--Para el señorito muy poco... Para un pobre como Lourido... un

dineral... ¡Bah! todo lo más serán cuatro ó cinco mil duros... Desde

que le administro, señorito, ni se me han satisfecho mis honorarios, ni

los reparos y las obras que ejecuté en el castillo, con autorización de

don Jerónimo...

[Ilustración]

--¿Reparos y obras?--preguntó Gastón, que empezaba á hervir en

cólera.--¡Pero si está aquello inhabitable!

--Y ¿cómo estaría si yo me descuido? Ruinas nada más. Tuve que

registrar y que afirmar la cimentación...

--¿La cimentación? Esa obra es la más á propósito para que un edificio

se venga abajo...

Gastón sentía que un sudor ligero brotaba en sus sienes. Obras,

registros y reparos le daban malísima espina; á cada paso se le hincaba

más en la imaginación el recelo de que Lourido había descubierto el

tesoro; y una ira sorda, pero furiosa, se alzaba en su alma como el

torbellino de polvo en el desierto. ¡Aquel bandido, aquel buitre cebado

en el cadáver de Landrey, engrosado con el espolio de la familia,

quería consumar el robo reclamando todavía un dinero que Gastón no

poseía ni podía reunir, y exponiéndole así á la vergüenza!

--Además de las obras,--prosiguió Lourido, que no creía sin duda

prudente insistir en tan delicado punto,--hubo que dar labores para

beneficiar las tierras, interponer demandas, sufrir prorrateos,

sostener litigios... y todo lo adelantaba de su bolsillo el presente

maragato. ¡He pasado tragos! Si no fuese que sabía que el señorito

dejar no me dejaba descubierto... Porque cada uno necesita de sus

pobrezas, y por falta de esos cuartos estoy yo boqueando, fuera el

alma, como la sardina cuando la sacan del copo...

Realizando un esfuerzo heroico, Gastón se dominó.

--Pues por hoy me es imposible satisfacerle á usted esa deuda,--declaró

resueltamente.

--El señorito tiene una manera muy fácil de pagar,--indicó felinamente

Lourido.--Con me ceder el señorito las tierras de Landrey... que al fin

nada le valen y el señorito ni se fija en ellas... porque el señorito,

ya se ve, anda por Madrid y por Francia y esto poco le interesa... que

es un rincón...

--¡Las tierras de Landrey!--repitió Gastón sintiéndose palidecer bajo

la ofensa de la proposición, pero conteniéndose porque veía un rastro

de luz y quería seguirlo.

--Ya sé que me meto en un perro negocio... sólo que, como el señorito

no puede pagar y á mí me hacen falta los cuartos, tan cierto como que

somos hombres... por salir los dos de esta mala andadura...

--¿Las tierras... y el castillo?

Lourido bajó los párpados para que no se trasluciese la llama repentina

de sus ojos diminutos, y, colorado de emoción, contestó reprimiéndose:

--Ya se sabe... aunque el castillo no vale un ochavo... pero el que

merque las tierras, el castillo ha de mercar; quien lleva la vaca lleva

la soga...

--¿Sabe usted,--repuso Gastón, á quien el instinto dictó entonces una

conducta salvadora y maquiavélica,--que merece pensarse la proposición?

Yo realmente no tengo gran empeño en conservar estas paredes ruinosas.

Con todo, darlo así, en pago de una deuda... Mi interés me aconseja, si

es que lo vendo, sacarlo á subasta y el que más ofrezca... Ya ve usted

sólo las rentas...

--¡Ay! ¡El señorito se va á llevar chasco!... Cuando uno quiere vender

es cuando nadie compra... No crea el señorito que _Roschil_ le daría

más que el presente maragato... Si el señorito piensa que es poco...

¡porque no diga que no guardo consideración á la casa!... ¡un par de

miles de duritos más... y eso que me ahorco, me ahorco!

Gastón iba, sin duda, á responder, cuando sonaron á la puerta voces de

mujeres jóvenes. «Papá, papá,» decían en dos tonos diferentes, el uno

afectadamente fino y zalamero, el otro natural y cariñoso.--«Entrar,

niñas...» Hicieron irrupción en el despacho, y Gastón se levantó y

saludó hasta los pies á las dos señoritas del Alcalde. En la primera,

la del pomposo vestido azul con cintajos amarillos, la del crespo moño,

la de la enharinada tez, reconoció Gastón á la que se desperezaba

tan de mañana en la galería, y pensó que era lástima que se hubiese

tomado el trabajo de componerse, porque era realmente guapa y lozana,

y el ridículo adorno la echaba á pique.--«Si me permitiese pasar un

plumero por esa cara bonita emplastada de polvos de arroz...»--La otra

muchacha, modestamente vestida de hábito del Carmen, era de exigua

estatura y cara macilenta, y cojeaba mucho, apoyándose en una muleta

corta.

