Ya supondrá Vd., capitán, lo que el hermano cura les diría. Su voz

indignada, pero tranquila, resonaba en aquel momento como una voz del

cielo. Les echó en cara su crimen; los humilló; los hizo temblar; los

convenció, y los obligó a ponerse de rodillas para pedir perdón por su

delito. Yo creo que temían que un rayo los redujera a cenizas. Se

apresuraron a desatarme; me entregaron libre al cura, quien me abrazó

llorando de emoción; vinieron a suplicarme que los perdonara y en ese

momento apareció mi infeliz mujer, jadeando de fatiga, gritando y

mostrando en sus brazos a mi hijo más pequeño, implorando piedad para

mí. Al verme libre; al ver a un cura, a quien reconoció desde luego, lo

comprendió todo: corrió a mis brazos, y no pudiendo más, perdió el

sentido. Aquella gente estaba atónita; el hermano cura que había

recibido en sus brazos a mi pequeña criatura, lloraba en silencio, y

todo el mundo se había arrodillado. En ese momento salió el sol, y

parecía que Dios fijaba en nosotros su mirada inmensa.

¡Ah, señor capitán! ¡cómo olvidar semejante noche!! La tengo grabada en

el alma de una manera constante; y si alguna vez he creído ver la

sublime imagen de Jesucristo sobre la tierra, ha sido ésa, en que el

hermano cura me salvó a mí de la muerte, a toda una familia infeliz de

la orfandad, y a aquellos desgraciados fanáticos del infierno de los

remordimientos.

--Y nosotros,--dijo el alcalde, llorando con una voz conmovida pero

resuelta, y dirigiéndose al concurso que escuchaba enternecido;

--nosotros allí mismo hemos jurado no permitir jamás, aun a costa de

nuestras vidas, que se mate a nadie: no digo a un inocente, pero ni a

un criminal, ni a un salteador, ni a un asesino. El hermano cura nos

convenció para siempre de que los hombres no tenemos derecho de privar

de la vida a ninguno de nuestros semejantes; de manera que si la ley

manda ajusticiar a alguno de sus delitos, que ella lo haga, pero fuera

de nuestro pueblo: aquí hemos de procurar que nunca se haga tal cosa,

porque el pueblo se mancharía; y para no vernos en esa vergüenza y en

ese conflicto, lo que tenemos que hacer es ser honrados siempre.

--¡Siempre! ¡siempre! resonó por todas partes, pronunciado hasta por la

voz de los niños.

El cura me apretaba la mano fuertemente, y yo besé la suya, que regué

con unas lágrimas que hacía años no había podido derramar.

Cuando hubo pasado aquel momento de profunda emoción, el cura se

apresuró a presentarme a dos personas respetabilísimas, sentadas cerca

de nosotros y que no habían sido las que menos se conmovieran con el

relato del maestro de escuela. Estas dos personas eran un anciano

vestido pobremente de estatura pequeña, pero en cuyo semblante, en que

podían descubrirse todos los signos de la raza indígena pura, había un

no sé qué que inspiraba profundo respeto. La mirada era humilde y

serena; estaba casi ciego, y la melancolía del indio parecía de tal

manera característica a ese rostro, que se hubiera dicho que jamás una

sonrisa había podido iluminarlo.

Los cabellos del anciano eran negros, largos y lustrosos, a pesar de la

edad; la frente elevada y pensativa; la nariz aguileña; la barba

poquísima y la boca severa. El tipo, en fin, era el del habitante

antiguo de aquellos lugares, no mezclado para nada con la raza

conquistadora. Llamábanle el tío Francisco. Era el modelo de los esposos

y de los padres de familia. Había sido acomodado en su juventud; y

aunque ciego después y combatido por la más grande miseria, había

opuesto a estas dos calamidades tal resignación, tal fuerza de espíritu

y tal constancia en el trabajo, que se había hecho notable entre los

montañeses, quienes le señalaban como el modelo del varón fuerte. La

rectitud de su conciencia, y su instrucción no vulgar entre aquellas

gentes, así como su piedad acrisolada, le habían hecho el consultor nato

del pueblo, y a tal punto se llevaba el respeto por sus decisiones, que

se tenía por inapelable el fallo que pronunciaba el tío Francisco en las

cuestiones sometidas a su arbitraje patriarcal. No pocas veces las

autoridades acudían a él en las graves dificultades que se les ofrecían;

