Entró la dueña, recebióla el caballero cortésmente, sentóla junto á

sí en una silla, y dióla un lenzuelo de encajes con que se quitase

el sudor, porque venia algo fatigadilla del camino; y ántes que le

dijese palabra del recado que traia, hizo que la sacasen una caja

de mermelada, y él por su mano le cortó dos buenas postas della,

haciéndola enjugar los dientes con dos buenos pares de tragos de vino

del santo, con lo cual quedó hecha una amapola, y mas contenta que si

la hubiesen dado una canongía.

Propuso luego su embajada con sus torcidos, repulgados y acostumbrados

vocablos, y concluyó con una muy forjada mentira, cual fué que su

señora Doña Esperanza de Torralva, Menéses y Pacheco estaba tan pulcela

como su madre la parió; mas que con todo eso no habria para su merced

puerta de su señora cerrada. Respondióla el caballero que todo cuanto

le habia dicho del merecimiento, valor, hermosura, recogimiento y

principalidad, por hablar á su modo, de su ama lo creia; pero que

aquello del pulcelaje se le hacia algo durillo; por lo cual le rogaba

que en este punto le declarase la verdad de lo que sabia, y que la

juraba á fe de caballero, que si le desengañaba, le daria un manto

de seda de los de cinco en pua. No fué menester con esta promesa dar

otra vuelta al cordel del ruego, ni atezarle los garrotes para que

la melindrosa dueña confesase la verdad, la cual era, por el paso en

que estaba y por el de la hora de su postrimería, que su señora Doña

Esperanza de Torralva, Menéses y Pacheco estaba de tres mercados, ó

por mejor decir, de tres ventas, añadiendo el cómo y en cuánto, el

con quién y en dónde, con otras mil circunstancias, con que quedó D.

Félix, que así se llamaba el caballero, satisfecho de todo cuanto

saber queria; y acabó con ella que aquella misma noche le encerrase en

casa, donde queria hablar á solas con la Esperanza, sin que lo supiese

la tia. Despidióla con buenas palabras y ofrecimientos que llevase

á sus amas, y dióla en dinero cuanto pudiese costar el negro manto.

Tomó la órden que tendria para entrar aquella noche en la casa, con lo

cual la dueña se fué loca de contenta, y él quedó pensando en su idea

y aguardando la noche, que le pareció tardaba mil años, segun deseaba

verse con aquellas compuestas fantasmas.

Llegó el plazo, que ninguno hay que no llegue, y hecho un S. Jorge, sin

amigo ni criado, se fué D. Félix donde halló que la dueña le esperaba,

y abriendo la puerta, le entró en casa con mucho tino y silencio, y le

puso en el aposento de su señora Esperanza, tras las cortinas de su

cama, encargándole no hiciese ningun ruido, porque ya la señora Doña

Esperanza sabia que estaba allí, y que sin que su tia lo supiese, á

persuasion suya queria darle todo contento; y apretándole la mano en

señal de palabra de que así lo haria, se salió la dueña y D. Félix se

quedó tras la cama de su Esperanza, esperando en qué habia de parar

aquel embuste ó enredo.

Serian las nueve de la noche cuando entró á esconderse D. Félix, y en

una sala conjunta á este aposento estaba la tia sentada en una silla

baja de espaldas, la sobrina en un estrado frontero, y en medio un gran

brasero de lumbre. La casa puesta ya en silencio, el escudero acostado,

la otra dueña retirada y dormida, sola la sabedora del negocio estaba

en pié y solicitando que su señora la vieja se acostase, afirmando que

las nueve que el reloj habia dado eran las diez, muy deseosa de que sus

conciertos viniesen á efecto, segun su señora la moza y ella lo tenian

ordenado, cuales eran: que sin que la Claudia lo supiese, todo aquello

que D. Félix diese fuese para ellas solas, sin que tuviese que ver ni

haber en ello la vieja, la cual era tan mezquina y avara, y tan señora

de lo que la sobrina ganaba y adquiria, que jamas le daba un solo real

para comprar lo que estraordinariamente hubiese menester; pensando

sisalle este contribuyente, de los muchos que esperaban tener andando

el tiempo. Pero aunque sabia la dicha Esperanza que D. Félix estaba en

casa, no sabia la parte secreta donde estaba escondido. Convidada pues

del mucho silencio de la noche y de la comodidad del tiempo, dióle gana

de hablar á Claudia, y así en medio tono comenzó á decir á la sobrina

en esta guisa.

