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[Illustration: IGNACIO M. ALTAMIRANO]
LA NAVIDAD EN LAS MONTAÑAS
A SPANISH AMERICAN STORY
BY
IGNACIO MANUEL ALTAMIRANO
_WITH INTRODUCTION, NOTES, AND VOCABULARY_
BY
EDITH A. HILL
UNIVERSITY OF REDLANDS
AND
MARY JOY LOMBARD
HIGH SCHOOL, REDLANDS, CAL.
1917
PREFACE
As the author himself says in his _Dedicatoria_, a picture of Mexican
life is here offered, not as seen in large cities, which are much the
same all the world over, but in remote rural districts, "en las
montañas." The tale is idyllic, but in spite of its romantic spirit it
presents a vivid picture of rural life in Mexico.
The text of this story is taken from the Fifth Edition, in the
Biblioteca de la Europa y América, Paris, 1891.
E.A.H.
M.J.L.
INTRODUCTION
The following is quoted from _Modern Mexican Authors_, by Frederick
Starr.[1]
"No one who knows not the Mexican Indian village can appreciate the
heroism of the man, who, born of Indian parents, in such surroundings
attains to eminence in the nation. It is true that the Aztec mind is
keen, quick, receptive; true that the poorest Indian of that tribe
delights in things of beauty; true that the proverb and pithy saying in
their language show a philosophic perception. But after all this is
admitted, the horizon of the Indian village is narrow; there are few
motives to inspiration; life is hard and monotonous. It must indeed be a
divine spark that drives an Aztec village boy to rise above his
surroundings, to gain wide outlook, to achieve notable things.
"Ignacio M. Altamirano, a pure Aztec Indian, was born at Tixtla, State
of Guerrero, December 12, 1834. The first fourteen years of his life
were the same as those of every Indian boy in Mexico; he learned the
Christian Doctrine and helped his parents in the field. Entering the
village school, he excelled, and was sent at public expense in 1849 to
Toluca to study at the Instituto Literario. From that time on his life
was mainly literary,--devoted to learning, to instructing, and to
writing. From Toluca he went to the city of Mexico, where he entered the
Colegio de San Juan Letran. In 1854 he participated in the Revolution.
From that date his political writings were important. Ever a Liberal of
the Liberals, he figured in the stirring events of the War of the
Reform, and in 1861 was in Congress. When aroused he was a speaker of
power; his address against the Law of Amnesty was terrific. Partner with
Juarez in the difficulties under Maximilian, he was also partner in the
glory of the re-established Republic. From then, as journalist, teacher,
encourager of public education, and man of letters, his life passed
usefully until 1889, when he was sent as Consul-General of the Republic
to Spain. His health failing there, he was transferred to the
corresponding appointment at Paris. He died February 13, 1893, at San
Remo. His illness was chiefly nostalgia, longing for that Mexico he
loved so much and served so well.
"Altamirano was honored and loved by men of letters of both political
parties. His honesty, independence, strength, and marvelous gentleness
bound his friends firmly to him. He loved the young, and ever encouraged
those rising authors who form to-day the literary body of Mexico. He
ever urged the development of a national, a characteristic literature,
and pleaded for the utilization of national material."
[Footnote 1: Published by The Open Court Publishing Co.,
Chicago, 1904.]
DEDICATORIA A FRANCISCO SOSA
A Vd., mi querido amigo, a Vd. que hace justamente veinte años, en este
mes de Diciembre, casi me secuestró, por espacio de tres días, a fin de
que escribiera esta novela, se la dediqué, cuando se publicó por primera
vez en México.
Recuerdo bien que deseando Vd. que saliese algo mío en "_El Álbum_" de
Navidad que se imprimía, merced a los esfuerzos de Vd., en el folletín
de "_La Iberia_" periódico que dirigía nuestro inolvidable amigo Anselmo
de la Portilla, me invitó para que escribiera un cuadro de costumbres
mexicanas; prometí hacerlo, y fuerte con semejante promesa, se instaló
Vd. en mi estudio, y conociendo por tradición mi decantada pereza, no me
dejó descansar, alejó a las visitas que pudieran haberme interrumpido;
tomaba las hojas originales a medida que yo las escribía, para enviarlas
a la Imprenta, y no me dejó respirar hasta que la novela se concluyó.
Esto poco más o menos decía yo a Vd. en mi dedicatoria que no tengo a la
mano, y que Vd. mismo no ha podido conseguir, cuando se la he pedido
últimamente para reproducirla.
He tenido, pues, que escribirla de nuevo para la quinta edición que va a
hacerse en París y para la sexta que se publicará en francés.
Reciba Vd. con afecto este pequeño libro, puesto que a Vd. debo el
haberlo escrito.
IGNACIO M. ALTAMIRANO
PARÍS, Diciembre 26 de 1890
LA NAVIDAD EN LAS MONTAÑAS
I
El sol se ocultaba ya; las nieblas ascendían del profundo seno de los
valles; deteníanse[1] un momento entre los obscuros bosques y las
negras gargantas de la cordillera, como un rebaño gigantesco; después
avanzaban con rapidez hacia las cumbres; se desprendían majestuosas de
las agudas copas de los abetos e iban por último a envolver la soberbia
frente de las rocas, titánicos guardianes de la montaña que habían
desafiado allí, durante millares de siglos, las tempestades del cielo y
las agitaciones de la tierra.
Los últimos rayos del sol poniente franjaban de oro y de púrpura estos
enormes turbantes formados por la niebla, parecían incendiar las nubes
agrupadas en el horizonte, rielaban débiles en las aguas tranquilas del
remoto lago, temblaban al retirarse de las llanuras invadidas ya por la
sombra, y desaparecían después de iluminar con su última caricia la
obscura cresta de aquella oleada de pórfido.
Los postreros rumores del día anunciaban por dondequiera la proximidad
del silencio. A lo lejos, en los valles, en las faldas de las colinas, a
las orillas de los arroyos, veíanse reposando quietas y silenciosas las
vacadas; los ciervos cruzaban como sombras entre los árboles, en busca
de sus ocultas guaridas; las aves habían entonado ya sus himnos de la
tarde, y descansaban en sus lechos de ramas; en las rozas se encendía la
alegre hoguera de pino, y el viento glacial del invierno comenzaba a
agitarse entre las hojas.
