—No entiendo una palabra de esta monserga —dije, devolviendo el papel.
—Pero basta fijarse un poco para comprender que es una cita amorosa. La
firma de la dama es Andrea.
—¡Andrea!... Conozco yo varias Andreas.
—A mí no me importaba conocer a la dama: lo principal era saber el
punto en que se verificaría la cita amorosa, y esto bien se descubría
reflexionando un poco.
—¿En dónde?
—En la esquina de la calle de la Aduana vieja.
—Es verdad... el domingo. ¿Y fue usted?
—¿Pues no había de ir? Aquella noche Paquita y yo la pasamos también
en claro. Vi a los dos amantes. Se me figura que él no está muy
entusiasmado; ella debe de valer poco; separáronse pronto.
—¿Y le siguió usted de nuevo?
—Por todo Madrid; hasta que después de diversas paradas y escalas aquí
y allí, paró cerca de la madrugada en la casa donde vivía y donde vive
ahora.
—¡Admirable, sorprendente!
—Desde que descubrí su nuevo albergue comenzó Dios a favorecerme,
porque Paquita reconoció en aquella la casa donde vive una parienta
suya y paisana, con la cual tiene muy buena amistad. Fue a visitarla al
día siguiente, y por ella supe que el marido de doña Teresona (que así
se llama la de Daganzo) es portero, conserje o guardián de la tal casa,
perteneciente a bienes mostrencos y habitada por un administrador de
estos. El señor Roque pertenece en cuerpo y alma al habitante principal
de la casa. Es difícil corromperle; pero no así la señora Teresona,
que, insensible primero a mis ruegos, se ablandó con los regalos que
le hice. Todos mis ahorros y el producto de parte de mis alhajas que
vendí, lo he empleado en tentar la codicia y ganarme la voluntad de
aquella mujer. He penetrado anoche en la casa, y escondida en un
miserable cuarto trastero que da al patio y a la escalera grande, he
visto entrar a Monsalud con otros dos, encender luz y encerrarse en la
única pieza habitable del piso alto, cuyos largos corredores desnudos,
abiertos, fríos y solitarios, tiemblan y crujen cuando alguien pasa
por ellos. Nada más necesito decir a usted sino que cuando la justicia
quiera apoderarse del conspirador, puede hacerlo cómodamente y sin
peligro ni ruido.
—Mañana mismo —dije frotándome las manos de gozo—. ¡Gracias a Dios!
España verá al fin un día de justicia, ya que ha visto tantos de
bajezas, debilidades e infames sobornos.
—¿Y se hará justicia? —preguntó Jenara con energía—. Este indigno
espionaje que he referido, ¿será un vano capricho de mujer furiosa?
—La Inquisición sabe dónde tiene la mano derecha.
—La Inquisición no sabe nada —replicó ella con desprecio—. Sueño con la
justicia, y la justicia debe hacerse, debo hacerla yo misma. ¿Para qué
he de fiar mi justa venganza a la Sala de Alcaldes o a la Inquisición?
¿Necesito acaso de ellos? ¿Por ventura no estoy yo aquí?
Al decir esto, el vivo rayo de sus ojos indicaba una contumacia y una
virilidad (permítase la palabra) que me infundían miedo. Aquella mujer
no necesitaba de nadie para realizar sus ideas.
—Veo —le dije— que usted será capaz de suplir con su acerada voluntad
a nuestra débil o impotente justicia. A tanto vilipendio han llegado
el siglo y los tiempos, que una mujer sola, sin más auxilio que su
corazón de fuego y su iniciativa poderosa, podrá dar satisfacción a la
moral pública y a la patria ultrajada. ¡Admirable espectáculo! ¡Cuán
grande es la mujer, cuando quiere serlo! ¡Qué heroísmo! ¡Qué lección a
los vanos y corrompidos hombres, señora!... Dios infunde a una mujer
esta energía potente; Dios envía un destello de su justicia sobre el
ser más débil y más bello de la creación, para que la gran idea no se
extinga en el mundo. Yace la autoridad hecha pedazos en el fango de
las logias y en las alfombras de los palacios. Dios da a una mujer el
encargo de recogerla, y la gran fuerza vuelve a brillar como un acero
terrible sobre la cabeza de los pueblos, atontados y embrutecidos por
el democratismo y la revolución...
