Pasamos a una pieza grande, mejor amueblada que alumbrada, en la cual
había hasta diez personas. Algunas de ellas revelaban claramente su
profesión militar, aunque no tenían uniforme. Hablaban en alta voz con
gran algazara. Cuando Monsalud me presentó a ellos, diciendo mi nombre
y apellido con la añadidura de los cargos que había desempeñado,
callaron todos, y no se oyó más que un murmullo. Creeríase que mi
nombre había caído en la reunión como un jarro de agua en brasero
encendido.
Pero el que llamaban Seudoquis, que parecía tener cierta superioridad
sobre los demás, se dignó hablarme con benevolencia.
—Las adhesiones de personas importantes que cada día recibimos —dijo
con petulancia— prueban que el absolutismo se desmorona.
—Hemos llegado a un punto —repuse— en que es indispensable tratar de
una revolución en el gobierno. Yo no valgo nada. Usted me favorece
demasiado... Doy a usted las gracias...
Y luego para mi capote añadí:
«¡Cuatro tiros te daría yo de buena gana, tunante!»
—Eso lo reconocen todos los hombres de talento —dijo otro de los
presentes.
—Yo mismo lo vengo sosteniendo —indiqué—. Público es y notorio que he
aconsejado a Su Majestad... Pero a ese pobre señor... a ese pobre señor
le han puesto una venda en los ojos y es muy difícil arrancársela. La
corte debiera comprender su interés y transigir con ustedes.
Y para mis adentros añadí:
«¡Qué bien os vendría un par de carreras de baqueta a cada uno!»
—La cosa ha llegado a tal extremo —dijo el que nombraban López Pinto—
que ya son contados los personajes importantes que no están dispuestos
a ayudar a la revolución... Pero vamos a lo positivo y ocupémonos de lo
que nos ha reunido aquí. ¿Cómo es la gracia de ese señor?
Yo di mi nombre, y lo apuntaron.
—¿Quién responde del señor Pipaón?
—Yo respondo —dijo Monsalud—. Pero siguiendo la costumbre, se extenderá
un acta y él la firmará.
Maldita la gracia que me hacía poner mi nombre y rúbrica al pie de un
compromiso revolucionario; pero me acordé de las amonestaciones de don
Antonio Ugarte, y eché mano a la pluma. En el documento constaba que,
admitido yo a la reunión y hecho partícipe del objeto y plan de ella,
me comprometía a cooperar en la obra revolucionaria. Firmaban cuatro
además del presentado y del presentador, y aquella hoja se unía al
cartapacio que uno de los militares llevaba siempre consigo.
Encabezaba el cuaderno una declaración importantísima, punto capital
del programa revolucionario, y era que aquellos señores y yo desde
tal momento, prometíamos hacer todos los esfuerzos imaginables para
derrocar el absolutismo y restablecer la Constitución de Cádiz.
«Antes os derrocaría yo la cabeza», dije para mí mientras firmaba,
decorando mi faz con una sonrisilla.
Con tan breve fórmula quedé armado caballero de la caballería
demagógica, sin más petada ni espaldarazo. Esta sencillez patriarcal no
dejó de llamarme la atención. Seudoquis me dijo:
—No todos los personajes importantes que se abrazan a la revolución
tienen el valor de venir aquí. Muchos hay que trabajan desde sus casas,
en el mismo Palacio y en los ministerios. Parece seguro —añadió,
bajando la voz— que el señor Lozano de Torres es nuestro.
—Esta mañana le vi —dije yo—, y no sé por qué me pareció un poco
inflamado de ardor revolucionario.
—Es indudable que esta noche deja de ser ministro.
