no es posible... ¡Y es lástima, porque si viese usted qué natural se
ha quedado! Hasta parece joven... El funeral se cantará ahora, dentro
de poco, en la iglesia, y bajarán el ataúd ya cerrado: y esta tarde se
dará sepultura al cadáver. ¿Desearía usted conservar algún recuerdo de
su tía? Puedo darle á usted el rosario que usaba, con las medallitas...
--Mil gracias, señora,--contestó Gastón inclinándose.--Poseo un
recuerdo de la tía Catalina, que ella misma, en previsión de la
desgracia, me entregó ayer.
Y como la abadesa le mirase con cierta curiosidad, Gastón añadió
sencillamente:
--Una tabaquerita de plata... Pero si ustedes creen que no tengo
derecho á conservarla, estoy pronto á devolverla.
--¡Santo Dios!--dijo cortesmente la abadesa.--Hizo divinamente; que
usted la disfrute mil años. Le quería á usted mucho, y bien puede
usted rogar por ella, aunque creo piadosamente que es ella la que debe
interceder por nosotros.
--¡Ojalá que de aquí á un año les regale yo á ustedes en compensación
de la tabaquera, una Santa Catalina de plata maciza!--añadió
Gastón.--Si algo la ocurre á usted que mandarme... Esta tarde misma
necesito salir para una finca que tengo allá en Galicia, en la Puebla
de Beirana... á no ser que necesiten ustedes ordenarme cualquier cosa
relativa al entierro de la tía, que entonces...
--Que Santa Catalina le dé á usted feliz viaje,--contestó la abadesa
sonriendo, mientras el mozo besaba respetuosamente la manga de su
hábito.
[Ilustración]
Al salir del locutorio Gastón entró en la iglesia. Empezaban los
preparativos del funeral y se alzaba en el centro el túmulo, vestido de
paños negros orlados de galones de oro apagado y mustio. El monaguillo
arreglaba las hachas en los grandes hacheros. Á poco bajaron la caja
forrada de paño negro también y el sacristán ayudó á colocarla sobre el
catafalco. Cuatro ó seis caballeros de la Orden, avisados temprano,
mal despiertos aún, iban acomodándose en los bancos de la nave. Uno de
ellos, el conde del Sacrovalle, divisó á Gastón apoyado en un pilar,
y le llamó con la mano, brindándole sitio en el banco, á la cabecera.
Encendidos los altos cirios, cuya llama amarilla chisporroteaba
vivamente, poblóse el altar de sacerdotes con negras vestiduras, y
en el coro aparecieron las siluetas de las monjas, visibles tras el
espeso enrejillado de madera. El órgano empezó á quejarse, acompañando
las voces de los sacerdotes que clara y ahincadamente entonaban las
plegarias y las invocaciones graves, tan humanas en su terror, del
Oficio de difuntos. Gastón escondía la cara en el pañuelo. Sentía
como si unos dientes sutiles y agudos se le hincasen dentro, muy
adentro, á su parecer más allá del corazón, en un lugar que, por lo
recóndito y lo sensible, debía de ser el ápice de la conciencia. No
podía Gastón atribuir tal efecto al dolor de haber perdido á doña
Catalina: si es cierto que la quería bien, poco lugar ocupaba en su
vida; ningún vacío le dejaba la Comendadora: sus muchos años hacían
de su muerte algo previsto, que no arrancaba lágrimas. No: lo que
sentía Gastón era un torcedor íntimo, una cólera secreta contra sí
propio, esa sensación oscura que lentamente se condensa para formar
el sentimiento de la responsabilidad moral. Era la detestación de
nosotros mismos, la censura,--más que ninguna severa,--que hacemos de
nuestros propios actos; era el juez interior que tantas veces duerme,
pero que cuando sacude la modorra nos registra el alma y nos condena
sin defensa ni apelación, porque tiene las pruebas, la evidencia en
la mano... Del enlutado ataúd, Gastón creía que se elevaba una voz,
preguntando:--¿Eres cristiano?--Y que el juez, el rígido juez de negra
toca, respondía:--Como si no lo fueses... Lo has sido en el nombre,
¿pero en los hechos? ¿Cuándo te has acordado tú de Dios? ¿Cuándo has
pensado en el prójimo? ¿En qué y cómo has dilapidado tu hacienda? Buen
comer, regalo, deleites, ociosidad... ¿Y qué más hicieras si fueses
pagano? ¿Eras cristiano cuando al salir de una cena desordenada, en una
noche fría, por no desabrocharte el gabán de pieles no dabas limosna?
