ni dudar que existía cuando su bisabuelo de usted escribió el documento
y trazó el plano encerrado en la caja de plata. Un padre no engaña á
su hija querida desde el lecho de muerte. El relato de doña Catalina
tampoco es quimera de su imaginación debilitada por la edad: lo que
le contó á usted está de acuerdo con lo que sabe Telma y consta por
tradición,--la quema de papeles, el desafecto de don Martín á su hijo,
su preferencia por la hija que le acompañaba.--Desde que eso sucedió
han pasado sesenta años, y ha estado el castillo en poder de mayordomos
y caseros. Ninguno de ellos se ha hecho millonario ni ha derrochado
caudales: luego ninguno ha descubierto el tesoro...
--¿Y Lourido?--interrumpió Gastón.
--Ya llegamos á Lourido... Verdad que pasa aquí por rico, y lo es hasta
cierto punto, porque chupó como una sanguijuela los bienes de la casa
y prestó á réditos, y compró á desprecio explotando á los infelices;
pero así y todo, la riqueza de Lourido es riqueza de aldea, la hemos
visto crecer y sabemos de dónde procede: si hubiese encontrado el
tesoro prosperaría de golpe, y se marcharía de aquí, porque su mujer y
su hija Flora rabian por volar á otras esferas... ¡Tampoco Lourido ha
encontrado el tesoro, aunque bien lo buscó!...
[Ilustración]
--¿Que lo ha buscado?--preguntó Gastón estremeciéndose al ver
confirmadas sus sospechas.
--Ya lo creo... Yo trato poco á lo que aquí se llama _señorío_, pero
hablo muchísimo con los aldeanos... y ellos, á su manera, todo lo
husmean y todo lo saben. En esta comarca, el secreto del tesoro es un
secreto á voces. Lourido ha practicado varias excavaciones ocultamente,
y las gentes piensan que lo que busca son las joyas que la Reina mora
llevó al sepulcro. Me he reído de esas joyas y de la credulidad de los
labriegos mil veces, porque no sabía lo que usted acaba de confiarme.
Hoy comprendo que Lourido tenía olfato. Que por ahora nada consiguió
encontrar, me lo prueba además otra razón: el empeño que demuestra en
hacerse con el castillo de Landrey. Dueño del castillo, lo arrasará y
no parará hasta acertar con el tesoro, que le trae loco de codicia.
--Bien, Antonia; todo eso está divinamente deducido, lo que no parece
es la razón de que yo no realice, en uso de mi derecho, lo que no
consiguió Lourido,--exclamó Gastón respirando.
--La razón... ¡Ay! ¡y qué empedernido está usted; qué difícil va á ser
que usted se enmiende!--declaró la viuda con pena y hasta con cierto
tedio, que mortificó á su amigo.--La razón es que el tesoro supone
para usted lo desconocido y lo fantástico, el golpe de varilla de las
comedias de magia, la suerte que nos coge dormiditos y nos echa encima
los bienes como podría echarnos un cubo de agua... ¡Valiente gracia
haría usted si descubriendo el tesoro repusiese su caudal! ¡Valiente
hombrada! Después de todo, el caudal es lo que menos importa. Su alma
de usted, su conducta, su regeneración por el trabajo y por una vida
que no redunde en daño y en perversión de usted mismo y también de los
demás, es aquí lo que interesa, al menos á mi parecer... y habíamos
quedado en que yo era el juez de este litigio... ¿ó se vuelve usted
atrás?
--No,--respondió Gastón enérgicamente, con involuntario esfuerzo.--Á
usted me encomiendo, y se me figura que he comprendido bien sus
indicaciones y que las voy á seguir de tal manera... que usted misma se
admirará.
--¡Quiéralo Dios! Pues, siendo así, el tesoro,--lo repito,--significa
para usted algo insano, una especie de lotería con que cuenta para
remediar males que causó su imprevisión y su vida loca. Si aspira á
que yo le estime... dejará en paz el tesoro. Esas cosas que se deben
al azar, se agradecen cuando el azar quiere enviárnoslas, pero no se
buscan; buscarlas sería seguir las huellas de Lourido... y usted no ha
de proponerse tal modelo.
Gastón calló. Sentíase subyugado por aquella mujer animosa, en quien
tenía que reconocer la superioridad del criterio y la firmeza de la
voluntad. Este sentimiento iba acompañado, preciso es reconocerlo, de
cierta humillación. No podía dudar que Antonia manifestaba ideas dignas
de un hombre, y que todo aquello debería él haberlo discurrido antes,
en vez de dormirse al arrullo del goce y en el seno de la pereza y la
indolencia.
