CUADROS DE COSTUMBRES

(FRAGMENTOS)

I

Todo el que ha surcado el Guadalquivir, ha parado su atención en los

pueblecitos, que como vanguardia de la noble ciudad de Sevilla, se le

presentan, si baja, á la derecha, si sube, á la izquierda del río.

La Puebla, que es el primero que encuentra el que sube de los puertos,

es grande, compacto, desprovisto de arbolado, y parece ocuparse más de

la extensa campiña que domina, que no del río y del movimiento de sus

barcos. Es labrador, calza polainas, y no se quita su sombrero calañés

ni á los Grandes, ni á los Príncipes, ni aún á los Reyes, que en los

vapores suelen pasar por delante de él, echándole el lente.

La segunda población, que es Coria, más presumida que su vecina,

guarnece sus faldas con huertas, y es muy amiga del Bétis.... Coria es

alegre y amiga de toros.

Gelves, que es el tercero de estos pueblecitos, se retira modestamente

del surcado río, y se escalona sin pretensiones, pero con gracia, en la

ladera de un monte, en cuya altura están unidos y formando un mismo

edificio la iglesia y el palacio de los Condes de Gelves, propiedad de

la casa de Alba. Sólo los niños al construir sus Nacimientos, pueden

colocar las casas y las chozas tan sin simetría y tan pintorescamente

como se ven en aquel pueblecito, el más lindo de los cuatro.

El último, que es San Juan de Alfarache, debe ciertamente la preferencia

de que goza, á su buen caserío y á la cercanía de la ciudad señora;

pues, en punto á vistas, aguas y posición, le aventaja el modesto y

campestre Gelves. Entre este pueblo y el río se extiende una verde

pradera, que pertenece al común. Entre la pradera y el terraplén formado

ante la iglesia y el palacio, están en declive huertas con más árboles

que hortaliza: el pueblo se encarama como puede, á ambos lados de estas

huertas, sobre todo al izquierdo.... Parte la pradera que besa el río,

una vereda, por la que se comunican la Puebla y Coria con la capital....

Cuando empieza este sencillo relato, era la hora apacible en que ya no

deslumbra la luz, y nada oculta ni entristece todavía la obscuridad. El

sol había descendido por detrás del monte, y se había ocultado entre los

olivos.... El río exhalaba su húmeda frescura, que como un bálsamo,

aspiraban los pechos; introducía sus olitas mansas entre los mimbrales,

las ramas de los sauces y sobre la tierra, como uñas con las que

quisiera asirse á las orillas, á fin de estancarse en aquellos amenos

parajes, y de no ir á perderse en la amarga inmensidad del mar. Hacíale

resplandecer, reflejándose en él, la luna, que poco á poco iba saliendo

del anonadamiento en que la sume el sol; y un barco con sus blancas

velas se deslizaba silencioso sobre su tersa superficie, de tal suerte

que hubiese podido tomarse por una fantasma, si de su centro no hubiese

salido una clara y alegre voz trayendo con una sonrisa la imaginación á

la realidad. Esta voz cantaba:

Toma, niña, esta tumbaga,

Que te la da un marinero.

¡Ojalá que se te vuelva

Una lanchita con remos!

El trabajador volvía alegre á su hogar y á su descanso: oíase de lejos

el ladrido del perro de campo.... Todos los seres tímidos se iban

animando; las estrellas se acercaban como de puntillas, é iban ocupando

sus altos puestos: miles de insectos, viéndose libres de las miradas de

los enemigos que los acosan de día, se decían como chiquillos traviesos:

_¡ahora es la nuestra!_... El ruiseñor lanzaba entre la enramada algunas

notas sueltas, á fin de ensayar su melodiosa garganta para los divinos

nocturnos con que obsequia al mes de las flores; el azahar exhalaba de

su pequeño y puro cáliz su deleitable fragancia, la que unida al canto

del ruiseñor, á la dulzura de la atmósfera, y á la delicada luz de la

luna, hacían de aquella sencilla y rústica naturaleza el Edén más

poético; y sobre todo este concierto terrestre, la alta torre de la

iglesia esparcía dulce y solemnemente las campanadas de la Oración, y el

campesino que conserva su fe pura como la atmósfera que respira,

descubríase la cabeza y rezaba.

