—Gran bien me ha hecho tu huéspeda sacándome de dudas. Al fin veo que
no he perdido el tiempo con venir aquí.
—¡Conque era ella!
—¡Esta! —exclamó con júbilo—. ¡Oh!, amigo Juan, qué dulce es ver que
solo nos hacen daño nuestros enemigos... Sospechar de un amigo, de una
persona amada, es el mayor de los martirios.
—¡Quién lo había de decir! —indiqué yo, haciendo un esfuerzo para que
no me cogiese en mentira—. ¡Cómo había de figurarme yo que Jenarita...!
—¿Y no sospechabas nada?
—Ni una palabra.
—¿Y no te había confiado nada?
—¿A mí? Si no nos podemos ver... si somos el perro y el gato. ¡Cuánto
me alegro de que venga Carlos, a ver si esta gente se marcha de una vez
de mi casa!
Antes de pronunciar estas palabras me cercioré de que el espionaje
había concluido. Nadie nos oía. Cerradas cuidadosamente todas las
puertas, me senté junto a mi amigo, resuelto a poner en ejecución el
hábil plan que había concebido.
—¿Pero es cierto que no os lleváis bien los Baraonas y tú? —me preguntó
Salvador en tono que indicaba alguna desconfianza.
—No nos podemos ver, te he dicho. Ya conoces las ideas del abuelo.
Es un hombre insolente. Respecto a la implacable soberbia y a los
rencorosos sentimientos de Jenarita, ¿qué puedo decirte que tú no
sepas?... ¡Pues digo, si llegan a saber que yo he intercedido por tu
infeliz madre...! Cuando se les habla de tal asunto, son fieras el
abuelo y la nieta.
—No me hables de esto —dijo Salvador pálido de ira—, porque me olvidaré
de que estoy en casa ajena y en situación poco a propósito para pedir
cuentas a nadie... Los Baraonas y los Garrotes son autores de la
prisión y del martirio de mi pobre madre. ¡Venganza miserable! Todo
porque le herí en un duelo leal, provocado por él... ¡Si supieras
cuánto he luchado aquí para conseguir la libertad de la pobre
mártir!... Diferentes veces se ha logrado lo que hoy te concedió el
ministro; diferentes veces, por empeño de poderosos amigos míos, ha
dado órdenes generosas el Consejo Supremo. Mientras Carlos ha estado
en la Rioja, todo ha sido inútil. Yo no sé cómo se las compone el
maldito, que puede allá más que el Consejo Supremo aquí.
—Tiene amigos y parientes en la Inquisición de Logroño, y es familiar
de ella.
—Mi madre será puesta en libertad pronto, gracias a que Carlos ha
salido de allí, a que las órdenes de ahora son muy enérgicas, y, sobre
todo, a la revolución que se aproxima... Pero sálvese o no la infeliz
señora, la infamia de esa gente rencorosa y vengativa como las furias
antiguas no quedará sin pago... ¡Me parece mentira que Carlos Garrote
viene a Madrid, y que he de verle delante de mí!
Diciendo esto, eran tan enérgicas la expresión y los ademanes de mi
amigo, que me aparté de su lado, temeroso de alcanzar alguna señal
dolorosa de su indignación.
—Esta gente es atroz —dije—. No veo la hora de que se marchen de mi
casa. Estamos riñendo todo el día. ¡Cuántas veces les he echado en cara
ese furor inútil contra doña Fermina, por no poder cebarse en ti!
—Por eso te llamará tanto la atención verme en esta casa, albergue de
mis implacables enemigos, y que al mismo tiempo lo es de un rabioso
absolutista.
—¡Absolutista yo! —exclamó comenzando a desarrollar mi plan—. No me
insultes.
—Yo vacilé largo rato antes de presentarme a ti; pero el deseo de
que me sacaras de una cruel duda me decidió. Por un lado sospechaba
que tú, como familiar del familiar, no dejarías de tener parte en
mi persecución; por otro, el saber que habías implorado la libertad
de mi madre, me inspiraba cierta confianza hacia ti, a pesar de tu
absolutismo.
