--El castillo está cayéndose; si el señorito piensa hacer obras,

mírelo bien antes,--indicó Lourido;--porque le tiene que costar miles y

miles de pesos... Ya hablaremos de esto, señorito, porque usted ignora

muchas cosas de que yo le puedo enterar, y le conviene, antes de dar

paso ninguno: el que llega de fuera viene con los ojos cerrados: sería

una lástima meterse en trifulcas.

--Ya bajaré á la Puebla á tratar de eso con usted,--repuso Gastón,

disimulando la ironía,--y crea que sin su acertadísimo y amistoso

consejo no emprenderé nada. En efecto, estoy á ciegas.

--Me parece que sí,--declaró perentoriamente el apoderado, cada vez más

tranquilo, y reventando de importancia.

[Ilustración]

Prolongáronse visita y ofrecimientos hasta muy entrada la tarde, y

Gastón, por aquel día, renunció á curiosear sus dominios. Acostóse

con las gallinas, y madrugó al día siguiente, saliendo cuando la

aurora principiaba á dorar las cimas del hemiciclo de montañas que

por dos lados circunda á Landrey. Si altas razones de discreción no

nos lo vedasen, aquí venía á pelo especificar dónde se extiende esa

comarca deleitosa; pero sea lícito decir que Landrey está situado

en la falda de una de las sierras en que espiran, entre los cabos

Ortegal y Finisterre, las últimas ondulaciones, apenas sensibles, de

la cordillera Cantábrica. Gastón, al dirigirse tan de mañana á la

torre, llevaba el propósito de trepar hasta su mayor altura y dominar

el panorama completo. No sin trabajo consiguió salvar las gruesas

piedras y los escombros hacinados ante la puerta, y muy arañado de

manos saltó al interior. Era mayor allí la ruina. Trozos enteros

de pared, desmoronándose, habían atascado la sala baja, siendo muy

arduo reconocer su forma. Gastón ascendió por los escombros hasta

poner el pie sobre una de las piedras salientes donde se sostenía la

escalera y la armazón del piso. Aprovechando este auxilio y las mismas

desigualdades de la pared, y no sin riesgo de caer de cabeza sobre los

derrumbados sillares; cogiéndose á las plantas parásitas que cedían

bajo su mano, y con una audacia loca, logró llegar á donde aspiraba; á

la ventana del último piso de la torre. Ya en ella, pudo acomodarse con

toda seguridad, pues el hueco de la ventana, con sus dos poyos, formaba

una especie de gabinete, y ofrecía asiento seguro su antepecho. El

elegante marco de la esbelta ojiva encerraba un cuadro maravilloso.

Gastón, al pronto, sintió mareo. La torre, por aquel lado, se fundaba

en escueta roca que descendía al río, si no tajada, al menos en rápido

declive; natural defensa que no habían desaprovechado los fundadores.

Al fin se serenó Gastón, familiarizándose con la altura, y requirió sus

gemelos marinos, de los cuales viajando no se separaba nunca. Graduólos

y se recreó en el paisaje. La sierra apenas dibujaba, en lontananza,

sus crestas blandas, de un violeta suave, como el de un collar de

amatistas, y al pie de la torre, el río, uno de esos ríos gallegos

profundos y callados, que ni se secan ni se desbordan, iba ensanchando

su curso hasta desembocar en el mar, formando antes la apacible ría que

baña el arenal de la Puebla, reluciente á los primeros rayos del sol

como polvillo de oro. La línea del mar era de rosado nácar con vetas

de azul turquesa, y los grandes bosques, en la vertiente, de un verdor

fino, primaveral. Una paz encantadora, una alegría juvenil ascendía de

la naturaleza, que parecía salir de un embalsamado baño de rocío.

[Ilustración]

La Puebla la veía Gastón tan distintamente, con su caserío blanco de

techos rojos entreabiertos á manera de abanico de cinco varillas--las

únicas cinco calles algo importantes del pueblo--que hubiera podido

contar las casas, como podía contar las lanchas pescadoras que,

izando la airosa vela latina, se desparramaban ya por la opalizada

extensión del mar. La plaza de la Puebla se le metió por los oculares

á Gastón, y vió, en la torre de la humilde iglesia parroquial, el

entrar y salir de los pájaros, y la cuerda de las campanas. Frente á

la iglesia, haciendo esquina con el Ayuntamiento, se alzaba nueva,

flamante, una estupenda casa, horrible grillera de cuatro pisos y

bohardillón, toda reluciente, pintorreada de verde rabioso, con triple

galería de cristales, y encima de la puerta una charolada lápida

de _seguros mutuos_, testimonio de sabia previsión en el dueño...