Jenara, profundamente abstraída, no contestó nada a mis ditirambos.
—Pero yo —continué con el mismo calor—, yo, en cierto modo
representante de esa justicia oficial que tan mal cumple sus deberes,
estoy interesado en que recobre su esplendor; he adquirido cierto
compromiso en este asunto, y, por tanto, me atrevo a reclamar el
delincuente.
—¿Para prenderle mañana y soltarle pasado mañana?
—No: yo juro a usted por Dios que nos oye, que Salvador no quedará esta
vez sin castigo... ¡Pues no faltaba más...! Respondo de ello...
—Es usted como todos —me dijo gravemente—. Pero este asunto me causa
tanto terror, que no puedo empeñarme en llevar adelante mi primer
pensamiento. Es una locura, un desvarío... Mi corazón irritado y
furioso me ha impulsado hacia un fin terrible; pero en mi alma hay
también destellos de luz religiosa; tiemblo, retrocedo y me digo:
«Jenara, ¿qué vas a hacer?...» Mientras buscaba a mi insultador y
asesino de mi esposo, no me causaba espanto el considerar la merecida
expiación de sus culpas; pero ahora que le tengo, ahora que le veo
en mi poder, casi puedo decir dentro de una jaula, siento frío en
el corazón. «¿Qué debo hacer?», me pregunto. Si fuera hombre, la
cuestión estaba resuelta. Si mi esposo estuviera aquí, también. Pero
me encuentro sola. ¿Qué puede hacer una mujer? Antes me condenaré a
los tormentos del despecho toda mi vida, que comprar con oro una
mano extraña. Si tan horrible idea cupo un día en mi cerebro, hoy
la rechaza mi corazón... Le tengo en mi poder y vacilo... Cuando le
perseguía, todas las ferocidades del castigo, hasta el asesinato,
me parecían naturales... Mi mano le coge al fin, y todo es congoja,
indecisión... Ahora me acuerdo —añadió sonriendo— de un caso ocurrido
el otro día y que no por trivial deja de ser muy apropiado a lo que
ahora nos ocupa. Dispénseme usted lo frívolo del cuento y óigalo.
Durante muchas noches me mortificaba en mi cuarto un miserable
ratoncillo, quitándome el sueño y adjudicándose multitud de objetos de
mi propiedad. Cuanto ideamos Paquita y yo para apoderarnos del vándalo
fue inútil. Yo me desesperaba, y desvelada por las travesuras ruidosas
de nuestro intruso, tramaba mil proyectos de exterminio contra él.
Estrujarle, aplastarle, quemarle vivo, ahogarle, todo me parecía poco.
Oyendo el rumor de sus dientes y sus menudos pasos, mi corazón se
abrasaba (no se ría usted) en furores de venganza. Ningún placer había
comparable al placer de verle en la boca de un gato, o en las tenazas
de la cocinera, o en las manos de un pilluelo de las calles... Por
último, le cogí en la ratonera que usted nos dio. Cuando le vi preso
y en capilla, toda aquella tempestad de crueldades que rugían en mi
corazón, desaparecieron como por encanto: aparté la vista con horror
y repugnancia, y entregando la ratonera a Paquita, le dije: «Mátale
donde yo no le vea ni le sienta...» ¿Querrá usted creer que me puse
nerviosa... que casi estuve a punto de llorar... que fui corriendo de
mi cuarto, porque desde él se sentían los chillidos lastimeros del
pobre animal?
—¡Corazón generoso en voluntad firme! —exclamé—. Bien, señora mía:
entrégueme usted esa ratonera donde acaba de caer el vándalo. Yo juro...
—Usted jurará todo lo que quiera; ¿pero de qué valen todas sus buenas
intenciones contra la flojedad del gobierno? Le prenderán hoy, y
mañana...
—Hay una gran irritación contra él, y no es fácil que se le suelte. Vea
usted cómo la señora Fermina Monsalud cayó en poder de la Inquisición
hace años, y aún se pudre en un calabozo, a pesar de los esfuerzos que
hacen los masones para salvarla.
—La prisión y el tormento que han dado a esa buena mujer es una
iniquidad que me horroriza.
—¡También usted se interesa por ella!
