VI

A no haber Muñoz abandonado tan precipitadamente la casa de Charito,

habría comprendido lo infundado de sus celos. Porque cuando Adriana

advirtió que Castilla se tomaba tontamente la libertad de acariciarle la

mano, en seguida, dejándole plantado en medio de la sala, buscó a Muñoz.

Sin embargo, lejos de preocuparla que éste se hubiera marchado, sólo

experimentó contra él un sentimiento de fastidio. Charito la llamó,

consternada. Acababa de advertir, sospechando el motivo, la retirada de

Muñoz. Era su amiga de confianza y profesaba por él un sentimiento que

ella no hubiera podido definir: mezcla de cariño fraternal, de

instintiva simpatía y de admiración. Le atribuía las mejores cualidades

y no dejaba de recordar que había egresado de la Facultad de Derecho con

las más altas clasificaciones de su curso. Charito, abandonando por

algunos minutos al joven de la voz amaricada, tomó las manos de Adriana

y la miró con expresión sorprendida.

--¿Por qué te portas así? Es un muchacho que te quiere con lealtad, con

pasión. No es tan fácil encontrar un amor como el suyo, tan verdadero,

tan noble. Conozco muy bien a Muñoz y sé que no podrá soportar por mucho

tiempo esas actitudes tuyas. Ya te vi con Castilla. Por más que Muñoz te

ame, si tú le sigues poniendo a prueba de ese modo, un día te dejará.

Con la muerte en el alma pero Muñoz te dejará.

Dijo con énfasis "la muerte en el alma" y aguardó un explicación. Pero

Adriana miró a su amiga con cierta dulzura indiferente, de soslayo, y le

prometió que en adelante sería más buena con Muñoz.

Charito González no era linda ni fea; sus ojos claros, más expresivos

hubieran sido hermosos y muy elegante su silueta de ser ella más alta.

En su modo y en su trato había esa ambigüedad y esa ausencia de carácter

definido que parecían el fondo mismo de su persona. Vivía absorbida por

el ambiente social, y para las fiestas de caridad era una secretaria

activísima y no hallaba tiempo de cumplir con todos los compromisos que

se imponía. Adriana tenía de ella una impresión semejante a la que le

sugerían las personas de la familia de su tío Ernesto Molina: que

carecía, en cierto modo, de verdadera alma. Pero cultivaba su amistad

comprendiendo que en todo momento podría confiar en los buenos oficios

de su discreción y de su bondad.

Ahora la divertía el tono afectado con que le reprochaba sus

inconsecuencias con Muñoz.

--¿Me prometes--insistía--ser leal, quererle de verdad, prodigar en este

amor tu corazón?

--Te prometo--respondió Adriana imitando su énfasis--no traicionarle

jamás, prodigarle mi corazón.

Durante el resto de la velada se aburrió como nunca.

Al día siguiente fue a casa de las Aliaga. La acogieron con una alegría

más abierta y cariñosa que la vez anterior y se manifestaron

sorprendidas de que no hubiese vuelto antes. Algunos minutos después,

continuando una conversación empezada cuando ella se presentó, la

pusieron en antecedentes de un íntimo asunto de familia y la consultaron

como si fuese la persona de más confianza y más allegada a la casa.

Después Carmen, la menor, la llevó a su cuarto y le mostró, con mucho

misterio, un diario de su vida que había comenzado a escribir.

--Tú eres la única que podrá leerlo, le dijo como encantada de su idea.

Ellas ni siquiera saben que lo escribo. La que tiene un diario ya muy

largo es Laura. Algún día que ella se descuide lo robamos y lo leemos

juntas. Como a ella le han pasado muchas más cosas que a mí, y ha tenido

una pasión y estuvo de novia...

Dijo esto con cierto aire de pesar, como envidiosa de Laura.

Carmen tenía unos veinte años, pero por ciertos modos ingenuos y por

algo de frágil que en toda su persona había, aparentaba diez y seis. El

color de las mejillas y de los labios parecía más vivo por la blancura

mate de la cara y de las manos. Alguna asimetría de la frente se anegaba

en el esplendor de los grandes ojos grises, que daban la impresión de

ser negros, por la anchura de las pupilas. Esta belleza de los ojos era

un rasgo que tenía de común con sus hermanas, como asimismo la

extraordinaria y continua intensidad de la mirada, llena de alma.