--Muchas veces te he dicho, Esperanza mia, que no se te pasen de

la memoria los consejos, documentos y advertencias que te he dado

siempre, los cuales, si los guardas, como debes y me has prometido, te

servirán de tanta utilidad y provecho cuanto la mesma esperiencia y

tiempo, que es maestro de todas las cosas, te lo darán á entender. No

pienses que estamos en Plasencia, de donde eres natural; ni en Zamora,

donde comenzaste á saber qué cosa es mundo; ni ménos estamos en Toro,

donde diste el tercer esquilmo de tu fertilidad, las cuales tierras

son habitadas de gente buena y llana, sin malicia ni recelo, y no tan

intricada ni versada en bellaquerías y diabluras como en la que hoy

estamos. Advierte, hija mia, que estás en Salamanca, que es llamada

en todo el mundo madre de las ciencias, y que de ordinario cursan en

ella y habitan diez ó doce mil estudiantes, gente moza, antojadiza,

arrojada, libre, aficionada, gastadora, discreta, diabólica y de humor.

Esto es en lo general; pero en lo particular, como todos por la mayor

parte son forasteros y de diferentes partes y provincias, no todos

tienen unas mesmas condiciones. Porque los vizcaínos, aunque son pocos,

es gente corta de razones; pero si se pican de una mujer, son largos

de bolsa. Los manchegos son gente avalentonada, de los de Cristo me

lleve, y llevan ellos el amor á mojicones. Hay aquí tambien una masa de

aragoneses, valencianos y catalanes: tenlos por gente pulida, olorosa,

bien criada y mejor aderezada; mas no los pidas mas, y si mas quieres

saber, sábete, hija, que no saben de burlas: porque son, cuando se

enojan con una mujer, algo crueles y no de buenos hígados.

»Á los castellanos nuevos tenlos por nobles de pensamientos, y que si

tienen dan, y por lo ménos, si no dan no piden. Los estremeños tienen

de todo, como boticarios, y son como la alquimia, que si llega á plata

lo es, y si á cobre, cobre se queda. Para los andaluces, hija, hay

necesidad de tener quince sentidos, no que cinco; porque son agudos y

perspicaces de ingenio, astutos, sagaces, y no nada miserables. Los

gallegos no se colocan en predicamento, porque no son álguien. Los

asturianos son buenos para el sábado, porque siempre traen á casa

grosura y mugre. Pues ya los portugueses es cosa larga de pintarse sus

condiciones y propiedades; porque como son gente enjuta de cerebro,

cada loco con su tema; mas la de casi todos es que puedes hacer cuenta

que el mismo amor vive en ellos envuelto en lacería.

»Mira pues, Esperanza, con qué variedad de gentes has de tratar, y si

será necesario, habiéndote de engolfar en un mar de tantos bajios, que

te señale yo y enseñe un norte por donde te guies y rijas, porque no

dé al traves el navío de nuestra intencion y pretensa, y echemos al

agua la mercadería de mi nave, que es tu gentil y gallardo cuerpo, tan

dotado de gracia, donaire y garabato para cuantos dél toman envidia.

»Advierte, niña, que no hay maestro en toda esta universidad que sepa

tan bien leer en su facultad, como yo sé y puedo enseñarte en esta arte

mundanal que profesamos; pues así por los muchos años que he vivido en

ella y por ella, como por las muchas esperiencias que he hecho, puedo

ser jubilada. Y aunque lo que ahora te quiero decir es parte del todo

que otras muchas veces te he dicho, con todo eso quiero que me estés

atenta y me des grato oido; porque no todas veces lleva el marinero

tendidas las velas de su navío, ni todas las lleva cogidas, pues segun

el viento tal es el tiento.

Estaba á todo lo dicho la dicha niña Esperanza bajos los ojos y

escarbando el brasero con un cuchillo, inclinada la cabeza, y al

parecer muy contenta y obediente á cuanto le iba diciendo; pero no

contenta Claudia con esto, le dijo:

--Alza, niña, la cabeza, y deja de escarbar el fuego; clava y fija

en mí los ojos, no te duermas; que para lo que te quiero decir otros

cinco sentidos mas de los que tienes debieras tener para aprenderlo y

percebirlo.

