Notas del Transcriptor
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COLECCIÓN ELZEVIR ILUSTRADA
VOLUMEN SEXTO
El Tesoro de Gastón
Colección Elzevir Ilustrada
VOLÚMENES PUBLICADOS
I.--M. HERNÁNDEZ VILLAESCUSA.--_Oro oculto_, novela.
II.--VITAL AZA.--_Bagatelas_, poesías.
III.--ALFONSO PÉREZ NIEVA.--_Ágata_, novela.
IV.--NILO MARÍA FABRA.--_Presente y futuro._ Nuevos cuentos.
V.--FEDERICO URRECHA.--_Agua pasada._ (Cuentos, bocetos y semblanzas).
VI.--EMILIA PARDO BAZÁN.--_El Tesoro de Gastón_, novela.
EN PRENSA
M. MORERA Y GALICIA.--_Poesías_, con un prólogo de Antonio de Valbuena.
ENRIQUE R. DE SAAVEDRA, DUQUE DE RIVAS.--_Cuadros de la fantasía y de
la vida real._
EN PREPARACIÓN
JUAN GUALBERTO LÓPEZ VALDEMORO, CONDE DE LAS NAVAS.--_El Procurador
Yerbabuena_, novela.
ANTONIO DE VALBUENA.--_Santificar las fiestas_, cuentos.
CARLOS FRONTAURA.--_El cura, el maestro y el alcalde._
MIGUEL RAMOS CARRIÓN.--_Zarzamora_, novela.
Y OTROS DE
ALTAMIRA (RAFAEL).
AZA (VITAL).
BECERRO DE BENGOA (RICARDO).
LINIERS (SANTIAGO).
MARINA (JUAN).
OLLER (NARCISO).
PÉREZ ZÚÑIGA (JUAN).
THEBUSSEM (DR.)
VALERA (JUAN), ETC., ETC.
_Emilia Pardo Bazán_
El
Tesoro de Gastón
_Novela_
Ilustraciones de
JOSE PASSOS
Con licencia del Ordinario
[Ilustración]
BARCELONA
JUAN GILI, LIBRERO
223, CORTES, 223
MDCCCXCVII
ES PROPIEDAD
[Ilustración]
I
La llegada
Cuando se bajó en la estación del Norte, harto molido, á pesar de haber
pasado la noche en _wagon-lit_, Gastón de Landrey llamó á un mozo,
como pudiera hacer el más burgués de los viajeros, y le confió su
maleta de mano, su estuche, sus mantas y el talón de su equipaje. ¡Qué
remedio, si de esta vez no traía ayuda de cámara! Otra mortificación
no pequeña fué el tener que subirse á un coche de punto, dándole las
señas: Ferraz, 20... Siempre, al volver de París, le había esperado,
reluciente de limpieza, la fina berlinilla propia, en la cual se
recostaba sin hablar palabra, porque ya sabía el cochero que á tal hora
el señorito sólo á casa podía ir, para lavarse, desayunarse y acostarse
hasta las seis de la tarde lo menos...
En fin, ¡qué remedio! Hay que tomar el tiempo como viene, y el tiempo
venía para Gastón muy calamitoso. Mientras el simón, con desapacible
retemblido de vidrios, daba la breve carrera, Gastón pensaba en mil
cosas nada gratas ni alegres. El cansancio físico luchaba con la
zozobra y la preocupación, mitigándolas. Sólo después de refugiado
en su linda _garçonnière_; sólo después de hacer chorrear sobre las
espaldas la enorme esponja siria, de mudarse la ropa interior y de
sorber el par de huevos pasados y la taza de té ruso que le presentó
Telma, su única sirviente actual, excelente mujer que le había conocido
tamaño; sólo en el momento, generalmente tan sabroso, de estirarse
entre blancas sábanas después de un largo viaje, decidióse Gastón á
mirar cara á cara el presente y el porvenir.
Agitóse en la cama y se volvió impaciente, porque divisaba un horizonte
oscuro, cerrado, gris como un día de lluvia. Arruinado, lo estaba; pero
apenas podía comprender la causa del desastre. Que había gastado mucho,
era cierto; que desde la muerte de su madre llevaba vida bulliciosa,
descuidada y espléndida, tampoco cabía negarlo. Sin embargo, echando
cuentas, (tarea á que no solía dedicarse Gastón), no se justificaba,
por lo derrochado hasta entonces, tan completa ruina. El caudal de
la casa de Landrey, casi doblado por la sabia economía y la firme
administración de aquella madre incomparable, daba tela para mucho más.
¡Seis años! ¡Disolverse en seis años, como la sal en el agua, un caudal
que rentaba de quince á diez y siete mil duros!
Acudían á la memoria de Gastón, claras y terminantes, las palabras de
su madre, pronunciadas en una conferencia que se verificó cosa de dos
meses antes de la desgracia.
--Tonín,--había dicho cariñosamente la dama,--yo estoy bastante
enfermucha; no te asustes, no te aflijas, querido, que todos hemos de
morir algún día, y lo que importa es que sea muy á bien con Dios; lo
demás... ¡ya se irá arreglando! Siento dejarte huérfano en minoría,
pero pronto llegarás á la mayor edad, y así que dispongas de lo
tuyo, acuérdate de dos cosas, hijo... Que ni hay poco que no baste
ni mucho que no se gaste, y... que no debemos ser ricos... sólo...
¡para hacer nuestro capricho, olvidándonos de los pobres y del alma!
Quedan aumentadas las rentas... gracias á que no he fiado á nadie lo
que pude hacer yo misma... ¡y eso que soy una mujer, una ignorantona,
una infeliz! Tú, que eres hombre, y que recibes doblado el capital,
puedes acrecentarlo, sin prescindir de... ¡de que hay deberes, para un
caballero sobre todo!... ¡y de que la fortuna se nos da en depósito, á
fin de que la administremos honradamente!... ¿Verdad, Tonín, que vas á
pensar en esto que te he dicho... así... así que no estemos... juntos?
Dame un beso... ¡Ay!... ¡Cuidado, que por ahí anda la pupa!
Y Gastón, de pronto, sintió como los ojos se le humedecían, acordándose
de que el ¡ay! de su madre había delatado, por primera vez, la horrible
enfermedad cuidadosamente oculta, el zaratán en el seno.
Poco después la operaban, y no tardaba en sucumbir á una hemorragia
violenta... y Gastón veía á su madre tan pálida, tendida en el
abierto ataúd, y recordaba días de llanto, de no poder acostumbrarse
á la orfandad, á la soledad absoluta... Después, con la movilidad
de los años juveniles, venía el consuelo, y con la mayor edad, el
gozo de verse dueño de sus acciones y de su hacienda, ¡libre, mozo,
opulento! Dando una vuelta repentina en la cama, lo mismo que si el
colchón tuviese abrojos, Gastón volvía á rumiar la sorpresa de haber
despabilado tan pronto la herencia de sus mayores.