[Footnote 1: The object pronoun may follow an indicative verb that is
the first word in a clause.]
II
La noche se acercaba tranquila y hermosa: era el 24 de diciembre, es
decir, que pronto la noche de Navidad cubriría nuestro hemisferio con su
sombra sagrada y animaría a los pueblos cristianos con sus alegrías
íntimas. ¿Quién que ha nacido cristiano y que ha oído renovar cada año,
en su infancia, la poética leyenda del nacimiento de Jesús, no siente en
semejante noche avivarse los más tiernos recuerdos de los primeros días
de la vida?
Yo ¡ay de mí! al pensar que me hallaba, en este día solemne, en medio
del silencio de aquellos bosques majestuosos, aun en presencia del
magnífico espectáculo que se presentaba a mi vista absorbiendo mis
sentidos, embargados poco ha por la admiración que causa la sublimidad
de la naturaleza, no pude menos que interrumpir mi dolorosa meditación,
y encerrándome en un religioso recogimiento, evoqué todas las dulces y
tiernas memorias de mis años juveniles. Ellas se despertaron alegres
como un enjambre de bulliciosas abejas y me transportaron a otros
tiempos, a otros lugares; ora al seno de mi familia humilde y piadosa,
ora al centro de populosas ciudades, donde el amor, la amistad y el
placer en delicioso concierto, habían hecho siempre grata para mi
corazón esa noche bendita.
Recordaba mi pueblo, mi pueblo querido, cuyos alegres habitantes
celebraban a porfía con bailes, cantos y modestos banquetes la
Nochebuena. Parecíame ver aquellas pobres casas adornadas con sus
Nacimientos y animadas por la alegría de la familia: recordaba la
pequeña iglesia iluminada, dejando ver desde el pórtico el precioso
Belén,[1] curiosamente levantado en el altar mayor: parecíame oir los
armoniosos repiques que resonaban en el campanario, medio derruido,
convocando a los fieles a la misa de gallo, y aun escuchaba con el
corazón palpitante la dulce voz de mi pobre y virtuoso padre,
excitándonos a mis hermanos y a mí a arreglarnos pronto para dirigirnos
a la iglesia, a fin de llegar a tiempo; y aun sentía la mano de mi buena
y santa madre tomar la mía para conducirme al oficio. Después me parecía
llegar, penetrar por entre el gentío que se precipitaba en la humilde
nave, avanzar hasta el pie del presbiterio, y allí arrodillarme
admirando la hermosura de las imágenes, el portal resplandeciente con la
escarcha, el semblante risueño de los _pastores_, el lujo deslumbrador
de los _Reyes magos_, y la iluminación espléndida del altar. Aspiraba
con delicia el fresco y sabroso aroma de las ramas de pino, y del heno
que se enredaba en ellas, que cubría el barandal del presbiterio y que
ocultaba el pie de los blandones. Veía después aparecer al sacerdote
revestido con su alba bordada, con su casulla de brocado, y seguido de
los acólitos, vestidos de rojo con sobrepellices blanquísimas. Y luego,
a la voz del celebrante, que se elevaba sonora entre los devotos
murmullos del concurso, cuando comenzaban a ascender las primeras
columnas de incienso, de aquel incienso recogido en los hermosos árboles
de mis bosques nativos, y que me traía con su perfume algo como el
perfume de la infancia, resonaban todavía en mis oídos los alegrísimos
sones populares con que los tañedores de arpas, de bandolinas y de
flautas, saludaban el nacimiento del Salvador. El _Gloria in
excelsis_,[2] ese cántico que la religión cristiana poéticamente supone
entonado por ángeles y por niños, acompañado por alegres repiques, por
el ruido de los petardos y por la fresca voz de los muchachos de coro,
parecía transportarme con una ilusión encantadora al lado de mi madre,
que lloraba de emoción, de mis hermanitos que reían, y de mi padre, cuyo
semblante severo y triste parecía iluminado por la piedad religiosa.
[Footnote 1: #Belén#. Representation of the manger at Bethlehem at the
Nativity with figures of Christ, Mary, Joseph, the shepherds, etc. For a
good description of the same in Spanish, see _Noche Buena_, by Pérez
Galdós, in Bransby's _Spanish Reader_, page 41, and _Mula y el buey_ in
Hills and Reinhardt's _Spanish Short Stories_, both published by D.C.
Heath & Company.]
[Footnote 2: #Gloria in excelsis#, _glory in the highest_.]
III
Y después de un momento en que consagraba mi alma al culto absoluto de
mis recuerdos de niño, por una transición lenta y penosa, me trasladaba
a México, al lugar depositario de mis impresiones de joven.
Aquél era un cuadro diverso. Ya no era la familia; estaba entre
extraños; pero extraños que eran mis amigos, la bella joven por quien
sentí la vez primera palpitar mi corazón enamorado, la familia dulce y
buena que procuró con su cariño atenuar la ausencia de la mía.
Eran las posadas con sus inocentes placeres y con su devoción mundana
y bulliciosa; era la cena de Navidad con sus manjares tradicionales y
con sus sabrosas golosinas; era México, en fin, con su gente cantadora
y entusiasmada, que hormiguea esa noche en las calles _corriendo
gallo_; con su Plaza de Armas llena de puestos de dulces; con sus
portales resplandecientes; con sus dulcerías francesas, que muestran
en los aparadores iluminados con gas un mundo de juguetes y de
confituras preciosas; eran los suntuosos palacios derramando por sus
ventanas torrentes de luz y de armonía. Era una fiesta que aun me
causaba vértigo.
IV
Pero volviendo de aquel encantado mundo de los recuerdos a la
realidad que me rodeaba por todas partes, un sentimiento de tristeza
se apoderó de mí.
¡Ay! había repasado en mi mente aquellos hermosos cuadros de la
infancia y de la juventud; pero ésta se alejaba de mí a pasos rápidos,
y el tiempo que pasó al darme su poético adiós hacía más amarga mi
situación actual.
¿En dónde estaba yo? ¿Qué era entonces? ¿A dónde iba? Y un suspiro de
angustia respondía a cada una de estas preguntas que me hacía, soltando
las riendas a mi caballo, que continuaba su camino lentamente.
Me hallaba perdido entonces en medio de aquel océano de montañas
solitarias y salvajes; era yo un proscrito, una víctima de las pasiones
políticas, e iba tal vez en pos de la muerte, que los partidarios en la
guerra civil tan fácilmente decretan contra sus enemigos.
