A no haber Muñoz abandonado tan precipitadamente la casa de Charito,
habría comprendido lo infundado de sus celos. Porque cuando Adriana
advirtió que Castilla se tomaba tontamente la libertad de acariciarle la
mano, en seguida, dejándole plantado en medio de la sala, buscó a Muñoz.
Sin embargo, lejos de preocuparla que éste se hubiera marchado, sólo
experimentó contra él un sentimiento de fastidio. Charito la llamó,
consternada. Acababa de advertir, sospechando el motivo, la retirada de
Muñoz. Era su amiga de confianza y profesaba por él un sentimiento que
ella no hubiera podido definir: mezcla de cariño fraternal, de
instintiva simpatía y de admiración. Le atribuía las mejores cualidades
y no dejaba de recordar que había egresado de la Facultad de Derecho con
las más altas clasificaciones de su curso. Charito, abandonando por
algunos minutos al joven de la voz amaricada, tomó las manos de Adriana
y la miró con expresión sorprendida.
--¿Por qué te portas así? Es un muchacho que te quiere con lealtad, con
pasión. No es tan fácil encontrar un amor como el suyo, tan verdadero,
tan noble. Conozco muy bien a Muñoz y sé que no podrá soportar por mucho
tiempo esas actitudes tuyas. Ya te vi con Castilla. Por más que Muñoz te
ame, si tú le sigues poniendo a prueba de ese modo, un día te dejará.
Con la muerte en el alma pero Muñoz te dejará.
Dijo con énfasis "la muerte en el alma" y aguardó un explicación. Pero
Adriana miró a su amiga con cierta dulzura indiferente, de soslayo, y le
prometió que en adelante sería más buena con Muñoz.
Charito González no era linda ni fea; sus ojos claros, más expresivos
hubieran sido hermosos y muy elegante su silueta de ser ella más alta.
En su modo y en su trato había esa ambigüedad y esa ausencia de carácter
definido que parecían el fondo mismo de su persona. Vivía absorbida por
el ambiente social, y para las fiestas de caridad era una secretaria
activísima y no hallaba tiempo de cumplir con todos los compromisos que
se imponía. Adriana tenía de ella una impresión semejante a la que le
sugerían las personas de la familia de su tío Ernesto Molina: que
carecía, en cierto modo, de verdadera alma. Pero cultivaba su amistad
comprendiendo que en todo momento podría confiar en los buenos oficios
de su discreción y de su bondad.
Ahora la divertía el tono afectado con que le reprochaba sus
inconsecuencias con Muñoz.
--¿Me prometes--insistía--ser leal, quererle de verdad, prodigar en este
amor tu corazón?
--Te prometo--respondió Adriana imitando su énfasis--no traicionarle
jamás, prodigarle mi corazón.
Durante el resto de la velada se aburrió como nunca.
Al día siguiente fue a casa de las Aliaga. La acogieron con una alegría
más abierta y cariñosa que la vez anterior y se manifestaron
sorprendidas de que no hubiese vuelto antes. Algunos minutos después,
continuando una conversación empezada cuando ella se presentó, la
pusieron en antecedentes de un íntimo asunto de familia y la consultaron
como si fuese la persona de más confianza y más allegada a la casa.
Después Carmen, la menor, la llevó a su cuarto y le mostró, con mucho
misterio, un diario de su vida que había comenzado a escribir.
--Tú eres la única que podrá leerlo, le dijo como encantada de su idea.
Ellas ni siquiera saben que lo escribo. La que tiene un diario ya muy
largo es Laura. Algún día que ella se descuide lo robamos y lo leemos
juntas. Como a ella le han pasado muchas más cosas que a mí, y ha tenido
una pasión y estuvo de novia...
Dijo esto con cierto aire de pesar, como envidiosa de Laura.
Carmen tenía unos veinte años, pero por ciertos modos ingenuos y por
algo de frágil que en toda su persona había, aparentaba diez y seis. El
color de las mejillas y de los labios parecía más vivo por la blancura
mate de la cara y de las manos. Alguna asimetría de la frente se anegaba
en el esplendor de los grandes ojos grises, que daban la impresión de
ser negros, por la anchura de las pupilas. Esta belleza de los ojos era
un rasgo que tenía de común con sus hermanas, como asimismo la
extraordinaria y continua intensidad de la mirada, llena de alma.
