Veamos lo que en mi casa ocurría. Detenido en ella el señor don Miguel
de Baraona por ciertos achaquillos en las piernas que no le permitían
zarandearse en paseos y cafés, mataba el aburrimiento escribiendo
cartas o perorando, si por mi desgracia lograba cogerme de su cuenta.
Jenara hacía vida muy distinta. Menos ocupada que antes en sus labores
de mano, salía con alguna frecuencia, pasando largas horas fuera. Todo
revelaba en la hermosa dama que traía entre manos un asunto importante,
que requería tanta actividad como cavilaciones. No tuve que hacer
grandes esfuerzos para descubrirlo, porque ella misma me lo reveló todo
una noche junto al brasero, después que Baraona se recogió en su cuarto.
—¿Ha averiguado el gobierno —me preguntó— el paradero de Salvador
Monsalud? ¿Sabe que está conspirando?
—El gobierno, señora —le respondí—, lo sabe todo y no sabe nada; mejor
dicho, sabiendo que se conspira a más y mejor, es completamente incapaz
de descubrir, y más aún de castigar, las conspiraciones.
—¡Qué gobierno! —exclamó Jenara—. Bien dice mi abuelo que estos que hoy
mandan son como los muñecos que se ponen en el campo cuando se acaba de
sembrar: espantan a los pájaros, pero no a los hombres. Diga usted, que
sabe tanto —añadió con jovialidad—: ¿por qué no se habían de encomendar
a mujeres ciertas cosas del gobierno?
—¿Por qué no? Ahí están Catalina de Rusia, Isabel de Inglaterra y
otras, que gobernaron a sus pueblos...
—No, no es eso lo que digo. Gobiernen a los pueblos los hombres;
lo que, según mi entender, podía confiarse a las mujeres, es un
trabajo menudo y que no requiere ciencia de libros: por ejemplo, el
descubrimiento de las conspiraciones.
—En Francia dicen que hay muchas mujeres empleadas en la policía
secreta.
—Las mujeres —añadió Jenara con gravedad y gracia— son más leales que
los hombres, sirven con más ardor y honradez a una causa cualquiera,
son menos accesibles a la corrupción, poseen instinto más fino y mayor
agudeza de ingenio, mayor penetración. Ustedes piensan; nosotras
adivinamos.
—Es verdad: las señoras adivinan —dije con sorna—. Vamos a ver, ¿ha
adivinado usted el paradero de Salvador Monsalud?
—Sí, señor —repuso mirándome con fijeza, y sonriendo vanidosa y
triunfalmente—. Sí, señor: lo he adivinado, lo he descubierto, lo sé.
—¿Pero es broma, es sospecha o presunción?
—Es certidumbre, señor don Juan.
—¡Es usted un tesoro, es usted una diosa, Jenara! —exclamé con
entusiasmo—. Pero dígame usted: esas salidas diarias, esa multitud de
recados, esa ocupación constante durante más de una semana, ¿se han
consagrado al servicio de la patria y del rey? Me parece inverosímil.
—Si he de hablar con verdad, no he atendido gran cosa al servicio de
la patria y del rey... He tenido fijo el pensamiento en mi esposo
acuchillado y moribundo.
—Verdad es que la persona a quien queremos castigar ha sido por mucho
tiempo la pesadilla y el espantajo de su familia de usted.
—Yo no sé hacer nada a medias —dijo Jenara con solemne voz—. Me
impulsaba a dar estos pasos un sentimiento que inflama mi corazón, un
sentimiento criminal que ofende a Dios, lo sé; un sentimiento...
—¡Jenara!
—Sí, señor de Pipaón, el odio; hablo del odio que se ha fijado en mí
desde hace algunos años, como un puñal que me atraviesa el corazón.
Incapaz de tranquilidad, escandalizada de la debilidad de los hombres,
que han dejado sin castigo a tan atroz criminal, me he lanzado
resueltamente y con todo el ardor de mi carácter a un trabajo impropio
de mi sexo y condición. He desfallecido muchas veces, he sufrido
grandes sonrojos; pero al fin la fuerza de mi propia pasión me ha dado
energía, y con la energía una luz extraordinaria. ¡Qué no conseguirá
la voluntad de una mujer, su penetrante instinto, su admirable
sagacidad!...
—Esas prendas, señora, han revuelto el mundo muchas veces, han
provocado guerras y revoluciones —dije contemplándola fijamente,
ansioso de descubrir las verdaderas ideas y los sentimientos efectivos
de Jenara en aquella ocasión.
