Estaba en la calle de Eguiluz. No pasaba nadie por allí. De pronto,
al extremo de la calle abriose una puerta y aparecieron en un oscuro
hueco dos personas, hombre y mujer: el uno despidiéndose de la otra, a
juzgar por las breves palabras cariñosas que en el silencio de la calle
resonaron sin que ningún extraño las oyera. Después de confundirse los
dos bultos en uno, efecto sin duda de la oscuridad de la noche, se
separaron: la mujer desapareció, y el hombre echó a andar por la calle
adelante, hasta que el obstáculo de un cuerpo atravesado en la acera
le detuvo. En el mismo instante una vieja, llegando por el otro lado,
se detenía también. Inclináronse ambos, examináronle el rostro, le
palparon, le movieron, y el joven dijo:
—Es el señor don Miguel de Baraona.
Trataron de reanimarle. Respiraba, pero no se movía. El joven, pasado
un rato de vacilación, se terció la capa, enlazó con sus brazos
vigorosos el desmadejado cuerpo del anciano, y se lo echó a cuestas
como un saco.
Felizmente el peso del _Patriarca del Zadorra_ no era excesivo, ni el
humanitario joven tenía que andar mucho para llegar a la calle de _Sal
si puedes_. Los curiosos que en el camino se le unieron quedáronse a
la puerta de la casa, y él subió solo. Ni porteros ni criados salieron
a su encuentro en la escalera. Abrió la puerta una criada, y bien
pronto sonaron en la casa gritos y lamentos de mujer, angustiosos
diálogos, preguntas, órdenes rápidas.
Baraona fue puesto en el suelo. El que le había llevado permanecía en
pie. Jenara miraba al uno y al otro con muda sorpresa; pero el dolor
no dejaba lugar en su corazón a otro sentimiento. Las dos mujeres
azoradas, llamaron; acudió un criado; entre todos trasportaron al
enfermo a su cuarto, tendiéndole de largo a largo en la cama. Abrió, al
sentirse en ella, los ojos y lanzando un hondo suspiro, murmuró:
—¡Me muero!
—¿Pero está herido? —exclamó Jenara—. Esa sangre... ¿Qué le han hecho?
¡Dios mío!... ¡Abuelo!
Interrogaba con los ojos al portador de tan gran desgracia; pero este,
alzando los hombros, decía:
—No sé una palabra. Así lo encontré en la calle.
Salió del cuarto, y en el laberinto de los pasillos medio oscuros,
preguntó que por dónde se salía.
—Por allí —le indicó Jenara, que a su lado pasó rápidamente, corriendo
en busca de remedios caseros.
Dirigiose el joven a la puerta en el momento en que, abierta por fuera,
daba paso a tres hombres. Carlos avanzó el primero, y tras él sus
inseparables amigos. Vieron al que salía, y la sorpresa les detuvo y
les inmovilizó un instante, como cuando se ve lo imposible.
—¿Qué buscas aquí? —gritó Navarro, mirando colérico a Salvador.
—¡Has entrado aquí! —rugió destempladamente el que llamaban
Zugarramurdi, asiendo al joven por el brazo.
El que llamaban Oricain corrió a asegurar la puerta.
—¿Qué haces en esta casa? —repitió Navarro con mirada furibunda y
amenazadora.
—Nada —respondió Monsalud, dando un paso hacia la puerta—, y por eso me
marcho.
La voz de Jenara, que llegó volando más bien que corriendo, puso
término a aquella escena.
—¡Carlos, Carlos! —gritó—. El abuelo enfermo... herido... ¡se muere!...
Este... este buen hombre le ha traído de la calle... un accidente
desgraciado, un atropello... qué sé yo. Ven al instante...
Navarro miró a Monsalud, como pidiendo más explicaciones.
—Estaba en la calle de Eguiluz, arrojado sin movimiento ni sentido
sobre la acera —dijo Salvador—. No sé más.
Navarro tomó una determinación súbita.
—Yo averiguaré lo que hay en esto —afirmó—. Oricain, cierra esa puerta.
Zugarramurdi, detén a este hombre.
Y corrió hacia dentro.
Acercáronse los esposos al lecho del enfermo, e hiciéronle mil
preguntas; vendada su herida, le abrigaron, tratando de reanimarle por
todos los medios. Baraona sufría un temblor convulsivo.
—La canalla me ha insultado —murmuró—. Pero le dije cuatro verdades...
No pudo conmigo... ¡Conmigo no puede nadie! ¡Nadie!