Á lo cual replicó Esperanza:

--Señora tia, no se canse ni me canse en alargar y proseguir su

arenga, que ya me tiene quebrada la cabeza con las muchas veces que

me ha predicado y advertido de lo que me conviene y tengo de hacer;

no quiera ahora de nuevo volvérmela á quebrar. Mire ahora ¡qué mas

tienen los hombres de Salamanca que los de las otras tierras! ¿Todos

no son de carne y hueso? ¿Todos no tienen alma, con tres potencias y

cinco sentidos? ¿Qué importa que tengan algunos mas letras y estudios

que los otros? Antes imagino yo que los tales se ciegan y caen mas

presto que los otros, porque tienen mas entendimiento para conocer y

estimar cuánto vale la hermosura. ¿Hay mas que hacer que incitar al

tibio, provocar al casto, negarse al carnal, animar al cobarde, alentar

al corto, refrenar al presumido, despertar al dormido, convidar al

descuidado, escribir al ausente, alabar al necio, celebrar al discreto,

acariciar al rico, desengañar al pobre, ser ángel en la calle, santa en

la iglesia, hermosa en la ventana, honesta en la casa y demonio en la

cama?

»Todas estas cosas, señora tia, ya me las sé yo de coro: tráigame otras

nuevas que avisarme y advertirme, y déjelas para otra coyuntura, porque

le hago saber que toda me duermo, y no estoy para poderla escuchar. Mas

una sola cosa le quiero decir y le aseguro, para que dello esté muy

cierta y enterada, y es: que no me dejaré mas martirizar de su mano

por toda la ganancia que se me pueda ofrecer. Tres flores he dado ya,

y otras tantas las ha usted vendido, y tres veces he pasado insufrible

martirio. ¿Soy yo por ventura de bronce? ¿No tienen sensibilidad mis

carnes? ¿No hay mas sino dar puntadas en ellas como ropa descosida?

¡Por el siglo de mi madre, que no conocí, que no lo tengo mas de

consentir! Deje, señora tia, ya rebuscar mi viña: que á veces es

mas sabroso el rebusco que el esquilmo principal; y si todavía está

determinada que mi jardin se venda por entero y jamas tocado, busque

otro modo mas suave de cerradura para su postigo; porque el del sirgo y

aguja no hay pensar que llegue mas á mis carnes.

--¡Ay boba, boba, replicó la vieja Claudia, y qué poco sabes destos

achaques! No hay cosa que se iguale para este menester á la de la aguja

y sirgo encarnado; que todo lo demas es andar por las ramas. No vale

nada el zumaque y vidrio molido; vale mucho ménos la sanguijuela; la

mirra no es de algun provecho, ni la cebolla albarrana, ni el papo de

palomino, ni otros impertinentes menjurjes que hay, que todo es aire:

porque no hay rústico ya, que si tantico quiere estar en lo que hace,

no caiga en la cuenta de la moneda falsa. Vívame mi dedal y mi aguja, y

vívame juntamente tu paciencia y buen sufrimiento, y venga á embestirme

todo el género humano, que ellos quedarán engañados, tú con honra y yo

con hacienda y mas ganancia que la ordinaria.

--Yo confieso ser así, señora, lo que dice, replicó Esperanza, pero

con todo, estoy resuelta en mi determinacion, aunque se menoscabe mi

provecho. Cuanto y mas que en la tardanza de la venta está el perder

la ganancia que se puede adquirir abriendo tienda desde luego; que

si, como dice, hemos de ir á Sevilla para la venida de la flota, no

será razon que se nos pase el tiempo en flores, aguardando á vender la

mia cuarta vez, que ya está negra de puro marchita. Váyase á dormir,

señora, por mi vida, y piense en esto; y mañana habrá de tomar la

resolucion que mejor le pareciere, pues al cabo al cabo, habré de

seguir sus consejos, pues la tengo por madre y mas que madre.

Aquí llegaban en su plática la tia y la sobrina, la cual plática toda

la habia oido D. Félix, no poco admirado, cuando, sin ser poderoso para

escusarlo, comenzó á estornudar con tanta fuerza y ruido que se pudiera

oir en la calle.

