no triunfasen de ella en un mozo como Gastón, poco acostumbrado á la
disciplina moral,--que muchas veces consiste en vivir á contrapelo
del gusto.--Cautivado por Antonia Rojas, Gastón deseaba verla á cada
instante, y la misma levadura de respeto y de admiración involuntaria
que se mezclaba á otros sentimientos menos ordenados y pacíficos, le
inducía á creer que no era peligrosa la frecuencia del trato con la
viuda, ni las reiteradas visitas á Sadorio. Fué primero cada tres
días, después cada dos, por último, diariamente. Antonia no le
esperaba: jamás la encontró ni vagando por el jardín, ni tocando el
piano, ni sentada lánguidamente en un cenador, ni cortando flores con
la larga tijera que para este oficio llevaba pendiente de la cintura.
Siempre la sorprendió ó dirigiendo la preparación de unos apetitosos
calamares en conserva, ó poniendo en madurero la cosecha de tomates
tempranos, ó haciendo que trasquilasen el melonar, ó desnatando leche,
ó cortando blusas para Miguelito: ocupaciones nada sentimentales, y
que no autorizaban ningún poético desmán. Ocurrió con aquellas visitas
un fenómeno, aflictivo para el ya prendado Gastón: y fué que en las
primeras, Antonia le recibió expansiva y afable; en las segundas,
reservada y cortés; y cuando las menudeó, empezó á mostrarse seca, fría
y hasta incivil, pues le dejaba solo con Miguelito las horas muertas,
y se marchaba á sus quehaceres. El niño, en cambio, estaba cada día
más afectuoso con su amigo, y le abrumaba á caricias, á preguntas
y atenciones, allá á su inocente estilo. No sabiendo Gastón qué
discurrir para complacer á su único partidario en la casa, ideó buscar
un caballito pequeño, barato y manso, que compró en la Puebla, y que
trajo á Sadorio, con objeto de dar lecciones de equitación á Miguel.
La idea produjo embriaguez de dicha en la criatura; pero Antonia,
terminada la primera lección, llamó á Gastón á la sala, y en frases
bien escogidas para no herirle, y firmes bastante para reprimirle, le
dijo claramente que sus visitas continuas no eran convenientes, ni
admisibles sus regalos. Y como él mostrase gran pesadumbre, Antonia
dulcificó la voz y añadió:
--Usted debe comprender que, en esta soledad, es muy grata la compañía;
usted debe comprender que yo ni soy insociable, ni tengo tantas
distracciones que me estorbe la que usted me proporciona con su amable
trato. Pero no le hago á usted tan poco perspicaz que no se dé cuenta
del efecto que sus visitas diarias han de causar en el público.
--¿Hay aquí público, Antonia?--preguntó Gastón con ironía.
--Lo hay en todas partes. Éste es reducido y de gente sencilla, pero
por lo mismo se les debe buen ejemplo, hasta en las apariencias; sobre
todo, cuando la realidad es honrada y clara, y sólo honrada y clara
puede ser. ¡Sí, amigo Landrey! Yo quiero que me estimen de veras mis
criaditas, la Colasa y la Minga... entre otras razones, ¡porque he de
vivir con ellas muchos años!
Á su pesar rió Gastón el gracejo de la señora, y doblando la cabeza,
murmuró:
--Antonia, yo deseo de todas veras obedecer á usted... y ya se sabe
que la obedeceré... pero óigame usted, puesto que tengo la suerte de
que me hable usted con esta franqueza tan noble... que prefiero á
la seriedad de ayer. La conozco á usted de hace un instante, puede
decirse, y me he acostumbrado á su amistad de usted tan pronto y de
una manera tan extraña, que la necesito lo mismo que se necesita el
aire para respirar. No frunza usted el ceñito: mire que no la estoy
cortejando; ¡le juro que no se trata de eso! Es que me encuentro en
circunstancias especialísimas de mi vida, en los momentos penosos en
que es preciso que alguien nos atienda y nos dé un buen consejo; es
que me hallo completamente solo, aisladísimo, desorientado, y que,
probablemente, voy á cometer mil desatinos si me falta una persona
buena, que vea mejor que yo cuestiones de que penden mi fortuna y
mi porvenir. La casualidad me ha puesto en contacto con usted, que
casualmente es también el único ser humano capaz de inspirarme una
confianza absoluta, incondicional; porque tiene usted un juicio y un
carácter...