—¡Absolutista yo! Vuelvo a decirte que no me insultes. Bien sabes tú
que no soy servil. Si lo creyeras así, no te atreverías a venir a mi
casa.
—¿Por qué no?
—Porque temerías que te detuviese y te entregase a la justicia.
Monsalud se echó a reír, burlándose descaradamente de mí.
—Pues qué, ¿si yo fuera absolutista de los de don Buenaventura,
estarías tú tan tranquilo en mi presencia?
—Dices eso, pobre hombre, porque ignoras que aunque seas absolutista de
los de don Buenaventura, no puedes nada contra mí dentro de tu propia
casa.
—¡Cómo que no!
—Mírame —añadió desembozándose—. No traigo armas. Esto prueba mi
confianza.
—Y si yo quisiera... —dije lleno de confusión—. Verdad es que alguno de
mis criados está vendido a la masonería.
—Lo están todos.
—¡Todos! De modo que en mi propia casa...
—Estoy yo más seguro que lo estuve esta noche en la mía —me contestó
riendo—. No te alarmes por eso. Además, el mal es irreparable, porque
si despides a tus criados y tomas otros, sucederá lo mismo... ¿Sabes
que me encuentro bien aquí? Si me lo permites, descansaré un poco
—añadió, acomodándose holgadamente en el canapé.
Volvió de nuevo el miedo a apoderarse de mí; pero yo había resuelto
seguir la corriente a que me impulsaban mis nuevos propósitos y las
ideas de mi amigo, y le hablé de este modo con amabilidad.
—Por supuesto, Salvador, la traición de mis criados es perfectamente
inútil, porque has de saber que no solo soy incapaz de perseguirte,
sino que te ocultaré y protegeré en caso de que otros te persigan.
—Vamos —dijo sonriendo amistosamente—, no me confundas más de lo que
estoy. Di que eres mi amigo, di que conservas algo del afecto que hace
años nos teníamos. Lo creeré, no solo porque mi corazón es crédulo en
materias de amistad, sino porque has dado pruebas de ello hoy mismo
intercediendo por mi madre, lo cual te agradezco en el alma. Dime eso,
querido Juan; dime que eres leal y honrado y generoso conmigo; pero no
me digas que no eres absolutista, porque me echaré a reír.
—Pues te lo repito. Vamos, me enojaré de veras si insistes en tal
absurdo. Ven acá —añadí mostrando el paquete de folletos que me había
dejado don Antonio Ugarte—. ¿Es absolutista el hombre que se ocupa en
repartir estos papeles?
—¡El folleto de Flórez Estrada!
—He repartido ya más de cien. Asómbrate, Salvadorcillo: he hecho llegar
este cuaderno a las manos de Su Majestad y de los infantes.
—Esto es algo —dijo con formalidad—; pero no es una prueba completa de
ruptura con el absolutismo. Quizás tu entendimiento se incline a otras
ideas; pero ya estás muy amoldado, Bragas, estás endurecido en la forma
de los Lozano de Torres, de los Buenaventura, de los Eguía, de los
Elío... Necesitarías que te derritieran y que de nuevo te fundiesen en
otro crisol.
—Tonto —repliqué con brío—, ¿y quién te ha dicho que no me he puesto ya
al fuego?
—¡Tú!, el covachuelo, el oficial de Paja y Utensilios, el director de
la Caja de Amortización, el amigo del señor Chamorro, el brazo derecho
del señor Ugarte, el tertulio de Palacio, el mandadero de Su Majestad...
—¡Yo, yo, yo! Sí —afirmé con enfado—. ¿Quieres que te convenza de una
vez con dos palabras, Salvador?... Pues para que comprendas mi decidida
ruptura con todos esos deplorables antecedentes y personas, óyeme lo
que voy a decirte. Quiero ser masón.