Ese día cruzaba un sendero estrecho y escabroso, flanqueado por enormes
abismos y por bosques colosales, cuya sombra interceptaba ya la débil
luz crepuscular. Se me había dicho que terminaría mi jornada en un
pueblecillo de montañeses hospitalarios y pobres, que vivían del
producto de la agricultura, y que disfrutaban de un bienestar relativo,
merced a su alejamiento de los grandes centros populosos, y a la bondad
de sus costumbres patriarcales.
Ya se me figuraba hallarme cerca del lugar tan deseado, después de un
día de marcha fatigosa: el sendero iba haciéndose más practicable, y
parecía descender suavemente al fondo de una de las gargantas de la
sierra, que presentaba el aspecto de un valle risueño, a juzgar por los
sitios que comenzaba a distinguir, por los riachuelos que atravesaba,
por las cabañas de pastores y de vaqueros que se levantaban a cada paso
al costado del camino, y en fin, por ese aspecto singular que todo
viajero sabe apreciar aun al través de las sombras de la noche.
Algo me anunciaba que pronto estaría dulcemente abrigado bajo el techo
de una choza hospitalaria, calentando mis miembros ateridos por el aire
de la montaña, al amor de una lumbre bienhechora, y agasajado por
aquella gente ruda, pero sencilla y buena, a cuya virtud debía yo desde
hacía tiempo inolvidables servicios.
Mi criado, soldado viejo, y por lo tanto acostumbrado a las largas
marchas y al fastidio de las soledades, había procurado distraerse
durante el día, ora cazando al paso, ora cantando, y no pocas veces
hablando a solas, como si hubiese evocado los fantasmas de sus camaradas
del regimiento.
Entonces se había adelantado a alguna distancia para explorar el
terreno, y sobre todo, para abandonarme con toda libertad a mis tristes
reflexiones.
Repentinamente lo ví volver a galope, como portador de una noticia
extraordinaria.
--¿Qué hay, González?--le pregunté.
--Nada, mi capitán, sino que habiendo visto a unas personas que iban a
caballo delante de nosotros, me avancé a reconocerlas y a tomar
informes, y me encontré con que eran el cura del pueblo adonde vamos, y
su mozo, que vienen de una confesión y van al pueblo a celebrar la
Nochebuena. Cuando les dije que mi capitán venía a retaguardia, el señor
cura me mandó que viniera a ofrecerle de su parte el alojamiento, y allí
hizo alto para esperarnos.
--¿Y le diste las gracias?
--Es claro, mi capitán, y aun le dije que bien necesitábamos de todos
sus auxilios, porque venimos cansados y no hemos encontrado en todo el
día un triste rancho donde comer y descansar.
--¿Y qué tal? ¿parece buen sujeto el cura?
--Es español, mi capitán, y creo que es todo un hombre.
--¡Español!--me dije yo;--eso sí me alarma; yo no he conocido clérigos
españoles más que carlistas. En fin, con no promover disputas políticas,
me evitaré cualquier disgusto y pasaré una noche agradable. Vamos,
González, a reunimos al cura.
Diciendo esto, puse mi caballo a galope, y un minuto después llegamos
adonde nos aguardaban el eclesiástico y su mozo.
Adelantóse el primero con exquisita finura, y quitándose su sombrero de
paja me saludó cortésmente.
--Señor capitán--me dijo--en todo tiempo tengo el mayor placer en
ofrecer mi humilde hospitalidad a los peregrinos que una rara casualidad
suele traer a estas montañas; pero en esta noche, es doble mi regocijo,
porque es una noche sagrada para los corazones cristianos, y en la cual
el deber ha de cumplirse con entusiasmo: es la Nochebuena, señor.
Dí las gracias al buen sacerdote por su afectuosidad, y acepté desde
luego oferta tan lisonjera.
--Tengo una casa cural muy modesta--añadió--como que es la casa de un
cura de aldea, y de aldea pobrísima. Mis feligreses viven con el
producto de un trabajo improbo y no siempre fecundo. Son labradores y
ganaderos, y a veces su cosecha y sus ganados apenas les sirven para
sustentarse. Así es que mantener a su pastor es una carga demasiado
pesada para ellos; y aunque yo procuro aligerarla lo más que me es
posible, no alcanzan a darme todo lo que quisieran, aunque por mi parte
tengo todo lo que necesito y aun me sobra. Sin embargo, me es preciso
anticipar a Vd. esto, señor capitán, para que disimule mi escasez, que,
con todo, no será tanta que no pueda yo ofrecer a Vd. una buena lumbre,
una blanda cama y una cena hoy muy apetitosa gracias a la fiesta.
--Yo soy soldado, señor cura, y encontraré demasiado bueno cuanto Vd. me
ofrezca, acostumbrado como estoy a la intemperie y a las privaciones. Ya
sabe Vd. lo que es esta dura profesión de las armas y por eso omito un
discurso que ya antes hizo Don Quijote[1] en un estilo que me sería
imposible imitar.
Sonrió el cura al escuchar aquella alusión al libro inmortal que siempre
será caro a los españoles y a sus descendientes, y así en buen amor y
compañía continuamos nuestro camino, platicando sabrosamente.
Cuando nuestra conversación se había hecho más confidencial, díjele que
tendría gusto en saber, si no había inconveniente en decírmelo, cómo
había venido a México, y por qué él, español y que parecía educado
esmeradamente, se había resignado a vivir en medio de aquellas
soledades, trabajando con tal rudeza y no teniendo por premio sino una
situación que rayaba en miseria.
Contestóme que con mucho placer satisfaría mi curiosidad, pues no había
nada en su vida que debiera ocultarse; y que por el contrario,
justamente para deshacer en mi ánimo la prevención desfavorable que
pudiera haberme producido el saber que era español, pues conocía
bastantemente nuestras preocupaciones a ese respecto, se alegraba de
poder referirme en los primeros instantes de nuestro conocimiento algo
de su vida, mientras llegábamos al pueblecillo, que ya estaba próximo.
[Footnote 1: #Don Quijote#, hero of Cervantes' famous novel of the same
name, a masterpiece known in all the civilized world. The speech
referred to may be found in Part I, Chap. XXXVIII. Cervantes (1547-1616)
is Spain's most famous author.]