--Bien, al caso,--interrumpió Antonia atajando la alabanza.--Si se
trata de prestarle á usted servicio... es diferente... Aquí estoy.
--Pues acepte usted por algún tiempo el papel de confidente y consejera
mía.
--Aceptado,--declaró la viuda sin vacilar.--Yo seré su confidente y
consejera. Eso no implica que usted venga aquí á menudo. Vendrá usted
una vez por semana... ó menos, si no es preciso.
--Me resigno,--suspiró Gastón.--Vendré los sábados, como los
empleados... ó los domingos... como el lavandero.
[Ilustración]
--He dicho que tal vez menos...--repitió Antonia
risueña.--Probablemente le señalaré á usted un turno quincenal. En fin,
eso dependerá de la consulta que usted quiere dirigirme. No sé de qué
índole será... Para que vea usted que empiezo complaciéndole: mañana se
viene usted á comer aquí, y, de sobremesa, me comunica esas historias
de que, según afirma, penden su porvenir y su fortuna. Yo necesitaré,
de seguro, reflexionar, porque á fuer de gallega tengo el trasacuerdo
mejor que el acuerdo. Así es que, después de la confidencia, no
vuelve usted... en diez días. Pero antes de que me honre usted con su
confianza, á mi vez tengo yo el deber de enterarle á usted bien de
quién soy, porque usted me conoce de poco acá, y las referencias que
haya podido oir de mí quizás no brillen por la más rigurosa exactitud.
--Tiene usted sus partidarios y sus detractores, Antonia; y entre los
primeros se cuenta una cojita muy simpática, hija de mi mayordomo
Lourido.
--¡Pobre Concha!--murmuró afectuosamente Antonia.--¡Criatura más
angelical! La resignación con que sufre,--porque está enfermísima,--le
ganará un lugar señalado allí donde muchos soberbios y poderosos
quisieran conseguirlo...
Y, pensativa, la viuda apartó la mirada del rostro de Gastón.
--Espero su historia de usted, Antonia, para que se aumente mi
afecto,--indicó el señor de Landrey, respetuosamente.
--¿Quién sabe? Tengo de qué acusarme, como va usted á ver...--Soy
ferrolana, y mi padre, don Federico de Rojas, era marino. Lo mucho
que había viajado, y su talento natural, hicieron de él, si no un
sabio, por lo menos un hombre instruidísimo. Por muerte de mi madre
reconcentró en mí todo su cariño, y me enseñó ciertas cosas que no
suelen aprender las muchachas, por ejemplo, botánica é historia
natural; de ahí salió mi afición á recoger esos bichos raros que ve
usted en el acuario, y lo mucho que me divierten mi huerto y mi jardín,
y mis correrías por la montaña para formar herbarios... Un armario
grande he llenado de cartones--Tenía yo diez y ocho años cuando en un
baile á bordo me conoció y me pretendió don Luis Sarmiento, que era
joven, rico, muy bien nacido; que reunía, en fin, las condiciones que
sueñan los padres para los novios de sus hijas. No hubo oposición; me
casé, y al año nació Miguelito. Mi esposo era, además de todo lo que he
dicho, una persona excelente: caballero, pundonoroso y de muy alegre
humor: sólo que sus padres no se habían cuidado de enseñarle la vida
real. Había gastado ya mucho de soltero, y por complacerme y recrearme,
se lanzó á mayores dispendios después de casado: me llevó á viajar
por toda Europa, con un lujo que ahora conozco que era insensato; me
compró joyas y trajes; montamos trenes, y vivimos en Madrid anchamente,
protegiendo artistas y adquiriendo lienzos y esculturas, como si
nuestra renta fuese quince ó veinte veces más pingüe de lo que en
realidad era. Aquí debo yo acusarme de mis yerros: en vez de contener
á mi esposo, gozaba como una loca de aquellos esplendores y placeres,
porque tengo un instinto de fausto y de arte que no parezco sino una
Cleopatra... ¡y para llegar á hacer la lejía con mis propias manos ha
sido menester que la adversidad me haya zorregado con unas disciplinas
muy recias! Pronto pasó lo que tenía que pasar: mi marido se vió
ahogado de deudas, de hipotecas y de réditos usurarios; llegó un día en
que no pudo cumplir ni pagar á nadie, y entonces...--Aquí los garzos y
rientes ojos de Antonia se vidriaron de lágrimas,--entonces... cometió
un atentado...
