XIII

Salvador Monsalud en persona.

Largo rato estuve sin habla, sin movimiento, paralizado por el espanto.

Yo no era Pipaón; yo era el miedo mismo. Mi espíritu era incapaz de

reflexión, de comparación, de juicio... Las piernas me flaqueaban; la

voz, muerta en la garganta, no podía ni sabía pedir auxilio.

Creí ver un fantasma. Por un instante, perdiendo mi buen sentido, creí

en brujas, en duendes, en almas del otro mundo, en todos los disparates

de los cuentos de viejas.

Pero el fantasma se reía de mi turbación, y alargando un brazo hacia

mí, me dijo:

—No te asustes, Juan. Soy yo, tu amigo Salvador.

—¡Tú, Salvador, Salvadorcillo!... —murmuré con voz ahogada—. ¿Por dónde

entraste?... Esto es una alevosía.

—Calla, calla —me dijo levantándose, al ver que yo, recobrando el

aliento, iba a alborotar la casa—. Soy tu amigo. No me tengas miedo.

Hablaremos un rato. Vengo a darte las gracias.

—¡Las gracias..., a mí!

—Sí; me has hecho un favor, un beneficio inmenso que te agradeceré toda

mi vida. Siéntate.

Imperiosamente me ofreció una silla. Los dos nos sentamos. El miedo y

no sé qué fascinación extraña me subordinaban al intruso visitante.

—Sí —añadió sonriendo y pasando cariñosamente su mano por mi hombro—,

un beneficio inmenso. A ti te debo que se hayan dado hoy las órdenes

para poner en libertad a mi pobre madre.

—¡A mí!... Es verdad... sí, yo... —repuse tratando de sacar una idea de

la confusión espantosa que había en mi cerebro—. Yo fui quien supliqué

al ministro...

—Cediste a mi ruego...

—Como me lo pedías en aquella hoja... —dije viendo un poco más claro, y

determinando sacar partido de la situación—. Me pareció justo lo que me

pedías... Pero dime, ¿con quién mandaste aquel papel?

—Lo traje yo mismo.

—¡Tú!... Bien puede ser, puesto que ahora estás aquí... ¿Y por dónde

has entrado?

Monsalud rompió a reír.

—¿No has caído en ello? Por el agujero de la llave.

—Estas bromas no me gustan. Ya veo que no hay casa segura para la

masonería.

—Ni para el absolutismo. Si yo entro en la tuya, no falta quien entre

en la mía.

—Eso no me lo cuentes a mí. Nunca he sido espía.

—Pero sí amigo del marqués de M***. Escúchame, Juan: esta noche han

querido prenderme. He sospechado que anduvieras tú en este negocio.

Dominome de nuevo el miedo, y haciéndome el sorprendido, repuse:

—¡Prenderte!... ¿Y qué tengo yo que ver con eso?

—No es más que sospecha... —dijo seriamente—. Te he creído autor

al mismo tiempo de un beneficio y de un agravio. Me ha parecido

inverosímil que me salvaras y me perdieras en un solo día, y he querido

apelar a tu franqueza y lealtad para que me digas la verdad.

—El beneficio, obra mía es; pero el agravio...

Salvador me clavaba los ojos con tal fijeza escrutadora, que sus rayos

parecían penetrar en mi alma. Yo también le observé a él. Lejos de

parecerme siniestro y terrible, como decía Jenara, Monsalud tenía

aspecto en extremo agradable, y había ganado mucho desde que no nos

veíamos. Su fisonomía era inteligencia y fuerza; la expresión de sus

ojos ejercía inexplicable dominio sobre mí, y toda su persona tenía un

sello de superioridad y nobleza que cautivaba. Vestía bien.

—Esta noche han intentado prenderme, con un lujo de precauciones y de

habilidad que me han llamado la atención —dijo—. Gracias a la lealtad

de un hombre, he podido escapar a tiempo, y el señor marqués ha cogido

tan solo a unos pobres aguadores que dormían en el sótano de la casa.