—Por la justicia. Toda infamia me irrita, y jamás perdonaré a mi esposo
y a mi abuelo la crueldad con que han tratado a esa pobre señora
inocente. ¿Es ella responsable de los crímenes de su hijo?
—Hasta cierto punto...
—Hasta ningún punto —dijo bruscamente y con enojo—. ¡Cuántas veces he
reñido con Carlos, echándole en cara su conducta en este particular!
¿No es inicuo, no es contrario a todas las leyes divinas y humanas
atormentar a una infeliz mujer, para que..., para que declare que
es cómplice de los crímenes de su hijo? Si no lo es, ¿cómo ha de
declararlo?
Advertí en el semblante de Jenara una emoción muy visible, fenómeno
raro en ella. Era la primera vez que aparecía conmovida durante nuestro
largo coloquio de aquella noche.
—Veo que el odio de que hablaba usted hace poco —le dije— tiene también
sus suavidades.
—Sobre mi odio está mi justicia —repuso—. Y qué, ¿puede negarse que
esta iniquidad de mi familia atraerá sobre nosotros la cólera de Dios?
Yo preveo desgracias, yo preveo desastres en mi casa. ¡Ay!, ¿por qué
no somos felices? En este matrimonio, en esta joven familia llena de
tristezas, hay una cosa negra que todo lo envuelve.
Quedose meditabunda. Contemplándola y tratando de penetrar en los
antros de su alma, yo decía entre dientes:
—¿Qué misterios hay en ti, mujer? ¿Qué tienes detrás del cielo de esos
ojos?
Luego hablé en voz alta, diciéndole:
—Verdaderamente, es crueldad inútil atormentar a esa desgraciada.
Se conoce que Salvador bebe los vientos por librarla de los señores
inquisidores. Ya vio usted aquella insolente hoja...
—Debió usted hacer algo en pro de la infeliz mujer —dijo en tono de
viva reconvención—. ¡Qué ocasión tiene usted para hacer una obra de
caridad y contentarme al mismo tiempo!
Dijo esto, y se levantó con la súbita agitación de una persona
impaciente.
—¿Qué más deseo yo sino agradar a usted?
—Dirá usted que es capricho; pero mi conciencia me repite que es ley.
—Y lo será.
—El señor de Pipaón tiene buenos sentimientos.
—Sin duda.
—Pues haga lo que piden la justicia y la piedad: empéñese usted con
Lozano para que mande poner en libertad a la mártir Fermina Monsalud.
Quedeme perplejo. La animación de Jenara, su encendido color y el rayo
de sus ojos, indicaban sensibilidad muy viva. El cambio repentino de
aquella alma, que había pasado de la fría impasibilidad inquisitorial a
un arranque de compasión ardiente, me confundía.
—Es difícil que Lozano de Torres consienta...
—Pues me quedo con mi prisionero —afirmó, con un destello de ira—. Haré
de él lo que me convenga.
Alcé los hombros, y sin decir nada, acerqué las palmas de mis manos a
la lumbre.
—Me guardo mi prisionero; me guardo mi víctima; me guardo mi reo. Yo le
pondré en capilla cuando me convenga.
—Bueno —dije sencillamente—. En ese caso no hay nada que añadir. Lo más
que puedo hacer es hablar a Lozano de Torres.
—Y hacerle ver la injusticia y atrocidad que están cometiendo —añadió
suavizándose—. ¡Ay, Pipaón: desde hace tiempo deseaba yo que alguien
de esta casa se interesase por esa pobre mujer! No me atreví a
decirlo por no enfadar a mi abuelo; pero créalo usted, ¡me causaba
tanta pena!... Tenía vergüenza de manifestarlo: ¡parece mentira que
cause bochorno la piedad!... Se me figura, además, que esta horrible
injusticia ha de traer grandes calamidades a mi familia; pienso mucho
en esto: estoy viendo venir el castigo de Dios.
—Nada, nada, señora, por mí no quedará.
—Pero qué locuras digo —añadió, tranquilizándose—. ¡He dicho que
guardaba a mi prisionero! ¿Para qué le quiero yo?... No, la obra de
caridad que solicito nada tiene que ver con ese hombre. El perdón de la
madre inocente hará resaltar más la justicia castigando al hijo malvado.