No era fácil averiguar esto, y en vano clavaba mis ojos en la marmórea
beldad que ante mí tenía. Por experiencia sabía yo que, para el
conocimiento del alma de Jenara, era preciso atenerse a lo que decían
sus labios, dejando al tiempo o al acaso la misión de descubrir el
color y los astros de aquel cielo siempre cubierto de nubes. Al mismo
tiempo, no podía hacer grandes observaciones fisiognómicas, porque
mis ojos, lo mismo que mi atención, se distraían con el recreo y
embobamiento que tan grande hermosura les producían. ¡Lástima grande
que bajo aquella serenidad majestuosa, aunque algo artificial como los
papeles del teatro, se escondiese, cual serpiente en nido de rosas, el
odio tan ponderado verbalmente por ella!
—Si es cierto —dije— que por las averiguaciones que ha hecho usted,
como principal agraviada, se logra descubrir y capturar a ese hombre,
el estado y el rey están de enhorabuena. Precisamente nuestro amigo el
señor Lozano bebe los vientos por ponerle la mano encima. ¿Pues y don
Buenaventura? Poco contento se va a poner cuando yo le diga... Como que
nuestro paisano es el alma y la clave de las conspiraciones. Parece
mentira que una señora haya conseguido lo que intentaron hasta ahora
en vano tantos y tan buenos espías...
—¡Espías! Los de la Inquisición, lo mismo que los del gobierno, están
vendidos a los masones —afirmó Jenara con desprecio.
—Cuénteme usted todo; cuénteme esos prodigios.
Sonrió la dama, y por breve rato puso los ojos en el brasero, sin dejar
la sonrisa, que parecía esculpida en su rostro.
—Si le contara a usted todo lo que he hecho —dijo al fin—, se
asombraría de algunas cosas, y de otras se reiría, formando mala idea
de mí.
—Vamos a ver.
—Sin hacerse cargo de la impresión que produjo en mí la vista de ese
hombre en la iglesia del Rosario, nadie comprenderá las locuras que
he hecho. Yo estaba aterrada; parecía que me apretaban el corazón con
tenazas de hierro; yo no podía dormir; la terrible imagen iba tras de
mí a todas horas, infundiéndome miedo y una congoja extraña.
—Lo conocí.
—Yo presagiaba toda clase de males; veía en ese hombre un poder
maléfico... Era tal mi turbación y lo preocupada que yo vivía, que una
noche creí verle deslizarse por esos pasillos como un fantasma.
—¡Jenara!
—Sí; la imaginación me le puso delante... ¡y con cuánta verdad! Vi su
cara, sentí el ruido que hacía su capa rozando en las paredes...
Me quedé frío.
—Pero no... no se asuste usted... yo no creo en fantasmas. ¡Cosas de
mis ojos que suelen ver lo que no existe!... Ya me ha pasado lo mismo
otras veces... Ello es que la propia exaltación mía me dio fuerzas para
sobreponerme al miedo, a la congoja, y furiosa me revolví contra mi
atormentador. El placer de castigarle, de hacerle sentir el peso de una
mano justiciera dirigida por mí, dio mayor fuerza a mi voluntad. ¡Era
preciso buscarle, burlar su astucia, sorprenderle, cogerle, destrozarle!
—Veamos lo que hizo usted.
—Desde luego, sabiendo que ese hombre estaba en Madrid, parecía natural
creer que vivía en alguna parte.
—Eso no tiene la menor duda.
—Yo pensé de otra manera: yo pensé que viviría en muchas partes.
—Ya... es decir, que cambiaría todos los días de domicilio para
desorientar a sus perseguidores.
—Justamente. Pero esta idea tenía poco valor, mientras no se averiguase
una por lo menos de las guaridas del miserable. Empecé sin resultado
mis pesquisas, cuando de repente vino en mi ayuda la casualidad,
proporcionándome un nuevo encuentro con él cierta noche que volvíamos a
casa Paquita y yo un poco tarde.
—¿Y le habló a usted?
—¡Qué disparate! No me conoció: yo sí le conocí perfectamente, a pesar
de que iba embozado hasta los ojos.
—¿Y dónde fue ese encuentro?
—En la calle Mayor. Eran las nueve. Él iba en dirección a la plaza de
la Villa. Paquita y yo veníamos de casa del señor Grima, corregidor que
fue de Vitoria.
—Y usted y Paquita, llenas de terror, avivaron el paso para huir de él.
—Al contrario, volvimos atrás... y le seguimos.
—¿Le siguieron?
—Sí, señor. Nos arrebujamos muy bien en nuestros mantones, y le
seguimos a cierta distancia. Como él anda tan a prisa, llegamos sin
aliento a la calle de Santiago.
—Donde se escurrió por algún portal...
—Entró, sí, en una casa; pero yo no me desconcerté por eso, y con toda
serenidad examiné el edificio detenidamente. Era un palacio enorme,
pesado y triste, con grandes balcones y un escudo formidable sobre el
del centro. Parecía la vivienda de un grande de España. Monsalud, al
entrar en ella, iba a visitar a alguien; de ningún modo a quedarse allí.
