Concluidas las _Memorias_ que por dichosa casualidad vinieron a
nuestras manos, seguimos contando por cuenta propia.
El 8 de marzo, uno de los tres días de bulliciosa huelga que sirvieron
de introito a la revolución, un anciano avanzaba al caer de la tarde
por la plazuela de Santo Domingo, en dirección a la calle Ancha de San
Bernardo. Su paso era inseguro; su actitud la de un descaecimiento
lamentable. Fijaba la vista en el suelo y movía la cabeza, cual si no
tuviera en su cuello fuerza suficiente para mantenerla derecha. A ratos
hacía con los brazos y las manos súbito movimiento, como el de quien
se ocupa en cazar moscas. Hablaba consigo mismo, y daba bastonazos en
el suelo tan fuertemente como los ciegos que reconocen el terreno. Su
cuerpo encorvado tropezaba a menudo con los transeúntes, sin que el
choque le distrajera de su penosa marcha meditabunda.
Al llegar a la entrada de la calle Ancha, un obstáculo que no podía
vencer le detuvo. Tropezó con una muralla. Había allí tanta gente
reunida que no se podía seguir.
—¡Otra pared de carne!...— gruñó el viejo con impaciencia—. ¡Y no hay
quien la derribe a cañonazos!
Trató de abrirse paso, pero no pudo. Ante él se abría un boquete; pero
al punto volvió a cerrarse, dejándole tapiado dentro de una ardiente
mampostería de brazos, muslos y espaldas. El viejo movía sus codos y
avanzaba la mano y el palo como una cuña. En una de estas, dos piedras
enormes se juntaron, cogiéndole en medio y exprimiéndole sin piedad.
—¡Mil demonios! —chilló el viejo con voz angustiosa—. Que me
aplastan... Atrás, animales... Dejen pasar a un hombre de bien, que no
se mete en estas danzas y aborrece la bullanguería... ¡Eh!, so bruto,
que me destroza usted con su anca.
—¡Maldito vejete! —gritó uno de los más cercanos—. ¿Para qué se meterán
entre el gentío estos escarabajos? ¡Hermano, váyase al hospital!
—Si todo el mundo estuviera en su casa —dijo el anciano—; si el
gobierno no permitiera estas atrocidades ridículas, no se obstruirían
las calles.
—¿Quién es ese cernícalo que grazna?
—Señor abate, señor capellán, señor sepulturero o lo que sea —dijo un
individuo en tono compasivo—, sálgase usted de este laberinto, porque
le van a hacer tortilla.
—¡Paso, paso! —gritaba el viejo con un arranque de cólera y de energía
que contrastaba extraordinariamente con su miserable cuerpo—. ¿No hay
quien meta en cintura a esta canalla?
En torno al anciano se elevó un murmullo siniestro, entre burlón y
hostil, que hubiera asustado a otro, pero que él no le alteró; tan
grande era su ánimo.
—Sí, lo repito —añadió echando fuego por los ojos—: estas borricadas
existen, porque no hay un rey que tenga calzones.
Diciendo esto, el sombrero del anciano voló por los aires, y unas
manos vigorosas, cogiéndole ambas orejas, le hicieron dar grotescas
cabezadas. Risas generales celebraron el hecho. Todo cuanto la lengua
contiene de festivo, de grosero, de ignominioso y de mordaz resonó
en las insolentes bocas. El pobre viejo fue empujado, estrujado,
arrastrado, y su endeble cuerpo, escurriéndose dolorosamente por una
grieta, erizada de agudos codos y de crueles manos, fue a chocar
contra una pared de la calle de la Inquisición. Pegado a ella, las
manos cruzadas, la boca espumante, llenos de luz y de ponzoña los ojos
vengativos, parecía una pantera vieja, pataleando en su agonía.
—¡Miserables! ¿Pensáis que os temo? —exclamó más bien rugiendo que
hablando—. Yo no temo a nadie, yo no temo a indignas sabandijas que
huyen del peligro y se ensañan picando a los débiles; yo temo a hombres
valientes, no a una vil chusma gritona.
—Es un demente —repitieron varias voces.
—Es un hombre de bien —gritó él—, es un buen patricio, es un cristiano,
es un español. Cáfila de rateros y farsantes, respetad a los que nunca
han robado, ni conspirado, ni maldecido a Dios, ni hecho revoluciones;
respetadles, o no faltará quien os enseñe a hacerlo.