--¡Qué lección me está dando!--pensaba.--¡Parece que veo en un espejo
la cara del ser más inútil de la tierra! ¡Pero yo le demostraré
á Antonia que también, cuando llega el caso, sé dominar las
circunstancias! Y á fe que he de averiguar si la que me administra
estos sabios consejos tiene en ese cuerpo tan sano y tan hermoso algo
que se parezca á un corazón... Porque hasta hoy, al menos para mí, se
me figura que no existe en Antonia tal víscera.
Mientras la ingratitud y la fatuidad dictaban al mal convertido Gastón
semejantes reflexiones, Antonia, como si quisiese confirmar la opinión
de su amigo acerca de su despego é insensibilidad, añadió:
--Ya he dicho á usted cuanto se me alcanza acerca de su situación
actual. Si usted es capaz de penetrarse bien de todo ello, no necesita
que insista; y si no... cuanto yo porfiase sería machacar en hierro
frío. Creo que usted no gustará de machaquerías. Además, á un hombre
de la edad de usted... no se le lleva de la mano. Si quiere hacerme á
su vez un favor, evitar que mi nombre ande en lenguas, dejará de venir
definitivamente. La malicia grosera de las aldeas no sé si es más
terrible que la malicia sutil é ingeniosa de los pueblos grandes. Si
usted es sincero conmigo, me confesará que tiene motivos para darme en
esto la razón.
--Es cierto, Antonia,--contestó noblemente el señorito de Landrey.--Aún
hoy á la salida de misa, unas bocas pecadoras... Pero, en último
término,--añadió dejándose llevar del atractivo poderoso que sobre
él ejercía Antonia,--¿qué nos importa? ¿Quién tiene derecho á
fiscalizarnos? ¿No somos libres?
--Nadie es libre...--tartamudeó Antonia, cuya voz temblaba,--y usted
menos que nadie. ¡Tiene usted que levantar su casa y su apellido! Á esa
tarea, dedique usted todo el tiempo, toda la energía de que sea capaz.
Venir aquí es una distracción como otra cualquiera. No conviene que
usted se distraiga... Y por último, yo deseo que no venga... y usted
debe respetar mi deseo.
--Lo respetaré, Antonia; se lo prometo, ya lo verá,--contestó él con un
tono que parecía frío, y no era sino el velo de un despecho profundo y
doloroso.
La tarde última que Gastón pasaba en el jardín de la quinta se acabó
tristemente. Antonia se esforzaba por reanimar la conversación, pero
el señorito de Landrey se había encerrado en un mutismo displicente.
Cuando se retiró, apenas estrechó la mano de su consejera; á Miguelito,
en cambio, le apretó contra el corazón y le besó arrebatadamente en los
ojos.
XII
Táctica y estrategia
Gastón cumplió su promesa de ir á comer al día siguiente con la familia
de Lourido; acogiéronle al pronto con cierta hostilidad, pero la escena
cambió, aun no bien el señorito de Landrey, sentado á la izquierda
de Florita, armó con la muchacha una escaramuza de coqueteos, tan
marcados, que extrañaron á Concha y regocijaron al Alcalde y á la
Alcaldesa. Saltaba á los ojos: ¡el señorito cortejaba á la niña! ¡Y qué
bien se insinuaba, y cómo sabía asestar los tiros, y de qué expresivo
modo manifestaba la impresión producida por la belleza de Flora! Ésta,
de puro engreída, no tocaba á los platos: y Concha, con su buen humor
invencible, la soltó esta pulla en seco:
--¿Qué santo es hoy, Flora? Como veo que ayunas al traspaso...
No por eso recobró el apetito la interpelada; tal era su embeleso al
recibir las ojeadas incendiarias y las atenciones constantes de Gastón,
que al servirla, al bromear con ella, adoptaba lánguidas actitudes
de galán deseoso de disimular su inclinación y que no lo consigue.