Monsalud manifestó asombro.
—Ser masón es no ser nada, si no se conspira —me dijo.
—¡Quiero conspirar! —exclamé dando fuerte puñetazo sobre la mesa, y
metiéndome después las manos en los bolsillos.
—Pero no se conspira para aumentar la autoridad de la corona, sino para
disminuirla. No se conspira en pro del rey, sino en pro de la nación.
—Pues en pro de la nación.
—Se conspira para restablecer el gobierno liberal y la Constitución,
es decir, lo que tú llamabas _la mamancia_ cuando escribías en _La
Atalaya_.
—Para restablecer el gobierno liberal y _la mamancia_ —repetí
frunciendo el ceño y con los ojos fijos en el suelo.
—Y para dar al traste con la infame polilla de España que mina el trono
y el país, y al mismo tiempo se los está comiendo.
—¡Para eso, para eso!
—Debo añadirte que hoy se hila un poco delgado debajo de Madrid.
—¡Debajo de Madrid!
—¿No me entiendes? En las logias y reuniones secretas, quiero decir.
Hoy se toman precauciones. Cuando un señorón de categoría elevada, sea
quien fuere, ofrece su ayuda a la revolución, lo que ocurre todos los
días, queda ligado por compromiso solemne; y las veleidades, querido
Bragas, los arrepentimientos, suelen costar caros a quien los padece.
—Sí, ya sé... —dije inspeccionando otra vez la puerta, para cerciorarme
de que nadie nos oía—. Hay pruebas rigurosas, palabras enigmáticas,
juramentos que hielan la sangre en las venas... y el que hace traición
muere sin remedio.
—No hay nada de eso —me dijo riendo—. Huye de esas reuniones
formularias que establecen el sainete en los sótanos. Ahora no se trata
de eso. Cuando los pueblos padecen y luchan por su emancipación, obran
seriamente y van a su objeto sin necedades de teatro. Ahora, amigo
Bragas, las cosas han llegado a un punto tal, que se trabaja por la
libertad a toda prisa, con la avidez del náufrago que entre las olas
lucha con la muerte y por la vida... Fuera misterios y ritos anticuados
y palabras vacías. Todo es acción: las tinieblas y el misterio han
dejado de ser vano velo de las chocarrerías de los holgazanes. Yo lo
he visto todo desde el principio: he visto las jimias haciendo muecas
entre dos calaveras en la ahumada atmósfera de una cueva; y hoy veo a
los hombres inteligentes y formales labrando en silencio y sin aparato
las palancas poderosas con que pronto ha de moverse lo de arriba. Solo
en las épocas en que no hay nada que hacer existen esas vanidades
y espantajos ridículos de que habla el vulgo. Ahora la inmensidad
de la tarea une las manos de todos los hombres en una obra común, y
desaparecen las máscaras convencionales y las fórmulas aparatosas, que
más bien eran entretenimiento que utilidad. Eso no quita que en plena
luz, y a la faz del mundo oficial y de la tiranía, se empleen ciertos
signos para reconocerse y obrar de acuerdo; pero allá dentro, amigo,
en nuestro reino escondido, en aquella vida de catacumbas donde se
prepara la nueva vida libre y pública, todo es claridad y sencillez. Se
trabaja, se extiende la acción con arte y fuerza; se prepara el golpe
con la destreza y habilidad necesarias para que no se malogre como
otras veces. Ahora bien, Bragas de Pipaón: tú, servidor declarado de
los poderosos de hoy, ¿quieres servir a la revolución?
—Sí quiero —respondí—. Pero dime antes una cosa: ¿esa revolución
vendrá?
—¡Vendrá! Para ti es condición indispensable que la revolución venga.
Adoras el hecho, no la idea... No puedo responderte. Puede venir y
puede no venir. Eso dependerá de este, del otro, de mí, de los demás,
de ti mismo, de todos reunidos. Si hacemos tonterías, ¡cómo ha de venir
la revolución!