V
--Vine al país de Vd.,--me dijo,--muy joven y destinado al comercio,
como muchos de mis compatriotas. Tenía yo un tío en México bastante
acomodado, el cual me colocó en una tienda de ropas; pero notando
algunos meses después de mi llegada que aquella ocupación me repugnaba
sobre manera, y que me consagraba con más gusto a la lectura,
sacrificando a esta inclinación aun las horas de reposo, preguntóme un
día si no me sentía yo con más vocación para los estudios. Le respondí,
que en efecto la carrera de las letras me agradaba más; que desde
pequeño soñaba yo con ser sacerdote, y que si no hubiese tenido la
desgracia de quedar huérfano de padre y madre en España, habría quizás
logrado los medios de alcanzar allá la realización de mis deseos. Debo
decir a Vd. que soy oriundo de la provincia de Álava,[1] una de las tres
vascongadas, y mis padres fueron honradísimos labradores, que murieron
teniendo yo muy pocos años, razón por la cual una tía a cuyo cargo quedé
se apresuró a enviarme a México, donde sabía que mi susodicho tío había
reunido, merced a su trabajo, una regular fortuna. Este generoso tío
escuchó con sensatez mi manifestación, y se apresuró a colocarme con
arreglo a mis inclinaciones. Entré en un colegio, donde, a sus expensas,
hice mis primeros estudios con algún provecho. Después, teniendo una
alta idea de la vida monacal, que hasta allí sólo conocía por los
elogios interesados que de ella se hacían y por la poética descripción
que veía en los libros religiosos, que eran mis predilectos, me puse a
pensar seriamente en la elección que iba a hacer de la Orden regular en
que debía consagrarme a las tareas apostólicas, sueño acariciado de mi
juventud; y después de un detenido examen me decidí a entrar en la
religión de los Carmelitas[2] descalzos. Comuniqué mi proyecto a mi tío,
quien lo aprobó y me ayudó a dar los pasos necesarios para arreglar mi
aceptación en la citada Orden. A los pocos meses era yo fraile; y previo
el noviciado[3] de rigor, profesé y recibí las órdenes sacerdotales,
tomando el nombre de fray José de San Gregorio, nombre que hice estimar,
señor capitán, de mis prelados y de mis hermanos todos, durante los años
que permanecí en mi Orden, que fueron pocos.
Residí en varios conventos, y con gran placer recuerdo los hermosos días
de soledad que pasé en el pintoresco Desierto de Tenancingo,[4] en donde
sólo me inquietaba la amarga pena de ver que perdía en el ocio una vida
inútil, el vigor juvenil que siempre había deseado consagrar a los
trabajos de la propaganda evangélica.
Conocí entonces, como Vd. supondrá, lo que verdaderamente valían las
órdenes religiosas en México; comprendí, con dolor, que habían acabado
ya los bellos tiempos en que el convento era el plantel de heroicos
misioneros que a riesgo de su vida se lanzaban a regiones remotas a
llevar con la palabra cristiana la luz de la civilización, y en que el
fraile era ... el apóstol laborioso que iba a la misión lejana a
ceñirse la corona de las victorias evangélicas, reduciendo al
cristianismo a los pueblos salvajes, o la del martirio, en cumplimiento
de los preceptos de Jesús.
Varias veces rogué a mis superiores que me permitieran consagrarme a
esta santa empresa, y en tantas[5] obtuve contestaciones negativas y aun
extrañamientos, porque se suponían opuestos a la regla de obediencia mis
entusiastas propósitos. Cansado de inútiles súplicas, y aconsejado por
piadosos amigos, acudí a Roma pidiendo mi exclaustración, y al cabo de
algún tiempo el Papa me la concedió en un Breve, que tendré el placer de
enseñar a Vd.
Por fin iba a realizar la constante idea de mí juventud; por fin iba a
ser misionero y mártir de la civilización cristiana. Pero ¡ay! el Breve
pontificio llegó en un tiempo en que atacado de una enfermedad que me
impedía hacer largos viajes, sólo me dejaba la esperanza de diferir mi
empresa para cuando hubiese conseguido la salud.
Esto hace tres años. Los médicos opinaron que en este tiempo podía yo
sin peligro inmediato consagrarme a las misiones lejanas, y entretanto,
me aconsejaron que dedicándome a trabajos menos fatigosos, como los de
la cura de almas en un pueblo pequeño y en un clima frío, procurase
conjurar el riesgo de una muerte próxima.
Por eso mi nuevo prelado secular me envió a esta aldea, donde he
procurado trabajar cuanto me ha sido posible, consolándome de no
realizar aún mis proyectos, con la idea de que en estas montañas también
soy misionero, pues sus habitantes vivían, antes de que yo viniese, en
un estado muy semejante a la idolatría y a la barbarie. Yo soy aquí cura
y maestro de escuela, y médico y consejero municipal. Dedicadas estas
pobres gentes a la agricultura y a la ganadería, sólo conocían los
principios que una rutina ignorante les había trasmitido, y que no era
bastante para sacarlos de la indigencia en que necesariamente debían
vivir, porque el terreno por su clima es ingrato, y por su situación
lejos de los grandes mercados no les produce lo que era de desear. Yo
les he dado nuevas ideas, que se han puesto en práctica con gran
provecho, y el pueblo va saliendo poco a poco de su antigua postración.
Las costumbres, ya de suyo inocentes, se han mejorado; hemos fundado
escuelas, que no había, para niños y para adultos; se ha introducido el
cultivo de algunas artes mecánicas, y puedo asegurar a Vd., que sin la
guerra que ha asolado toda la comarca, y que aun la amenaza por algún
tiempo, si el cielo no se apiada de nosotros, mi humilde pueblecito
llegará a disfrutar de un bienestar que antes se creía imposible.
En cuanto a mí, señor, vivo feliz, cuanto puede serlo un hombre, en
medio de gentes que me aman como a un hermano; me creo muy recompensado
de mis pobres trabajos con su cariño, y tengo la conciencia de no serles
gravoso, porque vivo de mi trabajo, no como cura, sino como cultivador y
artesano; tengo poquísimas necesidades y Dios provee a ellas con lo que
me producen mis afanes. Sin embargo, sería ingrato si no reconociese el
favor que me hacen mis feligreses en auxiliar mi pobreza con donativos
de semillas y de otros efectos que, sin embargo, procuro que ni sean
frecuentes ni costosos, para no causarles con ellos un gravamen que
justamente he querido evitar, suprimiendo las obvenciones parroquiales,
usadas generalmente.
