Sentí que la sangre se me trocaba en hielo, los cabellos se me pusieron
de punta y por breve rato estuve sin respiración. Mi primer impulso,
cuando pude tener impulso, fue buscar con la vista un hueco por donde
echarme fuera de allí. Mi mayor confusión consistía en no poder asociar
estas dos ideas: la Inquisición y el señor Mano de Mortero.
—No te asustes —dijo Monsalud—, aquí estamos tan seguros como en tu
casa. Después de todo, esto no es tan feo como parece desde arriba.
Acudió en tropel a mi mente todo lo que había oído, visto y leído
referente al temible tribunal. Aquel solitario y lúgubre sitio en que
me encontraba desmentía un poco con su silencio y abandono las ideas de
espanto que invadieron mi cerebro, porque ni se oían lamentos, ni se
veían los humanos cuerpos arrastrando cadenas sobre el ensangrentado
suelo. Con todo, aquel lugar, bastante pavoroso por sí, lo era mucho
más desde que la fantasía lo asociaba a la tremenda Inquisición. No
podía uno menos de considerarse sepultado allí. No bastaba que la razón
dijera _estoy libre_; el corazón se sentía comprimido por una mano de
bronce, y el cuerpo se reconocía cobarde hasta para huir.
Imposible dejar de ver en los indefinidos objetos que obstruían
el paso hórridos aparatos de tormento, que, cual manos ávidas,
alargaban sus garfios para agarrarle a uno las carnes; imposible
dejar de ver en movimiento toda aquella maquinaria infernal, y los
apagados hornillos encenderse, cual miradas del infierno, ascuas que
resplandecían contemplando y llamando a sus víctimas; y los tornos
girar, zahiriéndolas con su irónico chirrido, semejante a pullas de
vieja; y los potros estirarse, deseosos de descoyuntarse a sí mismos
mientras no les dieran cuerpos humanos que desbaratar, y abrirse las
cajas, murmurando un gruñido sordo, como bostezo de Satanás, para
cerrarse luego, tragándose un cuerpo humano palpitante aún de rabia y
dolor. Imposible dejar de ver brazos amenazadores, escuetas figuras de
angustia, semblantes doloridos, luengos trajes negros y garabateadas
dalmáticas de ignominia, monteras de papel llenas de gatos y diablillos
pintados, y horribles caperuzas sin rostro, con dos agujeros por donde
asomaba la Suprema sus insaciables ojos, buscando la herejía.
Al cabo de un rato de observaciones, distinguí varias puertas a un lado
y otro.
—¿Son esas las mazmorras donde están los presos? —pregunté a mi amigo.
—Mazmorras son; pero no hay víctimas.
—¡Que no hay presos en la Inquisición!
—No; esto es ya una broma, un cachivache histórico que solo asusta a
los niños de teta. Los dos o tres presos que hay, están en el piso
segundo, y se pasean por los corredores tomando el sol.
—¿Y estos instrumentos de suplicio?
—Tú ves visiones: aquí no hay nada que sirva para dar tormento —dijo
Monsalud dando un puntapié a una caja vacía que retumbó con lastimero
acento—. ¿Ves esto? Pues es una caja de botellas de vino.
—Desechos de la comilona que tuvieron el otro día los señores —dijo
Mortero.
—¿Y aquellos maderos que allí se ven? —pregunté señalando unos palos en
cruz, cuyo aspecto me parecía el más siniestro que se podía imaginar.
—Es un catre de tijera colocado patas arriba.
—¿Y aquello que luce y parece metal?
—Un brasero viejo.
—¿Y aquello que tiene cadenas y unas como pesas?...
—La garrucha vieja que estaba en el pozo del patio grande.
—¿Y aquel cilindro horrible?
—Un tambor que servía al pregonero de la bula.
—¿Y aquella argolla enorme?
—El aro de una pandereta con que jugaba en las Pascuas del año pasado
el niño del conserje.
—Pero allí veo unas al modo de mandíbulas, que parece se van a comer a
todo el género humano.
—Si es un fuelle viejo sin cuero.
—Y una caperuza.
—Fue la que me puse el carnaval pasado.
—Algunos cachivaches de tormento deben de quedar aquí —dijo Monsalud.
—Pero están hechos pedazos y cada pieza por su lado —replicó Mortero—.
Yo cojo todos los días madera y hierro para remendar las guitarras,
y hacer obra nueva. Si no fuera esto, no tendría materiales para la
juguetería... Hago caballitos, nacimientos, peonzas, aros, ballestas
y mil diversiones para los niños... Lo que servía para atormentar se
lo llevaron hace poco a la cárcel de la Corona en la calle de la
Cabeza... lo pidieron las comisiones de Estado... Lo que ahí queda,
entre los ratones y yo lo acabaremos.
Después del temor que yo había experimentado, sufrió mi alma una
transición notoria: un vivo sentimiento de lo cómico se apoderó mí.
