Las calles del Socorro estaban desiertas. El aire frío, la bocina de
algún automóvil, el eco de sus propios pasos en la acera, todo parecía
perseguirle, hablarle de ella, sugerirle visiones monstruosas de
infidelidad y de falsía. Se imaginaba casado y engañado en seguida. A
cada instante le asaltaba la tentación de volver a casa de Charito.
Por momentos reflexionaba con una gran lucidez. El dolor fecundaba su
espíritu; multitud de intuiciones germinaban en su mente, como seres
irónicos que hubiesen permanecido ocultos bajo una capa de ideas pesadas
y groseras. Adriana le parecía una enemiga y él su antagonista, que
luchaba con los ojos ciegos, a discreción de aquella alma tal vez
maligna bajo la irradiación de su hechizo. Por primera vez creyó
penetrar la significación de ciertos rasgos de su cara: como aquella
rigidez de la frente, pequeña, fina, bajo la suavidad del cabello lacio;
luego, la sonrisa indecisa, y la sombra que parecía flotar en la mirada
de sus ojos dulcemente atónitos: las pupilas anchas, negras, eran
insondables, tenían algo de quimérico.
Muñoz caminaba rápidamente, como atraído por el vértigo de la imagen.
Estaba en la calle Juncal; atravesó al atrio solitario y sonoro de la
iglesia. Caminó varias cuadras hacia el centro, buscando ruido. Delante
de él iba alguien a quien creyó conocer en el modo de andar. Apresuró el
paso. Era Julio Lagos.
Habían sido compañeros de la misma clase, en el Colegio. Muñoz le
apreciaba mucho, pero sin tenerle afecto; por el contrario, siempre
había experimentado contra él una especie de recelo instintivo, una vaga
hostilidad a causa de su reserva. Más de una vez le había hecho
confidencias íntimas, sin que Julio le correspondiera nunca de la misma
suerte. Y como quiera que tal indiferencia la tenía también para los
demás compañeros, le consideraba un espíritu frío, incapaz de simpatía.
Sin embargo, en cierta ocasión le desconcertó su extraño apasionamiento
al discutir en clase con el profesor. Por otra parte, muchas ideas de su
amigo eran para Muñoz incomprensibles y a veces absurdas.
Ahora, desde hacía tiempo, habían dejado de frecuentarse. Julio,
interrumpiendo sus estudios, viajó por el extranjero, y a su vuelta,
retraído completamente, su vida fue un misterio para Muñoz.
Encontrarle ahora, en la soledad de la calle, le alegró; se sentía tan
oprimido por la angustia, que necesitaba el desahogo de una confidencia,
y a nadie sino a él hubiese querido encontrar; se hubiera avergonzado
de comunicar su desdichada situación a cualquiera de sus actuales
amigos.
Volvió Lagos la cabeza, reconoció a su antiguo compañero y le estrechó
fuertemente la mano.
--No te imaginas, le dijo Muñoz, el alivio que para mí significa
encontrarte... Tengo una gran desesperación... Pero háblame de ti,
primero. Aunque no, ya sé que vives con el espíritu amurallado. No
importa... ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos? ¿De dónde sales a estas
horas?
--De aquí cerca, ¿conoces a la familia de Aliaga?
Bajaban por la calle Florida y llegaron, conversando, a las puertas del
Jockey-Club.
--Entremos,--dijo Muñoz. Busquemos una salita donde podamos conversar
enteramente solos. La vida tiene cosas extrañas, muy extrañas, y uno se
transforma y va dejando atrás los pedazos de su personalidad antigua.
¿Sabes que aprendí a dudar? Ya no me parecen absurdas aquellas ideas
tuyas, porque ya no encuentro nada seguro en la tierra...
Se rió con una risa nerviosa, sin saber por qué, y miró en los ojos a su
amigo. Después llamó; acudió un groom vestido de verde, a quien pidió
que trajera licor. Como si el viejo resentimiento le dominara de nuevo,
no se decidió a empezar su confidencia. Le comunicó la terminación de
sus estudios y su nombramiento para la secretaría de un Juzgado.--Sin
embargo, agregó, la magistratura no me entusiasma; en ella entraré por
no defender pleitos. Tal vez renuncie y me vaya lejos... al Egipto, a
la India, a cualquier parte donde pueda arrancarme del todo la
personalidad que tengo, y dejarla aquí, como un estropajo... No, no
deliro... Es una forma de decir para explicarte... Pero cuenta primero
qué has hecho tú, en estos cuatro años. Has estado en Europa, ya lo sé.