Sofocada bajo la espesa capa de polvos de arroz, Flora comparaba al
juez municipal con aquel apuesto y arrogante caballero, cuyos modales
respiraban distinción y desenfado gracioso, cuya ropa trascendía á
no sé qué perfume tenue y fino, y que era además _el señorito_, el
dueño de Landrey, el personaje más eminente que había encontrado en
su camino, un ser distinto de los otros... También al Alcalde le
chispeaban los ratoniles ojillos. ¿No era _aquello, aquello_ mismo, lo
que él se había atrevido á soñar, un día en que recontaba su ya orondo
peculio... pero como se sueña el golpe más inesperado de la suerte,
que puede venir y sin embargo, juraríamos que no vendrá? ¡Florita
señora de Landrey! ¡Qué diablo! ¡Para eso ha exprimido el padre el
limón del préstamo; para eso ha bebido el sudor de los braceros y las
lágrimas de los huérfanos y las viudas; para eso sabe hacer que, en
el plazo de un año, una onza se doble y arroje á la partida del haber
treinta y dos duros!
Al terminarse la comida, Flora dió señales de querer arrastrar á
Gastón á la senda de perdición del piano; pero el señorito de Landrey,
como quien realiza un esfuerzo, rogó á Lourido que le concediese una
entrevista, para hablar de negocios. Encerráronse en el despacho, y
Gastón, con abandono lleno de confianza, enteró á don Cipriano de lo
que le sucedía.
--Al encontrarme, don Cipriano, con que le debo á usted cinco mil
duros... ó tal vez más... quisiera pagárselos inmediatamente, bien lo
sabe Dios, pero si no saco á subasta las tierras y el castillo, lo cual
dice usted que sería un desacierto...
--¡Un _sin pies_!--exclamó el usurero, que creía decir _un ciempiés_.
--Bueno, si yo lo creo también...--declaró Gastón con ingenuidad.--Pero
repito que, á no cometer ese _sin pies_... no sé cómo arreglarme.
Resulta que, en Madrid, mis asuntos están peor que aquí todavía. Se
me figura que no ha tenido acierto mi apoderado, el señor de Uñasín,
sujeto por otra parte honradísimo... y que me ha metido en un lío muy
gordo. Y como usted es tan inteligente, vengo á consultarle... ¿Quiere
usted enterarse de este legajo?
Contenía el legajo los estados de cuenta y los comprobantes remitidos
por Uñasín para su revisión y aprobación, y que el señorito de Landrey
había recibido en uno de los últimos correos, acompañados de una carta
muy melosa, en que el buitre solicitaba que se le devolviesen cuanto
antes legalizados y en forma, «al objeto de aplacar á los acreedores,
que están venenosos.» Lourido, con rapidez febril, tomó aquel mazo de
papeles, y empezó á examinarlo hoja por hoja, apasionadamente.
--Si quisiera usted enterarse despacio...--dijo con indiferencia
Gastón,--la verdad... como me aburre todo esto de los negocios...
preferiría que usted se batiese ahí con esos mamotretos... y yo me
volvería á la sala... ¡He dejado á sus hijas con la palabra en la
boca!... Antes de subir á Landrey, volveré á ver qué ha sacado usted en
limpio...
[Ilustración]
Y con el aire del que consigue sacudirse una mosca, corrió á la sala,
mientras Lourido se restregaba las manos de gozo...
Cuando Gastón, al anochecer, se presentó otra vez en el despacho,
Lourido le acogió con una explosión de indignación exagerada y de
satisfacción irónica; y riendo y gruñendo á la vez, exclamó:
--¡No es mal punto filipino el apoderado general! ¡Honradísimo... sí,
buena honradez nos dé Dios! ¡Yo ya me lo había tragado, por cosas
que me pasaron con él; pero no creí que gastase tanta _envilantez_!
¡Amañados le ha puesto los asuntos, señorito... amañados! Ni una madeja
dada al gato...
--¿De modo que... estoy arruinado sin remedio?--preguntó Gastón.
--¡Quiá! ¿Me chupo yo el dedo? Si me deja estudiar este protocolo
unas horitas más... le diré cómo ha de hacer para empezar á salir del
pantano. Las cosas es menester darlas cinco vueltas. Al principio todo
parece el mundo universal, y después resulta una _cunca_ de mijo menudo.
--Verá usted,--dijo Gastón con el mismo abandono.--Á mí ya se me
había ocurrido que aquí podía haber mácula... sólo que no sabía
cómo defenderme. Y, la verdad: _hoy_ sentiría quedar pobre; estoy
cansadísimo de la vida de soltero, y deseo establecerme aquí, en este
país tan precioso, en esa casa vieja de Landrey, que usted sostuvo y
yo quisiera arreglar... Una mujer sencilla, una joven linda y honesta,
ajena á los engaños y á las locuras de la corte...--añadió como absorto
y hablándose á sí mismo.--¡Pero casarse sin tener pan!... No. Lo que
haré, si no puedo salvar nada de mi hacienda, será irme á cualquier
parte con un destino que me den mis amigos de Madrid...
