II

Entré en una sala lujosamente amueblada; pasé por allí sin detenerme

apenas, y abrí la puerta de un gabinetito en el que estaba la alcoba

donde murió la desgraciada niña. Un lecho de madera tallada, algunas

sillas de tapicería floreada, una cómoda, un lavabo y algunos cuadros se

veían en la pieza, todo cubierto de polvo, señal evidente de que aquella

parte de la casa estaba abandonada por completo. El gabinete tenía una

sola ventana con vistas á la calle estrecha y sombría, á la que hacía

esquina la casa de Fernando; enfrente de la ventana había un armario de

espejo; á un lado de éste estaba la puerta de la alcoba, al otro una

mesita de escribir; algunas sillas iguales á las del dormitorio

completaban el mueblaje del gabinete que diez años antes perteneció á la

tía de Fernando.

Permanecí allí breves instantes, y luego, llegada ya la hora de la cena,

fuí en busca de la familia y de sus convidados, sentándonos todos á una

mesa suntuosamente servida. La cena duró bastante tiempo, y antes de

terminarla, un suceso imprevisto vino á turbar la alegría de algunos y á

causar profunda impresión en el ánimo de Fernando. Las campanas de la

parroquia tocaban de una manera lúgubre; su voz, siempre triste, parecía

una queja que hería nuestros oídos á la vez que nuestro corazón.

--¿Á qué tocan?--preguntó Cristina á un criado que estaba cerca de ella.

--Á agonía,--contestó el hombre con tono indiferente.--Aquí en los

pueblos, señorita, se toca por todo: cuando uno va á morir, cuando

muere, cuando es el funeral y...

--¿Quién está muriendo?--interrumpió Cristina.

--Una joven de diez y siete años.

--¿Cómo se llama?--preguntó Fernando, cuyo rostro estaba lívido.

--Teresa,--dijo el criado.

Doña Catalina le lanzó una mirada furiosa; Fernando bajó los ojos, y

observé que sus manos temblaban; en Cristina y su madre sólo se advertía

una profunda compasión hacia la infeliz criatura que en lo más hermoso

de su vida, en lo más florido de su juventud, iba á abandonar esta

tierra por un mundo desconocido....

Fernando, pretextando que el calor que en el comedor hacía era

sofocante, pidió permiso para retirarse un momento á la habitación

inmediata, y yo le seguí.

--¿Qué te pasa?--le pregunté.

--Se llama Teresa y tiene diez y siete años--murmuró.

--Es una casualidad.

--Una casualidad así, ¿no te parece un mal presagio tres días antes de

mi boda?

Procuré distraerle, pero en vano: la campana lanzaba un tañido más

fúnebre todavía y Fernando, que conocía aquel toque, me dijo que la

enferma había dejado de existir.

Le hice entrar de nuevo en el comedor, y las dulces palabras de Cristina

vencieron los temores de Fernando, que permaneció tranquilo hasta las

doce de la noche, hora en que todos nos despedimos hasta el día

siguiente, retirándonos cada cual á nuestras respectivas habitaciones.

La mía tenía una ventana con vistas á la plaza y se hallaba situada

debajo de la de mi amigo. Sin saber por qué, no me era posible conciliar

el sueño; me puse á leer un rato, escribí otro, y por último me levanté

y empecé á pasear con alguna agitación por la alcoba.

Un instante después noté cierto movimiento en la de Fernando, oí abrir

varias puertas con sigilo, las pisadas que empezaron á sonar sobre el

techo de mi cuarto se perdieron á lo lejos, y un secreto instinto me

advirtió que mi presencia era necesaria al joven. Sin darme cuenta de

mis acciones, salí precipitadamente en dirección al sitio donde murió

Teresa.

Mi amigo se hallaba á dos pasos de la puerta del gabinete sin atreverse

á abrirla. Al verme, no pareció extrañar que me hubiera levantado, como

si fuera la cosa más natural del mundo, y extendiendo su mano hacia la

habitación cerrada, me dijo:

--Hace diez años que no entro ahí.

--Ni hoy entrarás tampoco, exclamé con decisión.

Tú estás loco y has empezado á contagiarme. No debiste nunca volver á

esta casa, ni aún á este pueblo.

--Hace once años que mi tía es una madre para mí; once años que sé lo

que es el amor filial: ¿querías que me casase lejos de ella?