Supe también que habías vuelto, pero que nadie te ve desde entonces; se
cree que has venido con alguna "liaison" y que vives escondido. Siempre
fuiste un misterio, ya en el colegio. Y ahora te lo confesaré: en la
Universidad, a pesar de considerarte yo superior a todos mis compañeros,
te tomé odio a causa de ese carácter ensimismado tuyo. De pronto
desaparecías, te ibas al campo sin despedirte de nadie, y corrían
rumores de aventuras raras. A mí se me ocurría que fingías, que tratabas
de hacerte una aureola romántica. ¿No era así?
Julio sonrió, sin responder.
La cara muy blanca, su frente descendía ancha y recta, desde la raíz de
los cabellos, empujando algo las cejas por encima de las pestañas. Los
ojos miraban con una suavidad retraída, y la fisonomía rara vez se
animaba sino con aquella ligera sonrisa de los labios delgados.
--Ese mismo gesto lo hacías siempre, cuando te interrogaban sobre tales
asuntos,--añadió Muñoz.
Pero no tenía ahora curiosidad alguna de saber nada acerca de su amigo,
sino simplemente un ansia de desahogar con él su corazón henchido por el
sufrimiento.
--¡Bah!--dijo Julio respondiendo a la acusación de Muñoz,--yo te juro
que esa actitud mía no era orgullo. Venía, simplemente, de cierto
pesimismo, algo así como sintiendo la inutilidad de confesar nada... Me
parecía que de todos modos lo realmente mío a ninguno de ustedes podría
interesar. O más bien... me repugnaba mostrar las intimidades de mi
espíritu. Ya ves, te hago una verdadera confesión, te haría todas las
que tú quisieras.
Con el ánimo de crear un ambiente más cordial y propicio para la
confidencia, procuró Muñoz halagarle, mientras apuraba copitas de verde
Chartreux, para salir de su abatimiento.
--De lo que no me olvido es de aquel ruidoso examen tuyo en que presidía
la mesa el profesor López Azúa, que no pudo salir con su gusto de
aplazarte.
--Y me lo tenía prometido formalmente.
--Es cierto, prosiguió Muñoz, y recuerdo su argumento: no podía dejar
pasar a un alumno que tenía ideas contrarias a la doctrina que él
exponía en su libro de texto.
--Y entonces yo, puesto que tenía descontado el aplazo, quise al menos
darme el gusto de hablar con libertad.
Muñoz le interrumpió, para demostrarle que recordaba todas las
incidencias del asunto.
--Efectivamente, sin que se pudiera advertir demasiado tu intención,
pusiste su libro en la picota. ¡Qué bien hablaste! A cada objeción y a
cada pregunta capciosa que te hacía, para encerrarte, tu respuesta
tranquila era un mazazo. Al último se puso furioso, con gran contento
del profesor de Derecho Romano, que tenía contra él una rivalidad
antigua en el Consejo Académico. Y quiso obligarte a reconocer ciertos
principios que él afirmaba incontrovertibles. Tú le pediste permiso para
citar un texto de no recuerdo qué autor antiguo. Me parece oírle
vociferar,--pegando un puñetazo en la mesa: "¡Esa no es la doctrina
moderna!" Le contestaste que a tu juicio los modernos no pueden sentir y
comprender el valor de las leyes con la ciencia de los atenienses o los
romanos, que las vivían, las dominaban y sabían por eso apartarse de
ellas sin apartarse de la justicia. El profesor de Derecho Romano te
aprobaba con la cabeza. Pero López Azúa se te quedó mirando como si
hubieras dicho el mayor de los disparates.
--Sí, creyó tenerme ya entre las garras. Me preguntó muy alegre:
"¿Apartarse de las leyes sin apartarse de la justicia? ¡Entonces las
leyes en Atenas y en Roma eran injustas!"
--Y tú le contestaste que no, porque las leyes, hasta las más lógicas y
eficaces, son relativas con respecto a la justicia. Te desafió entonces
a que citaras un solo caso en que los romanos se hubieran apartado de
una ley lógica sin apartarse de la justicia. Allí su derrota fue
completa, porque le replicaste en seguida: "Leyes lógicas y justas
condenaban como un delito el proceder de Cicerón en el asunto de
Catilina. Pero él juró que había salvado a la República y el Senado le
declaró, con justicia, Padre de la Patria". El profesor de Derecho
Romano por poco no se levanta para abrazarte.
Después de recordar ambos otras incidencias de la pasada vida
estudiantil, Julio le invitó a contar el motivo de su preocupación.
