mas sus chocarrerías, comenzó á enseñarme á bailar al son del atambor,
y hacer otras monerías tan ajenas de poder aprenderlas otro perro
que no fuera yo, como las oirás cuando te las diga: por acabarse el
distrito de la comision se marchaba poco á poco: no habia comisario
que nos limitase: el capitan era mozo, pero muy buen caballero y
gran cristiano: el alférez no habia muchos meses que habia dejado la
corte y el tinelo: el sargento era matrero y sagaz, y grande arriero
de compañías, desde donde se levantan hasta el embarcadero: iba la
compañía llena de rufianes churrulleros, los cuales hacian algunas
insolencias por los lugares do pasábamos, que redundaban en maldecir
á quien no lo merecia: ¡infelicidad del buen príncipe! ser culpado de
sus súbditos por la culpa de sus súbditos, á causa que los unos son
verdugos de los otros, sin culpa del señor, pues aunque quiera y lo
procure, no puede remediar estos daños, porque todas ó las mas cosas
de la guerra traen consigo aspereza, riguridad y desconveniencia. En
fin, en ménos de quince dias, con mi buen ingenio y con la diligencia
que puso el que habia escogido por patron, supe saltar por el rey de
Francia, y no saltar por la mala tabernera: enseñóme á hacer corvetas
como caballo napolitano, y andar á la redonda como mula de tahona,
con otras cosas, que si yo no tuviera cuenta en no adelantarme á
mostrarlas, pusiera en duda si era algun demonio en figura de perro el
que las hacia: púsome nombre del perro sabio, y no habíamos llegado
al alojamiento, cuando tocando su atambor, andaba por todo el lugar,
pregonando que todas las personas que quisiesen venir á ver las
maravillosas gracias y habilidades del perro sabio, en tal casa, ó en
tal hospital las mostraban á ocho ó á cuatro maravedís, segun era el
pueblo grande ó chico. Con estos encarecimientos no quedaba persona en
todo el lugar, que no me fuese á ver, y ninguno habia que no saliese
admirado y contento de haberme visto. Triunfaba mi amo con la mucha
ganancia, y sustentaba seis camaradas como unos reyes. La codicia y
la envidia despertó en los rufianes voluntad de hurtarme, y andaban
buscando ocasion para ello; que esto del ganar de comer holgando, tiene
muchos aficionados y golosos: por esto hay tantos titereros en España,
tantos que muestran retablos, tantos que venden alfileres y coplas, que
todo su caudal, aunque le vendiesen todo, no llega á poderse sustentar
un dia; y con esto los unos y los otros no salen de los bodegones y
tabernas en todo el año, por do me doy á entender que de otra parte,
que de la de sus oficios, sale la corriente de sus borracheras: toda
esta gente vagamunda, inútil y sin provecho, esponjas del vino y
gorgojos del pan.
CIPION. No mas, Berganza, no volvamos á lo pasado; sigue, que se va la
noche, y no querria que al salir del sol quedásemos á la sombra del
silencio.
BERGANZA. Tenle, y escucha. Como sea cosa fácil añadir á lo ya
inventado, viendo mi amo cuán bien sabia imitar el corcel napolitano,
hízome unas cubiertas de guadamacil, y una silla pequeña que me acomodó
en las espaldas, y sobre ella puso una figura liviana de un hombre con
una lancilla de correr sortija, y enseñóme á correr derechamente á
una sortija que entre dos palos ponia; y el dia que habia de correrla
pregonaba que aquel dia corria sortija el perro sabio, y hacia otras
nuevas y nunca vistas galanterías, las cuales de mi santiscario, como
dicen, las hacia, por no sacar mentiroso á mi amo. Llegámos pues
por nuestras jornadas contadas á Montilla, villa del famoso y gran
cristiano marqués de Priego, señor de la casa de Aguilar y de Montilla.