* * * * *

Desde el terraplén que está ante el palacio [de Gelves], desciende

bruscamente el terreno algunas varas. En el fondo de este escalón estaba

labrada la casa de Simón Verde. Aunque decente y aseada, era pequeña y

no tenía patio; mas como el patio es una casi necesidad para los

andaluces, servía de tal un espacio empedrado que ante la casa habían

allanado. Sosteníalo al frente y de ambos lados, por hacerlo necesario

el declive del terreno, un pretil de piedras y cal, del cual partían

unos postes que mantenían un gran emparrado, soberbia gala de pobres

moradas, magnífico techado de frescas y movibles tejas, tan bien

sujetas, que no las arranca de su puesto sino la violencia ó la muerte:

techo paterno del pobre, que se renueva cada primavera de por sí; cuya

misión es suavizar la luz sin ahuyentarla, quitar á los rayos del sol su

ardor sin que pierdan su alegría, refrescar el ambiente con miles de

abanicos, avisar á voces la caída de un chaparrón, y detener sus aguas,

mientras la familia recoge los enseres de su labor y busca abrigo;... ya

en el otoño, como regalo de despedida, inclina hacia los niños, que le

alegraron con sus cantos y juegos todo el verano, enormes racimos de su

hermosa fruta; y después, dando sus hojas ya inútiles al viento, se

encoge y se duerme como una marmota....

Del lado de afuera del pretil había una gran cantidad de flores, que se

inclinaban hacia adentro del gran salón de verdura, como para buscar la

sombra, ó para lucir sus galas. También aparecían en él las gallinas con

sus echaduras, haciendo regodeos, y muy anchas y afanosas con su

dignidad de madre, repitiendo su uniforme clu, clu, que quiere decir

_¡cuidado, cuidado!_ rodeadas de sus polluelos que respondían en su voz

de tiple, pí, pí, que quiere decir _¡pan, pan!_...

Se veían una porción de niñas reunidas bajo el emparrado de la casa de

Simón. Todas ellas hablaban; todas las flores que las rodeaban,

florecían; y todos los pájaros domiciliados en aquellas enramadas,

cantaban á la par. Como las flores formaban casi círculo, y las niñas se

agrupaban en medio, podía compararse la vista que ofrecían, á aquellos

cuadros flamencos y estampas francesas, en que pintan un grupo de genios

ó de niños en una guirnalda de flores. Á la puerta de la casa estaba

sentada una anciana, de aire dulce y grave, aseadamente vestida. Esta

anciana en medio de tantas niñas, pájaros y flores, y separada de ellos

por tan larga serie de años, les estaba, no obstante, íntimamente unida,

por el cariño, en ella, por la gratitud, en ellos. Era la Abuela de las

niñas, la Madre de las flores que había plantado, y la Providencia de

los pájaros, á los que daba de comer. Conservaba esta anciana sus

facultades en toda su lozanía; pero no así los sentidos corporales: oía

poco, y veía menos. Por lo cual, cuando aplicaba la vista hacia el

centro del emparrado, confundía las niñas con las flores, y cuando

aplicaba el oído, no distinguía entre sí el alegre gorjeo de los pájaros

y la infantil algarabía de sus nietos.

--Ya está la cigüeña machacando el gazpacho, dijo una de las niñas más

chicas.

--Sí, respondió otra de la misma categoría--que debía á su respetable

gordura el sobrenombre de _albóndiga_,--ya vino de la tierra de los

moros la zancona.

--¡Pobres ranas! dijo suspirando la primera, anoche cantaban tanto y le

decía la rana al rano: Ranoque, ¿ha venido Picuaque?--Ranoque respondía:

No ha venido Picuaque.--Pues si no ha venido, decía la rana, cantemos el

reniquicuaque.

--¡Cantemos el reniquicuaque! cantaron todas á gritos.

--Chiquillas, que me atolondráis, dijo la Abuela. Águeda, hija, tú que

eres la mayorcita, ve que se diviertan Uds. con más asiento. Jugad á

algún juego, ó decid acertijos, ó contad cuentos....

Águeda, que era dócil, hizo callar y sentarse al ejército que estaba

bajo su disciplina....

--Mariquilla albóndiga, dí tú un acertijo. Mis narices pongo á que no

sabes ninguno, dijo Águeda.

La Albóndiga se irguió indignada, y respondió:

--¿Que no sé un acertijo? ¡Vaya! ¡y más de tres, y más de mil! Y si no,

ahora lo verás:

Cuando baja, ríe; cuando sube, llora;

Á que no me lo aciertas en una hora.