Empezó a entrar gente, y bien pronto la sala estuvo tan llena, que
hacía allí un calor sofocante. La animada conversación, las preguntas
de fuego sostenían también una elevada temperatura moral. Sorprendíanse
algunos de verme allí, y por mi parte no volvía de mi asombro al ver
en tal sitio a ciertas personas. Aquello tenía todo el aspecto de un
club, y no parecía que nos reuníamos para tratar una cuestión concreta,
sino que nos congregaba el deseo de desahogar por la vía oratoria las
pasiones políticas. Eran oídos los que más gritaban, y en ciertos
momentos todos hablaban a la vez, resultando que ninguno podía ser
escuchado. Yo había resuelto hacerme notar desde el primer momento, y
como repetidas veces me manifestaran deseos de que dijese alguna cosa,
me subí sobre un banco, y con gesto académico y cara sentimental, me
expresé de este modo:
—«Señores: Voy a hablaros con toda la franqueza propia de mi
carácter... porque yo llevo siempre el corazón en los labios; yo no
conozco el disimulo; soy un hombre que hasta en sus defectos (pues
tengo muchos, dicho sea sin modestia) lleva el sello de la más pura
lealtad. Señores: faltaría a esa misma lealtad de que blasono si yo
viniera aquí ahora haciéndome pasar por liberal de toda mi vida,
cantando himnos a la Constitución y apostrofando al absolutismo. Si eso
se me exigiera, por la misma puerta por donde he entrado me marcharía,
con el corazón lleno de amargura, pero con la conciencia tranquila.
(_Bien, bien._)
»No; yo no puedo presentarme aquí alardeando de servicios prestados a
la causa constitucional, ni afectando un entusiasmo tardío. Quédese eso
en buen hora para los que se vuelven siempre al sol que más calienta,
para los que adoran el triunfo, cualquiera que este sea. Yo diré
más, señores: yo levantaré ante vosotros, hombres honrados y leales,
mi cabeza humilde, pero honrada también, y diré: «Señores, he sido
absolutista; he servido al gobierno absoluto; he merecido la amistad de
mi soberano, a quien desde aquí respetuosamente saludo.» Diré más aún;
diré: «Yo he trabajado contra la revolución; he procurado atajarla por
cuantos medios estaban a mi alcance.» Pues bien, señores: esta franca
declaración mía, ¿no es una garantía de mis intenciones? ¿No prueba que
no soy un aventurero? ¿No indica claramente que traigo aquí ideas de
rectitud, de buen proceder, y, sobre todo, del más puro patriotismo y
lealtad? (_Sí, sí._)
»Pero los que me escuchan dirán: «¿Cómo este hombre, que ha servido
al absolutismo, viene a servirnos ahora, a nosotros?» Se hablará de
defección, de inconsecuencia, de falta de lógica. No, señores, no, y
mil veces no. Yo he visto el abismo a que es rápidamente conducida
la nación por hombres perversos; yo veo los graves, los hondos, los
inmensos males de la patria; veo a la corte desbocada, digámoslo así,
por un despeñadero; la veo tocando ya al término de la perdición, de
la ruina. Hago esfuerzos para salvarla, y no puedo; quiero detenerla,
y me atropella; le grito, y no oye. ¿Qué hacer, señores, qué hacer?
¿Cruzarme de brazos y contemplar con fría imperturbabilidad el desdoro
y la destrucción de mi patria? ¿Encerrarme en mi egoísmo, no ver más
que mi propia persona y dejar que la revolución y el absolutismo se
despedacen en feroz encuentro? ¡Oh!, no, señores, y mil veces no. Los
que tenemos un corazón que nace al dulce nombre de patria; los que
hacemos nuestras las alegrías y las penas de la tierra en que hemos
nacido, no podemos proceder de esa manera. Una voz dolorida suena en
nuestro cerebro, y el corazón palpita al representarse las angustias
de la patria agonizante. ¡Bendita seas una y mil veces, oh patria
generosa, bella y desdichada! ¡Bendita seas, y malditos los que no
estén prontos a derramar por ti la última gota de su sangre!» (_Emoción
general._)
Tuve que detenerme, porque yo también me conmovía y la voz se ahogaba
en mi garganta.