y su pobre cabaña en la que se abrigaba su numerosa familia, sujeta casi

siempre a grandes privaciones, estaba enriquecida por la virtud y

santificada por el respeto popular. El anciano indígena era el único,

antes de la llegada del cura, que dirimía las controversias sobre

tierras, a quien se llevaban las quejas de las familias, de consultas

sobre matrimonios y sobre asuntos _de conciencia_, y jamás un vecino

tuvo que lamentarse de su decisión, siempre basada en un riguroso

principio de justicia. Después de la llegada del cura, éste había

hallado en el tío Francisco su más eficaz auxiliar en las mejoras

introducidas en el pueblo, así como su más decidido y virtuoso amigo. En

cambio, el patriarca montañés profesaba al cura un cariño y una

admiración extraordinarios, gustaba mucho de oirle hablar sobre

religión, y se consolaba en las penas que le ocasionaban su ceguera y su

pobreza, escuchando las dulces y santas palabras del joven sacerdote.

La otra persona era la mujer del tío Francisco, una virtuosísima

anciana, indígena también y tan resignada, tan llena de piedad como su

marido, a cuyas virtudes añadía las de un corazón tan lleno de bondad,

de una laboriosidad tan extremada, de una ternura maternal tan ejemplar

y de una caridad tan ardiente, que hacían de aquella singular matrona

una santa, un ángel. El pueblo entero la reputaba como su joya más

preciada, y tiempo hacía que su nombre se pronunciaba en aquellos

lugares como el nombre de un genio benéfico. Se llamaba la tía Juana, y

tenía siete hijos.

El cura, que me daba todos estos informes, me decía:

--No conocí a mi virtuosa madre; pero tengo la ilusión de que debió

parecerse a esta señora en el carácter, y de que si hubiera vivido

habría tenido la misma serena y santa vejez que me hace ver en derredor

de esa cabeza venerable una especie de aureola. Note Vd. ¡qué dulzura de

mirada, qué corazón tan puro revela esa sonrisa! ¡qué alegría y

resignación en medio de la miseria y de las espantosas privaciones que

parecen perseguir a estos dos ancianos! Y esta pobre mujer, envejecida

más por los trabajos y las enfermedades que por la edad, flaca y pálida

ahora, fue una joven dotada de esa gracia sencilla y humilde de las

montañesas de este rumbo, y que ellas conservan, como Vd. ha podido ver,

cuando no la destruyen los trabajos, las penas y las lágrimas.

Sin embargo, el cielo, que ha querido afligir a estos desventurados y

virtuosos viejos con tantas pruebas, les reserva una esperanza. Su hijo

mayor está estudiando en un colegio, hace tiempo; y como el muchacho se

halla dotado de una energía de voluntad verdaderamente extraordinaria,

a pesar de los obstáculos de la miseria y del desamparo en que comenzó

sus estudios, pronto podrá ver el resultado de sus afanes y traer al

seno de su familia la ventura, tan largo tiempo esperada por sus

padres. Tan dulce confianza alegra los días de esa familia infeliz,

digna de mejor suerte.

Al acabar de decirme esto el cura, se acercó a él la misma señora de

edad que lo había llamado aparte e iba hablándole cuando llegamos al

pueblo. Iba seguida de una joven hermosísima, la más hermosa tal vez de

la aldea. La examiné con tanta atención, cuanto que la suponía, como era

cierto, la heroína de la historia de amor que iba a desenlazarse esa

noche, según me anunció el cura.

Tenía como veinte años, y era alta, blanca, gallarda y esbelta como un

junco de sus montañas. Vestía una finísima camisa adornada con encajes,

según el estilo del país, enaguas de seda de color obscuro; llevaba una

pañoleta de seda encarnada sobre el pecho, y se envolvía en un rebozo

fino, de seda también, con larguísimos flecos morados. Llevaba, además,

pendientes de oro; adornaba su cuello con una sarta de corales y

calzaba zapatos de seda muy bonitos. Revelaba, en fin, a la joven

labradora, hija de padres acomodados. Este traje gracioso de la virgen

montañesa la hizo más bella a mis ojos, y me la representó por un

instante como la Ruth del idilio bíblico, o como la esposa del _Cantar

de los Cantares_[2].

