desgraciado en el fondo. Para mí el talento elevado siempre es presa de
dolores íntimos, por más que ellos se oculten en los recónditos pliegues
de un carácter sereno. La energía moral, por victoriosa que salga de sus
luchas con los obstáculos de la suerte y con las pasiones de los
hombres, siempre queda herida de esa enfermedad incurable que se llama
la tristeza; enfermedad que no siempre conocemos, porque no nos es dado
contemplar a veces a los grandes caracteres en sus momentos de soledad,
cuando dejan descubierta el alma en la sombra del misterio.
El cura era indudablemente uno de esos personajes raros en el mundo, y
por eso yo no lo creía feliz. Hubiera sido imposible para mí, después de
haberlo escuchado, considerarlo como una de esas medianías que
encuentran motivos de dicha en todas partes.
Continuando mi examen, ví que era robusto, más bien por el ejercicio que
por la alimentación. Sus miembros eran musculosos, y su cuerpo, en
general, conservaba la ligereza de la juventud. Sobre todo, lo que
llamaba mi atención de una manera particular, era su frente de un
profeta, y que aun estaba coronada por espesos cabellos de un rubio
pálido; era la mirada tranquila y dulce de sus ojos azules, que parecían
estar contemplando siempre el mundo de lo ideal; era su nariz,
ligeramente aguileña, y que revelaba una gran firmeza de carácter. Todo
este conjunto de facciones acentuadas y de un aspecto extraordinario,
estaba corregido por una frecuente sonrisa, que apareciendo en unos
labios bermejos y ligeramente sombreados por la barba, y en unos dientes
blanquísimos, daba al semblante de aquel hombre un aire profundamente
simpático, pero netamente humano.
Su traje era modestísimo, casi pobre, y se limitaba a chaqueta,
chaleco y pantalón negros, de paño ordinario, sobre todo lo cual
vestía, quizás a causa de la estación, un sobretodo de paño más grueso
y del mismo color.
Cuando acabó de hablar con el alcalde, se levantó, y haciéndome una seña
me presentó a aquel honrado personaje, a quien no solamente saludé, sino
que, en cumplimiento de mis deberes militares, me presenté oficialmente,
habiéndome excusado él con suma bondad de la fórmula de presentación en
la casa municipal esa noche, aunque ofrecí poner en sus manos mi
pasaporte al día siguiente.
Después, el cura me presentó a un sujeto que había estado hablando con
él, juntamente con el alcalde, y cuya inteligente fisonomía me había
llamado ya la atención.
--El señor,--me dijo el cura,--es el preceptor del pueblo, de quien yo
soy ayudante; pero todavía más, amigo íntimo, hermano.
--Es mi maestro,--señor capitán,--se apresuró a añadir el preceptor.--Yo
le debo lo poco que sé; y le debo más, la vida.
--Chist....--replicó el cura;--Vd. es bueno y exagera los oficios de mi
amistad. Pero Vd. está fatigado, capitán, y preciso será tomar un
refrigerio, sea que quiera Vd. dormir, o bien acompañarnos en la cena de
Navidad. Yo no lo acompañaré a Vd., porque tengo que decir la _misa de
gallo_; ya sabe Vd., costumbres viejas, y que no encuentro inconveniente
en conservar, puesto que no son dañosas. Aquí no hay desórdenes a
propósito de la gran fiesta cristiana y de la misa. Nos alegramos como
verdaderos cristianos.
Guióme entonces el cura a un pequeño comedor, en el que también ardía un
agradable fuego, y allí nos acompañó al preceptor y a mí mientras que
tomábamos una merienda frugal, pues no quise privarme del placer de
hacer los honores a la tradicional cena de Navidad.
Después, dejándome reposar un rato, salió con el preceptor a preparar en
la iglesia todo lo necesario para el oficio.
Cuando volvió, me invitó a dar una vuelta por la placita, en que se
había reunido alguna gente en derredor de los tocadores de arpa, y al
amor de las hermosas hogueras de pino que se habían encendido de trecho
en trecho.
La plazoleta presentaba un aspecto de animación y de alegría que
producían una impresión grata. Los arpistas tocaban sonatas populares y
los mancebos bailaban con las muchachas del pueblo. Las vendedoras de
buñuelos y de bollos con miel y castañas confitadas, atraían a los
compradores con sus gritos frecuentes, mientras que los muchachos de la
escuela formaban grandes corros para cantar villancicos, acompañándose
de panderetas y pitos, delante de los pastores de las cercanías y demás
montañeses que habían acudido al pueblo para pasar la fiesta.