—Muy bien pensado; pero las casas de los grandes, sobre todo si los
que las habitan no son muy grandes, suelen tener buhardillas que se
alquilan a gente pobre, y a las cuales se sube por la escalera de
servicio.
—También pensé yo esto —dijo la dama demostrándome su prodigioso método
de raciocinio—, y para salir de duda me decidí a preguntar al portero.
—Lo que no dejaba de ser aventurado y sospechoso.
—No me importaba; yo entré resueltamente y dije al portero: «¿Vive en
las buhardillas de esta casa una pobre viuda enferma, llamada doña
Petra, que ha puesto un anuncio en el _Diario_, pidiendo limosna a
las almas caritativas?» El portero me informó de lo que yo quería
saber, diciendo: «En esta casa no hay buhardillas alquiladas, ni aun
vivideras, ni aquí vive nadie más que mi amo el señor conde...» Ya
estaba segura de que Monsalud no vivía allí y de que más tarde o más
temprano saldría. Paquita y yo nos llenamos de paciencia y aguardamos.
—¡Qué valor, qué constancia sublime!... En una noche fría... dos
mujeres solas en la calle.
—Nadie se metió con nosotras. Antes de las once Monsalud salió.
—¿Y le siguieron?
—Le seguimos. Él miraba atrás algunas veces; pero viendo transeúntes
indiferentes o mujeres, seguía tan tranquilo.
—¿Y fue larga la segunda caminata?
—No muy larga. Entró en el café de Levante; pero no por la puerta del
local público, sino por otra lóbrega y estrecha que hay al costado y
por la cual creo se sube a la tertulia.
—Así es, en efecto. Supongo que no entrarían ustedes en el café ni
aguardarían tampoco la salida del aventurero, porque tales garitos no
se vacían hasta la madrugada.
—Entrar no; pero aguardar sí —me contestó con una serenidad que me
dejó pasmado—. En aquella acera, que es de gran tránsito a causa de
las puertas de los cafés cercanos, se ven mujeres y chicos que piden
limosna, castañeras, ciegos que venden villancicos, y también muchos
rateros y gente sospechosa, con la cual alternan en amor y compaña los
alguaciles. Paquita limpió el lodo junto a la puerta por donde él había
entrado y por donde esperábamos que saliera, y...
—¡Jesús, María y José! —exclamé interrumpiéndola—: ¿fue usted capaz?...
—Sí, señor; nos sentamos allí. Con los mantos sobre la cabeza, no
nos diferenciábamos gran cosa de la sociedad allí reunida... Yo no
me acobardaba ante ningún obstáculo. Resuelta a marchar derecha
a mi objeto, llena y encendida toda el alma con la llama de un
aborrecimiento que era mi sostén y mi martirio, no reparaba en
dificultades. Solo así se vence, señor Pipaón.
—¿Y hasta cuándo duró la guardia?
—Hasta las cuatro de la mañana. Fue aquella noche que estuve fuera de
casa. ¿Se acuerda usted? Entré por la mañana diciendo que había estado
acompañando a una amiga parturienta.
—Me acuerdo, sí.
—Hasta las cuatro, sí. Nos levantamos de allí medio heladas —continuó
riendo—. Él salió con otros tres; marchó hacia la calle Mayor. A la
entrada de la de Boteros, uno de ellos se separó, y Monsalud con los
dos restantes entró en la plaza. Les seguimos a bastante distancia;
pasaron a la calle de Toledo, y pasamos también nosotras. Detuviéronse
en la esquina de la calle Imperial, y entonces resolvimos adelantarnos
y pasar junto a ellos para que no sospecharan que los seguíamos. Cuando
pasamos oí claramente la voz de Salvador que decía a sus compañeros:
«Estoy muy fatigado, y voy a acostarme...» Siguiéndole, pues, hasta el
fin, era seguro que sabríamos dónde vivía.
—¡Qué admirable paciencia! El más astuto y diligente alguacil no haría
otro tanto.
—Esto no puede hacerlo la justicia, que es mercenaria y venal: lo hace
una mujer.
—¿Y dónde vivía?
—En la calle de Segovia. Detúvose en una puerta, y después de dar
varios golpes, bajaron a abrirle y entró.
—Dando fin con esto a las investigaciones de usted, pues no creo...
—No entramos..., ¡qué disparate! Pero examiné cuidadosamente la casa.
En los balcones del piso segundo de ella vi los papeles que suelen
ponerse en las casas de pupilos. En la parte exterior del portal vi una
muestra que anuncia lo siguiente: _Pepita Rojo, bordadora en fino_. En
el principal, otra tabla dice: _Planchadora_, y en el tercero un balcón
roto y algunos tiestos.