—Ha dicho usted que se reservaba para sí el prisionero.
—Una tontería, Pipaón. ¿Quiere usted saber ahora mismo dónde está
Salvador? En la calle del Divino Pastor, núm. 4, junto a Monteleón.
—Gracias, gracias.
—Justicia, pido justicia; y pues usted se presta a hacerla en mi
nombre, ponga en libertad a Fermina Monsalud; líbreme usted de ese
remordimiento que sufro por crueldades ajenas; aparte usted de mi
familia y de mí esa sangre que está cayendo gota a gota sobre nosotros,
y lo agradeceré con toda mi alma.
—Lo intentaré, señora; pero estoy confuso... Los extraños sentimientos
de usted no se explican fácilmente. De pronto una furia inquisitorial
contra el hijo... de pronto una sensibilidad plañidera en favor de la
madre. ¿Qué es esto?
—¿Acaso lo sé yo? Amigo don Juan, la holgazanería del corazón trae
estas extremadas vehemencias.
—¡La holgazanería del corazón!
—La falta de afecciones tranquilas. Mi soledad, el alejamiento de mi
marido, el no ser ni madre ni hermana de nadie traen un estado en que
el corazón ocioso trabaja buscando afectos. Es como un desheredado que
ha de ganarse la vida. Trabaja, discurre o coge lo que encuentra.
—Me alegraré de que el señor don Carlos vuelva pronto. Entre tanto,
señora, abogaré por la mamá; y en cuanto al hijo...
—No le nombre usted más —replicó, volviendo el rostro con repugnancia—.
Lo que resta por hacer no me corresponde a mí. Cójale usted,
enciérrele, mátele, descuartícele enhorabuena. No me verá usted
conmovida ni alarmada, con tal que el castigo se haga lejos de mí.
—Le cogeré, le encerraré, le mataré, le descuartizaré.
—Le entrego a usted la ratonera —dijo riendo—, y aparto la cara y me
tapo los oídos. Mi rencor acaba donde empieza el verdugo.
—Muy bien: del otro asuntillo yo hablaré mañana mismo al ministro.
—No diga usted que es cosa mía. ¡Si Carlos lo supiera!...
—No, lo haré por mi cuenta. Dudo mucho que consiga nada...
—Insista usted. Ponga usted ese favor por condición ineludible para la
entrega del conspirador más atrevido de estos tiempos.
—No es mala idea. ¿Y no se nos escapará de aquí a mañana?
—¿Cree usted que he gastado en balde mi dinero y mi tiempo? —dijo en
tono de seguridad—. Esté usted tranquilo.
—Pues no hay más que hablar.
—Nada más.
Y nos despedimos para retirarnos.
X
Al día siguiente, cuando a salir me disponía, entró un amigo, y me dijo
que corría por Madrid la noticia de que dejaba el ministerio de Gracia
y Justicia el señor Lozano de Torres. Esto varió de improviso el curso
de mis ideas, obligándome a apresurar mi visita al mencionado señor, y
quitándome al mismo tiempo las pocas esperanzas que tenía de conseguir
de él lo que a solicitar iba, por ser muy difícil tocar la fibra de la
piedad en un ministro sentenciado. Pero no había dado veinte pasos por
la calle Ancha, cuando otro amigo, oficial en el ministerio de Gracia y
Justicia, me detuvo diciéndome:
—En la casa se asegura que sucederá a don Juan Esteban el señor marqués
de M***.
Nuevas confusiones en mi cabeza. Poco después estaba en el despacho de
Su Excelencia. Cuando yo entraba, entró también el señor don Ignacio
Martínez Villela, circunstancia que no carecía de significación
para mí. El señor Lozano estaba meditabundo y como acongojado, sin
duda porque veía encima el palo con que la majestad de Fernando
recompensaría pronto un amor desmedido. A nuestras preguntas, no
obstante, contestó que nada sabía de destitución, y que el rey se había
mostrado la noche anterior más cariñoso que nunca, lo cual, en puridad,
no quería decir nada. Pero lo que más me sorprendió desde el principio
de mi visita, causándome mucho gusto, fue que el ministro recibió a
Villela con extraordinarias muestras de aprecio.
Ya le he dicho a usted —manifestó este— que ha tiempo que el marqués le
mina a usted el terreno. Usted no quiere hacer caso de mí, no quiere
seguir mis consejos...