Nos acercamos al más grande de estos corros, y a la luz de la hoguera
pude ver rostros y personajes verdaderamente dignos de Belén, y que me
recordaron el hermoso cuadro del _Nacimiento de Jesús_, de nuestro
Cabrera[3], que decora la sacristía de Tasco[4]. En efecto, esas
cabezas rudas, morenas y enérgicamente acentuadas, con sus flotantes
cabelleras grises y sus largas barbas; esas sonrisas bonachonas y esos
brazos nervudos apoyándose en el cayado, parecen ser el modelo que
sirvió a nuestro famoso pintor para su _Adoración de los Pastores_. Y
junto a ellos, y haciendo contraste, las muchachas del pueblo con su
fisonomía dulce, sus mejillas sonrosadas y su traje pintoresco; y los
niños con su semblante alegre, sus carrillos hinchados para tocar los
pitos, o sus bracitos agitados tocando los panderos; todo aquello me
pareció un sueño de Navidad.
El cura notó mi curiosidad y me dijo:
--Esos hombres son en efecto pastores de las cercanías, y pastores
verdaderos, como los que aparecen en los idilios de Teócrito[5] y en las
Églogas de Virgilio[6] y de Garcilaso[7]. Hacen una vida enteramente
bucólica, y no vienen a poblado sino en las grandes fiestas, como la
presente. A pocas leguas de aquí están apacentándose hoy sus numerosos
rebaños, en los terrenos que les arriendan los pueblos cercanos. Estos
rebaños se llaman _haciendas flotantes_; pertenecen a ricos propietarios
de las ciudades, y muchas veces a un rico pastor que en persona viene a
cuidar su ganado. Estos hombres son dependientes de esas haciendas y
viven comúnmente en las majadas que establecen en las gargantas de la
sierra. Hoy han venido en mayor número, porque, como Vd. supondrá, la
Nochebuena es su fiesta de familia. Ellos traen también sus arpas de una
cuerda, sus zampoñas y sus tamboriles, y cantan con buena y robusta voz
sus villancicos en la iglesia, aquí en la plaza y en la cena que es
costumbre que dé el alcalde en su casa esta noche: justamente van a
cantar; óigalos Vd.
En efecto, los pastores se ponían de acuerdo con los muchachos para
cantar sus villancicos, y preludiaban en sus instrumentos. Uno de los
chicuelos cantaba un verso, y después los pastores y los demás
muchachos lo repetían acompañados de la zampoña, de la guitarra
montañesa y de los panderos.
He aquí los que recuerdo, y que son conocidísimos y se han transmitido
de padres a hijos durante cien generaciones:
Pastores, venid, venid,
Veréis lo que no habéis visto,
En el portal de Belén,
El nacimiento de Cristo.
Los pastores daban saltos
Y bailaban de contento,
Al par que los angelitos
Tocaban los instrumentos.
Los pastores y zagalas
Caminan hacia el portal,
Llevando llenos de frutas
El cesto y el delantal.
Los pastores de Belén
Todos juntos van por leña
Para calentar al Niño
Que nació la Nochebuena.
La Virgen iba a Belén;
Le dió el parto en el camino,
Y entre la mula y el buey
Nació el Cordero divino.
A las doce de una noche,
Que más feliz no se vió,
Nació en un Ave-María
Sin romper el alba, el Sol.
Un pastor, comiendo sopas,
En el aire divisó
Un ángel que le decía:
Ya ha nacido el Redentor.
Todos le llevan al Niño;
Yo no tengo que llevarle[8];
Las alas del corazón
Que le sirvan de pañales.
Todos le llevan al Niño,
Yo también le llevaré
Una torta de manteca
Y un jarro de blanca miel.
Una pandereta suena,
Yo no sé por dónde va,
Camina para Belén
Hasta llegar al portal.
Al ruido que llevaba,
El Santo José salió;
No me despertéis al Niño[9],
Que ahora poco se durmió.
Pero los siguientes, por su carácter melancólico, me agradaron mucho:
Una gitana se acerca
Al pie de la Virgen pura,
Hincó la rodilla en tierra
Y le dijo la ventura.