Cuando el señorito de Landrey tenía asestado su anteojo al palacio de

Lourido,--no podía ser menos,--en una de las galerías, muy adornada de

enredaderas, aparecieron dos mujeres, una joven y otra madura, ambas

desgreñadas, en faldas y justillo, recién salidas de la cama, porque

se desperezaban aún. La joven, á lo que se percibía con ayuda de los

gemelos, era fresca, colorada, blanca, y una copiosa melena rubia,

suelta, flotaba desordenadamente por su cuello y hombros. «Es la hija

de don Cipriano,» pensó Gastón; y por resabios malos, aferró el anteojo

y encandiló el mirar. Una mímica expresiva de las dos mujeres indicó

que discutían y se enzarzaban; el displicente gesto de la doncella, sus

ademanes y rabotadas, respondían á los airados manoteos de la dueña,

asaz puntiaguda de huesos y de muy fea anatomía. De pronto la vieja

agarró un brazo de la joven, y ésta, desprendiéndose como una culebra,

enseñando el puño, huyó al interior del aposento. La galería quedó

desierta...

Varió entonces la dirección del indiscreto anteojo, y torciéndolo á

la derecha, admiró los manchones de castaños, y más allá los sombríos

pinares. De un campanario semioculto entre arboledas, le trajo el

viento el argentino son de la campana tocando á misa. Al herir sus

oídos este toque familiar, tan gozoso en el campo, cuya soledad

dulcifica, en el cristal de los gemelos se encuadró una vista nueva,

no observada hasta entonces. Era una quinta con su huerto, cercada por

una tapia de mampostería: la casa no parecía nueva, sino restaurada;

el balconaje de arcos de piedra que tenía al frente denunciaba la

reparación. Por las columnas trepaban rosales floridos, y delante de la

casa, un jardín á la inglesa rodeaba un estanque natural, ó diminuto

lago, sombreado por árboles péndulos. Más lejos, el jardín frutal y

varias dependencias, una era y un hórreo grande, indicaban que allí no

se cultivaban sólo flores y plantas de adorno. Cuando Gastón notaba

este detalle, de la casa salió corriendo un niño, y tras él un perro

negro, saltando y haciéndole fiestas; minutos después, una mujer

vestida de claro, cubierta la cabeza con anchísimo sombrero de paja, se

reunió al perro y al niño. No era fácil detallar á aquella distancia

las facciones de la dama del jardín; pero que era dama, se conocía á

tiro de ballesta, en los movimientos, en la esbeltez de la silueta, y

hasta en el sombrerón, que se quitó un instante; entonces Gastón pudo

distinguir que tenía el pelo oscuro. La dama asió al niño de la mano,

le halagó y se lo llevó hacia los árboles, donde el grupo desapareció.

[Ilustración]

VII

La torre de la Reina mora

Estas últimas vistas del anteojo tuvieron la virtud de dejar pensativo

á Gastón. No había cumplido los treinta, y estaba preparado por su

vida anterior, por la atmósfera de molicie y sensualidad respirada,

á que la mujer, en el hecho de serlo, le causare efecto perturbador.

No era Gastón un vicioso libertino, y esta verdad la llevaba escrita

en la tersura de sus sienes, en la humedad y brillo de sus ojos; pero

como ningún freno moral conocía desde la pérdida de su madre; como

á nada serio había aspirado; como no enderezaba su existencia hacia

ningún fin, el capricho y epicureísmo egoísta se habían apoderado de

él, tomando cuerpo en esos juegos y antojos de la imaginación y de los

sentidos, sueltos como potros brincadores.

Bien registrado el panorama, quiso Gastón bajarse de su observatorio.