Alojaron á mi amo, porque él lo procuró, en un hospital: echó luego el
ordinario bando, y como ya la fama se habia adelantado á llevar las
nuevas de las habilidades y gracias del perro sabio, en ménos de una
hora se llenó el patio de gente. Alegróse mi amo viendo que la cosecha
iba de guilla, y mostróse aquel dia chocarrero en demasía. Lo primero
en que comenzaba la fiesta, era en los saltos que yo daba por un aro de
cedazo que parecia de cuba: conjurábame por las ordinarias preguntas,
y cuando él bajaba una varilla de mimbre que en la mano tenia, era
señal del salto, y cuando la tenia alta, de que me estuviese quedo. El
primero conjuro deste dia (memorable entre todos los de mi vida) fué
decirme: Ea, Gavilan amigo, salta por aquel viejo verde que tú conoces,
que se escabecha las barbas, y si no quieres, salta por la pompa y
aparato de Doña Pimpinela de Plafagonia, que fué compañera de la moza
gallega que servia en Valdeastillas. ¿No te cuadra el conjuro, hijo
Gavilan? pues salta por el bachiller Pasillas, que se firma licenciado
sin tener grado alguno. ¡Oh! perezoso estás; ¿por qué no saltas? pero
ya entiendo y alcanzo tus marrullerías: ahora salta por el licor de
Esquivias, famoso al par del de Ciudad-Real, San Martin y Ribadavia.
Bajó la varilla, y salté yo, y noté sus malas entrañas. Volvióse luego
al pueblo, y en voz alta dijo: No piense vuesa merced, senado valeroso,
que es cosa de burla lo que este perro sabe: veinte y cuatro piezas le
tengo enseñadas, que por la menor dellas volaria un gavilan: quiero
decir, que por ver la menor se puede caminar treinta leguas: sabe
bailar la zarabanda y chacona mejor que su inventora misma: bébese
una azumbre de vino sin dejar gota: entona un sol, fa, mi, re, tan
bien como un sacristan: todas estas cosas y otras muchas que me quedan
por decir, las irán viendo vuesas mercedes en los dias que estuviere
aquí la compañía, y por ahora dé otro salto nuestro sabio, y luego
entraremos en lo grueso. Con esto suspendió al auditorio, que habia
llamado senado, y les encendió el deseo de no dejar de ver todo lo que
yo sabia. Volvióse á mí mi amo, y dijo: Volved, hijo Gavilan, y con
gentil agilidad y destreza deshaced los saltos que habeis hecho; pero
ha de ser á devocion de la famosa hechicera, que dicen que hubo en este
lugar. Apénas hubo dicho esto, cuando alzó la voz la hospitalera, que
era una vieja, al parecer, de mas de sesenta años, diciendo: Bellaco,
charlatan, embaidor y hijo de puta, aquí no hay hechicera alguna: si
lo decís por la Camacha, ya ella pagó su pecado, y está donde Dios se
sabe: si lo decís por mí, chocarrero, ni yo soy ni he sido hechicera
en mi vida; y si he tenido fama de haberlo sido, merced á los testigos
falsos y á la ley del encaje, y al juez arrojadizo y mal informado: ya
sabe todo el mundo la vida que hago en penitencia, no de los hechizos
que no hice, sino de otros muchos pecados, ó otros que como pecadora
he cometido: así que, socarron tamborilero, salid del hospital; si no,
por vida de mi santiguada que os haga salir mas que de paso: y con
esto comenzó á dar tantos gritos, y á decir tantas y tan atropelladas
injurias á mi amo, que le puso en confusion y sobresalto: finalmente,
no dejó que pasase adelante la fiesta en ningun modo. No le pesó á mi
amo del alboroto, porque se quedó con los dineros, y aplazó para otro
dia y en otro hospital lo que en aquel habia faltado. Fuése la gente
maldiciendo á la vieja, añadiendo al nombre de hechicera el de bruja, y
el de barbuda sobre vieja. Con todo esto, nos quedámos en el hospital
aquella noche, y encontrándome la vieja en el corral solo, me dijo:
¿Eres tú, hijo, Montiel? ¿eres tú, por ventura, hijo? Alcé la cabeza, y
miréla muy despacio: lo cual visto por ella, con lágrimas en los ojos
se vino á mí, y me echó los brazos al cuello, y si la dejara, me besara
en la boca; pero tuve asco, y no lo consentí.
