XV

—¿Duermen todos en la casa? —me dijo Monsalud cuando el reloj de _cucú_

que exornaba mi sala dio las diez.

—Sí; mas para salir nosotros, poco importa que duerman o no...

mayormente, señor brujo, cuando ahora vamos a escaparnos por una

grieta misteriosa abierta en la pared o por el cañón de la chimenea de

la cocina. Vamos, haz la invocación y vendrá un señor gentilhombre del

Tártaro a abrirnos paso.

—Tú puedes hacer la invocación —dijo Salvador poniéndose la capa.

—¿De qué modo?... ¿Llamo al demonio?

—O a doña Fe, que es lo mismo.

—¡Doña Fe! ¡Señora doña Fe!

Mis gritos se perdían en las soledades de la casa sin hallar respuesta;

pero al fin un eco de ellos pudo llegar a las orejas de la dueña.

Y en verdad fue como si el mismo Lucifer apareciera justificando la

broma de nuestra demoniaca evocación y brujería, porque había que ver

la fealdad de mi doméstica, soñolienta y amarilla la faz, cerrado un

ojo mientras revolvía el otro en todas direcciones, cual si ambos se

concertaran para turnar en sus funciones, acordando que durmiera el uno

mientras el otro veía. Sin ser vieja, doña Fe tenía en su desagradable

semblante una especie de decrepitud sin respetabilidad, mientras el

peinado, con pretensiones de elegancia, y la escofieta picuda, la

hacían bastante ridícula. Dando al viento la destemplada y bronca voz,

dijo al llegar a mi presencia:

—De morir tenemos.

—Ya lo sabemos, señora —respondí con ira—; ya lo sabemos. ¡Maldita sea

usted y toda su casta! Ya he descubierto que está usted engañando a

su amo, que abre usted la puerta de mi casa a hombres desconocidos...

porque si ahora ha querido Dios que introdujera usted a un amigo, otra

vez podrán ser asesinos y ladrones... Señora doña Fe, mañana mismo se

pone usted en la calle.

—Todo sea por Dios —dijo la dueña con calma imperturbable—. El padre

Beraza me dijo que, haciendo lo que he hecho, servía a Dios.

—Ya, ya ajustaremos cuentas. Respóndame usted: ¿duerme el señor de

Baraona?

—Sí, señor.

—¿Y la señora doña Jenara?

—También parece que duerme.

—Bueno: retírese usted.

—No, que va a ir delante de nosotros.

—¿A dónde?

—A enseñarnos el camino y abrirnos la puerta.

Doña Fe salió de mi cuarto, y tras ella Monsalud, y tras Monsalud yo,

sin comprender a dónde íbamos, viajero errante y extraviado dentro de

mi propia casa.

Atravesámosla toda hasta llegar a un sitio próximo a la cocina, donde

estaba la puerta de una escalera que bajaba al patio colindante

con el jardín de la casa inmediata. Como aquella salida no tenía

comunicación directa con la calle, habíala yo condenado al entrar en

la casa, clavándola fuertemente. Sorprendiome mucho verla desclavada

y practicable, y juré en mi interior tomar al siguiente día venganza

pronta y ejemplar de doña Fe. Por entonces no dije nada; y cuando

Salvador mandó a la dueña que abriese, y esta obedeció, salimos y

bajamos los tres.

—¿Para qué necesitamos ahora a esta infame bruja? —pregunté a Salvador.

—Ya verás —replicó Monsalud.

Llegamos al patio lóbrego, destartalado y profundo, cuyas humedades e

inmundicias criaban en distintos sitios algunas hierbas raquíticas y

arbustos tristes. Uno de sus cuatro lados era una tapia que limitaba el

jardín inmediato, cuyos elevados árboles secos traspasaban el espacio

de sus dominios para invadir los míos, y alguno de aquellos alargaba

sus dedos flacos, desnudos y ateridos hasta tocar los cristales de mi

comedor. En los otros lados había varias ventanuchas y puertecillas,

tapiadas todas menos una, que se decoraba con media docena de cristales

rotos y una cerradura mohosa. Doña Fe golpeó con su mano en uno de los

cristales; viose al través de ellos una luz, y al poco rato se abrió

la puerta del modo más natural posible, sin que precedieran al acto ni

fétido olor de azufre ni aullidos de demonios bufones.