--¡Jesús, señorito! Déjeme á mí, guíese por mí, que le aseguro que
hemos de salir avante... Esta noche me peleo con los papeles, y mañana
venga aquí, que le diré...
--Pensaba venir de todos modos, porque sus hijas de usted quieren que
demos un paseo y que nos embarquemos á pescar _panchos_...--respondió
Gastón con alegría descuidada, propia de un muchacho de diez y seis
años á lo sumo.
Al retirarse Gastón, conferenció la familia Lourido,--excepto Concha, á
quien despidieron á su cuarto por sospechosa y recalcitrante.--Resultó
de la conferencia, que la Alcaldesa, y sobre todo, como era natural,
Florita, habían notado en el dueño de Landrey señales del más fino
enamoramiento; lo cual, junto á las palabras que se le habían escapado
en el despacho de Lourido, calentó las cabezas, y dió tela para
fantasmagorías del porvenir. Sin embargo, ni Flora ni su madre podían
ver en aquellas risueñas perspectivas lo que veía don Cipriano; el
tesoro enterrado en las fundaciones de Landrey, y cuya búsqueda y
descubrimiento serían lícitos ya y podrían realizarse sin temor,
cuando se hiciesen á nombre del amo, pero el amo casado con la hija
del mayordomo... Así aquella misteriosa riqueza soterrada y oculta en
las entrañas de piedra de Landrey actuaba sobre la mente de cuantos
sospechaban su existencia, y guiaba sus determinaciones, según la
calidad respectiva de las almas, impulsando á Antonia á aconsejar el
desprendimiento, y á Lourido á abrazar la causa de Gastón y luchar
desde lejos, oponiendo su penetración y socarronería galaica á las
artimañas de Uñasín...
[Ilustración]
Transcurrieron varios días, durante los cuales Lourido papeleó mucho y
celebró varias conferencias con Gastón, informándose de pormenores que
importaban á los asuntos pendientes. En esta primer campaña demostró
Lourido una perspicacia, un instinto para los negocios, que asombraron
al señorito; en otro _medio_, aquel usurero de aldea se hombrearía
con los negociantes que subyugan una plaza comercial y hacen brotar
millones donde sientan la planta; además, había en él la aptitud
innata de una raza cautelosa, de una tierra en que todos saben derecho
y son capaces de retorcer el argumento al abogado más sutil.--Mientras
el mayordomo iba poniendo en claro los intrincados negocios de Gastón,
éste, afectando un desdén olímpico hacia la cuestión de interés,
aprovechaba las ocasiones de escaparse á charlar con las muchachas,
es decir, con Florita, de quien era ya declarado galán; y cada día
inventaban paseos y correrías por los montes y la playa, partidas de
pesca ó meriendas en algún soto, que hacían retorcerse de celos al
juez municipal, antes preferido y hoy desdeñado adorador de la linda
rubia. En la Puebla no se hablaba de otra cosa más que de los amoríos
del señorito de Landrey con la hija de su mayordomo, creyéndose muy
próxima una boda que á nadie sorprendía, dada la fabulosa riqueza que
las exageraciones lugareñas atribuían á Lourido. Sólo Telma, con esa
libertad de expresión que adquieren los criados antiguos, echaba de
vez en cuando á su amo indirectas transparentes y muy agrias.--¡Qué
hubiese dicho la señora Comendadora si ve á su sobrino arrimarse á
aquella casta cochina de Lourido, que había entrado en el castillo con
andrajos, en pernetas, y ahora estaba gordo á fuerza de chupar el jugo
á sus amos!
Á estas salidas de la vieja criada contestaba Gastón con risas y
bromas, y alguna vez con abrazos expansivos y fuertes, pues había
llegado, en aquella soledad, á cobrar intenso cariño á Telma, dando
todo su valor á la abnegación incondicional de un ser cuya vida había
absorbido por completo la casa de Landrey, sin que pidiese á esta
casa más de lo que pide la hiedra al muro: adherirse.--Entre las
muchas ideas nuevas que iban abriéndose paso en el cerebro de Gastón,
figuraba la del derecho de toda criatura humana; y Telma, que antes
era para él algo como un _objeto_ que se había acostumbrado á ver,
convertíase en _persona_. Siempre la había tratado con dulzura, y ahora
la respetaba... interiormente, con un respeto piadoso; y el día en que
llegó á esta altura cristiana y moral--respetar á su criada--Gastón
sintió una alegría secreta, y subiéndose á la torre de la Reina mora,
asestó el anteojo al jardín de Antonia, y vió en él á Miguelito
jugando con Otelo.--La viuda no apareció; estaría retirada, de seguro
trabajando.