El _Zorro_ no contestó nada, y seguía muy taciturno.
—Ya nos cayó quehacer —dijo jovialmente Villela, sacando su caja
de tabaco—, porque el señor don Buenaventura va a entregarse a la
persecución de masones con un celo lamentable, y ahora... ya se sabe...
vamos a ser masones y jacobinos todos los que no pensamos como él. Seré
masón yo, será masón usted...
—¡Yo!... —dijo el ministro.
—Sí; ahora, amigo mío, todo aquel que no tenga la suerte de agradar al
señor marqués... ya se sabe.
—Pues que no me busque el señor marqués —exclamó Lozano, súbitamente
arrebatado de ira—, porque me encontrará.
Villela rompió a reír. Su doble barba temblaba al compás de la risa.
—Pero, hombre, si se lo estoy diciendo... —gruñó don Ignacio—, y usted
no quiere creerme; y usted cada vez más condescendiente con el señor
marqués; y usted erre que erre, creyendo que el señor marqués es el
brazo derecho de la nación. Hace tiempo que en esta casa somos tratados
como perros todos los que no tenemos esa acendrada admiración y culto
por el ínclito marqués de M***.
—¿Como perros?
—O como masones. Hace tiempo que aquí le niegan a uno hasta los
favores más insignificantes, si no obtienen la venia del señor don
Buenaventura, de esa lumbrera sin cuyos resplandores parece que los de
esta casa no se ven la punta de la nariz...
—Pues qué, ¿no he accedido a todas las peticiones de usted? —dijo el
ministro con pena.
—A ninguna, señor don Juan Esteban. En cambio el señor marqués, a quien
se indica para sucesor de usted, y que tanto trabaja para conseguirlo,
no ha tenido más que boquear para ver realizados toda suerte de
antojillos. Ya se cobrará los favores que ha recibido: descuide usted.
Ahora, es corriente, todos somos masones. Preparémonos, señor don Juan
Esteban, a que caiga sobre nosotros la familiaridad del familiar.
—¿Qué dice a esto Pipaón? —me preguntó el ministro.
—Solo sé que en Madrid no se habla de otra cosa que de la entrada del
señor don Buenaventura en este ministerio —dije con gran aplomo.
—No se habla de otra cosa... —repitió Lozano, sin poder disimular que
tenía traspasado el corazón.
—Y un amigo mío, que ahora venía de Palacio, me lo dijo también
—añadí—. Si aquí nadie está seguro... ¿De qué sirven una lealtad
acrisolada, una disposición extraordinaria y una experiencia no
común?... Pero consuélese usted, señor Lozano de Torres, con
saber que quedarán en el país excelentes recuerdos de su paternal
administración...
—¿Sí, eh?
—Es evidente. El hombre honrado, el hombre inteligente, el hombre que
cumple con su deber, tiene por premio la admiración y el respeto de
los pueblos: ¿qué más quiere?... Goza usted de fama además de hombre
benigno, y que aborrece las crueldades...
—Lo que es eso...
—Hasta cierto punto —dijo Villela sonriendo.
—Hasta donde se ha podido —afirmé yo—. El señor Lozano no abandonará
esta casa, sin dar la última prueba de su caritativo corazón y
sentimientos cristianos. Sí: ¿por qué no he de decirlo de una vez? Hoy
vengo aquí con una pretensión de generosidad que proporcionará a usted,
amigo mío, ocasión de mostrar la bondad de su alma.
—Para pedirme una obra de caridad no se necesita tanto aparato —dijo
el ministro—. Si no es más que eso...
—Vengo a solicitar, en nombre y a petición de varios paisanos míos,
que la Inquisición de Logroño ponga en libertad a Fermina Monsalud,
inicuamente atormentada.
Lozano de Torres frunció el ceño.
—Aquí te quiero ver —dijo Villela, echando hacia atrás el inmenso
cuerpo, y riendo como un ídolo asiático—. ¡Si esa es la petición que yo
hice el otro día!... pero no, no agrada al señor don Buenaventura...
¡Pues no faltaba más, sino que se fuera a poner en libertad a una mujer
inocente!... ¡Duro en ella, señor ministro! La religión y el estado
exigen que esa mártir perezca.