¿Eras cristiano, ni aun caballero, cuando por un quítame allá esas
pajas, en aquella solitaria encrucijada del bosque de Bolonia, le
abrías la cabeza á tu mejor amigo? ¿Eras cristiano, ni aun caballero,
cuando con tu derecha apretabas la mano del duque de Argentán, mientras
en tu izquierda crujía un diminuto billetito de su esposa? ¿Eras
cristiano cuando?...--La lista fué larga, y Gastón seguía con el
pañuelo sobre el rostro, escuchando al inflexible juez.--¡Y todavía
te indignas porque, aprovechando tus horas de culto á los ídolos, un
bribón te ha robado la bolsa! Para lo bien que tú la empleabas... ¡Y
todavía serás capaz de desenterrar el tesoro de Landrey, y darle el
mismo paso, iguales despachaderas que á la hacienda que te dejó tu
madre! ¡Ay de tí, si con tal objeto descubres ese tesoro! ¿No sé yo
acaso que ayer, al soñar con él, pensabas en nuevos goces, en nuevas
locuras?...--Y aquí el invisible juez tomaba forma humana: era doña
Catalina, del color de la cera, con los párpados cerrados, la nariz
afilada, la boca sin labios, las manos en los puros huesos, toda ella
de una catadura tan espantable y temerosa, que Gastón quitaba el
pañuelo y miraba al ataúd con ojos de loco...
[Ilustración]
Entretanto resonaban los sublimes acentos del _Dies iræ_, y el viejo
conde del Sacrovalle decía al derrengado marqués del Altocueto:
--¿Sabe usted que noto al sobrino muy afligido? Tiene buenos
sentimientos ese muchacho...
La misma noche, en el tren correo, salieron Telma y Gastón hacia el
Noroeste, con rumbo al castillo de Landrey.
V
Landrey
De tres maneras tuvieron que viajar Gastón y su leal servidora
antes de sentar el pie en el castillo: al dejar el tren, tomaron la
diligencia que por una carretera provincial descuidada conduce á
la Puebla de Beirana, y antes de llegar á la Puebla alquilaron dos
peludos y trasijados rocines con su espolique y bagajero, para el
trozo sin camino practicable que conduce á «las torres.» Al pronto, en
aquella hora del crepúsculo, Gastón no distinguió, de su casa solar,
sino una masa informe, un hacinamiento de construcciones pintorescas
destacándose sobre el fondo de un celaje verde claro, más bien que
azul, realzado al poniente por una franja de oro pálido, blanco casi.
Armado de una vara de mimbre cortada en un seto, Gastón arreaba á su
fementida cabalgadura, cuyos cascos golpeaban duramente la calzada
de piedras, desasentada ya é invadida por las hierbas, que conducía á
la alta puerta del patio de honor, flanqueada por cubos ó tamboretes,
y superada por gallardo escudo con penachos de hiedra. La decoración
entrevista parecióle grandiosa. Al mismo tiempo, sintiendo que le
lastimaba la grosera albarda del jaco, se acordó de sus lindos _poneys_
de París, hoy vendidos, y pensó con melancolía que probablemente
nunca le sería dable oprimir el lomo de otro animal tan fino y tan
ardiente como _Digby_, hijo del famoso _Douglas I_ y de la yegua árabe
_Zelmira_, traída de Argel por el coronel de spahis La Morlière... El
_hombre viejo_, el civilizado epicúreo, renacía ya, sin querer.
[Ilustración]
Ocurriósele, además, que iba á pasar una noche de perros, y varios días
y noches no más agradables, porque el tal castillote debía de estar
incivil, después de tantos años que no se habitaba. El mayordomo, de
quien sólo sabía Gastón que se llamaba don Cipriano Lourido, y que era
alcalde de la Puebla, si bien no había sido avisado de la llegada
del amo, una cama, al menos, se la podría ofrecer. Con esta confianza
empujó la cancilla de troncos sin labrar que sustituía al portón
bardado de hierro, y penetró en el patio, llamando á gritos por alguno.
Telma, apeándose ágilmente, comenzó á gritar también. El áspero ladrido
de un perro fué la única respuesta. La puerta del castillo estaba
cerrada á piedra y lodo. Por fin, á una ventana con reja se asomó un
rostro lleno de arrugas, y una vejezuela preguntó con hostil acento:
--¿Quién anda por ahí?
