involuntariamente juntó las manos. Un

gran deseo de purificación la dominó; y en este generoso arranque que

subía desde lo más íntimo de su alma, como un mar de ternura, reconoció

una semejanza con la irradiación suntuosa y triste que derramaba el

cielo sobre las deformidades viles de la tierra, reflejando la visión de

aquella luminosa sierpe de púrpura que había pasado como un prodigio

bajo sus ojos atónitos.

La humilde iglesia lejana, flotando en la sombra violácea, parecía hacer

a su alma una seña inmóvil. Adriana hubiese querido volar hacia ella,

arrodillarse en la penumbra más vaga de su nave pequeña y llorar a

solas, indefinidamente, bajo las luces encendidas en los cirios.

Adriana Zumarán (novela) · 第 11 / 31 题