--Esta se llama Florita,--dijo Lourido, presentando á la enharinada con

mal encubierto orgullo.--Y ésta, Concha,--añadió señalando á la de la

muleta.--La pobrecilla padece...

--Pero no he perdido el buen humor,--declaró espontáneamente la coja,

riendo con ingenua amabilidad.

Media hora después, Gastón ocupaba, en la mesa de don Cipriano, el

puesto que los anfitriones juzgaron de honor;--entre las dos muchachas,

y frente al ama de la casa, á quien el señorito de Landrey había visto

con conatos de pegar y arañar á la rubia Flora, y que en el festín se

esforzaba por demostrar una inverosímil dulzura melosa, desmentida por

un rostro avinagrado y enjuto.--Abusando de los diminutivos, llamaba

á sus hijas _Floritiña_ y _Conchitiña_; hablaba sin cesar, hasta

causar mareo, de lo inferior de su comida y del gran sacrificio que

hacía Gastón en aceptarla, así como de los méritos y habilidades de

sus niñas, sobre todo de Flora. Gastón supuso que la coja era uno de

esos seres que las familias indelicadas sacrifican, posponiéndolos

siempre á otros más guapos y sanos; y sin querer se interesó por la

muchacha, ocupándose de ella más que de Florita, que estaba colorada

de despecho. Su deseo de atraer la atención del señorito era tan

visible, que le servía, le ofrecía aceitunas y dulces, y ella misma

quiso ponerle el azúcar en el café, á lo cual la animaban expresivas

ojeadas de su madre y densas carcajaditas de su padre, que olvidado,

al parecer, de asuntos, deudas y adquisiciones, se mostraba hecho un

almíbar con Gastón.

[Ilustración]

Al través de los incidentes de la comida, Gastón no perdía de vista ni

un instante á su desconocida de la torre de la Reina mora. No sabía

cómo traer la conversación hacia ella, y al fin lo hizo por el medio

más elemental, diciendo con indiferencia aparente:

--¿Conocen ustedes á una señora de Rojas, que tiene un niño muy

travieso? Ayer les he encontrado visitando la parte más arruinada de mi

pobre castillo...

Como tocadas por una corriente eléctrica, saltaron Flora y su madre.

--¡Vamos, ya se le metió á usted por los ojos la viudita!--dijo la

esposa de Lourido en tono de compadecer á Gastón.--¡Eso era de ene!

--No,--protestó Gastón sin empeño,--me parece que esa señora no contaba

con mi presencia. El chiquillo se entró corriendo en la torre, donde yo

estaba...

--¡Ay! ¡el chiquillo!--intervino Flora remedando irónicamente el acento

de Gastón.--Sí, sí... ¡al chiquillo le tiene ella bien enseñado!

--¡Mujer!--exclamó Concha sublevada.--¡No sé cómo dices eso! Es de mala

conciencia pensar ciertas cosas.

--¿Pero ustedes creen,--dijo Gastón aparentando candidez,--que fueron á

la torre sólo para encontrarme?

Hubo un duo de risas malignas; Concha se quedó seria.

--Vaya, aunque es usted de Madrí, parece bien inocente,--declaró la

mamá, con dejos de hiel en la voz.--Los hombres... ninguno ve ciertas

cosas, por más _de_ que salten así á los ojos.--Y al decir esto la

alcaldesa agitaba sus dedos esqueletados.

--Además,--continuó Flora quitándole la palabra á su madre,--¡la viuda

es muy larga, muy trucha! Engaña á Licurgo con aquella marcialidad y

aquel qué se me da á mí que gasta.

--Vamos... ¿es una mujer de mala conducta?--interrogó Gastón como si le

convenciesen.

--¡No, señor! gritó Concha, sin poderse contener.--¡Hace las caridades

que puede y va á la iglesia, que yo lo veo!... ¡mucho más que otras!...