Haciendo un esfuerzo para reunir sus ideas, comenzó Muñoz a referirle su
pasión, pero evitando pronunciar el nombre de Adriana. Julio le escuchó
al principio con su habitual modo distraído; alzaba la copa diminuta,
mirando al trasluz el licor. Entonces Muñoz se interrumpía:
--¿Me escuchas, eh? ¿Me escuchas? Y le renacía contra su compañero de
otro tiempo la antigua hostilidad. Pero viéndole sonreír y ponerse por
un momento en actitud de gran atención, siguió hablando, sin preocuparse
ya de él y conformándose con hablar para sí mismo. Experimentaba algo
así como la embriaguez de sus recelos y de su angustia. Relataba los
episodios desconcertantes con fidelidad minuciosa, y de vez en cuando se
detenía, azotado por la visión repentina de Adriana bailando con el
otro.
De pronto advirtió que Julio le miraba con una atención reconcentrada.
En ese momento refería la extraña conducta de Adriana, sus apasionadas
cartas de amor y la indiferencia burlona con que le recibía luego.--¿Te
figuras, prosiguió con la voz alterada, poniendo una mano sobre el brazo
de Julio,--te figuras la desesperación que debe provocar semejante
criatura? Una vez, cuando yo no había perdido enteramente la voluntad,
decidí dejar de verla, huir de Buenos Aires. Porque sentí que esta
muchacha sería mi perdición. Compré pasajes para Europa. Pero recibí una
carta suya. Me decía, con palabras finas, incomparables, con una
suavidad delicada, y como rendida a mí, que al menos le dejara la
dulzura de verme y hablarme por última vez. ¡Ah! ¿Por qué me llamaba
así? Fui. Sus ojos estaban húmedos. ¿Había llorado? No sé; al verme se
rió por largo rato. Esto sucedía en casa de Charito González. Tú
supondrás que se reía de júbilo por la idea de que yo desistía del
viaje. No, se reía como siempre, se burlaba. No dijo una sola palabra
concordante con su carta, no insinuó siquiera que había de quedarme;
sólo murmuró, distraída, como pensando en otra cosa, que no debía
guardarle rencor; mientras yo estuviera ausente me recordaría algo, no
mucho, porque ella era mala y también incapaz de un verdadero amor; y
agregó que tal vez sería mejor termináramos para siempre toda clase de
relación, porque ella con seguridad, tarde o temprano, se enamoraría de
otro. Y lo decía con una expresión muy ingenua, había algo como una
gracia en su maldad, algo imposible de describir; yo tuve un vértigo y
rompí los pasajes echándolos a sus pies. Sentía su hermosura envolverme
como una llamarada. ¿Sabes dónde está ella, en este momento?... Si yo
quisiera... ¿Ves cómo tiemblo? Cuando te encontré, venía de allí...
venía de verla y conversar con ella... Sí, esta noche, en casa de
Charito González, no hace media hora, tuve el mismo vértigo, me envolvió
la misma llamarada. Y ahora ya no soy dueño de mí, todo lo que me pasa y
todo lo que hago viene como arrastrándome y como aplastándome.
Se cubrió Muñoz la cabeza con las manos abiertas, los codos sobre la
mesa, y suspiró. En el rostro de Julio la mirada tranquila tenía una
expresión de piedad para su amigo de otro tiempo.
Mientras así le consideraba en silencio, un precipitado ruido de pasos
se aproximó, por el corredor que llegaba hasta el saloncito, y una voz
impaciente gritó: "¿Pero dónde diablos se ha metido?" Era Castilla.
--Ya, ya,--respondió la voz de un sirviente gallego.
Muñoz se levantó bruscamente y cerró con violencia la puerta. Afuera
cesaron al instante las risas y la animación del grupo. Castilla llamó,
dulcemente.
--¡Una palabra, Muñoz, nada más que una palabra!
Y a través de la puerta le explicó que en casa de Charito le había
buscado para salir juntos, que la tonadillera quería verle a toda costa
y que él se había comprometido a llevarle.
--¡Es un caso de gran pasión!--gritó uno de los compañeros de Castilla.
--Si no vas te tomará por un marica.
--Y nosotros también.
Otro hizo un chiste que provocó carcajadas ruidosas, y como Muñoz no
respondiera, comenzaron a dar fuertes golpes en la puerta.
Al fin se alejaron, repitiendo las alusiones chistosas y algunos
comentando seriamente la extraña transformación que había operado en
Muñoz la neurastenia.
--¡Charito González!... murmuró Julio ensimismado. Conocí a una amiga
íntima de Charito González... Adriana Zumarán. La traté una sola vez,
pero comprendí que es un ser excepcional.