Telma, en dialecto, respondió, no menos enojada:
--Es el amo, el señorito, el dueño de esta casa, y si no abrís pronto,
veréis lo que os sucede.
La bruja desapareció, y por diez minutos no se oyó nada; diríase que
era un castillo encantado. Entonces el bagajero, rascándose la cabeza
con sorna, dió su parecer:
--Convendría que el señorito bajase á aposentarse en la Puebla, porque
don Cipriano Lourido había más de cuatro años que no vivía en el
castillo; como que tenía en la plaza una casa muy magnífica... Allí, en
el castillo, sólo estaban unos caseros, puestos por Lourido mismo...
Era dudoso que abriesen á tales horas.--¿Y por qué no me dijiste eso
cuando me bajé de la diligencia, pavisoso?--exclamó Gastón.
--¡Señorito... porque no me preguntaban...!--repuso el bagajero con
gran flema.
Iba el castellano de Landrey á montar en cólera, cuando corrieron
unos rechinantes cerrojos, abrióse la puerta, y el casero, receloso y
humilde, apareció murmurando:
--Buenas noches nos dé Dios...
Á la luz de una mala candileja de petróleo, subió Gastón la escalera de
piedra que conducía á un piso alto. Eran aposentos vastísimos, salones
más bien, con desconchadas pinturas al temple y restos de un mobiliario
que debió de ser suntuoso, pero que se caía á pedazos, destruído por
el abandono y la humedad. En algunas partes el techo se encontraba
agujereado, y el chorreo de las goteras había podrido el piso, cuyos
carcomidos tablones cedían bajo el pie. Notábanse también sitios
vacíos donde habían existido muebles, y tablas arrancadas, quién sabe
si para cebar el fuego en una noche de invierno. Telma, recorriendo
todas las habitaciones mientras Gastón comprobaba estos detalles,
volvió despavorida: ¡no había sábanas, no había manteles, no había
comida, no había leña, no había nada, nada, y allí era imposible vivir!
--Una noche se pasa de cualquier modo, mujer, y mañana Dios
dirá,--respondió el mozo haciendo de tripas corazón.--Aún tenemos
fiambres del viaje, y hay media botella de ponche sueco. Dormiré
envuelto en mis mantas, y tú te arreglarás con tus mantones.
Paciencia...
--Yo, si lo siento, es por el señorito,--contestó la criada.--Lo que
es por mí... ¡Ay, señorito! este castillo pone miedo á cualquiera.
Cuando salí de aquí tenía yo dos años; me llevó consigo doña Catalina,
que me quería mucho, y después quedé con don Felipe, su abuelo de
usted, que en paz descanse... No sé cómo estaría esto en vida de don
Martín. Pero siendo ya muchachona, vine á asistir á mi padre cuando
murió, y me acuerdo muy bien de que aquí no faltaba cosa ninguna: ni
el mueble de seda, ni las camas con adornitos de metal, ni la blancura
en los armarios, ni los relojes riquísimos, que los trajera don Martín
de Inglaterra... Mi padre lo cuidaba todo, y daba gloria ver estas
habitaciones. Pues no ha pasado tanto tiempo, ¡treinta y tantos años!
¿Dónde va la riqueza que aquí había? El casero dice que á él se lo
entregaron así...
[Ilustración]
No hizo objeciones Gastón, y aunque ardía en deseos de registrar su
morada, comprendiendo que sin luz sería imposible, resolvió despachar
el ala de pollo y la terrina de hígado trufado que aún le quedaba,
y enrollando al cuerpo la manta, se tendió sobre un canapé Imperio,
desvencijado, ratonado y con hernias de pelote.
Ya se deja entender que dormiría medianamente, y que no fué menester
que le despertase el vigilante gallo. Á la primera luz matutina se puso
en pie molido como cibera, y sacudiéndose y esperezándose, examinó
mejor la sala donde había pasado la noche, encontrándola, si cabe,
más maltratada y lastimosa. Sin embargo, una nota alegre y fresca le
regocijó; era una golondrina, que entrando por la ventana sin vidrios,
exhaló un pitío al huir asustada de la presencia de un ser humano.