La comunicación abierta dio paso a un anciano robusto, guapo y

sonrosado, cuya alegre fisonomía no me era en verdad desconocida. Al

vernos se sonrió con la franqueza propia de los tunantes hechos a la

farsa y engaños de la vida; rascose una oreja, dejando caer sobre la

sien contraria el sombrero anticuado y mugriento con que cubría su

hermosa cabeza cana, y después nos hizo un saludo tan cortesano y fino

como el de un diplomático.

—Sean bien venidos Sus Mercedes.

—Señor Mano de Mortero —dijo Doña Fe, mostrando un cazuelo de comida

que en la mano traía—. Ahí tiene usted lo de hoy.

—Venga acá —repuso el gallardo y festivo viejo, dando un paso fuera

de la puerta—; venga esa bendición de Dios. Pero ¿qué hacen estos

caballeros que no pasan adelante?

Franqueamos el estrecho umbral; desapareció doña Fe, perdiéndose

en la oscuridad del patio; cerrose la puerta, y nos hallamos en

una ancha habitación de techo abovedado, cuyo aspecto, sin tener

nada de sobrenatural, ni de infernal, ni aun de extraordinario, me

dejó suspenso y estupefacto. Los cuatro testeros de la tal pieza

apenas tenían superficie para tanto trebejo roto y sucio, para

tanto cachivache como en ellos había acumulado una mano diligente y

allegadora. Prescindiendo de los muebles de uso diario, parecía una

prendería del peor género: había sillas de montar, enteras unas,

despedazadas otras; cajas de violín, frenos y herrajes de caballerías,

artesas rotas, copas de cobre que llevaron lumbre y ahora llevaban

polvo; armarios que fueron sepulcro de ejecutorias y eran ya depósito

de clavos, hebillas, tenedores, pesas de reloj, garfios, badilas,

espuelas, llaves, tinteros de cuerno, tacones de palo, asadores,

cucharas, lancetas, tabaqueras, tenacillas, peines, dedales, piedras de

chispa y otras mil y mil baratijas de diferentes edades y sexos, que

habían servido para diversos usos de la vida.

Aquí y allí, colgadas unas, en pie otras, puestas de costado o

boca abajo, se veían multitud de imágenes. Dolorosas con el pecho

traspasado, Josés con vara, Migueles con demonio, Santiagos a caballo,

Roques con perro, Antones con cerdo, Pedros con llaves y Lorenzos

con parrillas; toda la corte celestial, en suma. Pero entre tanta

arrinconada santidad, solo una Virgen del Rosario tenía los honores del

culto. Puesta en una especie de altarejo muy singular, adornado con no

sé qué estrambóticos fragmentos (entre ellos las roscas de una trompa

y la placa dorada de un morrión de la guardia), tenía delante algunas

flores de trapo y a los lados algún resto mocoso de velas de cera.

Vi en el ángulo oscuro una cama de no mal aspecto. También había

diversas suertes de armas, tales como espadas, las más sin punta,

sables, algún coselete que debía de tener memoria de Roldán, y además

pistolas que habían conocido el fuego, pero que no tenían más que la

intención, un mosquete, y la más variada colección de trabucos que

he visto en mi vida. Entre los muchos objetos pacíficos que en los

rincones y paredes distinguí, tales como velones, candeleros, platos de

metal, braserillos y loza de china, creí reconocer alguna pieza de mi

pertenencia que había desaparecido de mi casa, sin que nadie pudiese

averiguar quién cargara con ella; pero me callé y seguí observando.

Lo que más llamó mi atención fue una especie de banco de taller, donde

había multitud de figurillas, al parecer juguetes de niños; caballitos,

títeres que movían brazos y piernas con articulaciones de alambre;

panderetas, nacimientos, instrumentos rústicos, dominguillos, peonzas

y otras zarandajas, muchas de las cuales estaban por concluir o a media

pintura, entre tarros de almagre y toscas herramientas.