Produjo estos efectos la disparidad que resultaba entre el terrible
tribunal como la mente lo concebía, y la grotesca realidad de sus
calabozos; pero lo que principalmente había enfriado de súbito mi
terrorífica excitación, era la voz, el gesto, la figura del miserable
viejecillo, cuya persona en aquellas oscuridades inofensivas se
asociaba al siniestro _exurge domine_. Era aquello como el despertar
en sainete después de haber soñado tragedias. Como alta torre que se
desploma, así cayó ante mis ojos el tremendo aparato fantástico de la
Inquisición de Corte, y roto el negro capuchón, aparecía desnudo el vil
mamarracho, cuya grotesca risa más inspiraba desprecio que horror.
—Pero ¿usted quién es? ¿Qué hace usted aquí? —pregunté a Mortero sin
poder refrenar mi curiosidad.
—Yo barro las salas bajas —respondió—, limpio el patio, hago recadillos
a los señores, les arreglo el calzado, subo agua, voy por una onza de
rapé, saco a paseo los niños del conserje, y remiendo y compongo los
sillones, las cajas, las mesas y la estantería del archivo.
Mirándole y recordando al fin su historia, no pude menos de echarme a
reír. Era un antiguo chalán del Rastro, contrabandista y capitán de
matuteros, gran maestro de los tomadores del dos y hombre de empuje
para toda empresa difícil.[3] Puestas a un lado las armas, cuando
con la edad se acabaron a nuestro héroe las fuerzas, se dedicó al
comercio de las _Américas_, o sea el tráfico del _Nuevo Mundo_; que
estos nombres tienen hacia el sur de Madrid las industrias de compra
y venta establecidas en la Ribera de Curtidores. A Mano de Mortero no
le favoreció mala suerte. Parece que la justicia dio en creer que el
almacén de aquel varón insigne se abastecía del hurto, teniendo por
principales acopiadores a todos los ladrones de la corte.
[3] Véase _Napoleón en Chamartín._ 1.ª serie, tomo 5.º
¡Infame y vil calumnia! Víctima de ella, el pobrecito Mano de Mortero
hubiera sido indignamente perseguido sin la caritativa intervención
de los padres de la Merced que le tenían particular afecto; y no solo
le libraron estos de las execrables garras de la justicia, sino que
lograron colocarle en un puesto humilde, pero honroso, dependiente
de la conserjería de la Inquisición de Corte. El sueldo era casi una
limosna; pero Mortero era Mortero y se las ingeniaba en aquellas
profundidades. Llevó toda su hacienda al lóbrego departamento que
le destinaron, y no le faltaban industrias que ejercer. ¡Extrañas
anomalías del siglo! La casa de la Inquisición ofrecía un refugio al
inválido de la matutería, al insigne Aquiles retirado de las epopeyas
del contrabando, al atleta de las luchas con la autoridad civil.
Cuando le hacían notar esta coincidencia singular y el amparo que
recibía en su vejez, decía sonriendo:
—Buenos barriles de vino les he regalado en mis tiempos. No volvía
nunca a Madrid de mis viajes sin traerles la sarta de chorizos, la
pieza de cotonía inglesa, el jamón de Portugal, o las docenas de
pañuelos del Bearne...
La Inquisición no era muy escrupulosa en aquellos tiempos para elegir
el bajo personal que le servía. Todo el mundo sabe que cuando la de
Murcia se encargó de los presos políticos después de fracasada la
intentona de Torrijos en 1817, tenía por carcelero a _un gitano_.
Fácil fue a los conspiradores que no habían sido puestos a la sombra,
salvar de la prisión a sus compañeros. La respetable persona que les
guardaba hizo lo que puede suponerse. El historiador que se ocupa del
gitano, dice que en Madrid _no estaba la Inquisición mejor servida que
en Murcia_; pero no nombra al insigne Mano de Mortero, sin duda porque
este gitano era más oscuro y subterráneo que el de Murcia. Lo que sí
dice, es que _ciertos conspiradores habían encontrado medio de penetrar
en la Inquisición desde una casa cercana_, a la cual, por el mismo
camino, vamos a pasar ahora Monsalud, yo y mis lectores, si quieren por
entre estas tinieblas seguirme.
Pronto dejamos las bóvedas de la Inquisición, subimos otra escalera,
pasamos a un patiecillo, donde, despidiéndonos cordialmente, nos
abandonó el señor Mano. Salvador llamó a la puerta que allí se veía, y
abierta por un hombre de aspecto común, nos encontramos en una casa, en
una verdadera casa, como todas las que habitamos los hombres.
Mentira me parecía verme ya fuera de la región de oscuridad y miedo.
—Aquí se respira, aquí se vive— dije a Salvador.
Atravesadas varias piezas, llegamos a una en que había varios estantes
con libros, mapas, planos, esferas geográficas y otros objetos que
convidaban al estudio.