Muñoz, incorporándose bruscamente, le miró con una indefinible expresión
de desconfianza; le vio sonreír ligeramente. Se levantó alterado, y
comenzó a pasearse por el saloncito. Luego llamó y pidió su abrigo;
pensaba que Julio, al tanto de toda su historia, respondía a sus
confidencias con una crueldad irónica, y esto le lastimó.
--¡Tú no debes burlarte! ¿Oyes?--gritó tomando del sirviente el abrigo y
el sombrero. Y sentía crecer oscuramente su hostilidad contra Julio.
Este le miró, muy serio, y le aseguró que no tenía ningún deseo de
burlarse; por el contrario, compartía su sufrimiento y le compadecía
con sinceridad.
Muñoz volvió a sentarse, y después de un silencio largo, acercándose
mucho a Julio:
--No sé adónde me llevará todo esto... Pero te aseguro que ya no soy
dueño de mí. Si alguien se interpusiera entre ella y yo... Es horrible,
es algo que me acerca a una brutalidad inferior, a los casos de impulso
ciego, inconsciente, de la gente del pueblo... los crímenes pasionales
que registra todos los días, en los periódicos, la sección "Policía", el
suceso común del hombre que se ha enamorado de una criatura de quince
años, de clase humilde como él, la ha festejado y perseguido con
insistencia desesperada, bestial, contra la oposición de los padres y la
completa indiferencia de ella; y un día se pone en acecho, como una
fiera; cuando ella sale, para hacer algún mandado, la detiene. En la
crónica suelen mencionar todos estos detalles. La requiere por última
vez, le exige una contestación definitiva; luego, rápidamente, le
dispara un balazo a boca de jarro, o desnuda un cuchillo y se lo hunde
ferozmente en el corazón.
--Y la crónica,--dijo Julio--agrega casi siempre: "El homicida volvió
luego el arma contra sí mismo, ocasionándose una herida, de cuyas
resultas falleció minutos después". Pero como tú dices, esa manera de
sentir y entender el amor pertenece a seres en quienes la agitación del
instinto no se ve dominada por la serenidad del espíritu.
--Pues bien,--replicó Muñoz--te aseguro que yo ahora suelo sentir algo
así, hervir en mi naturaleza y en mi sangre el ansia del crimen pasional
y subir esta ansia, brutalmente, hasta mi corazón. Y sin embargo, yo
desciendo de gente convencional, ceremoniosa, acostumbrada a vivir
disimulando y reprimiendo todo impulso antisocial. Pero ahora, te lo
juro, ¡yo mataría, con puñal, como un hombre del pueblo!
Julio, saliendo de su tranquilidad, repentinamente, puso una mano sobre
la muñeca de Muñoz y se la oprimió con un movimiento nervioso:
--¿Estás seguro, en todo caso--le interrogó--de que le tienes verdadero
amor? No, no me mires como si te preguntara algo desatinado. Es que tú
no has pensado nunca en esto... Si experimentas una angustia tan brutal,
todo pasará y no te quedarán después sino las cenizas...
--No te entiendo... no puedo entenderte.
--Si tu pasión arde así, con esa violencia, quemándote la carne y la
sangre, no viene de tu espíritu, sino de tu naturaleza agitada,
convulsionada. Te has entregado, ciegamente, a un sentimiento que tal
vez cualquier otra mujer te hubiera inspirado también. El amor, el
verdadero amor del hombre, es algo ante todo espiritual; los sentidos
sufren su influencia, a veces de una manera violenta, pero sin avasallar
al espíritu nunca.
--Basta, Julio, basta, en estas cosas está demás razonar... Déjame
desahogarme... Si ella fuese de esas criaturas inconscientes, pura
irreflexión, pura coquetería, todo lo que hace sería cien veces más
perdonable. Pero no, es inteligentísima, más que cualquiera de sus
amigas. No, no es una irreflexiva; por el contrario, parece que siguiera
el hilo de mis ideas y adivinara todo lo que pienso. Ella sabe hasta qué
punto sufro, y no le importa. Cuando considero lo que me ha hecho pasar,
la imagino de una maldad que no se concibe mayor. ¡Y sin embargo, a
veces, su cara distraída tiene una expresión tan buena! La duda de cómo
es ella, realmente, me enloquece tanto como la duda de su amor.
V
--¿Quieres que te explique lo que pienso?--dijo Julio con cierta
gravedad. Hay una relación directa entre tu asunto sentimental y algo...