—¿Significa algo el balcón roto y los tiestos?
—Nada: lo digo para que vea usted cómo examiné uno por uno todos
los accidentes de la fachada de aquella casa, como se examinan las
facciones del facineroso que nos ha robado, para poder dar sus señas a
la justicia.
—¿De modo que le tenemos allí?
—No cante usted victoria todavía, señor mío, que aún falta mucho por
contar... Nos retiramos a casa. Yo calculaba que un hombre que se
acuesta a las cinco de la mañana no podría levantarse muy temprano.
—¿Pues qué? ¿Proyectaba usted nuevas excursiones? —pregunté con la
mayor sorpresa.
—A las ocho, después de charlar un poco con mi viejo, estábamos en la
calle Paquita y yo. ¿No se acuerda usted?
—Sí, me acuerdo.
—Salimos, sí, en dirección a la calle de Segovia. Llegamos: pregunté en
el portal por _Pepita Rojo, bordadora en fino_, y dijéronme que vivía
en el sotabanco; Paquita entró en la casa de huéspedes del segundo
pidiendo pupilaje.
—¡Qué demonio! Fue cuando Paquita estuvo fuera de casa tres días, y
usted dijo que había ido a Daganzo de Abajo a ver a su madre enferma.
—Eso es. Yo entré en casa de la bordadora a encargarle una obra muy
difícil y costosa. Sin hacer alarde de riqueza, me mostré generosa;
volví al día siguiente, llevando un regalito a sus niños; conocí
a su marido, que es herrero, y no parecía tener trato alguno con
revolucionarios; pero ni mi observación ni mi dinero me dieron luz
alguna.
—¿Y Paquita?
—Vivió allí tres días. Hízose, por encargo mío, la desenvuelta, para
comunicarse con los demás huéspedes, y principalmente con un tal Núñez,
algo misterioso, que en la misma casa vivía, teniendo consigo a un
primo, que se decía recién llegado de Valencia.
—Ese primo...
—Yo iba a visitar a Paquita, porque esta no podía hacer gran cosa
sola. Apenas había visto la fisonomía de Monsalud y no conocía el
metal de su voz. El tercer día de mi visita temblé de pavor y al
mismo tiempo de alborozo: había oído la voz del miserable en una
habitación inmediata. Al punto nos encerramos, y Paquita practicó
sigilosamente un agujero en el endeble tabique detrás de un cuadro.
Oímos algo; pero nada importante. Núñez y Monsalud habían llamado a
la patrona y contaban el dinero para pagarle, pues se marchaban de la
casa. Su conversación era indiferente, y ni una palabra dijeron que
indicase cuál iba a ser su nuevo domicilio. Llegó entonces un tercero,
salieron todos, y metiéndose en un coche, que a la puerta les esperaba,
partieron, sin que fuera posible averiguar nada.
—¡Perdido otra vez! ¿Y no se dio usted por vencida?
—Nada de eso. Paquita y yo entramos después en conversación con la
patrona, tratando de descubrir algo; pero nada sacamos en limpio. La
buena mujer ponderó la puntualidad y largueza con que semanalmente le
pagaba Núñez, calificando a este y a su primo de excelentes sujetos. No
hacía un cuarto de hora que habían salido, cuando llegaron... ¿quiénes
dirá usted?
—No sé.
—Los alguaciles de la Inquisición de Corte, con un señor familiar a la
cabeza.
—¿A prenderles? ¡Qué oportunidad!... Los herejes y masones son como el
humo: les ve uno y no puede echarles mano.
—Tranquilizada y en paz la casa, luego que los alguaciles, con el señor
familiar al frente, se marcharon, reanudamos nuestra conversación
Paquita, la pupilera y yo. Fingí ser persona de escasos posibles,
viuda de un militar, y dije que me acomodaría en aquella casa al lado
de mi amiga, si me admitían por poco dinero. Era mi deseo penetrar en
la habitación abandonada por los fugitivos, para ver si habían dejado
algún objeto que aclarase un poco las tinieblas en que me encontraba.
Enseñome el cuarto la posadera, y al punto lo examiné todo: paredes,
muebles, piso. En un rincón de este había varios pedazos de papel,
una carta rota. En un momento en que estuvimos solas, los recogí, y
guardados cuidadosamente, me los traje a casa para juntarlos y leerlos.
Diciendo esto, sacó de su costurero un papel en que estaban pegados los
pedazos de la epístola.
—Lo que pude reunir y junté de este modo —dijo mostrándomelo— no es más
que una tercera parte de la carta, y solo resultan frases sueltas de
oscuro sentido. Vea usted:
«...mingo a las nueve de la noche te espero en la esquina... ana
vieja no puedes venir a mi casa... que mi ma... Caraban... enojada,
furiosa y no mereces... Andrea.»