Sé que una señora desconocida sobornó a la pobre mujer del guarda;

sé que tu amigo el marqués dio las órdenes para sorprenderme; pero

desconozco la trama y los móviles de todo esto. Tú lo sabes y me lo has

de decir.

—¡Yo!... ¡Yo no sé una palabra! Todo lo que me dices es nuevo para mí.

—Dime la verdad... ¡tú lo sabes todo! —dijo apretándome el brazo—.

Dímelo, Bragas, o te acordarás de mí.

—¡Por mi nombre, por Dios que nos oye, te juro que nada sé! —repliqué

temblando de susto—. A fe que tienes buen modo de agradecerme lo que he

hecho por tu madre.

—Tú eres amigo y confidente íntimo del señor familiar —añadió Salvador

aplacándose.

Fingí gran sorpresa.

—¡Yo!... ¡Yo amigo de ese majadero!... Pero tú no sabes lo que dices.

¿En qué país vives?

—¿No eres tú de la pandilla de Lozano y del marqués de M***? —preguntó

algo desconcertado por mi aplomo.

—Vaya, vaya..., veo que no estás enterado de nada... ¡Ya esos tiempos

pasaron, Salvador!

—Entonces has variado de ideas y de conducta.

—Sí, señor, he cambiado de ideas, de conducta, de todo. Mi ruptura con

toda esa caterva absolutista es completa desde hace tiempo. Les trato y

nada más.

Salvador manifestaba el mayor asombro.

—¡Pues ya!... —continué, cada vez más dueño de mí mismo—. Si así no

fuera, ¿crees que hubiera intercedido por tu madre?... ¿Crees que me

hubiera expuesto a pasar por cómplice de los conspiradores?

—Juan, por favor, ya seas mi amigo, ya seas mi enemigo, te ruego que me

digas lo que sabes respecto a mi persecución de esta noche.

—Te juro que no sé una palabra, ni tengo parte en ello —respondí con

tanta seguridad, que no se me traslucía en la cara ni las más ligera

turbación.

—Para que seas franco, voy a darte un ejemplo de franqueza. Escúchame

bien: en esta azarosa vida mía, consagrada a un afán que devora, a

una pasión que lentamente consume y postra las fuerzas del alma,

me he dejado dominar por vanos caprichos o veleidades amorosas. Mi

carácter, en el cual hay ansiedades que nunca se han satisfecho ni

se satisfarán jamás, me ha impulsado a esto. Me he tolerado yo mismo

estas distracciones, como se tolera el soldado, en medio de la pelea,

descansos cobardes para fortalecer su ánimo. Pues bien: últimamente

amaba a una mujer con más vehemencia de la que suelo poner de algún

tiempo a esta parte en asuntos de amor. Pero no sé qué fatalidad me

persigue: con mi exaltación vino una frialdad inexplicable en la

persona amada: tuve primero celos, luego sospechas de que me vendía. No

quiero entrar en detalles inútiles. Lo principal es esto: al saber hace

poco que una señora había comprado con dinero el secreto de mi morada,

se han aumentado mis sospechas. Herido en lo más delicado de mi

alma, he sentido un furor y deseo de venganza que no puedo expresarte

con palabras; me he vuelto loco a fuerza de discurrir, buscando

antecedentes o indicios que confirmaran mi sospecha; he vagado como un

insensato por las calles, jurando muertes y venganza; he prometido no

descansar mientras no aclarase este enigma que me atormenta y me abrasa

las entrañas.

Mi amigo apoyó la cabeza entre sus manos. Su hermoso y noble semblante

expresaba viva cólera.

—En esta confusión —prosiguió— discurrí que tú, como amigo del

familiar, podrías sacarme de dudas.

—No sé una palabra. En un tiempo conocí a todas las familias que tenían

relaciones con don Buenaventura. ¿Cómo se llama esa señora?

—Andrea.

—No puedo darte ninguna luz, amigo.

