—Señores —dijo sin responder a nuestro saludo—, ocurre una cosa muy
importante. El señor Requena acaba de morir de un ataque de apoplejía
fulminante. ¡Pobre señor, pobre amigo mío! ¡Nos queríamos tanto!...
Pero, en fin, puesto que Dios ha querido llamarle a su seno... ello es
que con esta muerte hay ya otra vacante en el Consejo.
Yo di un salto en mi sillón.
—¡Una vacante en el Consejo! —repitieron el marqués de M*** y Lozano de
Torres.
—Si, señores —añadió Villela sentándose—: una vacante en la Sala de
Provincia.
—No podía venir más a propósito —dijo Lozano de Torres mirándome.
—Ahí tienes, Pipaón, ahí tienes... —dijo el marqués de M***—. La
Providencia no abandona jamás a quien confía en ella. He aquí que cae
del cielo una vacante y te toca en la punta de la nariz.
—Poco a poco, señores —dijo el señor Villela de muy mal talante,
mirándome por encima de sus gafas verdes—. No me toquen a esa vacante,
que es para mi primo.
Toda la hiel de mi cuerpo vino a mis labios al oír esto, y era tanto lo
que se me ocurría decir, que no dije nada.
—Tengo promesa de Su Majestad para la primera vacante —añadió Villela—;
y además, amigo Lozano, ¿no hablamos de esto la otra noche?
—Sí, es cierto... —repuso con turbación el ministro—; pero, a la
verdad, no sé cómo contentar a todos. Pasan ya de media docena las
personas a quienes Su Majestad ha prometido la primera vacante. Creo
que lo mejor será echar suertes.
—¡Bah! —exclamó Villela con su impaciencia habitual y mirándome de hito
en hito—; ¿lo dice usted por Pipaón, que nos está oyendo? Amiguito,
usted es joven aún y puede esperar. En mis tiempos no se entraba en
el Consejo antes de los sesenta años. En los que vivo no he visto un
mozo más favorecido que usted por la fortuna... Cuando mucho se sube,
más peligrosa puede ser la caída. Usted se ha encaramado con excesiva
prontitud, y me temo que si no se detiene un tantico, vamos a ver
pronto el batacazo... Un polvito, señor marqués; un polvito, señor
Lozano; amigo Pipaón, un polvito.
Describió un lento semicírculo con su caja de rapé, en la cual iban
entrando sucesivamente los dedos de los amigos.
—Señor don Ignacio —repuse yo aspirando con placer el oloroso polvo—,
admito los consejos de una persona tan autorizada como usted... pero
debo hacer una indicación. Jamás pretendí la plaza de consejero; pero
como se me ha ofrecido repetidas veces, y se ha hecho pública mi pronta
entrada en la insigne corporación, sostengo el cuasi derecho que me da
la real promesa.
—¡Oh!... usted puede sostener lo que quiera —indicó Villela, volviendo
risueño el rostro y elevando la mano, cuyos dedos sostenían aún el
polvo—. Cada uno es dueño de tener las ilusiones que quiera. Por eso no
hemos de reñir.
—Con perdón del señor Villela —dije yo, inclinándome y poniendo un
freno a mi cólera—, seguiré esperando, pues Su Majestad no me ha de
dejar en ridículo.
—¡Tantas veces han puesto en ridículo a Su Majestad personas que yo
conozco...! —indicó el consejero de la Sala de Justicia, llevándose
a la nariz los dedos y aspirando el tabaco con cierto adormecimiento
voluptuoso en sus ojos ratoniles.
—¡No lo dirá usted por mí! —repliqué colérico.
Villela se puso muy encendido.
—Por todos —murmuró.
—Señores, señores, basta de tonterías —dijo el ministro, conociendo
que la cuestión se agriaba un poco—. Basta de pullas. Se procurará
contentar a todos. Esto se acabó.
—Por mi parte, concluido —dijo Villela estirando el cuerpo, arqueando
las cejas, sacudiendo los dedos y tirando de la punta del monumental
pañuelo para sacarlo del bolsillo.
—Por mi parte, ni empezado siquiera —indiqué yo.
—Háblese de otra cosa —dijo el marqués de M***.
—Hablarán ustedes, porque yo me voy al Consejo —dijo Villela, después
de sonarse con estrépito.
