á esta ciudad de Valladolid, donde en un entremes me dieron una
herida, que me llevó casi al fin de la vida: no pude vengarme por
estar enfrenado entónces, y despues á sangre fria no quise; que la
venganza pensada arguye crueldad y mal ánimo: cansóme aquel ejercicio,
no por ser trabajo, sino porque veia en él cosas que juntamente
pedian enmienda y castigo, y como á mí estaba mas el sentillo que el
remediallo, acordé de no verlo, y así me acogí á sagrado, como hacen
aquellos que dejan los vicios cuando no pueden ejercitallos, aunque
mas vale tarde que nunca. Digo pues que viéndote una noche llevar la
linterna con el buen cristiano Mahudes, te consideré contento y justa
y santamente ocupado, y lleno de buena envidia quise seguir tus pasos,
y con esta loable intencion me puse delante de Mahudes, que luego me
eligió para tu compañero, y me trujo á este hospital: lo que en él me
ha sucedido no es tan poco, que no haya menester espacio para contallo,
especialmente lo que oí á cuatro enfermos que la suerte y la necesidad
trujo á este hospital y á estar todos cuatro juntos en cuatro camas
apareadas: perdóname, porque el cuento es breve y no sufre dilacion, y
viene aquí de molde.
CIPION. Sí, perdono: concluye presto, que á lo que creo, no debe estar
muy léjos el dia.
BERGANZA. Digo que en las cuatro camas que están al cabo desta
enfermería, en la una estaba un alquimista, en la otra un poeta, en la
otra un matemático, y en la otra uno de los que llaman arbitristas.
CIPION. Ya me acuerdo haber visto á esa buena gente.
BERGANZA. Digo pues que una siesta de las del verano pasado, estando
cerradas las ventanas, y yo cogiendo el aire debajo de la cama del uno
dellos, el poeta se comenzó á quejar lastimosamente de su fortuna; y
preguntándole el matemático de qué se quejaba, respondió que de su
corta suerte. ¿Cómo, y no será razon que me queje, prosiguió, que
habiendo yo guardado lo que Horacio manda en su _Poética_, que no salga
á luz la obra que despues de compuesta no hayan pasado diez años por
ella, y que tenga yo una de veinte años de ocupacion y doce de pasante:
grande en el sujeto, admirable y nueva en la invencion, grave en el
verso, entretenida en los episodios, maravillosa en la division, porque
el principio responde al medio y al fin, de manera que constituyen
el poema alto, sonoro, heróico, deleitable y sustancioso, y que con
todo esto no hallo un príncipe á quien dirigirle? ¡Príncipe, digo, que
sea inteligente, liberal y magnánimo! ¡Mísera edad y depravado siglo
nuestro! ¿De qué trata el libro? preguntó el alquimista. Respondió el
poeta: Trata de lo que dejó de escribir el arzobispo Turpin del rey
Artus de Ingalaterra, con otro suplemento de la historia de la demanda
del santo Grial, y todo en verso heróico, parte en octava y parte en
verso suelto; pero todo esdrújulamente, digo, en esdrújulos de nombres
sustantivos, sin admitir verbo alguno. Á mí, respondió el alquimista,
poco se me entiende de poesía; y así no sabré poner en su punto la
desgracia de que vuesa merced se queja, puesto que, aunque fuera mayor,
no se igualaba á la mia, que es que por faltarme instrumento ó un
príncipe que me apoye, y me dé á la mano los requisitos que la ciencia
de la alquimia pide, no estoy ahora manando en oro, y con mas riquezas
que los Midas, que los Crasos y Cresos. ¿Ha hecho vuesa merced, dijo
á esta sazon el matemático, señor alquimista, la esperiencia de sacar
plata de otros metales? Yo, respondió el alquimista, no la he sacado
hasta ahora; pero realmente sé que se saca, y á mí no me faltan dos
meses para acabar la piedra filosofal, con que se puede hacer plata
y oro de las mismas piedras. Bien han exagerado vuesas mercedes sus
desgracias, dijo á esta sazon el matemático; pero al fin, el uno tiene
libro que dirigir, y el otro está en potencia propincua de sacar la
piedra filosofal, con que quedará tan rico como lo han quedado todos
aquellos que han seguido este rumbo; mas ¿qué diré yo de la mia,
que es tan sola, que no tiene dónde arrimarse? Veinte y dos años ha
que ando tras hallar el punto fijo, y aquí lo dejo, y allí lo tomo,
y pareciéndome que ya lo he hallado, y que no se me puede escapar
en ninguna manera, cuando no me cato me hallo tan léjos dél, que me
admiro: lo mismo me acaece con la cuadratura del círculo, que he
llegado tan al remate de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no
la tengo ya en la faldriquera; y así es mi pena semejante á las de
Tántalo, que está cerca del fruto, y muere de hambre; y propincuo al
agua, y perece de sed: por momentos pienso dar en la coyuntura de la
verdad, y por minutos me hallo tan léjos della, que vuelvo á subir el
monte que acabé de bajar con el canto de mi trabajo á cuestas, como
otro nuevo Sísifo.