CIPION. Bien hiciste, porque no es regalo, sino tormento el besar ni
dejar besarse de una vieja.
BERGANZA. Esto que ahora te quiero contar, te lo habia de haber dicho
al principio de mi cuento, y así escusáramos la admiracion que nos
causó el vernos con habla; porque has de saber que la vieja me dijo:
Hijo Montiel, vente tras mí, y sabrás mi aposento, y procura que esta
noche nos veamos á solas en él, que yo dejaré abierta la puerta, y
sabe que tengo muchas cosas que decirte de tu vida y para tu provecho.
Bajé yo la cabeza en señal de obedecerla, por lo cual ella se acabó de
enterar en que yo era el perro Montiel que buscaba, segun despues me lo
dijo. Quedé atónito y confuso, esperando la noche, por ver en lo que
paraba aquel misterio ó prodigio de haberme hablado la vieja; y como
habia oido llamarla de hechicera, esperaba de su vista y habla grandes
cosas. Llegóse en fin el punto de verme con ella en su aposento, que
era escuro, estrecho y bajo, y solamente claro con la débil luz de un
candil de barro, que en él estaba: atizóle la vieja, y sentóse sobre
una arquilla, y llegóme junto á sí, y sin hablar palabra me volvió á
abrazar, y yo volví á tener cuenta con que no me besase. Lo primero que
me dijo, fué:
»Bien esperaba yo en el cielo que ántes que estos mis ojos se cerrasen
con el último sueño te habia de ver, hijo mio, y ya que te he visto,
venga la muerte, y lléveme desta cansada vida: Has de saber, hijo, que
en esta villa vivió la mas famosa hechicera que hubo en el mundo, á
quien llamaron la Camacha de Montilla: fué tan única en su oficio, que
las Eritos, las Circes, las Medeas, de quien he oido decir que están
las historias llenas, no la igualaron: ella congelaba las nubes cuando
queria, cubriendo con ellas la faz del sol; y cuando se le antojaba,
volvia sereno el mas turbado cielo: traia los hombres en un instante
de lejas tierras: remediaba maravillosamente las doncellas que habian
tenido algun descuido en guardar su entereza: cubria á las viudas de
modo que con honestidad fuesen deshonestas: descasaba las casadas, y
casaba las que ella queria: por diciembre tenia rosas frescas en su
jardin, y por enero segaba trigo; esto de hacer nacer berros en una
artesa, era lo ménos que ella hacia, ni el hacer ver en un espejo,
ó en la uña de una criatura, los vivos ó los muertos que le pedian
que mostrase: tuvo fama que convertia los hombres en animales, y que
se habia servido de un sacristan seis años en forma de asno real y
verdaderamente, lo que yo nunca he podido alcanzar cómo se haga; porque
lo que se dice de aquellas antiguas magas, que convertian los hombres
en bestias, dicen los que mas saben, que no era otra cosa sino que
ellas con su mucha hermosura y con sus halagos atraian los hombres de
manera á que las quisiesen bien, y los sujetaban de suerte sirviéndose
dellos en todo cuanto querian, que parecian bestias; pero en tí, hijo
mio, la esperiencia me muestra lo contrario, que sé que eres persona
racional, y te veo en semejanza de perro, si ya no es que esto se hace
con aquella ciencia que llaman tropelía, que hace parecer una cosa por
otra. Sea lo que fuere lo que me pesa es que yo ni tu madre, que fuimos
discípulas de la buena Camacha, nunca llegámos á saber tanto como ella,
y no por falta de ingenio, ni de habilidad, ni de ánimo, que ántes nos
sobraba que faltaba, sino por sobra de su malicia, que nunca quiso
enseñarnos las cosas mayores, porque las reservaba para ella.