—«Perdonadme, señores —continué, reponiéndome y pasando el pañuelo por
mis ojos—; perdonadme si mis palabras desdicen de la gravedad de este
lugar, si me dejo llevar de sentimientos... porque sin quererlo...
casi me he puesto en ridículo. (_No, no; que siga._) No puedo tratar de
ciertos asuntos sin mostrar toda la sensibilidad de mi corazón... Pues
decía, señores, que un hombre honrado no puede permanecer tranquilo en
presencia de los males gravísimos que todos conocemos. Yo, como otros
muchos, he fijado los ojos en la idea que bullía en estos lugares
secretos. Por lo mismo que la combatí, reconozco su poder; ¿a qué
negarlo? Nadie se atreverá a sostener que la idea liberal es mala en
sí; nadie, nadie. Yo mismo, que la he combatido, he dicho, fijaos
bien, señores; he dicho que la idea liberal y aun la Constitución
del 12 podían ser de provecho en determinado día... Pues ¿quién duda
eso? Estableciose el absolutismo cuando era natural y lógico que se
estableciera, porque la desorganización nacional, consecuencia lógica
de la guerra, exigía una unidad poderosa que amalgamara los elementos
dispersos. Pero el absolutismo, entiéndase bien esta idea, que yo
he sostenido siempre, no podía considerarse sino como transitorio,
como una obra de las circunstancias. Bien claro lo dice el manifiesto
del 4 de mayo de 1814. Pues bien: así como fue natural y lógico
establecer el absolutismo, entiéndase bien, señores, ahora es lógico y
naturalísimo que el absolutismo cese... No; España no puede continuar
por más tiempo siendo una excepción en Europa. No solo Luis XVIII, sino
también Alejandro, el autócrata ruso, han aconsejado a nuestro rey la
adopción de una Carta constitucional. Esto es lo lógico; los tiempos
lo reclaman, el país lo pide a grito herido; porque el país, señores,
tiene mejor que nadie el instinto de su conveniencia; y así como
aplaudió hace cinco años el absolutismo, aplaudirá después el gobierno
liberal, sabiamente establecido. Y ahora pregunto yo: en estas ideas
que he vertido, y que son norma de mi conducta, ¿hay defección, hay
inconsecuencia, hay falta de formalidad? (_No, no._)
»Repito que yo no vengo aquí a proclamarme revolucionario rabioso.
No soy ni siquiera revolucionario. Mi sistema político se funda en
un orden perfecto, en una concordia preciosa. Gobierno prudente y
liberal; reformas sabias; respeto a Su Majestad; orden, mucho orden.
Si se trata de escándalos, de disturbios sangrientos, me marcharé por
donde he venido, iré a llorar en la soledad de mi retiro los males
de la patria, y los errores y la ceguera de mis conciudadanos. (_Muy
bien._) No me pidan manifestaciones calurosas. Trabajaré por el cambio
de gobierno. Trabajaré con ardor y celo, pero sin demostrar esa vana
oficiosidad de los que se unen a las revoluciones para desacreditarlas,
mientras sacan provecho de ellas. Yo no quiero provecho; yo quiero ser
el primero en el trabajo y el último en la recompensa. Quiero ser el
último, señores; quiero permanecer en la oscuridad el día del triunfo.
El que no se acuerde de mí en dicho día, me hará el mejor servicio que
puedo apetecer. Ruego a todos los presentes que no vean en mí más que
un hombre oscuro, que podrá equivocarse, que se ha equivocado tal
vez, pero que jamás ha fingido sentimientos ni ideas que no sintiera.
Con la misma lealtad y franqueza con que expuse antes mis servicios
al absolutismo, declaro ahora que creo en el triunfo de las ideas
liberales. Yo no engaño, yo no finjo, yo no hago papeles diversos; yo
no tengo entusiasmos hoy, frialdades mañana y veleidad y novelería
siempre; en una palabra, yo no sirvo a partidos, ni a pandillas, ni
a poderes, ni a reyes, sino a la madre que reverencio y adoro, a la
patria idolatrada, objeto de todas mis ansias, de todos mis desvelos,
de todos mis amores. Fijos los ojos en la patria, exclamo: _Joven
libertad, yo te saludo_. He dicho.»
