El rey había prometido jurar; pero no juraba, ni se nombraba nuevo
gobierno, ni siquiera Ayuntamiento nuevo. Estábamos a merced de un
golpe de mano, y si el ejército había dado al país la libertad, el
ejército podía quitársela de la noche a la mañana. Las reuniones
secretas, que ya eran públicas, trabajaron toda la tarde y parte de la
noche, mientras seguían las demostraciones populares, juego inocente
que nos daba risa.
Amaneció el día 9, el gran día. El pueblo, aguijoneado por quien sabía
hacerlo, se reunió en los alrededores de Palacio, puso su planta en la
puerta y dijo que quería entrar. La guardia callaba y dejaba hacer. El
pueblo entró en el patio grande y se paseó de un extremo a otro, dando
gritos y entonando las canciones de aquellos días. Por los vidrios de
la galería alta asomaban las caras pálidas de medrosas damas y tímidos
palaciegos que preveían un desastre. Cansado de esperar en el patio,
el importuno visitante bramaba de impaciencia. Era aquella una visita
que no se hace todos los días, y como cosa nueva carecía de reglas de
etiqueta. El pueblo, pues, anhelaba subir antes de que se lo mandasen,
o antes de que lo echaran a la calle. El amo de la casa, sintiendo
desde su gabinete el resoplido del animal que tan descortesmente quería
penetrar hasta él, se sentaba y se levantaba, reía y bufaba, y a ratos
pálido, a ratos rojo, a todos dirigía preguntas. Hubiera deseado que su
mirada fuese un rayo que desde arriba, traspasando las paredes, cayese
sobre la bestia y la aniquilara.
Al mismo tiempo, el amo de la casa forjaba proyectos de venganza y
estudiaba un papel, papel difícil que rara vez se desempeña bien ante
el peligro. No es lo mismo recibir al Cuerpo diplomático entre sonrisas
de oficio y estudiadas fórmulas, que recibir al pueblo entre rugidos.
Fernando no se atrevía a formular el terrible _que pase adelante_.
Pero el pueblo parecía dispuesto a colarse sin que se lo mandaran.
Inquietos, pero decididos, los de abajo; inquieto y vacilante el de
arriba, no era fácil prever en qué iba a parar aquello. ¡Si hubiera
habido un batallón de la guardia dispuesto a desafiar las navajas!...
pero los emperejilados guardadores de la Real persona se mantenían
tiesos y hermosos, empuñando las armas como empuñaban sus palitos
blancos las figuras del tío Mano de Mortero.
Por último, todos tomaron una resolución, los de abajo y el de arriba.
La visita quería posesionarse del estrado; el señor había dispuesto
enviar un mensaje a los del patio, rogándoles y prometiendo. Estos
habían nombrado una comisión. La comisión y los mensajeros del rey se
encontraron en la escalera. Allí hubo expresiones benévolas, un cambio
feliz de sentimientos conciliadores, y el asunto empezó a tomar aspecto
risueño. Subieron al fin los comisionados, que eran seis, y al poco
rato bajaron con la noticia de que Su Majestad había mandado al marqués
de Miraflores que estableciese el Ayuntamiento del año 14.
Palacio quedó poco a poco libre, y el movimiento del pueblo tomó la
dirección de la casa de la Villa. Los que deseaban mangonear en los
primeros momentos y coger para sí los primeros peces del revuelto río,
no tenían tiempo que perder. Yo fui de los más veloces en invadir las
Casas Consistoriales, en ocupar las oficinas, en apoderarme de una
resma de papel de oficio, en expedir órdenes menudas a los subalternos.
Así es que cuando Miraflores llegó, ya estaba yo allí dictando leyes
como un déspota, expidiendo órdenes y preparándolo todo para el gran
acto que a realizar se iba.
De buena gana me hubiera nombrado Alcalde a mí mismo; pero yo no
era del 14. Con aquella mi presteza febril tan abonada para las
improvisaciones oficinescas, me impuse desde el primer momento, y a los
diez minutos de intrusión, ya no podía hacerse nada sin mí. Yo solo
sabía dónde estaban los pliegos; yo solo sabía en qué términos debían
extenderse los oficios, cómo se había de ordenar lo que entonces se
llamaba la _Tabla del excelentísimo Ayuntamiento_.