»Tu madre, hijo, se llamó la Montiela, que despues de la Camacha, fué
famosa: yo me llamo la Cañizares, si ya no tan sábia como las dos, á lo
ménos de tan buenos deseos como cualquiera dellas: verdad es, que al
ánimo que tu madre tenia de hacer y entrar en un cerco, y encerrarse en
él con una legion de demonios, no le hacia ventaja la misma Camacha: yo
fuí siempre algo medrosilla; con conjurar media legion me contentaba;
pero con paz sea dicho de entrambas, en esto de conficionar las unturas
con que las brujas nos untamos, á ninguna de las dos diera ventaja,
ni la daré á cuantas hoy siguen y guardan nuestras reglas: que has de
saber, hijo, que como yo he visto y veo que la vida que corre sobre las
lijeras alas del tiempo se acaba, he querido dejar todos los vicios de
la hechicería en que estaba engolfada muchos años habia, y solo me he
quedado con la curiosidad de ser bruja, que es un vicio dificultosísimo
de dejar: tu madre hizo lo mismo: de muchos vicios se apartó, muchas
buenas obras hizo en esta vida; pero al fin murió bruja, y no murió
de enfermedad alguna, sino de dolor de que supo que la Camacha su
maestra, de envidia que la tuvo porque se le iba subiendo á las barbas
en saber tanto como ella, ó por otra pendenzuela de celos que nunca
pude averiguar, estando tu madre preñada, y llegándose la hora del
parto, fué su comadre la Camacha, la cual recebió en sus manos lo que
tu madre parió, y mostróle que habia parido dos perritos; y así como
los vió, dijo: Aquí hay maldad, aquí hay bellaquería; pero, hermana
Montiela, tu amiga soy, yo encubriré este parto, y atiende tú á estar
sana, y haz cuenta que esta tu desgracia queda sepultada en el mismo
silencio: no te dé pena alguna este suceso, que ya sabes tú que puedo
yo saber que si no es con Rodriguez el ganapan, tu amigo, dias há que
no tratas con otro; así que este perruno parto de otra parte viene, y
algun misterio contiene. Admiradas quedámos tu madre y yo, que me hallé
presente á todo, del estraño suceso. La Camacha se fué y se llevó los
cachorros: yo me quedé con tu madre para asistir á su regalo la cual
no podia creer lo que le habia sucedido. Llegóse el fin de la Camacha,
y estando en la última hora de su vida, llamó á tu madre, y le dijo
cómo ella habia convertido á sus hijos en perros por cierto enojo que
con ella tuvo; pero que no tuviese pena, que ellos volverian á su ser
cuando ménos lo pensasen; mas que no podia ser primero que ellos por
sus mismos ojos viesen lo siguiente:
Volverán en su forma verdadera
Cuando vieron con presta diligencia
Derribar los soberbios levantados,
Y alzar á los humildes abatidos
Con poderosa mano para hacello.