Lourido entretanto llegaba á dominar la cuestión encomendada á su
tacto y á sus luces. Como el explorador que penetra en una selva y
va cortando con el hacha lo que se opone á su paso, abríase camino á
través de los obstáculos hacinados por Uñasín. Aislando cuestiones,
podía afirmar ya que con los datos existentes, y mucha energía,
Uñasín no tendría más remedio que vomitar lo que había querido
zamparse; la casa de Landrey, descalabrada, pero viva. Era preciso
sacrificar más de una tercera parte, y las otras dos saldrían á flote,
gravadas con algunos créditos é hipotecas que no sería difícil ir
descargando...--¡El señorito encontraría quién le prestase dinero
en mejores condiciones!--exclamaba fervorosamente Lourido, dando á
entender, en frases que querían ser reticentes y veladas, pero más
claras que tela de cedazo, lo que podía esperar Gastón elevado á la
categoría de yerno suyo, y cuando el liberar la hacienda de Landrey
fuere salvar el patrimonio de los descendientes de don Cipriano...
[Ilustración]
Gastón lo aprobaba todo, aunque enterándose menudamente: nunca
discípulo preguntó más, ni escuchó con mayor atención á un maestro.
Como si sufriese el ascendiente de la inteligencia y el contagio de la
actividad del Alcalde, poco á poco había ido tomando la costumbre de
trabajar con él primero una hora, luego hasta tres, sin prescindir por
eso de las expediciones y los correteos á pie y en pollino, acompañando
á Florita. En las horas de despacho ahondaba en lo que le importaba
mucho, pertrechándose á fin de realizar el indispensable y urgente
viaje á Madrid, en que debía consultarse con un abogado de fama y
pelear con Uñasín cuerpo á cuerpo. Don Cipriano le amaestraba, le ponía
los puntos sobre las ies, le hacía fijarse especialmente en las mil
vueltas que jurídicamente cabe dar á una misma cuestión. Las cataratas
se le caían al señorito de Landrey. No sólo iba viendo la explotación
de que era víctima, sino el tejido fuerte y mañoso de la red en que
le envolvían, y el modo de romper las mallas y sacar fuera la cabeza
para respirar y las manos para concluir de rasgar la odiosa prisión. Y
constituía la nota cómica la indignación de Lourido al demostrar las
arterias y habilidades de Uñasín. Sus exclamaciones podrían traducirse
de esta manera:
--¡Lástima no habérseme ocurrido esa treta á mí! ¡Buen golpe para que
lo diese el presente maragato!
Cuando Gastón se creyó impuesto en todo lo necesario, dejó á Telma
guardando el castillo y salió hacia Madrid, donde esperaba no perder
tiempo. Florita, desde su marcha, guardó un retraimiento absoluto;
economizó más de una fanega de harina, por lo que dejó de empolvarse;
otorgó treguas á su hermoso pelo rubio, no martirizándolo con las
tenacillas; aflojó tres dedos el corsé; se dió tono anticipado de
viudita noble, y hasta se prestó á acompañar á la iglesia, muy de velo
á la cara, á su hermana Concha, organizadora de una espléndida novena,
con gozos, á la Patrona de la Puebla. Allí tuvo el gusto de mirar con
fisga á Antonia Rojas, que concurría á la novena todas las tardes y que
aparecía algo descolorida y menos animada que de costumbre.
[Ilustración]
XIII
El aro de oro
Poco más de un mes estuvo en Madrid Gastón, y la tarde en que regresó,
al ver á Telma que había salido á esperarle, la abrazó con tanto
cariño, que la vieja sirviente se deshizo en llanto. El señorito venía
muy diferente: ¡qué formal, qué aplomado, qué hombre!
Al otro día de la llegada, Gastón empezó á dar órdenes para arreglar
las habitaciones del castillo y reparar lo que era más urgente que se
reparase. Los muebles de comodidad, las ropas, el ajuar todo, llegarían
en breve por el ferrocarril: Gastón levantaba su apeadero de Madrid
y se traía el mobiliario: además había adquirido muchas cosas, no de
lujo, pero necesarias. Albañiles y carpinteros empezaron á arreglar
los techos y pisos del Pazo y de la capilla, cerrada desde tiempo
inmemorial, en cuyo magnífico retablo barroco anidaban las palomas y
las golondrinas, y en cuyo púlpito se guarecía una tribu de ratones.