--No le haga caso á esta _papulita_,--advirtió la madre tragándose con

los ojos al testigo benévolo.--Ésta, como no hace más que rezar y oir

misas, piensa que todos son santos de palo... Y la de Rojas es una

santa _mocarda_. De mala conducta... ¡puede que ahora no sea, pero el

diablo sabe lo que hizo en vida del marido, cuando rodaba allá en el

extranjero, que mismamente parecían el judío errante!... Así dieron el

trueno gordo, que ella triunfó y gastó como una emperatriz, y entonces

él, desesperado ya el pobrecillo, ¿qué quería que hiciese? Se mató...

--¿Se suicidó el marido de esa señora?--preguntó Gastón esta vez

impresionado.

--¡Ya lo creo!--gritó la dueña triunfante.--Dos tiros se pegó en la

barba y en el cielo de la boca... Ya ve usted qué principios tendrá

ella, que anda por ahí como si tal cosa, alegre...

--¡Después de seis años!--advirtió Concha.--¡Pues bien triste y bien

enferma estuvo! El bruto y el mal cristiano fué él; ella no. ¿Querían

que también se matase?

--Para mí el marido hizo la acción porque descubriría algún enredo de

la mujer,--declaró la señora de Lourido.

--Y por otra parte, no tenían ya sobre qué caerse muertos,--agregó

Lourido.--Ella está miserable como las arañas.

--Miserable, sí,--contestó Flora,--pero tan romántica como siempre.

¡Unos trajes y unos sombreros! No sé si ese modo de vestir será

elegante... Raro parece. ¡Y las faldas tan rabicortas! ¡Qué descaro!

--Pero, mujer, si es para andar por el monte,--arguyó la defensora,

impaciente y acalorada.--¿Había de llevar cola? ¡Si yo no fuese coja,

me vestía como ella!

--¡Estarías bonita! Que te aproveche; á mí la de Rojas me parece un

guardia civil...

Aquí llegaban de la discusión cuando entró un galancete, el juez

municipal, muy rizado á hierro y muy soplado de cuello y puños,

declarado aspirante de Flora; y Gastón aprovechó el momento para

cambiar de conversación, porque ya sabía cuánto le importaba. Con esto

pasaron del comedor á la sala de recibir, en cuya consola se ostentaba

un soberbio reloj de mármol y bronce y dos candelabros del más puro

estilo Imperio.

--Os reconozco,--pensó el señorito de Landrey,--os reconozco, reliquias

de mi casa, testimonio de la rapacidad de este buitre... Ahora quiere

que lo principal siga á lo accesorio, y se propone que el castillo haga

compañía al reloj...

Distrájole de estos pensamientos Flora, preguntándole si tocaba el

piano, sólo para buscar cháchara y que rabiase de celos aparte el juez

municipal; y Gastón, que era sujeto abonado, se prestó admirablemente

al juego.

[Ilustración]

IX

Iniciación

Con más impaciencia que antes deseaba Gastón el momento de saludar á

Antonia Rojas, que ya tenía para él los alicientes del misterio; y

pareciéndole que al tercer día no es incorrecto visitar á una señora

que lo permite, escogió las primeras horas de la tarde y se echó á

adivinar el camino, por no buscar guía que le condujese.

Sin gran trabajo se orientó y llegó al pie de la tapia, encontrando de

par en par la verja que cerraba el portón. No era cosa de meterse como

Pedro por su casa, y al mismo tiempo no veía á nadie, cuando de entre

un macizo de flores salió disparado el niño, tendiéndole los brazos y

el corazón en ellos.

--¡Vaya, por fin vienes!--chillaba la voz aguda y fresquísima.--¡Pero

cuánto tardaste! Yo quería ir ayer á buscar contigo el tesoro... y no

me dejó mamá. ¡Qué gusto! He de enseñarte mis cabritas... Otelo, no

ladres, tonto... es gente conocida...--añadió halagando al perrazo

negro, que obedeciendo á la intimación de buena acogida, meneó la

poblada cola y apoyó las patas en los hombros de su amo.

--¿Está visible tu mamá?

--¡Ya lo creo! Vénte,--chilló Miguelito.

Y saltando á la pata coja, precedió á Gastón, que se dejó llevar.

Atravesaron el jardín, y después el zaguán de la casa, claro y adornado

con jarrones de loza y plantas de invernadero; salieron á un patio

cuadrangular, rodeado de edificios nuevos que parecían dependencias,

y en uno de ellos, del cual salía humo, entró Miguelito seguido de

Gastón. La luz que penetraba en el vasto cobertizo por una serie de

altas ventanas, alumbró un espectáculo original.