--¡Si no es posible humanamente!--calculaba.--¡Si no me cabe en la
cabeza! Vamos á ver; yo no soy un vicioso; no he jugado sino por
entretenimiento; no he tenido de esos entusiasmos por mujeres pagadas,
en que se consumen millones sin sentir. ¿Qué hice, en resumidas
cuentas? Vivir con anchura; pasarme largas temporadas en el extranjero,
sobre todo en el delicioso París; comer y fumar regaladamente;
divertirme como joven que soy; pagar sin regatear buenos cocheros y
caballos de pura raza, cuentas de sastre y de tapicero, de joyero y
de camisero, de hotel, de _restaurant_... Todo ello, aunque se cobre
por las setenas, no absorbería ni la tercera parte de mi caudal... oh,
eso que no me lo nieguen. ¡Aunque me lo prediquen frailes descalzos!
Me sucede lo que á la persona que ha dejado en un cajón una suma de
dinero, no sabe cuánto, pero volviendo á abrir el cajón nota que hace
menos bulto, y dice: «Gatuperio...»
Aquí Gastón suspiró, abrazó la almohada buscando frescura para las
mejillas, y pensó entrever, como filtrado por las cerradas maderas de
las ventanas, un rayito de luz.
--El caso es que yo fuí bien prudente. De imprevisor nadie podrá
tacharme. ¿Á quién mejor había de confiar mis negocios, y la gestión y
administración de mis bienes, que á don Jerónimo Uñasín? Un viejo tan
experto, con tal fama de seriedad y honradez en los negocios; y además,
de una condición encantadora; nunca le pedía yo con urgencia dinero,
que á vuelta de correo no me lo girase sin objeción alguna... En lo que
no tiene disculpa don Jerónimo, es en no haberme avisado de que mis
gastos eran excesivos; de que á ese paso me quedaba como el gallo de
Morón...
Al hacer reflexión tan sensata, por primera vez el incauto mozo sintió
algo que podría llamarse la mordedura de la sospecha y el aguijón del
reconcomio. Evocó el recuerdo de la cara de don Jerónimo y se le figuró
advertir en ella rasgos del tipo hebreo, la nariz aguileña, de presa,
la boca voraz, los ojos cautelosos y ávidos... Las palabras de su madre
resonaron de nuevo en su corazón olvidadizo: «No he fiado á nadie lo
que pude hacer yo misma...»
[Ilustración]
Al cabo se durmió. Á las seis, obedeciendo órdenes, Telma vino á
despertarle de un sueño agitado, lleno de pesadillas; arreglóse á
escape, y á las siete menos cuarto conferenciaba con don Jerónimo. Más
de una hora duró la entrevista, de la cual salió Gastón con la sangre
encendida de cólera y el espíritu impregnado de amargura. La venda
se había roto súbitamente y Gastón veía,--¡á buena hora!--que aquel
tunante de apoderado general era el verdadero autor de su ruina.
Á preguntas, reconvenciones y quejas, sólo había respondido don
Jerónimo con hipócrita y melosa sonrisilla, que provocaba á chafarle de
una puñada los morros.
--¿Qué quería usted que hiciese?--silbaba el culebrón.--¿Pues no
estaba usted pidiendo fondos y fondos á cada instante? ¿Pues no era
usted mayor de edad, dueño de sus acciones y sabedor de á cuánto
ascendían sus rentas? Usted, desde París, libranza va y libranza viene,
y Jerónimo Uñasín teniendo que dejarle á usted bien, y que buscar y
desenterrar las cantidades aunque fuese en el profundo infierno...
¡Bien me agradece usted los apuros que he pasado, las sofoquinas,
las vergüenzas, sí, señor! ¡que vergüenza y muy grande es, á mis
años, andar solicitando á prestamistas y aguantando feos! Todo lo he
hecho, por ser usted hijo de los señores de Landrey, que tanto me
apreciaban... Ahora conozco que me pasé de tonto, que debí cerrarme á
la banda y contestarle á usted cuando me pedía monises: «otro talla,
señor mío...»
--Pero usted bien veía que yo me quedaba pobre,--exclamaba Gastón con
indignación apenas reprimida,--y debiera usted, como persona de más
experiencia, aconsejarme, llamarme la atención, advertirme... Yo le dí
á usted poder ilimitado... Yo tenía depositada mi confianza en usted.
--¡Sí, sí, advertir! ¡Bonito recibimiento me esperaba! Ya sé yo lo que
son jóvenes contrariados en sus antojos... Y además, don Gastoncito,
¿quién me decía á mí que al echar así la casa por la ventana, no
preparaba usted una gran boda? Hay en París señoritas de la colonia
americana, que apalean el oro... ¡Es preciso respetar muchísimo,
muchísimo la libertad de cada uno! y lamentaría toda mi vida que por mí
fuese usted á perder la colocación brillante que se merece...
--Téngame Dios de su mano,--pensó Gastón al escuchar esta nueva
insolencia, y conociendo que se le subía á la cabeza la ira, y las
manos se le crispaban ansiosas de abofetear al judío.
Al fin, con violento esfuerzo sobre sí mismo, revolviendo
trabajosamente la lengua en la boca seca y llena de hiel, pronunció:
--Bien, cortemos discusiones, que á nada conducen; al grano... ¿Me
queda algo, lo preciso para comer?
Vaciló un instante don Jerónimo, y afectó un golpe de tos, ruidosa y
como asmática, antes de responder, fingiendo fatiga:
--Mire usted, lo que es eso... hasta que... ¡bruum! hasta que... yo...
reconozca... y liquide... ¡bruum!... los créditos... y se proceda... á
la venta de... de las fincas hipotecadas... es imposible decir si el...
¡bruum! pasivo... supera al activo... Acaso tengamos déficit... pero
¡bruum! ej... ej... no será muy grande...
--¿Es decir,--preguntó Gastón con temblor de labios,--que aún podrá
suceder que después de venderlo todo... deba dinero?
--Ej, ej... calculo que una futesa...
No quiso oir más Gastón. Tomando su sombrero, despidióse con una frase
bronca, y abandonó el nido del ave de rapiña á quien tarde veía el pico
y las garras. En el recibimiento, mientras recogía sombrero y bastón,
no pudo menos de fijarse, con penosa y estéril lucidez, en detalles que
le sorprendieron: un soberbio mueble de antesala tallado, un rico tapiz
antiguo, una alfombra nueva y densa como vellón de cordero, un retrato,
escuela de Pantoja, una lámpara de muy buen gusto. Parecía la entrada
de una casa señorial, y al acordarse de que antaño don Jerónimo se
honraba con alfombra de cordelillo y sillas de Vitoria, Gastón se trató
á sí mismo de majadero, no sin reprimirse para no emprenderla á palos
con los muebles y con el dueño en especial...
Volvió á su morada á pie, devorando la pesadumbre, queriendo
sobreponerse á ella, y sin conseguirlo. Telma, solícita, le había
preparado una comida de sus platos predilectos; pero no estaba la
Magdalena para tafetanes, ni Gastón para apreciar debidamente el mérito
del puré de alcachofas, los langostinos en pirámide y las costilletas
de cordero delicadamente rebozadas en salsa bechamela.
--Hija, es preciso que me vaya acostumbrando á las lentejas y al pan
seco,--respondió con un humorístico alarde cuando la vieja criada,
llevándose la fuente, preguntaba con inquietud, si era que ya «tenía
perdida la mano.»
Y la fiel servidora, antes de cruzar la puerta, clavó en su amo una
mirada perruna é inteligente, una mirada que se condolía...
Vestido el frac, después de comer, Gastón dedicó la noche á intentar
ver á dos ó tres personas de quienes esperaba consejo y auxilio.
Á ninguna encontró en casa, y sería caso raro que lo contrario
acaeciese en Madrid, donde la noche se consagra á círculos, teatros y
sociedades. Rendido, harto de dar tumbos en el alquilón, se recogió
á las doce y media. Una gran desolación, un pesimismo mortal le
agobiaban, poniéndole á dos dedos de la desesperación furiosa. Sin
duda que al siguiente día le sería fácil encontrar en casa, amables y
sonrientes, á sus noctámbulos amigos; pero ¿qué sacaría de ellos? Á
lo sumo... buenas palabras... ¡Ni Daroca, el bolsista; ni el flamante
marqués de Casa-Planell, el riquísimo banquero; ni Díaz Carpio, el
actual subsecretario de Hacienda; ni mucho menos el gomoso Carlitos
Lanzafuerte, iban á abrir la bolsa y ponerla á disposición del
_tronado_!... (Tan feo nombre se daba á sí propio Gastón).
[Ilustración]
Al dejar Telma sobre la mesa de noche la bebida usual, la copa de agua
azucarada con gotas de cognac y limón, mientras Gastón, inerte, yacía
en la meridiana, esperando á que se retirase la criada para empezar á
desnudarse, ésta dijo no sin cierta timidez, el recelo de los criados
que ven á sus amos muy tristes:
--Señorito... anteayer mandó á preguntar por usted la señora
Comendadora. ¿No sabe? Su tía, la del convento... Que si había vuelto
ya de Francia... y que deseaba verle... Que cuando viniese, por Dios no
dejase de ir, sin tardanza ninguna...
--¡Bien, bien!--contestó él impaciente.
Así que apagó la bujía y se tendió en la cama, la arcaica figura de
la Comendadora se alzó en la oscuridad. Abandonado de todos Gastón, un
instinto le impulsaba á buscar arrimo y consuelo, á desear comunicarse
con alguien que le compadeciese y le amase de veras. Y su tía abuela,
la Comendadora, era la única parienta cercana que tenía en el mundo.
[Ilustración]
II
La Comendadora
Como no le dejasen dormir sus melancólicos pensamientos, Gastón se
levantó temprano, se vistió con diligencia, y subiendo democráticamente
al tranvía, se dejó llevar hasta muy cerca del convento de las
Comendadoras, que se eleva sombrío, dominado por su vasta iglesia, en
una calle de las más solitarias del antiguo Madrid. Las Comendadoras
no tienen reja. Mano á mano, á guisa de seglares damas--y bien nobles
que lo son--reciben á sus visitas en un locutorio bajo, amplio,
esterado, encalado, cuyas paredes adornan cuadros religiosos anegados
en betún, y que amueblaban canapés de paja con respaldo de lira, y
braseros claveteados--un salón de principios del siglo.--Paseando
febrilmente esperó Gastón á su tía. La portera le había dicho que
doña Catalina--así se llamaba la Comendadora--estaba en el coro, y
que tardaría cosa de unos veinte minutos. «No traigo prisa, gracias,»
contestó el mozo: pero, solo ya, medía el locutorio con rápidas
pisadas. Desde que se había levantado y salido á la calle, batallaba
con la idea de que todo lo de su ruina era un mal sueño. ¡Una casa
tan vieja, tan sólida como la casa de Landrey, venirse á tierra por
artimañas de un usurero maldito! No; no podía ser que él, Gastón de
Landrey, con sus propias manos acostumbradas á calzar guantes, con su
propia cabeza hecha á las esencias y á los lavatorios del peluquero,
tuviese que trabajar y discurrir como el resto de los mortales, á fin
de ganarse el pan de cada día... La vida iba á continuar, rauda y
disipada; la única vida posible, la _vida_ en el sentido parisiense del
vocablo.
Al pensar esto, una oleada de esperanza inundó á Gastón, esperanza
venida no sabía de dónde, tal vez de la tranquilidad del locutorio, del
aristocrático silencio del convento, donde debían de ser inmutables
todas las cosas.
Cuando se hallaba más engolfado en sus sueños, abrióse la puerta
lateral, gruesa hoja de encina, y apareció en el hueco, inmóvil y muda,
la Comendadora, la misma doña Catalina de Landrey y Castro, con las
tocas negras, el blanco escapulario, y en el pecho la roja heráldica
cruz. Adelantándose vivamente, Gastón corrió á abrazar á su tía, á
sostenerla, á traerla en vilo hasta la silla baja, situada cerca de la
reja que daba á la calle, el sitio donde solían conversar otras veces;
pero la anciana murmuró suplicante:
--¡Al jardín... al jardín... allí hace sol... allí no tendremos frío!
No sentía Gastón ni pizca de frío en el locutorio: entrado el mes de
Mayo, la temperatura era suave y radiante la mañana. No obstante,
asintió sonriendo y quiso coger á la anciana por el talle.
--No, voy delante,--exclamó ella.
Lentamente, deslizándose como una sombra, precedió á Gastón por dos
ó tres pasillos y antesalas, hasta llegar á una carcomida puerta
cuyo picaporte alzó. Al pisar el umbral del jardín, Gastón se paró
deslumbrado.
No era el jardín muy grande: servía de patio al convento, y en su
centro, por todo adorno, tenía un pozo con brocal, el humilde pozo de
Castilla. Cuatro cuarterones simétricos, recortados en forma circular
á fin de dejar sitio al pozo y holgura para sacar agua, formaban el
sencillo trazado del jardín monástico. Sólo que estos arriates, con
exclusión absoluta de toda otra flor ó planta, estaban materialmente
tapizados de pies de azucena floridos. Era una espesura de azucenas.