—¿Tan pronto?
—Pero no sin hacer al señor ministro una recomendación. A eso he venido.
Diciendo esto, Villela sacó un papelito.
—Veamos qué es ello.
—Lo primero que pido al señor Lozano de Torres, confiado en que lo
hará, es una obra de justicia: es que ponga término a una iniquidad
horrenda, a un atropello impropio de los tiempos que corren.
—¿Qué?
—En las cárceles de la Inquisición de Logroño —continuó Villela— está
una pobre mujer anciana, llamada Fermina Monsalud, a la cual se ha dado
tormento para arrancarle declaraciones en la causa que se sigue a un
hijo suyo que vive en Francia. Es mujer piadosísima, y a nadie se le
ha ocurrido tacharla de herejía. ¿Por qué ha de pagar esa inocente las
faltas de otro? Si no pueden atar a la rueda al verdadero criminal,
¿por qué se ensañan en la que no ha cometido otra falta que haberle
parido?
—¿Cómo se llama esa señora? —preguntó Lozano, haciendo memoria—. Ese
apellido...
—Fermina Monsalud —repuso Villela, guardando el papelito.
—Monsalud... —repitió don Buenaventura, apoyando la barba en la mano y
haciendo también memoria.
Tuve intenciones de hablar; pero después de un rápido juicio, resolví
no decir una palabra y observar tan solo.
—Esto es una iniquidad, una brutalidad sin nombre —exclamó Villela,
golpeando el brazo de la silla—. Hablé anoche de ello a Su Majestad, y
Su Majestad se escandalizó...
El ministro y el marqués meditaban.
—Pero eso es cosa del Supremo Consejo —observó Lozano de Torres.
—No quiero cuentas con el Supremo Consejo —repuso Villela—. Bien
sabemos todos que este no hace sino lo que le manda el ministro de
Gracia y Justicia. Haga usted que pongan en libertad a esa pobre mujer,
y cumplirá con la ley de Dios.
—Y con la de los masones —murmuré.
—¿Alguno de los presentes tiene que decir algo en contra de lo que he
manifestado? —preguntó Villela con soberbia.
Nuevamente sentí deseos de hablar; pero el recuerdo de la epístola,
acompañado de cierto miedo, me cortó la voz.
Don Buenaventura tampoco dijo nada, y seguía meditando.
—Déjeme usted nota —indicó Torres—. Yo veré...
El consejero escribió la nota y la entregó al ministro. Al retirarse,
habló así:
—Tengo gran empeño en ello, señor Lozano; pero grandísimo empeño. Si
consigo arrancar a esa mártir de las garras de los verdugos de Logroño,
me conceptuaré dichoso.
Cuando don Ignacio Martínez de Villela se fue, alzó de súbito la
meditabunda frente el señor don Buenaventura, y dando un porrazo con el
bastón, exclamó:
—¡Vive Dios, señor Lozano de Torres, que ya no me queda duda!
Don Juan Esteban reía como un zorro, y graciosamente se atusaba con
la mano derecha el remolino de cabellos rubios que Dios, cual digno
coronamiento de una obra perfecta, había puesto sobre su frente.
—¡Fermina Monsalud! —repitió, leyendo el papel que había dejado Villela.
—Madre de Salvador Monsalud —dijo el marqués—; madre del hombre que
anda trayendo y llevando mensajes de los masones; de ese que ha logrado
hasta ahora burlar, con su ingenio peregrino, las pesquisas de la
justicia.
—El mismo —añadió Lozano—. ¡Ese pobre señor Villela...! vamos, parece
increíble.
—_Vox populi, vox cœli_ —repuso el Marqués—. Hace tiempo se viene
diciendo que muchos elevados personajes de la corte están en
connivencia con la masonería; hace tiempo se viene diciendo que el
señor Villela... Lo que digo: _vox populi, vox cœli_.
—Cuando el río suena, agua lleva —afirmó Lozano, que, por no saber
latín, expresaba la misma idea en refrán español—. Para mí hace tiempo
que no es un secreto el francmasonismo de Villela; pero Su Majestad,
a quien don Ignacio ha sabido embaucar con tanto arte, no consiente
que se le hable de esto, y sostiene que todo lo que se dice de las
sociedades secretas es pura fábula.