Las Aliaga conocían muchos libros que Adriana había leído, se asemejaban
a ella en ideas y modos de ver, deliraban por versos de amor y
comentaban con sutileza las novelas francesas y rusas que les traía
Julio. Parecían, por las conversaciones que solían tener acerca de las
heroínas desdichadas, que ellas mismas hubiesen querido de alguna manera
acompañarlas en la peregrinación de sus desventuras ideales. Había en
ellas una sensibilidad extrema, y por afortunada despreocupación, no
habían adquirido esa cultura literaria artificial, buscada, que
generalmente falsea y con frecuencia anula en la mujer el tacto
artístico. Por eso podían amar con naturalidad el estilo de ciertos
autores y preferirlos a otros sin obedecer a sugestión alguna. Un
hermoso libro, a veces una sola página escrita con gracia, les daba
ensueño para muchos días.
Adriana sentía el contraste profundo de esta casa con el ambiente sin
espíritu que había, por ejemplo, en la de Charito González o de su tío
Ernesto Molina. Sin embargo, una parte del misterio que en su
imaginación había circundado a las Aliaga, se fue aclarando, como los
contornos de una figura que parece fantástica en la penumbra y luego a
la plena luz cobra una realidad más simple.
Acaso la más linda era Laura. Unía la sensibilidad excesiva a cierta
actitud de calma inalterable. Tenía un modo muy particular de distraerse
súbitamente de la conversación, para quedarse mirando en el vacío; pero
no con la expresión ambigua de todo el mundo, porque bajando la cabeza,
sin bajar la mirada, el negro de las anchas pupilas se confundía con el
negro de las pestañas, y entonces aquella mirada fija adquiría una
profundidad llena indefiniblemente de tristeza. Adriana se acercaba a
ella, solícita, y acariciándola y jugando con sus cabellos la
interrogaba bruscamente, como para descubrir por sorpresa el secreto de
sus pensamientos:
--¿En qué pensabas? ¡Dímelo, por favor!
Pero Laura, respondiendo sin hablar a sus caricias, sonreía con una
dulce tranquilidad.
Se formó entre ambas una amistad delicada, estrecha, y sin embargo
llena, en muchos puntos, de reserva. Ni la una ni la otra llegaban a la
confidencia. Y mutuamente se perdonaban y hasta se agradecían esta
reserva. A veces, después de alguna reflexión hecha al azar sobre la
dificultad de hallar en la vida la felicidad del amor o sobre la
grosería con que lo concebían los hombres, se detenían en el punto mismo
de abrirse el corazón.
Adriana experimentaba, por primera vez, el sentimiento apasionado de la
amistad. Laura la besaba como a una hermana y le enseñaba imágenes de
santos bordadas en seda por ella. Sobre la cabecera de su cama colgaba
un crucifijo labrado en marfil. Había en la habitación dos cuadros cuyo
asunto era triste. Uno de ellos, titulado "L'Oubliée", figuraba dos
amantes que se besaban cerrando los ojos mientras la muerte, un fantasma
vago, invisible para ellos, se acercaba a contemplarles. Y en el otro
cuadro, la pobre amante ya estaba de rodillas sobre la tumba y alzaba la
cara mirando al cielo con sus grandes ojos claros, que por el exceso de
la pena casi no tenían expresión.
Carmen se demostraba celosa de aquella amistad e interrumpía las
pláticas de Adriana y Laura protestando:
--Hemos tenido la dicha de encontrar este encanto de amiga y tú te la
quieres acaparar como si fuese únicamente tuya. Y comenzaba a charlar
alegremente o traían un cuaderno en que había copiado versos, algunos en
francés, y éstos ella exigía que los leyese Adriana, porque los decía
con una admirable pronunciación.
Generalmente las Aliaga charlaban con volubilidad, proyectaban viajes,
sin propósito ninguno de realizarlos y se daban bromas con jóvenes a
quienes no veían desde largos años atrás.
Pero aquella superficialidad era ficticia, una delicada apariencia con
la cual revestían, por un raro pudor, la profundidad y la inquietud de
sus almas. Y así como Adriana misma, mientras hablaban y reían con
ligera locuacidad sobre temas con frecuencia pueriles, soñaban
interiormente sus cosas ideales; y como ella, también, vivían sin dejar
transparentar el mundo de imágenes amorosas y de suaves ideas que las
encantaban en la cotidiana meditación.
Alguna vez, cuando atardecía, abrían los balcones, que daban sobre la
Avenida Quintana. Adriana se abandonaba a la dulzura de quedarse allí,
anegada en sus propias ideas y en la vaga contemplación de esta calle
solitaria, retraída del rumoreo cosmopolita con su elegante edificación
de cerrados palacetes. Al extremo de la Avenida, el jardín de la
Recoleta iba igualando los tonos oscuros de su arboleda tropical; y por
encima, cerrando la perspectiva en la entrada del cementerio, la iglesia
del Pilar, pequeña, simple, con algo de atónito en su distante
apariencia: vieja capilla que la ciudad colonial desaparecida había
dejado allí disimulada en la humildad de su encanto.