Y bajo la sábana de oro que el sol tendía generosamente, la nívea
blancura de las flores, su apretada abundancia, su esbeltez, su
elegante forma casta y mística, halagaban los ojos y embriagaban
dulcemente el corazón. Era un jardín mariano, cultivado únicamente por
amor á la Virgen, para poder cubrir su altar de ramilletes simbólicos,
en el gracioso culto llamado de las flores de Mayo; ó más bien era
otro altar que brotaba de la tierra seca y desnuda, por virtud del
riego continuo de unas manos piadosas, enamoradas de María.
[Ilustración]
En un ángulo del jardín daba todavía la sombra, y sobre un banco de
ladrillo se sentó la Comendadora pausadamente, convidando á su sobrino
á que la imitase. La claridad que bañaba el jardín caía sobre el
rostro de doña Catalina, patentizando la labor de los años; estrago
no diremos, porque en medio de su carácter de vetustez, bajo el
severo contorno de la toca, aquel rostro tenía aún líneas de belleza
pasada, vestigios de algo que debió de ser escultural. Parecían las
majestuosas facciones modeladas en esa cera amarillenta, resquebrajada,
de los cirios viejos y muy secos; la boca no era más que una línea
pálida, dilatada por una sonrisa misteriosa; las cejas y las pestañas,
encanecidas, sombreaban de un modo fatídico los ojos, donde persistía
una vida extraordinaria, una especie de magnetismo. Los clavaba en
Gastón con tal fuerza, con insistencia tal, que el mozo por un instante
creyó á la Comendadora enterada de su ruina, y calculó para sí, algo
impaciente:
--Menudo sermón me espera. Agarrarse.
Recordaba Gastón que, cuando de niño solía venir al convento, le daba
mucha lástima su tía la Comendadora. ¡Siempre metida entre aquellas
cuatro paredes, siempre arrebujada en aquellos austeros paños!
Después, ya hombre y capaz de entender, había sabido la historia de
doña Catalina, y la lástima creció. Doña Catalina era hija de don
Martín de Landrey, uno de los nobles que en la lucha entre españoles
y franceses por la independencia, inficionados de volterianismo y de
lo que llamaban entonces _ideas nuevas_, abrazaron el partido del
invasor. Es de advertir que los Landrey descendían en línea recta de un
caballero bretón venido con Beltrán Duguesclín ó Claquín á favorecer á
don Enrique de Trastamara, que casó con española, que no quiso volver
á Bretaña cuando la vió incorporada á la corona francesa, y á quien el
fratricida estimó y colmó de _mercedes_, otorgándole bienes y feudos
en la tierra gallega, tan semejante á la vieja Armórica, señalada
por su fidelidad á don Pedro, y en la cual le convenía al bastardo
arraigar á sus partidarios. En cierto modo, don Martín de Landrey
obedecía al atavismo cuando se afrancesaba; mas no lo creyeron así sus
deudos ni menos doña Catalina, que era entonces una criatura, pero que
se daba cuenta de todo. Débil y enfermiza ya, pudo tanto en ella el
disgusto de ver á su padre, en quien adoraba, señalado con el dedo y
despreciado y maltratado cuando por fin salió de España el intruso,
que contrajo un raro padecimiento nervioso, convulsiones seguidas
de profundos síncopes. Su hermano,--el abuelo de Gastón,--ardiente
patriota y español acérrimo, había reñido con don Martín por diferencia
de opiniones, y vivía en Madrid, en casa de un tío suyo, el marqués
de Lanzafuerte, algo favorito de Fernando VII; y Catalina se encerró
con su padre, en el desmantelado castillo de Landrey, por huir de la
malevolencia y la antipatía que en Compostela, lo mismo que en la
corte, despertaba el afrancesado.
[Ilustración]
Vivieron allí padre é hija largos años en hosca soledad, ella siempre
enferma, él también achacoso, y cada día más misantrópico y saturado
de hiel, y cuando vino la última hora de don Martín, la hija sufrió el
horrible dolor de ver morir al padre como un réprobo, rechazando con
mil pretextos toda clase de auxilios espirituales, y ya, por último,
amenazando con coger las pistolas que tenía á la cabecera ¡y hacer un
ejemplo si un cura pasaba el umbral!--Así que hubo cerrado los ojos
al infeliz, doña Catalina, en vez de caer al suelo presa de uno de
sus accesos acostumbrados, se mostró casi impasible; veló el cadáver,
atendió al entierro, encargó misas, muchas misas, y se estuvo cerca de
un mes encerrada en las habitaciones del difunto, registrando cómodas
y armarios, poniendo en orden documentos y papeles. Una noche, los
labriegos y pescadores de la costa donde se asienta el castillo de
Landrey, vieron con sorpresa un gran resplandor rojo, y si al pronto
creyeron que había incendio, no tardaron en comprender que era una
descomunal hoguera encendida en mitad del patio de honor. Delante
de la hoguera estaba doña Catalina de pie, mandando la maniobra, y
dos criados traían en cestos libros y manuscritos, despedazaban los
volúmenes y los arrojaban á la hoguera, atizando y cebando su llama
con provisión de leña y ramaje seco, para que devorase pronto aquel
fárrago.--Gastón había oído referir á su madre que allí se abrasaron
las obras de bastantes franchutes de la cáscara amarga, y muchos
papelotes que probaban las íntimas conexiones de don Martín de Landrey
con la masonería española, su afiliación á la secta y el alto grado
que en ella poseía... La quemazón duró hasta el amanecer, y sólo al
blanquear la luz del alba las almenas de las torres se retiró doña
Catalina lentamente, después de cerciorarse, removiendo con un palo la
ya moribunda hoguera, de que allí sólo quedaban cenizas. Pocos días
después de este suceso, doña Catalina, dejándolo todo bien arreglado
y habiendo repartido entre los pobres labriegos cuantiosas limosnas
y perdonado, por cuenta de su legítima, deudas y atrasos de pagos de
rentas, salió hacia Madrid, donde la reclamaba su hermano don Felipe de
Landrey. Llevaba en su compañía doña Catalina á una niña de unos tres
años de edad, huérfana de madre, hija del mayordomo, que no era sino
Telma, la actual sirviente de Gastón.