»Esto dijo la Camacha á tu madre al tiempo de su muerte, como ya te he
dicho: tomólo tu madre por escrito y de memoria, y yo lo fijé en la mia
para si sucediese tiempo de poderlo decir á alguno de vosotros; y para
poder conoceros, á todos los perros que veo de tu color los llamo con
el nombre de tu madre, no por pensar que los perros han de saber el
nombre, sino por ver si respondian á ser llamados tan diferentemente
como se llaman los otros perros; y esta tarde como te vi hacer tantas
cosas, y que te llaman el perro sabio, y tambien como alzaste la cabeza
á mirarme cuando te llamé en el corral, he creido que tú eres hijo de
la Montiela, á quien con grandísimo gusto doy noticia de tus sucesos y
del modo con que has de cobrar tu forma primera; el cual modo quisiera
yo que fuera tan fácil como el que se dice de Apuleyo en _el Asno de
oro_, que consistia en solo comer una rosa; pero éste tuyo va fundado
en acciones ajenas, y no en tu diligencia. Lo que has de hacer, hijo,
es encomendarte á Dios allá en tu corazon, y espera á que estas, que no
quiero llamarlas profecías, sino adivinanzas, han de suceder presto y
prósperamente: que pues la buena de la Camacha las dijo, sucederán sin
duda alguna, y tú y tu hermano, si es vivo, os veréis como deseais.
»De lo que á mí me pesa es, que estoy tan cerca de mi acabamiento, que
no tendré lugar de verlo: muchas veces he querido preguntar á mi cabron
qué fin tendrá vuestro suceso; pero no me he atrevido, porque nunca á
lo que le preguntamos responde á derechas, sino con razones torcidas
y de muchos sentidos; así que, á este nuestro amo y señor no hay que
preguntarle nada, porque con una verdad mezcla mil mentiras, y á lo
que he colegido de sus respuestas, él no sabe nada de lo por venir
ciertamente, sino por conjeturas: con todo esto, nos trae tan engañadas
á las que somos brujas, que con hacernos mil burlas, no le podemos
dejar: vamos á verle muy léjos de aquí á un gran campo, donde nos
juntamos infinidad de gente, brujos y brujas, y allí nos da de comer
desabridamente, y pasan otras cosas, que en verdad, y en Dios y en mi
ánima, que no me atrevo á contarlas segun son de sucias y asquerosas, y
no quiero ofender tus castas orejas: hay opinion que no vamos á estos
convites sino con la fantasía, en la cual nos representa el demonio
las imágenes de todas aquellas cosas que despues contamos que nos han
sucedido: otros dicen que no, sino que verdaderamente vamos en cuerpo
y en ánima, y entrambas opiniones tengo para mí que son verdaderas,
puesto que nosotras no sabemos cuándo vamos de una ó de otra manera;
porque todo lo que nos pasa en la fantasía es tan intensamente, que
no hay diferenciarlo de cuando vamos real y verdaderamente: algunas
esperiencias desto han hecho los señores inquisidores con algunas de
nosotras que han tenido presas, y pienso que han hallado ser verdad lo
que digo.
»Quisiera yo, hijo, apartarme deste pecado, y para ello he hecho mis
diligencias: héme acogido á ser hospitalera, curo á los pobres, y
algunos se mueren que me dan á mí la vida con lo que me mandan, ó con
lo que se les queda entre los remiendos, por el cuidado que yo tengo
de espulgarlos los vestidos; rezo poco y en público, murmuro mucho
y en secreto; vame mejor con ser hipócrita, que con ser pecadora
declarada: las apariencias de mis buenas obras presentes van borrando
en la memoria de los que me conocen las malas obras pasadas. En efeto,
la santidad fingida no hace daño á ningun tercero, sino al que la usa.
Mira, hijo Montiel, este consejo te doy, que seas bueno en todo cuanto
pudieres, y si has de ser malo, procura no parecerlo en todo cuanto
pudieres: bruja soy, no te lo niego, bruja y hechicera fué tu madre,
que tampoco te lo puedo negar; pero las buenas apariencias de las dos
podian acreditarnos en todo el mundo: tres dias ántes que muriese
habíamos estado las dos en un valle de los montes Pirineos en una
gran jira; y con todo eso, cuando murió fué con tal sosiego y reposo,
que si no fueron algunos visajes que hizo un cuarto de hora ántes que
rindiese el alma, no parecia sino que estaba en aquella cama como en
un tálamo de flores: llevaba atravesados en el corazon sus dos hijos,
y nunca quiso, aun en el artículo de la muerte, perdonar á la Camacha;
tal era ella de entera y firme en sus cosas: yo le cerré los ojos, y
fuí con ella hasta la sepultura: allí la dejé para no verla mas, aunque
no tengo perdida la esperanza de verla ántes que muera, porque se ha
dicho por el lugar que la han visto algunas personas andar por los
cimenterios y encrucijadas en diferentes figuras, y quizá alguna vez la
troparé yo, y le preguntaré si manda que haga alguna cosa en descargo
de su conciencia.