--¿De manera, señor cura,--le pregunté,--que Vd. no recibe dinero por
bautizos, casamientos, misas y entierros?
--No, señor, no recibo nada, como va Vd. a saberlo de boca de los mismos
habitantes. Yo tengo mis ideas, que ciertamente no son las generales;
pero que practico religiosamente.... Si conozco que un sacerdote que se
consagra a la cura de almas debe vivir de algo, considero también que
puede vivir sin exigir nada, y contentándose con esperar que la
generosidad de los fieles venga en auxilio de sus necesidades. Así creo
que lo quiso Jesucristo, y así vivió él; ¿por qué, pues, sus apóstoles
no habían de contentarse con imitar a su Maestro, dándose por muy
felices de poder decir que son tan ricos como él?
Y no pude contenerme al oir esto; y deteniendo mi caballo, quitándome el
sombrero, y no ocultando mi emoción que llegaba hasta las lágrimas,
alargué una mano al buen cura, y le dije:
--Venga esa mano, señor, Vd. no es un fraile, sino un apóstol de
Jesús.... Me ha ensanchado Vd. el corazón; me ha hecho Vd. llorar....
Señor, le diré a Vd. francamente y con mi rudeza militar y republicana,
yo he detestado desde mi juventud a los frailes y a los clérigos; les he
hecho la guerra; la estoy haciendo todavía en favor de la Reforma,
porque he creído que eran una peste; pero si todos ellos fuesen como
Vd., señor, ¿quién sería el insensato que se atreviese, no digo a
esgrimir su espada contra ellos, pero ni aun a dejar de adorarlos? ¡Oh,
señor! yo soy lo que el clero llama un hereje, un impío, un
_sansculote_; pero yo aquí digo a Vd., en presencia de Dios, que respeto
las verdaderas virtudes cristianas.... Así, venero la religión de
Jesucristo, como Vd. la practica, es decir, como él la enseñó, y no como
la practican en todas partes. ¡Bendita Navidad ésta que me reservaba la
mayor dicha de mi vida, y es el haber encontrado a un discípulo del
sublime Misionero, cuya venida al mundo se celebra hoy! Y yo venía
triste, recordando las Navidades pasadas en mi infancia y en mi
juventud, y sintiéndome desgraciado por verme en estas montañas solo con
mis recuerdos! ¿Qué valen aquellas fiestas de mi niñez, sólo gratas por
la alegría tradicional y por la presencia de la familia? ¿Qué valen los
profanos regocijos de la gran ciudad, que no dejan en el espíritu sino
una pasajera impresión de placer? ¿Qué vale todo eso en comparación de
la inmensa dicha de encontrar la virtud cristiana, la buena, la santa,
la modesta, la práctica, la fecunda en beneficios? Señor cura, permítame
Vd. apearme y darle un abrazo y protestarle que amo el cristianismo
cuando lo encuentro tan puro como en los primeros y hermosos días del
Evangelio.
El cura se bajó también de su pobre caballejo, y me abrazó, llorando y
sorprendido de mi arranque de sincera franqueza. No podía hablar por su
emoción, y apenas pudo murmurar, al estrecharme contra su pecho:
--Pero, señor capitán ... yo no merezco ... yo creo que cumplo ... esto
es muy natural; yo no soy nada ... ¡qué he de ser yo! ¡Jesucristo!
¡Dios! ¡el pueblo!
[Footnote 1: #Alva#, province in the north of Spain.]
[Footnote 2: #Carmelitas#, _Carmelites_, members of the mendicant order
of Our Lady of Mt. Carmel, founded about 1156.]
[Footnote 3: #previo el noviciado#, _the noviciate being prior_
(translate: _after the noviciate_).]
[Footnote 4: #Desierto de Tenancingo#, an ancient monastery near Mexico
City where lived a company of Carmelites. A monk of another order said
of it in the seventeenth century: "It is the pleasantest place of all
about Mexico.... Were all deserts like it, to live in a desert were
better than to live in a city." This description no longer applies, as
the place is now a wilderness with its interesting ruins and caves.]
[Footnote 5. #en tantas#, supply #veces#, _every time_.]
VI
Después de este abrazo volvimos a montar a caballo, y continuamos
nuestro camino en silencio, porque la emoción nos embargaba la voz.
La obscuridad se había hecho más densa; pero yo veía en el cura, cuyo
semblante aun no conocía, algo luminoso; tan cierto es que la simpatía y
la admiración se complacen en revestir a la persona simpática y admirada
con los atractivos de la Divinidad.
Iba yo repasando en mi memoria los hermosos tipos ideales del buen
sacerdote moderno, ... a los cuales se parecía mi compañero de camino, y
no recordaba más que a dos con los cuales tuviera una extraña semejanza.
El uno era el virtuoso _Vicario de Aldea_, de Enrique Zschokke[1], cuyo
diario había leído siempre con lágrimas, porque el ilustre escritor
suizo ha sabido depositar en él raudales de inmensa ternura y de
dulcísima resignación.
El otro era el _P. Gabriel_, de Eugenio Sue[2], que este fecundo
novelista ha sabido hacer popular en el mundo entero con su famoso
_Judío Errante_. En aquella época aun no había publicado Victor Hugo[3]
sus _Miserables_, y por consiguiente no había yo admirado la hermosa
personificación de Monseñor Myriel, que tantas lágrimas de cariño ha
hecho derramar después. Verdad es que conocía la historia de varios
célebres misioneros cuyas virtudes honraban al cristianismo; pero
siempre encontraba en su carácter un lunar que me hacía perder en parte
mi entusiasta veneración hacia ellos. Sólo había podido, pues, admirar
en toda su plenitud a los personajes ideales que he mencionado. Así es
que el haber encontrado en medio de aquellas montañas al hombre que
realizaba el sueño de los poetas cristianos y al verdadero mitador de
Jesús, me parecía una agradabilísima pero fugaz ilusión, hija de mi
imaginación solitaria y entristecida por los recuerdos. Y, sin embargo,
no era así; el sacerdote existía, me había hablado, caminaba junto a mí,
y pronto iba a confirmar con mis propias observaciones la idea que
acababa de darme de su carácter asombroso, en pocas palabras dichas con
una sencillez y una sinceridad tanto más incuestionables, cuanto que
ningún interés podía tener en aparecer de tal modo a los ojos de un
viajero pobre, militar subalterno e insignificante[*]....