»Habia hasta este punto guardado silencio el arbitrista, y aquí le
rompió diciendo: Cuatro quejosos, tales que lo pueden ser del Gran
Turco, ha juntado en este hospital la pobreza, y reniego yo de oficios
y ejercicios que ni entretienen ni dan de comer á sus dueños: yo,
señores, soy arbitrista, y he dado á su Majestad en diferentes tiempos
muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho suyo y sin daño del
reino, y ahora tengo hecho un memorial donde le suplico me señale
persona con quien comunique un nuevo arbitrio que tengo, tal que ha
de ser la total restauracion de sus empeños; pero por lo que me ha
sucedido con los otros memoriales, entiendo que este tambien ha de
parar en el carnero; mas, porque vuesas mercedes no me tengan por
mentecato, aunque mi arbitrio quede desde este punto público, le quiero
decir, que es este. Hase de pedir en Cortes que todos los vasallos de
su Majestad, desde la edad de catorce á sesenta años, sean obligados
á ayunar una vez en el mes á pan y agua, y esto ha de ser el dia que
se escogiere y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios
de fruta, carne y pescado, vino, huevos y legumbres, se han de gastar
aquel dia, se reduzga á dinero, y se dé á su Majestad sin defraudalle
un ardite, so cargo de juramento, y con esto en veinte años queda libre
de socaliñas y desempeñado, porque si se hace la cuenta, como yo la
tengo hecha, bien hay en España mas de tres millones de personas de
la dicha edad, fuera de los enfermos, mas viejos ó mas muchachos, y
ninguno destos dejará de gastar, y esto contado al menorete, cada dia
real y medio, y yo quiero que sea no mas de un real, que no puede ser
ménos, aunque coma alholvas. Pues ¿paréceles á vuesas mercedes que
seria barro tener cada mes tres millones de reales como ahechados? Y
esto ántes seria provecho que daño á los ayunantes, porque con el ayuno
agradarian al cielo y servirian á su rey, y tal podria ayunar que le
fuese conveniente para su salud. Este es el arbitrio limpio de polvo y
de paja, y podríase coger por parroquias sin costa de comisarios, que
destruyen la república. Riyéronse todos del arbitrio y del arbitrante,
y él tambien se riyó de sus disparates, y yo quedé admirado de haberlos
oido, y de ver que por la mayor parte los de semejantes humores venian
á morir en los hospitales.
CIPION. Tienes razon, Berganza: mira si te queda mas que decir.
BERGANZA. Dos cosas no mas, con que daré fin á mi plática, que ya me
parece que viene el dia. Yendo una noche mi mayor á pedir limosna en
casa del corregidor desta ciudad, que es un gran caballero y muy gran
cristiano, hallámosle solo, y parecióme á mí tomar ocasion de aquella
soledad para decille ciertos advertimientos que habia oido decir á
un viejo enfermo deste hospital acerca de cómo se podia remediar la
perdicion tan notoria de las mozas vagamundas, que por no servir dan
en malas, y tan malas, que pueblan los hospitales de los perdidos que
las siguen, plaga intolerable y que pedia presto y eficaz remedio: digo
que queriendo decírselo, alcé la voz, pensando que tenian habla, y en
lugar de pronunciar razones concertadas, ladré con tanta priesa y con
tan levantado tono, que enfadado el corregidor, dió voces á sus criados
que me echasen de la sala á palos, y un lacayo que acudió á la voz de
su señor, que fuera mejor que por entónces estuviera sordo, asió de
una cantimplora de cobre que le vino á la mano, y diómela tal en mis
costillas, que hasta ahora guardo las reliquias de aquellos golpes.