Ocupaba el centro de la habitación una mesilla de zapatero, y junto

a ella un asiento agujereado, del cual parecía acabar de levantarse

el Mano de Mortero, y veíanse a un lado y otro suelas y tacones, con

multitud de gruesos zapatos negros y chinelas juanetudas; pero nada de

obra nueva.

—¿Qué tal? ¿Se trabaja mucho? —preguntó Monsalud al anciano, que, sin

dejar la lámpara de la mano, se disponía a ser nuestro guía.

—Estoy echándole medias suelas al señor Definidor —repuso con desdén—;

poca cosa, señor. Si no fuera por lo que cae...

Diciendo esto, dirigió una mirada orgullosa y magistral a los

innumerables chirimbolos que en toda la redondez del cuarto se veían.

Los miró como mira un general su ejército.

—¿El señor es el amo de doña Fe? —dijo después, mirándome con

impertinencia—. ¡Ah! ¡Doña Fe!... ¡Excelente señora!... ¿No se le

ofrece a usted alguna cosilla? También hago juguetes. Si tiene usted

niños...

—Veo que guarda usted una buena colección de... preciosidades.

—Yo... recojo todo lo que encuentro.

Con sus manos en la cintura, y el sombrero sobre la ceja, ofrecía la

más rufianesca y cómica apariencia que puede imaginarse. Yo conocía

a aquel hombre; pero la perplejidad en que me encontraba era gran

estorbo para mi memoria.

—¿Quieren ustedes pasar allá? Pues vamos —dijo Mortero tomando su

linterna.

Cuando esto decía, habíamos salido Monsalud y yo; y nos internábamos

por un largo callejón oscuro, que no tenía nada de agradable como

paseo. Iba el viejo despacio, por no permitirle sus piernas mayor

actividad, y Salvador y yo teníamos tiempo para recrearnos en las

contorsiones y horribles gestos que hacían nuestras sombras bailando

en la pared a medida que avanzábamos. Según los movimientos de la

linterna de Mortero, corrían aquellas, anticipándose a nosotros: desde

lejos nos miraban, aguardando a que pasáramos para unírsenos de nuevo;

otras veces se quedaban atrás, y luego en tropel corrían jugando para

tomarnos la delantera.

Llegamos a una puerta, que empujó el anciano, y yo creí que por ella

salíamos al aire libre. Pero mi sorpresa y mi pesadumbre fueron grandes

cuando vi que, en vez del libre espacio, se extendían ante mí negras

bóvedas de ladrillo; cuando en lugar de subir, bajamos una escalerilla

que si no conducía al infierno, llevaba cuando menos a las antesalas de

este.

—Pero ¿a dónde vamos? —pregunté bastante inquieto—. ¿No hemos bajado

bastante todavía? ¿Esto es el Tártaro, o qué es?

—Chitón —dijo Monsalud sonriendo y poniéndose el dedo en los labios.

La escalera no era muy larga; pero tan estrecha que sin cesar me iba

aporreando la cabeza contra la bóveda de ella, haciendo de camino gran

acopio de telarañas.

—Estamos en plena novela, amigo Salvador —dije librando mi rostro de

aquellos cendales—. ¿Qué demonios es esto? ¿Está tu logia en el centro

de la tierra?

Salvador, sonriendo de nuevo, repitió:

—¡Chitón!

Habíamos entrado en un vasto recinto abovedado, que se extendía

considerablemente, sin que la vista alcanzase a divisar el fin,

dividido por arcos de ladrillo desnudo. A un lado y otro, la escasa luz

de la linterna permitía distinguir multitud de objetos cuya forma no

se apreciaba claramente. Más que el objeto mismo, veíase la sombra de

ellos; disformes masas que se abrazaban unas a otras, o se repelían,

formando un conjunto semejante al de un gran montón de ruinas en la

penumbra de una noche de luna.

Salvador se detuvo y, poniéndose ante mí, me dijo:

—Bragas, estamos en los calabozos de la Inquisición.

La segunda casaca · 第 18 / 33 题