Al pronto Gastón, sorprendido, ni recordaba por qué estaba allí, en
aquel desmantelado salón. Recordó de súbito, y la idea del tesoro se
le figuró entonces un gracioso disparate, inspirado en una novela
del género de Ana Radcliffe.--¡Haber venido aquí por eso!--pensó,
embromándose á sí mismo. La verdad es que no era por eso sólo; también
huía de la trapisonda de sus asuntos en Madrid, de las caras compasivas
ó desdeñosas que suelen ver los tronados; huía de los compromisos, del
veraneo en Biarritz ó en Bélgica, en el suntuoso _château_ moderno
de la Casa-Planell, de todo lo que antes formaba su placer y su
costumbre... Volvía á Landrey, á la casa de la familia, arrojado por
la tempestad.--Sin embargo, el tesoro había sido la estrella de su
peregrinación... «¡El tesoro!» Llamó risueño á Telma, y sacando de la
cartera algunos billetes,--porque el día de la marcha había mal vendido
á la _Pimiento_, corredora de alhajas, diez alfileres de corbata
primorosos, entre ellos el de la _lágrima negra_, perla muy rara que
perteneció á Sara Bernhardt,--dijo perentoriamente:
--Hoy mismo traerás de la Puebla lo necesario para tí y para mí... Ropa
blanca sobre todo... Buscarás un carpintero y un albañil... ¡ah! y un
vidriero... Hay que poner habitables dos dormitorios, un comedor y la
cocina... Después veremos...
--Beba el señorito esta leche,--suplicó ella presentándosela en
grosero cuenco de barro.
Gastón la bebió de bonísima gana, y Telma añadió:
--¡Si viese cómo escondían la vaca y regateaban la ordeñadura los
bribones de los caseros! Se la he sacado á tirones...
--¡Págales, págales su leche!
--¡Valientes pillos! ¡Como si no fuesen del señorito los prados y el
dinero de la aparcería y el establo y todo!--refunfuñó Telma saliendo
con aire belicoso, dispuesta á volver patas arriba la Puebla en un
santiamén.
Emprendió Gastón la exploración del interior de su residencia, y volvió
á comprobar su estado lamentable. Lo que más le llamó la atención fué
que, aparte de la acción del tiempo y del abandono, había sitios en que
colaboraba con ellos la mano del hombre. En los techos, sobre todo,
notábanse huellas de vandalismo; las vigas arrancadas y el pontonaje
descubierto. Varios salones, amueblados antaño, carecían de mobiliario,
no quedándoles más que algunas sillas cojas, ordinarias, que jamás
debieron de pertenecerles. Y, cosa más singular aún, en las paredes,
donde no era posible que el edificio hubiese sufrido tanto, á raíz del
piso, notábanse grandes espacios que sin duda se habían desmoronado,
cuidadosamente recompuestos con recebo y llano muy recientes.
Buscando la escalera por donde penetraron la noche anterior, Gastón
salió al vasto zaguán, y de allí al patio, deseoso de dar un vistazo á
la parte exterior del castillo. En la tupida vegetación que alfombraba
el patio, sólo blanqueaba un sendero, abierto por el paso de la gente.
La fachada que caía á este patio era la del cuerpo de edificio donde
había dormido Gastón; fachada relativamente moderna, de mediados del
siglo XVIII, que decoraba una portada con columnas corintias y un
escudo barroco con casco y cimera de plumaje enroscado.
[Ilustración]
--Este es,--pensó Gastón,--el Pazo, construído por mi tatarabuelo, á
quien debía de parecerle, y con razón, muy incómodo el castillo.