Yo no soy un indiferente, como tú acaso supones; al contrario, siento
las cosas de una manera demasiado íntima... En fin, no es esto lo que
interesa ahora... Se trata de esa criatura, es decir, de las criaturas
desconcertantes que uno puede encontrar aquí, en Buenos Aires... Si no
te sientes capaz de afrontarla, has hecho mal en romper tus pasajes... A
propósito, no me has dicho quién es...
Se avivó la expresión de desconfianza en la cara de Muñoz.
--No, no importa,--dijo apresuradamente Julio. Y hundiéndose en el
sillón, continuó, como abstraído:--Ninguna mujer como la porteña, suele
tener el alma tan lejos de su apariencia, tan distraída de sus
actitudes, de las palabras que dice, de su mismo carácter, tan recogida,
por decirlo así, en una oscura vida interior. Es profunda y pasiva como
la mujer oriental, pero sin duda con una espiritualidad
incomparablemente más fina, con más inteligencia y más significativa
intimidad de sentimientos. Todo lo que en la oriental es vago, demasiado
confundido con el instinto, se realiza maravillosamente en nuestras
mujeres, sin salir aún de la penumbra. No llega todavía su intimidad a
desteñirse bajo la luz violenta de la cultura uniformadora... ¿Habrás
notado que las europeas cultas se parecen todas entre sí?... Hay, por lo
menos, un cierto tipo de mujeres porteñas que no hallarás reflejado en
ninguna literatura y que te sugiere cosas indecibles. Acaso algunas
heroínas de Dostoiewski y de Tolstoi pudieran considerarse como una
equivalencia. Pero son otra cosa. Si vamos a la mujer de Francia, tan
refinada y que en algunos tipos deliciosos llega a ser exteriormente
perfecta, ¿hay sin embargo, entre todas las heroínas de sus grandes
escritores realistas, alguna que te sugestione por sí misma, por la
expresión de una fisonomía interior inconfundible? Madame Bovary no
tiene sino una personalidad artificiosa, producto casi material, por
decirlo así, del ambiente, la época, las mil influencias que Flaubert
analiza con sagacidad prodigiosa y que han absorbido en realidad toda la
espontaneidad de la mujer. Renée Mauperin, de los Goncourt, otro
producto, otra mujer tan deliciosa como generalizada y vulgar. Y esa
Madame Martin de "Le Lys Rouge", ofrecida al mundo como el tipo de la
parisiense exquisita y superior, ¿es acaso otra cosa que un admirable
afinamiento de las cualidades comunes, exteriores, visibles, traídas por
la cultura de las costumbres y la influencia de los libros que ella ha
leído? Su mundo interior es armonioso, claro, limitado. En cuanto a la
mujer española... La de los grandes tiempos místicos ha desaparecido; ha
resucitado aquí, revestida de un esplendor nuevo, transformada, única,
en este ser extraño, en esta clase sentimental a que pertenece sin duda
la criatura que te ha enloquecido. Y te ha enloquecido porque no la
conoces.
--¡Tú sabes quién es!--interrumpió Muñoz irritado.
--Ah, seguramente supones--prosiguió Julio--que ella es la única así.
Piensas, además, que su actitud para contigo obedece a perversidades
incomprensibles. Pero las cualidades y el carácter de estas porteñas
desconcertantes, no son, como en la mujer europea, manifestación natural
del espíritu, sino una pura apariencia, un delicado disfraz. Algunas lo
llevan durante toda la vida. Cierto recato místico y una profunda
pasividad las obliga a ocultarse así. Sus ensueños se diluyen en la
voluptuosidad interior, semejante a la que hizo delirar en otros tiempos
a las santas de España con una inacabable dulzura en los sentidos y en
el alma. La época moderna, las costumbres cosmopolitas y todo género de
sugestiones han conspirado sin duda para apagar el ardiente atavismo.
Algunas generaciones más y esta mujer habrá tal vez desaparecido. Las
Renée Mauperin y las "intelectuales" y las partidarias de Debussy, irán
poco a poco absorbiéndola, matándola.
--Sí, Juanita Sánchez, otra amiga de Charito, la habrás oído discutir
sobre Debussy.