Corrió una semana, y como Gastón no hubiese bajado á la Puebla, ni
dado señales de existir para la familia de don Cipriano, Florita, que
se engalanaba todos los días inútilmente, tuvo un ataque de nervios
y un soponcio, y el Alcalde, caballero en su yegua, subió lleno de
inquietud la calzada pedregosa. Recibióle Gastón con afabilidad,
celebró que se le hubiese ocurrido venir, y le obsequió con vino y
bizcochos; después se encerraron los dos en el aposento que el señorito
de Landrey empezaba á utilizar para despacho, instalando en él estantes
con libros y papeles y una mesa ministro. La encerrona duró más de dos
horas, y al cabo de ellas salió Lourido en un estado digno de lástima:
desemblantado, mortecino de ojos, gacho de orejas, hasta temblón de
manos; y Telma, que corrió á ordenar que le trajesen la yegua á la
puerta del Pazo y le tuviesen el estribo, notó que dos ó tres veces
volvía la cabeza el Alcalde y miraba atrás crispando los puños, como el
que quiere comerse con la vista y el deseo á algo ó á alguien...
[Ilustración]
Dos días después--era domingo--Miguelito, que se entretenía en botar
al agua una lucida escuadrilla de barcos de papel en el pilón de la
fuente, sintió que unas manos se le apoyaban sobre los ojos, y una voz
le decía:
--¿Quién soy?
--¡Gastón, Gastón!--chilló el niño desprendiéndose y volando hacia la
casa.--¡Mamá! ¡Está aquí Gastón!
Antonia Rojas tardó poco en aparecer: Gastón la saludó con efusiva
alegría, y la miró á la cara fija, larga y tiernamente, encontrándola
desmejorada y delgada, como persona que ha sufrido.
--¿Ha estado usted enferma?--preguntó afanosamente el señorito de
Landrey, dirigiéndose al sitio donde acostumbraban charlar, á los
asientos cerca de la fuente.
--Enferma, no...--respondió débilmente Antonia, que sin embargo hablaba
con voz quebrantada y tenía apagada la claridad de sus hermosos ojos y
el antes vivo carmín de su encendida boca.--Es un poco de debilidad,
ó yo qué sé... En resumen, nada. Vamos á ver, hábleme usted de sus
asuntos... Vuelve usted de Madrid... Supongo que ha arreglado algo...
No habrá perdido el tiempo...
--¡Antonia, Antonia!--respondió Gastón que parecía enajenado.--Sí, lo
he perdido... He perdido todo el tiempo que transcurrió entre este
día y aquel en que usted me desterró de su casa... He perdido todo el
tiempo que no pasé cerca de usted..., pero he de enmendarme ¡vive el
cielo! y ahora será preciso que usted me permita estar á su lado...
por... por largos años... ¿Quiere usted?
La palidez de Antonia se convirtió en un rubor vivísimo; cayó sobre sus
ojos garzos la cortina sedosa de sus párpados, y sólo la agitación de
su seno respondió á la apasionada pregunta del señorito de Landrey.
Rehaciéndose al fin, pudo articular no sin mucha confusión y vergüenza:
--No entiendo... ¿De qué se trata? ¡No creo que pague mi amistad con
una ofensa ni con una chanza de mal gusto!
--¿De qué se trata? ¡De que si antes me alejó usted por evitar que
nuestra amistad escandalizase á estas buenas gentes, hay un medio de
que mi presencia aquí, en vez de escandalizar, edifique! ¡De que todos
la comprendan, la aprueben y la envidien quizás!... Antonia, ¡cuánto
tiempo hace que sabe usted lo que ahora está oyendo!
La viuda, con poderoso esfuerzo, se serenaba completamente. Sin
necesidad de poner la mano sobre el corazón, había aquietado sus
latidos mediante uno de esos actos de voluntad, cuyo secreto poseen
las naturalezas enérgicas y resignadas á la vez. Su animosa y franca
sonrisa volvió á jugar en la boca expansiva y grande y en los ojos
garzos que se fijaron tranquilamente en los de Gastón, candentes de
entusiasmo y de brío juvenil. Y revelando en su voz calma y dignidad,
contestó despacio: