Pensó que una influencia oculta atraía sobre su vida el amor, aquel
mismo amor que un año antes había visto brillar en los ojos de Julio.
Pero ahora este pensamiento no asociaba la dicha y tampoco la antigua
esperanza. Volvió a verle y nada ocurrió. Una gran inquietud la invadía.
Cuando él hablaba, fingía distraerse, le dejaba conversando con Zoraida
y llevándose a Laura al otro extremo del salón, se ponían a hojear el
álbum de los retratos abierto sobre la falda de ambas. Sentía, sin saber
por qué, la necesidad de mostrarle indiferencia. Sin embargo, no
advertía en Julio señal alguna de que esta actitud le afectara. "Hoy se
ha marchado--pensaba--sin saber a qué atenerse con respecto a mí...
Desgraciadamente, yo estoy en el mismo caso"... Y comenzaba a dudar de
la pasión presentida. ¿O andaría él tal vez enamorado de Laura...?
Julio no era el mismo que reapareciera tantas veces en su memoria; su
recuerda había sin duda trabajado los rasgos de aquella cara, sus
gestos, sus actitudes mismas, prestándoles una indecisión que no tenían,
ahora, aquella frente tan recta desde la raíz de los cabellos hasta el
arco de las cejas, y aquellos ojos que solían quedarse mirándola,
durante un rato largo, con naturalidad. Era otra cosa, también, su
manera de entrar, decir saludando algunas palabras distraídas, y luego,
sentándose con las manos en los bolsillos, quedarse pensativo y como si
estuviese completamente solo. Adriana se preguntaba por qué no había ya,
entre él y ella, la locuacidad amable de la tarde que se habían
conocido. A veces una frase de Julio parecía, sin embargo, buscar la
intimidad y la confianza; algo invisible la impulsaba entonces, más que
nunca, a burlar la adivinada intención. Burlarle aunque tal victoria le
costase la felicidad de su vida. Y no se explicaba a sí misma la razón
oscura de este deseo. Porque sufría al pensar que él pudiera sufrir.
A medida que le iba conociendo más, menos podía substraerse a un
sentimiento de ternura entrañable y más doloroso le era fingir la vaga
despreocupación.
--Cuando tú estás, le decía Carmen, Julio apenas conversa, lo mismo que
tú. ¡Ah, si pudieras oírle cuando se anima y cuenta el argumento de
alguna comedia o habla de cosas ideales! ¡Con qué atención nos quedamos
escuchándole y deseando que no termine nunca! Engaña mucho esa frialdad
que tú le ves. Es nuestro mejor amigo, nuestro único amigo, porque a
los muchachos parientes que suelen venir, ni los tenemos en cuenta.
¡Julio nos entiende tanto! ¿Quieres creer que yo, a él, le confesaría lo
que ni a Laura ni a Zoraida podría decirles nunca?
Y estas noticias embargaban completamente la imaginación de Adriana.
También Laura solía hablarle de Julio, cuando estaban solas, y sus
elogiosas referencias coincidían con la opinión íntima que de él se
había formado Adriana.
Un día Julio pareció transformarse en un hombre que no era el Julio
habitual. Sentado junto a ella mientras Zoraida, en el piano, ejecutaba
una sonata, interrumpió de pronto la conversación que sostenían sobre un
tema trivial, para preguntarle, con una voz humilde, si acaso tenía
contra él algún motivo de resentimiento.
Adriana le miró con asombro. Aquel dejo humilde y aquella cierta
inoportunidad ingenua de la pregunta, debían quedarle murmurando como
una dulzura en la memoria. Le pareció adivinar instantáneamente toda el
alma de Julio.
--¿Yo resentida con usted?... ¡Oh, no, no!
--Es una pena.
--¿Una pena que yo no esté resentida con usted? Explíqueme, Julio.
--Es tan difícil explicar... Ciertas ideas, las más íntimas, no podrían
expresarse sino por un esquema pueril. Por eso la melancolía de
conversar con alguien que podría comprender lo que por desgracia no
sabemos explicar: vamos deplorando, al cabo de cada frase, que lo
realmente significativo de la idea se quedó en el corazón.
--Pero en fin: ¿usted preferiría que yo estuviese disgustada? Por favor,
dígamelo así en esquema.
--Sí, preferiría eso, para poder atribuir su resentimiento a una mala
inteligencia; en cambio, ahora ya conozco que su frialdad sólo viene del
ningún deseo de reanudar aquella amistad de algunos minutos, cuando nos
encontramos aquí hace un año, amistad que sólo en la imaginación mía
pudo seguir persistiendo.
Adriana, para demostrarle que tampoco ella había puesto nada en olvido,
le repitió algunas palabras que dijera Julio en aquella ocasión. Y se
maravillaba de su propia sinceridad.
--¿Sabe usted, agregó, que me dejó sorprendida la seguridad suya cuando
se puso a imaginar el elogio de mi alma?
Y le pareció advertir de nuevo, como entonces, que brillaba el amor en
la mirada de Julio. Pero ambos callaron, suspensos de la música de
Zoraida, que se hallaba en uno de sus momentos de exaltación.
El motivo de Beethoven jugaba con cierta gracia infantil, sus frases
líricas parecían caminar sobre el teclado, frescas, ligeras, y
acariciaban el oído sin despertar inquietud. Después las notas se
precipitaban, límpidas, luminosas, con algo de ansiedad, y en el aire
se iba formando una idea musical, pura, serena y como desasida de su
mismo origen sonoro. Las límpidas notas, súbitamente contenidas,
tornaban en dulce murmullo. Ahora el motivo era un alma, con la
palpitación del ritmo pugnaba por subir, vacilante, a las regiones
inefables. Se agitaba su vuelo en las alturas, como una alondra. Y por
momentos, en la poderosa dilatación del sonido radiante, parecía a punto
de alcanzar el júbilo de una maravillosa revelación.
Pero luego las notas decaían, las bellas frases se enlazaban más
lánguidas, la imagen de la dicha moría en un radio de sombra, y ya sólo
podía oírse la tierna resignación del amor vencido ante la irremediable
lejanía de su ideal ultraterreno.
De pronto, en medio de su tristeza, el mismo motivo musical se
reavivaba, con la gracia de un hermoso niño que despierta olvidado de la
causa que acababa de adormirle llorando; y volvía a su encanto de las
primeras notas, ágiles, ligeras, para luego agitar de nuevo en el ritmo
sus alas de esperanza. Y otra vez el alma de la idea lírica ascendía
cantando, como una alondra.
Cuando terminó la sonata, ambos quedaron un rato en silencio, oprimidos
por ese inexplicable deseo que la música infunde, de una dicha excesiva,
superior a la condición humana. Ella echó sobre Julio una rápida mirada;
estaba un poco pálido y tenía los ojos húmedos, absortos en ella; sus
palabras, al reanudar la conversación, tomaron el dejo humilde.
En esto apareció Laura. Al verles hizo un vago gesto, como si hubiese
querido retroceder. Pero Adriana se levantó, fue hacia ella,
rápidamente, y le oprimió las manos tanto que Laura contuvo un grito.
Entonces, con actitud de azoramiento y de lástima, besó una y otra vez
aquellas manos, sin alzar los ojos. Daba las espaldas a Julio y seguía
sintiendo sus palabras humildes penetrarle en el alma como una larga
caricia.