--Imagínate mientras tanto, continuó Julio sin atender la interrupción
de Muñoz, a una de esas muchachas que guardan oculto el secreto de su
alma. La vida le da un esposo al azar; su misma pasividad ha contribuido
para que ella lo acepte sin llamar a juicio sus dulces imaginaciones; es
un hombre a quien cobra luego el afecto natural que le inspiran los
otros miembros de su familia. La va trabajando el hábito, se olvida de
sí misma, se resigna inconscientemente a la trivial realidad que el
destino le depara. Sus necesidades espirituales son tan hondas como su
incapacidad para resistir el ambiente que la rodea. Pesa sobre ella el
fatalismo ancestral. Renuncia, sin comprender nada a ciencia cierta, a
la vida del amor que sin embargo seguirá murmurando en su corazón; y va
viniendo así el olvido sobre su mundo interior apasionado. Ya el amor
llega a tomar para ella una forma solamente ideal, cosa de la fantasía,
romanticismo, sueño de poetas. Lee todavía con delirio a los escritores
ardientes, y en las novelas simpatiza sin vacilar con las heroínas
culpables; pero generalmente rehuye la sola suposición de una relación
ilícita en la vida misma. Para esta resignada y piadosa criatura, el
pecado es un fantasma sombrío que la asusta. Es preciso que concurran
circunstancias singularmente favorables para que de pronto lo arrostre.
Pero entonces también acepta la tragedia. Figúrate a una de esas jóvenes
señoras en la paz de su hogar. La rubia cabeza de un niño se aduerme
sobre su seno; se diría otra Virgen con otro niño Jesús. El aire que en
derredor de ella se respira parece impregnado de virtud. Un velo de
religiosa castidad cubre la hermosura lánguida de su cara. Su sencilla
actitud es una oración. Pero hay sobre los párpados recaídos tanta
sombra, es tan puro el óvalo de su rostro, que de pronto experimentas un
sobresalto: es el miedo de profanar con un deseo, acaso principio de una
pasión tan profunda como imposible, la religiosidad del santuario. Y te
apartas, huyes de aquella presencia como el ladrón sacrílego sobrecogido
en la iglesia por la expresión de las imágenes que le miran desde sus
nichos. Y más tarde piensas: "Si la hubiese conocido cuando ella tenía
quince años, si hubiéramos entonces hablado en una familiar confianza,
¿habría ahora ese recato de matrona sobre sus ojos, esa absoluta
indiferencia para cualquier motivo de conversación que implicara
siquiera la tímida curiosidad de su secretos íntimos, de los sueños que
halagan sus horas solitarias?"
Muñoz escuchaba a Julio con intermitencias; la sugestión de sus palabras
alternaba en su espíritu con la angustia punzante de su amor encelado;
se imaginaba a su novia casada con otro, un niño rubio en los brazos y
recatada como la Virgen. Y una risa sarcástica se escapó de sus labios.
--Pero las circunstancias, prosiguió Julio, te ponen en la ocasión de
verla con frecuencia. Nunca de tus labios se escapa una palabra que
pueda traicionarte. Ella adivina, sin duda, lo que pasa en tu corazón,
aunque sería inútil que buscaras en su actitud, en su trato, en sus
palabras, el más ligero indicio de ese conocimiento. Acaso tampoco tenga
ella la hipocresía de manifestar por su marido un amor que no le tiene.
En cambio, te dirá que en su corazón hay una idolatría constante que la
deja llevar con resignación las penas de la tierra: Dios y la Virgen. Te
regalará una crucecita, una estampa o una medalla, para que las lleves
como una protección contra la desdicha y contra la tentación del pecado.
Pero una noche, por incidencia casual, has quedado solo con ella en el
comedor. Los sirvientes han levantado la mesa, se han marchado. Es noche
de invierno; en la chimenea una llama azul oscila entre los carbones.
Ella conversa con más locuacidad, de mil asuntos, de la novena próxima,
de un libro por demás liberal o cuyo argumento le parece inverosímil. Su
conversación es sencilla, demasiado sencilla. Luego te escucha a ti; y
la mirada atenta y buena tiene una pureza absoluta. "¿Qué significa, te
preguntas, esa inconsciente virtud que protege sus hechizos?" En tu
recuerdo no hay ahora una mujer comparable a ella. La miras como a un
ser sobrenatural. De pronto, durante un minuto de silencio, estalla un
lloro lamentable. Es en la estancia contigua, el niño. Ella corre,
sobrecogida como tú. Al poco rato el niño se ha dormido. La madre ha
cubierto a medias con la colcha su carita rosada, te ha llamado para que
le contemples y admires. La casa entera parece desligarse del mundo y
sumergirse en una gran quietud. Te dejas invadir con cierta amarga
voluptuosidad por el romanticismo de la escena, en esta penumbra
prohibida. El reloj da las doce, sus campanadas suenan como atónitas. Es
tiempo de que te marches. Pero tú vives como en una atmósfera irreal, tu
razón y tu voluntad ya no cuentan para nada. Repentinamente el deseo
sobresalta tu corazón con una extraordinaria violencia; caminas hacia la
pieza contigua con ánimo de huir, pero en seguida te vuelves. Ella, en
ese momento, se inclina sobre la cuna; el claror de la lámpara pone una
línea de luz en el perfil de su cara y otro en la finura del cuello;
inclinada así, su cuerpo parece más largo y más lánguido. Un poder
extraño te mueve hacia ella; tienes al mismo tiempo la sensación de caer
en un abismo y escuchas como carcajadas lejanas de un espíritu maligno,
que quisiera atraerte una irreparable condenación. Has tomado, sin
comprender cómo, las manos que ella apoyaba en el borde de la cuna.