»Cada cosa destas que la vieja me decia en alabanza de la que decia
ser mi madre, era una lanzada que me atravesaba el corazon, y quisiera
arremeter á ella y hacerla pedazos entre los dientes; y si lo dejé de
hacer fué porque no le tomase la muerte en tan mal estado. Finalmente,
me dijo que aquella noche pensaba untarse para ir á uno de sus usados
convites, y que cuando allá estuviese pensaba preguntar á su dueño algo
de lo que estaba por sucederme. Quisiérale yo preguntar qué unturas
eran aquellas que decia, y parece que me leyó el deseo, pues respondió
á mi intencion como si se lo hubiera preguntado, pues dijo:
»Este ungüento con que las brujas nos untamos, es compuesto de jugos
de yerbas en todo estremo frios, y no es como dice el vulgo, hecho con
la sangre de los niños que ahogamos. Aquí pudieras tambien preguntarme
qué gusto ó provecho saca el demonio de hacernos matar las criaturas
tiernas, pues sabe que estando bautizadas, como inocentes y sin pecado
se van al cielo, y él recibe pena particular con cada alma cristiana
que se le escapa: á lo que no te sabré responder otra cosa, sino lo
que dice el refran; que tal hay que se quiebra dos ojos, porque su
enemigo se quiebre uno, y por la pesadumbre que da á sus padres,
matándoles los hijos, que es la mayor que se puede imaginar; y lo que
mas le importa es hacer que nosotras cometamos á cada paso tan cruel
y perverso pecado: y todo esto lo permite Dios por nuestros pecados,
que sin su permision yo he visto por esperiencia que no puede ofender
el diablo á una hormiga; y es tan verdad esto, que rogándole yo una
vez que destruyese una viña de un mi enemigo, me respondió que ni
aun tocar á una hoja della podia, porque Dios no queria; por lo cual
podrás venir á entender, cuando seas hombre, que todas las desgracias
que vienen á las gentes, á los reinos, á las ciudades y á los pueblos,
las muertes repentinas, los naufragios, las caidas; en fin, todos los
males que llaman de daño, vienen de la mano del Altísimo y de voluntad
permitente: y los daños y males que llaman de culpa, vienen y se causan
por nosotros mismos. Dios es impecable, de do se infiere que nosotros
somos autores del pecado, formándole en la intencion, en la palabra
y en la obra: todo permitiéndolo Dios por nuestros pecados, como ya
he dicho. Dirás tú ahora, hijo, si es que acaso me entiendes, que
¿quién me hizo á mi teóloga? y aun quizá entre tí: ¡cuerpo de tal con
la puta vieja! ¿por qué no deja de ser bruja, pues sabe tanto, y se
vuelve á Dios, pues sabe que está mas pronto á perdonar pecados, que
á permitirlos? Á esto te respondo como si me lo preguntaras, que la
costumbre del vicio se vuelve en naturaleza, y este de ser brujas se
convierte en sangre y carne, y en medio de su ardor, que es mucho, trae
un frio que pone el alma tal, que la resfría y entorpece aun en la fe,
de donde nace un olvido de sí misma, y ni se acuerda de los temores
con que Dios la amenaza, ni de la gloria con que la convida; y en
efeto, como es pecado de carne y de deleites, es fuerza que amortigüe
todos los sentidos, y los embelese y absorte, sin dejarlos usar sus
oficios como deben; y así quedando el alma inútil, floja y desmazalada,
no puede levantar la consideracion siquiera á tener algun buen
pensamiento; y así dejándose estar sumida en la profunda sima de su
miseria, no quiere alzar la mano á la de Dios, que se la está dando por
sola su misericordia, para que se levante: yo tengo una destas almas
que te he pintado, todo lo veo y todo lo entiendo; y como el deleite me
tiene echados grillos á la voluntad, siempre he sido y seré mala.