En medio del cobertizo, cerca de una cocina baja donde borboritaba

enorme caldero, y al pie de un tonel que despedía espeso vaho, estaba

Antonia ataviada de un modo bien diferente que el día en que Gastón la

había conocido. Una falda de percal claro y un cuerpo de manga corta,

resguardados por cumplido delantal de _oxford_ á rayas blanco y cereza;

un pañolito de seda roja atado á la curra, con la gracia picante de un

tocado criollo, componían el traje de la señora. Los brazos, morenos y

de un modelado suave y vigoroso á la vez, se agitaban sobre el tonel

humeante, derramando en él el contenido de un frasco de cristal. Una

moza aseada y robusta, enarbolando la pala, esperaba el momento de

revolver la lejía; porque, fuerza es decirlo, aquella decoración no era

más que fondo para la humilde operación casera de colar la ropa...

Gastón esperaba un chillido, una protesta, una ojeada de cólera al

niño. Quedó chasqueado. Lo que hizo Antonia, al darse cuenta de la

sorpresa, fué reir espontáneamente...

--No nos pidamos perdones, señor de Landrey,--dijo sin

alterarse,--porque sería cuento de nunca acabar. Por mi parte está

usted perdonado. Miguelito, mira, hijo mío, ya sabes que á las visitas

se las lleva á la sala.

--¡Á éste no!--declaró Miguel.--Éste no es visita, que es mi amigo... y

le llevo á ver las cabras...

--¡Sí, las cabras y mamá!...--añadió Antonia plácidamente.--Espéreme

usted en la sala... ó en el jardín... ¡Hasta dentro de un instante!

Gastón obedeció de mala gana. La viuda, encendida, con el pañuelo

picaresco y el traje de mecánica, le había parecido de perlas;

mejor cien veces que en la torre. Por su gusto reemplazaría á la

moza de pala, ayudando á revolver la ropa en el tonel. No hubo más

remedio que dejarse llevar otra vez por Miguelito, y admirar los

brincos de dos chivitas blancas, prisioneras en el traspatio, al pie

del hórreo,--porque no dejaban cosa á vida en la huerta ni en el

jardín.--Al cabo dieron fondo en una sala baja, á la cual se accedía

por el zaguán, y donde muebles modernos y antiguos, cuadros viejos y

grabados ingleses, un soberbio piano de cola, producían un conjunto

familiar, de tonos íntimos y artísticos á la vez. En los jarrones

había flores frescas, y en el centro de la sala un acuario de salón,

de reducidas dimensiones, muy bien cuidado, estaba lleno de pececillos

y curiosos moluscos y zoófitos, que Miguelito enseñó con orgullo á su

amigo.

[Ilustración]

--Yo he de ser marino, como mi abuelito,--declaró la criatura,--y ya

sé lo que hay en el fondo del mar... Estos pescaditos venían en la

red, ¿sabes? y mamá y yo vamos á ver cómo la sacan... y recogemos lo

más bonito. ¡Nos divertimos tanto! Mira, mira, ese es el erizo... Qué

espinas, ¿eh? No se le puede poner la mano... Oye, ese bicho se llama

caballo de mar... ¡Qué raro! Fíjate en la concha _vieira_... ésa la

trae Santiago Apóstol en la esclavina...

Entretenido con la charla del chico, no dejaba Gastón de aguardar con

impaciencia á Antonia, que tardó bien poco en presentarse, sin pañuelo

ni delantal y de mangas largas, pero en traje no menos sencillo y

campestre que el otro. Excusóse Gastón lamentando haber presenciado é

interrumpido su faena, y ella respondió con llaneza y sinceridad:

--No tiene nada de molesto que le vean á uno enfaenado. Crea usted que,

por otra parte, si yo pudiese prescindir de trabajar, tal vez me dejase

tentar de la pereza; pero Miguel y yo viviríamos muy mal. No soy rica

y me gustan las cosas refinadas, de limpieza y de cuidado: ¿qué voy

á hacer, sino presenciar ó ejecutar en persona? Aquí dejan á la ropa,

al lavarla, un color moreno poco simpático: con mis químicas logro que

salga muy blanca. La costumbre y no la virtud me va aficionando ya á

estos trajines, ó por lo menos, no se me hacen cuesta arriba como al

principio. No hay mejor que tomar con buen ánimo las labores y las

obligaciones; se hace uno amigo de ellas.