--En buen hora; ya has cumplido con ese deber; ¿pero es preciso que

entres ahí?

--Una vez sola,--dijo en tono suplicante;--una sola para saber si Teresa

permite que me case con Cristina. Mira,--añadió,--si al entrar en su

cuarto lo hallo todo como hace diez años, la cómoda, la cama, las

sillas, me marcho tranquilo y soy feliz; si, por el contrario, encuentro

alguna alteración...

--Eres un niño,--le interrumpí;--pero si no deseas más que eso, entra, y

la paz y la felicidad sean contigo.

Sabía, por haberlo visto por la tarde, que todo estaba igual en el

cuarto donde murió Teresa, y no vacilé más, dejando pasar al joven al

gabinete.

Fernando abrió la puerta, y murmuró:

--Hay luz dentro.

Me estremecí á pesar mío; un frío glacial se apoderó de mí, porque al

entrar mi amigo y yo vimos clara y distintamente en la alcoba de Teresa

un lecho mortuorio, cubierto de negros paños, algunos hachones

encendidos rodeando un ataúd, en el que descansaban los yertos despojos

de una hermosa joven vestida de blanco y coronada de flores. Al lado de

ella velaba una mujer en la que reconocí á la madre María, la loca que

hallé por la tarde en el cementerio.

Fernando lanzó un grito extraño y se dejó caer de rodillas ocultando el

rostro con las manos; yo cerré los ojos, dí algunos pasos y tropecé con

la puerta de la alcoba. Miré entonces y ví el dormitorio obscuro y

desierto.

--Estamos los dos locos,--murmuré.

Volví en busca de Fernando y lo comprendí todo. Por la tarde el criado

había dejado inadvertidamente abierta la ventana del gabinete; ésta,

como es sabido, daba á una calle estrecha, y en la casa de enfrente, en

una pobre habitación, se hallaba el cadáver de aquella joven

desconocida, velado por la madre de Teresa. Tan triste cuadro se

reflejaba en el espejo del armario colocado al lado de la puerta de la

alcoba, y esto nos hizo suponer, á causa del estado excepcional en que

Fernando y yo nos hallábamos, que aquel cuerpo inerte descansaba en la

propia casa de mi amigo. La presencia de la madre María era natural

allí, pues según acostumbraba á hacer desde la muerte de su hija, pasaba

las noches al lado del cadáver de cualquiera joven que muriese en el

pueblo. La que había dejado de existir era sobrina de la anciana y

llevaba por eso el nombre de su hija.

Cerré la ventana y volví al lado de Fernando.

Le llamé repetidas veces y no me contestó nada.

Algo extraño é invisible ocurrió en aquella habitación; me pareció

escuchar un confuso aleteo, se obscureció mi vista y tuve que apoyarme

en el armario para no caer.

--¡La casa donde murió!--exclamó Fernando con voz apagada;--tenía que

ser así. Amada mía, espérame, ya voy.

Recobré al fin mi sangre fría, hablé á mi amigo, cogí sus manos, que

estaban yertas, y las separé de su rostro, que parecía el de un muerto.

Después salí corriendo para llamar á los criados en mi auxilio.

Media hora más tarde la señora de López, Cristina, doña Catalina, un

sacerdote y yo, rodeábamos la cama donde descansaba Fernando.

--¡Cuánto duerme!--exclamó Cristina.

Me acerqué á él, hice una seña al sacerdote, y éste puso una mano sobre

el pecho de Fernando, retrocediendo al punto, porque el corazón de mi

amigo no latía.

--¿Qué hay?--me preguntó doña Catalina; y comprendiendo lo que pasaba

añadió:

--Era lo único que me quedaba en el mundo; cúmplase la voluntad de Dios.

El sacerdote pronunció en voz baja algunas oraciones.

Me volví hacia la puerta y ví á la madre María que, no sé cómo, se había

introducido hasta allí.

--Mi hija es feliz,--murmuró;--me ha dicho que Fernando y ella se han

desposado ya; sabía que esto no sucedería hasta que él viniese al cuarto

donde Teresa estuvo enferma, á la casa donde murió. Diez años he

aguardado; ¡alabado sea el Señor, que al fin me ha concedido esta

ventura!

Spanish Tales for Beginners · 第 66 / 187 题