Sus risas atronaban la sala.
—Aquí hay una madre presa y un hijo que conspira —manifestó el ministro.
—Eso es —gruñó Villela—. ¿No se puede coger al hijo?... pues
descoyuntar a la madre. ¿Hay nada más lógico?
—Es una iniquidad —dijo Lozano con movimiento repentino—. Esa pobre
señora debe ser puesta en libertad.
Alargó la mano para tomar pluma y papel.
—Tate, tate —exclamó con toda la fuerza de su mordaz ironía el
_Elefante_—. ¿Qué hace usted? Cuidadito, se enojará don Buenaventura...
—Es una obra de caridad.
—Masónico, eso es masónico puro —gritó Villela, dejándose caer en el
sillón.
—Mandaremos al Consejo Supremo que disponga inmediatamente la libertad
de esa mujer —dijo Lozano escribiendo.
—Hombre de Dios —manifestó el consejero variando al fin de tono
y hablando seriamente—, ¿no solicité lo mismo hace tres días? Ha
necesitado usted que otro lo recomendara para hacerlo...
—Mis paisanos... —indiqué yo.
—Señor Pipaón —dijo Villela, volviendo a las burlas—. Usted es masón.
—¿Por qué?
—Porque ha pedido que se pusiera en libertad a una víctima de la
Santa... y también yo soy masón, porque lo pedí antes, y también es
masón el señor Lozano, porque lo concede. Preparémonos a que los espías
del marqués se metan en nuestras casas.
Lozano escribía.
—¿Manda usted a la Suprema que dé las órdenes? —preguntó el consejero
mirando por encima del hombro de Lozano lo que este escribía.
—¡A rajatabla! —respondió Torres echando una rúbrica que parecía una
puñalada.
Estaba furioso. Parecía un gato perseguido; y cuando tiró de la
campanilla para llamar a un oficial, sus ojuelos azules despedían
fulgor vengativo.
—Ya está hecho —dijo con el placer de quien ve el éxito de su primer
rasguño.
—Ha hecho usted una obra admirable —afirmó Villela alargando sus
brazos hacia el ministro—; permítame que le abrace. Y ahora me toca a
mí. Tenemos mucho que hablar. Si Pipaón tuviera la bondad de dejarnos
solos...
—Precisamente tengo que hacer...
Di las gracias a Lozano, que me reiteró verbalmente su estimación.
Villela me dijo al despedirme:
—El ministro y yo vamos a hablar de masonería. Si ve usted a don
Buenaventura, denúnciele esta logia.
—Pues hablemos de masonería —repitió Lozano sentándose junto a la
corpulenta humanidad de su amigo—. Pipaón, adiós.
Yo estaba tan sorprendido como satisfecho. Presentábanse aquel día las
cosas a pedir de boca, pues después de conseguir del ministro amenazado
lo que poco antes me resultara imposible o al menos dificilísimo,
quedábame ancho y expedito el camino para congraciarme con el ministro
sucesor, proporcionándole uno de los más vivos goces que pudiera
anhelar. La Providencia, que jamás me abandonó, disponía en aquella
ocasión que quedase bien con todos: bien con Lozano de Torres, y mejor
aún con el marqués, principal imán de mis complacencias a la sazón,
porque los servicios que yo le prestara habían de influir mucho en la
provisión de la primer vacante en el Consejo.
Recibiome don Buenaventura gozoso, aunque con modestas razones aseguró
no tener noticia de su proximidad al sillón de Gracia y Justicia.
Cuando le comuniqué las verídicas noticias que llevaba, púsose más
alegre, y al punto se vistió para ir en busca del Gobernador de la Sala
de Alcaldes, y del señor Alguacil Mayor de la Inquisición de Corte. El
estado y la Iglesia estaban de enhorabuena. Tomáronse desde por la
mañana con el mayor sigilo todas las precauciones imaginables, porque
el señor don Buenaventura era uno de los esbirros más celosos y más
diligentes que por entonces tenía el absolutismo. Para que se vea qué
vehemencia acostumbraba poner aquel piadoso varón en sus gestiones
inquisitoriales, dejaré hablar por un momento a un célebre cronista de
aquellos tiempos.[2]
[2] Van-Halen, _Memorias_.