La joven bajaba a la sazón los ojos, e inclinaba el semblante llena de

rubor; pero cuando lo alzó para saludarnos, pude admirar sus ojos

negros, aterciopelados y que velaban largas pestañas, así como sus

mejillas color de rosa, su nariz fina y sus labios rojos y frescos. ¡Era

muy linda!

¿Qué penas podría tener aquella encantadora montañesa? Pronto iba a

saberlo, y a fe que estaba lleno de curiosidad.

La señora mayor se acercó al cura y le dijo:

--Hermano, Vd. nos había prometido que Pablo vendría... ¡y no ha

venido!--La señora concluyó esta frase con la más grande aflicción.

--Sí: ¡no ha venido!--repitió la joven, y dos gruesas lágrimas rodaron

por sus mejillas.

Pero el cura se apresuró a responderles.

--Hijas mías, yo he hecho lo posible, y tenía su palabra; pero ¿acaso no

está entre los muchachos?

--No, señor, no está,--replicó la joven;--ya lo he buscado con los ojos

y no lo veo.

--Pero, Carmen, hija,--añadió el alcalde,--no te apesadumbres, si el

hermano cura te responde, tu hablarás con Pablo.

--Sí, tío; pero me había dicho que sería hoy, y lo deseaba yo, porque

Vd. recuerda que hoy hace tres años que se lo llevaron, y como me cree

culpable, deseaba yo en este día pedirle perdón... ¡Harto ha padecido el

pobrecito!

--Amigo mío,--dije yo al cura,--¿podría Vd. decirme qué pena aflige a

esta hermosa niña y por qué desea ver a esa persona? Vd. me había

prometido contarme esto, y mi curiosidad está impaciente.

--¡Oh! es muy fácil,--contestó el sacerdote,--y no creo que ellas se

incomoden. Se trata de una historia muy sencilla, y que referiré a Vd.

en dos palabras, porque la sé por esta muchacha y por el mancebo en

cuestión. Siéntense Vds., hijas mías, mientras refiero estas cosas al

señor capitán,--añadió el cura, dirigiéndose a la señora y a Carmen,

quienes tomaron un asiento junto al alcalde.

--Pablo era un joven huérfano de este pueblo, y desde su niñez había

quedado a cargo de una tía muy anciana, que murió hace cuatro años. El

muchacho era trabajador, valiente, audaz y simpático, y por eso lo

querían los muchachos del pueblo; pero él se enamoró perdidamente de

esta niña Carmen, que es la sobrina del señor alcalde, y una de las

jóvenes mas virtuosas de toda la comarca.

Carmen no correspondió al afecto de Pablo, sea por que su educación,

extremadamente recatada, la hiciese muy tímida todavía para los asuntos

amorosos, sea, lo que yo creo más probable, que la asustaba la ligereza

de carácter del joven, muy dado a galanteos, y que había ya tenido

varias novias a quienes había dejado por los más ligeros motivos.

Pero la esquivez de Carmen no hizo más que avivar el amor de Pablo, ya

bastante profundo, y que él ni podía ni trataba de dominar.

Seguía a la muchacha por todas partes, aunque sin asediarla con

importunas manifestaciones. Recogía las más exquisitas y bellas flores

de la montaña, y venía a colocarlas todas las mañanas en la puerta de la

casa de Carmen, quien se encontraba al levantarse con estos hermosos

ramilletes, adivinando por supuesto qué mano los había colocado allí.

Pero todo era en vano: Carmen permanecía esquiva y aun aparentaba no

comprender que ella era el objeto de la pasión del joven. Éste, al cabo

de algún tiempo de inútil afán, se apesadumbró, y quizás para olvidar,

tomó un mal camino, muy mal camino.

Abandonó el trabajo, contentóse con ganar lo suficiente para alimentarse

y se entregó a la bebida y al desorden. Desde entonces aquel muchacho

tan juicioso antes, tan laborioso, y a quien no se le podía echar en

cara más que ser algo ligero, se convirtió en un perdido. Perezoso,

afecto a la embriaguez, irascible, camorrista y valiente como era,

comenzó a turbar con frecuencia la paz de este pueblo, tan tranquilo

siempre, y no pocas veces, con sus escándalos y pendencias, puso en

alarma a los habitantes y dió que hacer a sus autoridades. En fin, era

insufrible, y naturalmente se atrajo la malevolencia de los vecinos, y

con ella la frialdad, mayor todavía, de Carmen, que si compadecía su

suerte, no daba muestras ningunas de interesarse por cambiarla,

otorgándole su cariño.