Concluí mi discurso entre señales de aprobación tan manifiestas y
calurosas, que, a pesar de estar yo en el secreto, como autor de la
pieza oratoria que acababa de leerse, no pude menos de admirarme a mí
mismo. Mi discurso, dicho sea sin modestia, era un modelo en ese género
resbaladizo, flexible y acomodaticio, que sirve, mediante hábiles
perfidias de lógica y de estilo, para defender todas las ideas y pasar
de uno a otro campo. Era un modelo en lo que podemos llamar el género
de la transición. Yo descubría maravillosas facultades para la política.
Los buenos revolucionarios, al aplaudirme y admirarme irreflexivamente
sin indagar mi historia, no hacían más que cumplir las condiciones
inevitables de su carácter, que eran candor y generosidad. La mayor
parte de ellos tenían una buena fe excesiva, y abrían los brazos a
todo el mundo, viniera de donde viniese. Dejábanse cautivar por los
discursos amañados y retumbantes, sin reparar de qué boca salían,
dándose el caso aquella noche de que a un hombre como yo le festejaran,
considerándole como una esperanza de la joven libertad.
Otros hablaron después que yo; pero no se oyeron más que discursos
violentos, sin aquella mesura y espíritu práctico, sin aquel justo
medio, y aquel pulso que resplandecían en el mío. Yo hablé como hombre
de gobierno; ellos como agitadores desalmados. Yo hablé desde un
terreno en que fácilmente se podía volver la vista al absolutismo y al
constitucionalismo, vistiendo al uno con los trajes del otro, según
conviniera; ellos quemaban sus atrevidas naves, declarándose jacobinos.
¡Diferencia notable! El porvenir era mío. Ellos morirían despedazados
por sí propios.
Últimamente, la reunión se dividió en grupos, y hablaban todos a un
tiempo. Yo advertí que Monsalud, Seudoquis y otros habían desaparecido
después de mi presentación, sin oír mi discurso, y curioso por saber
dónde se escondían, lo pregunté a un señor excolector de Espolios que
conmigo charlaba.
—Están en la sala inmediata —me dijo—. Esas cabezas de la conspiración
deliberan secretamente. Para pasar allí es preciso haber trabajado
mucho y servido bien a la causa. Creo que esta noche hay noticias
importantes: ya nos las dirán. Se dice que va a salir al momento un
comisionado para Andalucía.
Uno que parecía militar de elevada graduación se acercó y nos dijo:
—Se asegura que esta noche misma vendrá aquí por primera vez a
inscribirse y a comprometerse don Juan Esteban Lozano de Torres.
—¡Hombre!... ¡Tan pronto!... —exclamé yo.
—Señor de Pipaón, aprendamos a ver claro y a no juzgar a las personas
por lo que aparentan. Yo mismo he visto a Lozano en la logia masónica
de la calle de las Tres Cruces.
—La verdadera masonería dicen que no es revolucionaria.
—Hay de todo; por ahí se empieza.
—No; no es que yo ponga mi mano en el fuego por la pureza
antirrevolucionaria de don Juan Esteban —dije—. Él, como todos
nosotros, habrá comprendido que es imposible sostener el absolutismo...
Quien no se dejará bautizar fácilmente con estas aguas, amigo, es el
señor marqués de M***, a quien se indica para sucesor de Lozano.
—También lo creo así. El marqués de M*** no será de los nuestros hasta
que triunfemos. Su anticonstitucionalismo consiste en que no cree en la
posibilidad de la caída. Allá veremos. Me temo que si entra ese señor
en el ministerio, sea esta la última noche en que nos reunamos aquí.
—Es posible.
—Pero no faltará un agujero. Madrid es muy grande, y la policía, en
su previsión incomparable, no deja de simpatizar con las sociedades
secretas. Felizmente ahora se han reunido fondos...