[*: El carácter cuyo bosquejo he diseñado en este artículo es
rigurosamente histórico....]
[Footnote 1: #Enrique Zschokke# (Johann Heinrich, 1771-1848), a
German-Swiss historian, novelist, and religious writer.]
[Footnote 2: #Eugenio Sue# (1804-1857), a French novelist, whose most
famous work is _The Wandering Jew_.]
[Footnote 3: #Victor Hugo# (1802-1885), a celebrated French poet and
novelist. _Les Misérables_ is Hugo's best known novel.--#Monseñor
Myriel#, one of the characters in _Les Misérables_, was a priest who
sought to follow in his everyday life the example of Christ.]
VII
De repente, y al desembocar de un pequeño cañón que formaban dos
colinas, el pueblecillo se apareció a nuestra vista, como una faja
de rojas estrellas en medio de la obscuridad, y el viento de
invierno pareció suavizarse para traernos en sus alas el vago aroma
de los huertos, el rumor de las gentes y el simpático ladrido de los
perros, ladrido que siempre escucha el caminante durante la noche
con intensa alegría.
--Ahí tiene Vd. mi pueblo, señor capitán,--me dijo el cura.
--Me parece muy pintoresco,--le contesté,--a juzgar por la posición de
las luces, y por el aire balsámico que nos llega y que revela que allí
hay pequeños jardines.
--Sí, señor; los hay muy bonitos. Como el clima es muy frío y el terreno
bastante ingrato, los habitantes se limitaban, antes de que yo llegara
aquí, a cultivar algunos pobres árboles que no les servían más que para
darles sombra: unas cuantas y tristes flores nacían enfermizas en los
cercados, y en vano se hubiera buscado en las casas la más común
hortaliza para una ensalada o para un puchero. Los alimentos se reducían
a tortillas de maíz, frijol, carne y queso; lo bastante para no morirse
de hambre, y aun para vivir con salud; pero no para hacer más agradable
la vida con algunas comodidades tan útiles como inocentes.
Yo les insinué algunas mejoras en el cultivo; hice traer semillas y
plantas propias para el clima, y como los vecinos son laboriosísimos,
ellos hicieron lo demás. Jamás un hombre fué mejor comprendido que lo
fuí yo; y era de verse, el primer año, como hombres, mujeres, ancianos y
niños, a porfía, cambiaban el aspecto de sus casas, ensanchaban sus
corrales, plantaban árboles en sus huertos, y aprovechaban hasta los más
humildes rincones de tierra vegetal para sembrar allí las más hermosas
flores y las más raras hortalizas.
Un año después, el pueblecito, antes árido y triste, presentaba un
aspecto risueño. Hubiérase dicho que se tenía a la vista una de esas
alegres aldeas de la Saboya[1] o de mis queridos Pirineos[2], con sus
cabañas de paja o con sus techos rojos de teja, sus ventanas azules y
sus paredes adornadas con cortinas de trepadoras, sus patios llenos de
árboles frutales, sus callecitas sinuosas, pero aseadas, sus granjas,
sus queseras y su gracioso molino. Su iglesita pobre y linda, si bien
está escasa de adornos de piedra y de altivos pórticos, tiene, en cambio
en su pequeño atrio, esbeltos y coposos árboles; las más bellas
parietarias enguirnaldan su humilde campanario con sus flores azules y
blancas; su techo de paja presenta con su color obscuro, salpicado por
el musgo, una vista agradable; la cerca del atrio es un rústico
enverjado formado por los vecinos con troncos de encina, en los que se
ostentan familias enteras de orquídeas, que hubieran regocijado al buen
barón de Humboldt[3] y al modesto y sabio Bonpland [4]; y el suelo
ostenta una rica alfombra de caléndulas silvestres, que fueron a
buscarse entre las más preciosas de la montaña. En fin, señor, la
vegetación, esa incomparable arquitectura de Dios, se ha encargado de
embellecer esa casa de oración, en la que el alma debe encontrar por
todas partes motivos de agradecimiento y de admiración hacia el Creador.
De este modo, el trabajo lo ha cambiado todo en el pueblo; y sin la
guerra, que ha hecho sentir hasta estos desiertos su devastadora
influencia, ya mis pobres feligreses, menos escasos de recursos, habrían
mejorado completamente de situación; sus cosechas les habrían producido
más, sus ganados, notablemente superiores a los demás del rumbo, habrían
tenido más valor en los mercados, y la recompensa habría hecho nacer el
estímulo en toda la comarca, todavía demasiado pobre.
Pero ¿qué quiere Vd.? Los trigos que comienzan a cultivarse en nuestro
pequeño valle necesitan un mercado próximo para progresar, pues hasta
ahora la cosecha que se ha levantado, sólo ha servido para el alimento
de los vecinos.
Yo estoy contento, sin embargo, con este progreso, y la primera vez que
comí un pan de trigo y maíz, como en mi tierra natal, lloré de placer,
no sólo porque eso me traía a la memoria los tiernos recuerdos de la
patria, sino porque comprendí que con este pan, más sano que la
tortilla[5], la condición física de estos pueblos iba a mejorar también:
¿no opina Vd. lo mismo?
--Seguramente: yo creo, como todo el que tiene buen sentido, que la
buena y sana alimentación es ya un elemento de progreso.
--Pues bien,--continuó el cura;--yo, con el objeto de establecer aquí
esa importantísima mejora, he procurado que hubiese un pequeño molino,
suficiente, por lo pronto, para las necesidades del pueblo. Uno de los
vecinos más acomodados tomó por su cuenta realizar mi idea. El molino se
hizo, y mis feligreses comen hoy pan de trigo y de maíz. De esta manera
he logrado abolir para siempre esa horrible tortura que se imponían las
pobres mujeres, moliendo el maíz en la piedra que se llama _metate_;
tortura que las fatiga durante la mayor parte del día, robándoles muchas
horas que podían consagrar a otros trabajos, y ocasionándoles muchas
veces enfermedades dolorosas....
