XII

Contesté excusándome, y me quedé en casa. Necesitaba meditar.

Poco después de anochecido entró Jenara a decirme que la cena estaba

preparada, y le di la carta para que la leyese.

—Ya ve usted —le dije— que la justicia oficial, cuando quiere tener ojo

de lince y brazo de hierro...

La señora no hizo ademán alguno de alegría. Tampoco se entusiasmó

cuando le dije que estaba conseguida la libertad de doña Fermina

Monsalud, aunque me dio las gracias, asegurándome que había librado

su alma de un gran peso. La cena pasó triste y grave, hablando Jenara

y yo de asuntos indiferentes. Como le preguntase los motivos de su

melancolía, me dijo:

—Hace muchos días que Carlos no me escribe, y estoy con cuidado.

—Se habrá puesto en camino.

—¿Sin avisármelo? —dijo vivamente y como enojada.

Poco después dimos tertulia al señor de Baraona, que no salía de su

habitación, y para alegrarle un poco el espíritu le notifiqué la

prisión de su enemigo.

—Tengo poca fe —respondió— en el rigor de estos señores. ¿Quién me

asegura que el criminal recién aprehendido no se paseará mañana por las

calles de Madrid? Ya te he dicho, querido Pipaón, que la justicia está

minada. Es como un doble edificio: en sus magníficas salas se sientan

jueces de cartón que sentencian, discuten y condenan, asistidos de

miserables ministriles. Ve esto el necio vulgo, creyéndolo justicia;

pero no ve el laberinto de entradas y salidas que en lo macizo de

sus paredes y cimientos tiene el tal edificio, por los cuales pasos

secretos se escurren los criminales, a ciencia y paciencia de aquellos

señores jueces de figurón. Desengáñate, hijo, los hombres del gobierno,

los jueces, los consejeros, los ministros, forman hoy una especie de

retablo, donde mil vistosos personajes accionan y se mueven con las

apariencias de la vida. Acércate, mira bien, y verás que todo es cartón

puro: cartón el cetro del monarca; cartón la espada de los generales;

cartón la vara del alcalde; cartón la cuchilla del verdugo.

Trajéronle las sopas, y calló.

Poco después Jenara y yo, luego que dejamos dormido al viejo, nos

reunimos en el comedor, junto al brasero. Soltaba ella la labor para

tomar un libro, y luego el libro para coger la labor, demostrando en

esto que su espíritu se hallaba atormentado por ideas contrarias, y

en un estado de obsesión inquieta que no podía vencer, variando a

cada paso el entretenimiento con que quería darle reposo. Púseme yo a

leer el _Diario_, papel mucho más entretenido entonces que su único

compañero de publicidad, la _Gaceta_, y de repente Jenara hizo una

pregunta que me heló la sangre en las venas.

—¿En dónde ahorcan aquí? —dijo.

—En la plazuela de la Cebada —repuse—. Se alquilan balcones, como en

_Corpus_.

Jenara, tomando la labor, empezó a dar terribles pinchazos con la

aguja. Sus dedos parecían el pico de un pájaro hambriento. Torné yo a

mi lectura del _Diario_, y de nuevo me distrajo súbitamente, diciéndome:

—En verdad, Pipaón, merece usted una corona por la diligencia que ha

mostrado en este negocio.

—¿Servir al estado y servirle a usted no es estímulo bastante para un

hombre?

Jenara, dejando la labor, tomó otra vez el libro; pero al poco rato

apartolo con hastío.

—No abro el libro una sola vez esta noche —dijo— sin que mis ojos

encuentren alguna idea triste. Oiga usted:

Donde antes rosas y placer, ahora

Cadáveres y horror huella la planta,

Y en olor de sepulcro, en vez de rosas

El aire tiñe sus funestas alas.

—¿Qué poeta es ese?

—Cienfuegos.

—Un majadero. Siga usted mi consejo y mi ejemplo, Jenara. La mejor

lectura es el _Diario_. Oiga usted: «El lunes fue ahorcado en

Valencia...»

—Basta, basta —exclamó interrumpiéndome—. Es particular... me salen

horcas y muertos por todas partes.

—Es usted a veces más valerosa que un águila, y a veces más tímida que

un pajarillo. ¿La idea de la muerte de un hombre, de un malvado, le

causa a usted tanto temor?

—No, señor de Pipaón: ni me asusta ni me aterra la idea de que un gran

criminal expíe sus crímenes; lo que me causa pavor, y más que pavor,

repugnancia, es la horca, esa herramienta vil... Las justicias de

la tierra debieran hacerlas siempre los agraviados en el momento de

recibir la ofensa... Qué quiere usted... yo soy así... tengo esas ideas

y no lo puedo remediar.

—Extraña justicia sería esa, Jenara.

—La mejor. Justicia rápida y por la mano del ofendido. Yo no la concibo

de otra manera. Esa que está en manos de hombres pagados, vestidos de

negro, amarillos y casi siempre sucios; esa que da tormento al reo, y

antes de matarlo lo envuelve en una mortaja de papel escrito, me da

tanta tristeza como repugnancia. Detesto al criminal y sería capaz de

matarle yo misma, sí señor, yo misma; pero compadezco al encausado.

No quise seguir tratando aquella cuestión, y los dos permanecimos largo

rato en silencio, que solo se interrumpió para dar órdenes al nuevo

criado que me servía. Doña Fe se hallaba otra vez en cama, molestada

de sus pertinaces dolores. Aunque era ya un poco tarde, ni Jenara ni

yo teníamos ganas de dormir: sin duda una y otro llevábamos tantas

ideas en la cabeza, que el sueño no podía entrar en ella. La respectiva

situación nuestra, nuestro desvelo, el silencio que reinaba en la casa,

las moribundas ascuas del brasero, que servían como de intermediario a

nuestra melancolía meditabunda, trajeron a mi memoria el recuerdo de la

noche en que recibí el singular escrito. No pude reprimir un repentino

acceso de miedo, el cual se apoderó de mi alma y corrió por dentro de

mí y pasó como una influencia eléctrica... Pero mi razón se esforzó en

serenarse, diciendo: «Ahora no hay cuidado.»

De pronto sonaron no sé qué extraños ruidos en lo interior de la casa.

Yo di un grito y Jenara se puso a temblar.

—No es nada —dije—. La puerta que se ha cerrado a impulsos del

viento... ¿Qué es eso, Jenara, tiene usted miedo?

—Tengo frío —me contestó arropándose en su mantón.

—¿No se acuesta usted?

—Sí... ahora —dijo mirando a todos lados con el recelo propio de quien

busca, y al mismo tiempo teme ver algún objeto desagradable.

Llamé a la doncella, que acudió al punto; acompañelas a las dos hasta

su habitación, y cuando di a la señora las buenas noches, respondiome

con tristeza:

—Muchas gracias... pero ya sé que esta noche no he de dormir.

Dirigime pensativo y no completamente libre de susto a mi cuarto.

Cuando abrí la puerta de él, cuando la luz que yo llevaba iluminó el

interior de la pieza..., ¡terror incomparable!..., lancé un grito de

espanto y no quedó gota de sangre en mi cuerpo... ¡Jesús mil veces! En

mi cuarto había un hombre.

Un hombre, sí, que tranquilamente sentado en mi propio sillón, clavaba

en mí una mirada fulgurante y burlona a la vez.

¡Cielos divinos! ¡Socorro!... ¡Un hombre en mi cuarto!

¿Quién? Salvador Monsalud.

La segunda casaca · 第 15 / 33 题