--Necesitaría algunas lecciones de usted para aprender esa filosofía,

que bien la necesito,--dijo Gastón.

--Esa filosofía, como usted la llama,--respondió Antonia

festivamente,--tiene uno que enseñársela á sí mismo...

--¿No existe maestra?--preguntó con intención el señorito de Landrey.

--Sí, señor; conozco una maestra de eso...--murmuró Antonia, cuyo

movible rostro cambió de expresión y se nubló.--Una maestra muy dura...

¡La desgracia!...

--Entonces ya puedo yo ser discípulo,--declaró Gastón, con asomos de

melancolía.

Hubo un momento de silencio: el giro confidencial del diálogo

desagradaba sin duda á Antonia. Miguelito salvó la situación cogiendo

á su madre de la mano y empeñándose en que había de ver Gastón la casa

y el jardín en sus menores detalles. Antonia, sonriendo, declaró al

levantarse para cumplir el capricho del niño:

--Así como así, este _paseo del propietario_ es inevitable... El

trago, de una vez. No le perdonaremos á usted ni las lechugas ni las

zanahorias.

[Ilustración]

Recorrieron, en efecto, la casa, el jardín, el huerto y las

dependencias. Era la casa, irregular en su forma, muy cómoda y

desahogada interiormente, y por el aseo y el orden parecía uno de esos

primorosos _cottages_ de las inmediaciones de Londres, en los cuales

se vive á gusto, y cada hora del día acarrea un goce honesto y sano,

del cuerpo ó de la inteligencia. Las habitaciones revelaban en su

distribución un sentido especial de la realidad, de las necesidades que

imponen una vida solitaria y la educación de un niño: y Gastón vió con

interés el cuarto de estudio, sus mapas, sus libros de estampas, sus

cajas de geometría, sus cuadernos, todo sin manchas ni hojas rotas,

todo regularizado, como pudiera estarlo en un colegio bien entendido.

Nada faltaba en la mansión: ni la bibliotequita, bien surtida de libros

útiles y recreativos y de obras clásicas españolas; ni la despensa,

provista de conservas y dulces caseros; ni el frutero, donde todavía

amarilleaban las manzanas de la última cosecha: y Gastón, acordándose

de su desmantelado castillo, apreció mejor la gracia y la intimidad

modesta de la casa de Antonia. Del huerto se había sacado también todo

el partido imaginable: los cuadros de legumbres parecían canastillas

de flores, por lo bien cuidados y dispuestos; los árboles revelaban

una poda inteligente; y el establo, que albergaba dos vacas con sus

ternerillos, no se veía menos limpio ni barrido que la sala. Entre

las dependencias descubrió Gastón una diminuta lechería, forrada de

azulejos, digna de Holanda por lo exquisitamente pulcro de sus tazones,

jarros y tanques de metal: y como la elogiase calurosamente, Antonia se

paró y dijo con entusiasmo:

--¡Ah! Es que esta lechería me ayuda á vivir... ¡es una rentita que no

descuido yo ni un minuto! De diez á doce reales diarios limpios saco de

estas paredes... y en el campo doce reales levantan en peso... ¡No se

ría usted! ¡El señor de Landrey se ríe de esta aldeana!

--No me río... La envidio á usted, por el contrario. Pero ¿cómo diablos

saca usted eso de una lechería?

--Hago quesos, y los envío á Madrid... Sin sospechar que venían de

tan cerca de la casa de usted puede que los haya usted probado. No

me permiten,--y eso mortifica mi vanidad, lo confieso,--ponerles el

rótulo que me gustaría: «Quinta de Sadorio,» impreso con molde...

Quieren hacerlos pasar por el famoso _fromage suisse_, y lo logran;

y como ganan, porque yo se los vendo baratos, y no hay derechos de

aduanas, tengo clientela segura... No doy abasto á los pedidos, y

me parece que pronto tendré que ensanchar mi comercio, comprando un

pradito más...