Adquiría todo esto tanta belleza muriendo la tarde y bajo el oro del
otoño, que se ponían ellas pensativas. Adriana, ansiosa de amor,
imaginaba idilios con Julio.
Entraban luego, cerraban las persianas y encendían las luces. Había en
la gran sala un ambiente de intimidad y una elegancia sutil: el
decorado, los tapices de tonos oscuros, los muebles severos y el
conjunto de los pequeños objetos de adorno, se caracterizaban por una
singular ausencia de cualquier detalle demasiado llamativo u ostentoso.
Reinaba allí, como en toda la casa, una especie de suntuosidad sin lujo,
traída naturalmente a través del tiempo y sometida al espíritu de sus
moradores. Cosas de épocas diversas se avenían entre ellas con una
gracia original. El arte antiguo de los pesados jarrones de cobre
preciosamente trabajado, que figuraban dragones fantásticos sobre la
chimenea de mármol negro, no parecía contradecirse con el arte ligero de
una lámpara moderna que difundía, suavemente atenuada por el moaré de la
pantalla, la luz de la bombilla eléctrica oculta en el esbelto pie de
alabastro.
En una vitrina, grandes abanicos abiertos evocaban modas desaparecidas y
transmitían la sensación encantada de los años en que se habían usado:
algunos, enormes, estaban hechos con blanca pluma de garza sobre
varillas de ébano; en otros era el plumaje negro y contrastaba
pomposamente con el labrado marfil; y en los menos antiguos, alguna
escena de pastores se pintaba sobre la indecisión de la seda ajada.
Encima de la mesita de caoba cuyos bordes afiligranaba una incrustación
de nácar, había un grueso álbum de retratos con el terciopelo de las
tapas ya gastado, como felpa de viejo bargueño. La mayoría de los
retratos se habían descolorido; en algunos apenas era posible distinguir
otra cosa que el espectro de la imagen. La fotografía de la primera
página era más reciente y en ella resplandecía, con el fino tipo de las
Aliaga, una maravillosa cara de mujer, la madre de ellas. Más que su
noble belleza, impresionaba el alma de los ojos, profunda, dulce, y su
expresión singularmente parecida a la de Laura.
Este retrato ejercía sobre Adriana una especie de fascinación. Solía
largamente contemplarlo. Entonces Zoraida o Carmen, con cierta suave
violencia, se lo quitaban.
--¿Por qué? les preguntaba sorprendida.
Ellas callaban, mirándose.
Zoraida, que era música, solía sentarse al piano y ejecutaba con
maestría motivos de Chopin o de Beethoven. A veces lo hacía como
jugando, interrumpiéndose a cada rato por seguir la conversación de sus
hermanas. Pero con frecuencia, exaltándosele la expresión del semblante,
la idea musical la arrebataba. Entonces las otras enmudecían. Carmen,
arrodillándose junto a Zoraida, la miraba con atención ingenua, y
después, hacia las últimas notas, se oprimía el corazón y suspiraba
sonriendo.
Por confidencias de Carmen, supo Adriana muchas cosas relativas a
Zoraida, que la afirmaron en la suposición de que ésta, realmente, había
sido objeto de la imposible pasión y causa del suicidio de su padre. En
la infancia Zoraida se había formado un propósito tenaz: ser monja. Al
principio eso fue motivo de broma en la casa y más cuando ella rompió
sus muñecas para demostrar despego por los afectos del mundo. Tuvo
luego, ya desde los catorce años, festejantes que la adoraron; a todos
les rechazó. Inútilmente su padre, que aun vivía, resolvió sacarla del
internado, donde seguramente alguna monja le había inculcado aquella
idea mística tan singular en una criatura de su edad. Ella declaraba que
su vocación era el convento adonde tarde o temprano iría para
conformarse a los deseos de Dios que la llamaba. Más adelante comunicó
tal propósito a su director espiritual, que la felicitó; también hizo
voto de castidad y ya no quiso ocuparse sino de los trabajos que se
impusiera como Hija de María. Cuando su padre murió, Zoraida cumplía
diez y siete años; su decisión se hizo más ardiente que nunca. Fue
preciso que Eduardo interviniera acerca del confesor. Este un día le
declaró seriamente que debía obedecer a su madre. Zoraida, decepcionada,
recurrió directamente a la superiora de las Salesas, quien la aconsejó
de acuerdo con el sacerdote. Entonces su naturaleza extremosa se
sublevó. Juró que abandonaría toda tarea religiosa, que no pisaría más
el confesionario y que hasta dejaría de ir a misa.