—¿Pero quién, pero quién?... Dígame usted quién ha sido —vociferó ciego
de ira Carlos, cerrando los puños—. ¡Dígame usted quién ha sido!
—Muchos, muchísimos. Los revolucionarios —murmuró el enfermo—. Sus
manos inmundas me golpeaban... Está bien: ¿no abofetearon los judíos al
Señor?...
Carlos rugía como un león y sus dedos se clavaban como garras en los
colchones de la cama.
—Maldito sea yo si no me vengo —gritó—. ¿Y usted no recuerda quién le
trajo aquí?
—¿Quién me ha traído? —dijo el anciano con la mayor sorpresa, abriendo
mucho los ojos—. Nadie: vine yo solo; he venido por mi pie.
—No sabe lo que se dice —indicó en voz baja Jenara.
—Pero ¿por qué gritáis tanto? —murmuró Baraona cerrando los ojos—. ¿Qué
ruido, qué algazara infernal es esa?... Callad por Dios... necesito
descanso, necesito dormir... ¿No habrá nunca silencio en esta casa?
Cuando esto decía, el silencio era profundo en la habitación. Jenara y
su marido observaban con ansiedad la fisonomía del enfermo.
Mientras esto ocurría en la alcoba, el señor Zugarramurdi, hombrazo
corpulento, de espesa barba rubia, frente estrecha y miembros
poderosos, se acercaba a Salvador Monsalud en la antesala, y dejando
caer sobre el hombro de este una de sus gruesas manoplas, le decía con
voz áspera y cavernosa:
—¿Sabes quién soy?
—Sí —repuso Salvador mirándole con desprecio—. Ya sé que eres un bruto.
Oricain, pequeño, regordete, de ojos negros, cubiertos por una sola
ceja pobladísima y corrida de sien a sien, guardaba la puerta.
—Soy Zugarramurdi —dijo el de este nombre—. Estuve en la batalla de
Vitoria. ¿Te acuerdas de la retirada, juradillo?
—Sí; me acuerdo. Tú estabas entre los mulos.
—¿Te acuerdas del que hirió a nuestro amigo y jefe Carlos Garrote?
—prosiguió el vizcaíno—. ¿Recuerdas que yo te guardaba, y que te me
escapaste, porque una señora compró a los centinelas?
—Déjame —gritó con violencia Salvador apartando bruscamente el brazo
del guerrillero—. Oricain, abre esa puerta.
—Ven a abrirla —repuso imperturbablemente el navarro—. ¿Sabes quién soy?
—Sí; ya lo sé: ladrabas en la jauría de Garrote. Abre esa puerta, o
pasaré por encima de ti.
—Ya te espero... —dijo Oricain—; como no me coges de espaldas, no hay
que temerte.
—Abusáis de mí, porque veis que no llevo armas —dijo Salvador
conteniendo su ira—. Estoy indefenso, porque yo no muerdo como
vosotros.
Carlos se presentó en el mismo instante, fruncido el ceño, pálido el
rostro, con un visible sello de dolor y desesperación en su grave
persona.
—Carlos —dijo Monsalud—. ¿He entrado en una guarida de lobos?
—Es espía de los ateos —dijo Oricain clavado siempre en la puerta—, y
viene a saber lo que hacemos para contárselo a esa canalla.
—Ha venido a provocarte y a desafiarte —dijo Zugarramurdi—. Nosotros le
enseñaremos a ser comedido.
—¡Carlos! —gritó Monsalud perdiendo toda prudencia—. ¡Mira que no tengo
armas!... ¡Esto es una infamia!...
—¿A qué has venido aquí? Lo mismo te desprecio amigo que enemigo; lo
mismo te desprecio espía que servidor. Vete y di a los revolucionarios
que mañana salimos para Navarra a levantar partidas.
—Yo no soy espía... ¿Pagas con tan vil sospecha el servicio que acabo
de hacerte?...
—No sé si te debo un servicio o una nueva ofensa.
—Yo no me ocupo de ofenderte —dijo Monsalud con desprecio—. Has
sido conmigo cruel, implacable y sañudo. Tu corazón de piedra no
se ha movido ante el suplicio de una pobre mujer inocente; te has
opuesto a que la pusieran en libertad; has redoblado el furor de los
inquisidores, verdugo. Y sin embargo de esto, cuando ha concluido el
martirio de mi madre; cuando ha venido la revolución, y triunfábamos,
y tenía yo todos los medios para tomar venganza de ti; cuando me
era fácil prenderte, molestarte, denunciarte a los vencedores, nada
he hecho contra ti, Carlos, y no queriendo abusar de la gran ventaja
adquirida, te he perdonado.