Madre del Amor hermoso,
Así le dice a María,
A Egipto irás con el Niño
Y José en tu compañía.
Saldrás a la media noche,
Ocultando al Sol divino;
Pasaréis muchos trabajos
Durante todo el camino.
Os irá bien con mi gente[10],
Os tratarán con cariño;
Los ídolos, cuando entréis,
Caerán al suelo rendidos.
Mirando al Niño divino
Le decía enternecida:
¡Cuánto tienes que pasar,
Lucerito de mi vida!
La cabeza de este Niño,
Tan hermosa y agraciada,
Luego la hemos de ver
Con espinas traspasada.
Las manitas de este Niño,
Tan blancas y torneadas,
Luego las hemos de ver
En una cruz enclavadas.
Los piececitos del Niño
Tan chicos y sonrosados,
Luego los hemos de ver
Con un clavo taladrados.
Andarás de monte en monte
Haciendo mil maravillas,
En uno sudarás sangre,
En otro darás la vida.
La más cruel de tus penas
Te la predigo con llanto.
Será que en tus redimidos,
Señor, hallarás ingratos.
No parece sino que el poeta popular y desconocido que compuso este
villancico de la gitanilla, quiso, a propósito del Niño Jesús, encerrar
en una triste predicción la que ante la cuna de todos los niños puede
hacerse de los sufrimientos que los esperan en la vida.
Y después de versos tan melancólicos, los cantares concluyeron con éste
que lo era más aún:
La Nochebuena se viene,
La Nochebuena se va,
Y nosotros nos iremos
Y no volveremos más.
--Todos estos villancicos antiguos son de origen español,--dijo el
cura,--y yo advierto que la tradición los conserva aquí constantemente
como en mi país. Respetables por su antigüedad y por ser hijos de la
ternura cristiana, tal vez de una madre, poetisa desconocida del pueblo,
tal vez de un niño, tal vez de infelices ciegos, pero de seguro, de esos
trovadores obscuros que se pierden en el torbellino de los desgraciados,
yo los oigo siempre con cariño, porque me recuerdan mi infancia. Pero
desearía de buena gana que los substituyeran con otros más filosóficos,
más adecuados a nuestras ideas religiosas actuales, más propios para
inspirar en las masas, en esta noche, sentimientos no de una alegría o
de una ternura inútiles, sino de una caridad y una esperanza siempre
fecundas en la conciencia de los pueblos. Pero no hay quien se consagre
a esta hermosa poesía popular, tan sencilla como bella, y además sería
preciso que el pueblo la aceptase gustoso, para que se pudiera
generalizar y perpetuar.
[Footnote 1: #mostrara# has here the force of a preterite indicative
tense, as often in Old Spanish.]
[Footnote 2:#Hasta# here seems to have the force of _not until_ rather
than the positive form.]
[Footnote 3: #Cabrera#, a Mexican artist of Indian (Zapotec) parentage,
sometimes called the "Raphael of Mexico."]
[Footnote 4: #Tasco#, a city about 100 miles southwest of Mexico City.
José de la Borda, who made millions from the mines at Tasco, Zacatecas,
and Halpujahua, gave a million to the big church at Tasco.]
[Footnote 5: #Teócrito#, _Theocritus_, a famous Greek idyllic poet who
lived in the third century B.C.]
[Footnote 6: #Virgilio#, _Vergil_, a Latin poet who lived in the first
century B.C.]
[Footnote 7: #Garcilaso# de la Vega (1503-1536), a Spanish poet.]
[Footnote 8: #Todos ... llevarle#, _All are taking something to the
child; I have nothing to take him_.]
[Footnote 9: #2#. Spanish meter depends upon the number of syllables in
the line and upon the rhythmical distribution of accents. The lines here
are of eight syllables. In some cases, as in line 1, they may appear to
have only seven, but as the last syllable is accented it counts for two.
Spanish verse usually has:
(1) rhyme, or consonance (the vowels and consonants of the rhyming
syllables are identical), as in stanza 1, #visto ... Cristo#, or
(2) assonance (only the vowels are identical), as in stanza 6, se vió
... el Sol, and stanza 8, #llevarle ... pañales#.]
[Footnote 10: #Os ... gente#, _It will go well with you among
my people_.]
X
--Pero he ahí las once y media,--dijo el cura al oir el alegre repique
que anunciaba la _misa de gallo_.--Si Vd. gusta, nos dirigiremos a la
iglesia, que no tardará en llenarse de gente.