El descenso era más peligroso aún que la subida, y dos ó tres veces

creyó que caería precipitado. Al fin se vió salvo sobre los escombros,

y entonces, olvidado ya de otras fantasías, se dedicó á examinar las

ruinas hacinadas. No pudo menos de fijarse en que alguna de las piedras

caídas ofrecían el aspecto, no de haberse desmoronado por la acción del

tiempo, sino de ser arrancadas violentamente. Hasta mostraban aristas

rotas por el hierro. Estas piedras señaladas así ocupaban un ángulo

de la torre, y formaban un montón bastante alto; sin embargo, Gastón,

resueltamente, hizo rodar dos ó tres de la cima, y vió con sorpresa

que el montón cubría una puertecilla muy baja. Apartó más piedras,

descansando cuando le fatigaba aquel trabajo rudo, y después de mucho

bregar, logró descubrir de la puertecilla lo bastante para dar paso

al cuerpo de un hombre. Mal como pudo, por ella se coló, encontrándose

en un pasadizo angosto, abovedado, torcido, en declive, y tan bajo

de techo, que Gastón lo seguía encorvándose hasta la tierra. Pronto

terminaba el pasadizo, en el primer peldaño de una escalera de caracol

de piedra, no menos estrecha y angustiosa.

Bajóla Gastón encendiendo fósforos, pues la obscuridad era completa,

y por la dirección de aquel conducto juzgó que debía de hallarse á

la izquierda de la torre, hacia el castillo propiamente dicho. Hasta

veintiún peldaños contó Gastón, y al concluir de bajarlos, desembocó en

un aposento subterráneo, sin rastros de ventilación ni de luz, redondo

y abovedado también. No podía dudar que fuese un calabozo, el _in

pace_ de la torre feudal. Gastón había oído hablar de estos _in pace_,

creyendo siempre que sólo existían en la imaginación de los novelistas

y de los arqueólogos; y al encontrarse en aquel lugar donde supuso que

habían languidecido los enemigos del poderoso señor de Landrey, se

estremeció profundamente. Repuesto, y encendido otro fósforo, examinó

la mazmorra, movido por un interés que ya nada tenía de humanitario.

¿Descubriría allí, por felicísima casualidad, el _camino que seguían

los antiguos_, la veta que guiase hasta el filón áureo del tesoro?

Fosforito tras fosforito, Gastón reconoció las paredes y el techo,

que tocaba con la mano. Una vegetación verdosa, húmeda, resbaladiza,

cubría las piedras, pero no había en ellas señal de abertura, de reja,

de argolla, ni de ninguna otra particularidad de las que indican una

entrada secreta. Los sillares eran gruesos, sólidos, bien trabados,

y el pavimento tampoco presentaba nada de anormal; raso como las

paredes, sin indicio de trampa ó sumidero. Golpeó Gastón por todos

lados, y no sonó á hueco. Entonces fatigado ya, con las yemas de los

dedos abrasadas, desanduvo el camino, y salió á ver el sol, á respirar

libremente.

[Ilustración]

Rióse de sí mismo. ¿Pues no había entrevisto, en su fantasía, el

tesoro? Sentóse en los escombros, y, cogiéndose la cabeza entre las

manos, concentró el pensamiento en la hipótesis. Todas las fuerzas de

su inteligencia se pusieron en juego, solicitadas por el problema de

que dependía su porvenir.

¿Existía en realidad el tesoro, no aquí ni allí, sino en alguna parte,

oculto, difícil, pero no imposible de encontrar? ¿Ó era sólo delirio de

un moribundo y una reclusa? Y si no deliraban, si en efecto el tesoro

se depositó en algún escondrijo del castillo, ¿no lo había descubierto

nadie durante los sesenta y pico de años que la mansión de Landrey

llevaba entregada á manos pecadoras? ¿Aquel don Cipriano Lourido, ave

de rapiña cebada en el cuerpo de sus amos, no podría haber olfateado

las enterradas riquezas?

Al ocurrírsele esta probabilidad, Gastón se fijó en ella, herido

por un destello luminoso. Recordó las vigas arrancadas, las paredes

recebadas de nuevo, las piedras de la torre removidas á mano y

amontonadas como para disimular la puerta, y estas señales extrañas le

pareció que demostraban con elocuencia la sospecha que germinaba en su

espíritu.

--Si Lourido no descubrió el tesoro, por lo menos lo ha

buscado,--discurrió con lógica.--¿Será esa la explicación de su fortuna

y el cimiento de aquella casa tan maja en la plaza Mayor de la Puebla?

Otra vez repasó en la memoria las palabras del papelito amarillento:

«Hallarás lo que buscares...» Con la ayuda del plano quemado por doña

Catalina, debían de ser clarísimos los pocos y enigmáticos renglones.

Faltando el plano, un logogrifo. Lourido no tenía ni plano, ni el

papelito siquiera.

--Le llevo una ventaja,--dedujo Gastón,--y si no acierto es que seré

doblemente torpe que él.