—Lo preguntaba porque eso es muy importante. Don Antonio Ugarte, uno
de los hombres más listos y de mejor ojo que hay en España, me ha
asegurado que la revolución vendrá.
Al decir esto, la idea del puesto que en el Consejo me habían negado se
fijaba en mi cerebro como la marca de un hierro encendido. Me quemaba.
—¡La revolución viene, la revolución viene! —proseguí sintiendo en
mí una especie de voz interior que así me lo decía—. Lo conozco,
lo adivino, lo veo, amigo Monsalud, en la atmósfera que nos rodea;
lo veo en la cara misma de los palaciegos. Es un hecho inevitable,
lógico. La revolución viene como viene el día después de la noche.
Todo lo anuncia, ilustre amigo. Hasta los pájaros cuando cantan dicen
«revolución.»
—Esto te infundirá valor y aliento. La revolución no suprimirá los
destinos... por eso tu acción tiene poco mérito. Pero, en fin, quieres
ser de los buenos, y el sistema adoptado es recibir a todo el mundo,
venga de donde viniere. Ahora voy a cogerte por la palabra, para que no
te arrepientas de aquí a una hora. ¿Puedes salir conmigo esta noche?
—¿Por qué no? Vamos a donde quieras.
—Es muy cerca; no andaremos mucho.
—Mi capa, mi sombrero... ¡Blas!... pero ¿es posible que este sencillote
criado mío esté también vendido a la masonería?
—En cuerpo y alma. Ahora, ciudadano Robespierre —me dijo con donaire—,
convendría que tomásemos algo. Quizás tengamos que velar toda la noche.
Has de saber que no carezco de apetito: es imposible que en la casa de
un hombre que ha servido en tan altos puestos no haya a estas horas
excelentes fiambres.
—Todo lo que quieras. ¡Blas, Blas!... Este tunante masón no viene.
Al fin apareció mi criado, al cual no pude mirar sin rencorosa
prevención, considerándole traidor, y nos sirvió un bocado
confortativo. Mientras comía, meditaba yo sobre aquel nuevo giro que
tomaban mis ideas, sobre aquel nuevo camino que emprendía mi actividad.
«Es preciso —me dije para mí— que en este mundo desconocido en que
ahora entro procure desde el primer instante disipar los recelos
que mi presencia pudiera despertar. Cuidadito, Pipaón, con mostrar
tibieza o indiferencia, aunque veas toda clase de extravagancias y
locuras. Un celo excesivo y un entusiasmo demasiado ardoroso, no serán
tampoco el mejor sistema. Tomemos por modelo al maestro don Antonio
Ugarte. Conviene, pues, adoptar una actitud intermedia, poner cara en
cuyas facciones se asocien artística y noblemente el entusiasmo y la
dignidad, la templanza del gobierno y la energía revolucionaria...
Mi papel es el de un honrado repúblico que, comprendiendo con dolor
la incapacidad del absolutismo para gobernar a los pueblos, se acerca
grave y triste, pero resuelto, a la revolución y le ofrece sus
servicios, porque sería lamentable que la revolución, si algo hace, lo
hiciera sin él... Ánimo y disimulo. Seguro estoy de que al poco tiempo
de andar en la conspiración, me encontraré tan a mis anchas como en la
camarilla de Su Majestad a los dos días de ingreso... seguro estoy de
que mi sutil travesura volverá lo de arriba abajo y lo de abajo arriba,
en esas escondidas sociedades que voy a visitar... seguro estoy de que
al poco tiempo de mi feliz iniciación, armaré más líos y enredos que
vio Creta en su famoso laberinto, y de que no pasarán muchos meses
sin que traduzca en provecho propio las tenebrosas artimañas de estos
caballeros y mi novel liberalismo. ¡Lo haré; sin remedio lo haré! ¡Ay!,
me conozco como si me hubiera parido.»