Una mano cogió el cuello del frenético viejo, y otra mano le golpeó.
—Está bien —dijo con voz ahogada cuando quedó libre—. De este modo
abofetearon a Cristo. Escúpeme también, sayón.
Le golpearon de nuevo, y el anciano añadió:
—Está bien. Burro, acepto tus coces.
—Dejarle; es un pobre viejo inofensivo —indicó una voz—. ¿No veis que
está demente?
—Desprecio tu misericordia —gritó el inexorable hombre caído—. Si no
insultarais, si no escupierais, si no deshonrarais, si no rebuznarais,
no seríais lo que sois: masones, revolucionarios, ateos, jacobinos.
—Vamos, padrito, levántese, y se le dará un vaso de agua.
—Aparta tus manos de mí —repuso con desprecio— y ve a coger las
tijeras, sastre. No abras tu boca para hablarme, y ve a mascar la
suela, zapatero. No me toques y ve a espumar los pucheros, pinche. Soy
un caballero. Señores sastres, zapateros, pinches y albéitares, que
hacéis revoluciones, y quitáis al rey sus derechos, y enmendáis la obra
de Dios, buscad para vuestra miserable obra un reino que no sea este
reino de España, esta tierra de caballeros, de santos, de soldados...
¡Cómo se reían al oírle!
—Haced revoluciones —prosiguió—, degradad más el suelo que pisamos;
manchadlo todo, imbéciles. Haced un estercolero con las banderas
gloriosas, con los laureles, con las coronas de santos y reyes, y el
demonio estará contento... Poned la historia toda bajo vuestras patas y
bailad encima, acompañados del cabrón. El infierno triunfa.
Dicho esto lanzó una carcajada siniestra.
—Es un servil —dijeron algunos.
—No hacerle daño —añadió un compasivo.
—Colgarle de una reja de la Inquisición —añadió un cruel.
En aquel instante todas las miradas se fijaron en un edificio, a
cuya puerta el gentío se apretaba, cual si todos quisieran entrar a
un tiempo. Era la Inquisición de Corte, cuyo frontispicio, marcado
hoy con el número 4 de la calle de Isabel la Católica, nada tenía de
particular. Componíase de algunas ventanas y una puerta grotesca en
el piso bajo, de una serie de balcones en el piso principal, y de
varios huequecillos enrejados en el sótano. Los balcones estaban llenos
de paisanos. En la calle y arriba el general bramido de triunfo o
impaciencia formaba una infernal algarabía. Un hombre echó el cuerpo
fuera en el balcón principal, y sacudiendo las manos arrojó una gran
masa de papeles qué cayeron a la calle. Multitud de hojas quedaban
suspendidas y flotando de aquí para allí, llevadas por el viento. Iban
y venían como pájaros que han recobrado la libertad. Eran las causas de
la Inquisición. El pueblo soberano estaba inventariando a su modo el
archivo.
Casi todos querían entrar para ver los terribles calabozos. Penetraron
muchos; pero salían descorazonados, diciendo que todo había sido
ocultado a tiempo y que no restaba nada. Quién sacó un tarima de
brasero, quién un fuelle roto, este una sartén vieja, aquel un cazo. No
se encontraron otros instrumentos de tortura. De repente, un individuo
apareció en la puerta principal. Venía cargado de extrañas cosas.
Arrojolo todo en el suelo, diciendo así:
—Ahí están las picardías.
Una lluvia de soldaditos a pie y a caballo, de muñecos articulados, de
peones, de animalillos de cartón, de reyes magos, de pastores de Belén,
de panderetas y rabeles, cayó sobre las cabezas y los hombros del
gentío. Carcajadas generales acogieron el regalo.
Después de esto despejose un tanto el terreno, y una turba de
chiquillos cayó, cual manada de lobos, sobre tan rica presa.
Poco después oyose un rumor de júbilo. Por el portal grande apareció
un grupo de gente gritona, que sobre sus hombros, a manera de trofeo
glorioso, sacaba tres personajes, nada flacos ni extenuados. Eran los
únicos presos que se encontraron en el piso alto del edificio; uno de
ellos, don Luis Ducós, rector de Hospitalarios.