En Madrid quisieron divertir y festejar á Catalina; además de su
hermano tenía dilatada parentela de primos y primas, porque una hermana
de su bisabuelo se había casado con el duque de Ambas Castillas, y otra
con el de Lanzafuerte, dejando ambos numerosa y masculina prole, que
se enlazó luego á otras familias de muy alta alcurnia. Catalina alegó
el riguroso luto para no concurrir á distracciones ni á saraos, y el
día en que se cumplió un año justo de la muerte de su padre, anunció
el decidido propósito de entrar en las Comendadoras. Era libre y dueña
de sus acciones, y nadie podía oponerse á su deseo, con tal resolución
manifestado. No obstante, don Felipe se opuso, y alegó el peligro de
la salud; con aquel terrible mal nervioso, aquellos desvanecimientos y
accesos convulsivos ¿era prudente, era ni siquiera cristiano encerrarse
en un convento? Doña Catalina respondió que la Iglesia había arreglado
las cosas tan bien, que existían conventos para todos los estados de
salud; que las Comendadoras no hacían vida penitente, sino recoleta
y regular, y que ella estaba segura de resistir bien la prueba. Y en
efecto, no sólo la resistió, sino que dentro del convento su organismo
débil y quebrantado se templó hasta adquirir el vigor del acero; el
equilibrio se estableció, la paz reinó en su antes combatido espíritu,
y poco á poco la cara triste y los nublados ojos de doña Catalina se
convirtieron en la hermosa faz y las serenas pupilas de la que todos
dieron en nombrar la monja guapa.
--Desde que tu tía Catalina pronunció los votos, revivió,--decíale á
Gastón su madre.--La pobre se conoce que había ofrecido este sacrificio
por los pecados de don Martín. Ella cumplió lo que tenía el deber de
cumplir, y nada aprovecha tanto al alma y al cuerpo.
Á pesar de la afirmación de su madre, Gastón recordaba que no había
cesado de compadecer á su tía Catalina, de considerarla una víctima
inmolada á preocupaciones, una vida tronchada en flor, una especie de
fantasma sentenciado á desaparecer del mundo. Para él, entregado al
desorden y tropelías de la voluntad, la regla en el vivir constituía
una esclavitud, y cualquier valla cruel tiranía. ¡No hay más, doña
Catalina le daba lástima! ¿Y por qué en aquel instante, á aquella hora
virginal de la pura y radiante mañanita, en aquel jardín monástico
todo paz, donde sólo se escuchaba el vuelo de algún abejorro, donde
las azucenas abrían tímidamente sus cálices de raso blanco y vertían
en silencio su pomo fragante, Gastón, en vez de compadecer á doña
Catalina, advertía que la envidiaba? Sí, no lo podía dudar; envidiaba
á la Comendadora, como envidia el marinero, desde su esquife que las
olas hacen crujir y van á tragarse pronto, al pobre ermitaño que bebe
de la apacible fuente antes de la oración... Era hermoso haber vivido
sin tacha; haber realizado lo que creemos bueno y justo; haber dado
testimonio de su fe ante los hombres, y haber llegado casi á los
noventa años con aquella sonrisa misteriosa, no la de la esfinge, sino
la de la santa que ya entrevé la bienaventuranza celeste...
--Aquí estaremos mejor,--pronunció con cascada voz la Comendadora,
interrumpiendo los calendarios de su sobrino.--Importa muchísimo que
no nos oiga nadie... ¡nadie!... Á estas horas no aparecen monjas por
aquí... Lo que te voy á decir es sólo para tí... ¿me entiendes? Para
tí... tú eres el único nieto varón de mi hermano Felipe... y ya no
queda en este mundo más personas que tú y yo llevando directamente el
apellido de Landrey...
Gastón se estremeció. Acababa de presentir que no iba á escuchar de
labios de su tía el obligado sermón al sobrino manirroto. Conocía el
culto de doña Catalina por el apellido de la familia, única debilidad
mundana que siempre se notó en la ejemplar reclusa, que no había cesado
ni un día de enterarse de los nacimientos, bodas, muertes, malandanzas
y bienandanzas de sus sobrinos. La Comendadora no era verosímil que
conociese el estado de la hacienda de Gastón, y por consiguiente,
lo que iba á dejar salir de su hundida boca de sibila agorera, la
revelación anunciada, sólo podía referirse al pasado, á ese _ayer_ de
todas las familias, más romántico en las nobles, en quienes se enlaza
estrechamente con la historia.
[Ilustración]
III
La revelación
--¡Qué miedo he pasado de morirme antes que tú volvieses de ese
París!--exclamó la anciana subrayando con tedio el nombre de la capital
francesa.--¡Lo que he rezado á santa Rita para que me conservase la
vida unos días más!
--¡Pero, tía, si está usted para vivir cien años!--afirmó Gastón
chanceramente.
Doña Catalina clavó en el rostro de su sobrino los negrísimos ojos, lo
único que sobrevivía en su semblante momificado, con extraordinaria
expresión, sobrehumana casi.
--Á la lámpara se le acaba el aceite,--dijo en voz sorda,--pero la
misericordia divina no ha permitido que la muerte me sorprenda. Sé de
cierto que se acerca la hora...
--Vamos, tiita, aprensiones... Me ha de enterrar usted á mí y pedir
para que me admitan en la gloria,--insistió el sobrino.
--No lo digas á nadie, hijo mío,--prosiguió la reclusa sin
atenderle.--¡Sólo á tí y al confesor lo descubriré!... ¡Como te estoy
viendo... he visto... he visto á don Martín de Landrey, tu bisabuelo...
mi padre!
Estremecióse Gastón. En aquel jardín embalsamado, entre los vitales
efluvios que derramaba el sol ascendiendo á su zenit, sintió pasar el
soplo frío del _más allá_, un hálito del otro mundo.
--¡Si vieses qué mal color tenía!--continuó doña Catalina tiritando
como si las frescas azucenas de Mayo fuesen copos de nieve.--Lo mismo
que cuando lo deposité en la caja... ¡Y una cara de sufrir!... ¡Virgen
Santísima, Madre de los afligidos, perdón para él... y para todos los
pecadores!
La cabeza agobiada de la Comendadora cayó sobre el pecho, y Gastón,
cariñosamente, sólo acertó á murmurar:
--Tía... ¿no habrá sido... una figuración de usted?... ¡Hay así...
momentos en que desvariamos!...
--¡No! Era él en persona... ¡Podría yo desconocerle! ¡Podría confundir
con cualquier ruido su voz, que me dijo... en un tono tan triste...
como si las palabras saliesen de la pared!... «¡Catalina... te
espero... hasta luego, Catalina!...»
Hizo una pausa, y Gastón vió humedecerse ligeramente las áridas pupilas
de la dama, que movía los labios, rezando para sí, sin articular.