--El carrillo:--¿á que no lo sabes tú?

--¿Y tú sabes lo que es? repuso Águeda.

Una vieja jorobada,

Con un hijo enredador,

Unas hijas muy hermosas,

Y un nieto predicador.

--¡Es, es... la tía Pilonga!

--¡Qué desatino! ¿tiene la tía Pilonga hijas muy hermosas?

--Pues yo no conozco más vieja jorobada; se acabó.

--¡Es la parra, mujer, la parra!... que tiene sarmientos, uvas, y un

nieto que se sube á la cabeza, que es el vino: ¿lo sabes ahora?

--Lo sé y no lo sé, contestó la albondiguilla, que en seguida exclamó:

¡Ay! ¡oye el cucú! está en la huerta.

--Di los cucús, observó otra de las niñas; ¿no ves que son dos voces? el

hijo que dice cu, y el padre que le responde sobre la marcha, cu.

--El cucú es el más descastado de todos los pájaros,--dijo la Abuela,

que se impuso en la conversación, gracias al agudo timbre de las voces

de las niñas.--Va el pícaro al nido de otro pájaro, se come sus

huevecitos y en su lugar pone los suyos. Después que la pobre madre saca

los huevos, abren los polluelos su gran pico, pues son muy comilones, y

la pobre pajarita, que cree que son sus hijos, se mata para poder criar

los voraces cuneros.

--Dice Padre, añadió Águeda, que otro pájaro hay muy pícaro y de mucho

sentido, que es el alcaraván. Las zorras le persiguen mucho para

comérselo, porque les gusta más que un confite. Un día le dijo el

alcaraván á la zorra que su carne no tenía todo su sabor, si antes de

comerla no se decía: _alcaraván comí_. Así lo hizo la zorra cuando poco

después lo cogió. El alcaraván aprovechó la ocasión de que abriese la

boca la zorra para decir _alcaraván comí_, y se voló diciendo: ¡á otro;

que no á mí!

--Mira,--dijo una de las oyentes al ver posada sobre una rosa una

palomita blanca y oir revolotear un moscón;--cata aquí una palomita

blanca que lleva los recados á María; y un moscón, que es el que se los

lleva al diablo.

Corrieron siguiendo la dirección del vuelo del moscón diciendo á la

par:

--Moscón, dile al diablo que se vaya, con los moros de Berbería, y que

no aporte por acá.

--Moscón, dile al diablo que sepa para su gobierno que está en la

iglesia San Miguel, que es quien con él se las sabe barajar.

--Moscón, dijo á su vez Mariquilla albóndiga, díle al diablo que mi

_mae_ Ana me ha puesto una cruz de retama macho al cuello para librarme

de él y de la erisipela.

--Y á la palomita blanca, ¿qué recado le das para María, Mariquilla?

preguntó Águeda.

Mariquilla se acercó andando de puntillas, y hablando muy quedo para no

ahuyentarla, dijo:

--Palomita; que le des muchas memorias á María.

--¡Qué tontuna! eso no.

--¿Pues qué?

--Se dice: palomita, dile á la Señora de nuestra parte, como en las

letanías se le dice: _ora por obis!_

Y como si la mariposa hubiese atendido al encargo y á esa súplica, y á

aquella fe tan pura y sencilla, elevóse al impulso de sus blancas alas,

y se perdió en el éter como un suave perfume, ó como un dulce sonido.

Las niñas, que eran pobres, comieron todas allá, y á la caída de la

tarde dijo la mayor:

--Ea, ya el sol se va.

--Y yo también me voy, que ya vendrá _Pae_, dijo la Albóndiga.

--Y yo, añadió la tercera.

--¡Y yo... y yo! con Dios, _mae_ Ana, repitieron todas.

Y el alegre coro se fué cantando, al observar la luna que parecía

mirarlas:

Luna lunera,

Cascabelera,

Mete la mano

En la faltriquera;

Saca un ochavo

Para pajuela.

Una de las muchas luces del siglo,--¡los fósforos!--ha quitado su

oportunidad y sentido á esta infantil plegaria á la luna.... ¡Pueda

perdonárselo la luna! Nosotros no nos sentimos con fuerza y valor para

ello.

(From _Simón Verde_.)

Spanish Tales for Beginners · 第 68 / 187 题