De sorpresa en sorpresa iba Gastón. ¿Era aquella la mujer calificada

en la Puebla de _romántica_, y que se le había aparecido en traje de

excursionista en la torre de la Reina mora? ¿Había cálculo en tanto

aparato de laboriosidad y economía? ¿Es humanamente posible fingir

un género de vida y unas costumbres como las de Antonia Rojas? Sin

querer, las intenciones y propósitos de Gastón respecto á la viuda,

iban modificándose; si al pronto la tuvo por fácil presa, ahora, con el

naciente respeto, la juzgaba torre alta é inaccesible. Terminaron la

visita de la propiedad, y salieron á reposar á una terraza cerca del

estanque, donde encontraron servida ligera colación: té con leche,

hasta media docena de quesitos, y un plato de fresas: para otra fruta

era temprano: Antonia sirvió el té y preparó las _rôties_ untadas con

miel de abeja, que trascendía á flores de campo y romero; y como Gastón

se mostrase confuso y agradecido del obsequio, Miguel explicó que era

la misma merienda de todas las tardes...

--No, hijo mío,--advirtió su madre,--los quesos son un extraordinario,

para que este señor los pruebe. Lo otro sí: es un lujo que nos damos el

de tomar un té inglés de primera: me lo envían unos amigos que tengo,

cónsules en Plymouth. Lo demás... caserito. La leche, de mis vacas; la

miel, de mis abejas; las fresas, de las platabandas que hay debajo de

los rosales... cuyas rosas se lucen en ese vasito de China...

--Señora,--murmuró Gastón, saboreando con delicia la infusión

perfumada,--yo no soy adulador, pero crea usted que este té tan

elegante, este servicio tan delicado, me parece un sueño que me lo

ofrezcan á un cuarto de hora de Landrey. No he tomado en mi vida

ninguno que tan bien me supiese...

--Era de suponer que diría usted eso,--respondió maliciosamente la

viuda.

--Qué, ¿no lo cree usted? Pues no acostumbro hacer madrigales al té,

señora... Lo que más me admira es que tenga usted estos servidores

óptimos... é invisibles, porque nos lo hemos encontrado todo aquí como

traído por mano de las hadas.

--¡Dios mío! ¡Qué bueno es usted! Tengo los mismos servidores que

todo el mundo... Dos muchachas, á quienes he ido enseñando lo más

elemental... Pero hago que, cuando estoy sola, me sirvan con los

mismos requisitos que si estuviese alguien de fuera (lo cual aquí no

suele suceder), y por eso, sin que me haya escabullido para mandarlo,

usted ve una servilleta planchada y unas cucharas que relucen... ¡Gran

misterio! Lo que no me explico es que nadie proceda de otro modo;

es más cómodo así... ¡Soy muy comodona; no vaya usted á suponer lo

contrario!

Gastón se sentía, sin comprender por qué, feliz. Sabíale á gloria la

refacción, y el aire perfumado de esencias de flor que bañaba sus

sienes, le refrescaba el espíritu. Hubiese querido prolongar aquella

visita una semana; tan bien se hallaba en el jardín de Antonia. La

conversación, desviándose ya de los temas de la vida práctica, rodó

sobre mil asuntos diversos: se habló de viajes, de música y hasta de

arquitectura, á propósito de Landrey. Antonia ensalzaba el castillo

propiamente dicho, el que era posterior á la torre de la Reina mora, y

no comprendía que Gastón hubiese permitido tocar, en ausencia suya, á

tan hermosas y sólidas piedras.

[Ilustración]

--Estaban firmes, más firmes que las del Pazo, que es muy

posterior,--exclamó.--Han hurgado allí por todas partes, y sin que se

explique la razón. ¿Cómo ha dado usted licencia?

--No la he dado realmente, señora... Esa es una historia de que

hablaremos,--contestó Gastón, confirmado en sus sospechas por estas

preguntas de Antonia.--Pero deseo que un día visite usted conmigo á

Landrey y veamos esos trabajos.

Cuando salió Gastón de Sadorio, la luna brillaba en el firmamento, y

en su corazón lucía un rayito de sol alegre y dulce. Las madreselvas,

desde los zarzales, le enviaban aromas penetrantes y deliciosos; el

aire era tibio, el camino poético y silencioso, y la última caricia de

Miguel calentaba aún las mejillas del señorito. Al llegar á Landrey, no

pudo menos de preguntarse á sí propio con sorpresa:

--¿Estaré enamorado? ¿Ó son efectos del lugar, la hora, las

circunstancias?... ¡Lo cierto es que no cabe pasar tarde más bonita que

ésta!

[Ilustración]

X

La consejera

El Tesoro de Gastón: Novela · 第 4 / 8 段