Gastón, quebrantado aún del viaje y de las penosas impresiones
recientes, notaba un vértigo que atribuía al olor subido de las flores,
más aromosas cuanto más calentaba el sol. No quería Gastón reconocer
que, á pesar suyo, le impresionaban las palabras de la Comendadora.
De pronto doña Catalina se enderezó, ya tranquila y al parecer olvidada
de sus temores.
--Natural es morir, hijo mío,--declaró serenamente.--Otros eran
jóvenes y se han ido primero. Eso sí que asusta. Ya no hay más Landrey
que tú. Á mí la tierra me llama, después de ochenta y ocho años y cinco
meses que estoy en el mundo. Tú ahora empiezas la jornada... ¡Cómo te
pareces á tu abuelo, al pobre Felipe!... ¡Qué bien has hecho en venir
aprisa!...
--En cuanto me avisó Telma. Ayer mismo llegué á Madrid... Ya ve usted,
ni veinticuatro horas...
Algo que remedaba una sonrisa y era más bien fúnebre mueca, animó el
semblante amojamado de la Comendadora.
--Acércate más, hijo del alma... Ya apenas tengo voz; no puedo
esforzarme... Si me paro, no te asustes... Me falta resuello... Soy muy
viejecita... Además, tengo frío... Mira, mira... Helada estoy.
La diestra glacial de la Comendadora cayó sobre la de Gastón, que
sintió impulsos de retirarla, pero se contuvo. Parecíale advertir
el contacto de un cadáver: tal estaba de inerte y seca á la vez
aquella mano que había debido de ser bella y que conservaba aún las
proporciones y el delicado dibujo de una mano patricia.
[Ilustración]
--¿Eres buen cristiano?--preguntó de improviso doña Catalina.
--Bueno no sé; cristiano sí,--respondió no sin extrañeza Gastón.
--¡Es que si eres... de esos... que sólo creen en la materia...
entonces... aunque te llames Landrey... yo... no tengo nada que
decirte!...--¿Crees firmemente en Dios, que nos perdona... que nos ha
redimido?... ¿Crees, ó no crees? No mientas... ¡Un Landrey no miente...
sería mucha vergüenza! ¡Sería propio de un villano!
--Creo en Dios,--murmuró Gastón sonriendo del á su parecer pueril
interrogatorio.
--¿Y en la Virgen?
--Y en la Virgen,--afirmó el mozo con calor involuntario, más conmovido
ya de lo que aparentaba.
Doña Catalina cruzó las manos como transportada de gozo. Después, sin
transición, exclamó, fijando en Gastón sus vividos ojos:
--¿Has estado alguna vez en nuestro castillo de Landrey, cerca de la
Puebla de Beirana?
--Nunca, querida tía,--declaró Gastón desorientado y algo confuso.--Y
eso que siempre me daba curiosidad. Debe de ser una antigualla
preciosa... es decir, con carácter... de eso precisamente, de
antigualla. Pero ya sabe usted lo que sucede: se forman planes, se
fantasea el viaje... y hoy por esto y mañana por aquello... se queda
todo en proyecto, y corren días, y meses, y años... Nada, que no he
visto Landrey.
--Mal hecho... ¡Lo mismo hicieron tu padre y tu abuelito... yo no se
lo aprobé! ¡Aquel es nuestro solar, el sitio en que se respeta nuestro
nombre, el sitio en que éramos como reyes! ¡Los señores de Landrey!
¡Eso era decir algo! El que fundó el castillo y los señoríos,--por
cierto que se llamaba como tú, Gastón de Landrey,--fué de los que
vinieron á ayudar á don Enrique... Me lo contó mil veces mi padre,
que eso sí, era estudiosísimo... ¡El estudio es cosa buena cuando no
nos aparta de Dios!... ¿Por qué decía yo esto?... ¡Ah! Sí, sí... Aquel
Landrey ó Landroi era ya un caballero muy noble... sus abuelos habían
estado en las Cruzadas, con San Luis... El caso es ser grande en el
cielo... pero en fin, los que desde hace siglos...
Detúvose la Comendadora, fatigada sin duda, y Gastón, que callaba por
respeto, empezó á creer que estaba perdiendo el tiempo lastimosamente.
--La pobrecilla ya chochea...--pensó,--y se le va el santo al cielo...
Incoherencias, alucinación... ¡Cerca de noventa años y el claustro!...
Querrá que restaure á Landrey y junte allí mesnadas y alce pendón y
caldera... ¡Y cómo revela el orgullo nobiliario, su flaco, en pugna con
la humildad cristiana! ¡Si supiese que el último Landrey va á carecer
de lo más preciso!
--Mi hermano,--continuó la Comendadora,--pudo titular, y prefirió ser
Landrey á secas... Hay condes y duques nuevos, pero los Landrey son
todos viejos... ¡Ah! Ya recuerdo, ya sé... Hablábamos del castillo.
Digo, no; hablábamos de tu bisabuelo, de mi padre... ¡que Dios le haya
perdonado!--y el acento de doña Catalina se quebró en un sollozo.--¡El
pobre!... esto pasó la noche antes de morir... porque murió en Landrey,
en el cuarto de _la parra_, que tiene pintada una, al temple... Pues
me llamó... así, en voz alta... «¡Catalina!» «Aquí estoy.» «¿Me oyes
bien?» «Sí, señor, diga lo que quiera.» «Acércate, santita...» (me
llamaba _santita_ por cariño y por chiste). «Así que yo fallezca,
registrarás mis papeles... y quemarás lo que deba quemarse...» «No
tenga miedo...» «¡Pero cuidado!... En el mueble de concha, unas
cartas... ¡las quemas sin leerlas!» «Lo que usted mande, señor...»
«Hay también en el mismo mueble... ¡atiende! una caja de plata, de
resorte... y dentro dos papeles doblados y enrollados... de mi letra...
¡Esos sí que los lees... y los guardas... y te guías por ellos para
encontrar el tesoro!...»
--¡El tesoro!...--repitió Gastón fascinado por la palabra mágica que su
tía acababa de pronunciar.
--Así dijo: «el tesoro...» Y me acuerdo bien, que me cogió la mano y
me la apretó mucho, mucho, y añadió... ¡verás! «Es para tí sola... es
tu dote... Te prohibo que le dés nada á Felipe... ¡ni un maravedí! Á
Felipe no... Es mi enemigo: me ha tratado como á un perro... sé que
me ha llamado _traidor_... Me cree renegado, apestado y maldito... Tú
aquí, encerrada en estas paredes conmigo en lo mejor de tu edad...
Á cada cual su recompensa... Felipe, el mayorazgo, se lo lleva casi
todo... Tú tienes una legítima corta... ¡Más rica tú que él! ¡Para tí
el tesoro!...»