Á la derecha alzábase una tapia, la del huerto, cuyos manzanos y
perales sobresalían del caballete, y á la izquierda una recia poterna
abovedada daba acceso al recinto del castillo. Faltaba la puerta, y
Gastón se metió libremente en el recinto donde, como guerrero símbolo
de gloria, crecía denso matorral de laureles, árbol que vive á gusto
entre las piedras. Desviando aquella maleza aromática y trepando por
una brecha del derruído parapeto, llegó Gastón al segundo recinto, y
rodeándolo se halló al pie de la blasonada puerta de medio punto, de
bien cortadas dovelas. Era la torre del Homenaje, todavía erguida y
almenada, y que dominaba al conjunto propiamente llamado el castillo,
obra que en el fino ajuste de sus piedras y en la solidez y elegancia
de sus proporciones, así como en el diseño ojival de sus ventanas,
proclamaba á voces ser construcción del siglo XV, época de esplendor
para los señores de Landrey, ya entonces bien arraigados en el país, y
siempre protegidos de los reyes de la casa de Trastamara. Prolongábase
el recinto fortificado hasta mucho más allá de la torre, y formaba
una especie de arrecife sobre el valle, indicando cuánta tuvo que ser
la resistencia y poderío de aquel castillo, frecuentemente amenazado
en las guerras de Portugal y en las luchas intestinas que señalaron
el advenimiento al trono de la primera Isabel, en perjuicio de doña
Juana, la _Beltraneja_. Parte del recinto, el que gozaba del mediodía,
se había utilizado para construir el Pazo y plantar el huerto; en
otra parte se cosechaba maíz; pero todo un lado, el que dominaba el
río, encontrábase lo mismo que en tiempo de los Landrey belicosos;
derruídos paredones, zarzales, y hasta robles ya corpulentos obstruían
los baluartes á los cuales el río servía de inexpugnable foso natural.
En la parte más saliente de la especie de península que formaba el
conjunto del castillo, Gastón se detuvo al pie de otra torre, ó por
mejor decir, de las cuatro paredes ya en parte desmoronadas de un alto
y angosto torreón, erguido y majestuoso, negruzco y cayéndose de vejez
con saeteras y pocas y estrechas ventanas, á todas luces muy anterior
al castillo. Aquel era el verdadero solar, la primitiva madriguera
del compañero de Beltrán Claquín, del hijodalgo bretón que vino á
hacer casta en tierra española; y Gastón, penetrado de cierto respeto
inexplicable, se paró al pie de la torre, cuya puerta, muy baja,
obstruía un montón de piedras.
[Ilustración]
VI
El Norte
En esta exploración del conjunto de Landrey se le había pasado la
mañana á Gastón, pues era vasto el circuito, las construcciones muchas,
y el mozo, imbuído y guiado sin advertirlo por la secreta ilusión del
tesoro, se detenía involuntariamente más de lo razonable á reconocer la
configuración de una muralla, ó la dirección de un pasadizo. Despierto
el apetito con el aire puro, volvióse á casa á esperar á Telma, que de
allí á poco apareció por la calzada seguida de un borrico cargado de
trastos y de dos fornidos gañanes portadores de varios bultos y líos.
No se desdeñó Gastón de ayudar á la descarga, hecha la cual, Telma
se dió prisa á aderezarle algo que comiese, dejando para después el
acomodo del ajuar.
--Señorito,--advirtió Telma alzados los manteles,--casi no he gastado
nada, porque no encontré dónde comprar ropa ni colchones. Todo viene
prestado; ¿y sabe quién nos lo presta? ¡El caifás de Lourido! Del lobo
un pelo. Me salió al encuentro, hecho pura jalea, y tumba conque el
señorito no debía venir sin avisarle, y vuelta conque fuese á parar
en su casa, donde hay todas las comodidades, y que aquí el señorito
no puede vivir. Y ahí tiene, que los colchones son de don Cipriano,
y las mantas de don Cipriano, y el quinqué de don Cipriano, y sólo
pude comprar el mineral, los platos, las ollas y las sartenes... Para
eso, don Cipriano me obsequió con un paquete de café molido, y unos
dulces... ¡Si levantase la cabeza doña Catalina y viese al señor de
Landrey obsequiado por Lourido, que llegó á casa en pernetas--bien me
acuerdo--y que la primer noche le hizo mi padre fregar con estropajo
la cara, porque daba asco de tanta roña! ¡Si traía el hombre
cazcarrias del año que se las pidiesen!
--Telma,--preguntó Gastón interrumpiéndola,--tú que has vivido mucho
tiempo en esta casa, explícame... Aquí hay una torre muy vieja, muy
vieja. ¿La recuerdas habitada alguna vez?
--¿Dice esa tan negra, tan fea, que le llaman de la Reina
mora?--respondió Telma riéndose.
--¿De la Reina mora?--repitió Gastón sorprendido.