CIPION. ¿Y quéjaste deso, Berganza?
BERGANZA. Pues ¿no me tengo de quejar, si hasta ahora me duele, como he
dicho, y si me parece que no merecia tal castigo mi buena intencion?
CIPION. Mira, Berganza, nadie se ha de meter donde no lo llaman, ni
ha de querer usar del oficio que por ningun caso le toca: y has de
considerar que nunca el consejo del pobre, por bueno que sea, fué
admitido, ni el pobre humilde ha de tener presuncion de aconsejar á los
grandes y á los que piensan que se lo saben todo: la sabiduría en el
pobre está asombrada, que la necesidad y miseria son sombras y nubes
que la escurecen, y si acaso se descubre, la juzgan por tontedad, y la
tratan con menosprecio.
BERGANZA. Tienes razon, y escarmentando en mi cabeza, de aquí adelante
seguiré tus consejos. Entré asimismo otra noche en casa de una señora
principal, la cual tenia en los brazos una perrita destas que llaman de
falda, tan pequeña que se pudiera esconder en el seno, la cual cuando
me vió, saltó de los brazos de su señora, y arremetió á mí ladrando, y
con tan gran denuedo, que no paró hasta morderme de una pierna. Volvíla
á mirar con respeto y con enojo, y dije entre mí: si yo os cogiera,
animalejo ruin, en la calle, ó no hiciera caso de vos, ó os hiciera
pedazos entre los dientes. Consideré en ella que hasta los cobardes y
de poco ánimo son atrevidos é insolentes cuando son favorecidos, y se
adelantan á ofender á los que valen mas que ellos.
CIPION. Una muestra y señal desa verdad que dices, nos dan algunos
hombrecillos que á la sombra de sus amos se atreven á ser insolentes;
y si acaso la muerte ó otro accidente de fortuna derriba el árbol
donde se arriman, luego se descubre y manifiesta su poco valor, porque
en efecto no son de mas quilates sus prendas que los que les dan sus
dueños y valedores: la virtud y el buen entendimiento siempre es una,
y siempre es uno; desnudo ó vestido, solo ó acompañado no ha menester
apoyos ni necesita de amparos; por sí solo vale, sin que las grandes
dichas le ensoberbezcan, ni las adversidades les desanimen; bien es
verdad que puede padecer acerca de la estimacion de las gentes, mas no
en la realidad verdadera de lo que merece y vale. Y con esto pongamos
fin á esta plática, que la luz que entra por estos resquicios muestra
que es muy entrado el dia, y esta noche que viene, si no nos ha dejado
este grande beneficio de la habla, será la mia para contarte mi vida.
BERGANZA. Sea así, y mira que acudas á este mismo puesto, que yo fio
en el cielo que nos ha de conservar el habla para decir las muchas
verdades que ahora se nos quedan por falta de tiempo.
* * * * *
El acabar el coloquio el licenciado, y el despertar el alférez, fué
todo á un tiempo, y el licenciado dijo:
--Aunque este coloquio sea fingido, y nunca haya pasado, paréceme que
está tan bien compuesto, que puede el señor alférez pasar adelante
con el segundo.
--Con ese parecer, respondió el alférez, me animaré y dispondré á
escribille, sin ponerme mas en disputas con vuesa merced, si hablaron
los perros ó no.
Á lo que dijo el licenciado:
--Señor alférez, no volvamos mas á esa disputa; yo alcanzo el
artificio del coloquio y la invencion, y basta: vámonos al Espolon
á recrear los ojos del cuerpo, pues ya he recreado los del
entendimiento.
--Vamos en buen hora, dijo el alférez.
Y con esto se fueron.
LA TIA FINGIDA.
Pasando por cierta calle de Salamanca dos estudiantes, manchegos y
mancebos, mas amigos del baldeo y rodancho[3] que de Bartolo y Baldo,
vieron en una ventana de una casa y tienda de carne[4] una celosía,
y pareciéndoles novedad, porque la gente de la tal casa si no se
descubria y apregonaba no se vendia, queriéndose informar del caso,
deparóles su diligencia un oficial vecino, pared en medio, el cual les
dijo:
--Señores, habrá ocho dias que vive en esta casa una señora forastera,
medio beata y de mucha austeridad: tiene consigo una doncella de
estremado parecer y brio, que dicen ser su sobrina: sale con un
escudero y dos dueñas; y segun he juzgado, es gente granada y de
gran recogimiento. Hasta ahora no he visto entrar persona alguna de
la ciudad ni de fuera á visitallas, ni sabré decir de dónde vinieron
á Salamanca; mas lo que sé es que la moza es hermosa y honesta al
parecer, y que el fausto y la autoridad de la tia no es de gente pobre.