Guardó silencio otra vez la Comendadora, exhausta por el esfuerzo, pero
sus ojos centelleaban. Gastón no sabía lo que le pasaba: el olor de las
azucenas le atravesaba como un clavo las sienes, y su corazón latía de
esperanza: en aquel momento daba por cuerda y muy cuerda á la monja.
Ésta, con dolorido acento, articuló despacito:
--Al otro día murió...
--¿Y la caja?--exclamó aturdidamente el mozo.
--¡Ah!... La caja... Es verdad, hijo, es verdad... No, no creas que
la perdí... Allí estaba como _él_ dijo, en el mueble de concha...
junto á las cartas... que olían á esencias... y las quemé... ¡Qué bien
ardieron! ¡Como yesca!
--Pero... la cajita... con sus misteriosos papeles dentro...
--La recogí... ¡No faltaba más!... Aquí la tengo... Espera... espera.
Y con un movimiento que parecería cómico á quien no fuese capaz
de estimar lo que representaba de dignidad y de pudor y de vida
inmaculada, la Comendadora se volvió hacia la pared, se alzó el
escapulario y se registró el seno con una mano que la vejez hacía
insegura... Gastón, ansioso, disimulaba la impaciencia y la curiosidad.
Vuelta de cara ya la señora, presentó á su sobrino un objeto oblongo,
una cajita de plata algo mayor que una tabaquera y finamente cincelada
al estilo de Luis XV; cazadores con tricornio y damiselas con peinado
de erizón acosaban á un ciervo entre el follaje de un bosquecillo.
Gastón tendió la mano vivamente, pero doña Catalina le contuvo
sonriendo con alarde de malicia casi infantil.
--El resorte... Sino ni tú ni diez como tú la abrís...
[Ilustración]
Y apoyando de cierta manera la uña del seco pulgar en la charnela de
la caja, alzóse lentamente la tapa, y Gastón pudo ver en el dorado
fondo, enrollado, un papel amarillento. La monja casi reía, gozosa y
triunfante.
--¿Eh? Ya lo ves, ahí lo tienes... Sesenta y pico de años hace que lo
conservo... Ni un solo día se ha separado de mí...
--Pero, tía,--observó enajenado Gastón, que sin poder contenerse se
entregaba á férvidas ilusiones,--si poseía usted esto, ¿por qué no
buscó el tesoro? ¿Ó es que ya lo ha buscado usted? No entiendo...
--No, no, yo no lo he buscado... Dios no quiso que lo buscase... Por
cosas que... que yo me sé... desde que me faltó mi padre... ofrecí ser
monja... ¡y para eso no necesitaba grandes riquezas! Mi padre había
prohibido que el tesoro fuese de Felipe... Pude dárselo á los pobres...
sino que... no sé si Dios me castigará por esto... la verdad, tengo
un delirio por el nombre de la familia... es falta de humildad, lo
conozco... ¡Quería que ese tesoro se lo llevase un Landrey!...
Y volviendo á apoderarse de la mano convulsa de Gastón, añadió bajo,
casi al oído del mozo:
--Tú puedes hacer que Dios me perdone esta debilidad... Eres cristiano,
hijo mío... Usa del tesoro, no como pagano, sino como cristiano...
Las riquezas son un depósito... No abuses, no derroches, reparte con
los infelices... y acuérdate también del alma... de la tuya... de la
mía... ¡y sobre todo de la de mi pobre padre!... Esto último no te
lo encargo, que te lo mando... ¿lo oyes? Te lo mando con un pie en la
sepultura...
--Prometo á usted hacer lo que desea,--declaró Gastón subyugado, lleno
de fe en el tesoro.
Y tomando la cajita, apresuróse á desenrollar el papel que contenía,
con ansia de leerlo. Antes de que lo hiciese, recordó de súbito y
exclamó:
--Mire usted, tía, que usted habló de dos papeles... y aquí hay uno,
uno no más.
Indescriptible expresión de pena cavilosa oscureció el mirar de
doña Catalina. Su cabeza tuvo un temblequeteo senil y sus manos se
enclavijaron, como si pidiese misericordia.
--¡Yo, yo destruí el otro!--gimió desconsolada.
--¿Usted? ¿Por qué?... ¿Lo destruyó usted á propósito? ¿Qué era?
--Era el que más valía... ¡Era el plano!...
--¡El plano!--repitió Gastón.--¿Un plano del castillo, sin duda?
--Del castillo y de sus alrededores... Con tinta azul, y señalcitas de
puntos encarnados... Hecho por _él_ mismo... ¡Si tenía una cabeza, un
saber de todo!
--¿Pero y cómo destruyó usted ese documento... cómo fué?...
--Porque... ¡Verás!... Yo, en el mundo, padecía síncopes... y unas
congojas... así como convulsiones... Cuando me encerré sola á quemar
aquellas cartas... ¡las de las esencias! mientras ardían, abrí la caja
esta de plata... saqué los papeles... los estuve mirando... Y cátate
que de improviso me da el ataque... no quiero llamar, porque las cartas
no las debía ver nadie... lo pasé allí, sin auxilio... caigo junto
al fuego... el plano enrollado rueda á la chimenea... ¡y gracias á
Nuestra Señora, que no ardí yo... pero se me tostaron las suelas de los
zapatos! Milagrosamente me salvé.
--Y el otro papel... no el plano... ¿Á ver qué dice?--exclamó Gastón
sin acertar á reprimir su impaciencia.
Y desenrollando el papelito, vió que sólo contenía escritas en muy
clara letra, estos renglones:
«Hallarás lo que buscares, si guiado por el Norte sigues el camino
de los antiguos en peligro de muerte. Las piedras viejas son las más
preciosas, y el que se humille se ensalzará.»
[Ilustración]
--¿No sabe usted qué significa esto?...--interrogó el mozo, que
encontró el texto, más que oscuro, negro como boca de lobo.
--No, hijo mío... Con el plano, de seguro se entendía... Yo no hice
nada, y ahora mi cabeza... Ya ves... ¡Los años!... Pero en Landrey lo
entenderás perfectamente, tú que eres muchacho y listo... Guarda esa
cajita ¡guárdala! y véte, que es cerca de mediodía, se acaba la hora de
locutorio, y vendrán á llamarme... Y si cumples lo que me ofreciste...
¡Dios te bendiga!...
Doña Catalina alargó sus brazos flacos y cogió la bonita cabeza
pelicastaña de Gastón, pegando el rostro á la blanca frente juvenil del
último de su linaje. Un hielo mortal serpenteó por las venas del mozo;
pensó que acababa de besarle un fantasma sin labios.