—¡Dice que me ha perdonado!... ¡que me ha perdonado! —exclamó Garrote,
con el rostro encendido.
—Sí, te he perdonado; he tenido lo que tú no conoces: generosidad.
Navarro permaneció un momento en sombría perplejidad.
—Vamos —dijo al fin con irónico acento—, es un modo extraño de pedir
misericordia. Salvador, tu odio y tu generosidad, tu venganza y tu
perdón, son igualmente despreciables para mí... No quiero hacerte el
honor de mirarte. Zugarramurdi, Oricain, registradle bien, y si veis
que no tiene armas, dejadle salir.
—Sí, eso, eso —dijo Oricain con pena—, para que nos denuncie a los
ateos, y vengan acá y nos prendan.
—Y nos impidan salir mañana para Navarra —añadió Zugarramurdi.
—Que vaya... que lo diga... que vengan esos cobardes bullangueros a
detenernos —dijo Navarro—. Ya sabía yo que algunos polizontes atisbaban
estas noches mi casa.
—No hay duda de que es espía —gritó Oricain—. Me consta.
—No se burlará de nosotros, ¡con cien mil demonios!
Zugarramurdi asió con violencia los dos brazos del joven, que se
estremeció al sacudimiento de aquellas tenazas, sin poder desasirse
de ellas. Oricain acudió en auxilio del otro sayón; vino también un
criado, le sujetaron, le contuvieron, le amordazaron, le liaron una
larga cuerda en brazos y piernas, y llevándole a una habitación cercana
donde había un pie derecho a manera de poste, resto de un tabique
antiguo recién derribado, le sujetaron a él tan fuertemente, que el
desgraciado joven no podía mover ni un dedo. Palpitante, sofocado,
rugiente como un volcán obstruido; amenazado de violenta congestión,
Salvador no podía defenderse de sus enemigos sino mirándoles... La
rabia de sus ojos era su única arma. Se contraían sus músculos; la
prisionera sangre hinchaba sus venas.
—¿Qué pensáis hacer? —preguntó Carlos a sus amigos, cuando concluyó la
operación, sin que él se dignara tomar parte en ella.
—Cuando nos marchemos —repuso Oricain—, le ahorcaremos.
En aquel instante Jenara pasaba.
—Es demasiado —dijo Navarro—. Le dejaremos así. Basta que no pueda
hacernos daño de aquí a mañana... ¿Sabes que esa postura es buena para
conspirar contra el trono? —añadió, contemplando con hosca serenidad a
la víctima—. ¿Por qué no vas ahora de Herodes a Pilatos, comprometiendo
oficiales, repartiendo proclamas, engañando el país, difundiendo la
rebeldía contra Dios y contra el trono? ¡Miserables revoltosos! Ve y di
a tus revolucionarios que vengan a sacarte de aquí. Llámales, invoca
la libertad, los derechos del hombre. ¡Que vengan Riego y Quiroga
a desatarte!... ¡Oh!, si desde un principio hubieran puesto a la
masonería y al ateísmo como estás ahora, ¿habría revoluciones? Que me
den el mando un solo día, y verás qué gran soga lío alrededor del gran
cuerpo. ¿Por qué no conspiras ahora? ¿Por qué no sublevas regimientos?
Abre la boca y predícanos libertad y jacobinismo... ¡Ah!, tú creerás
que eres un mártir digno de lástima. ¿No lo has de creer, si en ti
y en esta canalla que acaba de triunfar no hay idea de justicia?...
¡Justicia! ¡Castigo del crimen! ¡Qué sublimes ideas! En medio de la
impunidad espantosa que invade el reino todo como una plaga, aquellas
grandes ideas se ven realizadas en un rincón de Madrid... en un rincón
de mi casa...
Cuando esto decía, Jenara volvió a pasar.
—¡Bonita imagen de la revolución tenemos delante! —prosiguió Carlos
con amarga ironía—. ¡Qué emblema tan hermoso del sistema curativo de
un país levantisco! En esa postura se olvida el modo de andar, y se
pierden los deseos de agitarse mucho; se puede meditar tranquilamente
en Dios, y reconocer las ofensas que se le han hecho... La voz se
olvida de que ha dicho infamias y herejías... Se aprende a obedecer y
a callar, y el que manda, manda... Yo querría que toda España fuera
pasando por esa puerta y viera a su revolucionario... el pobrecito
no mueve brazo ni pierna; no habla ni gruñe. Está convertido, y ya
no hace daño ni con su lengua ni con su brazo... ¡Qué lección, señor
Monsalud!... ¡Si esos locos o imbéciles que chillan por las calles
vieran esto...! ¡Si estoy por abrir entrada pública y exponerte como
una cosa rara, anunciando «el gran fenómeno de la justicia», o sea «la
revolución en la soga»! Esto abriría los ojos a muchos... Tal idea debe
cundir y propagarse; es admirable. Todos los que han atentado contra
su rey deberían atravesar ese pasillo y mirar adentro... Se te pondrán
luces...