Al cual se levantó D.ª Claudia, toda alborotada y confusa, y tomando la

vela entró en el aposento donde estaba la cama de Esperanza, y como si

se lo hubieran dicho, se fué derecha á la cama, y alzando las cortinas,

halló al señor caballero, empuñada la espada, calado el sombrero, muy

aferruzado el semblante y puesto á punto de guerra.

Así como le vió la vieja comenzó á santiguarse, diciendo:

--¡Jesus, valme! ¿Qué gran desventura y desdicha es esta? ¡Hombres

en mi casa, y en tal lugar y á tales horas! ¡Desdichada de mí!

¡Desventurada fuí yo! ¿Qué dirá quien lo supiese?

--Sosiéguese usted, mi señora Doña Claudia, dijo D. Félix, que yo no he

venido aquí por su deshonra y menoscabo, sino por su honor y provecho.

Soy caballero, rico y callado, y sobre todo enamorado de mi señora Doña

Esperanza; y para alcanzar lo que merecen mis deseos y aficion, he

procurado, por cierta negociacion secreta que usted sabrá algun dia,

ponerme en este lugar, no con otra intencion sino de ver y gozar desde

cerca de la que de léjos me ha hecho quedar sin vida. Y si esta culpa

merece alguna pena, en parte estoy y á tiempo somos donde y cuando se

me pueda dar: pues ninguna me vendrá de sus manos que yo no estime

por muy crecida gloria, ni podrá ser mas rigurosa para mí que la que

padezco de mis deseos.

--¡Ay sin ventura de mí, volvió á replicar Claudia, y á cuántos

peligros estamos espuestas las mujeres que vivimos sin maridos y sin

hombres que nos defiendan y amparen! Ahora sí que te echo de ménos,

malogrado de tí, D. Juan de Bracamonte, mal desdichado consorte

mio; que si tú fueras vivo, ni yo me viera en esta ciudad, ni en la

confusion y afrenta en que me veo. Usted, señor mio, sea servido luego

al punto de volverse por donde entró; y si algo quiere en esta casa de

mí ó de mi sobrina, desde afuera se podrá negociar con mas despacio,

con mas honra y con mas provecho y gusto.

--Para lo que yo quiero en la casa, replicó D. Félix, lo mejor que

ello tiene, señora mia, es estar dentro della; que la honra por mí no

se perderá; la ganancia está en la mano, que es el provecho; y por lo

que hace al gusto sé decir que no puede faltar. Y para que no sea todo

palabras, y que sean verdaderas estas mias, esta cadena de oro doy para

fiador dellas.

Y quitándose una buena cadena de oro del cuello, que pesaba cien

ducados, se la ponia en el suyo.

Á este punto, luego que vió tal oferta y tan cumplida parte de paga la

dueña del concierto, ántes que su ama respondiese ni la tomase, dijo:

--¿Hay príncipe en la tierra como este, ni papa, ni emperador,

ni cajero de mercader, ni perulero, ni aun canónigo, que haga tal

generosidad y largueza? Señora Doña Claudia, por vida mia, que no se

trate mas deste negocio, sino que se le eche tierra y haga luego todo

cuanto este señor quisiere.

--¿Estás en tu seso, Grijalva, que así se llamaba la dueña, estás en tu

seso, loca, desatinada? dijo Doña Claudia. ¿Y la limpieza de Esperanza,

su flor cándida, su pureza, su doncellez no tocada, así la habia yo de

aventurar y vender, sin mas ni mas, cebada de esa cadenilla? ¿Estoy yo

tan sin juicio que me tengo de encandilar de sus resplandores, ni atar

con sus eslabones, ni prender con sus ligamentos? ¡Por el siglo del

que pudre, que tal no será! Usted se vuelva á poner su cadena, señor

caballero, y mírenos con mejores ojos; y entienda que, aunque mujeres

solas, somos principales, y que esta niña está como su madre la parió,

sin que haya persona alguna en el mundo que pueda decir otra cosa; y si

contra esta verdad le hubiesen dicho alguna mentira, todo el mundo se

engaña, y al tiempo y la esperiencia doy por testigos.

--Calle, señora, dijo á esta sazon la Grijalva, que, ó yo sé poco,

ó que me maten si este señor no sabe toda la verdad del hecho de mi

señora la moza.

--¿Qué ha de saber, desvergonzada, qué ha de saber? replicó Claudia.

¿No sabeis vos la limpieza de mi sobrina?