Tras la procesión siguió toda la muchedumbre, dando vivas a la
Libertad, y la calle de la Inquisición empezó a despejarse, mientras se
llenaba la de Torija, junto al edificio de la Suprema.
Era ya completamente de noche, y el infeliz viejo a quien dejamos
rugiendo de cólera entre un grupo de ciudadanos, continuaba en el
mismo sitio, arrojado en el suelo, con la espalda y la cabeza apoyadas
en la pared. No hablaba ya ni se movía. Un hilo de sangre corría por
su rostro, desapareciendo por el cuello entre la ropa. En derredor
suyo había nuevo corro de ciudadanos, pero de ciudadanos prudentes y
compasivos, que en silencio le miraban, guardando religiosa compostura
en torno suyo, sin atreverse a tocarle, llenos de curiosidad y aun
de respeto. Eran Currito, el de la carbonera, de ocho años; Joselito
González, el del covachuelista, de siete; Paco, el de don Robustiano,
de diez; Isidorillo, el de la tía Rampiosa, de seis y medio, y otros
que la historia y la tradición no han podido transmitirnos. Entre todos
eran una docena. Cada cual llevaba en su mano un objeto de los que
estaban desparramados en la calle ante la puerta de la Inquisición.
Acercábase uno a mirar de cerca el rostro del anciano, y con ademán
pavoroso decía: «Está muerto.» Reían todos, mirándose unos a otros, y
ya se disponían a retirarse juntos, cuando Isidorillo, el de la tía
Rampiosa, que por ser el más chico era el más travieso de todos, tuvo
una feliz idea, que al instante puso en ejecución. Llevaba en la mano
una varita delgada y larga, y con la punta de ella exploró por dentro
la nariz del desgraciado anciano. Este hizo una mueca, se movió, y un
coro de risas infantiles acompaño a su movimiento.
Abrió el anciano los ojos, miró a todos lados, pasose la mano por la
frente, dio un suspiro...
—¡Qué buena turca ha cogido usted, hermano! —dijo Currito el de la
carbonera.
El anciano revolvió sus ojos a una y otra parte, amedrentando con la
fiereza de ellos al regocijado concurso, y en voz ronca hablo así:
—¡A esto llamáis una revolución! Menguados, si queréis hacer una
verdadera revolución, hacedla; alzad la guillotina; cortadnos la
cabeza a todos los que tenemos en ella la idea de Dios, la idea del
deber, la idea de la justicia, la idea del honor y de la hidalguía...
¿Queréis acabar con los buenos? Pues a ello. Combatidnos, y se os
vencerá. Matadnos, y resucitaremos en otra forma. Pero no, no llaméis
revolución a este conjunto de graznidos y patadas... Sois miserables
y grotescos bufones que deshonráis el suelo de la patria. Apartaos de
mí, despreciables bailarines. ¿Creéis que una nación es el tabladillo
de un teatro...? Inmundos tiples, no chilléis más en mi oído... Mi voz
atruena.
Una algazara de risas siguió a estas palabras. Los pajarillos, piando
con alegría en torno al buitre moribundo, no se hubieran expresado
de otro modo. El anciano hizo esfuerzos por levantarse; sus huesos
crujían; al fin consiguió ponerse derecho, apoyándose en la pared.
Los ciudadanitos, agrupándose en torno de él, no le dejaban dar los
primeros pasos.
—Fuera de aquí, hombres pequeños —dijo el viejo empujándoles a un lado
y otro—. Queréis hacer revoluciones, y ninguno de vosotros alza una
vara del suelo.
Cuando los muchachos se oyeron llamar hombres pequeños, redoblaron las
risas. Siempre con las manos en la pared, siguió andando el viejo.
Los chicos le seguían, tirándole de la ropa, impidiéndole el paso. Él
observaba las fachadas de las casas, como para orientarse; doblaba
todas las esquinas que encontraba al paso. De este modo recorrió
lentamente varias calles, y después de muchas idas y venidas, entró en
la de Amaniel. Los chicos habían ido desertando poco a poco. Al fin
Joselito González, que era el más pesado, le dejó solo. El anciano se
detuvo, reconoció la calle, y con voz débil murmuró: «No es por aquí.»
Volvió atrás, dobló varias esquinas, siguió a lo largo de la pared
apoyándose en ella... pero sus pies vacilaban, temblaban sus piernas;
su cuerpo abatiose rozando el muro, y cayó al suelo sin sentido.