Volvió á recordar la misteriosa cláusula: «Si guiado por el Norte

siguieres el camino que seguían los antiguos en peligro de muerte...»

¿Cuál podía ser el maldito _camino_? Se golpeó la frente Gastón.

¡Una mina que permitiese á los moradores del castillo, sitiados y no

pudiendo resistir, huir por ignorado subterráneo y salvarse! ¡Una

mina... la mina que las gentes del país prolongaban diez leguas, y

donde creían sepultada á la Reina mora!

¿De qué manera encontraría la mina? Por dos sitios podía intentarse; ó

desde el castillo mismo, ó donde desembocase: á orillas del río, ó en

la montaña. La única indicación algo exacta era la de «guiado por el

Norte.» Al Norte estaba la torre vetusta, y de ella tenían que arrancar

las exploraciones. Sin embargo, el calabozo no ofrecía resquicios; la

obra subterránea del torreón moría allí.

--Volveré con una linterna, un pico y una pala,--pensó Gastón, que

lejos de desalentarse, sentía crecer su engreimiento.

Engolfado en tales propósitos le sorprendió un ruido á sus espaldas.

Eran dos voces, una infantil, otra muy timbrada, de mujer, que

discutían. Antes que se diese cuenta de nada Gastón, un niño como de

ocho años saltó por las piedras hacinadas en la puerta, á riesgo de

torcerse un pie, y con agilidad vino á caer al lado de Gastón, que le

amparó con los brazos, le sostuvo y le libró de un descalabro cierto.

La mujer exhaló un chillido y trepó impetuosamente por las primeras

piedras en seguimiento de la criatura, y Gastón corrió en su auxilio,

gritando:

--Cuidado, señora... que esas piedras ceden... apóyese usted...

Ningún caso hizo la señora del ofrecimiento; ligera como una corza

salvó el montón de ruinas, y brincó al otro lado, palpando al niño con

ansiedad. Segura ya de que no se había hecho daño alguno, volvióse á

Gastón diciendo:

--Mil gracias... ¡Si no es por usted, este diabólico...!

[Ilustración]

Mirábala Gastón de hito en hito, sorprendido de la aparición. Tenía

delante á una mujer que representaba de veintiséis á veintiocho años,

alta y bien proporcionada, de gentil presencia. Su traje, singular

en aquel rincón del mundo, era el que prescribe la moda á las

excursionistas; una falda de tartán escocés á cuadros verdes y azules,

bastante corta, polainas de paño sujetando fuerte y holgado zapato de

cuero, y gabancillo de alpaca azul, recto y flojo, sobre el cual un

cuello vuelto, de batista sin almidonar, dejaba libre la garganta. Esta

era morena y mórbida, y remataba en una cabeza que no podía llamarse

hermosa, pero sí expresiva y agraciada. El sol y el aire habían dorado

la tez, y sus tonos de ágata fina aumentaban la luz de los garzos ojos

y la frescura de la boca limpia y grande. El cabello, oscurísimo, se

recogía en sencillo rodete bajo el sombrero marinero de paja amarilla,

sin más adorno que el ala disecada de una paloma. Llevaba la señora

guantes gruesos, de hilo, y á la cintura una escarcela de charol.

Gastón se inclinó, se descubrió y dijo extremando el rendimiento:

--¡Ojalá fuese verdad que yo hubiese tenido la fortuna de servir á

usted de algo! Soy tan inútil, que ni aún quiso usted que la ayudase á

salvar las piedras...

--Estoy muy acostumbrada á pasos difíciles,--respondió la

excursionista,--y como usted comprenderá, ahí por los pedregales y los

derrumbaderos no siempre se encuentran señores amables que ofrezcan la

mano... Miguel, hijo mío, dí, ¿no te has hecho mal?

--¡Qué mal!--chilló el travieso con vocecilla aguda.--¡Si no necesité

del señor! Salté perfectamente solo...

--Calla, fanfarrón... Si no fuese tu antojo de entrar en la torre de

la Reina mora, no molestábamos á este caballero... Dale las gracias, y

vámonos, que es preciso volver á casita antes que se enfríe el caldo...

--¡Yo no me voy!--replicó el chico.--¡No me voy sin buscar el tesoro!

Atónito se quedó Gastón al pronunciar el niño tales palabras.

--¡El tesoro!--repitió con una emoción que le ponía la voz temblona.