--Me lo han dicho,--se apresuró á interrumpir Gastón, viendo el
trabajo que le costaba á Antonia tocar aquel punto.
--¡Ojalá,--prosiguió ella,--me hubiese dicho la verdad de nuestra
posición! El mismo cariño que me tenía le obligó á callar... No se
sintió con valor para confesarme que nos encontrábamos arruinados
y que nuestro hijo sería pobre. Si Dios le inspirase tal rasgo
de sinceridad,--por eso no negaré jamás á nadie el consuelo de
una confidencia,--yo, con todo mi cariño, le hubiese confortado,
persuadiéndole de la verdad: ¡de que aún podíamos vivir... tan felices!
Haríamos lo que hice después: vender todo, desprendernos de todo,
cumplir con los acreedores, y retirarnos aquí en paz. La desgracia
le ofuscó y le hizo olvidar que era cristiano, jefe de una familia,
padre de un hijo á quien debía el ejemplo de la resignación y de la
fortaleza... Nada me dijo; no se fió de mí, me cerró su corazón... no
me miró como amiga... ¿Y sabe usted por qué? Por culpa mía: porque él
no podía ver en mí más que á una muchachuela sin seso, aturdida con las
galas, las diversiones y los goces del mundo y de la riqueza... ¡Ya ve
usted cómo no me falta de qué acusarme!
[Ilustración]
Suspiró hondamente la viuda; y recobrándose y secándose los ojos con el
pañuelo, prosiguió:
--Un solo consuelo tuve, y si no es por él, creo que aquella
catástrofe, en vez de costarme la salud por algunos años, me cuesta en
el acto la vida.
--¿Su hijo de usted?--dijo echándose á adivinar Gastón.
--Eso no es consuelo, eso es _yo misma_,--respondió Antonia.--No;
el consuelo ¡y bien grande! fué que mi esposo vivió aún tres horas
después del atentado... y no perdió el conocimiento... y tanto le
rogué, y tanto le besé la cara y las manos en esas tres horas... que se
arrepintió... se confesó... ¡y murió absuelto!
El silencio que siguió á estas palabras tuvo algo de magnético:
parecióle á Gastón que acababa de descubrir el alma de Antonia,--fuerte,
porque era creyente.--Sus ojos, iluminados de fervoroso entusiasmo,
hicieron bajar al suelo los de la dama.
--Después,--dijo precipitadamente, á fin de cortar aquella corriente
súbita,--me ví envuelta en mil dificultades para desenredar la
pequeñísima hacienda que le quedaba á mi hijo. Vendí mis alhajas, mis
encajes, hasta mis vestidos y abrigos de pieles y terciopelo; vendí
los coches, los cuadros, los barros, los tapices y los muebles, y por
supuesto, la plata y las vajillas; cuanto era de lujo se vendió, creo
que malbaratado, pero en tales naufragios siempre sucede así: hay que
darle su parte de botín al mar. Yo recordaba que esta casa de Sadorio
había sido reparada y aumentada por orden de mi marido, que tenía
cariño á las paredes que le habían visto nacer: y aquí me refugié y
aquí vivo desde entonces, aprovechando la baratura del país y los
recursos de economía doméstica que proporcionan el huerto y los prados.
Miguel se cría robusto, y yo disfruto comodidades que tal vez no poseía
en mis épocas de derroche. ¿Lo duda usted? En Madrid no teníamos
bosques, ni extensos jardines, ni flores frescas á toda hora, ni el
pescado del mar á la sartén... Sepa usted que hasta economizo... ¡Vaya!
Junto unos ahorrillos para cuando Miguel tenga que ir á seguir carrera
y yo me vea precisada á acompañarle; lo cual haré para que no se
desaliente ó se corrompa... Ese día que tendré que dejar á Sadorio...
me parece que lo sentiré mucho. Me he acostumbrado á esta libertad y á
esta calma... Fácilmente sacaríamos de aquí una moraleja por el estilo
de las máximas que escribía Miguelito en sus primeras planas, después
de los palotes: «Amando el deber lo convertimos en placer.» Ya sabe
usted mi vulgar historia...
[Ilustración]
XI
El consejo
Profundamente impresionado salió de Sadorio aquella tarde Gastón; y
con ser pocas las horas que faltaban para volver á ver á Antonia,
parecieron muchas á su impaciencia. Antes de lo que creía, sin embargo,
logró la vista de su amiga. Era domingo, y como Gastón bajase á la
Puebla á misa mayor, allí estaba arrodillada la viuda, pero ni volvió
la cabeza: asistía al santo sacrificio con una compostura no afectada,
y á su lado, Miguel--¡extraña novedad!--también permanecía quieto y
atento, hecho un santito,--aunque con un azogue tal en las piernas,
que al acabarse la misa y salir al atrio, pegó más de una docena de
saltos: parecía haberse vuelto loco.