Las Aliaga conocían muchos libros que Adriana había leído, se asemejaban

a ella en ideas y modos de ver, deliraban por versos de amor y

comentaban con sutileza las novelas francesas y rusas que les traía

Julio. Parecían, por las conversaciones que solían tener acerca de las

heroínas desdichadas, que ellas mismas hubiesen querido de alguna manera

acompañarlas en la peregrinación de sus desventuras ideales. Había en

ellas una sensibilidad extrema, y por afortunada despreocupación, no

habían adquirido esa cultura literaria artificial, buscada, que

generalmente falsea y con frecuencia anula en la mujer el tacto

artístico. Por eso podían amar con naturalidad el estilo de ciertos

autores y preferirlos a otros sin obedecer a sugestión alguna. Un

hermoso libro, a veces una sola página escrita con gracia, les daba

ensueño para muchos días.

Adriana sentía el contraste profundo de esta casa con el ambiente sin

espíritu que había, por ejemplo, en la de Charito González o de su tío

Ernesto Molina. Sin embargo, una parte del misterio que en su

imaginación había circundado a las Aliaga, se fue aclarando, como los

contornos de una figura que parece fantástica en la penumbra y luego a

la plena luz cobra una realidad más simple.

Acaso la más linda era Laura. Unía la sensibilidad excesiva a cierta

actitud de calma inalterable. Tenía un modo muy particular de distraerse

súbitamente de la conversación, para quedarse mirando en el vacío; pero

no con la expresión ambigua de todo el mundo, porque bajando la cabeza,

sin bajar la mirada, el negro de las anchas pupilas se confundía con el

negro de las pestañas, y entonces aquella mirada fija adquiría una

profundidad llena indefiniblemente de tristeza. Adriana se acercaba a

ella, solícita, y acariciándola y jugando con sus cabellos la

interrogaba bruscamente, como para descubrir por sorpresa el secreto de

sus pensamientos:

--¿En qué pensabas? ¡Dímelo, por favor!

Pero Laura, respondiendo sin hablar a sus caricias, sonreía con una

dulce tranquilidad.

Se formó entre ambas una amistad delicada, estrecha, y sin embargo

llena, en muchos puntos, de reserva. Ni la una ni la otra llegaban a la

confidencia. Y mutuamente se perdonaban y hasta se agradecían esta

reserva. A veces, después de alguna reflexión hecha al azar sobre la

dificultad de hallar en la vida la felicidad del amor o sobre la

grosería con que lo concebían los hombres, se detenían en el punto mismo

de abrirse el corazón.

Adriana experimentaba, por primera vez, el sentimiento apasionado de la

amistad. Laura la besaba como a una hermana y le enseñaba imágenes de

santos bordadas en seda por ella. Sobre la cabecera de su cama colgaba

un crucifijo labrado en marfil. Había en la habitación dos cuadros cuyo

asunto era triste. Uno de ellos, titulado "L'Oubliée", figuraba dos

amantes que se besaban cerrando los ojos mientras la muerte, un fantasma

vago, invisible para ellos, se acercaba a contemplarles. Y en el otro

cuadro, la pobre amante ya estaba de rodillas sobre la tumba y alzaba la

cara mirando al cielo con sus grandes ojos claros, que por el exceso de

la pena casi no tenían expresión.

Carmen se demostraba celosa de aquella amistad e interrumpía las

pláticas de Adriana y Laura protestando:

--Hemos tenido la dicha de encontrar este encanto de amiga y tú te la

quieres acaparar como si fuese únicamente tuya. Y comenzaba a charlar

alegremente o traían un cuaderno en que había copiado versos, algunos en

francés, y éstos ella exigía que los leyese Adriana, porque los decía

con una admirable pronunciación.

Generalmente las Aliaga charlaban con volubilidad, proyectaban viajes,

sin propósito ninguno de realizarlos y se daban bromas con jóvenes a

quienes no veían desde largos años atrás.

Pero aquella superficialidad era ficticia, una delicada apariencia con

la cual revestían, por un raro pudor, la profundidad y la inquietud de

sus almas. Y así como Adriana misma, mientras hablaban y reían con

ligera locuacidad sobre temas con frecuencia pueriles, soñaban

interiormente sus cosas ideales; y como ella, también, vivían sin dejar

transparentar el mundo de imágenes amorosas y de suaves ideas que las

encantaban en la cotidiana meditación.

Alguna vez, cuando atardecía, abrían los balcones, que daban sobre la

Avenida Quintana. Adriana se abandonaba a la dulzura de quedarse allí,

anegada en sus propias ideas y en la vaga contemplación de esta calle

solitaria, retraída del rumoreo cosmopolita con su elegante edificación

de cerrados palacetes. Al extremo de la Avenida, el jardín de la

Recoleta iba igualando los tonos oscuros de su arboleda tropical; y por

encima, cerrando la perspectiva en la entrada del cementerio, la iglesia

del Pilar, pequeña, simple, con algo de atónito en su distante

apariencia: vieja capilla que la ciudad colonial desaparecida había

dejado allí disimulada en la humildad de su encanto.