Al principio he encontrado resistencias, provenidas de la costumbre
inveterada, y aun del amor propio de las mujeres, que no querían
aparecer como perezosas, pues aquí, como en todos los pueblos pobres de
México, y particularmente los indígenas, una de las grandes
recomendaciones de una doncella que va a casarse es la de que _sepa
moler_, y ésta será tanto mayor, cuanta mayor sea la cantidad de maíz
que la infeliz reduzca a tortillas. Así se dice: _Fulana es muy
mujercita, pues muele un almud o dos almudes, sin levantarse_. Ya Vd.
supondrá que las pobres jóvenes, por obtener semejante elogio, se
esfuerzan en tamaña tarea, que llevan a cabo sin duda alguna, merced al
vigor de su edad, pero que no hay organización que resista a semejante
trabajo, y sobre todo, a la penosa posición en que se ejecuta. La
cabeza, el pulmón, el estómago, se resienten de esa inclinación
constante de la _molendera_, el cuerpo se deforma y hay otras mil
consecuencias que el menos perspicaz conoce. Así es que mi molino ha
sido el redentor de estas infelices vecinas, y ellas lo bendicen cada
día, al verse hoy libres de su antiguo sacrificio, cuyos funestos
resultados comprenden hasta[6] ahora, al observar el estado de su salud,
y al aprovechar el tiempo en otros trabajos.
Como el cultivo del trigo, se ha introducido el de otros cereales no
menos útiles y con igual prontitud. He traído también _pacholes_[7] de
algunas leguminosas que he encontrado en la montaña, y con las cuales la
benéfica naturaleza nos había favorecido, sin que estos habitantes
hubiesen pensado en aprovecharlas.
En cuanto a árboles frutales, ya los verá Vd. mañana. Tenemos manzanas,
perales, cerezos, albaricoqueros, castaños, nogales y almendros, y eso
en casi todas las casas: algunos vecinos han plantado pequeños viñedos,
y yo estoy ensayando ahora una plantación de moreras y de madroños, para
saber si podrá establecerse el cultivo de los gusanos de seda. En fin,
se ha hecho lo posible; y no contento yo con realizar mis propias ideas,
pregunto a las personas sensatas, y escucho sus opiniones con gusto y
respeto. Vd. se servirá darme la suya después de visitar mi pueblo.
--Con mucho gusto, señor, a pesar de mi ignorancia suma. Mi buen sentido
y mi experiencia por mis viajes son lo único que puede permitirme hacer
a Vd. algunas indicaciones. ¿Y en cuanto a ganados?
--Estos montañeses los poseían en pequeña cantidad, y en su mayor parte
vacuno. Ahora se consagran con más empeño al ganado menor. Se han traído
algunos merinos; se han propagado fácilmente, y ya existen rebaños
bastante numerosos, que se aumentan cada día en razón de que no se
consumen para el alimento diario.
--¿No gusta aquí esa carne?
--Poco: diré a Vd. francamente, soy yo quien no gusto de comer carne; y
como mis pobres feligreses se han acostumbrado por simpatía a amoldarse
a mis gustos, ellos también van quitándose la costumbre, sin que por eso
les diga yo sobre ello una sola palabra. Por eso verá Vd. también en el
pueblo relativamente pocas aves de corral. Pongo yo poco empeño en la
propagación de esas desgraciadas víctimas del apetito humano. En
general, yo prefiero la agricultura, y sólo cuido con esmero a los
animales que ayudan al hombre en los rudos y santos trabajos del campo.
Así, los bueyes que hay en el pueblo son quizás los más robustos y los
mejores del rumbo, porque son también los mejor cuidados. Los mulos y
los caballos son ligeros y robustos, como conviene a un país montañoso;
aunque a decir verdad, hay más de los primeros que de los segundos,
porque sirven aquéllos para cargar las mieses que se conducen por
nuestros escabrosos caminos; pero éstos no son útiles más que para
algunos enfermos como yo, o para las mujeres, pues los habitantes
prefieren andar a pie, en lo cual hacen muy bien.
--Señor cura,--le dije,--estoy muy contento de oir a Vd., y me
parece admirable la rapidez con que Vd. ha cambiado la faz de estos
pobres lugares.
--La religión, señor capitán, la religión me ha servido de mucho para
hacer todo esto. Sin mi carácter religioso quizás no habría yo sido
escuchado ni comprendido. Verdad es que yo no he propuesto todas esas
reformas en nombre de Dios, ni fingiéndome inspirado por Él: mi dignidad
se opone a esta superchería; pero evidentemente mí carácter de sacerdote
y de cura, daba una autoridad a mis palabras, que los montañeses no
habrían encontrado en la boca de una persona de otra clase.
Además, ellos han tenido ocasión todos los días de conocer la sinceridad
de mis consejos, y esto me ha servido muchísimo para lograr mi principal
objeto, que es el de formar su carácter moral; porque yo no pierdo de
vista que soy, ante todo, el misionero evangélico. Sólo que yo comprendo
así mi cristiana misión: debo procurar el bien de mis semejantes por
todos los medios honrados; a ese fin debo invocar la religión de Jesús
como causa, para tener la civilización y la virtud como resultado
preciso. El Evangelio no sólo es la Buena Nueva bajo el sentido de la
conciencia religiosa y moral, sino también desde el punto de vista del
bienestar social. La bella y santa idea de la Fraternidad humana en
todas sus aplicaciones debe encontrar en el misionero evangélico su más
entusiasta propagandista; y así es como este apóstol logrará llevar a
los altares de un Dios de paz a un pueblo dócil, regenerado por el
trabajo y por la virtud, al campo y al taller, a un pueblo inspirado por
la idea religiosa que le ha impuesto, como una ley santa, la ley del
trabajo y de la hermandad.
--Señor cura,--volví a decir entusiasmado,--¡Vd. es un demócrata
verdadero!
El cura me miró sonriendo a la luz de la primera fogata que los alegres
vecinos habían encendido a la entrada del pueblo y que atizaban a la
sazón tres chicuelos.
--Demócrata o discípulo de Jesús, ¿no es acaso la misma cosa?...
me contestó.
--¡Oh! tiene Vd. razón, tiene Vd. razón; pero no es así como se piensa
allá en otras partes. ¡Dios mío! ¡qué bendita Navidad ésta que me ha
hecho encontrar lo que me había parecido un sueño de mi juventud
entusiasta!
[Footnote 1: #Saboya#, _Savoie_, a department of southeastern France.]