Florita, que había avizorado á Gastón en la iglesia, enganchóle
á la salida, y mientras coqueteaba con él á su estilo lugareño,
desaparecieron Antonia y Miguel. Despepitábanse la esposa y la hija
del Alcalde:--¿Por qué no se quedaba Gastón á comer con ellos? ¿Dónde
se metía, que andaba tan oculto? ¿Qué tal substancia tenía la miel de
Sadorio? ¿Le habían picado las abejas, que estaba tan seriote?--Trabajo
le costó zafarse de aquellas obsequiosas interlocutoras, pretextando
ocupaciones muy urgentes, y no sin prometer que el lunes vendría.
--Así como así,--pensó,--Antonia, después del día de hoy, va á
desterrarme por una temporada...
Á paso apresurado, como el que sigue la estela de su deseo, tomó el
camino de Sadorio; y ya cerca de la quinta, comprendió que no debía
presentarse antes de la hora señalada, las dos, y entretuvo el tiempo
como pudo, entrando en casa de una labradora y pidiendo un vaso de
leche. Se lo sirvieron fresco y espumante, pues estaba la vaca en
el establo, por ser domingo y no haber quién la llevase de mañana al
pasto; y Gastón tiró de la lengua á la vejezuela que ordeñaba la vaca
y presentaba el cuenco rebosante,--averiguando con pueril alegría que
era una protegida de Antonia.--Aquel invierno, la vieja, «había estado
tan en los últimos,--eran sus palabras,--que ya tenía encima los Santos
Oleos, ¡así Dios me favorezca! y si no es por el caldito que todos los
días mandaban de Sadorio y los remedios que pagó la señorita en la
botica de la Puebla, no lo contaría...»--Con esta plática gustosa para
Gastón, fué acercándose el momento de presentarse en la quinta, y allá
corrió, dejando por el cuenco de la leche un duro en la mano sarmentosa
de la vejezuela parlanchina... que le hartó de bendiciones.
Recibiéronle, Antonia con cordialidad, Miguel con arrebatado cariño, y
se sentaron los tres á una mesa cuyo primor consistía en el decorado de
flores naturales y en el brillo de la loza y del cristal, y en que sólo
tentaban el apetito los manjares por su frescura y grata sencillez.
Las ostras de la Puebla, regadas con el limón cogido en el huerto; el
pastel de liebre cazada en los vecinos montes; la gallina cebada en el
corral casero; la densa conserva de membrillo, sabiamente fabricada por
Colasa, compusieron el banquete. El café salieron á tomarlo al ameno
sitio de costumbre; y como Miguelito, jugando con Otelo, se alejase á
ratos, Gastón aprovechó la ocasión propicia, y refirió á Antonia, muy
despacio, su historia entera. Nada omitió, ni las últimas advertencias
de su madre, ni la disipación de los primeros años, ni la ruina, ni
la doblez del maldito Uñasín, ni la revelación de doña Catalina de
Landrey, ni la conseja del tesoro, ni las recientes inquietudes y las
reclamaciones inicuas de don Cipriano Lourido... Antonia escuchaba
atentamente, y de vez en cuando, si no encontraba bastante clara la
narración, interrumpía con preguntas concretas, á que Gastón respondía
sinceramente, procurando no alterar los hechos ni la realidad de sus
sentimientos en lo más mínimo. La necesidad de expansión y de desahogo
que sentía le desataba la lengua y le movía á acusarse á sí propio,
pareciéndole como si viese su imagen moral reflejada en un límpido
espejo, y una fuerza superior le impulsase á describir minuciosamente
los defectos y tachas de aquella imagen. Al terminar, Antonia quedó un
rato callada: reflexionaba, y su rostro generalmente alegre tenía una
expresión de gravedad en armonía con las funciones de juez de un alma
que se disponía á ejercer.