La relacion que dió el vecino oficial á los estudiantes les puso
codicia de dar cima á aquella aventura; porque siendo pláticos en
la ciudad, y deshollinadores de cuantas ventanas tenian albahacas
con tocas, en toda ella no sabian que tal tia y sobrina hubiese, que
hospedaran cursantes en su universidad, principalmente que viniesen á
vivir á semejante calle, en la cual, por ser de tan buen peaje, siempre
se habia vendido tinta aunque no de la fina; que hay casas, así en
Salamanca como en otras ciudades, que llevan de suelo vivir siempre en
ellas mujeres cortesanas, ó por otro nombre trabajadoras ó enamoradas.
Eran ya casi las doce del dia, y la dicha casa estaba cerrada por
fuera, de lo que coligieron, ó que no comian en ella sus moradoras,
ó que vendrian con brevedad; y no les salió vana su presuncion,
porque á poco rato vieron venir una reverenda matrona, con unas
tocas blancas como la nieve, mas largas que sobrepelliz de canónigo
portugues, plegadas sobre la frente con su ventosa, y con un gran
rosario al cuello de cuentas sonadoras, tan grandes como las de
Santinuflo, que á la cintura le llegaba: manto de seda y lana,
guantes blancos y nuevos sin vuelta, y un báculo ó junco de las
Indias, con su remate de plata. De la mano izquierda la traia un
escudero de los del tiempo de Fernan Gonzalez, con su sayo de
velludo, ya sin vello, su martingala de escarlata, sus borceguíes
bejeranos, capa de fajas, gorra de Milan, con su bonete de aguja,
porque era enfermo de vaguidos, y sus guantes peludos, con su tahalí
y espada navarrisca. Delante venia su sobrina, moza al parecer de
diez y ocho años, de rostro mesurado y grave, mas aguileño que
redondo, los ojos negros, rasgados y al descuido adormecidos, cejas
tiradas y bien compuestas, pestañas largas, y encarnada la color
del rostro: los cabellos rubios y crespos por artificio, segun se
descubrian por las sienes; saya de burriel fino, ropa justa de
contray ó frisado, los chapines de terciopelo negro, con sus clavetes
y rapacejos de plata bruñida; guantes olorosos, y no de polvillo,
sino de ámbar. El ademan era grave, el mirar honesto, el paso airoso
y de garza. Mirada por partes parecia muy bien, y en el todo mucho
mejor; y aunque la condicion é inclinacion de los dos manchegos era
la misma que la de los cuervos nuevos, que á cualquier carne se
abaten, vista la de la nueva garza, se abatieron á ella con todos
sus cinco sentidos, quedando suspensos y enamorados de tal donaire y
belleza; que esta prerogativa tiene la hermosura, aunque sea cubierta
de sayal. Venian detras dos dueñas de honor, vestidas á la traza del
escudero.
Con todo este estruendo llegó la buena señora á su casa, y abriendo
el buen escudero la puerta, se entraron en ella: bien es verdad que
al entrar, los estudiantes derribaron sus bonetes, con estraordinario
modo de crianza y respeto mezclado de aficion, plegando sus rodillas
é inclinando sus ojos, como si fueran los mas benditos y corteses
hombres del mundo. Atrancáronse las señoras: quedáronse los señores
en la calle, pensativos y medio enamorados, dando y tomando
brevemente en lo que hacer debian, creyendo sin duda que pues aquella
gente era forastera, no habria venido á Salamanca á aprender leyes,
sino á quebrantarlas. Acordáronse pues en darle una música la noche
siguiente; que este es el primer servicio que á sus damas hacen los
estudiantes pobres.