Así lo hicimos: el cura se separó de mí para ir a la sacristía a ponerse
sus vestidos sacerdotales. Yo penetré en la pequeña nave por la puerta
principal, y me acomodé en un rincón desde donde pude examinarlo todo.
El templo, en efecto, era pequeño como me lo había anunciado el cura:
era una verdadera capilla rústica, pero me agradó sobremanera. El techo
era de paja, pero las delgadas vigas que lo sostenían, colocadas
simétricamente, y el tejido de blancos juncos que adhería a ellas la
paja, estaba hecho con tal maestría por los montañeses, que presentaba
un aspecto verdaderamente artístico. Las paredes eran blancas y lisas, y
en las laterales, además de dos puertas de entrada, había una hilera de
grandes ventanas, todo lo cual proporcionaba la necesaria
ventilación....
* * * * *
En la iglesia de aquel pueblecillo afortunado, y en presencia de aquel
cura virtuoso y esclarecido, comprendí de súbito que lo que yo había
creído difícil, largo y peligroso, no era sino fácil, breve y seguro,
siempre que un clero ilustrado ... viniese en ayuda del gobernante.
He ahí a un sacerdote que había realizado en tres años lo que la
autoridad civil sola no podrá realizar en medio siglo pacíficamente.
Allí veía yo una casa de oración ...; allí el espíritu, inspirado por la
piedad, podía elevarse, sin distracciones,... hacia el Creador para
darle gracias y para tributarle un homenaje de adoración.
La pequeña iglesia no contenía más altares que el que estaba en el
fondo, y que se hallaba a la sazón adornado con un Belén....
Las paredes, por todas partes, estaban lisas, y, entonces, los vecinos
las habían decorado profusamente con grandes ramas de pino y de
encina, con guirnaldas de flores y con bellas cortinas de heno,
salpicadas de escarcha.
Noté, además, que, contra el uso común de las iglesias mexicanas, en
ésta había bancos para los asistentes, bancos que entonces se habían
duplicado para que cupiese toda la concurrencia, de modo que ninguno de
los fieles se veía obligado a sentarse en el suelo sobre el frío
pavimento de ladrillo. Un órgano pequeño estaba colocado a la puerta de
entrada de la nave, y pulsado por un vecino, iba a acompañar los coros
de niños y de mancebos que allí se hallaban ya, esperando que comenzara
el oficio.
El altar mayor era sencillo y bello. Un poco más elevado que el
pavimento, lo dividía de éste un barandal de cantería pintado de blanco.
Seguía el altar, en el que ardían cuatro hermosos cirios sobre
candeleros de madera, y en el fondo estaba el _Nacimiento_, es decir, un
portalito rústico, con las imágenes, bastante bellas, de San José, de la
Virgen y del Niño Jesús, con sus indispensables mula y toro, y pequeños
corderos; todo rodeado de piedras llenas de musgo, de ramas de pino, de
encina, de parásitas muy vistosas, de heno y de escarcha, que es, como
se sabe, el adorno obligado de todo altar de Nochebuena.
Tanto este altar, como la iglesia toda, estaban bien iluminados con
candelabros, repartidos de trecho en trecho, y con dos lámparas
rústicas, pendientes de la techumbre.
A las doce, y al sonoro repique a vuelo de las campanas, y a los acentos
melodiosos del órgano, el oficio se comenzó. El cura, revestido con una
alba muy bella y una casulla modesta, y acompañado de dos acólitos
vestidos de blanco, comenzó la misa. El incienso, que era compuesto de
gomas olorosísimas que se recogían en los bosques de la tierra caliente,
comenzó a envolver con sus nubes el hermoso cuadro del altar; la voz del
sacerdote se elevó suave y dulce en medio del concurso, y el órgano
comenzó a acompañar las graves y melancólicas notas del canto llano, con
su acento sonoro y conmovedor.
Yo no había asistido a una misa desde mi juventud, y había perdido con
la costumbre de mi niñez la unción que inspiran los sentimientos de la
infancia, el ejemplo de piedad de los padres y la fe sencilla de los
primeros años.
Así es que había desdeñado después asistir a estas funciones, profesando
ya otras ideas y no hallando en mi alma la disposición que me hacía
amarlas en otro tiempo.