—Al mismo tiempo que tal traición infame suponía, otra idea, otra

sospecha aumentaba mi confusión, amigo Juan; idea sobre la cual espero

que puedas darme más luz que sobre la otra.

—A ver.

—Existe otra mujer, a quien también puedo atribuir mi persecución: una

mujer que vive en tu misma casa, y de cuyas acciones, por reservadas

que sean, puedes tener noticia.

—¿Jenara?

—La misma. Esa tiene motivos para aborrecerme. Cuanto haga contra mí no

me sorprenderá. Nada pienso hacer en contra suya. Dejaré que caiga su

mano implacable, y pediré a Dios que nos perdone a mí y a ella.

—Pues tampoco puedo sacarte de confusiones. No tengo ni el más leve

indicio de que Jenara...

—¿De veras?

—Te lo juro por mi salvación.

—Está de Dios que yo me consuma en el fuego de esta duda espantosa

—afirmó Salvador con imponente afán.

Durante las últimas palabras, así como en diversos momentos de nuestro

diálogo, me inquietaba un rumor que fuera de la alcoba sentía, rumor

como de leves pasos y faldas de mujer, y la idea de que un oído

importuno nos escuchase, empezó a mortificarme. No quise, sin embargo,

llamar sobre esto la atención de mi amigo, y me propuse no decir

cosa alguna que pudiera ser desagradable a la persona que, según mi

presunción, aplicaba su curioso oído a la puerta.

—Creo que puedes tener seguridad completa en ese particular —dije a mi

amigo—. Jenara es incapaz de hacer el indigno papel de inquisidor.

—También lo creo así —me respondió Monsalud.

Diciendo esto, ambos nos quedamos absortos, porque la puerta se abrió

suavemente y apareció ante nuestra vista una magnífica figura blanca,

cuya presencia repentina, unida a la belleza y emoción de su rostro,

tenía todo el carácter de las misteriosas apariciones de la poesía y de

la noche.

—Es un error —dijo con voz tan turbada que no parecía la suya—. La

inquisidora he sido yo.

Salvador se levantó; dio indeciso algunos pasos como quien no sabe si

mostrarse cortés o enojado, y habló de este modo:

—¡Que Dios nos perdone a ti y a mí, Jenara!... Por esta vez has errado

el golpe.

—En otra ocasión seré más afortunada —aseguró la dama, dando un paso

atrás y atrayendo la hoja de la puerta hacia sí.

—Aguarda un instante —dijo Monsalud, corriendo a detenerla—. En pago de

tu crueldad, quiero darte una mala noticia.

Jenara se detuvo.

—Carlos, tu pobre marido, llega mañana... Como hace tiempo que has

dejado de quererle, según él dice, por eso llamo a esto mala noticia.

Salvador acentuaba sus palabras con punzante ironía.

—Pues no ha anunciado su viaje —dije yo, advirtiendo en Jenara una gran

perplejidad, y deseando sugerirle una idea para que saliese de ella.

Pero Jenara no chistó. En su semblante, que poco antes parecía de

mármol, distinguí una alteración súbita. Leves llamaradas de rubor

tiñeron sus mejillas.

—No ha anunciado su viaje —añadió Monsalud— porque viene a lo celoso,

callandito... Quiere sorprender, acechar, vigilar. ¿Sabes que está

celoso, Jenara?... El pobre Carlos no será nunca feliz.

Vi moverse los labios de Jenara y replegarse en torva conjunción sus

cejas. Difícil es conocer lo que pasaba entonces en su mente y en su

conciencia (¿nos lo dirá ella misma algún día?), porque en vez de

hablar cerró con estrépito la puerta, y desapareció como una visión de

teatro. Fui tras ella... huía como la corza herida. Creyérase que tras

su fugitiva persona, semejante a la sombra de una diosa ofendida, había

quedado en la atmósfera un suspiro que por breve instante reprodujo su

emoción.

Cuando volví al lado de Monsalud, este reía.

La segunda casaca · 第 16 / 33 题