Jenara pasó de nuevo.
—Mi opinión —añadió Garrote— es que no se te quite la vida, a no ser
que resulte que has maltratado a mi abuelo, como sospecho. Si eres
inocente no te haremos daño. La enemistad privada que tenemos tú y yo
me obliga a ser generoso. Ni aun consentiría la violencia que sufres,
si yo y mis amigos no estuviéramos en peligro de ser denunciados por
ti; pero es preciso asegurarse, señor masón... ¡Cuánto me alegraría de
tenerte así el día del triunfo de mis ideas, para soltarte y decirte:
«Ahora, los dos a solas, arreglaremos una cuenta antigua...»! Pero yo
estoy caído, y tus amigos son poderosos... es preciso tener algún rigor
con los vencedores, mientras se puede; que tiempo tienen ellos después
para abusar de su victoria. Cuando esto pase, cuando yo y mis amigos no
corramos riesgo de ser denunciados a un partido vengativo, nos veremos,
¿eh?... No haya miedo que se te aten entonces las manos. Al contrario,
te las multiplicaría si en mi poder estuviese... ¿Me buscarás tú?
¿Será preciso que yo te busque? ¿Entrarás entonces furtivamente en mi
casa para espiarme? ¿Golpearás en la calle a mi infeliz abuelo, con
el fin de encontrar después, so color de ampararle, un pretexto para
meterte en el domicilio de un hombre de bien? Esto se averiguará...
Me parece que penetro tu intención... Eres astuto... Sabías que aquí
se conspiraba... Sabías que aquí nos reunimos en estos días algunos
hombres del partido del rey. Sin duda les viste entrar. Bien, señor
Salvador; todas esas cuentas se arreglarán después... Hasta la vista.
Cuando Carlos salió, Jenara pasaba otra vez.
Cerraron la puerta y Monsalud se quedó solo. Los rumores de la casa
sonaban a lo lejos. En su desesperación sentía transcurrir el tiempo
sin darse cuenta de él, y pasaron minutos que le parecieron horas.
Cualquiera que fuese el delirio de su mente y la exagerada proporción
que a todo daba, ello es que pasó mucho tiempo, y un reloj cercano
le iba marcando los plazos solemnes de su agonía. Imposibilitado de
moverse, luchaba con extraordinaria fuerza del espíritu y del cuerpo;
mas no le era posible vencer. Su sangre era una corriente de fuego:
sentíala en el palpitar de las sienes, semejante al golpe de un hacha.
Al fin perdió el sentido claro de las cosas.
A hora bastante avanzada creyó sentir mayor intensidad en los ruidos
de la casa, el ir y venir y el precipitarse, que indican la gravedad
de un enfermo y la consternación de una familia. Constantemente subía
y bajaba gente por la escalera principal, que cercana de su prisión
estaba. Sintió al fin gran rumor de pasos, como si subiera mucha gente
a la vez, y acompañaba a este rumor el triste son de una campanilla
y rezos en latín. El viático entraba en la casa. Monsalud distinguió
lejano resplandor de faroles; después profundo silencio, solo
interrumpido por algunas voces que en lo más hondo de la casa sonaban,
semejantes a los tristes ecos del coro de un convento. Luego se oyó el
estrépito de los pasos, la misma campanilla, los mismos rezos. Dios
salía.
No supo apreciar bien el tiempo que trascurrió después. Su pensamiento
estaba fijo en la idea terrible de que al alejarse Dios de la casa,
continuara la iniquidad que en su persona se cometía... La fiebre
empezó a trazar sus vertiginosos y atormentadores círculos dentro del
cerebro del infeliz; pero al fin, trascurrido un plazo de difícil
apreciación, distinguió una claridad que parecía la de la aurora; vio
claramente que la puerta se abría, que alguien entraba sin hacer ruido,
más semejante a una sombra que a una persona, y, por último, que unas
manos blandas y frías tocaban su cuerpo.