—También yo tengo datos para asegurar el francmasonismo del señor
consejero que acaba de salir —dijo don Buenaventura.
—Desde que estoy en esta casa —afirmó Lozano— no ha pasado una semana
sin que haya venido con pretensiones de indulto, de sobreseimiento o de
evasión en favor de algún agitador o revolucionario.
—Y este empeño porque se ponga en libertad a la mamá de ese... Cuando
la Inquisición de Logroño le ha dado tormento, ya sabrá por qué lo ha
hecho.
—Pues claro está.
—Salvador Monsalud... ¿dónde he oído yo ese nombre? —dijo don
Buenaventura, procurando recordar, e irritado de su fatal memoria.
—Hace días que hablé de él en este mismo sitio —repuso Lozano—. Es un
revoltoso a quien nunca se ha podido echar el guante.
—Ya... ¡si no se puede castigar a nadie! —dijo el marqués con enfado—.
¡Si todos los criminales se escabullen, protegidos por estos señores
que, afectando servir al trono y a las buenas ideas, son los más firmes
auxiliares de la revolución! No sé cómo Su Majestad protege a tan
pérfidos hipócritas... Ya lo he dicho: la serpiente de la anarquía se
agasaja en los mismos cojines del regio solio... ¡Y pretende ahora la
nueva vacante del Consejo! Pipaón, o hemos de poder poco, o será para
ti.
Me incliné, dando las gracias con lenguaje mudo.
—Es triste lo que está pasando —dijo el ministro—. Prendemos a los
revolucionarios, y los primates del absolutismo, los más íntimos amigos
del rey, vienen a implorar que se les ponga en libertad.
—Soy familiar de la Santa Inquisición —declaró con vehemencia el
Marqués—. Mi deber es seguir la pista a los criminales. Es preciso
trabajar con pies y manos para que no se nos venga encima la
revolución, ¿estamos? Adelante: urge desenmascarar a los bribones,
poner de manifiesto las malas artes y la perfidia de los que les
protegen.
—Pues señor familiar de la Inquisición —dijo Lozano sonriendo—,
descúbrame usted el paradero de este Salvador Monsalud; proporcióneme
los medios de cogerle, y yo le respondo de que no se burlará por más
tiempo de los ministros de Su Majestad...
—¿Está en Madrid? —preguntó el marqués.
—Creo que no.
—Está en Madrid —afirmé yo, rompiendo al fin el silencio.
El ministro y don Buenaventura me miraron asombrados.
—No se pasmen ustedes —añadí—: yo no soy masón. Por una casualidad he
sabido que está en la corte ese señor mensajero de los revoltosos.
Hablando con toda franqueza, debo decir que en nuestra primera mocedad
fuimos amigos Salvador Monsalud y yo; pero desde el año 13 no hemos
vuelto a vernos.
—¿Y cómo sabe usted que está en Madrid?
—Una señora paisana mía, que por desgracia le conoce muy bien, asegura
haberle visto hace días.
—Soy familiar de la Inquisición —repitió gravemente don Buenaventura— y
como tal tendría un gozo vivísimo en poder echar mano a un propagador
del jacobinismo y de la herejía... ¡Ah, Pipaón, si tú quisieras
ayudarme!... ¿Dices que le conociste en tu juventud?
—Somos paisanos.
—¿Y qué tal hombre es?
Me llevé el dedo a la frente para indicar ingenio.
—Sí: debe de ser listo... pero un tunante, ¿eh?...
—Sirvió al rey José.
—¡Afrancesado!
—¿Y respondes de que está en Madrid?
—Respondo.
—Ha demostrado en las últimas conspiraciones un atrevimiento y una
constancia que confunden —dijo Lozano.
—Hemos de cogerle aunque no sea sino por dar en los hocicos al masón
vergonzante señor Villela que le protege... —dijo el marqués—. Pipaón,
¿me ayudas o no?
—Ayudo.
—Soy familiar de la Inquisición: pondré de mi parte cuanto pueda. ¿No
hemos visto a los más insignes hombres de la nobleza, a los Medinacelis
y Albas y Osunas saltando de tejado en tejado, en calidad de alguaciles
mayores del Santo Oficio, para perseguir a los criminales?