--El tesoro de la Reina mora,--explicó la dama riendo.--¿Es usted

forastero? Entonces no tiene nada de particular que no sepa que en esta

torre estuvo cautiva una sultana, y la sepultaron con sus alhajas en

una mina descomunal que hay debajo, y que llega hasta los antípodas...

Gastón sintió frío... En vez de confirmar sus ilusiones, la leyenda,

referida así en chanza, las prestaba color de insensata quimera. ¡La

graciosa boca que se burlaba de la mina, disipaba á la vez los sueños

de oro!

--Nada de eso sabía, señora,--dijo disimulando el cuidado,--pero si el

tal tesoro anda por aquí, Miguelito y yo lo encontraremos.

--¡De fijo!--contestó con el mismo aire de buen humor la dama.--En

asociándose...

--Para que Miguelito y yo nos asociemos--insistió, Gastón,--es

preciso que su mamá nos autorice á ser amigos; y para que se digne

autorizarnos, que sepa quién es el futuro amigo de Miguelito... Me

llamo Gastón de Landrey.

--¡De Landrey!--repitió ella con acento de sorpresa y simpatía.--¡Es

usted el dueño del castillo!

--En este momento no,--contestó Gastón galantemente.

--Gracias otra vez... ¡Landrey!--murmuró la señora como hablándose á sí

misma.--¡Qué bonito nombre! ¡Qué antiguo en este país! ¿Es la primera

vez que viene usted á su casa?

--Sí, pero me detendré bastante tiempo.

--¡Bien hecho! Lo merecen estas pobres piedras tan simpáticas y tan

abandonadas. Me alegro en el alma de que esté aquí el señor de

Landrey... y celebro que haga amistad con Miguelito, y que desentierren

los capitales de la sultana, que ya habrán criado moho... Como usted no

va á adivinar mi nombre, me presentaré, aunque sea incorrecto. Me llamo

Antonia Rojas, viuda de Sarmiento, y vivo en una casita de campo, á

poco más de un cuarto de legua de aquí. Si en algo podemos servirle...

[Ilustración]

--Conozco la casa. Es más, la he visto á usted en ella...

--¿De veras?

--Esta mañanita, á cosa de las seis, en el jardín... Miguelito

estaba cerca del estanque, y usted salió de casa; llevaba usted un

traje claro, y un sombrero mayor que ese... Cogió usted de la mano á

Miguelito... ¡Ah! También había un perrazo negro, muy hermoso...

Ligero rubor se extendió por la morena cara de la viuda, y Gastón

comprendió que pecaba de indiscreto. Sus reflexiones lo eran, de

seguro, pues giraban alrededor de un punto que realmente no tenía por

qué importarle:

--¿Esta mujer que la casualidad me trae aquí, es una persona formal?

¿Es siquiera lo que se dice una señora?

La fatuidad y la extrañeza debían de transparentarse en su cara, porque

la dama, hasta entonces tan franca y corriente, se puso grave, y miró

de soslayo hacia los anteojos marinos de Gastón.

--Estos son los culpables,--dijo aturdidamente el mozo,--y si usted

les guarda rencor, yo se los ofrezco para que los arroje, si gusta, al

río...

Antonia Rojas levantó la mirada, rehusó con un gesto digno y afable, y

sin alargar la mano al señor de Landrey, se puso en franquía con pocas

palabras, corteses, pero llenas de reserva y aplomo.

--¿Me permite usted que la escolte hasta su puerta?--preguntó Gastón

algo contrito.

--Voy siempre sola con mi hijo, y me he encariñado con esta

costumbre,--respondió la señora trepando ágilmente por las piedras.

--¿Molestaré á usted al presentarla mis respetos?--insistió Gastón.

--Al contrario,--fueron las últimas palabras de Antonia, que sonrió un

instante, de despedida, mientras Miguelito daba á su amigo el beso más

voluntario; ese beso abierto y confiado de los niños á la gente que les

ha caído en gracia.

[Ilustración]

VIII

Lourido

La aventura preocupó á Gastón, que se entregó á mil conjeturas

impertinentes acerca de la desconocida excursionista. La curiosidad le

inducía á dirigirse aquella misma tarde á la quinta para «presentar sus

respetos,»--como se dice en la hipócrita jerga del mundo,--á la que

había visto en la torre. No se atrevió, sin embargo, porque si la mamá

de Miguelito era una señora cabal, de hecho tomaría por donde quemase

tan inconveniente apresuramiento, y la acogida sería correspondiente

á él. Resolvió, pues, no bajar á la quinta de Antonia Rojas hasta

haberse enterado minuciosamente de la fama, hechos y calidad de aquella

mujer, único medio que ha encontrado la sociedad para prevenir errores

é inconveniencias. Por este sentir mundano de Gastón, comprenderá el

lector que ya se había aquietado el bullir de aquel gusanillo que

empezó á roerle el espíritu en los funerales de la Comendadora...