--Antonia,--exclamó con ahinco Gastón, viéndola permanecer silenciosa
y meditabunda,--hable usted; no tenga reparo en calificarme según le
plazca, ni en echar por tierra mis ilusiones respecto al imaginario
tesoro. Á todo estoy preparado, y casi me hará usted un bien acabando
de extirparme esperanzas quiméricas. Tráteme usted, Antonia, al menos
hoy... como á un hermano. En cambio del sueño del tesoro me dará usted
otro sueño más bonito cien veces: soñaré que se interesa usted por mí:
ya ve si salgo ganando.
--¿No se enojará usted porque me exprese con franqueza?--preguntó la
consejera sonriendo.
--Mil veces no... _Al contrario_, como me dijo usted la primera vez que
la ví y la pregunté si la importunaría mi visita.
--Pues lo que saco en limpio de su historia es que es usted responsable
de la mitad más una de las desdichas que le han sucedido hasta hoy. El
perder á su madre de usted fué desgracia; el arruinarse, culpa.
[Ilustración]
--Lo reconozco. Prosiga usted; repréndame.
--Sí que debo reprenderle, y en términos muy severos, porque, amigo
Gastón, hay ruinas de ruinas. El que emprende algo útil; el que
invierte con buen fin su capital y tiene la desgracia de no acertar
y de perderlo; el que por reveses impensados se queda pobre, merece
lástima. Usted no está en ese caso: lo ha derrochado todo de la manera
más frívola y más sin substancia, y para mayor dolor, dando escándalo
al mundo y mal ejemplo á sus amigos y á sus servidores. Tenía usted
un caudal que manejar y un nombre antiguo é ilustre que sostener; el
caudal lo ha dedicado usted á insulseces y á torpezas, y el nombre lo
ha dejado usted á merced de los Louridos, hoy protectores del señor de
Landrey. Ya ve si la tribulación es merecida.
Por preparado que se encontrase Gastón á oir cosas desagradables, y por
grande que fuese el prestigio de Antonia para decírselas, sintió un
bochorno mortificante y un deseo de apología.
--Es cierto, Antonia; pero recuerde usted, para no juzgarme tan
duramente, que á no haber encontrado en mi camino á dos bribones que me
deparó la suerte, después de todo, no estaría hoy sino algo mermada mi
hacienda.
Frunció Antonia el ceño, y su cara adquirió expresión todavía más
severa y triste.
--No le disculpa á usted eso. Antes me parece que le acusa más. Sobre
disipador, ha sido usted neciamente confiado. No ha querido usted
molestarse ni en saber á quién entregaba sus intereses y consagrar
á vigilarlos ni una hora de las que perdía en sus vacíos goces. Los
bribones nacen espontáneamente al lado de los abandonados como usted.
Si no le hubiesen pelado á usted Uñasín y Lourido, le pelarían otros
que se llamarían de otra manera: diferencia única. Y no me diga usted
que le faltó buen consejo, Gastón... porque lo tuvo usted tan bueno,
que no cabe otro mejor; y á no haberse usted olvidado de las palabras
de su madre, de que la fortuna se nos da como en depósito... hoy sería
usted un hombre feliz, rico y con la conciencia tranquila; sería
usted... óigalo bien, Gastón, porque esta frase me parece que lo dice
todo... un _administrador de Dios_... que es lo que hay que ser, y lo
demás, ¡patarata!
Radiante luz penetraba en el espíritu de Gastón, que casi sentía
impulsos de arrodillarse y de herirse el pecho con el puño cerrado.
Podía todo aquello mortificarle un poco, pero... ¡qué gran verdad
encerraba! Antonia, perspicaz al fin como mujer, notó muy bien el
efecto de la homilía, y se dilató su rostro.
--Si aspira usted á restaurar la riqueza de Landrey para volver á
tirarla por el balcón, no tengo fe en los consejos que le voy á dar:
recaerá usted en la miseria, y quién sabe si en la deshonra. Antes de
rehacer el caudal, que es cosa externa, rehágase usted por dentro: me
parece lo más urgente. Si se ha de cambiar su porvenir, cambie usted,
transfórmese en otro hombre...
--Creo que tiene usted razón, Antonia,--exclamó el señor de Landrey
con entusiasmo.--Conozco que he sido... un trasto; ¡francamente! Deseo
regenerarme... pero no podré si usted no me ayuda. Estoy muy solo:
nadie me quiere; á nadie le importa de mí... Esto no lo había notado
hasta hoy; vivía en un vértigo, y aturdido no comprendía el vacío de
mi alma. Ahora conozco que me falta sostén y calor... Si usted no me
tiende la mano, Antonia, usted que es tan fuerte, tan derecha, tan
valiente... no haré nada; me echaré al surco.