[Footnote 2: #Pirineos#, _Pyrenees_, mountains forming the boundary
between France and Spain.]
[Footnote 3: #Humboldt#, Friedrich Heinrich Alexander von (1769-1859),
a celebrated German scientist and explorer. The results of his American
journey were published under the title _Voyage in the Equinoctial
Regions of the New Continent_.]
[Footnote 4: #Bonpland#, Aimé (1773-1858), a French naturalist and
traveler who was with Humboldt in South America and Mexico.]
[Footnote 5: #tortilla#, in Mexico a thin round cake, made of meal and
water, flattened by tossing back and forth in the hands, and cooked on
hot stones.]
[Footnote 6: #hasta# is used to emphasize #ahora#.]
[Footnote 7: #pacholes#. _Pachol_ is not found in the dictionaries, but
its apparent meaning is _pod_.]
VIII
Pero los chicos, luego que vieron al cura, vinieron a saludarlo
alegremente, y luego corrieron al centro del pueblecillo gritando:
--¡El hermano cura! ¡el hermano cura!
--¡El hermano cura!--repetí yo con extrañeza;--¡qué raro! ¿Es así como
llaman aquí a su párroco?
--No, señor,--me respondió el sacerdote,--antes le llamaban aquí, como
en todas partes, el _señor cura_; pero a mí me desagrada esa fórmula,
demasiado altisonante, y he rogado a todos que me llamen el _hermano
cura_: esto me da mayor placer.
--Es Vd. completo. ¡Y yo que he venido llamando a Vd. el señor cura!
--Pues bien: está Vd. perdonado, con tal de que siga llamándome su
amigo nada más.
Yo apreté la mano de aquel hombre honrado y humilde, y me aparté un poco
para dejar a la gente, que había acudido a su encuentro, saludarlo a
todo su sabor... Los ancianos le abrazaban (pues se había bajado del
caballo) con ternura paternal, y él era quien los saludaba con
veneración; los hombres le hablaban como a un hermano, y los chicos como
a un maestro. En todos se notaba una afectuosa y sincera familiaridad.
Al llegar a su casita, que estaba, como es costumbre, junto a la
pequeña iglesia parroquial, y en lo que podía llamarse plaza, el
cura, enseñándome una bella casa grande, la más bella quizás del
pueblo, me dijo:
--¡Ahí tiene Vd. nuestra escuela!
Y como yo me mostrara[1] un poco admirado de verla tan bonita y aseada,
revelando luego que era el edificio predilecto de los vecinos, observé
en éstos, al felicitarlos, un sentimiento de justísimo orgullo. El más
viejo de los que estaban cerca, me dijo:
--Señor, es _él_ quien merece la enhorabuena; por _él_ la tenemos, y
por _él_ saben leer nuestros hijos. Cuando nosotros la levantamos,
aconsejados por él, y la concluimos, al verla tan nueva y tan linda, le
propusimos que se fuera a vivir en ella, porque le debemos muchos
beneficios, y que nos dejara el curato para la escuela, pero se enfadó
con nosotros y nos preguntó si él valía acaso más que los niños del
pueblo, y si necesitaba ocupar tantas piezas él solo. Nos avergonzamos
y conocimos nuestro disparate. Es muy bueno el hermano cura, ¿no le
parece a Vd.?
Yo fuí a abrazar al cura en silencio y más conmovido que nunca.
Entramos por fin en la casa del curato, que era pequeña y modesta, pero
muy aseada y embellecida con un jardincillo, provista de una cuadra y
de un corral. La gente se detuvo en la puerta. Adentro aguardaban al
cura el alcalde con algunos ancianos y algunas mujeres de edad. El cura
se quitó el sombrero delante del alcalde, dando así un ejemplo del
constante respeto que debe tenerse a la autoridad, emanada del pueblo;
saludó cariñosamente a las viejas vecinas, y entró conmigo y los
hombres a su saloncito, que no era más grande que un cuarto común. Pero
antes de entrar, una de las viejas, robusta y venerable vecina, que
revelaba en su semblante bondadoso una gran pena, detuvo al cura, y le
preguntó en voz baja:
--Hermano cura, ¿lo ha visto Vd. por fin? ¿Está más aliviado? ¿vendrá
esta noche?
--¡Ah! sí, Gertrudis,--respondió el cura;--se me olvidaba ... lo ví,
hablé con él, está triste, muy triste; pero vendrá, me lo ha prometido.
--Pues voy a avisárselo a Carmen para que se alegre,--replicó la
anciana... ¡si viera Vd. como ha llorado, hermano cura, temiendo que no
viniera! ¡Pobre muchacha!
--Que no tenga cuidado, Gertrudis, que no tenga cuidado.
--Aquí hay algo de amor, amigo mío,--me atreví a decir al cura.
--Sí,--me dijo éste con aire tranquilo:--ya lo sabrá Vd. esta noche: es
una pequeña novela de aldea, un idilio inocente como una flor de la
montaña; pero en el que se mezcla el sufrimiento que está atormentando
dos corazones. Vd. me ayudará a llevar a buen término el desenlace de
esa historia esta misma noche.
--¡Oh! con mucho gusto: nada podría halagar tanto mi corazón; también yo
he amado y he sufrido,--dije acordándome súbitamente de lo que había
olvidado durante tantas horas, merced a los recuerdos de Navidad y a la
conversación del cura.--¡Yo también llevo en el alma un mundo de
recuerdos y de penas! ¡Yo también he amado!--repetí.
--Es natural ... dijo también suspirando el cura, e inclinando con
melancolía su frente pensadora, surcada por arrugas precoces.
Aquello me puso silencioso, y así tomé asiento junto a un buen fuego que
ardía en la humilde chimenea del saloncito.
IX
Hasta[2] entonces pude examinar completamente la persona del cura.
Parecía tener como treinta y seis años; pero quizás sus enfermedades,
sus fatigas y sus penas eran causa de que en su semblante, franco y
notable por su belleza varonil, se advirtiese un no sé qué de triste,
que no alcanzaban a disipar ni la dulzura de su sonrisa, ni la
tranquilidad de su acento, hecho para conmover y para convencer.
Quizás yo me engaño en esto, y mi preocupación haya sido la que puso
para mis ojos, en la frente y en la mirada del cura, esa nube de
melancolía de que acabo de hablar.