[Ilustración]
IV
Gusanillo
Salió Gastón del convento fluctuando entre la convicción y el
escepticismo. Su convicción era involuntaria; pero su incredulidad,
sostenida por el amor propio cifrado en no _caer de inocente_, no
se fundaba únicamente en lo enigmático del texto del papel y en la
destrucción del plano, sino en lo inverosímil de que existiese nada
menos que un tesoro, soterrado de un modo tan novelesco, en un sitio
tan romántico y llegando tan á punto para salvar de la ruina á la casa
de Landrey. ¡Vamos, si tenía que ser á la fuerza una paparrucha, una
quimera nacida en el pobre meollo de una monja alelada! Á pesar de
la caja, que apretaba contra su pecho,--y que instintivamente en el
tranvía cubrió con ambas manos, por defenderla de algún rata,--Gastón
temía ser ridículo ante sí propio, si prestaba fe absoluta á la
historia. Lo que más influye en que nos parezcan _irreales_ los
sucesos, es la comparación con un medio en el cual esos sucesos no
encajan. Venía Gastón de París, saturado de aquel ambiente positivo
y prosaico, sin más aspiración que el goce material del momento
presente, y la Comendadora, siempre con la vista fija en lo pasado y
en lo porvenir, tomando la tierra como tránsito, existiendo únicamente
para expiar las culpas de su padre y para evocar las memorias de su
raza, era como figura de cuadro ó de tapiz, algo artístico, singular é
interesante sin duda, pero tan fuera de la realidad como los santos de
piedra de los viejos pórticos...
--La chifladura se pega,--cavilaba el mozo,--y si estoy con la buena
señora una horita más, ¡nada! que me creo lo del tesoro á pies
juntillas.
Sin embargo, Gastón notaba cierta calentura, esa fiebre ligera que
acompaña á los accesos de esperanza violenta y repentina. Pasó el
día vagando por Madrid, sin decidirse á ver á nadie, y se acostó
temprano, como hombre que tiene mucho que conferir consigo mismo.
Durmióse pronto pesadamente, y soñó cosas raras; vióse descendiendo
á un negro subterráneo por torcida escalera de caracol; delante de
él, guiándole, iba un espectro con hábito monástico, que llevaba en
sus manos descarnadas--manos de esqueleto--una linterna, la consabida
linterna sorda de las novelas y de los dramas espeluznantes. El
espectro, al deslizarse por los peldaños de la húmeda y resbaladiza
escalera, producía un medroso ruido de choque de huesos, y los pliegues
del hábito, al pegarse al cuerpo, diseñaban planos sin carne y palillos
mondos y lirondos. La luz de la linterna, al caer sobre la pared,
dejaba ver fungosas vegetaciones, é inmundos insectos, asustados,
correteaban en busca de los rincones oscuros. Bajaban y bajaban, sin
encontrar nunca el término de aquella escalera horrible, que sin duda
se perdía en las entrañas del planeta, buscando su centro. Gastón
anhelaba de cansancio, pero el espectro seguía bajando cada vez más
aprisa, y era preciso ir tras él hasta el mismísimo averno. Allá abajo,
en la sombría profundidad última, Gastón divisaba un punto rojo, y
á medida que descendían, el punto se agrandaba, cundía, acabando
por ser la boca de un horno gigantesco, en que ardía--¡temeroso
espectáculo!--un monigote con chupa y casaca, un pelele de principios
del siglo, retorciéndose entre las llamas sin consumirse... Y el
espectro, de pie ante el horno, sollozaba:
--¡Agua bendita! ¡Agua bendita! ¡Trae agua bendita, Gastón!...
En este punto del sueño despertó el mozo. Notaba una sed devoradora, y
tendió la mano, cogiendo la copa sobre la mesa de noche. Cuando bebía
con ansia, la puerta se abrió, penetró Telma lo mismo que un rehilete,
abrió atropelladamente las ventanas por donde entró la luz del día y
se plantó delante de la cama, exclamando en voz que entrecortaba el
llanto:
--Señorito... Señorito... La señora Comendadora...
--¿Qué... qué ocurre?
--¡Ay, señorito!... ¡Acaban de traer el recado! Esta noche...
--Ha muerto, ¿verdad?--preguntó el mozo que recibía la noticia en
aquel instante, sin la menor sorpresa, como si se tratase de un hecho
previsto.
--Sí, señor... ¡Ay, Jesús! ¡Señorita querida mía, que era como
mi madre! ¡Santa de mi alma!--exclamó Telma, derramando lágrimas
abundantes.
--Voy ahora mismo al convento...--declaró Gastón, mientras salía la
criada, sofocada de pena.
Y en efecto, ni una hora tardó el sobrino de doña Catalina en pisar
nuevamente el locutorio del convento: sólo que de esta vez le recibió
la abadesa, dama cincuentona, gruesa, afable y de porte señoril,
con ribetes mundanos, porque antes de vestir el noble hábito, doña
Francisca de Borja Mascareñas y Quevedo había frecuentado más los
salones que las iglesias, y de su conversión se habló bastante,
atribuyéndola á rudos desengaños, ó como decía ella en su gracioso y
expresivo lenguaje, á _bofetones en el alma_. Lo que refirió la abadesa
á Gastón fué lo que era de suponer sobre el caso, ni impensado ni
sorprendente, del fallecimiento de una monja tan anciana:
[Ilustración]
--Muy viejecita, muy viejecita era la pobre... Ya nos temíamos lo que
ocurrió, y cada noche que se recogía, decíamos:--¿Se levantará la
madre Catalina?--Así es que dormía á su lado una lega, por precaución,
y gracias á tal medida no careció de auxilios en sus últimos momentos.
Pudo recibir,--y no fué pequeño consuelo para ella y para todas
nosotras,--el Viático y la Extrema. ¡Alabado sea el Señor! Murió con
una paz... Estaba contentísima de haberle visto á usted... Eso me
lo decía ayer tarde. ¿Y sabe usted que desde hace unos quince días
andaba con el tema de que se acercaba su último instante? Era un
presentimiento, sin duda...
--¿Pero de qué murió?--preguntó Gastón afanoso.--¡Porque estaba tan
bien, ayer, tan locuaz, tan entera!
--¡Á esa edad! De muerte natural... ¡de acabársele la cuerda al reloj!
Nada, un ataquillo de asma, que para una persona joven sería cuestión
de toser y carraspear un poco... Pero ella no tenía fuerzas para mondar
la garganta, y la menor cosa ¡psé! ¡una flemita! basta para ahogar á un
anciano... No somos nada... ¡una miseria! Al volver la cabeza así...
se acaba todo, alegría, ilusiones, proyectos, gustos y disgustos...
Asustaría si lo pensásemos bien.
--¿No puedo verla?--preguntó Gastón, que sentía el pecho oprimido y el
corazón en un puño.