Fuéronse luego á dar finiquito á su pobreza, que era una tenue
porcion, y comidos que fueron, convocaron á sus amigos, juntaron
guitarras é instrumentos, previnieron músicos, y fuéronse á un poeta
de los que sobran en aquella ciudad, al cual rogaron que sobre el
nombre de Esperanza, que así se llamaba la de sus vidas, pues ya por
tal la tenian, fuese servido de componerles alguna letra para cantar
aquella noche; mas que en todo caso incluyese en la composicion el
nombre de Esperanza. Encargóse deste cuidado el poeta, y en poco
rato, mordiéndose los labios y las uñas, y rascándose las sienes y la
frente, forjó un soneto, como le pudiera hacer un cardador ó peraile.
Diósele á los amantes; contentóles, y acordaron que el mismo autor se
le fuese diciendo á los músicos, porque no habia lugar de tomallo de
memoria.
Llegóse en esto la noche; y en la hora acomodada para la solemne
fiesta juntáronse nueve matantes de la Mancha y cuatro músicos de
voz y guitarra, un salterio, una arpa, una bandurria, doce cencerros
y una gaita zamorana, treinta broqueles y otras tantas cotas, todo
repartido entre una tropa de paniaguados, ó por mejor decir, de
panivinajes. Con toda esta procesion y estruendo llegaron á la calle
y casa de la señora, y en entrando por ella sonaron los crueles
cencerros con tal ruido, que puesto que la noche habia ya pasado
el filo, y todos los vecinos y moradores estaban de dos dormidas,
como gusanos de seda, no les fué posible dormir mas sueño, ni quedó
persona en toda la vecindad que no despertase y á las ventanas se
pusiese. Sonó luego la gaita zamorana las gambetas, y acabó con el
esturdion, ya debajo de las ventanas de la dama. Luego al son de la
arpa, dictándolo el poeta su artífice, cantó el soneto un músico de
los que no se hacen de rogar, en voz acordada y suave, el cual decia
desta manera:
En esta calle yace mi Esperanza.
Á quien yo con el alma y cuerpo adoro
Esperanza de vida y de tesoro,
Pues no le tiene aquel que no la alcanza.
Si yo la alcanzo, tal será mi andanza
Que no invidie al frances, al indio, al moro:
Por tanto tu favor gallardo imploro,
Cupido, dios de toda dulce holganza:
Que aunque es esta Esperanza tan pequeña,
Que apénas tiene años diez y nueve,
Será quien la alcanzare un gran gigante.
Crezca el incendio, añádase la leña,
¡Oh Esperanza gentil! y quien se atreve
Á no ser en servicios vigilante.
Apénas se habia acabado de cantar este descomulgado soneto, cuando un
bellacon de los circunstantes, graduado _in utroque_, dijo á otro que
al lado tenia, con voz levantada y sonora:
--¡Voto á tal, que no he oido mejor estrambote en los dias de mi vida!
¡Ha visto usted aquel concordar de versos, aquel jugar del vocablo
con el nombre de la dama, y aquella invocacion de Cupido, y aquel
_gallardo_ tan bien encajado, y los años de la niña tan bien engeridos,
con aquella comparacion tan bien contrapuesta y traida de _pequeña_
á _gigante_! ¡Pues ya la maldicion ó imprecacion me digan, con aquel
admirable y sonoro vocablo de _leña_! ¡Juro á tal, que si conociera
al poeta que tal soneto compuso, que le habia de enviar mañana media
docena de chorizos que me trajo esta mañana el recuero de mi tierra!
Por sola la palabra chorizos se persuadieron los oyentes ser el que las
alabanzas decia estremeño sin duda, y no se engañaron; porque se supo
despues que era de un lugar de Estremadura que está junto á Jaraicejo;
y de allí adelante quedó en opinion de todos por hombre docto y versado
en el arte poética, solo por haberle oido desmenuzar tan en particular
el cantado y descomunal soneto.
Á todo lo cual se estaban las ventanas de la casa muy cerradas como su
madre las parió, de lo que no poco se desesperaban los dos esperantes
manchegos; pero con todo eso, al son de las guitarras segundaron á tres
voces con el siguiente romance, asimismo hecho aposta y por la posta
para el propósito.
Salid, Esperanza mia,
Á favorecer el alma
Que sin vos agonizando
Casi el cuerpo desampara.
Las nubes del temor frio
No cubran vuestra luz clara,
Que es mengua de vuestros soles
No rendir quien los contrasta.
En el mar de mis enojos
Tened tranquilas las aguas,
Si no quereis que el deseo
Dé al traves con la esperanza.