Pero entonces, allí, en presencia de un cuadro que me recordaba toda mi
niñez, viendo en el altar a un sacerdote digno y virtuoso, aspirando el
perfume de una religión pura y buena, juzgué digno aquel lugar de la
Divinidad; el recuerdo de la infancia volvió a mi memoria con su
dulcísimo prestigio, y con su cortejo de sentimientos inocentes; mi
espíritu desplegó sus alas en las regiones místicas de la oración, y
oré, como cuando era niño.
Parecía que me había rejuvenecido; y es que cuando uno se figura que
vuelven aquellos serenos días de la niñez, siente algo que hace revivir
las ilusiones perdidas, como sienten nueva vida las flores marchitas al
recibir de nuevo el rocío de la mañana.
* * * * *
La misa, por lo demás, nada tuvo de particular para mí. Los pastores
cantaron nuevos villancicos, alternando con los coros de niños que
acompañaba el órgano.
El cura, una vez concluido el oficio, vino a hacer en lengua vulgar[1],
delante del concurso, la narración sencilla del Evangelio sobre el
nacimiento de Jesús. Supo acompañarla de algunas reflexiones
consoladoras y elocuentes, sirviéndole siempre de tema la fraternidad
humana y la caridad, y se alejó del presbiterio, dejando conmovidos a
sus oyentes.
El pueblo salió de la iglesia, y un gran número de personas se dirigió a
la casa del alcalde. Yo me dirigí también allá con el cura.
[Footnote 1: #lengua vulgar#, i.e., Spanish, since the Mass is sung
in Latin.]
XI
La casa del alcalde era amplia, hermosa e indicaba el bienestar de su
dueño. En el patio, rodeado de rústicos corredores, y plantado de
castaños y nogales, se habían extendido numerosas esteras. Para los
ancianos y enfermos se había reservado el lugar que estaba al abrigo del
frío, y para los demás se había destinado la parte despejada del patio,
en el centro del cual ardía una hermosa hoguera. Allí la gente robusta
de la montaña podía cenar alegremente, teniendo por toldo el bellísimo
cielo de invierno, que ostentaba a la sazón, en su fondo obscuro y
sereno, su ejército infinito de estrellas.
La casa estaba coquetamente decorada con el adorno propio del día. El
heno colgaba de los árboles, entonces despojados de hojas, se enredaba
en las columnas de madera de los corredores, formaba cortinas en las
puertas, se tendía como alfombra en el patio, y cubría casi enteramente
las rústicas mesas. Tal adorno es el favorito en estas fiestas del
invierno en todas partes. Parece que la poética imaginación popular lo
escoge de preferencia en semejantes días para representar con él las
últimas pompas de la vegetación. El heno representa la vejez del año,
como las rosas representan su juventud.
El alcalde, honrado y buen anciano, padre de una numerosa familia,
labrador acomodado del pueblo, presidía la cena, como un patriarca de
los antiguos tiempos. Junto a él nos sentábamos nosotros, es decir, el
cura, el maestro de escuela y yo.
La cena fué abundante y sana. Algunos pescados, algunos pavos, la
tradicional ensalada de frutas, a las que da color el rojo betabel,
algunos dulces, un _puding_ hecho con harina de trigo, de maíz y pasas,
y todo acompañado con el famoso y blanco pan del pueblo, he ahí lo que
constituyó ese banquete, tan variado en otras partes. Se repartió algún
vino; los pastores tomaron una copa de aguardiente a la salud del
alcalde y del cura, y a mí me obsequiaron con una botella de Jerez seco,
muy regular para aquellos rumbos.
Concluida que fué la cena, el maestro de escuela llamó por su nombre a
uno de los niños, sus alumnos, y le indicó que recitara el romance de
Navidad que había aprendido ese año. El niño fué a tomar lugar en medio
de la concurrencia, y con gran despejo y buena declamación, recitó el
romance....
Todos aplaudieron al niño; el cura me preguntó:
--¿Conoce Vd. ese romance, capitán?
--Francamente, no; pero me agrada por su fluidez, por su corrección, y
por sus imágenes risueñas y deliciosas.
--Es del famoso Lope de Vega[1], capitán. Yo desde hace tres años he
hecho que uno de los chicos de la escuela recite, después del banquete
de esta noche, una de estas buenas composiciones poéticas españolas, en
lugar de los malísimos versos que había costumbre de recitar y que se
tomaban de los cuadernitos que imprimen en México y que vienen a vender
por aquí los mercaderes ambulantes.... De este modo, los niños van
enriqueciendo su memoria con buenas piezas, que se hacen después
populares, y se ejercitan en la declamación, dirigidos por mi amigo y su
maestro, que es muy hábil en ella.