Adquiría todo esto tanta belleza muriendo la tarde y bajo el oro del

otoño, que se ponían ellas pensativas. Adriana, ansiosa de amor,

imaginaba idilios con Julio.

Entraban luego, cerraban las persianas y encendían las luces. Había en

la gran sala un ambiente de intimidad y una elegancia sutil: el

decorado, los tapices de tonos oscuros, los muebles severos y el

conjunto de los pequeños objetos de adorno, se caracterizaban por una

singular ausencia de cualquier detalle demasiado llamativo u ostentoso.

Reinaba allí, como en toda la casa, una especie de suntuosidad sin lujo,

traída naturalmente a través del tiempo y sometida al espíritu de sus

moradores. Cosas de épocas diversas se avenían entre ellas con una

gracia original. El arte antiguo de los pesados jarrones de cobre

preciosamente trabajado, que figuraban dragones fantásticos sobre la

chimenea de mármol negro, no parecía contradecirse con el arte ligero de

una lámpara moderna que difundía, suavemente atenuada por el moaré de la

pantalla, la luz de la bombilla eléctrica oculta en el esbelto pie de

alabastro.

En una vitrina, grandes abanicos abiertos evocaban modas desaparecidas y

transmitían la sensación encantada de los años en que se habían usado:

algunos, enormes, estaban hechos con blanca pluma de garza sobre

varillas de ébano; en otros era el plumaje negro y contrastaba

pomposamente con el labrado marfil; y en los menos antiguos, alguna

escena de pastores se pintaba sobre la indecisión de la seda ajada.

Encima de la mesita de caoba cuyos bordes afiligranaba una incrustación

de nácar, había un grueso álbum de retratos con el terciopelo de las

tapas ya gastado, como felpa de viejo bargueño. La mayoría de los

retratos se habían descolorido; en algunos apenas era posible distinguir

otra cosa que el espectro de la imagen. La fotografía de la primera

página era más reciente y en ella resplandecía, con el fino tipo de las

Aliaga, una maravillosa cara de mujer, la madre de ellas. Más que su

noble belleza, impresionaba el alma de los ojos, profunda, dulce, y su

expresión singularmente parecida a la de Laura.

Este retrato ejercía sobre Adriana una especie de fascinación. Solía

largamente contemplarlo. Entonces Zoraida o Carmen, con cierta suave

violencia, se lo quitaban.

--¿Por qué? les preguntaba sorprendida.

Ellas callaban, mirándose.

Zoraida, que era música, solía sentarse al piano y ejecutaba con

maestría motivos de Chopin o de Beethoven. A veces lo hacía como

jugando, interrumpiéndose a cada rato por seguir la conversación de sus

hermanas. Pero con frecuencia, exaltándosele la expresión del semblante,

la idea musical la arrebataba. Entonces las otras enmudecían. Carmen,

arrodillándose junto a Zoraida, la miraba con atención ingenua, y

después, hacia las últimas notas, se oprimía el corazón y suspiraba

sonriendo.

Por confidencias de Carmen, supo Adriana muchas cosas relativas a

Zoraida, que la afirmaron en la suposición de que ésta, realmente, había

sido objeto de la imposible pasión y causa del suicidio de su padre. En

la infancia Zoraida se había formado un propósito tenaz: ser monja. Al

principio eso fue motivo de broma en la casa y más cuando ella rompió

sus muñecas para demostrar despego por los afectos del mundo. Tuvo

luego, ya desde los catorce años, festejantes que la adoraron; a todos

les rechazó. Inútilmente su padre, que aun vivía, resolvió sacarla del

internado, donde seguramente alguna monja le había inculcado aquella

idea mística tan singular en una criatura de su edad. Ella declaraba que

su vocación era el convento adonde tarde o temprano iría para

conformarse a los deseos de Dios que la llamaba. Más adelante comunicó

tal propósito a su director espiritual, que la felicitó; también hizo

voto de castidad y ya no quiso ocuparse sino de los trabajos que se

impusiera como Hija de María. Cuando su padre murió, Zoraida cumplía

diez y siete años; su decisión se hizo más ardiente que nunca. Fue

preciso que Eduardo interviniera acerca del confesor. Este un día le

declaró seriamente que debía obedecer a su madre. Zoraida, decepcionada,

recurrió directamente a la superiora de las Salesas, quien la aconsejó

de acuerdo con el sacerdote. Entonces su naturaleza extremosa se

sublevó. Juró que abandonaría toda tarea religiosa, que no pisaría más

el confesionario y que hasta dejaría de ir a misa.

--Y ese juramento--añadió Carmen--lo ha cumplido. Nunca siquiera nos

acompaña a misa los domingos. ¡Qué raro! Ella dice, ahora, que para

comunicarse con Dios no es necesario ir a persignarse en la iglesia

delante de todo el mundo.