Por vos espero la vida
Cuando la muerte me mata,
Y la gloria en el infierno,
Y en el desamor la gracia.
Á este punto llegaban los músicos con el romance, cuando sintieron
abrir la ventana y ponerse á ella una de las dueñas que aquel dia
habian visto, la cual les dijo con una voz afilada y pulida:
--Señores, mi señora doña Claudia de Astudillo y Quiñones, suplica á
vuesas mercedes la reciba tan señalada, que se vayan á otra parte á
dar esa música, por escusar el escándalo y mal ejemplo que se da á la
vecindad, respeto de tener en su casa una sobrina doncella, que es mi
señora Doña Esperanza de Torralva, Menéses y Pacheco, y no le estar
bien á su profesion y estado que semejantes cosas se hagan á su puerta
y á tales horas, que de otra suerte y por otro estilo y con ménos
escándalo la podrá recebir de ustedes.
Á lo cual respondió uno de los dos pretendientes:
--Hacedme regalo y merced, señora dueña, de decir á mi señora Doña
Esperanza de Torralva, Menéses y Pacheco, que se ponga en esa ventana,
que la quiero decir solas dos palabras, que son de su manifiesta
utilidad y servicio.
--¡Huy! ¡huy! dijo la dueña: ¡en eso por cierto está mi señora Doña
Esperanza! Sepa, señor mio, que no es de las que piensa; porque es mi
señora muy principal, muy honesta, muy recogida, muy discreta, muy
leida y muy escribida; y no hará lo que usted la suplica, aunque la
cubriese de perlas.
Estando en este deporte y conversacion con la repulgada dueña del
_huy_ y de las _perlas_, venia por la calle gran tropel de gentes,
y creyendo los músicos y acompañamiento que era la justicia de la
ciudad, se hicieron todos una rueda, y recogieron en medio del
escuadron el bagaje de los músicos; y como llegase la justicia,
empezaron á repicar los broqueles y crujir las mallas, á cuyo son no
quiso la justicia danzar la danza de espadas de los hortelanos de la
fiesta del Córpus de Sevilla, sino que pasó adelante, por no parecer
á sus ministros, corchetes y porquerones aquella feria de ganancia.
Quedaron ufanos los bravos, y quisieron proseguir su comenzada
música, mas uno de los dueños de la máquina no quiso se prosiguiera,
si la señora Doña Esperanza no se asomase á la ventana, á la cual ni
aun la dueña se asomó por mas que la volvieron á llamar; de lo que
enfadados y corridos todos, quisieron apedrealle la casa y quebralle
la celosía, y darle una matraca ó cantaleta: condicion propia de
mozos en casos semejantes. Mas aunque enojados, volvieron á hacer la
refaccion de la música con algunos villancicos; volvió á sonar la
gaita y el enfadoso y brutal son de los cencerros, con el cual ruido
acabaron su serenata.
Casi al alba seria cuando el escuadron se deshizo, mas no el enojo que
los manchegos tenian, viendo lo poco que habia aprovechado su música;
con el cual se fueron á casa de cierto caballero amigo suyo, de los que
llaman generosos en Salamanca, y se sientan en cabecera de banco, el
cual era mozo, rico, gastador, músico, enamorado, y sobre todo amigo
de valientes, al cual le contaron muy por estenso su suceso sobre la
belleza, donaire, brio y gracia de la doncella, juntamente con la
gravedad y fausto de la tia, y el poco ó ningun remedio que esperaban
para gozarla; pues el de la música, que era el primero y el postrer
servicio que ellos podian hacerla, no les habia aprovechado ni servido
de mas que indignarla, con el disfame de la vecindad. El caballero
pues, que era de los de campo traves, no tardó mucho en ofrecerles que
él la conquistaria para ellos, costase lo que costase; y luego aquel
mismo dia envió un recado, tan largo como comedido, á la señora Doña
Claudia, ofreciendo á su servicio la persona, la vida, la hacienda y su
favor. Informóse del paje la astuta Claudia de la calidad y condiciones
de su señor, de su renta, de su inclinacion y de sus entretenimientos y
ejercicios, como si le hubiera de tomar por verdadero yerno; y el paje,
diciendo la verdad, le retrató de suerte que ella quedó medianamente
satisfecha, y envió con él la dueña del _huy_ con la respuesta, no
ménos larga y comedida que habia sido la embajada.