Por aquellos días justamente llegué al pueblo, y como es de suponerse,

procuré conocer a los vecinos todos. El señor alcalde presente, que lo

era entonces también, me dió los más verídicos informes, y desde luego

me alegré mucho de no encontrarme sino con buenas gentes, entre quienes,

por sus buenas costumbres, no tendría trabajo en realizar mis

pensamientos. Pero el alcalde, aunque con el mayor pesar, me dijo que no

tenía más que un mal informe que añadir a los buenos que me había

comunicado, y era sobre un muchacho huérfano, antes trabajador y

juicioso, pero entonces muy perdido, y que además estaba causando al

pueblo el grave mal de arrastrar a otros muchachos de su edad por el

camino del vicio. Respondí al alcalde que ese pobre joven corría de mi

cuenta, y que procuraría traerlo a la razón.

En efecto, lo hice llamar, lo traté con amistad, le dí excelentes

consejos; él se conmovió de verse tratado así; pero me contestó que su

mal no tenía remedio, y que había resuelto mejor desterrarse para no

seguir siendo el blanco de los odios del pueblo; pero que era difícil

para él cambiar de conducta.

La obstinación de Pablo, cuyo origen comprendía yo, me causó pena,

porque me reveló un carácter apasionado y enérgico, en el que la

contrariedad, lejos de estimularle, le causaba desaliento, y en el que

el desaliento producía la desesperación. Fueron, pues, vanos mis

esfuerzos.

Yo sabía muy bien lo que Pablo necesitaba para volver a ser lo que había

sido. La esperanza en su amor habría hecho lo que no podía hacer la

exhortación más elocuente; pero esta esperanza no se le concedía, ni era

fácil que se le concediese, pues cada día que pasaba Carmen se mostraba

más severa con él, a lo que se agregaba que la señora madre de ella y el

alcalde su tío no cesaban de abominar la conducta del muchacho, y decían

frecuentemente que primero querían ver muerta a su hija y sobrina, que

saber que ella le profesaba el menor cariño.

Además, como los mancebos más acomodados del pueblo deseaban casarse con

Carmen, y sólo los contenía para hacer sus propuestas el miedo que

tenían a Pablo, cuyo valor era conocido y cuya desesperación le hacía

capaz de cualquiera locura, se hacía urgente tomar una providencia para

desembarazarse de un sujeto tan pernicioso.

Pronto se presentó una oportunidad para realizar este deseo de los

deudos de Carmen. Había estallado la guerra civil, y el gobierno había

pedido a los distritos de este Estado un cierto número de reclutas para

formar nuevos batallones. Los prefectos los pidieron a su vez a los

pueblos, y como éste es pequeño, su gente muy honrada y laboriosa, la

autoridad sólo exigió al alcalde que le mandase a los vagos y viciosos.

Ya conoce Vd. la costumbre de tener el servicio de las armas como una

pena, y de condenar a él a la gente perdida. Es una desgracia.

--Y muy grande,--respondí,--semejante costumbre es nociva, y yo deseo

que concluya cuanto antes esta guerra, para que el legislador escoja una

manera de formar nuestro ejército sobre bases más conformes con nuestra

dignidad y con nuestro sistema republicano.

--Pues bien,--continuó el cura.--Por aquellos días, la antevíspera de la

Nochebuena, se presentó aquí un oficial con una partida de tropa, con el

objeto de llevarse a sus reclutas. El pueblo se conmovió, temiendo que

fueran a diezmarse las familias, los jóvenes se ocultaron y las mujeres

lloraban. Pero el alcalde tranquilizó a todos diciendo que el prefecto

le daba facultad para no entregar más que a los viciosos, y que no

habiendo en el lugar más que uno, que era Pablo, ése sería condenado al

servicio de las armas. E inmediatamente mandó aprehenderlo y entregarlo

al oficial.

Dióme tristeza la disposición del alcalde cuando la supe, pero no era

posible evitarla ya, y además la aprehensión de Pablo era el pararrayos

que salvaba a los demás jóvenes del pueblo.