--Señor,--respondió el maestro de escuela, dirigiéndose a mí,--ya he
dicho a Vd. que todo lo que sé, lo debo al hermano cura; y ahora
añadiré, porque es para mí muy grato recordarlo esta noche, que hoy hace
justamente tres años.... Permítame Vd., hermano, que yo lo refiera; se
lo ruego a Vd.,--añadió, contestando al cura que le pedía se
callase:--hoy hace tres años que iba yo a ser víctima del fanatismo. Era
yo un infeliz preceptor de un pueblo cercano, que habiendo recibido una
educación imperfecta, me dediqué sin embargo, por necesidad, a la
enseñanza primaria, recibiendo en cambio una mezquina retribución de
doce pesos. Servía yo, además, de notario al cura y de secretario al
alcalde, y trabajaba mucho. Pero en las horas de descanso procuraba yo
ilustrar mi pobre espíritu con útiles lecturas que me proporcionaba
encargando libros o adquiriéndolos de los viajeros que solían pasar, y
que, mirando mi afición, me regalaban algunos que traían por casualidad.
De este modo pasé catorce años; y como es natural, a fuerza de
perseverancia, llegué a reunir algunos conocimientos, que por
imperfectos que fuesen me hicieron superior a los vecinos del lugar, que
me escuchaban siempre con atención y a veces con simpatía y participando
de mis opiniones. Entonces acertó a llegar de cura a este pueblo un
clérigo ... que desaprobó mi método de enseñanza; me ordenó suspender
las clases ... y acabó por querer también asesorar a la autoridad
municipal en todos sus asuntos, ... y tanto, que con motivo de las
nuevas leyes dadas por el gobierno liberal, predicó la desobediencia y
aun se puso de acuerdo con las partidas de rebeldes que por ese rumbo
aparecieron luchando contra la _Constitución._ Yo entonces creí
conveniente advertir a la autoridad el peligro que había en escuchar las
sugestiones del cura, y me manifesté opuesto a sujetarme a sus órdenes
en cuanto a la enseñanza de mis niños... Hablé sobre ello a los vecinos,
pero el cura había trabajado con habilidad en la conciencia de esos
infelices, y haciendo mérito de varias opiniones mías ... me presentó
como un hereje, como un maldito de Dios y como un hombre abominable. Yo
nada pude hacer para contrarrestar aquella hostilidad; las autoridades
no me sostenían, ... y me resigné a los peligros que me traía mi
independencia de carácter. No aguardé mucho tiempo. Al llegar la
Nochebuena de hace tres años, el pueblo, embriagado y excitado ... se
dirigió a mi casa, me sacó de ella y me llevó a una barranca cercana a
esta población para matarme. ¡Figúrese Vd. la aflicción de mi mujer y de
mis hijos! Pero el más grandecito de ellos, iluminado por una idea
feliz, corrió a este pueblo, donde hacía poco había llegado el hermano
cura aquí presente y que me había dado muestras de amistad las diversas
veces que había ido a ver mi escuela. Mi hijo le avisó del peligro que
yo corría, y no se necesitó más; vino a salvarme. En manos de aquellos
furiosos caminaba yo maniatado, y ya había llegado a la barranca con el
corazón presa de una angustia espantosa por mi familia; ya aquellos
hombres, ebrios y engañados se precipitaban a darme la muerte por hereje
y maldito, cuando se detuvieron llenos de un terror y de un respeto sólo
comparables a su ferocidad. Iba a amanecer, y la indecisa luz de la
madrugada alumbraba aquel cuadro de muerte, cuando de súbito se apareció
en lo alto de una pequeña colina cercana un sacerdote, vestido de negro,
que hacía señas y que se acercaba al grupo apresuradamente. Seguíanle
este mismo señor alcalde, que entonces lo era también, y un gran grupo
de vecinos. El hermano cura llegó, se encaró con mis verdugos y les
preguntó porqué iban a matarme.
--Por hereje, señor cura, le respondieron: este hombre no cree en Dios,
ni es cristiano, ni va a misa, ni respeta a nuestros santos, y es
enemigo del _padrecito_ de nuestro pueblo....