--¿No sabía que tiene ese nombre? Verdad que como el señorito no ha
estado aquí nunca... Esa torre, señorito, es la abuela de todas, la
que dicen que se edificó primero, hace una barbaridad de años. Y
también cuentan... ¿pero quién da crédito á mentiras? que en esa torre
estuvo presa una mora, muy guapísima, una reina de allá entre ellos,
que la trajo de la guerra un señor de Landrey; y que la mora se puso
muy triste de verse así emparedada, y se quedó seca, seca, hasta que
se murió, y que la enterraron con unas alhajas que tenía magníficas,
collares y pulseras, y pendientes y muchas preciosidades, allí mismo
debajo de la torre, en una cueva atroz que no se sabe á dónde va á
parar... ¡como que anda diez leguas arreo por debajo de la montaña!
¡Cuentos, cuentos!--añadió Telma echándola de espíritu fuerte.
Oía Gastón con palpitante interés. La popular conseja, enlazada en
su imaginación á los datos auténticos que él solo conocía en el
mundo, le causaba una excitación indescriptible. En su exploración
matinal no había dejado de orientarse y de advertir que la caduca y
semidesmoronada torre caía al Norte con tal precisión como si fuese
la aguja imantada y Landrey un inmenso navío. Recordaba las palabras
del manuscrito, que se había aprendido de memoria: «Hallarás lo que
buscares, si guiado por el Norte...» Á hacer su gusto, inmediatamente
se volvería á la torre, para seguir registrando, ya con doblada
insistencia, sus piedras reveladoras; pero se lo estorbó una visita
intempestiva, la del señor Lourido en persona, que apeándose de una
redonda y bien cuidada yegüecilla castaña, subía las escaleras todo lo
apresuradamente que su obesidad permitía. La adversidad había empezado
ya á adiestrar á Gastón, y el instinto le dictó recibir al apoderado
con muestras de cordialidad y contento, lo mismo que si estuviese
encantado de sus buenos oficios y hubiese hallado á Landrey en el
estado más floreciente.
[Ilustración]
--Á éste es preciso verle venir,--pensó mientras observaba con atención
la cara de don Cipriano, tosca y vulgar, colorada y morena, pero con
rasgos de incomparable astucia y disimulo en los diminutos y recelosos
ojuelos, en la arremangada nariz y en la voraz y blanquísima dentadura,
que conservaba intacta á los cincuenta y cinco años.
Don Cipriano venía, claro es, á saludar al señorito; á dolerse de que
no le hubiese prevenido de su llegada, en cuyo caso le esperaría en la
estación, y le traería mejor montado y atendido, no á Landrey, sino
á la Puebla, porque estarse en Landrey era una locura, y el señorito
no debía tardar nada en bajar á residir en casa de don Cipriano, donde
podrían muy en paz tratar de los asuntos--y Lourido recalcaba la
palabra, dándole especial significación.
--Mil gracias,--dijo Gastón con cortesía;--pero yo he venido para
vivir en Landrey. Me dolía que este castillo estuviese deshabitado,
abandonado...
--Se han hecho en él muchísimas reparaciones, señorito,--contestó
precipitadamente el apoderado,--y eso que no había... (ademán expresivo
de refregar el pulgar contra el índice). Yo no cesaba de remendar... (y
así diciendo, señaló á la pared).
--Ya veo que ahí se ha trabajado,--declaró Gastón,--pero en cambio, las
vigas de los techos parece que están arrancadas á propósito...
Dijo estas palabras Gastón en tono chancero, para que no sonasen á
reprensión, y no pudo menos de sorprenderle el efecto que causaron
en Lourido, cuyos ojos cautelosos é inquietos se revolvieron en las
órbitas á estilo de los del ratón cogido en la ratonera y que no sabe
por dónde salir.
--El señorito,--articuló al fin con voz turbada,--no sabe lo que es
una casa vieja... Allá por las tierras donde anduvo el señorito, las
casas son nuevas... ¿Piensa el señorito que las vigas son de hierro?
¡Los años pueden mucho... las vigas se caen!...
--Ya lo sé,--respondió Gastón diplomáticamente.--Comprendo bien que
habrá usted tenido que luchar con mil dificultades... No, si no es que
me queje. Al contrario: tengo que darle á usted las gracias por todos
los trastos que hoy me envió. Si no es por usted, no duermo entre
sábanas...
--Créame el señorito,--insistió Lourido ya más sereno.--Véngase á la
Puebla, y no viva más entre polilla y _ratas_. En mi choza no carecerá
de nada.
--Ya me han dicho que tiene usted la mejor casa del pueblo...--murmuró
Gastón,--y se la envidio, pero por ahora quiero estarme entre estas
paredes ruinosas.