—Voy a dar a ustedes un resumen de las fechorías de ese Salvador
Monsalud —dijo Lozano de Torres, tirando de la campanilla—. Los
corregidores y las Salas de Alcaldes han suministrado algunos datos,
los cuales, unidos a los informes que tomé en el ministerio de
Seguridad pública, forman un curioso expediente.
Se presentó un oficial de secretaría, el cual, por indicación de
Lozano, trajo poco después un grueso legajo.
—Se cree que tomó parte en la conspiración de Richard para asesinar a
Su Majestad —dijo Lozano fijándose en el primer pliego.
—Se cree... eso es, y debe de ser cierto —indicó don Buenaventura—. No
puede menos de ser cierto.
—Viósele en Granada el año 16 —continuó Lozano leyendo—, y al poco
tiempo estuvo en Murcia y Alicante, donde le protegían López Pinto, el
brigadier Torrijos y algunos oficiales del regimiento de Lorena.
—Esta fue la conspiración del regimiento de Lorena, abortada por
fortuna... Ojo, señores. Por empeños de Villela fueron puestos en
libertad los conspiradores.
—El año 17 estuvo en los baños minerales de Caldetas, donde pasaba por
criado del malogrado Lacy, y el 5 de abril salió de Tarragona con las
dos compañías de Quer. Desapareció en Arenys de Mar.
—Desapareció... —dijo con enfado don Buenaventura—. Si no existiera
esta sorda y astuta confabulación de todos los pillos, no se habría
evaporado tan fácilmente.
—Volvió a aparecer en Gibraltar, visitando la casa del judío Benoltas,
que dio dinero para la sublevación de Alicante —continuó Lozano,
hojeando los papeles—. Después se le vio en Murcia muy unido a Romero
Alpuente y a Torrijos; pero cuando este fue descubierto y preso, el
otro... desapareció.
—¡Desapareció!... Lo de siempre.
—Pero al poco tiempo se le vio en Madrid, donde los masones de Murcia
tienen tan buenas aldabas. Sostuvo relaciones epistolares con don
Eusebio Polo y con Manzanares, oficiales de Estado Mayor, y otros
muchos militares distinguidos, afiliados en la masonería. Cuando estos
fueron reducidos a prisión, se pudo echar mano al Monsalud; pero al
poco tiempo de encierro...
—Desapareció. Ya sabemos lo que son esas desapariciones —afirmó
colérico el familiar de la Inquisición—. Los hermanos del Grande
Oriente han tenido buen ojo en la elección de sus venerables. Son estos
algunos señores de la grandeza, generales y consejeros, como Villela.
—Reapareció en Valencia —prosiguió Lozano— a principios de este año.
Trabajó con don Diego Calatrava en los preparativos de la conspiración
de Vidal. Frustrada esta, fue herido gravemente y preso con otros
muchos. Llevado a la cárcel en camilla, se le encerró en un calabozo,
donde era imposible la evasión. Cuando fueron a sacarle para conducirle
al patíbulo, encontraron en su lugar...
—¿Qué?
—Un muñeco vestido con sus ropas.
—Esto es burla... Pero sea lo que quiera, Pipaón ha dicho que el
_desaparecido_ está en Madrid.
—Así me lo han asegurado. Creo que podemos saberlo con toda certeza.
—Soy familiar de la Inquisición, y tú, Pipaón, un hombre agudísimo. Si
de esta vez no hacemos algo de provecho, tengámonos por dos alcornoques
de tomo y lomo.
—Pero si hacemos algo, mi señor don Buenaventura —dije—, que sea para
desenmascarar a un magistrado tan corrompido como el señor Villela.
—Vamos, a ti lo que te escuece es la vacante de consejero que Villela
se quiere apropiar, caliente aún el cuerpo del señor Requena. Por mi
parte, te juro que aborrezco a Villela. Siempre he visto en él un
hombre tan astuto como peligroso, que está sirviendo a la revolución.
—Ya se lo dirán de misas. Soy...
—Cójame a ese Monsalud, señor don Buenaventura —dijo el ministro—.
Vamos, ¿a que no se atreve?
—¡Que si me atrevo! Pipaón, vete por casa mañana. Hablaremos.
—Pues hasta mañana, señor marqués.
—No hay más que hablar.