Deparó la suerte á Gastón los informes que deseaba más pronto de lo que

pudo imaginar. Vino Telma de la Puebla, á donde había bajado por mil

fruslerías indispensables en toda casa, y trajo un convite de Lourido,

en regla, para el señorito: le aguardaban á comer al día siguiente sin

falta. Como si se tratase de alguna invitación diplomática, Gastón

envió temprano un billete aceptando y saludando á la señora y señoritas

de Lourido. Para asistir al convite se acicaló Gastón... No obstante,

al bajarse de un mal rocín en la plaza; al ver la antipática morada de

Lourido, con su reluciente lápida de seguros mutuos, sólo se acordó

de lo positivo; de que allí dentro habitaba un hombre con quien tenía

pendientes asuntos de interés, y que acaso este hombre se había

enriquecido desentrañando lo que don Martín de Landrey pensó dejar

tan oculto. Subió, pues, las escaleras haciendo coraje y cachaza, y

murmurando entre sí:

--¿Qué emboscada me preparará este malsín?

Lourido recibió al señorito bajo palio. ¡Qué honra para él, y para el

señorito Gastón, qué penitencia!... ¡Comer en la pobre choza, él que

estaría acostumbrado á no menos que vajilla de plata y servicio de oro,

en mesas de príncipes! Si no dijo esto mismo el Alcalde, la esencia de

su discurso sonaba á cosa parecida.

Gastón afirmó que comería divinamente, y entonces varió el registro

Lourido, insistiendo en que no permitiría que el señorito se alojase

más tiempo en tan desmantelada vivienda como Landrey.

--No le digo á usted que no, don Cipriano,--respondió Gastón aceptando

un puro y sentándose en el sillón del escritorio del apoderado.--Lo

he pensado bien, y es muy tentador venirse á esta casa confortable;

¡Landrey parece un hospital robado! Sólo que no me decidiré mientras

no arreglemos los asuntos. Quisiera hacerme cargo del estado en que se

hallan mis intereses por aquí... Como usted corre con esto... mejor es

para los dos que hablemos de una vez.

--¡Alabado sea Dios!--respondió el Alcalde de la Puebla revolviendo los

sagaces ojillos.--No hay descanso como tratar las cosas así de _pe_ á

_pá_... Con aplazamientos no hacemos nada.

Levantóse diciendo esto, y fué á abrir una alacenita de hierro

incrustada en la pared. Trasteó en ella un rato, y al fin sacó en

triunfo voluminoso mazo de papeles, sellados y por sellar; desató el

balduque que lo contenía, y esparció sobre la mesa los legajos que

despedían su olor peculiar á polilla y polvo.

--El señorito,--continuó,--querrá hacerme el favor de repasar estos

documentos, que son los comprobantes de mi administración desde que el

señorito heredó los bienes... Las cuentas del tiempo de su madre, que

en paz descanse, aprobadas las tengo ahí. Las otras, también, que las

aprobó el apoderado general, don Jerónimo, con poderes del señorito; de

manera que yo, por mi parte, seguro estoy: mi pío es que el señorito

quede contento y tenga satisfacción de que he cumplido con él y con la

casa; y mientras el señorito no diga: «Lourido cumplió,» me molesta á

mí el flato y no estoy á gusto...

--¿Dice usted,--interrogó Gastón,--que don Jerónimo aprobó esas cuentas?

--Año por año, ahí obra su firma redonda como un sol,--contestó

Lourido hojeando con viveza los papeles.--Y sepa el señorito que la

casa de Landrey tiene conmigo un crédito... un créditucho... poco,

una cochinada. ¡Verá los comprobantes, verá! Por servir á la casa de

Landrey me veo con el agua al cuello... que á veces me voy á fondo.

¡Nada! Me comprometí, vamos, y busqué el dinero... debajo de tierra.

--Debajo de tierra se encuentra dinero á veces,--replicó Gastón

haciéndose el distraído, pero espiando la cara del mayordomo, á quien

vió demudarse.--¿De modo que le debo á usted... cuánto?

El Tesoro de Gastón: Novela · 第 3 / 8 段