--Por cierto bien limpia estoy, dijo entónces Esperanza, que estaba en

medio del aposento, medio embobada y suspensa, viendo lo que pasaba

sobre su cuerpo; y tan limpia que no ha una hora que con todo este frio

me vestí una camisa limpia.

--Esté usted como estuviere, dijo D. Félix, que solo por la muestra del

paño que he visto no saldré de la tienda sin comprar toda la pieza; y

porque no se me deje de vender por melindre ó ignorancia, sepa, señora

Claudia, que he oido toda la plática ó sermon que acaba de hacer á la

niña, y que quisiera yo ser el primero que esquilmara este majuelo, ó

vendimiara esta viña, aunque se añadieran á esta cadena unos zarcillos

de oro y unas esposas de diamantes. Y pues estoy tan al cabo de esta

verdad, y tengo tan buena prenda, ya que no se estima la que doy ni la

que tiene mi persona, úsese de mejor término conmigo, que será justo,

con protestacion y juramento que por mí nadie sabrá en el mundo el

rompimiento desta muralla, sino que yo seré el pregonero de su entereza

y bondad.

--Ea, dijo entónces la Grijalva, buen pro, buen pro le haga, para en

uno son, yo los junto y los bendigo.

Y tomando de la mano de la niña, se la acomodaba á D. Félix: de lo cual

se encolerizó tanto la vieja, que quitándose un chapin, comenzó á dar

á la Grijalva como en real de enemigos; la cual viéndose maltratar,

echó mano de las tocas de Claudia, y no la dejó pedazo en la cabeza,

descubriendo la buena señora una calva mas lucia que la de un fraile,

y un pedazo de cabellera postiza que le colgaba por un lado, con que

quedó la mas fea y abominable catadura del mundo. Viéndose maltratar

así de su criada, comenzó á dar grandes alaridos y voces, apellidando

á la justicia; y al primer grito, como si fuera cosa de encantamento,

entró por la sala el corregidor de la ciudad, con mas de veinte

personas, entre acompañados y corchetes: el cual, habiendo tenido

soplo de las personas que en aquella casa vivian, determinó visitallas

aquella noche, y habiendo llamado á la puerta, no le oyeron, como

estaban embebecidas en sus pláticas, y los corchetes con dos palancas,

de que de noche andan cargados para semejantes efectos, desquiciaron

la puerta, y subieron tan queditos, que no fueron sentidos; y desde

el principio de los documentos de la tia, hasta la pendencia de la

Grijalva estuvo oyendo el corregidor sin perder un punto; y así, cuando

entró dijo:

--Descomedida andais con vuestra ama, señora criada.

--¡Y cómo si anda descomedida esta bellaca, señor corregidor, dijo

Claudia, pues se ha atrevido á poner las manos do jamas han llegado

otras algunas desde que Dios me arrojó á este mundo!

--Bien decís que os arrojó, dijo el corregidor, porque vos no sois

buena sino para arrojada. Cubríos, honrada, y cúbranse todas, y

vénganse á la cárcel.

--¡Á la cárcel, señor! ¿Por qué? dijo Claudia. ¿Á las personas de mi

calidad y estofa úsase en esta tierra tratallas desta manera?

--No deis mas voces, señora, que habeis de venir sin duda, mal que os

pese, y con vos esta señora colegial trilingüe en el desfrute de su

heredad.

--Que me maten, dijo la Grijalva, si el señor corregidor no lo ha oido

todo; que aquello de las tres pringües, por lo de Esperanza lo ha dicho.

Llegóse en esto D. Félix y habló aparte al corregidor, suplicándole no

la llevase, que él las tomaba en fiado, mas no pudieron aprovechar con

él los ruegos, ni ménos las promesas.

Empero quiso la suerte que entre la gente que acompañaba al corregidor

venian los dos estudiantes manchegos, y se hallaron presentes á toda

esta historia; y viendo lo que pasaba, y que en todas maneras habian

de ir á la cárcel Esperanza, Claudia y la Grijalva, en un instante se

concertaron entre sí en lo que habian de hacer; y sin ser sentidos se

salieron de la casa, y se pusieron en cierta calle tras canton por

donde habian de pasar las presas, con seis amigos de su traza y que

luego les deparó su buena ventura, á quienes rogaron les ayudasen en

un hecho de importancia contra la justicia del lugar, para cuyo efecto

los hallaron mas prontos y listos que si fuera para ir á algun solemne

banquete.