--Y ese juramento--añadió Carmen--lo ha cumplido. Nunca siquiera nos
acompaña a misa los domingos. ¡Qué raro! Ella dice, ahora, que para
comunicarse con Dios no es necesario ir a persignarse en la iglesia
delante de todo el mundo.
--¿Y tuvo más festejantes? preguntó Adriana.
--Sí, varios. Pero los despreció a todos. Cuando murió mamá, es claro,
ella era la mayor y tomó el cuidado de la casa. Y oye...
Enmudeció repentinamente ante Zoraida que vino a sentarse junto a ellas.
--No sirves para disimular, Camucha. En la cara te adivino que le
hablabas de mí--dijo acariciándola.--¡Indiscreta! Le habrás contado mi
manía de ser monja.
Carmen, muy colorada, no atinó a defenderse.
--Pero no se lo creas todo, Adriana. Camucha es demasiado novelera.
Aquello fue más bien fantasía de chica. Una verdadera vocación no se me
habría pasado con la muerte de mamá, ni con los disgustos que se
juntaron encima.
Y procuró convencerla de que aquello había sido una pura ingenuidad, un
idealismo, por el pensamiento de que fuera de Dios nadie podría
enamorarla nunca. Por otra parte el amor--ella estaba segura--sólo
hubiera venido para su perdición.
Un día conversaron acerca de Julio, y Adriana escuchó sin perder
palabra.
Carmen extrañaba de que nunca le hubieran conocido ellas ningún amor.
--No hay mujeres para Julio, murmuró Laura.
--Sería raro que no tuviera alguna pasión por ahí, añadió Zoraida.
Carmen protestó con tono de reproche:
--¡Raro! ¿Y acaso nosotras no nos parecemos a él? ¡Pensar que lo pasamos
aquí tan escondidas y como olvidándonos de vivir! ¿Quieres creer,
Adriana, que Zoraida nos está contagiando su enemistad hacia el mundo?
Como no ha podido entrar de monja quiere hacer de esta casa su
convento. Ya ni por motivos de caridad nos relacionamos con nadie. Días
pasados vinieron a verla varias señoras, para pedirle que formara parte
de una comisión de beneficencia. No lo consiguieron. A mí, el año
pasado, me dejaron una alcancía para la colecta del 2 de Octubre. Has de
creer que no tuve ocasión de pedirle su contribución a nadie. Y para no
quedar mal nos vimos obligadas a reunir cada día todas las monedas que
había en la casa, y registrarle los bolsillos a Eduardo, hasta conseguir
poco a poco llenarla. Pero lo más grave es, para mí, que viviendo en
esta forma una no tiene oportunidad de conocer mozos y hallar alguno a
quien querer.
Y Carmen, con un modo ingenuamente lánguido, apoyó la mejilla en la
palma de la mano abierta, y bajo la frente algo asimétrica sus hermosos
ojos grises tomaron una expresión vaga; en la sombra de su meditación,
miraba sonreír una cara que en la realidad no había visto nunca.
--Por mi parte, suspiró Zoraida, todos los días pido a Dios que no me
traiga la ocasión de enamorarme. Laura intervino.
--¡Siempre tu misma manía!
--Con esas ideas extrañas--añadió Carmen--todas debemos hacer lo posible
para quedarnos solteras.
--El amor, para nosotras, sólo puede venir como una desgracia, replicó
Zoraida. Y la voz le temblaba.
Un día Adriana preguntó por Julio.
--¡Está aquí! exclamó Carmen. Lo dejamos arriba, con abuelita, cuando tú
llegaste.
--Le pidió abuelita que tomara el te con ella, agregó Zoraida, y allí
está Laura también. ¿Te has fijado, Camucha, con qué atención le escucha
Laura, cuando él habla?... Es una suerte. Así, poco a poco, me irá
perdonando...
--No, ella no se olvida de José Luis, ella piensa que José Luis hubiera
sido el amor de su vida, repuso Carmen. No te puede perdonar.
Adriana, preocupada deliciosamente por la idea de que Julio estaba en la
casa y que lo vería de un momento a otro, no fijó su atención en aquella
frase de Carmen. Puso todos los sentidos en sorprender, sobre la cara de
Julio, cuando bajara, la impresión que le haría volverla a ver.
Sorprendió una expresión de júbilo, y en seguida una contradictoria
mirada de tristeza. Con él bajaba Laura. Esta se adelantó y la besó en
los ojos.
--Al fin se han vuelto a encontrar, después de un año, murmuró.
Se habló de música y de novelas. Laura, que no dejó un instante de
observar a Julio, suspiró, volvió a besarla.
--Se me ocurre que ya te quiere, le dijo al oído.
Pero Adriana no podía escucharla. Miraba a Julio con los ojos un poco
atónitos y sonreía con su sonrisa ligera.