Sobre sus ojos ves brillar la sorpresa y el terror; pero ella advierte
que tus manos tiemblan oprimiendo las suyas, que también te altera la
emoción del terror, que tus ojos se llenan de lágrimas. Nada conmueve
el dulce silencio de la casa. Has querido hablar y un sollozo te ha
cortado la palabra. La idea de profanar el santuario te incita, te
enloquece, y de pronto tomándola en los brazos, la cubres de besos
insensatos. ¿Y ella? La imagen del amor irradia sobre el Pecado, la
virtud cae como un vestido que se desciñe, ¡y aquellos ojos divinos se
entornan ahora como alucinados por la explosión de una gran claridad!
Julio calló.
--No se puede negar que tienes imaginación, murmuró su amigo.
--¿Imaginación? No, la realidad es mucho más interesante y terrible de
lo que podríamos imaginar. ¿Conoces a las Aliaga? No, no las habrás
tratado porque no salen nunca. Es una familia predestinada. El padre
murió hace muchos años; la viuda, joven todavía, fue causa del suicidio
de... de una persona cuya muerte pasó como causada por un accidente; un
hombre casado; hay una hija suya que es extraordinaria... Este señor y
la viuda de Aliaga eran amigos desde la infancia; creo que habían sido
novios y cuestiones de familia deshicieron el compromiso. Pero desde
poco tiempo después que el señor Aliaga murió, visitó la casa
asiduamente, sin dejar sospechar el sentimiento que le iba dominando y
llevando a la perdición. Solía ir con su hijita mayor, esa... la que no
te quiero nombrar. Cuando la viuda comprendió la pasión de su antiguo
amigo, le cerró consternada las puertas de la casa. Ese mismo día, él
se disparó un tiro en la boca.
Pero el caso más espantoso y más triste ocurrió poco después, con una
prima hermana de la viuda de Aliaga, casada joven, demasiado joven, con
un señor que era entonces político conocido y persona muy influyente.
Ella conocía a un muchacho... ¿te acuerdas de Isidro Acosta, aquel
muchacho escritor que estaba en la Facultad cuando nosotros empezábamos
el bachillerato? Se enamoró locamente de esta señora, que era algo
pariente suya. Le pidió ella un día, llorando, con las manos puestas
sobre las cabezas de sus dos hijitos, uno de cuatro, otro de tres años,
que no la buscara más. Acosta hizo todo lo posible para ahogar su
pasión, viajó por el Paraguay, se fue después a Europa; pero volvió,
triste, más enamorado que nunca. Apenas llegó le mandó una carta escrita
con sangre; se consagraba a ella decidido a morir. La pobre se asustó,
parece que le correspondía en la intimidad de su corazón, aunque sabía
ocultarlo y dominarse y había puesto una lápida sobre sus sentimientos
culpables. ¡Ah! ¡Estas lápidas de olvido! ¡Cuántas mujeres porteñas han
atravesado la vida melancólica hasta una noble ancianidad, plegadas por
la virtud a la rutina cotidiana, distraídas por el cariño a los hijos,
mientras un amor del pasado se ha ido muriendo como una claridad pálida
en sus almas! Y no creas que las idealizo... ¡Oh, no...! Te sigo
contando. Pocos días después de escribirle Acosta esa carta, que ella
no le contestó, la encontró inesperadamente en casa de las Aliaga.
Hablaron; él se puso a llorar como un chico, y esa tarde, sintiendo el
vértigo de una pasión que concluiría por vencerla, buscó la única
solución salvadora. Vivió todavía horas de sombría sublimidad. Su
marido, que no la hablaba y ya sospechaba algo, la encontró por la noche
arrodillada junto a la cama en que sus dos hijitos dormían. Al otro día,
después de empapar sus ropas en aguardiente, se acercó al fuego de una
estufa. Alcanzaron a verla caer alzando los brazos, gritando en medio de
la llamarada. Cuando corrieron para socorrerla, escapó despavorida, y
volvió a caer ya carbonizada. ¿Puedes imaginarte horror semejante?