De allí á poco asomó la justicia con las prisioneras, y ántes que

llegasen, pusieron mano los estudiantes con tal brio y denuedo, que

á poco rato no les esperó porqueron en la calle, si bien no pudieron

librar mas que á la Esperanza: porque así como los corchetes vieron

trabada la pelea, los que llevaban á Claudia y á la Grijalva se fueron

con ellas por otra calle, y las pusieron en la cárcel. El corregidor,

corrido y afrentado, se fué á su casa, D. Félix á la suya, y los

estudiantes á su posada. Y queriendo el que habia quitado á Esperanza á

la justicia gozarla aquella noche, el otro no lo quiso consentir, ántes

le amenazó de muerte si tal hiciese.

¡Oh milagros del amor! ¡Oh fuerzas poderosas del deseo! Digo esto,

porque viendo el estudiante de la presa que el otro su compañero con

tanto ahinco y veras le prohibia el gozalla, sin hacer otro discurso, y

sin mirar cuál le estaba lo que queria hacer, dijo:

--Ahora pues, ya que vos no consentís que yo goce á la que tanto me ha

costado, y no quereis que por amiga me entregue en ella, á lo ménos no

me podréis negar que como á mujer legítima no me la habeis, ni podeis,

ni debeis quitar.

Y volviendo á la moza, á quien de la mano no habia dejado, le dijo:

--Esta mano, que hasta aquí os he dado, señora de mi alma, como

defensor vuestro, ahora, si vos quereis, os la doy como legítimo esposo

y marido.

La Esperanza, que de mas bajo partido fuera contenta, al punto que

vió el que se la ofrecia, dijo que sí y que resí, no una, sino muchas

veces, y abrazóle como á su señor y marido. El compañero, admirado de

ver tan estraña resolucion, sin decirles nada se quitó de delante y se

fué á su aposento. El desposado, temeroso de que sus amigos y conocidos

le estorbasen el fin de su deseo y le impidiesen el casamiento, que

aun no estaba hecho con las debidas circunstancias, aquella misma

noche se fué al meson donde posaba el arriero de su tierra. Quiso la

buena suerte de Esperanza que el tal arriero se partia al otro dia por

la mañana, con el cual se fueron; y segun se dijo, llegó á casa de

su padre, donde le dió á entender que aquella señora que allí traia

era hija de un caballero principal; y que la habia sacado de casa de

su padre, dándole palabra de casamiento. Era el padre viejo, y creyó

fácilmente cuanto le decia el hijo; y viendo la buena cara de la nuera,

se tuvo por mas que satisfecho, y alabó como mejor supo la buena

determinacion de su hijo.

No le sucedió así á Claudia, porque se le averiguó por su misma

confesion, que la Esperanza no era su sobrina ni parienta, sino una

niña á quien habia tomado de la puerta de una iglesia, y que á ella y

á otras, que en su poder habia tenido, las habia vendido por doncellas

muchas veces á diferentes personas, y que desto se mantenia y esto

tenia por oficio y ejercicio. Averiguósele tambien tener sus puntas de

hechicera, por cuyos delitos el corregidor la sentenció á cuatrocientos

azotes y á estar en una escalera, con una jaula y coroza en medio de

la plaza; que fué el mejor dia que aquel año tuvieron los muchachos de

Salamanca.

Súpose luego el casamiento del estudiante; y aunque algunos escribieron

á su padre la verdad del caso y la calidad de la nuera, ella se habia

dado con su astucia y discrecion tan buena maña en contentar y servir

al viejo suegro, que aunque mayores males le dijeran della, no quisiera

haber dejado de alcanzarla por hija: tal fuerza tienen la discrecion y

la hermosura. Y tal fin y paradero tuvo la señora Claudia de Astudillo

y Quiñones, y tal le tengan todas cuantas su vida y proceder tuvieren.

Leipzig. -- En la imprenta de F. A. Brockhaus.

NOTAS

[1] La casa donde habitaban las prostitutas.

[2] Llevábanse á Génova muchos cuentos ó millones de reales.

[3] Florete y broquel.

[4] Donde solian vivir las mujeres públicas.

Novelas ejemplares · 第 41 / 41 段