»Pero dejemos esto, y volvamos á lo de las unturas, y digo, que son tan
frias, que nos privan de todos los sentidos en untándonos con ellas,
y quedámos tendidas y desnudas en el suelo, y entónces dicen que en
la fantasía pasamos todo aquello que nos parece pasar verdaderamente.
Otras veces acabadas de untar, á nuestro parecer mudamos forma, y
convertidas en gallos, lechuzas ó cuervos, vamos al lugar donde nuestro
dueño nos espera, y allí cobramos nuestra primera forma, y gozamos de
los deleites, que te dejo de decir por ser tales, que la memoria se
escandaliza en acordarse dellos, y así la lengua huye de contarlos; y
con todo esto soy bruja, y cubro con la capa de la hipocresía todas mis
muchas faltas: verdad es que si algunos me estiman y honran por buena,
no faltan muchos que me dicen no dos dedos del oido el nombre de las
fiestas, que es el que nos imprimió la furia de un juez colérico, que
en los tiempos pasados tuvo que ver conmigo y con tu madre, depositando
su ira en las manos de un verdugo, que por no estar sobornado usó de
toda su plena potestad y rigor con nuestras espaldas; pero esto ya
pasó, y todas las cosas se pasan, las memorias se acaban, las vidas
no vuelven, las lenguas se cansan, los sucesos nuevos hacen olvidar
los pasados: hospitalera soy, buenas muestras doy de mi proceder,
buenos ratos me dan mis unturas, no soy tan vieja que no pueda vivir
un año, puesto que tengo setenta y cinco: y ya que no puedo ayunar por
la edad, ni rezar por los vaguidos, andar romerías por la flaqueza de
mis piernas, ni dar limosna porque soy pobre, ni pensar en bien porque
soy amiga de murmurar, y para haberlo de hacer es forzoso pensarlo
primero; así que siempre mis pensamientos han de ser malos: con todo
esto, sé que Dios es bueno y misericordioso, y que él sabe lo que ha
de ser de mí, y basta, y quédese aquí esta plática, que verdaderamente
me entristece: ven, hijo, y verásme untar, que todos los duelos con
pan son ménos: el buen dia meterle en casa, pues miéntras se rie, no
se llora: quiero decir, que aunque los gustos que nos da el demonio
son aparentes y falsos, todavía nos parecen gustos, y el deleite mucho
mayor es imaginado, que gozado, aunque en los verdaderos gustos debe de
ser al contrario.
»Levantóse en diciendo esta larga arenga, y tomando el candil, se entró
en otro aposentillo mas estrecho: seguíla, combatido de mil varios
pensamientos, y admirado de lo que habia oido y de lo que esperaba
ver. Colgó la Cañizares el candil en la pared, y con mucha priesa se
desnudó hasta la camisa, y sacando de un rincon una olla vidriada,
metió en ella la mano, y murmurando entre dientes, se untó desde los
piés á la cabeza, que tenia sin toca: ántes que se acabase de untar
me dijo, que ora se quedase su cuerpo en aquel aposento sin sentido,
ora desapareciese dél, que no me espantase, ni dejase de aguardar allí
hasta la mañana, porque sabria las nuevas de lo que me quedaba por
pasar hasta ser hombre. Díjele bajando la cabeza, que sí haria, y con
esto acabó su untura, y se tendió en el suelo como muerta: llegué mi
boca á la suya, y vi que no respiraba poco ni mucho.