--¿Y tuvo más festejantes? preguntó Adriana.

--Sí, varios. Pero los despreció a todos. Cuando murió mamá, es claro,

ella era la mayor y tomó el cuidado de la casa. Y oye...

Enmudeció repentinamente ante Zoraida que vino a sentarse junto a ellas.

--No sirves para disimular, Camucha. En la cara te adivino que le

hablabas de mí--dijo acariciándola.--¡Indiscreta! Le habrás contado mi

manía de ser monja.

Carmen, muy colorada, no atinó a defenderse.

--Pero no se lo creas todo, Adriana. Camucha es demasiado novelera.

Aquello fue más bien fantasía de chica. Una verdadera vocación no se me

habría pasado con la muerte de mamá, ni con los disgustos que se

juntaron encima.

Y procuró convencerla de que aquello había sido una pura ingenuidad, un

idealismo, por el pensamiento de que fuera de Dios nadie podría

enamorarla nunca. Por otra parte el amor--ella estaba segura--sólo

hubiera venido para su perdición.

Un día conversaron acerca de Julio, y Adriana escuchó sin perder

palabra.

Carmen extrañaba de que nunca le hubieran conocido ellas ningún amor.

--No hay mujeres para Julio, murmuró Laura.

--Sería raro que no tuviera alguna pasión por ahí, añadió Zoraida.

Carmen protestó con tono de reproche:

--¡Raro! ¿Y acaso nosotras no nos parecemos a él? ¡Pensar que lo pasamos

aquí tan escondidas y como olvidándonos de vivir! ¿Quieres creer,

Adriana, que Zoraida nos está contagiando su enemistad hacia el mundo?

Como no ha podido entrar de monja quiere hacer de esta casa su

convento. Ya ni por motivos de caridad nos relacionamos con nadie. Días

pasados vinieron a verla varias señoras, para pedirle que formara parte

de una comisión de beneficencia. No lo consiguieron. A mí, el año

pasado, me dejaron una alcancía para la colecta del 2 de Octubre. Has de

creer que no tuve ocasión de pedirle su contribución a nadie. Y para no

quedar mal nos vimos obligadas a reunir cada día todas las monedas que

había en la casa, y registrarle los bolsillos a Eduardo, hasta conseguir

poco a poco llenarla. Pero lo más grave es, para mí, que viviendo en

esta forma una no tiene oportunidad de conocer mozos y hallar alguno a

quien querer.

Y Carmen, con un modo ingenuamente lánguido, apoyó la mejilla en la

palma de la mano abierta, y bajo la frente algo asimétrica sus hermosos

ojos grises tomaron una expresión vaga; en la sombra de su meditación,

miraba sonreír una cara que en la realidad no había visto nunca.

--Por mi parte, suspiró Zoraida, todos los días pido a Dios que no me

traiga la ocasión de enamorarme. Laura intervino.

--¡Siempre tu misma manía!

--Con esas ideas extrañas--añadió Carmen--todas debemos hacer lo posible

para quedarnos solteras.

--El amor, para nosotras, sólo puede venir como una desgracia, replicó

Zoraida. Y la voz le temblaba.

Un día Adriana preguntó por Julio.

--¡Está aquí! exclamó Carmen. Lo dejamos arriba, con abuelita, cuando tú

llegaste.

--Le pidió abuelita que tomara el te con ella, agregó Zoraida, y allí

está Laura también. ¿Te has fijado, Camucha, con qué atención le escucha

Laura, cuando él habla?... Es una suerte. Así, poco a poco, me irá

perdonando...

--No, ella no se olvida de José Luis, ella piensa que José Luis hubiera

sido el amor de su vida, repuso Carmen. No te puede perdonar.

Adriana, preocupada deliciosamente por la idea de que Julio estaba en la

casa y que lo vería de un momento a otro, no fijó su atención en aquella

frase de Carmen. Puso todos los sentidos en sorprender, sobre la cara de

Julio, cuando bajara, la impresión que le haría volverla a ver.

Sorprendió una expresión de júbilo, y en seguida una contradictoria

mirada de tristeza. Con él bajaba Laura. Esta se adelantó y la besó en

los ojos.

--Al fin se han vuelto a encontrar, después de un año, murmuró.

Se habló de música y de novelas. Laura, que no dejó un instante de

observar a Julio, suspiró, volvió a besarla.

--Se me ocurre que ya te quiere, le dijo al oído.

Pero Adriana no podía escucharla. Miraba a Julio con los ojos un poco

atónitos y sonreía con su sonrisa ligera.

Adriana Zumarán (novela) · 第 9 / 31 题