También salí al balcón con otros, teniendo la suerte de enjaretar
unos parrafillos tan bien dichos, tan conmovedores y del caso, que
me aplaudieron frenéticamente. Yo fui quien inauguró los abrazos que
entusiasmaron a la generosa muchedumbre. Sin más ni más, abracé al que
tenía a mi lado, un liberalote furioso de toda su vida; este abrazó
al vecino, y entre lágrimas y patrióticos pucheros nos abrazamos
todos una y otra vez. Yo gritaba: «¡Se acabaron las discordias, se
acabaron los odios! ¡Ya no hay más que españoles leales y amantes de la
Constitución! Todos son hermanos. ¡Viva España, que es la nación más
sabia y más gloriosa del mundo! ¡Viva la Constitución! ¡Viva el rey!»
¿Quién puede olvidar aquellos sublimes instantes? ¡Inefable día!
Miraflores iba pronunciando los nombres de los individuos del
Ayuntamiento. El pueblo aplaudía o denegaba, gritando: _bien, bien_,
o _ese no, ese no, que es servil_. Concluido esto, dirigiose a Palacio
el Ayuntamiento recién establecido, para recibir el juramento de Su
Majestad, y por el tránsito todo fue bullicio, loca alegría, vivas
roncos, embriaguez indescriptible. Poco después, Madrid entero sabía
que Fernando VII había jurado la Constitución.
¡Viva el rey! Ya todo estaba hecho. Ya podían venir las iluminaciones,
los festejos, las alegrías, las ceremonias, la exaltación política
mezclada de religioso entusiasmo. Una nueva era se presentaba, una
nueva era, sí, vasto campo a la actividad de los hombres listos. Yo
no salí aquel día del Ayuntamiento, y trabajé con ardor en diversos
asuntos.
El 10 apareció el manifiesto en que están las célebres palabras:
_Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional_.
El 14 dio don Carlos su programa al ejército, congratulándose del
juramento de la Constitución. El mismo día 9 nombró Su Majestad la
Junta provisional consultiva que debía suplir al ministerio mientras
este se formaba, y tuve tan buena mano y tacto, que me congracié
soberanamente con todos y cada uno de los esclarecidos individuos de
ella en tales términos, que no sabían cómo recompensar mis servicios.
Estos eran importantísimos. Yo estaba siempre en primer término; yo
salía siempre al encuentro de todo obstáculo: yo era la previsión, el
cálculo, la prudencia. Híceme de tal modo necesario, que mi nombre
sonaba aquí y allí donde quiera que ocurrían dificultades. Debía
esto a mi tino para todo, a mi destreza y experiencia suma de los
hombres y las cosas. Por eso supe encaramarme dentro de la revolución
a puestos tan altos como los que ocupé dentro del absolutismo, y en
uno de los primeros consejos de ministros que se celebraron, se acordó
darme la plaza de consejero, _en premio de los servicios que había
prestado a los grandes principios, y como compensación de las horribles
persecuciones de que había sido objeto_.
¡Ventura incomparable! ¡Qué bien sentaba a mi gallardo cuerpo la nueva
casaca! ¡Cómo me reía yo de don Buenaventura y de todos aquellos
vanidosos prohombres que me habían postergado en 1819! Ellos purgaban
sus culpas con la ignominia que les resultaba de humillarse ante el
pueblo, después de haberlo combatido hasta el último momento. Verdad es
que pronto le declararon nueva guerra; pero fue porque la revolución,
despreciándoles, no quiso nada de ellos ni con ellos.
Largo tiempo estuve en gracia con la Libertad, la cual no era tan
fiera como nos las pintábamos los absolutistas cuando la combatíamos.
¡Matrona más condescendiente no la vieron mis ojos! ¡Qué excelente
señora! En muchas, en muchísimas cosas del gobierno apenas se conocía
su existencia. Verdad es que sus noveles servidores hacíamos lo posible
por ponerle una venda en los ojos para que nada viese y renunciase a
la fatal manía de innovar, que era su flaco. Con mi nuevo y flamante
destino renació la dicha en mi alma y la holgura en mi casa, que ya
se iba desmejorando con el largo vagar; me vi de nuevo favorecido y
adulado por grandes y chicos, y Su Majestad me mando asistir a sus
tertulias. El pobrecito no podía pasarse sin mí.
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No puedo seguir, no puedo hablar más, porque la alegría embarga mi
espíritu y ahoga mi voz. Aunque algo sé digno de contarse, lo entrego a
otro narrador para que con más aliento que yo lo continúe; y postrado
y sin fuerzas doy fin aquí a mis curiosas _Memorias_, encargando al
copista de ellas que me sustituya en las últimas páginas de este libro.