Parece que realizó el acto en un estado de absoluta lucidez. Piensa que
la pobre, por una extrema exaltación de su virtud, sintió la necesidad
de morir así, abrasada, para purificarse, para consumirse en el fuego
con los vestigios de su pecado.
Julio Lagos se levantó; había referido aquello con la voz alterada y
estaba pálido. Muñoz le miraba con asombro; tuvo la misma sorpresa que
experimentara, algunos años antes, cuando en la clase le oyera discutir
apasionadamente con el profesor. Julio se encogió de hombros.
--Te llama la atención que estas cosas me impresionen así. Ya sé que tú
me imaginas insensible o algo así como si me faltara humanidad. Y volvió
a hundirse en el sillón.--Sí, continuó, son muy extrañas las mujeres de
nuestro país... Fue precisamente en casa de las Aliaga que conocí, hace
algún tiempo, a esa amiga de Charito González. Me pareció en seguida que
pertenecía al tipo de las mujeres fantásticas.
--¡Ah!--exclamó Muñoz, enrojeciendo. ¿La conociste en casa de Charito
González? ¿Tú vas a casa de Charito González?
--No; la conocí en casa de las Aliaga.
--Estoy seguro que dijiste... en fin ¿una amiga de Charito González? Yo
conozco a todas sus amigas.
--No importa. Esta es la hija del hombre que se mató por la viuda de
Aliaga.
Muñoz ignoraba el suicidio del padre de Adriana.
--Entonces no cabe duda, murmuró fingiéndose distraído, toda esa es
gente fantástica. Yo le preguntaré a Charito sobre sus amigas. No son mi
tipo, te lo advierto... Así, agregó enrojeciendo otra vez, no habrá
celos entre nosotros.
Y se rió, con una penosa risa de sarcasmo.
--La conocí en casa de las Aliaga, repitió Julio. No haría nada por
encontrarme con ella, precisamente porque me impresionó mucho. Hay
mujeres cuya idea nos subyuga como el destino... nos atraen, pero uno
siente que la voluntad no debe intervenir para nada.
Volví a verla, en un teatro; estaba ella con varias amigas y no me vio.
La observé atentamente. Había en toda su persona una armonía que no
fallaba por ningún detalle, y ese algo indeciso que fluctúa sobre la
expresión de la cara y en el gesto y en la sonrisa y nos advierte la
presencia de un ser femenino cuyo acercamiento nos lo haría
infinitamente precioso. En el amor, Muñoz, hay cierto momento en que se
nos revela el gran misterio... Esto sucede cuando no nos arrastra la
simple pasión, cuando nuestra alma, libre de la embriaguez que turba, se
para, por decirlo así, en el umbral de su propio amor. ¿Has leído "La
Vita Nuova"? Dante la escribió sobre Beatriz, a la que siempre contempló
desde el umbral de su gran amor idealista, y ella, antes y después que
muriera, estuvo revelándole los misterios divinos.
--Por lo menos, murmuró Muñoz sardónicamente, un marido que se hubiese
casado con tu Beatriz no tendría nada que temer.
Y sospechaba que la Beatriz de Julio era Adriana.
Ambos quedaron repentinamente callados, sin poder reanudar la
conversación. Julio se despidió.
Cuando Muñoz quedó solo, volvió a embargarle el pensamiento de Adriana y
vio su imagen proyectarse, radiante, en el salón iluminado; junto a ella
dos ojos saltones emergieron, temblorosamente, en una cara afilada,
fina... ¡la cara de Castilla!
Entonces, por cobardía, se esforzó para pensar en los primeros tiempos
de su amor, en la dicha de haberla conquistado, de haberse impuesto al
alma que miraba tan misteriosamente por aquellas pupilas circundadas de
ligera sombra. Pero acaso ella no podía amarle, algo inconmensurable y
oscuro había sin duda entre los dos. De pronto, la obsesión visionaria
se reavivó, acercándose. Adriana adoptaba una expresión condolida, pero
irónica, irritante; los labios del otro sonrieron con la misma
expresión. La silueta lánguida en el traje lila oscilaba suavemente; se
soltaron los largos cabellos sobre la nieve de la espalda y el bello
brazo desnudo se levantó, dulcemente; los labios del otro besaron en la
blancura del hombro.
Muñoz temblaba, una nube oscureció violentamente las imágenes, se
sacudió, habló en voz alta, para apartar de su alma los vestigios de la
horrible alucinación. Quiso beber, pero se torcieron sus dedos,
convulsivamente, sobre la copa diminuta, y el delgado cristal se quebró
hiriéndole en la palma: la mano se agitó salpicando sangre.