—La cosa —dijo el militar, dando a esta palabra (cosa) el sentido
revolucionario que siempre tiene en vísperas de trastornos— vendrá esta
vez de Andalucía.
—Sí; esta noche misma sale un comisionado para allá. El ejército de la
Isla y las tropas que con motivo de la fiebre están acantonadas en las
Cabezas de San Juan, serán las que nos saquen de penas.
—Conozco a algunos jefes —indiqué.
—Y yo a todos —dijo el militar.
—¿A Rafael del Riego?...
—De ese no puede esperarse gran cosa. Es un hombre que por milagro de
Dios sabe leer y escribir.
—Mucho corazón.
—Regular nada más. En lengua sí le ganan poco. Es de los que más hablan
y de los que menos hacen.
De improviso entró en la reunión un hombre a quien yo había visto mucho
en Palacio, y que aun en aquella época privaba mucho con Ramírez de
Arellano y Villar Frontín.
—Señores —gritó con voz estentórea—, el marqués de M*** es ministro de
Gracia y Justicia.
—¡Viva Lozano de Torres! —exclamó uno de los presentes.
—Su Excelencia ha salido desterrado para el castillo de San Antón, de
La Coruña.
—No podía faltar el paseíto —dijo el excolector.
—Ahora mucho cuidado. El señor don Buenaventura nos enviará aquí sus
perros. Ya no tendremos un jefe de policía que ampare la reunión.
La conversación se animó. Hubo amenazas, promesas, votos, juramentos
y proyectos. Yo me mantenía siempre en una actitud de dignidad y
reserva, como hombre amante del justo medio y enemigo de escándalos. Se
respiraba allí una atmósfera de pasión que no era la más a propósito
para mí, y empecé a sentir hastío. Sin embargo de esto, hice aquella
noche algunas amistades. ¡Cuántos hombres conocidos encontré allí,
y con cuántos desconocidos trabé relaciones! Había gran número de
personas muy notorias por su probidad, por su honrada vida en el
comercio y en la industria; había altos empleados que sirvieron o
servían aún con buena nota; liberales exaltados que llevaban en sus
manos la señal de las esposas del presidio, revolucionarios frenéticos
y templados, hombres de ideas nobles y hombres de acción ruda, personas
sencillas las unas, inteligentes y astutas las otras, la violencia y
la persuasión, la sencillez y la anarquía. Para que nada faltase, vi
algunos que se habían distinguido en los seis años por su absolutismo
furibundo. El pan que iba a salir de aquel amasijo, solo Dios lo sabía.
Al fin aparecieron los que se ocultaron al principio de la sesión, y
Seudoquis dijo:
—Señores, es preciso que nos retiremos. La entrada del marqués de
M*** en el ministerio nos quita toda seguridad, y esta casa puede ser
registrada cuando menos se piense. Si el señor Lozano no nos protegía
abiertamente, me consta que hacía la vista gorda, es decir, que no
quería meterse con nosotros y perseguía tan solo a nuestros agentes.
El _Tigre_ no hará lo que el _Zorro_, y dirigirá sus golpes a lo alto.
Quizás a esta hora estén cambiados los agentes de policía. Precaución,
pues, y cada cual a su casa. Se avisará.
Lentamente fueron desfilando todos. Hubo despedidas cariñosas,
apretones de mano, promesas, citas particulares para el día siguiente.
Todo era concordia y entrañable afecto. Monsalud y yo nos quedamos los
últimos. Riéndome, no sé si de mí mismo o de qué, le dije:
—¿Conque soy masón?
—Masón no —me respondió—. La masonería, propiamente dicha, no es
revolucionaria, aunque el vulgo y los absolutistas llaman masones a los
que conspiran. Ya te dije que esto no es una logia, sino una reunión;
lo que en Francia llaman un club.
—¿De modo que no soy todavía masón, propiamente dicho? Pues bien: soy
liberal.