«El marqués de M***, familiar del Santo Oficio, hombre fanático por
la Inquisición, y oficioso por ella con delirio, había por sí y
ante sí organizado una tropa de espías, que él pagaba a sus propias
expensas, y en la que figuraba con distinción un antiguo oficial
suizo, que, conociendo el flaco de este corifeo, lo embaucaba y hacía
creer mil maravillas. Nadie osó ofrecer al rey mi nueva captura con
la decisión que este digno caballero.»
Don Buenaventura, aunque marqués, vivía en una casa de huéspedes de la
calle de la Abada. Amigo de la casa y obsequiador de las tres hermosas
niñas de la patrona era un tal Núñez, compinche de los conspiradores,
el cual se había dado muy buenas trazas para espiar a los espías del
marqués y al marqués mismo de un modo tan seguro como ingenioso. Y fue
que las niñas habían practicado un agujero en el tabique de la estancia
del familiar, el cual huequecillo, cubierto con un mapa, les permitía
oír desde la pieza inmediata cuanto en aquella se decía. Desde que
iba el suizo a dar parte de sus pesquisas o a recibir órdenes de don
Buenaventura, ya estaban las niñas con el oído pegado a la pared, y
junto a ellas el travieso Núñez. Véase por esto si daría resultados la
policía del marqués.
Cuando todo quedó concertado, después de mis revelaciones para dar el
golpe seguro contra el astuto agitador, aquella misma noche mi ilustre
amigo y protector me dijo:
—Querido Pipaón, no puedes figurarte cuánto hemos penado el señor
Alguacil Mayor y yo, noches pasadas. Recorrimos toda una manzana de
casas, saltando de tejado en tejado, más parecidos a gatos que a
grandes de España. El señor duque se destrozó una pierna contra la reja
de una buhardilla, y yo resbalé por las tejas... ¡Ay!, poco me faltó
para rodar hasta el alero y caer a la calle... Y por fin de fiesta,
no cogimos nada... por todas partes gente honrada y piadosa. Madrid,
y sobre todo los pisos altos, desvanes, sotabancos y chiribitiles,
están atestados de modelos de virtud... Los espías que pago son perros
jóvenes que apenas tienen olfato... se equivocan siempre. Denuncian
un conspirador hereje en tal o cual buhardilla, vamos allá y resulta
un exabate hambriento que compone villancicos y romances para los
ciegos... Nos hablan de una logia, corremos a ella, y después de
rompernos las piernas contra las chimeneas, hallamos un altar donde
se adora entre flores y velas a la santísima Virgen... O los espías
no sirven para el oficio, o la sociedad toda es una mentira, pura
hipocresía y enredo... En fin, si es verdad lo que me has dicho, esta
noche haremos algo de provecho, mayormente si Su Majestad se digna
nombrarme ministro. Como supongo que estás impaciente por saber el
resultado del golpe, en cuanto todo esté hecho, te mandaré un recado
con Perico.
Dejé a don Buenaventura entregado a sus dulces proyectos, y después
de despachar varios asuntos, me retiré ya de noche a mi casa, donde
encontré a don Antonio Ugarte, que pocos días antes había llegado de
Andalucía, y me estaba esperando para hablar conmigo, según dijo, de un
negocio interesante.
Desde que le vi, diome un vuelco el corazón, anunciándome con su
ignoto lenguaje que algo grave iba a tratar conmigo el tal sujeto.
Era Ugarte el hombre a quien yo más respetaba en aquella época. Su
suprema inteligencia y tino me subyugaban de tal modo, que no podía
dejar de obedecerle ciegamente. Sus presunciones, sus barruntos, eran
leyes para mí; y a pesar de mi amistad con diversas personas, solo
aquella influía de un modo poderoso en mis ideas y en mi conducta. Al
mismo tiempo, él me tenía por auxiliar tan poderoso de sus planes, que
podía llamarme su brazo derecho. Ugarte no podía ir a mi casa para una
tontería. Advertí que traía un paquete bajo la capa; algo estupendo iba
a salir de sus sibilíticos labios. El coloquio que ambos sostuvimos
encerrados en mi cuarto y sentados frente a frente, es tan útil para la
perfecta inteligencia de estas _Memorias_ mías, que no puedo pasarlo en
silencio.