La viuda de Sarmiento se encendió de emoción; pero fué como el paso
fugaz de una nube roja sobre un tranquilo cielo. Pesando sus palabras,
cuya importancia conocía, respondió serenamente:
--Si entiende por tender la mano lo que estoy haciendo... ya la
tiene usted tendida. Pero de esa puerta afuera,--y señaló á la de la
verja,--es usted el que tiene que valerse. ¿No es usted hombre? ¿No
ha de poder un hombre recoger sus fuerzas y su voluntad y cumplir un
propósito? Si yo no fuera mujer, me asociaría á usted para trabajar
juntos en la restauración de Landrey; hasta me divertiría la empresa.
Su delicadeza de usted debe hacerle comprender que no puedo en esta
ocasión olvidar la reserva propia de las faldas. Ni aun como consultora
me gustaría que, en lo sucesivo, acudiese usted á mí. Le queda á usted
trazada una línea de conducta, ó mucho me engaño, ó puede seguirla
solo. ¿Qué, no será usted capaz de remediarse? Porque entonces...
--¿Y esa línea de conducta?--murmuró él con tierna sumisión.
--Ya lo sabe usted; volverse del revés como un guante. Era usted
gastador y ha de ser económico; era usted confiado, y ha de ser
receloso; era usted dormilón, y ha de ser madrugador; era usted
perezoso, y ha de ser activo; era usted un vago, y ha de trabajar diez
horas diarias, papelear, hacer números, sepultarse en las cuentas hasta
el cogote... No ha de fiar usted á nadie sus asuntos, y no ha de perder
ni un día en caprichos. El venir aquí es capricho también. Pase hoy,
porque hablamos de cosas serias; mas si le ocurre jugar al picadero con
Miguelito, yo no he de prestarme á ello. ¡Usted ya no es dueño de un
minuto!
--Pero, Antonia,--objetó Gastón con humorismo,--lo que me aconseja
usted estaría en carácter si yo tuviese aún millones que administrar.
Los que me despojaron me quitaron esas ansias. Á fe que bien libre me
encuentro.
--Ese es el error,--exclamó Antonia--No hay semejante ruina. Lo que
han hecho es embrollarle de mala manera sus asuntos; desean comérsele
hasta los huesos; pero apostaría lo que no tengo á que si usted se
lo propone, los desembrolla. Usted mismo reconoce que no ha podido
gastar, de ningún modo, lo que le da por invertido el peje de Uñasín.
Si se cruza usted de brazos, claro es que acabarán por llevárselo todo.
¿Quiere oir lo que yo haría en su caso?
--Como que he de acatar á ciegas lo que usted disponga,--declaró
Gastón, que se sentía revivir.
--Pues halague usted á Lourido; déle á entender que conseguirá cuanto
desee; y únicamente pídale luz para desenredar lo de Madrid. Sírvase
de un bribón contra otro bribón. Esto es lícito, y como no se trata de
hacer ninguna picardía... Lourido es hombre que oye crecer la hierba;
posee gran aptitud para los negocios; en otro campo que la Puebla,
tendríamos en él á uno de esos reyes de la banca, que sudan oro.
Utilice usted á Lourido para meter al de Madrid en cintura. Estudie
con Lourido el problema, y cuando se empape bien en las doctrinas de
ese maestro, (para el caso presente es que ni de encargo), haga usted
la maleta y váyase á Madrid á empezar á devanar el ovillo. Después de
poner orden allá, puede dedicarse á lo de aquí. Á Landrey, hoy por hoy,
debe usted mirarlo como cosa secundaria.
--Á todo esto, Antonia,--interrogó Gastón que había bebido ávidamente
las palabras de la viuda,--no me dice usted nada de... lo principal.
--¿Á qué llama usted lo principal?
--Al tesoro.
--¿Lo principal el tesoro? ¡Ay Dios mío! Me temo que desde hace media
hora estoy predicando en desierto.
--¿Cree usted que el tesoro es una patraña? Dígalo en seguida... y no
pensaré en él más.
--Mi opinión,--respondió Antonia pausadamente,--es que el tesoro
existe.
--¡Ah!--gritó Gastón, viendo ya relucir el oro y fulgurar las pedrerías.
--¡Que existe... y que no debe usted buscarlo!
--¿Cómo es eso?--interrogó Gastón sorprendidísimo, aunque iba
acostumbrándose á la originalidad de su consejera y amiga.