—¿Pero estamos en una academia? —pregunté—. Hemos pasado de la
Inquisición a los libros... ¡Cuán cerca están el gato y el ratón!
—¿No ha venido nadie? —preguntó mi amigo al hombre que nos guiaba.
—Sí, señor —repuso este—. Allá están los señores López Pinto, Infante,
Seudoquis y media docena de paisanos.
—¿Pero en dónde estamos? —pregunté con viva curiosidad, cuando nos
dirigíamos al sitio que el portero, criado o lo que fuese, designó
simplemente con la palabra _allá_.
—¿No has oído decir que Su Majestad nombró en 1814 una comisión de
oficiales del ejército, para que escribiese la _Historia de la guerra
de la Independencia_?
—Sí. Dicen que la obra está atrasadilla.
—¿No sabes que se dio a la comisión un edificio de mostrencos para
que en él se reuniese, y con todo recogimiento y comodidad pudiera
dedicarse a sus trabajos?
—Sí; en la calle de la Flor Baja.
—Pues en esa calle y en el edificio de la comisión estamos. Solo que
los señores oficiales...
—En vez de dedicarse a escribir se dedican a conspirar. También lo
había oído decir. Pero hace poco, ¿no se disolvió la comisión?
—Sí; pero ellos conservan las llaves del edificio y se reúnen aquí
algunas veces. Has de saber que esto no es logia masónica; es una junta
de patriotas. La iniciación es sencillísima, y basta ser presentado por
cualquiera de nosotros.
—Pero esta reunión... ¿cómo la tolera el gobierno?
Monsalud alzó los hombros.
—Yo creo que tiene noticia de ella; pero el gobierno está también
minado, como está minada hasta la misma Inquisición.
—Por cierto que no acabo de explicarme...
—A poco de frecuentar esta casa, descubrieron algunos que, haciendo una
pequeña obra, se podía pasar fácilmente por los sótanos del edificio
al cercano de la Inquisición. El arquitecto de estas viejísimas casas
previó la confusión que había de venir con los tiempos nuevos, y el
trabajo socavador de las ideas que por todas partes se meten y toda
histórica muralla horadan. Logramos seducir primero a dos o tres
empleaduchos del tribunal, y, por último, al conserje mismo. Hasta se
me figura que algún inquisidor debe de tener noticia de que solemos
pasar allá y revolverles un poco el archivo; pero no se atreve a decir
nada, porque nos tienen miedo.
—¡Miedo los inquisidores!
—O simpatía... también puede ser. La Inquisición es hoy una cosa que se
aburre, un instituto infinitamente fastidiado de sí mismo. Sus procesos
son un bostezo. Si en los tribunales de provincia se conserva bastante
rigor (testigo de ello mi madre), el de Corte es una decrepitud lela,
un aburrimiento, como te he dicho, que anuncia la paralización del
sepulcro. Nos burlamos de este perplejo estafermo, que se duerme con
el azote en la mano. El tunante Mortero, convirtiendo en juguetes
para la industria los instrumentos de suplicio, te dirá más que todos
los razonamientos. Por cierto que no se ve tipo más truhanesco que
este antiguo chalán del Rastro, a quien la Inquisición ha dado asilo
en su casa. Una noche estaba yo en la habitación de él admirando sus
industrias y oyéndole contar graciosas historias, cuando vi entrar
a doña Fe. Mientras nosotros ganábamos al buen gitano, este había
explorado la vecindad y héchose amigo de tu sirvienta. Los dos se
entendían admirablemente. En prueba de ello, busca bien en tu casa y
encontrarás no pocos platos de menos.
—Ya lo he notado.
—Comprenderás que sentí curiosidad y deseos de entrar en tu casa, y
que, dado el carácter de doña Fe, no me fue difícil conseguirlo.
—Tú mismo me dejaste el papel... ¡Si supieras qué rato me hiciste
pasar...!
—Esta noche entré como has visto, y por los motivos que ya sabes. Vine
aquí después del lance ocurrido en mi casa, y hallándome en esta misma
sala, lleno de confusión, perplejidad y amargas dudas, resolví hacerte
una visita. Ya ves cuán fácil y natural explicación tiene lo que a ti
te ha parecido efecto de masónicos conjuros. No tengas por masones a
doña Fe y al criado que ella misma te propuso; tenlos por dos grandes
tunantes; échalos a la calle y cuida mejor las puertas de tu casa.
—¡Vive Dios, que has hablado como un libro! Ahora dime qué vamos a
hacer aquí, y con qué clase de gente tenemos que habérnoslas.
—Ya te he dicho que esto es una reunión de patriotas pura y simple, no
una logia masónica. No esperes nada simbólico ni terrorífico. Eso lo
hay en otras partes; pero la revolución es tan urgente y tiene tanta
prisa, que ha dejado a un lado los floretes para tomar las espadas.
—Pues adelante; entremos.