Algunas gentes compadecieron al pobre muchacho; pero ninguno se atrevió

a abogar por su libertad, y el oficial lo recibió preso.

Parece que Pablo, en la noche del día 23, burlando la vigilancia de sus

custodios, y merced a su conocimiento del lugar y a su agilidad

montañesa, pudo escaparse de su prisión, que era la casa municipal,

donde la tropa se había acuartelado, y corrió a la casa de Carmen: llamó

a ésta y a la madre, que asustadas, acudieron a la puerta a saber qué

quería. Pablo dijo a la joven, que así como había venido a hablarla,

podía muy bien huir a las montañas; pero que deseaba saber, ya en esos

momentos muy graves para él, si no podía abrigar esperanza ninguna de

ser correspondido, pues en este caso se resignaría a su suerte, e iría a

buscar la muerte en la guerra; y si sintiendo por él algún cariño

Carmen, se lo decía, se escaparía inmediatamente, procuraría cambiar de

conducta y se haría digno de ella.

Carmen reflexionó un momento, habló con la madre y respondió, aunque con

pesar, al joven, que no podía engañarlo; que no debía tener ninguna

esperanza de ser correspondido; que sus parientes lo aborrecían, y que

ella no había de querer darles una pesadumbre reteniéndolo,

particularmente cuando no tenía confianza en sus promesas de reformarse,

porque ya era tarde para pensar en ello. Así es que sentía mucho su

suerte, pero que no estaba en su mano evitarla.

Oyendo esto, Pablo se quedó abatido, dijo adiós a Carmen, y se alejó

lentamente para volver a su prisión.

--¡Ay! Así fué,--dijo Carmen sollozando;--yo tuve la culpa ... de todo

lo que ha padecido....

--Pero, hija,--replicó la señora;--si entonces era tan malo....

--Al día siguiente,--continuó el cura,--a las ocho de la mañana, el

oficial salió con su partida de tropa, batiendo marcha y llevando entre

filas y atado al pobre muchacho, que inclinaba la frente entristecido,

al ver que las gentes salían a mirarlo.

--¡Adiós, Pablo! ... repetían las mujeres y los niños asomándose a la

puerta de sus cabañas; pero él no oyó la voz querida ni vió el semblante

de Carmen entre aquellos curiosos.

En la noche de ese día 24 se hizo la función de Nochebuena, y se

dispuso la cena en este mismo lugar; pero habiendo comenzado muy

alegre, se concluyó tristemente, porque al llegar la hora de la

alegría, del baile y del bullicio, todo el mundo echó de menos al

alegre muchacho, que aunque vicioso, era el alma, por su humor ligero,

de las fiestas del pueblo.

--¡Ay! ¡pobrecito de Pablo! ¿En dónde estará a estas

horas?--preguntó alguien.

--¡En dónde ha de estar!--respondió otro ...--en la cárcel del pueblo

cercano; o bien desvelado por el frío, y bien amarrado, en el monte

donde hizo jornada la tropa.

No bien hubo oído Carmen estas palabras, cuando no pudo más y rompió a

llorar. Se había estado conteniendo con mucha pena, y entonces no pudo

dominarse. Esto causó mucha sorpresa, porque era sabido que no quería

a Pablo, de modo que aquel llanto hizo pensar a todos, que aunque la

muchacha le mostraba aversión por sus desórdenes, en el fondo lo

quería algo.

El señor alcalde se enfadó, lo mismo que la señora, y se retiraron,

concluyéndose en seguida la cena de esa manera tan triste.

Han pasado ya tres años. No volvimos a tener noticias de Pablo, hasta

hace cinco meses, en que volvió a aparecer en el pueblo; se presentó al

alcalde enseñando su pasaporte y su licencia absoluta, y pidiendo

permiso para vivir y trabajar en un lugar de la montaña, a seis leguas

de aquí. En dos años se había operado un gran cambio en el carácter, y

aun en el físico de Pablo. Había servido de soldado, se había

distinguido entre sus compañeros por su valor, su honradez y su

instrucción militar, de modo que había llegado hasta ser oficial en tan

poco tiempo. Pero habiendo recibido muchas heridas en sus campañas,

heridas de las que todavía sufre, pidió su licencia para retirarse a

descansar de los trabajos de la guerra, y sus jefes se la concedieron

con muchas recomendaciones.

Pablo no tardó más que algunas horas en el pueblo, cambió su traje

militar por el del labrador montañés, compró algunas provisiones e

instrumentos de labranza, y partió a su montaña sin ver a nadie, ni a

Carmen, ni a mí. Retirado a aquel lugar, comenzó a llevar una vida de

Róbinson[3]. Escogió la parte más agreste de las montañas; construyó

una choza, desmotó el terreno, y haciendo algunas excursiones a las

aldeas cercanas, se proporcionó semillas y cuanto se necesitaba para sus

proyectos.

Sus viajes de soldado por el centro de la República le han sido muy

útiles. Ha aprovechado algunas ideas sobre la agricultura y

horticultura, y las ha puesto en práctica aquí con tal éxito, que da

gusto ver su _roza_, como él la llama humildemente. No, no es una simple

_roza_ aquélla, sino una hermosa plantación de mucho porvenir. Está muy

naciente aún; pero ya promete bastante. Sus árboles frutales son

exquisitos, su pequeña siembra de maíz, de trigo, de chícharo y de

lenteja, le ha producido de luego a luego una cosecha regular. Merced a

él, hemos podido gustar fresas, como las más sabrosas del centro, pues

las cultiva en abundancia, y no parece extraño a la afición a las

flores, pues él ha sembrado por todas partes violetas, como las de

México[4] (y no inodoras como las de aquí), pervincas, mosquetas,

malvarosas, además de todas las flores aromáticas y raras de nuestra

sierra. Ha plantado un pequeño viñedo, y a él he encargado precisamente

de cuidar mis moreras nacientes y que están colocadas en otro lugar más

a propósito por su temperatura. En suma, es infatigable en sus tareas,

parece poseído por una especie de fiebre de trabajo. Se diría que desea

demostrar al pueblo que lo arrojó de su seno por su conducta, que no

merecía aquella ignominia, y que en su mano estaba volver al buen

camino, si la persona a quien había hecho tal promesa hubiera dado

crédito a sus palabras.

Los pastores de los numerosos rebaños que pastan en estas cercanías,

como he dicho a Vd., lo adoran, porque apenas se ha sentido la presencia

de una fiera en tal o cual lugar, por los daños que hace, cuando Pablo

se pone voluntariamente en su persecución y no descansa hasta no traerla

muerta a la majada misma que sirve de centro al rebaño perjudicado. Y

Pablo no acepta jamás la gratificación que es costumbre dar a los otros

cazadores de fieras dañinas, sino que después de haber traído muertos al

tigre, al lobo o al leopardo, o de haber avisado a los pastores en qué

lugar queda tendido, se retira sin hablar más. Esta singularidad de

carácter, junta a su rara generosidad y a su valor temerario, han

acabado por granjearle el cariño de todo el mundo; sólo que nadie puede

expresárselo como quisiera, porque Pablo huye de las gentes, pasa los

días en una taciturnidad sombría; y a pesar de que padece mucho todavía

a causa de sus heridas, a nadie acude para curarse limitándose a pedir a

los labradores montañeses o a los aldeanos que pasan, algunas

provisiones a cambio del producto de su plantación. Cerca de ésta tiene

su pequeña cabaña, rodeada de rocas que él ha cubierto con musgo y

flores: allí vive como un ermita o como un salvaje, trabajando durante

el día, leyendo algunos libros en algunos ratos, de noche, y siempre

combatido por una tristeza tenaz.

Conmovido yo por semejante situación, he ido a verlo algunas veces. Él

me espera, me obsequia, me escucha, pero se resiste siempre a venir al

pueblo. Un día, en que supe que estaba postrado y sufriendo a

consecuencia de sus heridas y de la entrada del invierno, quise llevar

conmigo a la señora madre de Carmen para que esto le sirviese de

consuelo; pero él apenas nos divisó a lo lejos, huyó a lo más escabroso

y escondido de la sierra, y no pudimos hacer otra cosa que dejarle

algunas medicinas y provisiones, retirándonos llenos de sentimiento por

no haberle visto.

--Pero ese muchacho,--interrumpí,--va a acabar por volverse loco,

llevando semejante vida, parecida a la que hacía Amadís;[5] es preciso

sacarlo de ella.

La Navidad en las Montañas · 第 3 / 7 段